Historia Inmediata
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Muerte del Papa/Habemos Papa |
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Me llegó el siguiente texto escrito por JOSE
FERNANDEZ VEGA sobre la Conferencia de Baviera entre Habermas y
Ratzinger. Antes de ser Papa, Joseph Ratzinger mantuvo una
discusión con el filósofo Jürgen Habermas sobre el papel de la
fe en la construcción de un mundo más democrático. El análisis
del debate que aquí se ofrece revela facetas poco conocidas de
estos dos eruditos. Además, un comentario de los ensayos
teológico-políticos de Ratzinger.
El texto me sugirió que más de cinco siglos y la
historia que se destroza a sí misma en virtud de la historia
sólo puede ser defendida por la verdad divina. Significa que no
somos sino marionetas en el orden eterno de las instituciones,
que nuestros sueños individuales sólo responden a lo
irreversible de la razón, la fe, la técnica, el Estado.
Si no somos sujetos, si negamos la posibilidad de
que nuestros actos respondan a la razón, por el simple hecho de
que son las pasiones quienes tienen la fuerza de la historia,
como apunta Habermas, y si las pasiones terminan escandalizando
a la razón al destruir la historia, y debemos aceptar la fuerza
divina como el impulso que hace verdadero el sentido histórico,
como Ratzinger propone... entonces, la polémica no es sobre los
sistemas políticos, democracia, liberalismo, posmodernidad,
modernidad... sino sobre el animal humano, sobre lo más básico
que nos proponemos: soldados de la fe o la razón. El
fundamentalismo islámico encontrará un nuevo
contrincante en el siglo XXI, tal y como insinúa esta cumbre
democracia-catolicismo.
Ahora, no es de dudarlo... recuerdo varias
polémicas en los foros de la Universidad Nacional en Bogotá,
hace quince años, donde fundamentalismos de derecha o izquierda
siempre nos plantearon la obligación de la razón, y en donde
algo quedaba flotando en la ambigua idea de "diferencia" e
"identidad"... que el proceso de la historia en América era el
proceso del extrañamiento, del desgarro, así que la unidad, la
reintegración de esa contra-historia sólo podía darse en el
origen, en lo divino. En lo mágico. Lo surreal. El
encantamiento. El mesías.
TEXTO DE JOSE FERNANDEZ VEGA sobre la Conferencia
de Baviera entre Habermas y Ratzinger:
En enero de 2004 la Academia Católica en Baviera reunió al entonces cardenal Joseph Ratzinger (1927) con el filósofo Jürgen Habermas (1929). La cumbre intelectual se mantuvo entonces en discreta reserva. Personalidades de amplia influencia en mundos muy distintos —el reino vaticano en un caso, la república académica en otro—, ambos son alemanes de una generación que, muy joven, participó del colapso bélico del Tercer Reich.
Maestros de vasta experiencia si bien, por así
decir, con libros opuestos, ofrecieron en esa ocasión su visión
de las relaciones entre la religión y la política a comienzos
del siglo XXI. ¿Pueden llegar a ser hermanas la fe y la
democracia? ¿O bien persistirán en su añeja y mutua hostilidad?
Más allá del resultado del encuentro, resulta claro que el ahora
Benedicto XVI enfrentó con energía a su antagonista, sin dudas
el pensador vivo más célebre tras la desaparición de figuras
como Norberto Bobbio, John Rawls o Jacques Derrida.
Pensadores bajo otra luz
La conferencia de Baviera modifica algo del
perfil convencional por el que son conocidos sus protagonistas.
Es cierto que Habermas se muestra preocupado por los temas de
siempre, la fundamentación no metafísica de los valores modernos
y la racionalización de la cultura política. Pero a la vez —y
esto es sorprendente en quien al pasar se define como
indiferente, "sin oído musical para la religión"— insistió allí
en la necesidad de contar con la fe para sostener la debilitada
vitalidadde la conciencia democrática.
Ratzinger defendió por cierto una filosofía
tradicional que tiene siglos detrás de él. En sus
maneras, sin embargo, tomó distancia del perfil
mediático que supo proyectar como guardián del dogma y purpurado
ultramontano capaz de sostener que los políticos católicos
pueden aplicar la pena de muerte pero jamás autorizar el aborto.
En su Baviera natal adoptó el papel de polemista urbanizado. Se
permite incluso un cortés comentario crítico acerca de una idea
de Hans Küng, un teólogo cuya enseñanza combatió desde su
implacable puesto institucional en Roma durante la era Wojtyla.
¿En qué creen los laicos?
Un problema de los laicos, comenzó Habermas, es
que tienen dificultades para afirmar valores sin recurrir a los
respaldos trascendentes o confesionales que pretenden negar. La
secularización —vale decir, el proceso de replanteo en términos
laicos del antiguo universo conceptual de la cultura religiosa—
amenaza con vaciar el sentido mismo de esos conceptos que son
también valores. ¿Cómo se justifican, por ejemplo, el derecho y
el Estado? Esta pregunta fundamental para la política constituyó
el centro de la discusión en Baviera. Desde la filosofía de
Habermas, una variante del liberalismo político, el respaldo de
las instituciones ya no puede ser religioso o metafísico: debe
ser racional. La ley que regula al Estado se fundamenta en las
mismas condiciones que hacen posible el diálogo entre
ciudadanos, quienes están involucrados de una u otra forma en el
procedimiento legislativo. La argumentación es la fábrica de
legitimidad del sistema.
En esta visión, es el propio proceso democrático
el que genera el imprescindible consenso hacia un sistema que
pretende apoyarse no tanto en la represión que en el acuerdo más
imaginario que real de sus integrantes. Una derivación
importante es que el Estado democrático evita dar instrucciones
sobre la felicidad o fijar orientaciones acerca del sentido de
la vida. Es neutral, dice Habermas, respecto de las visiones del
mundo. Sus ciudadanos pueden adoptar la que prefieran; son
libres de pensar y actuar como quieran siempre que respeten la
legalidad vigente.
Pero el verdadero problema —que, hay que decirlo,
no empezó a preocupar a Habermas en el momento en que se
encontró a debatir con Ratzinger sino mucho antes— se perfila
ahora con claridad, pues ¿qué motivará a estos ciudadanos
laicos, posmetafísicos, individualistas a participar en política
o a sacrificar algo de lo propio en aras de un interés común? La
razón puede justificar, pero no basta para motivar, aclaró
Habermas. Y es aquí donde halla un espacio para que la religión
haga su aporte a la cultura democrática moderna con la que vive
en disenso a la vez perpetuo y, según él, tolerable. Este tono
desconcertó a los comentaristas. ¿El heredero de la tradición
radical de Frankfurt, el defensor de la Ilustración y del
progresismo se aprestaba ahora a un giro religioso ante un
cardenal oscurantista?
Conocer y creer
Un sistema político, explicó el filósofo, no
puede nutrirse del puro conocimiento o de la sola transparencia
argumental en los debates. En el pasado, las convicciones
republicanas fueron sostenidas por ideologías o pasiones (el
nacionalismo, por ejemplo). Sin anclajes "pre-políticos", como
los llama con elegancia, es decir, sin motores pasionales e
irracionales, difícilmente alguien iría a la guerra o resignaría
ganancias en aras de la igualdad. Un Estado no puede prescindir
de valores altruistas ni tampoco imponerlos jurídicamente. La
modernización, con su individualismo y su frialdad ante lo
trascendente,
puede llegar a disolver el cemento de la
sociedad.
¿Cómo implantar una convicción solidaria eficaz
con medios sólo racionales? En lo que Habermas denomina
"post-secularización", la religión tiene un papel relevante para
la formación de virtudes civiles; apuntala, no amenaza, a la
modernidad secular. ¿Acaso los derechos humanos, hito de la
civilización, no hunden sus raíces en la escolástica católica,
comentó Habermas?
Cristianos y no creyentes deberían soportar la
perpetua discrepancia sobre temas de sexo o familia. La razón,
por su lado, ganaría en profundidad si reconociera en la fe un
"potencial de verdad" que ésta sin embargo no puede demostrar
por sus propios medios. La filosofía no debería enjuiciar a la
fe con criterios estrictos de verdad o falsedad (cosa que hizo
abundante e inútilmente en el pasado), sino cambiar de actitud y
estimar lo que puede aprender de ella.
El cristianismo le parece a Habermas un aliado adecuado en la lucha contra el posmodernismo, enemigo común, pues, a diferencia de éste, no reniega de la racionalidad ni le atribuye a ella el origen de todos los males. Con todo, para Habermas sería preciso "desinfectar" de cierto irracionalismo remanente a las culturas no liberales, como las religiosas, para admitirlas en la ciudad. Pero, ¿qué queda de la religión después de esta profilaxis?
En su respuesta, Ratzinger sostiene que la
racionalidad, único Dios que Habermas admite, también debería
reflexionar sobre los desastres que producen sus sueños y
comprender las reacciones contrarias que genera. Por un momento
parece acercarse más que el propio Habermas a las ideas en las
que éste se formó.
Cierta o no, su indirecta objeción es a la
vezpertinente y popular (algunos la calificarían de
populista, otros de mero lugar común) y
contribuye a delinear la imagen final con la que el cardenal
quiere identificar a su rival, la estrella intelectual. Aunque,
a decir verdad, Habermas manifiesta la aspiración a convivir con
la religión, la argumentación de Ratzinger intenta convertir al
filósofo en una especie de fanático del racionalismo; un
dogmático de distinto tipo.
Contra el relativismo moral
Ratzinger aprovecha las cartas que su antagonista
deja sobre la mesa para elaborar su argumento utilizando un
lenguaje menos técnico, algo que quizá constituya también una
lección para progresistas. Sabe que ante un eventual auditorio
no creyente llevaría todas las de perder y tiene que defender la
noción de derecho natural, es decir, de una ley cuyo fundamento
no es un razonamiento o el resultado de un debate sino que se
deriva de una esencia "natural" de origen divino y revelada a
los hombres, ¿Cómo hacerlo sin exigir que
los demás participen de sus creencias?
El verdadero enemigo que obsesiona al cardenal se
llama relativismo moral, sin dudas amplificado por el
posmodernismo que Habermas deplora, pero no exclusivo efecto de
éste, sino de la propia modernidad que el filósofo reivindica.
Los valores firmes no surgen de los caprichos personales del
individuo ni pueden fundarse siempre de manera racional o
democrática. Esto último es claro en el ejemplo de los derechos
humanos. ¿Acaso las mayorías que votaron y llevaron legalmente a
Hitler al poder en Alemania hubieran consagrado la dignidad
humana, arguye Ratzinger? Hay valores que se sostienen por sí
mismos, sin necesidad de argumentos o consensos. No es sensato
postrarse ante el fetiche del yo moderno ni el de sus mayorías.
Estas no siempre tienen razón, dijo el cardenal el año pasado en
Baviera.
La religión, afirma con Habermas, será una
auténtica fuente normativa para las democracias abúlicas siempre
que se admita que los principios del orden moral y civil fluyen
de la naturaleza divina. Porque detrás de ese reconocimiento
vendrán los necesarios valores para el mundo moderno cuyo
ateísmo amenaza incluso la dignidad de la persona. Si bien es
preciso que el derecho vuelva a disponer de un fundamento
trascendente deberá ser, por supuesto, uno racionalmente
estructurado. Sólo así podrá combatirse el relativismo, enemigo
común, que Habermas abomina sólo bajo la forma de posmodernismo.
El filósofo había ofrecido su mano, pero el cardenal busca
tomarlo del
codo.
En efecto, Ratzinger explota a fondo los gestos
concesivos de Habermas y extrae de ellos casi la exigencia de
restaurar la centralidad de la fe en un mundo que ya no cree en
nada ¿No había sido Habermas quien subrayó la genealogía
católica de los derechos humanos, hoy venerados por todo el
mundo globalizado (a excepción quizá de algunas diócesis
meridionales)? Puesto que la metafísica confesional —la fe— no
puede limitarse a ser un mero correctivo para el vacío del mundo
moderno que ha diagnosticado Habermas porque es su única verdad
sustancial y ha sido relegada. Si la necesidad de un más franco
regreso a la fe asusta a los progresistas como Habermas por sus
peligrosos núcleos irracionales, ¿por qué se muestran tan poco
alterados por las atrocidades de la razón, empezando por la
bomba atómica y pasando por su desprecio a las culturas
distintas, cuya religiosidad, sostiene el cardenal, el propio
Vaticano respeta y estima?
¿Liberales o católicos?
Para Ratzinger es obvio que el laicicismo de la
modernidad racionalista domina —por el momento y para su propio
mal— el actual panorama espiritual. Con todo, razón y fe —los
padres de la iglesia, dice el cardenal, lo enseñaron hace ya
muchos siglos— son complementarias antes que enemigas. Además,
queda claro que la razón tiene sus propias patologías, no
menores ni menos mortíferas de las que la religión sufrió en el
pasado. Atrocidades históricas aparte, y pese a que
superficialmente no parezca así, desde un exclusivo plano
doctrinal el ecumenismo de la fe católica manifiesta una mayor
disposición a la relación con lo distinto que la cultura
liberal.
La lucha de Habermas contra el posmodernismo,
deja entender el cardenal, lo terminará arrastrando hacia la
intolerancia cultural. Después de todo, no sólo París es la
capital de la diferencia. También el Islam, el modo de vida de
la India o las sensibilidades nativas de Latinoamérica tienen
sus propias visiones no coincidentes con las del Occidente
racionalista, la mayor cultura operativa a nivel global.
Para Ratzinger, y en ello se adivina el intento
de una estocada final (¿populista?), la modernidad que Habermas
defiende debería aprender a modular sus pretensiones de
universalidad tomando lecciones de la tradición católica. Esta
tradición no sería menos
firme pero sí (al menos en teoría) menos
absolutista o paranoica que la modernidad laica. Si ésta no
modera su ciega arrogancia, lo pagará caro. Y ya lo está
pagando, insinuó en Baviera el hombre que sería Papa.
Cordial Saludo,
David Camargo
Filósofo
Mgs Relaciones Internacionales
Bogotá, Colombia
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