A tiempo de adherir a la Carta Abierta que ya
fue motivo de otra nota en estas listas transcribo el texto para su
conocimiento y difusión,
invitándoles, también a plegarse a la campaña
Atentamente,
Luis Oporto Ordóñez
Director General
Biblioteca y Archivo Histórico del H. Congreso Nacional
(Bolivia)
carta abierta a las amigas y amigos (chilenos/as) de lo ajeno
Fobia a la media tinta y al matiz. Todo crudo — ángulos y no curvas, pero
pesado, bárbaro...
César Vallejo
Marzo, 2007.
Muy estimables,
quiere el azar de los encuentros que este envío se encamine de entrada bajo
el sello de la amistad, amistad en este caso (desmesurada, empero) de y con
lo ajeno: toda una escena. De escena hablaremos. Un poco. Y de patrimonio.
Meridianamente: de la escena de una sustracción patrimonial, de un robo de
padre y señor nuestro; cultural, patrio-patriarcal, histórico. Y de
impunidad, era que no, de un olvido por años contenido por las instituciones
políticas, culturales como patrimoniales chilenas. No nos referimos esta vez
a “la carta robada” (no exactamente) sino al libro y a la lectura, a los
miles de libros y manuscritos sustraídos tiempo ha por el Gobierno de Chile
desde la Biblioteca Nacional del Perú y que aún yacen, tal secuestro
permanente, en manos del Estado chileno.
Durante el año que recién pasó el gobierno de Michelle Bachelet dio pruebas
varias de su voluntad de co-operar con su homólogo peruano, aun en materias
culturales. La intervención de la presidenta chilena cantando “de memoria”
el Himno Nacional peruano en la asunción de mando del presidente Alan García
fue para muchos casi una escena fuera de escena (de protocolo) y a la vez
una muestra de cuán íntimamente están a veces entretejidas las historias de
peruanos/as y chilenos/as, aun desde la cuna (según indicara ella misma,
Bachelet se sabe de memoria el himno peruano porque su madre, que había
vivido en el Perú, se lo cantaba a menudo de niña). El Ministro de
Relaciones Exteriores, Alejandro Foxley, al firmar un enésimo Tratado de
Libre Comercio con Perú, declaró en nombre (en representación) de ambos
países: “Chile y Perú queremos proyectarnos integrados hacia el resto del
mundo”. El Premio Pablo Neruda de Poesía, que otorga el Ministerio de
Cultura de Chile a un/a escritor/a latinoamericano/a relevante, lo recibió
esta vez el autor de la [Oh] Hada Cibernética! (el ocio del amor y la
sapiencia) y de Sextina y otros poemas, el notable poeta limeño Carlos
Germán Belli, de manos de la propia presidenta, y, a más abundamiento, la
Feria del Libro de Santiago también tuvo como país invitado al Perú el año
pasado. Incluso ChilePoesía, que no es un organismo estatal o de gobierno
(sino una instancia de “gerencia cultural privada” según puntea su texto
constitutivo, donde define como su objetivo primero el “potenciar” la poesía
chilena en función de fortalecer “la imagen de país”), coincidencia o no, se
habrá alineado en la misma dirección al hacer del Perú el “país” invitado
especial para su versión 2007.
Mientras tanto los libros y manuscritos afanados en Lima en esa guerra de
expansión territorial que fuera la del Pacífico — que lo diga si no el
(también secuestrado) mar boliviano — siguen sin ser devueltos y, hoy como
ayer, tras la paletada, nadie dice nada. Nadie se inquiete, empero: no
seremos nosotros/as, abajo firmantes, quienes alcemos de golpe la voz en
escena (¿pues cómo no sustraernos hoy a la escena?). Oigamos de entrada al
rector de la Universidad de Chile que, muy a su pesar, dice, le tocó en su
momento clasificar tal alucinógena quitada. En Mis viajes. Memoria de un
exiliado (ed. póstuma, 1978), Ignacio Domeyko lamenta que un decreto
gubernamental le encomendara clasificar el botín arrebatado a la Biblioteca
de Lima. Califica tal misión como “la más desagradable y antipática” que le
hubiera tocado pues le recordaba “lo que habían hecho los rusos” con
bibliotecas y colecciones de la Universidad de Vilna [entonces Polonia, su
patria natal; hoy ciudad lituana]. Calando bien la metida de pata en curso,
el Rector de la Universidad de Chile dejó un minucioso inventario de los
objetos ex/traídos, y exigió que fuera publicado por el Gobierno de Aníbal
Pinto, “para que se viera el poco provecho que aportó al país ese robo y
cuánto contribuirá para excitar animosidades entre dos naciones hermanas”.
Entre el lunes 22 y el miércoles 24 de agosto de 1881, en efecto, el Diario
Oficial de Chile publicó — con el título de Lista de libros traídos de Perú
— el informe enviado por Domeyko al ministro de Educación de la época, con
el detalle de los libros y objetos de ciencia sustraídos de Lima. Lo más
valioso era según él “los más de 10 mil volúmenes”, entre ellos varios
incunables de inicios del Virreinato. ¿Puede haber mayor descaro que
certificar en el “Diario Oficial” de un país el patrimonio (ajeno)
sus/traído? ¿O es que el robo es parte de la cultura? (Sí, sí, cómo no,
decir antropológico; no y más bien no, decir del Arte y de su Crítica;
entretanto, un aviso en un supermercado de Suecia, hastiado del ‘robo
hormiga’ de tanto chileno patiperro y/o exiliado, se habrá adelantado acaso
a tales disquicisiones: “Si ve a un chileno robando, déjelo — dizque en
sueco —; es parte de su cultura”). ¿No son por demás los países
supuestamente más “civilizados” o “cultos” los más amigos de lo ajeno — una
visita al Louvre, al Prado o al British Museum no bastaría? (El mismo
Domeyko pareciera inclinarse por esta hipótesis, pues en el libro antecitado
señala que vio “con gran tristeza que, siguiendo el ejemplo de nuestras
guerras y depredaciones europeas, el gobierno chileno ordenó trasladar de
Lima a Santiago la Biblioteca Nacional” peruana). En cualquier caso: robos
hay y robos, apropiaciones ilegítimas y de otra laya (como acaso la misma
palabra robo, tomada por el romance castellano del antiguo alto alemán
roubon, R.A.E dixit). Entre Neruda “robándole” algunos versículos a Tagore
(como buen colector de Rimbaud que fuera) y el saqueo de la Biblioteca
Nacional de Lima por el ejército de ocupación chileno en la Guerra del
Pacífico hay más de un abismo. ¿O no?
Este “crimen de lesa civilización” como lo llamara en su momento Manuel de
Odriozola, erudito peruano a cargo de la Biblioteca saqueada, no cabe pues
sino interrumpirlo a la brevedad — ni ha de permanecer sin más impune. ¿Pues
qué le cabe a un Gobierno, a un Ministerio de Educación y/o de Cultura y a
una Dirección Nacional de Archivos, Biblioteca y Museos por caso, si de
facto o por omisión avalan, o persisten en avalar, tal más que centenario
cultural secuestro? ¿Y qué les cabe si no orientan de algún modo su cometido
por una promesa de justicia también en el “mundo” de la cultura? Su propia
“esencia” en tanto instituciones se vería de raíz a su vez sustraída. (Con
motivo de un reciente robo de una escultura desde del Museo Histórico
Nacional, la Directora de Archivos, Bibliotecas y Museos de Chile habrá sido
más que explícita: junto con reprobar y condenar el robo, subrayó que tal
tipo de operación es ilegítima porque “atenta contra el libre goce del arte
y del patrimonio a que tenemos derecho los chilenos”. Como si el libre goce
(estético como patrimonial) fuera prescribible en derecho, antes que
experiencias pre-contractuales singulares, regalos o acaecimientos. En
cualquier caso: límite crítico del robo como práctica u operación legítima
en una política del archivo y de la memoria de un Estado de derecho
democrático).
Hace un par de años el entonces Ministro de Educación de Chile, Sergio Bitar,
dio a entender que se había creado una comisión para evaluar el estado y
cantidad de libros plagiados, en vistas a devolverlos al Perú. ¿Qué hay de
tal comisión? ¿Existe — aún? ¿No fuera hora de darle (un poco de) urgencia a
la responsabilidad no sólo de devolver lo sustraído sino también de
“reparar” en parte lo irreparable? ¿El robo de la Biblioteca de Lima como
sinécdoque de esa guerra expropiatoria que lo hiciera posible? (Ricardo
Palma, el célebre autor de las Tradiciones Peruanas, encargado de la
reconstruir la Biblioteca de Lima tras el paso de los amigos chilenos de lo
ajeno, en su informe al Ministro de Justicia del Perú del 12 de noviembre de
1883 es más que elocuente: “Biblioteca no existe; pues de los cincuenta seis
mil volúmenes que ella contuvo sólo he encontrado setecientos treinta y
ocho...”). Y si no hay restitución (íntegra, plenamente equivalente) posible
ni nunca la hubo — no sólo porque mucho de lo sustraído se encuentra
probablemente para siempre destruido o privatizado (algunos volúmenes con el
sello de la Biblioteca de Nacional del Perú se vendieron en el comercio de
Santiago, según atestigua Domeyko) sino también porque nadie podría evaluar
lo que dicha sustracción y/o falta habrá implicado para lectores/as del Perú
durante más de un siglo, ni, viceversa, como capitalización cultural
(patrimonial) de Chile —; esto es, si nadie puede retrotraer el reloj al
siglo XIX pues la máquina del tiempo como la maquinaria bélica no logra
suturar sus discontinuidades ni reparar íntegramente sus desperfectos,
posible sí es responder (y, mayormente, las instituciones públicas herederas
de aquellas instituciones republicanas del siglo XIX) de y a la escena de
saqueo por décadas en Chile obliterada. ¡Manos a la obra!
La obra pudiera llamarse por caso Los pagos (de Chile), El otro robo o
simplemente Libros de vuelto en el jirón Arica. O aun algo más revuelto y/o
chalaco que aún no acaba de nombrarse.
La escena se abre y se cierra sobre la cubierta del Huáscar, “museo
flotante” y botín de guerra — del Pacífico.
Alguien entra y comienza a hablar en nombre de Chile (estamos aún en la
representación [nacional]; “política” chilena, “teatro” chileno o “poesía”
chilena, da igual), y si hablo en nombre de Chile, dice, respondo, prometo
responder, también, de su sustracción, la de Chile. Del secuestro permanente
de Chile en Chile. De los saqueos y expropiaciones de Chile. De los pagos y
libros apropiados. De los corpus destruidos, privatizados y/o desaparecidos.
Y responde, promesa incalculable, y da detalles. Y aun convoca a
instituciones y personas que pudieran haber datos relevantes a que los
entreguen. ¡Carajo! [Con perdón, no [nos] pidas perdón en este trance, seas
quién seas, co-lector/a en la cubierta del Huáscar: disculpar/se sin más
aquí sería acaso el mejor camino para olvidar tranquilamente, agravando de
paso el crimen de lesa cultura; otra cosa fuera la responsabilidad, el
teatro crudo de la responsabilidad — cruauté: antes que crueldad,
traduciendo-transformando a Antonin Artaud: lo crudo, sólo más tarde claro
y/o distinto (Krudes, später, im Fahren / deutlich, al decir de Paul Celan),
lo aún no culturalmente cocinado; “la vida” misma, si se quiere, esto es,
antes bien, aquello anterior a la separación (cultural) entre muerte y vida
— lo que se da, lo que ocurre)]. Quien habla devuelve (vomita) un cuerpo
ajeno en el propio cuerpo, lengua y habla; lo hace una y otra vez en la
cubierta descubierta. ¡Ya está! ¿Qué? ¡En el Callao! (No tan rápido: luego
acaso se precipiten las demandas como las indemnizaciones por daños y
perjuicios, el juicio en su finitud infinito, el duelo interminable de la
Armada de Chile y del nacionalismo recalcitrante, etc.). Alguien en la
cubierta ya recubierta de vómitos como de frases, promete otro robo, un robo
al cuadrado y/o impagable (por incobrable), tal aventura de un robo de una
sola ventura; en La Punta alguien se tira al agua. (Queda abierto aquí si se
trata de un pasaje a otra escena o si entramos en un intermedio o momentánea
interrupción de la relación o si estamos ante el provisorio imprevisible fin
de la obra, su, al decir de A. Artaud, mise en scène). *
¡Y no! ¡No! ¡No! ¡Qué ardid, ni paramento!
Congoja, sí, con sí firme y frenético,
coriáceo, rapaz, quiere y no quiere, cielo y pájaro;
congoja, sí, con toda la bragueta.
Contienda entre dos llantos, robo de una sola ventura,
vía indolora en que padezco en chanclos
de la velocidad de andar a ciegas.
C. V.
Carlos Estela (en Lima), Vilma Tapia Anaya (en Cochabamba), Soledad Fariña
(en Santiago), Carlos López Degregori (en Lima), Andrés Ajens (en
Concepción/Santiago), Wilson Bueno (en Curitiba), Roberto Echavarren (en
Montevideo), Jorge Campero (en Tarija/La Paz), José Kozer (en La Habana/Hallandale),
Soledad Quiroga (en La Paz), Mariela Dreyfus (en Lima/New York), Pedro
Granados (en Lima), Carlos Henrickson (en Valparaíso), Cé Mendizabal (en La
Paz), Olga Grau (en Santiago), Reynaldo Jiménez (en Lima/Buenos Aires),
Renato Sandoval (en Lima), Edgar Saavedra (en Lima/Cajamarca), Jussara
Salazar (en Curitiba), Lupe Cajías (en La Paz), Cecilia Vicuña (en
Santiago/Nueva York), Miguel Coletti (en el Callao), Alfredo Fressia (en
Montevideo/São Paulo), Román Antopolsky (en Buenos Aires), David Bustos (en
Santiago), Roger Santiváñez (en Piura/New Jersey), Silvio Mattoni (en
Córdoba), Iván Trujillo (en Santiago), Zacarías Alavi (en La Paz), Luis
Bravo (en Montevideo), Humberto Giannini (en Santiago), Pedro Favaron (en
Lima/Huanchaco), Eduardo Duarte (en Andacollo/Barcelona), Chus Pato (en
Lalín), Vicky Aillón (en La Paz), Loreto Pizarro (en Santiago), Benjamín
Chávez (en La Paz), Susy Delgado (en Asunción), Claudio Daniel (en São
Paulo), Juan Carlos Ramiro Quiroga (en El Alto/La Paz), Horacio Herrera (en
Buenos Aires), Raúl Castillo (en Ovalle), Pedro Araya (en Valdivia/París),
Sergio de Matteo (en Santa Rosa de la Pampa), Miguel Vicuña (en Santiago),
Marcelo Mendoza (en Santiago), Marcelo Villena (en La Paz/París), Gary Daher
Canedo (en Santa Cruz de la Sierra), Eduardo Espina (en Montevideo/Texas),
Alberto Allard (en Santiago), María Teresa Andruetto (en Córdoba), Fernando
T. Barrientos (en Tarija/La Paz), Guillermo Daghero (en Córdoba), Alejandro
Banda (en Valparaíso), Luis Martínez Solorza (en Santiago), Laura Obrer (en
Salto), Javier Campos (en Concepción/Connecticut), Cynthia Rimsky (en
Santiago), Lía Rebaza (en Lima), Paul Guillén (en Ica/Lima), Carlos Liberona
(en Santiago), Alejandro Mendez (en Buenos Aires), Mauricio Rosenmann Taub
(en Santiago/Essen), Carmen Abaroa (en La Paz/Santiago), Silvia Hernández
(en Santiago), Luis Oporto Ordóñez (en La Paz), Roxana Cerda (en Santiago),
Damián Ríos (en Buenos Aires), Gonzalo Milán (en Montevideo/México), Edmundo
Paz Soldán (en Cochabamba/New York), Carlos Barbarito (en Muñíz, Buenos
Aires), Alfredo Pita (en Celendín/París), Enrique Sánchez (en Lima), Rodolfo
Pereira (en Cajamarca/Washington), Miguel Ángel Zapata (en Piura/Nueva York).
* ¿La puesta en escena ha de seguir siendo con todo tan austera? ¿O algo más
tropical ya se anuncia con ella — sin por ello ser enteramente bullanguera?
¿O bullanguera sí, pero en el Callao antes que en el Palacio Torre Tagle o
en la alcaldía de Lima, su puesta en escena? ¿Cómo pues calibrar esta vez la
puesta en escena (si, como A. Artaud dice poco más o menos, la mise en scène
es todo, o casi todo en su crudeza, el punto no fuera sólo tropical,
retórico)? ¿Tal vez en la inauguración de algo así como un desCentro
intercultural indoafrolatinoamericano en Valparaíso, Iquique o aun en el
jirón Arica del Callao — tal im/posible regalo no sólo al Perú sino a todos
es[t]os expoliados pagos, los de Chile incluidos? ¿Pues cómo una política
(cultural) y aun una obra o un poema como tal pudieran desentenderse sin más
de sus tan propios como ajenos pagos y querencias? ¿O es que una obra en que
aún alguien hable en nombre de un pago, que represente o aún busque
representar a su pago, pero que a la vez pretenda ser seguir siendo
responsable (consigo como con alter), más temprano que tarde desemboca en
las tan viejas como nuevas orillas de lo ir/representable? ¿Adiós “teatro
chileno”, adiós “poesía chilena” (o “peruana” o “boliviana” o “colla” o
“camba” o “mataca”, para el caso) como adiós a la gestión de la “imagen de
país”, dice usted? Tal vez. Adiós — en suspenso — o al carajo. Pues: una
cultura que no se confunda ya con el robo sólo se diera en la interrupción
de toda representación cultural-patrimonial que la pre-acredite como
íntegramente propia (todo patrimonio cultural supone tal entrelazadura; en
palabras de Walter Benjamin: no hay documento de cultura que no lo sea
también de la barbarie) esto es, también, en la suspensión de toda
re-potenciación del patrimonio acumulado como suspensión del capital
cultural tan justa como injustamente apropiado — ¿es posible? ¿Im/posible?
Una cultura tal, si se da (ya que podría justamente no darse si se trata de
una genuina cultura y no una simple maquinaria programada o programable), se
diera en la promesa de una i[nte]rrupción (cultural) venidera, ni sólo
pasada ni enteramente presente, tan cruda como aún no aculturada o
apropiada, imprevisible. Y/o tal vez: la puesta en escena, excediendo esta
vez imagen y figuración, im/pre-visible, apuesta hoy a la apuesta, prométese
tal apuesta en escena: ni robada ni desaparecida, nomás depuesta — amitiés,
les jeux sont faits.
Para nuevas adhesiones y comentarios: cartabierta2007@yahoo.com