Debates
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Historia y objetividad |
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Para llegar a la verdad, decía Oscar Wilde, hay
que imaginar cientos de falsedades, ¿y qué otra cosa es la
verdad?, concluía con sarcasmo el poeta inglés. Baudrillard, por
su parte, explicaba que la realidad es una mera apariencia, un
simulacro, que termina demoliendo a la realidad objetiva para
erigirse como la auténtica realidad, o lo que él denominaba la
hiperrealidad. Así, la verdad no es otra cosa más que un llano
convencionalismo. Y, recordemos que el propio Umberto Eco ha
afirmado que el mundo toma decisiones, a diario, sobre información
falsificada y sigue girando de lo más orondo.
El asunto sería preguntarnos quién, o quiénes deciden los pormenores de semejante falsificación. No cabe duda que aquellos que están en posiciones de poder, bien sea político, económico o de cualquier otra forma. Y los canales que éstos utilizan para materializar la referida hiperrealidad son múltiples, digamos, por mencionar algunos: economistas, periodistas, historiadores, etcétera, que se las ingenian para justificar y sostener los particulares intereses de aquellos. Porque el simulacro, tal como lo explica Baudrillard, no es más que un mecanismo de defensa de los intereses dominantes. Afirma que es una ilusión creer que las clases políticas del sistema puedan estar de verdad en conflicto. “Todo eso no es más que la división del trabajo en el interior de una casta que practica en sí misma un simulacro de purga, desestabilizándose a dosis homeopáticas para volver a estabilizarse mejor”. El simulacro termina por imponer la idea según la cual la sociedad avanza, progresa, cuando en realidad afina mecanismos de defensa y reacomodo de los intereses de una minoría privilegiada. Pudiera pensarse, incluso, que se trata de un avance que favorece a las mayorías, cuando en realidad sólo prepara el escenario ideal para la ejecución de formas de expropiación de la riqueza colectiva mucho más expeditas y audaces. Frente a los juegos prestidigitadores del simulacro, el historiador o el científico social, debe taparse los oídos para no dejarse arrastrar por el canto de las sirenas. Ser perspicaz, astuto, para lograr ver la realidad objetiva que yace aplastada por la realidad simulada, pues esta última es la oficial, la que dispone de las fuentes de las cuales se valdrá para construir su interpretación y proponer formas de liberación social mucho más conscientes y pertinentes. El simulacro intenta encandilar al historiador para arrastrarlo por la racionalidad de su espejismo, pero a pesar de sus argucias, quedan ranuras que permiten observar más allá de lo meramente superficial. Esta variante que añado al poder de la simulación parece no encontrar ninguna posibilidad en Baudrillard, pues éste insiste en que el paso de la realidad a través de los media anula su significación y comprensión histórica, ya que lo que “caracteriza precisamente nuestra época es que los instrumentos de esta inteligibilidad han desaparecido” Y dice, para concluir, que la realidad transita inexorablemente de un estadio histórico a un estadio mítico, lo que significa, en pocas palabras, el aniquilamiento de la verdad. Y la verdad, como todas las buenas interrogantes de la vida es, en términos reales, irresoluble, pero el historiador, como el ser humano en general, está obligado a inventarse su propio significado. Lo contrario sería sucumbir ante el fracaso o el tedio, es de!
cir, la muerte misma de nuestra especie.
Norberto José Olivar Universidad del Zulia
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