De la historia como de Santa Rita, solo nos acordamos cuando
llueve, y en nuestro caso, la lluvia es la política. Pues si señores, que
duda cabe: ¡la historia es un arma; y peligrosa¡.Construye y destruye
imperios y si no puede, le pone pies de barro, legitima realidades, y su
empleo a través del logro ilustrado que es la enseñanza, forma y deforma
conciencias, reproduciendo el orden social.
Es por ello cuando los políticos desarrollan los debates; como el de
humanidades, los demás nos echamos a temblar, pues en nada son hechos pasados
sino realidades presentes que esquematizan y formalizan la realidad con
intensas vivencias que a golpe de decreto se ven reflejados en los alumnos.
Voces de alarma ya se habían levantado hace tiempo, sino revisemos el ABC,
acerca de los juicios por inmersión lingüística en Cataluña, las
entrevistas a padres maltratados por la misma, y la historia entraba siempre
en primer plano, guapa que es ella, justificando una visión de una España
unida, con ese acento enfático en la ultima a que emplean los franquistas, y
apenas nada de comunidades, en ultimo termino castigo divino, y acuerdo mutuo
entre políticos al margen de esa España unida. En definitiva se trataba de
un problema político que tiene su aplicación en la realidad que es la
educación pues el problema siempre es el que enseñar y como enseñarlo.
Enseñanza que construye naciones sin lugar a duda, de ahí la importancia del
debate de las humanidades, en realidad en ultimo termino no se debate el como
enseñar ni el medio empleado, sino las propias competencias de las
comunidades obsesionadas en generar un historia independiente que legitime su
deuda histórica, su independencia o a saber que deuda histórica, catalana,
vasca, si bien que hay de los charnegos y de los maketos. En realidad el
debate pertenece a una mal diseñada percepción constitucional, que no
comprende ni el estado federal, ni tampoco el comunitario sino el de las
comunidades, que a los políticos se les queda pequeño, pues como
definirlo. Y ahí esta el debate en la propia concepción de el estado español
y por ende, en el debate inscrito que se superpone al mismo como es la propia
inconsistencia de una vertebración nacional que circunscribe a un senado sin
funciones que intenta ser el espectro de una reunión de las comunidades.
Pero las preguntas deben de ser aun más graves, hay que emplear la historia
como arma para defender tesis integristas o separatistas, cierto que
existe una historia en común innegable, y otra separada también. Pero
la pregunta clave es la siguiente, la historia en ultimo termino nos enseña,
nos educa, pero no nos convierte en servidores de ella, sino que somos
nosotros los que a través de la existencia de los caudales existentes dentro
de la normalidad democrática nos permiten eliminar las valoraciones, en
definitiva la generación de una formula de consenso basada en una experiencia
dialogante nos ha de permitir formular dentro de la normatividad las formula
de gobierno que queremos experimentar dentro de un cuadro de dialogo que nos
permita formular en definitiva que es de lo que se trata el que queremos ser y
el a donde vamos, es por ende que la discusión histórica, levantada en
polvareda en un informe que no deja de ser el miedo eterno a la disolución de
España pronunciado en alto, sin tener la más mínima base científica que
acredita en cientos de investigaciones a sus autores, que no creo que hayan
olvidado como se realiza una investigación exhaustiva como a la que nos
tienen acostumbrados, con bibliografía, fuentes y como no entrevistas que nos
hubieran permitido contrastar el texto con lo que en realidad se enseña en
los institutos en los colegios.
Es por ello que coincido que donde los historiadores debíamos de haber
llevado el debate es que soluciones políticas se articularan a la
construcción del estado heredado de la constitución, y que dejen al
profesorado enseñar historia, pues la construcción de un presente si
bien ha de ser respetuosa con su pasado nunca debe de estar atado al mismo,
sino que la construcción del presente, en el interior de una legitimidad
democrática debe de estar basada en la ética de la vida, y en ella construir
la realidad presente de la historia española, como uno mas de tantos que
caminamos, por el sendero constitucionalista.