Roberto López Sánchez
Para mañana está convocado un paro general.
Sobre cuáles son sus motivaciones y posibles consecuencias
escriben hoy desde sus contrapuestos puntos de vista Luis Pedro
España N., director del Instituto de Investigaciones Económicas
y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bellos, y Roberto
López Sánchez, historiador y director de Formación General de
la Universidad del Zulia
Empresarios a huelga y demócratas al golpe
Roberto López Sánchez
La situación actual del país está develando los verdaderos
principios, o mejor dicho la falta de ellos, de muchos
empresarios y políticos. Luego de décadas repitiendo que la
huelga es una forma de lucha subversiva que atenta contra las
actividades productivas, y de perseguir a los líderes obreros
que promovían acciones de ese tipo, los empresarios de Fedecámaras
están convocando ellos mismos a una huelga. Muchos líderes políticos
autodenominados "demócratas", se han quitado la máscara
en los últimos días al realizar frenéticos llamados a la
insurrección armada para derrocar al legítimo Gobierno de Hugo
Chávez. La confluencia de sectores políticos y empresariales
buscan un mismo objetivo: sacar del Gobierno a Chávez. El paro
de mañana es la hora cero que han propuesto como forma de
lucha.
El acuerdo entre Fedecámaras y la CTV, entre empresarios y
obreros, para convocar conjuntamente al paro, es algo pocas
veces visto en la historia, y la situación no deja de levantar
suspicacias. Cualquier observador podría concluir que la
dirigencia de la CTV se ha plegado a los intereses del
empresariado, traicionando a la masa trabajadora que tan fanáticamente
ha pretendido representar en las recientes elecciones
sindicales. Esa conducta no sería nada extraño en unos
dirigentes que durante 40 años engañaron a los trabajadores y
alcahuetearon todos los planes económicos antipopulares que los
gobiernos de AD y Copei, en conjunto con Fedecámaras, le imponían
al pueblo venezolano.
Con la nueva situación mundial surgida luego de los atentados
del 11 de septiembre, la ultraderecha venezolana considera que
tiene el visto bueno del imperio para proceder a derrocar al
presidente Chávez. Este derrocamiento se enmarcaría en la
lucha contra los "sospechosos" de apoyar al
terrorismo, y por tanto no sería considerado como una violación
de las reglas democráticas. Pero la realidad actual lo que está
revelando es la histórica farsa de los "valores democráticos"
que supuestamente defienden Estados Unidos y sus aliados,
incluyendo a toda la gama de partidos conservadores que pululan
en el espectro político venezolano: AD, Copei, Primero
Justicia, Convergencia, Proyecto Venezuela, Unión, etcétera.
Están lanzados a la conspiración abierta para derrocar a un
Gobierno nacido del voto libre y democrático de todos los
venezolanos, Gobierno que ha sido legitimado por siete procesos
electorales consecutivos entre 1998 y 2000.
La conspiración en marcha busca hacernos retroceder a la época
dorada del puntofijismo adeco copeyano. Los conspiradores de
ahora son los mismos representantes de la cuarta república,
integrantes del bloque social que dominó a Venezuela durante 40
años, quebrando nuestra economía mientras una pequeña élite
se enriquecía expoliando las riquezas del país y el trabajo de
las grandes mayorías empobrecidas. Los conspiradores buscan
afanosamente entre los mandos militares para ver quién se
decide a declararse en rebelión. Están a la espera del tonto
útil que arriesgue el pellejo y su carrera profesional para que
ellos puedan cómodamente acceder al sillón de Miraflores.
La derecha recalcitrante estaba a la espera de una oportunidad
para caer sobre el Gobierno de Chávez y tratar de derrocarlo
por cualquier medio. En esta espera también ha estado el
Gobierno de Estados Unidos, el cual tiene una larga trayectoria
organizando conspiraciones para derrocar a los gobiernos
latinoamericanos que no le sean afectos a sus políticas de gran
imperio.
Ciertamente hay un peligro de regresión política en el país.
La avalancha de antichavismo esconde en el fondo los más
oscuros intereses neoliberales y antipopulares, que desean
aplacar de una vez, así sea a sangre y fuego, la rebelión
popular que se inició el 27 de febrero de 1989.
Aunque no dejamos de reconocer, y criticamos públicamente, los
numerosos desaciertos del actual Gobierno, no es menos cierto
que a partir de 1998 el pueblo venezolano ha obtenido conquistas
significativas, particularmente contenidas en el articulado de
la Constitución nacional, y en el desmoronamiento mismo del
poder que las élites económicas y políticas habían ejercido
en el país desde 1830. Defender las conquistas de este proceso
de cambios es una necesidad de la hora actual, más allá de la
propia acción de Gobierno. El pueblo venezolano no debe dejarse
arrebatar la conquista más preciada que ha logrado desde la
independencia.