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La derrota política que los
Estados Unidos sufrieron el 13 de abril en nuestro país ha sido
ignorada ex profeso por muchos medios de comunicación,
historiadores y analistas en general. Lo acontecido en Venezuela ese
día no tiene precedentes en la larga historia de intervenciones que
los norteamericanos tienen en su patio trasero latinoamericano.
Poco antes de iniciarse el último trimestre del 2001 se dio inicio
a un plan maestro dirigido desde el Departamento de Estado cuya
finalidad consistía en sacar del poder a Hugo Chávez. Para ello se
planificaron diversos escenarios probables, algunos de los cuales
convergieron positivamente en el Golpe de Estado del 11 de abril.
El resultado de todas las intervenciones anteriores de los gringos
en América Latina fue la derrota de las fuerzas populares y el
triunfo de las oligarquías criollas que le son fieles. Así ocurrió
en la Nicaragua de los años 30, donde la injerencia yanqui culminó
con el asesinato del líder nacionalista Augusto César Sandino a
manos del títere colocado por los Estados Unidos, Anastasio Somoza.
Otro tanto aconteció en 1954 en Guatemala, cuando el apoyo yanqui a
la invasión armada de Castillo Armas permitió el derrocamiento del
régimen constitucional de Jacobo Arbenz. La historia se había
repetido antes en nuestro propio país, en 1948, cuando la embajada
estadounidense en Caracas intervino activamente en el golpe militar
que derrocó a Rómulo Gallegos. En 1965 en República Dominica, en
la cual los Estados Unidos intervinieron bajo la mampara de la OEA,
con el fin de liquidar al movimiento nacionalista y popular que
encabezan militares revolucionarios
como Caamaño. En 1973, Chile. En 1983, Granada. En 1989, Panamá.
En todos esos países la intervención de los Estados Unidos impidió
la continuidad de procesos populares y revolucionarios que
intentaban construir un camino propio de desarrollo político y económico
para los pueblos latinoamericanos.
Pero el pueblo venezolano le tenía reservada una sorpresa a los
Estados Unidos. Su plan perfectamente orquestado no tomó en cuenta
que Venezuela es un país que lleva la revolución en la sangre,
desde el mismo 19 de abril de 1810. Los centenares de miles de
venezolanos que tomaron las calles de Caracas, Maracay y otras
ciudades, y los oficiales y personal de tropa de la fuerza armada
que se insubordinaron ante los generales golpistas, demostraron la
voluntad democrática y constitucionalista de la gran mayoría del
país.
La conspiración se topó con un muro de concreto cuyos significados
aún no logran interpretar. Se creyeron sus propias mentiras mediáticas
que decían que el pueblo ya no apoyaba al presidente. Se tragaron
sus propias infamias que acusan al pueblo, a los pobres, a los
humildes, de poseer una absoluta incapacidad para razonar y actuar
racionalmente. La realidad es precisamente lo contrario. Cuando
existía un absoluto silencio informativo, cuando la censura era
total, y cuando se intentaba imponer el terror fascista para
terminar de derrotar al proceso de cambios, fue cuando las grandes
mayorías populares tomaron las calles y se movilizaron para
restituir la constitución y la legalidad. La conciencia de los
venezolanos pudo más que la receta golpista de los yanquis y sus
representantes criollos. La derrota del imperio es la victoria de la
democracia popular.
Roberto López Sánchez
(Director de Formación General. Uiversidad del Zulia)
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