Se antoja difícil encontrar razones para animar a los
chavales que acaban Bachillerato a estudiar Historia, y más cuando las
Facultades son verdaderos viveros de parados. Supongo que mirando hacia uno
mismo y recordando el porqué de embarcarnos en este camino de la Historia
se encontrarían algunas razones convincentes. Yo tuve profesores de
Historia que me animaron a NO estudiar la carrera de historia porque no tenía
salidas... y años más tarde me dí cuenta que era cierto. Pero también
era cierto que mis compañeros de Instituto que estudiaron Derecho, Químicas,
Biológicas, o Empresariales tampoco tenían salidas, y eso no se lo había
dicho nadie... (Las expectativas que uno tiene sobre muchos aspectos de la
vida a la vuelta de unos años pueden cambiar).
En mi caso lo que me llevó a estudiar historia y no hace tantos años
(1988-1992) fue la preocupación por entender todo lo que pasaba a mi
alrededor, y no me preocupaban tanto las salidas profesionales. Luego con
los años todo cambia especialmente en lo del trabajo, y uno ve que es muy
difícil tener trabajo relacionado con tu profesión (yo de hecho no lo
tengo), pero aún así siento que elegí la carrera más bonita que podía
haber elegido. No me siento en modo alguno engañado porque no se hayan
cumplido ciertas expectativas. De hecho he seguido con la tesis
doctoral, porque me gusta lo que hago y he tenido la suerte de coincidir con
un grupo de personas que me apoyan en lo que hago y valoran mi trabajo. Y
eso por el momento me basta.
Precisamente, entiendo que uno de los problemas actuales es
que se ayuda muy poco a los alumnos durante la carrera. Muchos profesores
van a su aire, muy cómodos en su tarima, sin preocuparse lo más mínimo
por sus alumnos. Teniendo en cuenta que a las Facultades de Historia siguen
llegando todos aquellos alumnos cuya nota no les da para estudiar otra
carrera, que la calidad deja bastante que desear, y sobretodo que no hay una
preocupación real por el alumnado (en los consejos de Departamento lo último
a tener en cuenta es el interés del alumno), la situación es complicada.
Animar a alguien a estudiar Historia es engañarlo.
Parece que los historiadores se han profesionalizado, y son aquellos que
imparten clase de Historia en una Universidad o un Instituto, pero realmente
¿no seríamos capaces de llevar a cabo otros muchos trabajos? En una época
en la que trabajar para una ONG es el ideal de muchos jóvenes se abren
nuevas áreas de trabajo como la cooperación internacional, organismos
internacionales, etc. Además en los tiempos en los que vivimos la Historia
ha de ser entendida como una preocupación por los débiles, los marginados,
los necesitados, los oprimidos, los emigrantes. Alguien tendrá que trabajar
con ellos y para ellos. Algunos pensarán que eso es ser demasiado
idealista. Pero, ¿por qué no puede ser así?. No podemos agobiar a los jóvenes
con el dinero, las salidas, el futuro y las preocupaciones. Todo llega, y
desde luego que las mayores satisfacciones en la vida no las da el dinero.
En fín, esta es una reflexión personal, pero me gustaría que la gente
estudiase historia, aunque deberíamos ayudar más a quien lo hace. Algunos
ya lo están haciendo, ya sea gestionando programas de intercambio, ya sea
poniendo en marcha nuevas iniciativas, o simplemente esforzándose en el
quehacer de cada día.
Un cordial saludo,
José Serrano
Universidad de León (España)
dgejsa@unileon.es