Hace unos quinientos años, una expedición nahua, mexica o
azteca topa con la península ibérica tomándola por Asia, lo
cual tampoco es que sea un disparate, pues es península de otra,
la europea, que lo es a su vez, panínsula también, del
continente asiático. Así de entrada toman a Iberia por la
India; por indios, a portugueses, gallegos, astures, cántabros,
vascos, aragoneses, catalanes, castellanos y etcétera hasta
andaluces y, en África, canarios. Vienen con técnicas de agresión
superiores a las que aquí por entonces existían y, sobre todo,
con una mentalidad agresiva autorizada e incluso impuesta por su
particular religión, tan particular que se predica católica o
universal. Y llegan sin escrúpulos. Saben aprovechar conflictos
entre pueblos ibéricos, perdón, indios, para hacerse con
aliados mediante tratados que luego sistemáticamente incumplen.
No tienen empacho en recurrir a matanzas selectivas. Su religión
bendice estas prácticas e incluso las fomenta ante el espectáculo
de barbarie que van encontrando sintiéndose destinados a
erradicarlo por cualquier medio. Ven autos de fe y concluyen que
se encuentran ante sacrificios humanos a divinidades despiadadas.
Tienen noticia de la ceremonia de la misa con comunión y deducen
que los sacerdotes idólatras beben sangre dizque humana, de un
tal Cristo, y que su parroquia es literalmente antropófoga. Y así
sucesivamente. Pero ellos, los venidos de América, perdón, de
Abya Yala, son superiores también en religión. La suya no les
permite dominar y esclavizar por las buenas, sino precisamente
por las malas. Tienen sus detalles. Van comunicando a los pueblos
indios de Iberia mediante requerimientos formales, naturalmente
en lengua náhuatl, que no corren peligro alguno si aceptan pacíficamente
imperio y religión mexicas. Si no se avienen, arrostran guerra y
esclavitud por responsabilidad así suya. Si lo hacen, quedan
protegidos como inferiores que son bajo la encomienda en
principio de los mismos conquistadores y su descendencia. Sus
servicios de trabajo se organizan para la debida contribución y
necesaria redención, todo ello paternalmente. Ni siquiera
resultan sujetos los indios a jurisdicciones e inquisiciones
aztecas. Se les pone bajo la tutela nahua de sacerdotes, de
religiosos o de jueces especiales, los jueces precisamente de
indios. Así se van produciendo y luego con orgullo se recopilan
unas Leyes de Indias que acabarían teniendo, los nahuas se
entiende, no los indios, por humanitarias. Han pasado los siglos.
Los aztecas europeos han consolidado su dominio independizándose
de Abya Yala. Fundan Estados propios, aprovechándose de la
complicidad de otros, sobre los pueblos indios que todavía
constituyen la mayoría. Acentúan una política de reducción y
la emprenden de inmigración masiva en beneficio de sus congéneres
ultramarinos sin respeto mínimo por las tierras y los recursos
bajo control todavía indígena. Y llegará el momento en que
comenzará a hablarse de humanitarismo tanto respecto al pasado
como al presente y al futuro. Un religioso azteca que nunca
abandonó México, llamado Witoria, y otro que estuvo
apostoleando por la Iberia indígena, llamado Bartolomec Casas,
habrían ya defendido en el siglo XVI unos derechos humanos para
los indios. Como eran inferiores, no cabía que ellos mismos, los
indios, dijeran nada sobre el derecho ni siquiera propio. Así
era entonces y así es ahora. Bajo tal supuesto se declaran
solemnemente unos derechos humanos universales a mediados del
siglo XX. Las Naciones Unidas que se ocupan entienden poco después
que, en virtud de los mismos, se requiere una descolonización
por una serie de latitudes, pero no por Abaya Yala. Todo un
internacionalismo dictamina que todo esto es justo y además
suficiente. Todavía hay pueblos que dictan el derecho y otros
que tienen que recibirlo. Toda una inteligencia de todas unas
ciencias humanas, comprendida en lugar relevante la historiografía,
asume que tal es la historia y que el resto es folklore o, si se
prefiere, antropología. Si de algún pueblo ibérico, perdón
indio, que ya son minoría, llega alguna voz que cuestione, no se
acepta ni siquiera el interrogante. ¿Que hay una deuda pendiente
para con humanidad viva con todo un derecho y toda una política
que replantearse? Por favor, no seamos ingenuos moralistas. Somos
científic@s de la historia, cosa más seria.
Por la transcripción, pues el apólogo no es mío,
Bartolomé Clavero
Facultad de Derecho
Universidad de Sevilla
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