Debates
|
¿Qué pasa con la Historia de España? |
|
Coincido contigo. Si se me permite la autocita, en
un próximo número de la revista catalana de historia
L'Avenç, que saldrá entre septiembre y noviembre, según me
han dicho, me han pedido una colaboración que he titulado
"Nación, historia y enseñanza" y que tras una
aproximación al tema que plantea Alfredo Rivero, concluyo con lo
siguiente:
«La invención de las historias nacionales fue un instrumento útil en su momento para construir una conciencia de pertenencia a un ente colectivo, sirviendo de legitimación al Estado liberal y posibilitando que esa conciencia de pertenecer a una misma nación convirtiese en ciudadanos portadores de derechos a quienes hasta ese momento eran sólo súbditos. Esa virtualidad quedó agotada al ampliarse el horizonte de la ciudadanía como portadora de derechos y reclamar que los derechos a la educación, a la sanidad, a la igualdad o a las libertades no se derivan de la pertenencia o no a determinado estado nacional ni a un grupo social concreto, sino que son inherentes a la propia naturaleza humana. La formación histórica de la
población debe asumir por ello nuevas perspectivas. El compromiso
activo con la dignidad de todas y cada una de las personas nos
mueve a desear que la enseñanza de la historia sustituya la
nostalgia del pasado, adormecedora de las mentes, por un ajuste de
las cuentas a ese pasado que propicie el desarrollo de una
conciencia más lúcida y crítica acerca de dónde estamos y cómo
y por qué hemos llegado hasta aquí. No se trata de olvidar u
ocultar la historia de las naciones o de los estados; antes al
contrario, se trata de recuperar toda su genealogía para entender
la intención que determinó su aparición y desarrollo. Afirma
Habermas que «el pasado, la historia, sólo puede convertirse
en magistra vitæ en tanto que instancia crítica. Nos dice
en el mejor de los casos qué es lo que no debemos hacer. De lo
que aprendemos es de las experiencias de tipo negativo».
Debemos acudir a la historia para denunciar las trágicas
consecuencias de imponer una determinada uniformidad cultural, o
de aplicar cualquier otra política de exclusión. Mantener la
supremacía de supuestos valores de identidad colectiva frente a
los derechos de las personas conduce a la injusticia o, en el peor
de los casos, al genocidio. Ninguna diferencia de identidad, y
mucho menos si se fundamenta en el pasado, es defendible por su
esencia (por sí misma) sino por el derecho de las personas a ser
diferentes (a hablar una lengua o a proponer un proyecto distinto
de futuro).
Un saludo
Ramón López Facal
|