Grupo Manifiesto Historia a Debate
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Deliberaciones |
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Querido amigo Carlos Barros: Agradezco tu invitación a formar parte del Grupo de trabajo del Manifiesto de Historia a Debate y la acepto con mucho gusto. Probablemente mi respuesta será una de las últimas, antes del 31 de julio, fecha límite. La he demorado en tanto me he enriquecido con las opiniones y criterios de otros colegas historiadores, que han hecho llegar antes sus mensajes. Comparto las sugerencias formales al respecto de la redacción del Manifiesto, así como también varias de sus apreciaciones de fondo, que servirán para enriquecer o completar el texto final y sobre las cuales no tengo necesidad de volver. Precisamente con relación al contenido esencial del Manifiesto, creo que es muy útil considerar tu respuesta a Micheline Cariño, en la que le dices que "al Manifiesto le irá todavía mejor: hemos aprendido y somos más. Aunque no lo parezca (también porque se huye conscientemente del estilo académico) todas estas reflexiones del borrador son el trabajo de ocho años de observar, escribir, leer, hablar... cada vez con más gente y de sitios más distintos". El Manifiesto, por tanto, anhela contener lo esencial, y ello como fruto de un trabajo permanente y de una reflexión absolutamente responsable. Me adhiero a él. Encuentro que el Manifiesto se mueve intencionalmente en un nivel de abstracción que permite abarcar ese trabajo y esas reflexiones que, al mismo tiempo, expresan varias de las inquietudes que han venido formulando otros colegas historiadores y que incluso han sido, de algún modo, previstas. Además, tengo la impresión que los aportes y sugerencias que han llegado a través de los mensajes de e.mail se mueven, por lo general, en una línea de discusiones académicas que parecen haber surgido o relacionarse de manera directa con encuentros anteriores. De manera que hay un rico contenido teórico que sustenta el nivel de abstracción del documento preliminar. En todo caso, considero que es importante subrayar el papel de las condiciones históricas concretas y diferentes para distintas realidades del mundo. En ese sentido reivindico el papel de la historia y de la historiografía de América Latina. Cierto es que los mecanismos de la "dependencia cultural" han actuado poderosamente para acercar a los investigadores de esta región a los paradigmas y modelos nacidos en Europa, con visos de universalidad. Históricamente hablando, Latinoamérica ha inscrito esas fuentes teóricas en su propia realidad, intentando extenderlas y aplicarlas. Pero, sin duda, la región también ha generado sus propias fundamentaciones teóricas, correspondientes a su específica evolución. Nuestra situación latinoamericana provoca la crítica permanente de la realidad histórica, que vuelve más "política" a la ciencia histórica como tal. Y esa situación se vuelve más aguda, mientras mayor es la conflictividad social provocada por los abismos en la estructura del poder y el reparto de la riqueza. Mi país, el Ecuador es un claro ejemplo al respecto. En los últimos cinco años se han producido cambios del "presente" que tienen una connotación histórica singular: el auge del movimiento indígena (en el año 2000 incluso con efímera presencia gubernamental), el derrocamiento popular de dos gobiernos (un cuestionamiento por su base a la "democracia occidental"), la crisis económica más espectacular en la vida republicana, su convivencia con el neopopulismo, el fracaso radical del neoliberalismo, la penetración en un mundo globalizado, pero bajo estructuras oligárquicas, etc. Y esa singularidad (en ningún otro país latinoamericano ha ocurrido algo parecido), en medio del área de países andinos (a los que el Ecuador se pertenecen con mayor fuerza histórica), que tienen parecida estructura y, al mismo tiempo, diferencias sustanciales con otros países latinoamericanos como Argentina, Chile o Uruguay. Así pues, las circunstancias concretas relativizan el supuesto valor universal de paradigmas y modelos. Y son esas circunstancias concretas las que a su vez fundamentan, desde la perspectiva propia, Latinoamericana, Ecuatoriana, un ángulo específico de concreción del ideal del Manifiesto de Historia a Debate, que lo encuentro muy bien resumido en esta frase: "queremos cambiar la historia que se escribe y coadyuvar a cambiar la historia humana".
Con un fraterno abrazo,
Juan Paz-y-Miño Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Quito.
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Querido Juan:
Gracias por tu mensaje que me ratifica en la
idea, que me ronda en la cabeza desde hace un tiempo, de
publicar si os parece bien, en nuestra web, los mensajes
cruzados. Tienen un valor en sí mismos, "desbordan"
el texto base y nos señalan el camino a seguir después del
Manifiesto 2001: desarrollar "en debate" su
letra y su espíritu hasta la próxima revisión.
Uno de los temas clave, consustancial con HaD,
es su dimensión latina. Elpidio Laguna ya lo hizo notar,
desde EE. UU. Os puedo decir que, en los últimos dos años,
me han llegado de colegas españoles y franceses comentarios,
sobre el protagonismo reciente en HaD de los colegas
latinoamericanos (también gracias a Internet),
comentarios a veces chistosos a veces hirientes, siempre
mostrando sorpresa, puesto que, aparte de los
latinoamericanistas, la relación habitual de las
universidades españolas y europeas con los académicos de AmL
es, todavía, una relación "dependiente".
El papel de HaD en Europa está siendo, en
este aspecto, muy importante: podría así mismo
mencionar bastantes opiniones de historiadores españoles sobre
la aportación de los colegas latinoamericanos a nuestra
lista, en algo tan simple, por ejemplo, pero crucial, como
el entusiasmo con que se vive en AmL la historia como
oficio y servicio social frente a unas historiografías en la
vieja Europa sin duda más acomodaticias y academicistas.
Digo todo ésto para que evaluemos la
importancia de "teorizar" más el papel de las
historiografías latinas en la historiografía y en la
historia que vienen, en sus dimensiones inseparables
locales y universales. Tenemos ya la introducción
al tomo "Historia a Debate. América
Latina" (1996), la mesa redonda del II Congreso sobre
la identidad historiográfica latinoamericana (que presidió
Sergio Guerra quien lleva años trabajando en un libro
sobre ello), el debate digital sobre "Lo latino en
la historiografía global", colgado en nuestra web, y
ahora tu mensaje que tal vez pueda transformarse en artículo...
Una reflexión final, cara a la elaboración
pos-Manifiesto de nuestras ideas, sobre las dimensiones
diversas de lo latino. La percepción europea de las
historiografías de América del Sur y Central es algo así
como decir que "todavía están en los años 70",
esto es "retrasadas" respecto de
"nosotros". Me pregunto al respecto si es más
avanzado escribir la historia al dictado de la sección de
libros del "El País", de la Comisión institucional
de los diversos centenarios, o de la demanda economicista de
biografías de reyes y "hombres de Estado" por parte
de grandes y pequeñas editoriales, que escribir la historia
mirando hacia los movimientos sociales, locales y globales,
viendo la historia otra vez "desde abajo" y con
nuevos ojos "desde arriba". Me pregunto, en suma, si estas
características latinoamericanas son un "resto" del
pasado o nos anticipan el porvenir.
Creo que más en lo segundo que en
lo primero.
El año y medio transcurrido entre Seatle y Génova anticipan
una "batalla de ideas" y de fuerzas sociales de
colosales dimensiones para definir la globalización acelerada
en que estamos inmersos. La mentalidad eurocentrista como visión
del mundo no tiene, en mi opinión, futuro alguno
(salvo para mantener algunos prestigios académicos del siglo
pasado sin nada nuevo que ofrecer). Algunos intelectuales
norteamericanos dicen incluso que la hegemonía USA es cosa
del siglo XX. Se da como seguro una emergencia histórica y
una influencia mundial en el siglo XXI de China y otros países
de Extremo Oriente, sin precedentes... El siglo XXI recién
empieza.
En este nuevo contexto global, no puede pasar
desapercibido que importantes intelectuales europeos hayan
tenido que acudir a Brasil (Porto Alegre) para contribuir
a diseñar el tránsito de la "antiglobalización" a
la "globalización alternativa".
Quiero decir con todo ésto que el compromiso
social y el cosmopolitismo de la historiografía
latinoamericana se han mantenido y reformulado (sin duda,
con un mayor nivel académico, usando Internet,
etc.) en los años 90, porque, tal vez sin saberlo,
expresaba y expresa la diversa globalización que viene, que
tiene en AmL uno de sus nuevos centros emergentes. Doble
globalización cuya evolución debemos seguir con atención
desde HaD porque nuestro futuro como corriente historiográfica
global está subordinada, se quiera o no, al desenlace de un
fenómeno histórico de rasgos inéditos al que estamos íntimamente
vinculados porque también somos producto de los 90 y queremos
anticiparnos a un porvenir historiográfico, e histórico, que
no nos gusta tal como quieren cocinarnoslo.
Un abrazo (nos vemos en Pontevedra, a finales
de octubre),
Carlos Barros
P. D. Cuando me refiero a "historiografía
latinoamericana", "historiografía española",
"historiografías europeas", destaco determinados
rasgos sin pretender afirmar, obviamente, que se trata de
historiografías homogéneas. Nosotros mismos representamos
nada más que una parte de la historiografía española, y en
las comunidades nacionales de historiadores latinoamericanos
hay de todo, como en todos los lados.
Carlos Barros
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