¿Quiénes somos los argentinos dirigentes del nuevo
siglo, los que tenemos la responsabilidad de
encarrilar a esta sociedad?
Somos
los nietos o bisnietos de aquellos inmigrantes,
"gringos" de toda Europa y
"gallegos" que, analfabetos, hambreados
hasta el raquitismo, vinieron a la Argentina y
forjaron su "destino manifiesto" (*),
incorporándola a la primera globalización de la
división internacional del trabajo.
Sé,
sin duda, que en nuestros orígenes estuvieron
caracaraes, corondás, calchines y mocovíes, y también
que somos hijos de los españoles de la epopeya
conquistadora que ocuparon las tierras, las poblaron y
preñaron con su bagaje de lengua, valores y
costumbres.
Pero
fue hechura de la inmigración decimonónica, esa
Argentina del destino de gloria, la de riqueza
inconmensurable, de los trigales limitados sólo por
el horizonte, la pampa de oro, la más europea de América,
esa que nos enorgullecía y aprendimos en la escuela.
Somos,
además, los hijos o los nietos del Estado de
Bienestar, de la Argentina post crisis de 1930.
Nacimos y crecimos en un país conflictivo, ciclotímico,
pero "sin guerras" o "sin conflictos
raciales", una sociedad abierta, donde era
posible progresar, estudiar, mejorar la posición económica
y social.
En
la Argentina en la que nacimos, todos o casi todos teníamos
obra social, practicábamos el turismo, llegábamos a
la universidad, obteníamos una casa propia. La
equidad era posible.
En
ese proceso ventajoso, solidario, equitativo se nos
enseñó a gastar, a consumir para mover nuestro
propio mercado productor.
El
niño y la alcancía de la Caja de Ahorro se volvieron
una imagen irreal, un símbolo de lo que no se debía
hacer. Una antigüedad que fue arrasada en los
procesos inflacionarios.
Y
nosotros, los hijos y nietos de aquellos gringos
rentistas, que vincularon el ahorro con la inversión
inmobiliaria, decidimos no equivocarnos como ellos.
Ellos
habían visto caer el valor de ese ahorro, depreciarse
con leyes de alquileres que les licuaron el beneficio,
propiedades decadentes, disvaloradas por un mercado
sin demanda.
íNo!
Nosotros no debíamos cometer igual error. Teníamos
que comprar: auto, confort (el winco, el combinado, el
TV...) pero nunca ahorrar.
Y
cuando nos dijeron que el peso y el dólar se
equiparaban en una tablita, comenzamos a viajar. Soñábamos
-¿añorábamos genéticamente?- a la Europa estudiada
en una educación que nos había abierto los ojos al
mundo. íCuánto sabíamos de historia, geografía,
literatura los argentinos! Éramos -¿somos?- capaces
de dialogar de igual a igual con todo el mundo
occidental.
Después
de Europa había que ir a Miami, Disney, New York,
playas caribeñas y el verano a Brasil o Punta del
Este, íeran más baratos! íconvenían!
Cada
sector gastaba según su lugar en la escalera.
Los
dirigentes de hoy fuimos también aquellos jóvenes
intelectuales que miramos con mayor o menor ilusión a
la izquierda católica o marxista, y tuvimos amigos
que enfervorizados salieron a luchar. Llegó la guerra
y nos dividió entre comprometidos y distraídos.
Comprometidos de izquierda y de derecha que usaron
todos los medios para aniquilarse. Uno triunfó, y
costó, cuesta, remontar la herida que aún duele.
Luego
hubo otra guerra que nos mostró ilusos, ingenuos, que
nos dolió profundamente en nuestros principios emblemáticos.
Cuando
llegó la democracia quisimos que las cosas cambiaran
en horas, y comenzamos a ver derrumbarse el paradigma
argentino.
Ya
no éramos más un paraíso social, estábamos
divididos; ya no teníamos un destino manifiesto: no
vendíamos, no éramos competitivos, nuestros mercados
agropecuarios se cerraban, protegidos, y los recursos
tradicionales no servían.
Arribaron
entonces los discursos dogmáticos de afuera y de
adentro, los modelos posibles y llegó la magia: íy
lo votamos! 47,49 % de argentinos en 1989, y en 1995,
el 47,94 %.
Se
reformó el Estado, se vendió lo que se mal
administraba, y las empresas privadas no competitivas
se cerraron, "eso estaba bien" porque así
comprábamos la producción asiática, chilena o
brasileña más barata, aunque de inferior calidad.
¿Y
las empresas que eran competitivas? Las vendíamos.
Llegaron los capitales del mundo y nuestros brazos,
que sabían de estar abiertos a nuevas etnias, nuevas
culturas, nuevos credos, también recibieron nuevos
dueños, sólo que éstos no vivían aquí, no les
vimos la cara, no comen nuestra comida ni pagan
nuestros impuestos.
¿Y
los que vendieron? Esos sí, viven entre nosotros, y
comparten el banco del templo, pero llevaron sus
capitales afuera, a buen resguardo, y viven de sus
rentas.
Creímos
en la convertibilidad, compramos y gastamos.
Hoy
somos los argentinos padres de hijos desesperanzados,
sin futuro, que nos piden que gestionemos la
nacionalidad europea, hijos a los que de nada les
sirve un título, que no consiguen trabajo, que
reciben $150 por una pasantía.
También
somos los que en un 48,6% votamos al actual gobierno y
ya no lo soportamos y esperamos que Paul O'Neil o
Horst Kšhler del FMI nos digan lo que va a
ocurrirnos.
Lo
que no escuchamos decir, ni decimos, es que debemos
trabajar más -¿tal vez no sirve?-, que gastemos
bien, que vivamos más austeramente, que tengamos
paciencia, que esperemos, que no sigamos en el ir y
venir de la fe a la repulsa, que da lo mismo De la Rúa
o Ruckauf, que les exijamos ser modelos válidos, no
hacer maravillas.
Debemos
pensar que, si bien somos la generación que frustrará
su ancianidad, como perdió sus ilusiones juveniles, aún
tenemos la oportunidad de ser también la dirigencia
que encamine este país. Nuestra Argentina. Que sólo
es un país más, uno cualquiera, en el cual el
trabajo es imprescindible, un país de hombres y
mujeres que deben unirse detrás de un objetivo,
lejano, difícil, sólo imaginable, pero que debe
existir allá lejos, muy distante, pero posible.
Hoy,
con un Estado destruido, reconstruyamos la sociedad,
fortalezcamos las instituciones, generemos redes para
sostener a los más débiles, trabajemos fuerte cada
uno en su espacio, sin perder de vista el proyecto común.
Seamos
los argentinos del esfuerzo, los que remontaron la
fragmentación, que supieron imaginar y confiaron, no
en un presidente, ni en un ministro de Economía, ni
en uno o varios comunicadores sociales, seamos los
argentinos que confiamos en nosotros mismos.