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Autor: Ediciones de H-MEXICO |
Nota: Alojado en: http://www.h-mexico.unam.mx//publica/publicaciones/127139810322511.html
MANIFIESTO DE HISTORIA A DEBATE, 2001
Después de ocho años de contactos,
reflexiones y debates, a través de congresos, encuestas y últimamente
Internet, hemos sentido la urgencia de explicitar y actualizar nuestra posición
en diálogo crítico con otras corrientes historiográficas, asimismo
desarrolladas en la última década del siglo XX: (1) el continuismo de los años
60-70, (2) el posmodernismo, y (3) el retorno a la vieja historia, la última
"novedad" historiográfica.
Estamos viviendo una transición histórica e
historiográfica de resultados todavía inciertos. Historia
a Debate como tendencia historiográfica
quiere contribuir a la configuración de un paradigma común y plural de los
historiadores del siglo XXI que asegure para la historia y su escritura una
nueva primavera. A tal fin hemos elaborado 18 propuestas metodológicas,
historiográficas y epistemológicas, que presentamos a los historiadores y a
las historiadoras del mundo para su debate y, en su caso, adhesión crítica y
posterior desarrollo.
METODOLOGÍA
I. Ciencia con sujeto
Ni la historia objetivista de Ranke, ni la
historia subjetivista de la posmodernidad: una ciencia con sujeto humano que
descubre el pasado conforme lo construye.
Tomar en consideración las dos subjetividades
que influyen en nuestro proceso de conocimiento, agentes históricos e
historiadores, es la mejor garantía de la objetividad de sus resultados,
necesariamente relativos y plurales, por lo tanto rigurosos.
Ha llegado la hora de que la historia ponga al
día su concepto de ciencia, abandonando el objetivismo ingenuo heredado del
positivismo del siglo XIX, sin caer en el radical subjetivismo resucitado por
la corriente posmoderna a finales del siglo XX.
La creciente confluencia entre las "dos
culturas", científica y humanística, facilitará en el siglo que
comienza la doble redefinición de la historia, como ciencia social y como
parte de las humanidades, que necesitamos.
II. Nueva erudición
Somos partidarios de una nueva erudición que
amplíe el concepto de fuente histórica a la documentación no estatal, a los
restos no escritos de tipo material, oral o iconográfico, a las no-fuentes:
silencios, errores y lagunas que el historiador y la historiadora ha de
valorar procurando también la objetividad en la pluralidad de las fuentes.
Una nueva erudición que se apoye con decisión
en el conocimiento no basado en fuentes que aporta el investigador. La
historia se hace con ideas, hipótesis, explicaciones e interpretaciones, que
nos ayudan además a construir/descubrir las fuentes.
Una nueva erudición que vaya más allá de la
historiografía renovadora de los años 60 y 70 incorporando la nueva relación
con las fuentes aportada por la historia de las mujeres, la historia oral, la
historia ecológica, la historia mundial/global y otras novedades productivas
surgidas o desarrolladas en los años 80 y 90, así como la "nueva
historiografía" que está naciendo en Internet y de la cual formamos
parte.
Una nueva erudición que, reconociendo que el
necesario trabajo empírico no decide la verdad histórica más que a través
de las comunidades de historiadores, desenvuelva el debate y el consenso en ámbitos
colectivos.
Una nueva erudición, en suma, que nos permita
vencer el "giro positivista" y conservador a que nos ha conducido,
recientemente, la crisis de las grandes escuelas historiográficas del pasado
siglo, y que amenaza con devolver a nuestra disciplina al siglo XIX.
III. Recuperar la innovación
Urge un nuevo paradigma que recobre el
prestigio académico y social de la innovación en los métodos y de los
temas, en las preguntas y en las respuestas, en resumen, en la originalidad de
las investigaciones históricas. Una nueva historiografía que mire hacia
adelante y que devuelva al oficio de historiador el entusiasmo por la renovación
y por los compromisos historiográficos.
Brotarán nuevas líneas de investigación si
pensamos con nuestra propia cabeza: considerando que nada histórico nos es
ajeno; avanzando mediante el mestizaje y la convergencia de los métodos y de
los géneros; llenando los odres viejos con vino nuevo, desde la biografía
hasta microhistoria; prestando atención a las necesidades científicas y
culturales, sociales y políticas, de una sociedad sujeta a una profunda
transformación.
La historiografía del siglo XXI precisa de la
ilusión y de la realidad de enfoques auténticamente innovadores si no quiere
quedar convertida, como la mujer de Lot, en una estatua de sal.
IV. Interdisciplina
La nueva historiografía que proponemos ha de
acrecentar la interdisciplinariedad de la historia, pero de manera
equilibrada: hacia adentro de la amplia y diversa comunidad de historiadores,
reforzando la unidad disciplinar y científica de la historia profesional; y
hacia afuera, extendiendo el campo de las alianzas más acá y más allá de
las ciencias sociales clásicas.
Es menester tender puentes que comuniquen el
vasto archipiélago en que se ha convertido nuestra disciplina en las últimas
décadas. Al mismo tiempo, la historia ha de intercambiar métodos, técnicas
y enfoques, además de con las ciencias sociales, con la literatura y con la
filosofía (de la historia y de la ciencia, sobre todo), por el lado de las
humanidades, y con las ciencias de la naturaleza, por el lado de las ciencias.
Sin olvidar las disciplinas emergentes que tratan de las nuevas tecnologías y
de su impacto transformador en la sociedad, la cultura, la política y la
comunicación.
Aprendiendo de experiencias pasadas, tres son
los caminos que hay que eludir, en nuestra opinión, para que la
interdisciplinariedad enriquezca a la historia: 1) perseguir una imposible
"ciencia social unificada" alrededor de cualquiera otra disciplina,
sin menoscabo del máximo desarrollo interdisciplinar tanto individual como
colectivo; 2) hacer del diálogo historia-ciencias sociales la receta mágica
de la "crisis de la historia", que nosotros entendemos como cambio
de paradigmas; 3) diluir la historia en tal o cual disciplina exitosa, como
nos proponen hoy en día los narrativistas extremos en relación con la
literatura.
V. Contra la fragmentación
El fracaso de la "historia total" de
los años 60 y 70 abrió la vía a una fulgurante fragmentación de temas, métodos
y escuelas, acompañada de crecimiento y caos epistemológico, que pareció
detenerse en los años 90 y resulta cada vez más anacrónica en el mundo que
viene, basado en la interrelación y la comunicación global.
Nuestra alternativa es avanzar, en la práctica
historiográfica, nuevas formas de globalidad que hagan converger la
investigación histórica atravesando espacios, géneros y niveles de análisis.
Para hacer posible una historia a secas,
integral, hay que experimentar, pues, iniciativas de investigación que
adopten lo global como punto de partida, y no como "horizonte utópico":
líneas mixtas de estudio en cuanto a fuentes y temas, métodos y
especialidades; incorporación a la historia general de los paradigmas
especializados más innovadores; combinar enfoques cualitativos y
cuantitativos; articular temporalidades (que engloben presente y futuro) y
escalas diversas; escrutar la globalidad a través de conceptos y métodos, aún
potencialmente abarcantes, como mentalidad y civilización, sociedad, red y
cambio social, narración y comparación, y crear otros nuevos; indagar la
historia mundial como un nuevo frente de la historia global; servirse de las
nuevas tecnologías para trabajar a la vez con escritos, voces e imágenes,
juntando investigación y divulgación; impulsar la reflexión y el debate, la
metodología y la historiografía, como terreno común a todas las
especialidades históricas y punto de contacto con otras disciplinas.
HISTORIOGRAFÍA
VI. Tarea historiográfica
Sabiendo como sabemos que el sujeto influye en
los resultados de la investigación, se plantea la necesidad de indagar al
propio historiador en aras de la objetividad histórica. ¿Cómo? Procurando
integrar los individuos en grupos, escuelas y tendencias historiográficas,
implícitas y explícitas, que condicionan, se quiera o no, la evolución
interna de la historia escrita. Estudiando a los historiadores y a las
historiadores por lo que hacen, no sólo por lo que dicen; por su producción,
no sólo por su discurso. Aplicando, con matices, tres conceptos clave de la
historia de la ciencia pospositivista: el ‘paradigma’ como conjunto de
valores compartidos; la "revolución científica" como ruptura y
continuidad disciplinar; la ‘comunidad de especialistas’ por su poder
decisorio, a su vez condicionada por el entorno social, mental y político.
Practicando, en conclusión, una historiografía inmediata que procure ir por
delante de los acontecimientos históricos que inciden en los cambios
historiográficos que estamos viviendo.
VII
Historiografía global
El agotamiento de los focos nacionales de
renovación del siglo XX ha dado paso a una descentralización historiográfica
inédita, impulsada por la globalización de la información y del saber académico
y superadora del viejo eurocentrismo. La iniciativa historiográfica está hoy
más al alcance de todos. El auge, por ejemplo, de una historiografía latina
crítica y de una historiografía poscolonial, lo demuestran. Las comunidades
transnacionales de historiadores, organizadas en Internet, juegan ya un papel
importante en la formación de nuevos consensos en detrimento del anterior
sistema de dependencia de unas historiografías nacionales de otras y de
intercambios académicos elitistas, jerárquicos y lentos.
No entendemos la globalización historiográfica
como un proceso uniformador, pensamos y ejercemos la historia, y la historia
de la historia, como docentes e investigadores, en diferentes ámbitos
superpuestos e interrelacionados: local, regional, nacional, continental e
internacional/global.
VIII. Autonomía del historiador
Conforme los proyectos colectivos del siglo XX
fueron entrando en decadencia, sin ser todavía reemplazados por un nuevo
paradigma común, ha crecido de manera exagerada la influencia del mercado
editorial, de los grandes medios de comunicación y de las instituciones políticas,
en la escritura de la historia, en la elección de temas y métodos, en la
formulación de hipótesis y conclusiones, con un sentido cada vez más
evidente de promoción de la vieja historia de los "grandes
hombres".
Recuperar la autonomía crítica de los
historiadores y de las historiadoras respecto de los poderes establecidos para
decidir el cómo, el qué y el por qué de la investigación histórica nos
exige: reconstruir tendencias, asociaciones y comunidades que giren sobre
proyectos historiográficos, más allá de las convencionales áreas académicas;
utilizar Internet como medio democrático y alternativo de comunicación,
publicación y difusión de propuestas e investigaciones; observar la evolución
de la historia inmediata, sin caer en el presentismo, para captar las
necesidades historiográficas, presentes y futuras, de la sociedad civil local
y global.
IX. Reconocer tendencias
La vía más nociva para imponer la propia
tendencia historiográfica, normalmente conservadora, es negar que existan o
que deban existir tendencias historiográficas. El imaginario individualista,
los compartimentos académicos y las fronteras nacionales, ocultan lo que
tenemos de común, muchas veces sin saberlo o sin decirlo: por formación,
lecturas, filiaciones y actitudes. Somos partidarios y partidarias, en
consecuencia, de sacar a la luz las tendencias actuantes, más o menos
latentes, más o menos organizadas, para clarificar posiciones, delimitar
debates y facilitar consensos. Una disciplina académica sin tendencias,
discusión y autoreflexión, está sujeta a presiones extra-académicas, con
frecuencia negativas para su desarrollo. El compromiso historiográfico
consciente nos hace, por lo tanto, libres frente a terceros, rompe el
aislamiento personal, corporativo y local, favorece el reconocimiento público
y la utilidad científica y social de nuestro trabajo profesional.
X. Herencia recibida
Nos oponemos a hacer tabla rasa de la historia
y de la historiografía del siglo XX. El reciente retorno de la historia del
siglo XIX hace útil y conveniente rememorar la crítica de que fue objeto por
parte de Annales, el marxismo y el neopositivismo, aunque justo es
reconocer también que dicho "gran retorno" pone en evidencia el
fracaso parcial de la revolución historiográfica del siglo XX que dichas
tendencias protagonizaron. El imprescindible balance, crítico y autocrítico,
de las vanguardias historiográficas no anula, por consiguiente, su actualidad
como tradiciones necesarias para la construcción del nuevo paradigma. Porque
simbolizan el "espíritu de escuela" y la militancia historiográfica,
así como el ejemplo de una historia profesional abierta a lo nuevo y al
compromiso social, rasgos primordiales que habremos de recuperar ahora en otro
contexto académico, social y político, con unos medios de comunicación muy
superiores a los existentes en los años 60 y 70 del ya pasado siglo.
XI. Historiografía digital
Las nuevas tecnologías están revolucionando
el acceso a la bibliografía y a las fuentes de la historia; desbordando las
limitaciones del papel para la investigación y la publicación; posibilitando
nuevas comunidades globales de historiadores. Internet es una poderosa
herramienta contra la fragmentación del saber histórico si se utiliza de
acuerdo con su identidad y posibilidades, esto es, como una forma interactiva
de transmitir información instantánea de manera horizontal a una gran parte
del mundo.
Según nuestro criterio, la historiografía
digital ha de seguir siendo complementada con libros y demás formas
convencionales de investigación, difusión e intercambio académicos, y
viceversa. Este nuevo paradigma de la comunicación social no va a reemplazar,
en consecuencia, las actividades presenciales y sus instituciones seculares,
pero formará parte de una manera creciente de la vida académica y social
real.
La generalización de Internet en el mundo
universitario, y en el conjunto de la sociedad, así como la educación informática
de los más jóvenes irán imponiendo esta nueva historiografía como factor
relevante de la inacabada transición paradigmática entre el siglo XX y el
siglo XXI.
XII. Relevo generacional
En la segunda década de este siglo tendrá
lugar un considerable relevo generacional en el cuadro de profesores e
investigadores a causa de la jubilación de los nacidos después de la II
Guerra Mundial. ¿Supondrá esta transición demográfica la consolidación de
un cambio avanzado de paradigmas? No lo podemos asegurar.
La generación del 68 fue más bien una excepción.
Entre los estudiantes universitarios actuales contemplamos parecida
heterogeneidad historiográfica e ideológica que el resto de la academia y de
la sociedad. Podemos encontrarnos con historiadores e historiadoras mayores
que siguen siendo renovadores, y jóvenes con conceptos decimonónicos del
oficio de historiador y de su relación con la sociedad. Nuestra
responsabilidad como formadores de estudiantes que serán mañana profesores e
investigadores es, a este respecto, capital. Nunca fue tan crucial continuar
explicando la historia con enfoques avanzados -también por su autocrítica-
desde la enseñanza primaria y secundaria hasta los cursos de posgrado. La
historia futura estará condicionada por la educación que reciben aquí y
ahora los historiadores futuros: nuestros alumnos.
TEORÍA
XIII. Historia pensada
Es esencial para el historiador pensar el tema,
las fuentes y los métodos, las preguntas y las respuestas, el interés social
y las implicaciones teóricas, las conclusiones y las consecuencias, de una
investigación.
Somos contrarios a una "división del
trabajo" según la cual la historia provee de datos y otras disciplinas
reflexionan sobre ellos (o escriben relatos de amplia difusión). Las
comunidades de historiadores profesionales tienen que asumir su
responsabilidad intelectual tratando de completar el ciclo de los estudios
históricos, desde el trabajo de archivo hasta la valoración y reivindicación
de su impacto en las ciencias sociales y humanas, en la sociedad y en la política.
El aprendizaje de los estudiantes
universitarios de historia en cuestiones de metodología, historiografía,
filosofía de la historia y otras disciplinas con base teórica, es el camino
para elevar la creatividad futura de las investigaciones históricas, subrayar
el lugar de la historia en el sistema científico y cultural y fomentar nuevas
y buenas vocaciones historiográficas.
Nuestra meta es que el historiador que
reflexione intelectualmente haga trabajo empírico, y que el historiador que
investiga con datos concretos piense con alguna profundidad sobre lo que hace,
obviando así la fatal disyuntiva de una práctica (positivista) sin teoría o
de una teoría (especulativa) sin práctica. Una mayor unidad de la teoría y
la práctica hará factible, por lo demás, una mayor coherencia de los
historiadores y de las historiadoras, individual y colectivamente, entre lo se
dice, historiográficamente, y lo que se hace, empíricamente.
XIV. Fines de la historia
La aceleración histórica de la última década
ha reemplazado el debate sobre el "fin de la historia" por el debate
sobre los "fines de la historia".
Asumiendo que la historia no tiene metas pre-establecidas
y que, en 1989, dio comienzo un profundo viraje histórico, cabe preguntarse,
también desde la historia académica, adónde nos lleva éste, quién lo
conduce, en favor de qué intereses y cuáles son las alternativas.
El futuro está abierto. Es responsabilidad de
los historiadores y de las historiadoras ayudar a que los sujetos de la
historia construyan mundos futuros que garanticen una vida libre y pacífica,
plena y creativa, a los hombres y mujeres de todas las razas y naciones.
Las comunidades de historiadores han de
contribuir pues a construir una "nueva Ilustración" que,
aprendiendo de los errores de la historia y de la filosofía, piense teóricamente
sobre el sentido del progreso que hoy demanda la sociedad, asegurando a las
grandes mayorías del Norte y del Sur, del Este y Oeste, el disfrute humano y
ecológico de los avances revolucionarios de la medicina, la biología, la
tecnología y las comunicaciones.
SOCIEDAD
XV. Reivindicar la historia
El primer compromiso político de los
historiadores debería ser reivindicar, ante la sociedad y el poder, la función
ética de la historia, de las humanidades y de las ciencias sociales, en la
educación de los ciudadanos y en la formación de las conciencias
comunitarias.
La historia profesional ha de combatir aquellas
concepciones provincianas y neoliberales que todavía pretenden confrontar técnica
con cultura, economía con sociedad, presente con pasado, pasado con futuro.
Los efectos más notorios de las políticas públicas
de desvaloración social de la historia son la falta de salidas profesionales,
el descenso de las vocaciones y los obstáculos a la continuidad generacional.
Las comunidades de historiadores debemos aceptar como propios los problemas
laborales de los jóvenes que estudian y quieren ser historiadores, cooperando
en la búsqueda de unas soluciones que pasan por la revalorización del oficio
de historiador y de sus condiciones de trabajo y de vida, en el marco de la
defensa y desarrollo de la función pública de la educación, la universidad
y la investigación.
XVI. Compromiso
En tiempos de paradójicos
"retornos", queremos constatar y alentar la "vuelta al
compromiso" de numerosos académicos, también historiadores, en diversos
lugares del mundo con las causas sociales y políticas vinculadas a la defensa
de valores universales de educación y salud, justicia e igualdad, paz y
democracia. Actitudes solidarias indispensables para contrarrestar otros
compromisos académicos con los grandes poderes económicos y políticos, mediáticos
y editoriales. Contrapeso vital, por lo tanto, para conjurar una virtual
escisión de la escritura académica de la historia respecto de las mayorías
sociales que financian con sus impuestos nuestra actividad docente e
investigadora.
El nuevo compromiso que preconizamos es
diverso, crítico y con anhelos de futuro. El historiador y la historiadora
han de combatir, desde la verdad que conocemos, aquellos mitos que manipulan
la historia y fomentan el racismo, la intolerancia y la explotación de clase,
género, etnia. Resistiendo, desde el conocimiento del pasado, los futuros
indeseables. Cooperando, y rivalizando, con otros científicos sociales y
humanistas, en la construcción de mundos históricamente mejores, como
profesionales de la historia, pero también como ciudadanos.
La relación del historiador con la realidad
que nos rodea pasa por su análisis en un contexto temporal continuo. Si se
acepta que la objetividad de la ciencia de la historia es inseparable de la
subjetividad (plural) del historiador, debemos concluir que no existen grandes
diferencias cualitativas entre una historia inmediata y una historia mediata,
entre una historia más contemporánea y una historia más antigua. Todo es
historia, si bien cuando más nos distanciamos de lo actual mayor es la carga
que recae sobre nosotros, historiadores, por ausencia de las disciplinas más
presentistas.
XVII. Presente y futuro
Nuestro objeto de estudio (hombres, mujeres y
medio natural humanizado) está evidentemente en el pasado, pero nosotros
estamos en el presente, y estos presentes están preñados de futuros. El
historiador no puede escribir con rigor la historia al margen del tiempo
vivido, y de su fluir permanente.
Contemplamos varios niveles en la relación del
historiador con la inmediatez histórica: compromiso social y político, tema
de investigación, historiografía de intervención o criterio metodológico
general para la investigación. Hace medio siglo que los fundadores de la
escuela de Annales lo formularon: "comprender el pasado por el
presente, comprender el presente por el pasado". Hoy es preciso, además,
poner el mismo énfasis en la interrelación pasado/futuro.
La caída de las filosofías finalistas de la
historia, sean socialistas sean capitalistas, ha puesto de relieve un futuro más
abierto que nunca. El historiador ha de asumir un papel en su definición con
sus experiencias y argumentos históricos, con hipótesis y apuestas desde la
historia. Edificar el futuro sin contar con la historia nos condenaría a
repetir sus errores, a resignarnos con el mal menor o a edificar castillos en
el aire.
XVIII. Nuevo paradigma
La historiografía depende de los historiadores
y de la historia inmediata. El cambio de paradigmas historiográficos que
venimos proponiendo, desde 1993, cabalga sobre los cambios históricos
acelerados iniciados en 1989. Entre diciembre de 1999 (Seattle) y julio de
2001 (Génova) hemos observado los comienzos de un movimiento global sin
precedentes, contra los estragos de la globalización, que busca ya
alternativas de sociedad: el pensamiento único es ahora menos único. Son
muchos los que califican de cambio de civilización la globalización y sus críticos,
la sociedad de la información, la nueva revolución científico-tecnológica
y el movimiento social global: no es fácil entrever lo que nos depara el mañana
pero hay razones para la esperanza. Todos debemos colaborar.
Historia a Debate es parte activa de este
proceso transformador: queremos cambiar la historia que se escribe y coadyuvar
a cambiar la historia humana. Según evolucione el debate historiográfico, y
la historia más inmediata, nuestras propuestas recibirán más o menos
consenso académico, las variaremos o no según interese, si bien hay
planteamientos que, aun siendo por el momento minoritarios, nos parecen
ineludibles para condicionar críticamente el nuevo paradigma en formación:
el conjunto plural de valores y creencias que va a regular nuestra profesión
de historiador en el nuevo siglo. Por todo ello, la historia nos absolverá,
esperemos.
En la Red a 11 de setiembre de 2001
Para más información podéis escribir a h-debate@cesga.es
Fuente: http://www.h-debate.com/