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[Nota editorial: Si bien no solemos (re)publicar artículos en nuestros
debates digitales, hacemos una excepción con la traducción al español
del artículo de Huntington contra la "amenaza hispana",
enviada para su difusión por nuestro colega Elpidio Laguna y que vamos
a "colgar" en los apartados Historia Inmediata y Academia
Solidaria de la web, para continuar nuestros debates sobre los Estados
Unidos. C.B.]
NOTA: La revista internacional Foreign Policy - fundada por Samuel P.
Huntington- publicó en Marzo su artículo "The Hispanic Challenge"
en su número de Marzo/Abril 2004. Esta es la traducción al espaZol
publicada en la versión espaZola de dicha revista, véanse detalles al
final del artículo. Carlos Fuentes publicó un artículo en respuesta a
éste de Huntington bastante superficial aunque indignado, no sé si
porque se dió cuenta que Huntington no había leído su libro o visto
los vídeos de su "Espejo Enterrado", que se encuentran en las
bibliotecas de Harvard.... He transcrito verbatim el artículo a excepción
de una aclaración en inglés que se verá en su lugar entre paréntisis.
Quienes quieran ver el artículo en inglés y con estadísticas muy
monas pueden teclear en su buscador: Hispanic Challenge Huntington.
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EL RETO HISPANO Foreign Policy
Abril 16, 2004
La llegada constante de inmigrantes hispanos amenaza con dividir Estados
Unidos en dos pueblos, dos culturas y dos lenguas. A diferencia de
grupos anteriores de inmigrantes, los mexicanos y otros hispanos no se
han integrado en la cultura estadounidense dominante, sino que han
formado sus propios enclaves políticos y lingüísticos -desde Los Ángeles
hasta Miami-y rechazan los valores angloprotestantes que construyeron el
sueZo americano. EE UU corre un riesgo si ignora este desafío. Samuel
Huntington
Estados Unidos fue creado, en los siglos xvii y xviii, por colonos
fundamentalmente blancos, británicos y protestantes. Sus valores,
instituciones y cultura proporcionaron los cimientos de la nación e
inspiraron su desarrollo en los siglos posteriores. En un principio,
definieron el país desde el punto de vista de la raza, el origen étnico,
la cultura y la religión. En el siglo xviii tuvieron que aZadir la
perspectiva ideológica para justificar la independencia de la metrópoli,
que también era blanca, británica y protestante. Thomas Jefferson
expuso su "credo" -como lo llamó el economista y premio Nobel
Gunnar Myrdal- en la Declaración de Independencia, y, desde entonces,
los estadistas han reiterado sus principios, y la población los ha
hecho suyos, como componente esencial de su identidad estadounidense.
En los últimos aZos del siglo xix, sin embargo, el componente étnico
se amplió con la inclusión de alemanes, irlandeses y escandinavos, y
la identidad religiosa de EE UU pasó de protestante a una definición más
general de cristiana. Con la Segunda Guerra Mundial y la incorporación
de enormes cantidades de inmigrantes del este y el sur de Europa,
llegados con sus hijos, la procedencia étnica prácticamente desapareció
como componente definitorio de la identidad nacional. Lo mismo ocurrió
con la raza, tras las victorias del movimiento de lucha por los derechos
civiles y la ley sobre inmigración y nacionalidad de 1965. Ahora los
estadounidenses consideran que tienen un país multiétnico y
multirracial, y lo aprueban. Como consecuencia, la identidad de Estados
Unidos, hoy, se define en función de la cultura y el credo.
La mayoría de los estadounidenses consideran que el credo es el
elemento crucial de su identidad nacional. Sin embargo, éste fue
producto de una cultura específica, la angloprotestante, que tenían
los colonos fundadores. Los elementos clave de dicha cultura son la
lengua inglesa, el cristianismo, el compromiso religioso, el concepto
inglés del imperio de la ley -que engloba la responsabilidad de los
gobernantes y los derechos de los individuos- y los valores protestantes
del individualismo, la ética del trabajo y la convicción de que los
seres humanos tienen la capacidad y el deber de intentar crear un cielo
en la tierra, una "ciudad sobre una colina". A lo largo de la
historia, EE UU ha atraído a millones de inmigrantes debido a esa
cultura, gracias a las oportunidades económicas y libertades políticas
que ella ha hecho posibles.
Las aportaciones de las culturas inmigrantes modificaron y enriquecieron
la cultura angloprotestante. Pero su esencia siguió siendo la base de
la identidad estadounidense, por lo menos, hasta las últimas décadas
del siglo xx. ¿Sería EE UU el país que ha sido, y es aún en gran
medida, si lo hubieran colonizado católicos franceses, espaZoles o
portugueses, y no protestantes británicos? La respuesta es claramente
"no". No sería EE UU; sería Quebec, México o Brasil. Ahora
bien, en las últimas décadas del siglo xx, la cultura angloprotestante
de EE UU y su credo comenzaron a sufrir agresiones por la popularidad,
en círculos intelectuales y políticos, del multiculturalismo y la
diversidad, el avance de la identidad de grupo basada en la raza, la
procedencia étnica y el sexo, por encima de la nacional; la influencia
de las diásporas culturales internacionales; el número cada vez mayor
de inmigrantes con doble nacionalidad y doble lealtad, y la importancia
creciente que atribuyen las autoridades intelectuales, empresariales y
políticas del país a las identidades cosmopolitas y transnacionales.
Además, la identidad nacional estadounidense, como la de otros
Estados-nación, se enfrenta al reto de la globalización, con la
necesidad que ésta crea en la gente de que haya identidades "de
sangre y creencias" más reducidas y significativas.
La división cultural entre hispanos y anglos podría reemplazar la
división racial entre blancos y negros como la fractura más seria en
la sociedad de EE UU
En esta nueva era, el desafío más grave e inmediato al que se enfrenta
la identidad tradicional de EE UU es el que suponen la inmensa y
constante inmigración de Latinoamérica, sobre todo de México, y los
índices de natalidad de estos inmigrantes en comparación con los
nativos, tanto blancos como negros. A los estadounidenses les gusta
presumir de cómo, en el pasado, han asimilado a millones de inmigrantes
en su sociedad, su cultura y su política. Sin embargo, cuando hablan de
inmigrantes, suelen generalizar: no diferencian entre ellos y se centran
en los costes y beneficios económicos de la inmigración, pero ignoran
sus consecuencias sociales y culturales, pasando por alto las características
y los problemas peculiares que plantea la inmigración actual de
hispanos. La inmigración de hoy tiene una dimensión y una naturaleza
muy distinta a las anteriores, y no parece probable que la asimilación
lograda en el pasado se repita con los inmigrantes de Latinoamérica.
Esto suscita un interrogante clave: ¿seguirá siendo EE UU un país con
una sola lengua y una base cultural angloprotestante? Al ignorar esta
pregunta, los estadounidenses están aceptando que se convertirán en
dos pueblos, con dos culturas (anglo e hispana) y dos lenguas (inglés y
espaZol).
El impacto de la inmigración mexicana en EE UU queda patente cuando se
piensa en qué ocurriría si el flujo se detuviera de pronto. El número
anual de inmigrantes legales descendería en unos 175.000, más cerca
del nivel recomendado por la Comisión para la Reforma de la Inmigración
que presidió, en los 90, la ex congresista Barbara Jordan. Las entradas
ilegales disminuirían drásticamente. Los salarios de los ciudadanos de
menos ingresos mejorarían. Los debates sobre el uso del espaZol y sobre
si es preciso declarar el inglés lengua oficial, tanto estatal como
nacionalmente, se calmarían. La educación bilingüe y las
controversias que suscita casi desaparecerían, igual que las polémicas
sobre la Seguridad Social y otras prestaciones a inmigrantes. La
respuesta a si éstos son una carga económica para los Gobiernos
estatales y el federal sería negativa.
El nivel de educación y preparación de los inmigrantes que siguieran
llegando sería el más alto en la historia del país. El flujo de recién
llegados volvería a ser muy variado, lo que motivaría más a todos los
recién llegados a aprender inglés y absorber la cultura
estadounidense.
Pero, sobre todo, desaparecería la posibilidad de una escisión de
facto entre un país de habla predominante hispana y otro de habla
inglesa, y, con ello, una enorme amenaza potencial para la integridad
cultural y política del país.
UN MUNDO DE DIFERENCIAS
La inmigración que llega ahora de México y, en general, de Latinoamérica,
no tiene precedentes en la historia de EE UU. Las lecciones extraídas
de inmigraciones pasadas no sirven para comprender su dinámica y
consecuencias. La inmigración mexicana se distingue de otras anteriores
y de casi todas las actuales por una serie de factores: contigüidad,
escala, ilegalidad, concentración regional, persistencia y presencia
histórica.
Contigüidad |
La idea que tiene EE UU de la inmigración suele estar simbolizada por
la estatua de la Libertad, la isla de Ellis y, en tiempos más
recientes, el aeropuerto JFK, de Nueva York. En otras palabras: los
inmigrantes que llegan al país después de atravesar miles de kilómetros
de océano. Tales imágenes influyen en la actitud hacia los inmigrantes
y la política de inmigración oficial. Pero esas imágenes tienen poco
o nada que ver con la inmigración mexicana. Ahora, EE UU está viviendo
la llegada masiva de personas desde un país pobre y contiguo, cuya
población es más de un tercio de la suya. Entran a través de una
frontera de 3.500 kilómetros, históricamente delimitada por una línea
en el suelo y un río poco profundo, nada más. Es una situación única,
desde el punto de vista estadounidense y mundial. Ningún otro país del
Primer Mundo comparte una frontera terrestre tan extensa con otro del
Tercer Mundo. Y la trascendencia de esta larga frontera queda aún más
patente por las diferencias económicas entre ambos. "La diferencia
de ingresos entre EE UU y México", destaca el historiador de
la Universidad de Stanford David Kennedy, "es la mayor que existe
entre dos países contiguos en el mundo".
La contigüidad permite a los inmigrantes mexicanos permanecer en íntimo
contacto con sus familias, sus amigos y sus lugares de origen, en mucha
mayor medida que los procedentes de otros países.
Escala |
Las causas de la inmigración mexicana, como de otras, están en la dinámica
demográfica, económica y política del país de origen y los
atractivos económicos, políticos y sociales de EE UU. Pero es evidente
que la contigüidad fomenta la migración. Desde 1965, la inmigración
mexicanaha aumentado sin cesar. En los 60 entraron legalmente en EE UU
unos 640.000 mexicanos; en los 80, 1.656.000, y en los 90, 2.249.000. Es
esas tres décadas, los mexicanos representaron, respectivamente, el
14%, el 23% y el 25% de la inmigración legal total. Estos porcentajes
no pueden equipararse con los inmigrantes de Irlanda entre 1820 y 1860 o
de Alemania en las décadas de 1850 y 1860. Pero son índices elevados
en comparación con la enorme variedad de países de origen de los
inmigrantes antes de la Primera Guerra Mundial y otros inmigrantes
contemporáneos. A ellos hay que aZadir, además, el gran número de
mexicanos que entran ilegalmente cada aZo. Desde los 60, el número de
extranjeros en EE UU ha aumentado enormemente; asiáticos y
latinoamericanos han sustituido a europeos y canadienses, y la
diversidad de países de origen ha dado paso al predominio de uno de
ellos: México (ver cuadro en página 23). En 2000, los inmigrantes
mexicanos representaban el 27,6% de la población de Estados Unidos
nacida en el extranjero. Los dos contingentes sucesivos, chinos y
filipinos, no eran más que el 4,9% y el 4,3% de dicho grupo.
En los 90, los mexicanos representaron más de la mitad de los nuevos
inmigrantes latinoamericanos, y en 2000, los hispanos fueron,
aproximadamente, la mitad de todos los inmigrantes en el EE UU
continental. Ese mismo aZo, los hispanos eran el 12% de la población
total del país. Entre 2000 y 2003, el grupo creció casi en un 10%, y
ahora ha superado a los negros. Se calcula que para 2050 los hispanos
pueden constituir un 25% de la población. Estos cambios no se deben sólo
a la inmigración, sino también a la natalidad. En 2002, los índices
de natalidad en EE UU se calculaban en un 1,8% para los blancos no
hispanos, un 2,1% para los negros y un 3% para los hispanos. "Es
característico de los países en desarrollo", observaba The
Economist en 2002. "A medida que la gran masa de hispanos llegue a
la edad fértil, en una o dos décadas, la proporción hispana de la
población estadounidense se disparará".
A mediados del siglo xix, la inmigración que entraba en el país estaba
dominada por anglohablantes procedentes de las islas Británicas. Las
oleadas anteriores a la Primera Guerra Mundial fueron muy variadas desde
el punto de vista lingüístico, con numerosos hablantes de italiano,
polaco, ruso, yídish, inglés, alemán, sueco y otros idiomas. Pero
ahora, por primera vez en la historia de Estados Unidos, la mitad de los
que llegan hablan una misma lengua que no es el inglés.
Ilegalidad |
La entrada ilegal en EE UU es, sobre todo, un fenómeno posterior a
1965, y fundamentalmente mexicano. Durante casi un siglo, tras la
aprobación de la Constitución, no hubo leyes nacionales que
restringieran ni prohibieran la inmigración, y sólo algunos Estados
impusieron unos límites modestos. Durante 90 aZos, la inmigración
ilegal fue mínima y sencilla de controlar. La ley de inmigración de
1965, la mayor facilidad de transporte y la intensificación de las
fuerzas que promovían la inmigración mexicana alteraron la situación
por completo. Las detenciones realizadas por la guardia estadounidense
de fronteras pasaron de 1,6 millones en los 60 a 8,3 millones en los 70,
11,9 millones en los 80 y 14,7 millones en los 90. Los cálculos sobre
el número de mexicanos que entran ilegalmente cada aZo van de 105.000
(según una comisión mixta méxico-estadounidense) a 350.000 durante
los 90 (según el Servicio de Inmigración y Nacionalización
estadounidense).
La ley para la reforma y el control de la inmigración (1986) contenía
disposiciones para legalizar a los inmigrantes ilegales ya existentes y
reducir la futura inmigración ilegal con sanciones a los empresarios y
otros métodos. El primer objetivo se cumplió: alrededor de 3,1
millones de ilegales, de los que, aproximadamente, el 90% procedía de México,
obtuvieron la carta verde, la residencia legal. Ahora bien, el segundo
objetivo se resiste. Los cálculos sobre el total de inmigrantes
ilegales en EE UU pasaron de cuatro millones en 1995 a seis millones en
1998, siete millones en 2000 y entre ocho y diez en 2003. En 1990, los
mexicanos representaban el 58% de la población ilegal total; en 2000,
se calcula que había 4,8 millones de mexicanos ilegales (el 69%). Ese
mismo aZo, los mexicanos ilegales en EE UU eran 25 veces más numerosos
que el siguiente grupo, los salvadoreZos.
Concentración regional |
Los padres fundadores de EE UU pensaron que la dispersión de los
inmigrantes era esencial para su asimilación. Ésa ha sido, y sigue
siendo, la costumbre para la mayoría de los inmigrantes no hispanos.
Estos últimos, en cambio, tienden a concentrarse por regiones:
mexicanos en el sur de California, cubanos en Miami, dominicanos y
puertorriqueZos (éstos, técnicamente, no son inmigrantes) en Nueva
York. Cuanto más se concentran los inmigrantes, más lenta e incompleta
es su asimilación.
En los 90, las proporciones de hispanos siguieron aumentando en las
regiones de mayor concentración. Y, al mismo tiempo, tanto los
mexicanos como otros hispanos empezaron a establecerse en lugares
distintos. Aunque el número absoluto sigue siendo pequeZo, los Estados
con mayor incremento proporcional de la población hispana entre 1990 y
2000 fueron, en orden decreciente: Carolina del Norte (un aumento del
449%), Arkansas, Georgia, Tennessee, Carolina del Sur, Nevada y Alabama
(222%). Asimismo, los hispanos se han asentado en determinadas ciudades
de todo el país. Por ejemplo, en 2003, más del 40% de la población de
Hartford (Connecticut) era hispana (sobre todo, puertorriqueZa), por
encima del 38% de negros. "Hartford -proclamó el primer alcalde
hispano de la ciudad- se ha convertido en una ciudad latina, prácticamente.
Es una seZal de lo que está por venir", con un uso creciente del
espaZol como lengua comercial y de gobierno.
No obstante, las mayores concentraciones de hispanos se encuentran en el
suroeste, sobre todo en California. En el aZo 2000, casi dos tercios de
los mexicanos vivían en el Oeste, y casi la mitad en dicho Estado. Por
supuesto, el área de Los Ángeles cuenta con inmigrantes de muchos países,
incluidos Corea y Vietnam. Pero los países de origen de la población
inmigrante en California son muy distintos a los del resto de EE UU, y
un solo país, México, supera a todos los inmigrantes procedentes de
Europa y Asia. En Los Ángeles, los hispanos -mayoritariamente
mexicanos- son mucho más numerosos que los demás grupos. En 2000, el
64% de los hispanos de esa ciudad eran de origen mexicano, y el 45,6% de
sus habitantes eran hispanos, y sólo un 29,7%, blancos no hispanos. Se
calcula que en 2010 los hispanos constituirán en esa ciudad más de la
mitad de la población.
La mayoría de los grupos inmigrantes tienen tasas de natalidad
superiores a la población nativa y, por eso, sus efectos se perciben
con fuerza en las escuelas. En Nueva York, por ejemplo, la enorme
variedad de su inmigración hace que los profesores tengan clases cuyos
estudiantes hablan 20 idiomas distintos en sus casas. Por el contrario,
en muchas ciudades del sur-oeste, los hispanos son una gran mayoría en
las aulas. "Ningún sistema escolar en una gran ciudad de Estados
Unidos ha experimentado jamás una afluencia tan grande de alumnos
procedentes de un solo país extranjero", decían los politólogos
Katrina Burgess y Abraham Lowenthal sobre Los Ángeles en su estudio de
las relaciones entre México y California. "Las escuelas de Los Ángeles
se están volviendo mexicanas". En 2002, más del 70% de los
estudiantes de la ciudad eran hispanos, predominantemente mexicanos, y
la proporción seguía aumentando. Los blancos no hispanos formaban el
10% del alumnado. En 2003, por primera vez desde la década de 1850, la
mayoría de los recién nacidos en California fueron hispanos.
Persistencia |
En el pasado, las oleadas de inmigrantes acabaron por disminuir, las
proporciones procedentes de cada país sufrieron enormes fluctuaciones
y, a partir de 1924, la inmigración se redujo a un goteo. En cambio, la
oleada actual no da seZales de decaer, y da la impresión de que las
condiciones que generan el gran componente mexicano van a continuar, de
no producirse una gran guerra o una recesión. A largo plazo, la
inmigración mexicana quizá pueda disminuir cuando el bienestar económico
de México se acerque al de EE UU, Sin embargo, en 2002, el PIB per cápita
de Estados Unidos era, aproximadamente, el cuádruple del de México (en
términos de poder adquisitivo). Si esa diferencia se redujera a la
mitad, los incentivos económicos para la inmigración también podrían
reducirse de forma drástica. Ahora bien, para alcanzar ese nivel en un
futuro próximo, México tendría que experimentar un crecimiento económico
rapidísimo, mucho más rápido que el de Estados Unidos. Pero ni
siquiera un acontecimiento económico de tal calibre tendría por qué
disminuir el impulso de emigrar.
Durante el siglo xix, cuando Europa estaba industrializándose a toda
velocidad y las rentas per cápita estaban en aumento, 50 millones de
europeos emigraron a las Américas, Asia y África.
Presencia histórica |
Ningún otro grupo inmigrante en la historia de Estados Unidos ha
reivindicado o podría reivindicar derechos históricos sobre su
territorio. Los mexicanos y los estadounidenses de origen mexicano, sí.
Casi todo Texas, Nuevo México, Arizona, California, Nevada y Utah
formaban parte de México hasta que este país los perdió como
consecuencia de la guerra de independencia de Texas, en 1835-1836, y la
guerra entre México y Estados Unidos, en 1846-1848. México es el único
país que Estados Unidos ha invadido para ocupar su capital -sus marines
llegaron hasta los "salones de Moctezuma"- y anexionarse la
mitad de su territorio. Los mexicanos no lo olvidan. Como es
comprensible, sienten que tienen derechos especiales sobre esos lugares.
"A diferencia de otros inmigrantes", dice el politólogo de
Boston College Peter Skerry, "los mexicanos llegan procedentes de
una nación vecina que sufrió una derrota militar a manos de Estados
Unidos y se establecen, sobre todo, en una región que, en otro tiempo,
fue parte de su país (...) Los habitantes de origen mexicano tienen una
sensación de estar en casa que no comparten otros inmigrantes".
En alguna ocasión, los especialistas han sugerido que el suroeste podría
convertirse en el Quebec de EE UU. Ambas regiones están habitadas por
católicos y fueron conquistadas por angloprotestantes, pero, por lo demás,
tienen poco en común. Quebec está a 4.500 kilómetros de Francia, y no
hay cientos de miles de franceses que intenten entrar cada aZo en la
región, ni legal ni ilegalmente. La historia demuestra que, cuando la
gente de un país empieza a referirse al territorio de un país vecino
en términos posesivos y a reivindicar derechos especiales sobre él,
hay serias posibilidades de conflicto.
EL 'SPANGLISH', SEGUNDA LENGUA
En el pasado, los inmigrantes salían del otro lado del océano y solían
superar terribles obstáculos y penalidades para poder llegar a Estados
Unidos. Venían de muchos países diferentes, hablaban distintas lenguas
y llegaban de forma legal. Su flujo varió con el tiempo: hubo
importantes reducciones como consecuencia de la Guerra de Secesión, la
Primera Guerra Mundial y la legislación restrictiva de 1924. Solían
repartirse por numerosos enclaves en zonas rurales y grandes ciudades
del noreste y el medio oeste del país. Y no reivindicaban ningún
derecho histórico a partes del territorio estadounidense.
La inmigración mexicana es totalmente distinta en todos estos aspectos
. Y esas diferencias hacen que la integración de los mexicanos en la
cultura y la sociedad estadounidenses sea mucho más difícil que en el
caso de otros inmigrantes anteriores. Una diferencia que llama
especialmente la atención es lo lejos que están todavía los
inmigrantes mexicanos de tercera y cuarta generación de la media de
Estados Unidos en educación, situación económica y número de
matrimonios mixtos.
En 1998, "José" sustituyó a "Michael" como nombre
más popular para los recién nacidos, tanto en California como en
Texas.La dimensión, la persistencia y la concentración de la inmigración
hispana ayuda a perpetuar el uso del espaZol generación tras generación.
Los datos sobre el aprendizaje del inglés y el mantenimiento del
espaZol entre los inmigrantes son limitados y ambiguos. No obstante, en
2000, más de 28 millones de personas en Estados Unidos hablaban espaZol
en el hogar (el 10,5% de la población mayor de cinco aZos) y, de ellos,
casi 13,8 millones hablaban inglés "no muy bien", un aumento
del 66% respecto a 1990. Según un informe de la Oficina del Censo, en
1990, proximadamente, el 95% de los inmigrantes mexicanos hablaba
espaZol en casa; el 73,6% no hablaba inglés muy bien, y el 43% de los
inmigrantes nacidos en México estaba "aislado lingüísticamente".
Un estudio anterior en Los Ángeles había dado resultados diferentes en
la segunda generación, nacida ya en Estados Unidos. Sólo el 11,6%
hablaba sólo espaZol o más espaZol que inglés, el 25,6% hablaba las
dos lenguas por igual, el 32,7% más inglés que espaZol y el 30,1% sólo
inglés. En ese mismo estudio, más del 90% de los mexicanos nacidos en
EE UU hablaban inglés con fluidez. Sin embargo, en 1999, había
alrededor de 753.505 alumnos en las escuelas del sur de California,
presumiblemente inmigrantes de segunda generación, que hablaban espaZol
en casa y tenían dificultades con el
inglés.
Es decir, el uso fluido del inglés entre los mexicanos de primera y
segunda generación parece seguir las mismas pautas que entre otros
inmigrantes del pasado. Pero sigue habiendo dos interrogantes. Primero,
¿han variado, a lo largo del tiempo, la adquisición del inglés y el
mantenimiento del espaZol entre los inmigrantes mexicanos de segunda
generación? Podría suponerse que, con la rápida expansión de la
comunidad inmigrante procedente de México, la gente de origen mexicano
debería tener menos incentivos para hablar bien inglés en 2000 que en
1970. Segundo, ¿seguirá la tercera generación el modelo clásico de
hablar bien inglés y saber poco o mal espaZol, o mantendrá el mismo
dominio de los dos idiomas que la segunda generación? Los inmigrantes
de segunda generación, a menudo, desprecian y rechazan su lengua
materna, y se sienten avergonzados ante la incapacidad de sus padres de
comunicarse en inglés. Es de suponer que el hecho de que los mexicanos
de segunda generación tengan o no esta actitud influirá en que la
tercera generación pueda conservar o no su espaZol. Si la segunda
generación no rechaza el espaZol de plano, lo más normal es que sus
hijos también sean bilingües, y es probable que el dominio de las dos
lenguas se institucionalice en la comunidad estadounidense de origen
mexicano.
La conservación del espaZol también se ve reforzada por la abrumadora
mayoría (entre el 66% y el 85%) de inmigrantes mexicanos, e hispanos en
general, que hacen hincapié en la necesidad de que sus hijos hablen
bien espaZol. Su actitud contrasta con las de otros grupos inmigrantes.
El Centro de Pruebas Educativas, con sede en Nueva Jersey, afirma que
existe "una diferencia cultural entre los padres asiáticos y los
hispanos a la hora de hacer que sus hijos mantengan la lengua
materna". En parte, desde luego, dicha diferencia se debe al tamaZo
de las comunidades hispanas, que ofrecen incentivos para hablar la
lengua materna con fluidez. Aunque los inmigrantes mexicanos e hispanos
de segunda y tercera generación dominan el inglés, se apartan del
modelo normal porque mantienen también su dominio del espaZol. Los
mexicanos de segunda o tercera generación que se educan sólo en inglés
aprenden espaZol ya de adultos, y animan a sus hijos a que lo hablen
correctamente. El dominio del espaZol, dice el catedrático de la
Universidad de Nuevo México F. Chris García, es "lo que le
enorgullece a cualquier hispano, lo que quiere proteger y
fomentar".
Se puede alegar que, en un mundo cada vez más reducido, todos los
estadounidenses deberían hablar, al menos, una lengua extranjera
importante -chino, japonés, hindi, ruso, árabe, urdu, francés, alemán
o espaZol- para poder comprender otra cultura y comunicarse con su
gente.
Pero otra cosa distinta es afirmar que tienen que aprender una lengua
distinta del inglés para poder comunicarse con otros compatriotas. Y,
sin embargo, eso es lo que pretenden los defensores del espaZol.
Fortalecidos por el aumento de su población y su influencia, los
dirigentes hispanos pretenden transformar Estados Unidos en una sociedad
bilingüe. "El inglés no basta"-dice Osvaldo Soto, presidente
de la Liga Hispano-americana contra la discriminación-; no queremos una
sociedad monolingüe". Del mismo modo, el catedrático de
Literatura de Duke University (e inmigrante chileno) Ariel Dorfman
pregunta: "¿Este país va a hablar dos idiomas o sólo uno?".
Y su respuesta, desde luego, es que tiene que hablar dos.
Las organizaciones de hispanos trabajan activamente para convencer al
Congreso de Estados Unidos de que autorice programas de protección
cultural dentro de la educación bilingüe; como consecuencia, los niZos
tardan en incorporarse a las clases normales. El gran número de
inmigrantes que llegan sin cesar hace que a los hispanohablantes de
Nueva York, Miami o Los Ángeles les sea cada vez más fácil vivir a
diario sin necesidad de hablar inglés. El 65% de los niZos que reciben
educación bilingüe en Nueva York son hispanohablantes y, por tanto,
tienen poco o ningún motivo para usar el inglés en la escuela.
Los programas en dos idiomas, que van un poco más allá de la educación
bilingüe, son cada vez más populares. En dichos programas, los alumnos
reciben clases tanto en inglés como en espaZol, en alternancia, con el
fin de hacer que los angloparlantes dominen el espaZol y los
hispanohablantes dominen el inglés. Es decir, se equipara al espaZol
con el inglés y se convierte a Estados Unidos en un país con dos
lenguas. En su discurso de marzo de 2000, el entonces secretario de
Educación estadounidense, Richard Riley, dio su apoyo explícito a
estos programas: "Excelencia para todos-Excellence for all".
Las organizaciones de derechos civiles, las autoridades religiosas
(especialmente católicas) y numerosos políticos (tanto republicanos
como demócratas) respaldan este movimiento hacia el bilingüismo. También
lo apoyan -y es quizá tan importante como lo anterior- los grupos
comerciales que pretenden quedarse con el mercado hispano. Es más, la
orientación de las empresas estadounidenses hacia los clientes hispanos
hace que necesiten cada vez más empleados bilingües, por lo que el
bilingüismo influye en los salarios. En ciudades del suroeste como
Phoenix y Las Vegas, los policías y bomberos bilingües cobran más que
los que sólo hablan inglés. En Miami, según las conclusiones de un
estudio realizado, las familias que sólo hablan espaZol tienen unos
ingresos medios de 18.000 dólares; las que sólo hablan inglés tienen
ingresos medios de 32.000 dólares, y las familias bilingües ganan más
de 50.000 dólares. Por primera vez en la historia de Estados Unidos,
cada vez hay más ciudadanos (sobre todo negros) que no pueden conseguir
el trabajo o sueldo que sería de esperar porque sólo pueden
comunicarse en inglés.
Los problemas sociales y culturales específicos que plantea la
inmigración mexicana en EE UU no han llamado mucho la atención ni han
sido objeto de grandes discusiones, pero muchos especialistas llevan
aZos advirtiendo sobre ellos. En 1983, el destacado sociólogo Morris
Janowitz seZalaba la "fuerte resistencia de los residentes de habla
hispana a la aculturación", y afirmaba que "lo que distingue
a los mexicanos de otros grupos inmigrantes es la constante resistencia
de sus lazos comunitarios".
Como consecuencia, "los mexicanos, junto con otras poblaciones de
habla hispana, están creando una bifurcación en la estructura sociopolítica
de EE UU que coincide, aproximadamente, con las divisiones por
nacionalidades". Otros especialistas han destacado que la dimensión,
persistencia y concentración regional de la inmigración mexicana son
obstáculos para la asimilación. En 1997, los sociólogos Richard Alba
y Víctor Nee seZalaron que la interrupción de las grandes oleadas de
inmigración durante cuatro décadas, desde 1924, "garantizó casi
por completo el debilitamiento de las culturas y las comunidades étnicas
a lo largo del tiempo".
Ahora, si prosiguen los niveles actuales de inmigración
latinoamericana" se creará un contexto étnico fundamentalmente
distinto del
que encontraron los descendientes de los inmigrantes europeos, pues las
nuevas comunidades tienen más probabilidades de seguir siendo
numerosas, llenas de vida cultural y ricas en instituciones". En la
situación actual, coincide el sociólogo Douglas Massey, "el carácter
étnico estará, en proporción, más determinado por los inmigrantes y
menos por las generaciones posteriores, con lo que el equilibrio de la
identidad étnica reposará más en la lengua, la cultura y las formas
de vida de la sociedad de origen".
"Un flujo constante de recién llegados", sostienen los demógrafos
Barry Edmonston y Jeffrey Passel, "especialmente en barrios
mayoritariamente de inmigrantes, mantiene la lengua viva para ellos y
sus hijos". Por último, el especialista del Instituto Americano de
Empresa Mark alcoff observa que, como "la población de habla
hispana se repone sin cesar con recién llegados, más rápido de lo que
se asimila", el uso generalizado del espaZol en EE UU "es una
realidad que no puede cambiarse, ni siquiera a largo plazo".
En los debates de política lingüística, el difunto senador
republicano de California S. I. Hayakawa destacó, en una ocasión, que
los hispanos eran los únicos que se oponían al inglés. "¿Por qué
los filipinos o los coreanos no se oponen a que el inglés sea la lengua
oficial? Ni los japoneses. Ni los vietnamitas, desde luego, que están
encantados de estar aquí. Se apresuran a aprender inglés y se dedican
a ganar concursos de deletreo en todo el país. Los hispanos son los únicos
que afirman que existe un problema. Ha habido un movimiento importante
para conseguir que el espaZol sea la segunda lengua oficial".
Si la expansión del espaZol como segunda lengua de EE UU sigue
adelante, con el tiempo podría tener serias consecuencias para la política
y el gobierno. En muchos Estados, quizá, los aspirantes a cargos públicos
tendrían que hablar ambos idiomas. Los candidatos bilingües a la
presidencia y otros cargos federales electos tendrían ventaja sobre los
que sólo hablasen inglés. Si la educación en dos idiomas se extiende
en las escuelas primarias y secundarias, cada vez se exigirá más a los
profesores que sean bilingües. Los documentos y formularios oficiales
quizá tengan que publicarse siempre en los dos idiomas. Tal vez se
aceptaría el uso de ambas lenguas en los comités y plenos del
Congreso, y, en general, en las actividades de la Administración. Como
la mayoría de las personas cuya lengua materna es el espaZol,
seguramente, sabrán algo de inglés, los angloparlantes que no sepan
espaZol estarán en desventaja a la hora de conseguir trabajo, ascensos
y contratos.
En 1917, el ex presidente estadounidense Theodore Roosevelt dijo:
"Debemos tener una sola bandera. Y debemos tener una sola lengua.
Que debe ser la lengua de la Declaración de Independencia, el discurso
de despedida de Washington, la proclamación de Lincoln en Gettysburg y
su segunda toma de posesión". En cambio, en junio de 2000, el
presidente Bill Clinton aseguró: "Confío en ser el último
presidente de Estados Unidos que no sepa hablar espaZol". Y en mayo
de 2001, el presidente Bush celebró la fiesta nacional del 5 de mayo
pronunciando su alocución semanal en la radio, por primera vez, en inglés
y espaZol. En septiembre de 2003, uno de los primeros debates entre los
candidatos presidenciales del Partido Demócrata también se celebró en
inglés y espaZol. A pesar de la oposición de muchos estadounidenses,
el espaZol se está aproximando a la lengua de Washington, Jefferson,
Lincoln, los Roosevelt y los Kennedy como idioma de Estados Unidos. Si
la tendencia continúa, la división cultural entre hispanos y anglos
puede llegar a sustituir a la división racial entre negros y blancos y
convertise en la escisión más grave de la sociedad estadounidense.
¿La amenaza del nacionalismo blanco?
En el filme de 1993 Un día de furia, Michael Douglas encarna a un
antiguo empleado de una empresa del sector de la defensa que reacciona
ante las humillaciones que, en su opinión, le impone una sociedad
multicultural. "Desde la primera escena, escribió David Gates en
Newsweek, la película enfrenta a Douglas -la imagen de una rectitud
obsoleta: camisa blanca, corbata, gafas y corte de pelo a cepillo-
contra una coalición multicolor de habitantes de Los Ángeles".
"Es una visión estereotipada del hombre blanco acosado en un EE UU
multicultural".
Una reacción posible ante los cambios demográficos que están produciéndose
en EE UU podría ser un movimiento contra los hispanos, los negros y los
inmigrantes, compuesto, sobre todo, por varones blancos de clase media y
baja, en protesta por la pérdida de empleos que van a parar a los
inmigrantes y a otros países, la perversión de su cultura y el
desplazamiento de su lengua. Podríamos denominarlo "nacionalismo
blanco".
"Estos defensores de la raza blanca, de nuevo cuZo, no tienen
nada que ver con los políticos populistas y los encapuchados del Klan
en el viejo sur", escribe Carol Swain en The New White Nationalism
in America, de 2002. Los nuevos nacionalistas blancos no defienden la
supremacía de la raza blanca, sino que creen en la supervivencia racial
y afirman que la cultura es producto de la raza. Sostienen que estos
cambios anuncian la sustitución de la cultura blanca por otra negra o
mestiza, intelectual y moralmente inferior.
Dichas inquietudes se basan en los cambios en el equilibrio racial. Los
blancos no hispanos han pasado de ser el 76,5% de la población en 1990
al 69,1% en 2000. En California -como en Hawai, Nuevo México y el
distrito de Columbia-, hoy, los blancos no hispanos son minoría. Los
demógrafos predicen que en 2040 los blancos no hispanos quizá sean
minoría en todo EE UU. Además, desde hace varias décadas, los grupos
de intereses y las autoridades han promovido preferencias raciales y
acciones de discriminación positiva que favorecen a los negros y a los
inmigrantes no blancos. Mientras, las políticas de globalización se
han llevado puestos de trabajo fuera del país, han incrementado la
desigualdad de rentas y han facilitado el descenso del salario real para
los estadounidenses de clase trabajadora.
Cuando un grupo social, étnico, racial o económico sufre o cree sufrir
pérdidas de poder y categoría, casi siempre, se esfuerza para dar la
vuelta a la situación. En 1961, la población de Bosnia-Herzegovina era
un 43% serbia y un 26% musulmana. En 1991, era un 31% serbia y un 44%
musulmana. Los serbios respondieron con la limpieza étnica. En 1990, la
población de California estaba formada por un 57% de blancos no
hispanos y un 26% de hispanos. Se prevé que para 2040 sea un 31% de
blancos no hispanos y un 48% de hispanos. La posibilidad de que los
blancos californianos reaccionen como los serbobosnios es nula. Pero la
posibilidad de que no reaccionen también es nula ya que han
reaccionado, al aprobar iniciativas contra las prestaciones para los
inmigrantes ilegales, la discriminación positiva y la educación bilingüe,
además de los blancos que abandonan el Estado.
La industrialización de finales del siglo xix provocó pérdidas para
los agricultores estadounidenses y empujó a crear grupos agrarios de
protesta, como el Movimiento Populista, la Grange (la organización agrícola
nacional más antigua del país), la Liga Nopartisana y la Federación
Estadounidense del Campo. Hoy, los nacionalistas blancos podrían
preguntarse: si los negros y los hispanos se organizan y hacen presión
para obtener privilegios especiales, ¿por qué no los blancos? Si la
Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color y el
Consejo Nacional de la Raza son organizaciones legítimas, ¿por qué no
va a serlo una organización nacional en defensa de los intereses
blancos? El nacionalismo blanco es "la próxima etapa lógica de la
política de la identidad en EE UU", afirma Swain, y eso coloca al
país "en grave peligro de sufrir un conflicto racial a gran
escala, sin precedentes en la historia de nuestra nación".
LA SANGRE ANTES QUE LAS FRONTERAS
Hay grandes zonas del país cuya lengua y cuya cultura se están
volviendo mayoritariamente hispanas, y el país, en general, está
pasando a ser bilingüe y bicultural. La principal zona en la que está
avanzando rápidamente la hispanización, por supuesto, es el suroeste.
Como afirma el historiador Kennedy, los estadounidenses de origen
mexicano en el suroestendrán pronto "la suficiente coherencia y
masa crítica, en una región delimitada, para poder conservar su
cultura particular, si lo desean, indefinidamente. También podrían
intentar lo que no habría soZado ningún grupo anterior de inmigrantes:
desafiar a los actuales sistemas cultural, político, legal, comercial y
educativo, para cambiar (...) no sólo la lengua, sino las instituciones
en las que trabajan".
Abundan las anécdotas que indican esa tendencia. En 1994, los
estadounidenses de origen mexicano se manifestaron enérgicamente contra
la Proposición 187 de California -que limitaba las prestaciones de
Seguridad Social a los hijos de inmigrantes ilegales- recorriendo las
calles de Los Ángeles mientras ondeaban decenas de banderas mexicanas y
volvían boca abajo las de EE UU. En 1998, en un partido de fútbol
entre México y EE UU en esa misma ciudad, los mexicanos abuchearon el
himno nacional estadounidense y atacaron a los jugadores de la selección.
Y esas acciones de rechazo tan espectaculares no son exclusivamente obra
de una minoría extremista dentro de la comunidad de inmigrantes
mexicanos. Muchos no parecen identificarse, ni ellos ni sus hijos, con
Estados Unidos.
Hay pruebas empíricas que confirman esa impresión. En 1992, un estudio
realizado entre hijos de inmigrantes en el sur de California y el sur de
Florida planteaba la siguiente pregunta: "¿Con qué te
identificas; es decir, qué te consideras?" Ningún hijo nacido en
México contestó "estadounidense", frente al porcentaje de
entre un 1,9% y un 9,3% de los procedentes de otros lugares de Latinoamérica
y el Caribe. Entre los hijos nacidos en México, el mayor porcentaje
(41,2%) era el de los que se identificaban como "hispanos" y
el segundo grupo (36,2%) el de los que escogían "mexicanos".
Entre los hijos de mexicanos nacidos en EE UU, menos del 4% respondió
"estadounidense", frente al 28,5%-50% de los nacidos de padres
procedentes de otros lugares de Latinoamérica. En la inmensa mayoría
de los casos, los niZos mexicanos no escogieron
"estadounidense" como identificación fundamental (ni los
nacidos en México ni los nacidos en Estados Unidos).
Desde el punto de vista demográfico, social y cultural, la reconquista
del suroeste del país por los inmigrantes mexicanos está en marcha. No
parece probable que se tomen medidas serias para unificar esos
territorios con México, pero Charles Truxillo, de la Universidad de
Nuevo México, predice que en 2080 los Estados del suroeste de EE UU y
los Estados del norte de México habrán constituido la República del
Norte. Algunos autores denominan a esa zona "Mexamérica",
"Amexica" o "Mexifornia". "En este valle, somos
todos mexicanos", declaró un antiguo comisionado del condado de El
Paso (Texas) en 2001.
Esta tendencia podría consolidar las áreas de Estados Unidos con
predominio mexicano en un bloque autónomo, cultural y lingüísticamente
diferenciado y económicamente autosuficiente. "Tal vez estemos
construyendo algo que obstruya el crisol", advierte el ex
vicepresidente del Consejo Nacional de Información Graham Fuller,
"una región y una agrupación étnica tan concentrada que no desee
ni necesite asimilarse a la vida cotidiana (...), multiétnica y de
habla inglesa". Existe ya un prototipo de esa región: Miami.
BIENVENIDO A MIAMI
Miami es la más hispana de las grandes ciudades en los 50 Estados de la
Unión. Durante 30 aZos, los hispanohablantes (fundamentalmente cubanos)
han ido estableciendo su dominio prácticamente en todos los aspectos de
la vida de la ciudad y han transformado por completo su composición étnica,
su cultura, su política y su lengua. La hispanización de Miami no
tiene precedentes en la historia de las ciudades estadounidenses.
El crecimiento económico de Miami, impulsado por los primeros
inmigrantes cubanos, convirtió a la ciudad en un polo de atracción
para inmigrantes procedentes de otros países de Latinoamérica y el
Caribe. En 2000, dos tercios de los habitantes de Miami eran hispanos, y
más de la mitad, cubanos o de ascendencia cubana. Ese aZo, el 75,2% de
los habitantes adultos hablaban una lengua distinta del inglés en su
casa, frente al 55,7% de Los Ángeles y el 47,6% de Nueva York. En
Miami, de los que no hablaban inglés en casa, el 87,2% hablaba espaZol.
En 2000, el 59,5% de los residentes en Miami había nacido en el
extranjero, frente al 40,9% de Los Ángeles, el 36,8% de San Francisco y
el 35,9% de Nueva York. Ese mismo aZo, sólo el 31,1% de los residentes
adultos decían hablar muy bien inglés, frente al 39% en Los Ángeles,
el 42,5% en San Francisco y el 46,5% en Nueva York.
La revolución cubana tuvo enormes repercusiones en Miami. La clase
dirigente y empresarial que huía del régimen de Castro en los 60 inició
el espectacular desarrollo económico del sur de Florida. Como no podían
enviar dinero a los suyos, invertían en Miami. El crecimiento de las
rentas en esta ciudad fue, en promedio, de un 11,5% anual en los 70 y un
7,7% en los 80. En el condado de Miami-Dade, las nóminas se triplicaron
entre 1970 y 1995. El impulso económico cubano convirtió a Miami en un
motor económico internacional y provocó la expansión del comercio y
las inversiones internacionales. Los cubanos promovieron el turismo
internacional, que, en los 90, llegó a sobrepasar al turismo interior e
hizo de Miami un centro fundamental en la industria de los cruceros.
Grandes empresas estadounidenses de los sectores de la fabricación, las
comunicaciones y los productos de consumo cerraron sus sedes para
Latinoamérica en otras ciudades estadounidenses y latinoamericanas y
las trasladaron a Miami. Surgió una pujante comunidad de habla hispana
en las artes y el espectáculo. Hoy, los cubanos pueden afirmar con
legitimidad lo que dice el profesor Damián Fernández, de la
Universidad Internacional de Florida -"Nosotros construimos la
Miami moderna"-, e hicieron que su economía haya sobrepasado a la
de muchos países latinoamericanos.
Un factor clave en esta evolución fue la expansión de los vínculos de
Miami con Latinoamérica. A la ciudad llegaron brasileZos, argentinos,
chilenos, colombianos y venezolanos, y con ellos, su dinero. En 1993 se
movieron en la ciudad unos 25.600 millones de dólares en comercio
internacional, sobre todo relacionado con Latinoamérica. En todo el
hemisferio, los latinoamericanos interesados por las inversiones, el
comercio, la cultura, el espectáculo, las vacaciones y el narcotráfico
empezaron a acudir, cada vez más, a Miami.
Esa posición tan destacada convirtió Miami en una ciudad hispana y
dirigida por cubanos. Éstos, en contra de la tradición, no crearon
ningún enclave inmigrante en un barrio concreto. Crearon una ciudad
entera, con su propia cultura y su propia economía, donde la asimilación
a la cultura estadounidense era innecesaria y, hasta cierto punto,
indeseada. En 2000, el espaZol no sólo era la lengua hablada en la
mayoría de los hogares, sino que además era la lengua fundamental en
el comercio, los negocios y la política. Los medios de comunicación
cada vez eran más hispanos. En 1998, una televisión en lengua espaZola
alcanzó el primer puesto entre las más vistas por los habitantes de la
ciudad, la primera vez que una cadena en lengua extranjera llegaba a ese
puesto en una gran ciudad estadounidense. "Están al margen",
decía un hispano triunfador a propósito de los no hispanos. "Aquí
somos miembros de nuestra propia estructura de poder", presumía
otro.
"En Miami no hay presiones para hacerse estadounidense",
observa un sociólogo nacido en Cuba. "La gente puede vivir a la
perfección en un enclave que habla espaZol". En 1999, los
principales directivos del mayor banco de Miami, la mayor empresa
inmobiliaria y el mayor bufete de abogados eran cubanos o de ascendencia
cubana. Y también establecieron su dominio en la política. En 1999, el
alcalde de Miami, el jefe de policía y el fiscal del condado de Miami-Dade,
además de dos tercios de la delegación de Miami en el Congreso de EE
UU y casi la mitad de su cámara estatal, eran de origen cubano. Tras el
caso de Elián González, en el aZo 2000, el administrador y el jefe de
policía de Miami, que no eran hispanos, fueron sustituidos por cubanos.
El predominio cubano e hispano en Miami convirtió a los anglos (y a los
negros) en minorías marginadas y a las que, con frecuencia, se podía
ignorar. Sin poder comunicarse con los funcionarios de la Administración
y ante la discriminación que ejercían los dependientes en las tiendas,
los anglos empezaron a darse cuenta de lo que uno de ellos expresa así:
"Dios mío, esto es ser una minoría". A los anglos les
quedaban tres opciones. Podían aceptar su posición subordinada y su
marginación o intentar adoptar los modos, las costumbres y la lengua de
los hispanos e integrarse en su comunidad; la "aculturación a la
inversa", lo llamaron los estudiosos Alejandro Portes y Alex
Stepick. O podían irse de Miami; y, entre 1983 y 1993, lo hicieron
140.000 personas, un éxodo que fue reflejado en una pegatina de coche:
"El último estadounidense que salga de Miami, por favor, que
traiga la bandera".
DESPRECIO POR LA CULTURA
¿Representa Miami el futuro de Los Ángeles y el sur-oeste de EE UU? Al
final, puede que los resultados sean parecidos: la creación de una gran
comunidad diferenciada, hispanohablante, con los suficientes recursos
económicos y políticos para mantener su identidad hispana apartada de
la identidad nacional de otros estadounidenses y, al mismo tiempo, capaz
de influir en la política, el Gobierno y la sociedad del país. Ahora
bien, es posible que los procesos que desemboquen en esos resultados
sean diferentes. La hispanización de Miami fue rápida y explícita, y
estuvo impulsada por motivos económicos. La hispanización del suroeste
es más lenta e implacable, y está impulsada por motivos políticos. La
afluencia de cubanos a Florida era intermitente y dependía de la política
del Gobierno cubano. La inmigración mexicana, por el contrario, es
continua, incluye un gran componente ilegal y no parece disminuir. La
población hispana (es decir, sobre todo mexicana) del sur de California
es mucho más numerosa que la de Miami en cifras absolutas, pero todavía
no ha alcanzado su proporción, si bien aumenta a toda velocidad. Los
primeros inmigrantes cubanos en el sur de Florida eran, en su mayor
parte, de clase media y alta. Luego llegaron otras oleadas de clase
baja. En el suroeste, la inmensa mayoría de los inmigrantes mexicanos
son pobres, sin cualificar y con escasa educación, y sus hijos se
enfrentan a condiciones similares.
Por consiguiente, las presiones para hispanizar el suroeste vienen de
abajo, mientras que las del sur de Florida vienen de arriba. Aún así,
a largo plazo, lo que importa son los números, sobre todo en una
sociedad multicultural, una democracia política y una economía de
mercado.
Otra gran diferencia radica en las relaciones de los cubanos y los
mexicanos con sus países de origen. La comunidad cubana ha estado
siempre unida por su hostilidad hacia el régimen de Castro; la
comunidad mexicana ha tenido una actitud más ambivalente respecto al
Gobierno de su país. No obstante, desde los 80, el objetivo del
Gobierno mexicano es desarrollar la dimensión, la riqueza y el poder
político de la comunidad mexicana en el suroeste de EE UU, e incorporar
dicha población a la de México. "La nación mexicana se extiende
más allá del territorio que delimitan sus fronteras", dijo en los
90 el entonces presidente mexicano Ernesto Zedillo. Su sucesor, Vicente
Fox, llamó "héroes" a los emigrantes mexicanos, y se define
a sí mismo como el presidente de 123 millones de mexicanos: 100
millones en México y 23 en EE UU.
A medida que aumentan en número, los estadounidenses de origen mexicano
se sienten cada vez más cómodos dentro de sus valores y, a menudo,
desprecian los de Estados Unidos. Exigen que se reconozcan su cultura y
la identidad mexicana histórica del suroeste del país. Destacan y
celebran su pasado hispano y mexicano, como ocurrió en 1998, en las
ceremonias y festividades -a las que asistió el vicepresidente espaZol
Rodrigo Rato- organizadas en Madrid (Nuevo México) para conmemorar la
creación, 400 aZos antes, de la primera colonia europea en el suroeste,
casi diez aZos antes de Jamestown.
Como informaba The New York Times en septiembre de 1999, la expansión
hispana ha contribuido "a latinizar a muchos hispanos, a los que
cada vez les cuesta menos reivindicar su pasado (...)". Hay un dato
que anuncia el futuro: En 1998, "José" sustituyó a
"Michael" como nombre más popular para los recién nacidos en
California y Texas.
DIFERENCIAS IRRECONCILIABLES
Los estadounidenses de origen mexicano se identifican cada vez más con
su cultura y su identidad. La constante expansión numérica fomenta la
consolidación cultural y hace que los inmigrantes mexicanos ensalcen
-en vez de reducirlas al mínimo- las diferencias entre su cultura y la
estadounidense. Como dijo en 1995 el presidente del Consejo Nacional de
La Raza: "Nuestro mayor problema es un choque cultural, un choque
entre nuestros valores y los de la sociedad estadounidense". Después
explicó la superioridad de los valores hispanos sobre los anglos. Igual
que Lionel Sosa, un próspero empresario estadounidense de origen
mexicano, que en 1998, en Texas, elogió a la nueva clase de
profesionales hispanos que tienen aspecto de anglos pero cuyos
"valores siguen siendo muy distintos de los de un anglo".
Desde luego, como ha seZalado el politólogo Jorge I. Domínguez, los
estadounidenses de origen mexicano tienen una actitud más favorable
hacia la democracia que los demás mexicanos. No obstante, existen
"feroces diferencias" entre los valores culturales de EE UU y
México, como observaba en 1995 Jorge CastaZeda (posteriormente ministro
mexicano de Exteriores). CastaZeda citaba las diferencias en el ámbito
social y económico, el carácter imprevisible, la concepción del
tiempo simbolizada en el síndrome de maZana, la capacidad de obtener
resultados rápidamente y la actitud respecto a la historia, expresada
en "el tópico de que los mexicanos están obsesionados con la
historia y los estadounidenses con el futuro". Sosa enumera varias
características hispanas (muy distintas a las angloprotestantes) que
"impiden el avance de los latinos": la desconfianza en la
gente ajena a la familia; la falta de iniciativa, seguridad y ambición;
la poca importancia que se da a la educación, y la aceptación de la
pobreza como una virtud necesaria para entrar en el cielo. El autor
Robert Kaplan cita a Alex Villa, un mexicano de tercera generación que
vive en Tucson (Arizona) y dice que no conoce a casi nadie, en la
comunidad mexicana del sur de Tucson, que crea que "la educación y
el trabajo" son la vía hacia la prosperidad material y que, por
tanto, esté dispuesto a "participar en EE UU".
Si continúa esta inmigración sin que mejore el proceso de asimilación,
EE UU podría acabar siendo un país dividido en dos lenguas y dos
culturas. Es el modelo que siguen algunas democracias estables y prósperas,
como Canadá y Bélgica. Pero las diferencias culturales en esos países
no son equiparables a las que hay entre EE UU y México, e incluso en
esos lugares persisten las diferencias lingüísticas. No hay muchos
canadienses angloparlantes que tengan el mismo dominio del inglés y el
francés, y el Gobierno canadiense ha impuesto multas para conseguir que
sus altos funcionarios hablaran los dos idiomas. Lo mismo ocurre en Bélgica.
La transformación de Estados Unidos en un país como éstos no tendría
por qué ser el fin del mundo, pero sí sería el fin del país que
conocemos desde hace tres siglos. Los estadounidenses no deben dejar que
ocurra, a no ser que estén convencidos de que esa nueva nación sería
mejor.
Una transformación así no sólo revolucionaría el país, sino que
tendría serias consecuencias para los hispanos, que estarían en
Estados Unidos pero no serían de EE UU. Sosa termina su libro, El sueZo
americano (Plume, 1998), con unas palabras de aliento para empresarios
hispanos ambiciosos.
"¿El sueZo americano(en el artículo en inglés: "The
Americano dream?")?", pregunta. "Existe, es
realista y está al alcance de todos".
Sosa se equivoca. No existe el sueZo americano. Sólo existe el American
dream creado por una sociedad angloprotestante. Si los estadounidenses
de origen mexicano quieren participar en ese sueZo y esa sociedad, tendrán
que soZar en inglés.
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El artículo de Samuel Huntington en Foreign Affairs (1993) que dio
origen a su obra El choque de civilizaciones y la reconfiguración del
orden mundial (Paidós, Barcelona, 1997), ha sido desde entonces, y
sobre todo desde el 11-S, fuente de debate y controversia sobre un
supuesto enfrentamiento entre la civilización occidental y el islam.
Pero Huntington también hablaba de una civilización latinoamericana.
Mexifornia: A State of Becoming (Encounter Books, San Francisco, 2003),
de Victor Davis Hanson, de la California State University, predice también
un dominio hispano a la Quebec que puede llevar a separatismos. Para
consultar datos originales sobre la población hispana de Estados Unidos
es imprescindible acceder a los últimos informes sobre la comunidad
hispana de EE UU en la web de su Oficina del Censo (www.census.gov/pubinfo/www/multimedia/LULAC.html).Roger
Daniels ofrece una historia reciente de la política de inmigración de
EE UU en Guarding the Golden Door: American Immigrants and Immigration
Policy since 1882 (Hill and Wang, Nueva York, 2003). El Centro de
Estudios de Inmigración Comparativa de la Universidad de California-San
Diego harealizado un estudio sobre las consecuencias de esta política,
disponible en www.ccis-ucsd.org.
Sobre la asimilación de los inmigrantes, ver Milton M. Gordon,
Assimilation in American Life: The Role of Race, Religion, and National
Origins (Oxford University Press, Nueva York, 1964). Richard Alba y Víctor
Nee analizan los aZos 60 en Remaking the American Mainstream:
Assimilation and Contemporary Immigration (Harvard University Press,
Cambridge, 2003). El antropólogo
espaZol y experto en migraciones Tomás Calvo Buezas bucea en los
problemas de la comunidad hispana de EE UU en 'PuertorriqueZos y otros
hispanos: integración y desigualdad en una ciudad neoyorquina', en
Muchas Américas: cultura, sociedad y política en América Latina
(Editorial Computense/ICI-V Centenario, Madrid, 1990).
Sobre los problemas de la inmigración mexicana, consúltense los
estudios incluidos en Crossings: Mexican Immigration in
Interdisciplinary Perspectives (Centro David Rockefeller de Estudios
Latinoamericanos, Harvard University, Cambridge, 1998), editado por
Marcelo M. Suárez-Orozco. Sobre la negociaciones entre Estados Unidos y
México en torno al problema de la inmigración, véase el informe del
Pew Hispanic Center How many undocumented: The numbers behind the U.S.
Migration Talks en www.pewhispanic.org.
Otros aspectos de las relaciones entre EE UU y México se abordan en The
California-Mexico Connection (eds. Abraham F. Lowenthal y Katrina
Burgess, Stanford University Press, Stanford, 1993) y en The United
States and Mexico, de Jorge I. Domínguez y R. Fernández de Castro
(Routledge, Nueva York, 2001).
Samuel Huntington es presidente de la Harvard Academy for International
and Area Studies y autor de El orden político en las sociedades en
cambio, La tercera ola, El choque de civilizaciones y, en colaboración
con Peter L. Berger, Globalizaciones múltiples, publicados en EspaZa
por Ediciones Paidós. Extracto de ¿Quién somos?, cap. 9, Paidós,
Barcelona (de próxima aparición). Copyright © 2004 Samuel Huntington.
Foreign Policy Edición EspaZola
Felipe IV, 9; 1º derecha. 28014 Madrid Tel. 915 23 70 76
© 2004 CARNEGIE ENDOWMENT FOR INTERNATIONAL PEACE. © 2004 FRIDE.
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