Presentaciones


Presentación en Buenos Aires 7

Buenos Aires 7 [1/4/09]


María Inés Carzolio
 
              Profesora titular de  Historia de Europa II e Historia de Europa III (F. de H. y A., U. N. Rosario) y de Historia General IV (F. de H. y C. de la E., U.N. de La Plata)
 
INTERVENCIÓN EN LA PRESENTACIÓN COLECTIVA DE HISTORIA A DEBATE EN EL MUSEO ROCA DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES (30/3/09)
 
              El Manifiesto a Debate
 
              Si bien mi primera intervención fue como presentadora de las actividades que rodeaban a la presentación de los volúmenes del Segundo Congreso de Historia a Debate y del Manifiesto, durante el transcurso de las Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia realizadas en la Universidad Nacional de Rosario en el 2002, conocía ya los primeros tres volúmenes del Primer Congreso desde hacía pocos años.
 
              En aquel momento a los tres volúmenes de ponencias y debates acerca de los temas del momento, se agregaron otros tres de contenido específico: historia de Galicia, Historia Medieval y América Latina.
 
              El segundo congreso se nutrió de propuestas provenientes de la red de Historia a Debate: temas historiográficos, crisis de la historia, globalización, derechos humanos, alteridad, multiculturalismo, historia del tiempo presente y cuestiones originadas en torno de los pueblos originarios.
 
              Casi todos esos temas han permanecido y se han estabilizado como preocupaciones permanentes de la investigación histórica, pese al estancamiento de la atracción de los que están más alejados en el tiempo.
 
               El avance a tambor batiente del neocapitalismo que parecía triunfar también de modo global, así como la postulación del “pensamiento único” mostraron en el presente el corto alcance de todas las lecturas teleológicas de la historia.  Pero condujeron a acrecentar en los años siguientes, el interés por un presente acuciante, donde las preocupaciones de la investigación histórica aparece empequeñecida por las urgencias del momento.
 
               La elaboración del Manifiesto conjugaba las  conclusiones a que habían llegado en el campo teórico y metodológico y en el de los compromisos éticos, los participantes en el primer congreso y creo que habría que revisar algunos de sus puntos.
 
               Si entonces la inquietud se generaba acerca de las teorías del fin de la historia y de la globalización, qué decir del momento presente, cuando los temores acerca de los alcances crecientes de una crisis económica cuyas secuelas no pueden ser aun dimensionadas, agitan las dirigencias políticas y aceleran los proyectos de reforma de instituciones desde niveles locales y nacionales hasta internacionales.
 
               Más que nunca, el proyecto de Historia a Debate - según Gonzalo Pasamar, “mostrar que los historiadores, si se lo proponen, pueden tomar la iniciativa en el intento de construir una nueva corriente historiográfica con todo lo que esto supone”- aparece como una iniciativa optimista pero justificada por los hechos. Si la caída del Muro de Berlín o la disolución del régimen comunista de la Unión Soviética, impulsaban a los creyentes más firmes del neocapitalismo a la postulación del pensamiento único,  ahora mismo,  la crisis global del mercado capitalista  conducirá a “nuevas historias” cuyos horizontes son inciertos para nosotros. Estamos viviendo una época que debería ser fascinante para los historiadores. Sé que esta afirmación puede asustar, pero pienso sobre todo en la irrupción política de los hasta ahora “sin voz”. Además de los hechos que hemos mencionado, el volumen del primer congreso sobre la problemática de América Latina ya anunciaba la importancia de la participación creciente de los centro y sudamericanos en la formulación de planteamientos independientes de modelos europeos o norteamericanos para las investigaciones de los problemas históricos e historiográficos de Latinoamérica. No tengo dudas tampoco de que veremos reverdecer viejas utopías que se consideraban demolidas, aunque me resulta indudable que no serán las mismas fuera del contexto histórico-social donde fueron formuladas. No sólo será necesario tener la convicción de la viabilidad de la historia como ciencia que construye su objeto, de la necesidad de una erudición insoslayable ­ ni nueva ni vieja ­ que provea de los elementos necesarios no sólo para describir, sino para explicar sin apriorismos ni anacronismos, de una imaginación que aporte nuevas miradas y perspectivas, de la interdisciplinariedad inexcusable ante la variedad y heterogeneidad de los problemas a tratar, de la globalidad que sin obstaculizar la diversidad, admita articulaciones y relaciones inéditas hasta el presente, de que no existen ya  centros y periferias en la creación del conocimiento histórico ­ aunque no es posible desconocer que la asignación de fondos para la investigación pueden direccionar de modo nada inocente las investigaciones -, de que es imprescindible una profesionalización de los historiadores en sentido amplio, que comprenda su formación científica y técnica como tales y también una conducta ética vinculada a valores universales ­está fuera de nuestro alcance establecer juicios sobre la honestidad de un historiador excepto por la relación con una producción ajena a los usos de la historia por el poder -, y de que no existen épocas históricas privilegiadas para su conocimiento prioritario. Tal vez alguna o algunas de estas afirmaciones requieran ser explicadas y es posible que haya cuestionamientos en términos puntuales en el texto del Manifiesto. Creo que la red informática de Historia a Debate puede ser un instrumento idóneo para ello.
 
                 Pero hay un punto del Manifiesto al que desearía formular una objeción: los estudios historiográficos no autorizan a afirmar que las investigaciones históricas hayan respondido en ninguna época a un único paradigma, ni siquiera al referirse a la llamada Escuela de Annales. El cambio de perspectivas ha sido constante, pese a que las escuelas históricas y la inercia de las publicaciones puedan hacernos ver los resultados del trabajo de los historiadores como más o menos enrolados en torno a ciertos modelos siempre parciales y siempre variables durante cierto número de años.