Sólo tiene derecho a encender en el pasado la
chispa de la esperanza aquel historiador traspasado por la idea
de que ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo, si
éste vence. Y éste no ha dejado de vencer.
Walter Benjamin, Tesis de filosofía de la
historia
Walter Benjamin escribía en 1940 estas Tesis
de filosofía de la historia y decía sin amagues que no existe
documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie.
Por supuesto, que este intelectual pensaba
todo esto a la luz del horror nazi, esto es innegable. Pero es
también innegable que la barbarie no tiene un único vestido.
Aunque debajo de las ropas, el cuerpo sea siempre el mismo.
Innegable es también el horror en el cual nos está sumergiendo
hoy la clase que domina el mundo.
¿Estarán, estaremos, los historiadores eternamente condenados
a escribir, describir y analizar la barbarie? ¿Será ésta la
única función que queda por ejercer? ¿Estaremos, finalmente,
condenados (en el mejor de los casos) a repudiar y desnudar la
barbarie en la cual vivimos?
Si no queremos resignarnos a desaparecer como personas que
pueden ejercer un mínimo nivel de pensamiento propio, es claro
que es necesario desnudar esta barbarie. Pero no solo la que se
ve por televisión, sino también, y sobre todo, aquella sobre
la que se ponen los cimientos de la sociedad en la que vivimos.
La historia no es, como postula cierto historicismo, una imagen
“eterna” del pasado, la cual solo tenemos que mirar con
cierta atención para darnos cuenta que no es más que aquello
que sucedió antes que hoy, porque así tenía que suceder,
porque el progreso es inevitable. La historia universal, tiene
un único procedimiento de fondo: proporcionar una masa de
hechos para llegar al tiempo homogéneo y vacío.
La historia es una construcción situada en el “tiempo
actual”. En el “tiempo actual”, se resume la historia
entera de la humanidad. Es aquel instante particularmente
significativo que el historiador hace brotar del continuum de la
historia. Cuando en la Revolución de Julio en Francia en muchos
lugares de París se disparó simultáneamente contra los
relojes de las torres, ¿qué estaba sucediendo? ¿Era solamente
una muestra más de violencia irracional? No, era la demostración
consciente de que el continuum de la historia estaba saltando
por los aires: las torres eran monumentos “históricos” y la
revolución estaba introduciendo un nuevo calendario.
La compenetración con el vencedor siempre es más ventajosa
para el historiador, porque resulta más ventajosa para el amo
del momento en el que este escribe. Por supuesto, el historiador
siempre toma partido, siempre. Lo haga explícito o no.
Llegamos por último a ver que no hay un historiador “puro”
u objetivo. No hay historiador que solo se atenga a “los
documentos”.
El historiador que tiene derecho a encender la chispa también
toma partido, pero por los que hasta hoy han sido vencidos.
La misión de este historiador no es otra que la de pasar por la
historia el cepillo, pero a contrapelo.
Maximiliano Fuentes Codera
Universitat de Girona