Sin duda el tema de la existencia de una historiografía latinoamericana con identidad propia puede levantar preguntas y objeciones que, en primera instancia, se relacionan con el reconocimiento o no de una identidad latinoamericana común. Si partimos de negar su existencia, mucho menos podemos aceptar la presencia de una historiografía latinoamerica propiamente dicha. En nuestro criterio desde la época de la dominación colonial española y portuguesa en el Nuevo Mundo se abrió un proceso, que continúa hasta la actualidad, de conformación de una identidad latinoamericana, el cual se ha venido desarrollando paralelamente a la formación de una conciencia nacional a escala de cada país. Los sentimientos de comunidad de intereses entre los latinoamericanos se relacionan con procesos parecidos de desarrollo histórico. Incluso los luchadores de la independencia, desde Miranda a Bolívar, consideraban a Hispanoamérica como un horizonte común, al que él primero bautizó como Colombia,término que seria luego sustituido, en la segunda mitad del XIX, por el de América Latina. Para Vicente Rocafuerte, por ejemplo, su patria era entonces toda Hispanoamérica, lo que explica su significativa participación en las luchas independentistas de México, Cuba y Ecuador. Este reconocimiento de la existencia de una historia común de los países latinoamericanos es lo que ha llevado a que en muchos lugares se incluya en los planes de enseñanza la Historia de América Latina, que parte, precisamente, del presupuesto de una comunidad común que enlaza a los países de este hemisferio situados al sur del Río Bravo.

Desde esta perspectiva, partimos de considerar a la historiografía latinoamericana no como la simple sumatoria de historiografías nacionales, sino con su propio perfil e identidad común frente a la de otras regiones del planeta. Ello, por supuesto, sin desconocer que se ha nutrido de los mismos componentes teóricos y metodológicos que han alimentado a la historografía universal, pero dotándole de sus propios paradigmas, que responden a las necesidades y problemas específicos que enfrentan los habitantes de este Continente. Ello la ha llevado por su propio derrotero en lo que se refiere a intereses, temas y a una muy peculiar forma de asimilación de las corrientes del pensamiento historiográfico que le llegan del exterior y que la relacionan de un país a otro. Esos elementos semejantes que encadena la producción historiográfica que se ha venido haciendo en los países latinoamericanos no significa que se pase por alto las particularidades de la producción historiográfica de cada lugar. Visto desde esta perspectiva global pueden detectarse incluso etapas y presupuestos teórico metodológicos comunes en la historiografía latinoamericana que se corresponden con los procesos históricos concretos vividos en este hemisferio. Sus primeras expresiones historiográficas se pueden hallar en plena época colonial, cuando aparecieron de manera sincrónica en las diferentes colonias las incipientes manifestaciones de una historiografía criolla que expresaba sentimientos embrionarios de autoctonía, como hicieron Dorantes de Carranza y Juan Suárez de Peralta en Nueva España, Fuentes y Guzmán en Guatemala, Rodriguez Freyle en Nueva Granada o Ruy Díaz de Guzmán en el Río de la Plata. Posteriormente, ya en el siglo XVIII, aparecen en todas las colonias iberoamericanas obras escritas por criollos que, con orgullo de su condición, intentaron encontrar en el pasado indígena y en el exhuberante entorno americano los elementos distintivos que los separaban de los españoles y afirmaban la naciente identidad común (hoy diríamos latinoamericana). Ejemplos son los de Clavijero y Alegre en Nueva España, Juan Velasco en Quito o Juan Ignacio Molina en Chile, por sólo citar los más relevantes. Lo mismo vale para el periodo de la emancipación y de ahí a la actualidad donde es posible distinguir, al margen de las particularidades nacionales, grandes corrientes de pensamiento historiográfico latinoamericano, con sus propias características y presupuestos y que, inevitablemente ligadas con las grandes líneas de la producción historiográfica universal, asume sus propios elementos distintivos y aportaciones que marcan su autoctonía.

Sergio Guerra
Universidad de la Habana