Debates
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Historia y postmodernidad |
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[Nota: respuesta de Carlos Barros sobre el tema de la
posmodernidad y la historiografia en la
entrevista en portugués publicada digitalmente en la 8 ª edición
de julio de 2005 en la Revista Cantareira de la Universidade Federal
Fluminense, Rio de Janeiro]
2) O Manifesto de Historia a Debate, ao tratar de uma
"Nova erudição", diz ser a favor "de uma nova erudição que amplie o
conceito de fonte histórica para além da documentação oficial,
alcançando (...) as 'não-fontes', como os silêncios, erros e lacunas,
que o historiador e a historiadora terão que valorizar". No entanto,
uma crítica que se faz ao pós-modernismo é justamente à suposição de
que a atenção dada às lacunas e silêncios na documentação levaria a
um tamanho grau de subjetividade e imaginação no trabalho do
historiador que colocaria em risco o rigor acadêmico da pesquisa. Na
sua opinião, como é possível ao historiador utilizar estas "não-fontes"
sem recorrer a um extremado subjetivismo?
Tengo una propuesta para cambiar el título de punto
II, “Nueva erudición”, en la próxima revisión del Manifiesto, por lo
que supone de contradicción intertérminos y para adecuar mejor este
apartado sobre las fuentes a nuestra redefinición de la historia en
el punto I como “ciencia con sujeto” (sujeto en un sentido doble:
actores históricos e historiadores). Sobre lo que dices de
emparentar el natural subjetivismo de las fuentes con el
posmodernismo, la verdad es que no entendí la pregunta a la primera,
tuve que volver a leerla, supongo que alguien está llamando en
Brasil posmodernismo a otra cosa diferente que nosotros. La
subjetividad de las fuentes, tanto social como mental, ya fue
“descubierta” hace décadas por las “nuevas historias” de la historia
francesa de las mentalidades (Annales fue creada en 1929, y su
historia de las mentalidades difundida en los años 60 y 70), y de la
historia social anglosajona (Past and Present fue creada en 1952, y
su antropología histórica de las luchas sociales difundida en los
años 70 y 80). Es un por lo tanto un “viejo” descubrimiento
historiográfico eso de que las lagunas, los silencios y los
imaginarios constituyen parte fundamental de la subjetividad humana
presente en todo tipo de fuentes y en la acción histórica de los
diversos sujetos, y no tiene que ver, al menos historiográficamente,
con la influencia de la posmodernidad. Es inexacto, injusto y por lo
regular nada inocente rebautizar como posmoderno a todo lo que suene
a nuevo y, menos aún, a todo lo que fue nuevo hace décadas.
La posmodernidad es una propuesta filosófica de
origen europeo (Feyerabend, Lyotard, Vattimo) que postula el fracaso
irreversible de la modernidad y de la Ilustración (no confundir con
la crítica constructiva de la escuela de Frankfurt) y el “todo vale”
metodológico de la fragmentación. Reconvertida en “giro lingüístico”
en los Estados Unidos, se divulga por medio del mundo académico
anglófono como una clara negación de la historia como ciencia,
incluso de la historia como profesión y disciplina académica
diferenciada, al proponernos H. White y sus seguidores el retorno
de la escritura de la historia a la escritura en general, a la
literatura. La tardía y sorprendente recepción académica de la
novedad posmoderna en países como Brasil o Venezuela es el típico
proceso residual de unas historiografías dependientes (dicho con
todos los respetos, la historiografía española también lo ha sido,
para bien y para mal, durante décadas) que reciben como “lo último”
propuestas intelectuales cuando ya no lo son en sus lugares de
origen. En Europa la posmodernidad no llegó a prender (salvo en Gran
Bretaña), y en los Estados Unidos ha dejado de estar de moda hace
años.
Para Historia a Debate el posmodernismo sigue siendo
con todo un significativo interlocutor en el debate internacional
historiográfico y teórico, dentro y fuera de nuestra red, pero no
sirve de mucho en la reconstrucción un nuevo paradigma válido para
el historia, por su incapacidad congénita para aportar alternativas
epistemológicas factibles, que tengan en cuenta nuestra realidad
académica y profesional, y coadyuven en la búsqueda colectiva de
nuevas y actualizadas modernidades por parte de los pueblos, etnias
y naciones, menos favorecidos por la globalización. Asumimos, desde
luego, la contribución inicial del posmodernismo a la crítica de los
“grandes relatos”, del dogmatismo y del sectarismo en la
historiografía y las ciencias sociales, pero no estamos dispuestos a
echar de la historia y disciplinas afines el niño junto con el agua
sucia por el desagüe de la bañera, no nos lo podemos permitir,
además.
Desde mediados de los años 90, la posmodernidad se
está convirtiendo, por otro lado, en América Latina y en otros
lugares, en complemento o “coartada perfecta” de un
neoconservadurismo académico, tanto historiográfico como ideológico,
reactivo al retorno que estamos viviendo en Europa, América y
globalmente, de nuevos y potentes sujetos sociales. Hay que
convencer a los colegas posmodernos bienintencionados y “críticos”
que también los hay, de que la reivindicación del discurso en la
historia, o el redescubrimiento de los estudios culturales, no
compensan el suicidio epistemológico que se nos propone, ni una
nueva escisión academia / sociedad cuando necesitamos todo lo
contrario.
De todas formas, se trata de un debate del siglo
pasado, con el siglo XXI hemos entrado, felizmente, en una nueva
etapa histórica pos-posmoderna que hay que llenar de contenido
intelectual (sin volver al siglo XIX sea con Ranke sean con la
historia-ficción) cumpliendo con la tarea inaplazable de
reconstrucción radical de la idea de progreso y de racionalidad, del
concepto de modernidad y de ilustración, teniendo en cuenta la
crítica posmoderna, entre otras (léase a este respecto el preámbulo
de La historia que viene,1994, así como el punto XIV del Manifiesto
historiográfico de HaD, 2001).
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