Sin duda, una obsesión que ha marcado a la humanidad ha sido la de la determinación del destino, de su historia. El pasado está escrito y, como tal, es invulnerable, ¿porqué no va a estar escrito también el futuro o, llamémosle, el destino? Los hombres han leído en las estrellas, en las vísceras de las aves, en la mano y en los posos del café sus historias escritas. No por ello han renunciado a modificar sus trágicos destinos. La Historia se ha ido decantando entre la seguridad y la incertidumbre. Los momentos y situaciones de máxima incertidumbre casi siempre se han visto suplidos por los mitos y creencias más firmes y seguras. Parece como si hubiera habido una tendencia oculta a contrarrestar el mundo fáctico con el mundo ideal, aunque, más que una tendencia oculta, lo que advertimos es, más bien, cierto principio de supervivencia social e individual. Cuando falla el asidero real sin el cual caemos al precipicio hemos de crear el asidero ideal que nos mantiene firmes y seguros. Quizá sea la incertidumbre del destino una de las cosas que más ha aterrado a los hombres. El reino de lo viviente ha creado para tales situaciones el miedo como instinto. Lo conocido, por muy monstruoso que sea, se domina. En cambio, lo desconocido siempre nos coge desprevenidos. Lo desconocido no se ve, en todo caso se insinúa. No obstante, lo incierto y no conocido activan al máximo los resortes de la imaginación. Los occidentales de la Edad Media sentían terror a adentrarse en el Atlántico, pensaban que enormes monstruos amenazaban, mar adentro, para engullir a los barcos y devorar a los marineros. El pánico se aliaba eficazmente a la ignorancia. Y allí entraba en escena el arte de imaginar, ese cemento universal de los asideros ideales, ese generador de seguridad en un mundo de absoluta inseguridad e incertidumbre. La Historia puede ser el mejor revulsivo contra los mitos. Paradójicamente, las Instituciones, apropiándose de la Historia para sí, la han convertido en el reino de sus propios mitos. En ella han encontrado su causa, su origen, su fundamentación racional misma. Más bien, han creado su causa, origen y sus fundamentos racionalesLa disciplina de la Historia-Institución procede de un movimiento que compele a las instituciones a adueñarse del pasado, a absorberlo y reelaborarlo de acuerdo con las exigencias institucionales. Las instituciones necesitan construir su propio pasado, su propia Historia, de modo que literalmente se convierten, en última instancia, en mecanismos creadores y destructores de fuentes históricas ¿Cuántos archivos y manuscritos se han visto destruídos por esa inequívoca tendencia de la Institución a conservar las fuentes que le interesan y a destruir las que le perjudican? La Historia está llena de destrucciones masivas de documentos e informes que han pasado previamente por la criba institucional, desde los escritos de los herejes de todas las Iglesias, al incendio de la Biblioteca de Alejandría como medio de aniquilar el legado del mundo clásico, a la destrucción de los archivos pictográficos Incas a manos de los conquistadores españoles, hasta el ejemplo más reciente, el de la historiografía stalinista, que llegaba hasta el extremo de retocar las fotografías de la era de la Revolución, borrando la presencia de Trotsky junto a Lenin. Podemos prescindir de las catalogaciones de la Historia así como de la Filosofía entendidas como armas (ya sea de la reacción o de la Revolución ) o como meras herramientas dispuestas a servir a determinados objetivos. La Historia es un ingrediente activo de toda Institución, parte integrante de la misma. Acabamos de aludir a la destrucción de los archivos de Cuzco confeccionados a base de escritura de nudos. La institución conquistadora sabía que para aniquilar culturalmente a la Institución conquistada era indispensable aniquilar su propia Identidad como tal y, dentro de esta, con el cordón umbilical que la conectaba a su propio pasado, la memoria histórica contenida en sus archivos. La Historia encierra una inmensa energía mitificadora y por esa misma razón puede desarrollarse como una fuerza desmitificadora sin precedentes. Por lo que respecta a la era moderna la Historia ha intervenido como un desmitificador remitificador, ha destruido unos mitos para construir otros Lo que a fin de cuentas pretendo no es otra cosa que apuntar a una serie de bases y postulados metodológicos o pre-metodológicos mínimos e imprescindibles para articular una teoría materialista de la historia que por su definición misma se aparta del llamado Materialismo Histórico por cuanto que no tiene por qué partir de las nociones escolásticas del tipo de la determinación de la base económica, de la inversión de la dialéctica hegeliana sobre su núcleo racional, etc, etc. El Materialismo Histórico, aquejado fundacionalmente de una proyección animista que impregna sus fundamentos estructurales mismos, se atribuye un estatuto de materialidad que en realidad no le corresponde. Su continuo hincapié en la previsión y previsibilidad de los acontecimientos históricos, sus férreas leyes de la historia que desprecian los inevitables márgenes de imprevisibilidad e indeterminación que acompañan a todo marco de análisis histórico, el encajonamiento de las distintas formas históricas bajo tipologías abstractas y universales (los llamados Modos de Producción), el insoluble problema de las formas asiáticas, imposibles de encasillar bajo las categorías elaboradas "ad hoc" - extraídas del análisis del Modo de Producción Capitalista - tales como las de propiedad privada, relaciones de producción, grado de desarrollo de las fuerzas productivas, etc, la necesidad de crear asideros históricos y, en definitiva, toda laconstrucción de índole animista objetiva y teleológica que lo preside, lo inhabilitan para constituirse con propiedad en teoría materialista de la historia.

La Teoría Materialista de la Historia o el Materialismo Histórico nada o más bien poco tiene que ver con lo que hasta ahora se ha venido denominando Materialismo Histórico. Aquí se prescinde del uso de la Historia como categoría solapadamente mística que a través de etapas identificadas haya de dirigir el progreso social hacia la sociedad sin clases, del encasillamiento de las distintas formas históricas, de la inevitabilidad de los acontecimientos, en suma, toda una construcción que mantiene en sus fundamentos la impronta dejada por el idealismo alemán.

José Luis Ruiz
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