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| El investigador Boris Berenzon,
coordinador de la carrera de Historia de la
Facultad de Filosofía y Letras. Foto: Arturo
Bermúdez |
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La historia, en busca
de nuevos paradigmas
Más de 350 historiadores de
los cinco continentes han firmado el “Manifiesto
Historia a Debate”, que pretende recuperar el placer de
desarrollar esta disciplina con la certeza de que el
objetivo es interpretar y no explicar los
acontecimientos del pasado
Los historiadores del mundo se han
lanzado a la tarea de recuperar el placer de hacer
historia a partir de nuevos paradigmas.
La tarea
por venir consiste, a decir del investigador Boris
Berenzon, en rescatar las viejas tendencias para
revisarlas, criticarlas y, con base en ellas, construir
modelos novedosos que contemplen, entre otras cosas, la
importancia de la interdisciplinaridad y el compromiso
con el análisis de los hechos recientes.
En
palabras del coordinador de la carrera de Historia de la
Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, ya ha quedado
atrás la idea de que el historiador es incapaz de
estudiar el pasado inmediato.
“Hoy sabemos que
no es necesario dejar pasar los siglos para abordar un
suceso, pues a pesar del tiempo los hechos nos siguen
impactando de alguna manera. Basta recordar el ruido que
ha generado el cuestionamiento del mito guadalupano para
descubrir que en la historia todos somos subjetivos.”
Las declaraciones de Berenzon pretenden explicar
los motivos por los que más de 350 especialistas de los
cinco continentes han firmado el “Manifiesto Historia a
Debate”, que esta mañana difundirán, en el Aula Magna de
esa facultad, los historiadores Enrique Florescano,
Antonio García de León, Norma de los Ríos y Guillermo
Turner.
El objetivo de este documento, explica
el también catedrático de la UNAM, es conformar una
historia crítica que tenga como punto de partida la
creatividad y la capacidad de aceptar que la historia es
una ciencia con sujeto. “Es decir, que estamos inmersos
en una dialéctica y que, por tanto, el papel del
historiador es interpretar y no explicar”.
En su
opinión, México y América Latina atraviesan por una
etapa de reflexión en torno a la necesidad de hacer una
historia mucho menos erudita, para lo que es necesario
que los historiadores salgan de sus torres de marfil y
cubículos.
En este sentido, menciona que la
revaloración de la historia implica adoptar posturas
críticas, porque “después de la construcción de los
paradigmas históricos basados en el historicismo y el
positivismo, se ha vivido una crisis de renovación
donde, a mi juicio, ha triunfado la corriente
positivista debido a que ésta es la más fácil y cómoda,
la que más vende y también la que legitima. Es la
historia que va hacia el progreso y el desarrollo”.
Seguro de que la historia no debe tener metas
preestablecidas, comenta que a pesar de figuras
importantes como Edmundo O’Gorman, José Gaos o Adolfo
Sánchez Vázquez, se siguen imponiendo en los países de
Latinoamérica los viejos paradigmas que, como en el
positivismo, consideran que la verdad existe en la
historia.
Además, indica que en México, como en
el resto del mundo, hay una gran necesidad de hacer
historia política para legitimar los discursos de
izquierda o derecha, dependiendo del partido en el
poder. “El problema es que la historia que se ideologiza
a ese nivel deja de ser historia”, aclara.
Si
bien, se trata de una actitud frecuente en los
historiadores latinoamericanos, Berenzon asegura que la
situación está cambiando poco a poco. “Hoy, la mayor
parte del gremio considera que la historia es la
construcción de algo no ideológico”.
De acuerdo
con él, esta transformación en el quehacer y la
valoración historiográfica se ha ido gestando a partir
de lo que considera los tres grandes momentos de la
Historia crítica: los movimientos sociales de 1968, la
caída del Muro de Berlín en 1989 y el ingreso al nuevo
milenio.
“En estas épocas los especialistas se
dieron a la tarea de repensar la manera de hacer
historia. Los avances han sido tan grandes que hoy ya
podemos hablar, por ejemplo, de historia ecológica. Como
es el caso de la labor de Micheline Cariño, de la
Universidad Autónoma de Baja California Sur.”
En
su opinión, la puesta en práctica de una historia
crítica también requiere de cambios en los sistemas de
enseñanza formal, donde es importante conseguir que los
profesores acaben con el mito de que la divulgación no
es una tarea digna para los historiadores.
Sobre
este asunto, Berenzon afirma que no obstante las
críticas, la llamada historia light —emprendida por
historiadores como Enrique Krauze— ha roto con el
paradigma de que la historia sólo es apta para
académicos. “Creo que este tipo de trabajo siempre será
rescatable en el sentido de que ha logrado acceder a las
masas”.
El académico no duda en comentar que en
México los estudiantes aprenden una historia para jugar
Maratón, gracias, sobre todo, a los contenidos de los
libros de texto.
Así, el investigador afirma que
el reto fundamental es conseguir que la historia deje de
ser una disciplina ortodoxa y ajena al presente. Esto,
concluye, teniendo la certeza de que la principal
historia crítica es la que considera que la verdad
histórica es algo que se construye generacionalmente y a
partir de verdades relativas.
La crítica,
indispensable en la historia Publicado
originalmente el 11 de septiembre pasado, el Manifiesto
que hoy se da a conocer busca contribuir a la
configuración de un paradigma común y plural para los
historiadores del siglo XXI, con el afán de asegurar a
esta disciplina una “nueva primavera”.
Responder
a una transición histórica de resultados aún inciertos,
requiere de analizar y debatir en torno a 18 propuestas
metodológicas, historiográficas y epistemológicas,
–señala el documento.
Se trata, en principio, de
aceptar que la historia es “una ciencia con sujeto
humano que descubre el pasado conforme lo construye”.
Y es que ha llegado la hora de que la historia
ponga al día su concepto de ciencia, abandonando el
objetivismo ingenuo heredado del positivismo del siglo
XIX, sin caer en el radical subjetivismo resucitado por
la corriente posmoderna a finales del siglo XX.
Los firmantes —entre los que destacan nombres
como Carlos Barros, Boris Berenzon, Micheline Cariño,
Francisca Colomer y Eugenio Piñero— se asumen como
partidarios de una nueva erudición que amplíe el
concepto de fuente histórica a la documentación no
estatal y a los restos no escritos de tipo material.
“La historia se hace con ideas, hipótesis,
explicaciones e interpretaciones”, señala el Manifiesto.
De ahí que se sostenga la necesidad de conformar un
nuevo paradigma que recobre el prestigio académico y
social de la innovación en los métodos y los temas.
“Brotarán nuevas líneas de investigación si
pensamos con nuestra propia cabeza: considerando que
nada histórico nos es ajeno; avanzando mediante el
mestizaje y la convergencia de los métodos y los
géneros; llenando los odres viejos con vino nuevo, desde
la biografía hasta microhistoria; prestando atención a
las necesidades científicas y culturales, sociales y
políticas, de una sociedad sujeta a una profunda
transformación.”
Resultado del segundo Congreso
de Historia a Debate —grupo internacional conformado
hace una década para evaluar el rumbo de esta
disciplina—, el manifiesto se lanza a favor de la
interdisciplina y en contra de la fragmentación de
métodos y escuelas.
Mediante este documento, los
historiadores aceptan un compromiso con las causas
sociales y políticas que están vinculadas a la defensa
de valores universales de educación y salud, justicia e
igualdad, paz y democracia.
“El nuevo compromiso
que preconizamos es diverso, crítico y con anhelos de
futuro. El historiador y la historiadora han de
combatir, desde la verdad que conocemos, aquellos mitos
que manipulan la historia y fomentan el racismo, la
intolerancia y la exploración de clase, género y etnia.”
Además, se pone énfasis en la importancia del
relevo generacional y en la necesidad de reivindicar,
ante la sociedad y el poder, la función ética de la
historia. Lo que se busca es, en síntesis, “cambiar la
historia que se escribe y coadyuvar a cambiar la
historia humana”.
Miryam
Audiffred
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