Presentaciones
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Actas II Congreso Internacional "Historia a Debate" y Manifiesto historiográfico |
Montevideo [8-9/11/03]
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Comentario |
Comentarios al Manifiesto de Historia a Debate. Teniendo en cuenta la amplitud de los temas presentes en el Manifiesto, ya la vez las enormes posibilidades de comentario y de aportes críticos que el texto ofrece a una gran variedad de posibles lecturas, creo que lo que puede ser interesante en esta mesa es, precisamente, el enfoque que cada uno de nosotros pueda presentar desde el ángulo de su especialidad, desde el centro de las preocupaciones suscitadas por los problemas teóricos o prácticos que debe enfrentar en su trabajo como investigador o docente de historia. En mi caso particular, desde una especialidad referida a la Historia de las Ideas, el interés se orienta a las partes del Manifiesto en que se alude a la redefinición de la historia como ciencia social y parte de las humanidades, porque esta propuesta presentada en el texto muy brevemente encierra uno de los problemas teóricos que tanto los investigadores como los docentes deberíamos debatir, el de la evaluación de los resultados de nuestra orientación hacia las ciencias sociales, cumplida durante décadas, y el de una posible y nueva reorientación de nuestro trabajo hacia las humanidades.De modo que me voy a referir a este punto, relacionándolo con otro que está también presente en el Manifiesto, que es el de la interdisciplinariedad hacia adentro y hacia fuera, el intercambiar métodos técnicas y enfoques además de con las ciencias sociales, con la literatura y con la filosofía, para llegar finalmente al problema que está en mis preocupaciones actuales, el de la función ética de la historia, el compromiso en la defensa de valores universales y la fecunda interrelación entre la historia y el actual debate de la filosofía política sobre la elaboración de principios que legitimen el orden estatal y jurídico y los vinculen con la construcción histórica de criterios o valores públicos de justicia. Como ustedes ven, se trata de analizar críticamente nuestras ganancias en el relacionamiento con las ciencias sociales, nuestras posibilidades de crecimiento en una mirada hacia la filosofía, y nuestra ubicación dentro de las humanidades. Comencemos con el primer punto, intentando una redefinición de la historia como ciencia social. Señalemos la importancia de la influencia de la visión epistemológica. Las ciencias sociales son disciplinas profundamente signadas por la filosofía y la metodología. En este sentido, podría sostenerse que la filosofía estuvo siempre presente y mezclada con la teoría de las ciencias sociales. Sin embargo, hay que tener en cuenta cuál fue la mirada que desde la teoría social se proyectaba hacia la filosofía. Para ello parece suficiente la afirmación de Giddens cuando sostenía que cuanto más fuertemente las investigaciones de los filósofos estén epistemológicamente orientadas, tanto más frecuentemente tienen que acercarse al proceder teórico y empírico de los científicos sociales. En síntesis, para muchos teóricos sociales la filosofía fue fundamentalmente epistemología. Las aproximaciones recíprocas entre ambos saberes estuvieron marcadas por el interés metodológico y, por el contrario, sus alejamientos actuales tuvieron que ver con las preocupaciones de la sociología por la interpretación de la sociedad contemporánea, su trayectoria de desarrollo y su posible futuro. Esas preocupaciones teóricas orientaron la investigación social hacia el terreno de la ciencia política y generaron nuevos objetos de estudio, incluyendo historias ficticias de comunidades imaginadas dentro de un determinado dominio intelectual al que se atribuye la construcción de la teoría política y en el cual lo que cuenta no es sólo lo que se recuerda institucionalmente, sino lo que se olvida en la reorganización del pasado. La ciencia política se apoya en la información histórica selectivamente, tomando ejemplos adaptables a sus argumentaciones y explicaciones y validándolos por medio de la metodología de la sociología y la economía. La ciencia política es en gran medida un estudio del ejercicio de la coerción, de la aplicación de la fuerza y de su posible legitimación. Su objeto de estudio es la estructura de los sistemas políticos, la utilización de estos modelos para emitir juicios valorativos sobre la ventaja de sistemas distintos según ciertos criterios normativos generales y la fundamentación de una antropología hipotética derivada de la exigencia de justificación filosófica ya que el poder coercitivo no es moralmente defendible en sí mismo, necesita una argumentación que exprese la validez del uso de la fuerza en base a fines de interés colectivo. Señalamos entonces dos conclusiones sobre el carácter del relacionamiento entre ciencia política e historia. Primero, que no existe relación entre esta teoría de las funciones del gobierno y la relación empírica de los orígenes históricos del Estado, que ha surgido por la fuerza de los que tienen más poder para explotar a los menos organizados, más que para aportar beneficios al bienestar colectivo. Segundo, que desde el punto de vista de la teoría, el enfoque ético de la política y las instituciones ha dejado de sernos familiar. Sin embargo, para la historia de las ideas esto no siempre ha sido así. Los filósofos han proyectado miradas desde la ética hacia las instituciones sociales, y en particular sobre el orden del derecho y del estado. Han construido sus teorías desde el punto de vista de la justicia política, demostrando el carácter irrenunciable de la idea de justicia, y dejando en claro que la legitimidad de la coerción estatal y jurídica reside en considerarla teniendo en cuenta principios de justicia. Al avanzar el siglo XX los grandes autores se interesan prioritariamente por la teoría social, la hermenéutica y la teoría de la ciencia, y dejan a los juristas el estudio de las instituciones del derecho y del estado. Sin dejar la filosofía, y aún continuando desarrollos de la filosofía analítica de Hobbes, de Bentham o de Kant, los estudiosos de la filosofía política han abandonado todo impulso hacia la argumentación ética. Se consolida el dominio del positivismo y del historicismo, y recién a partir de las décadas de los 60 y 70 se reanuda el debate teórico, bajo el impacto de la teoría crítica y del estructuralismo.Productores de profundos análisis críticos del estado capitalista con temáticas relacionadas con las clases sociales, el papel de la ideología , etc, los teóricos avanzaron en la década de los 80 en el debate sobre el rol del Estado, la mercantilización de las relaciones sociales, la cultura de masas y el consumismo, el imaginario individualista e intimista, y continuaron insistiendo en la vigencia de la discusión sobre los procesos de regulación social, el papel del capital y el trabajo, la discutible primacía de la economía, la naturaleza de las transformaciones culturales del capitalismo, y la de los cambios en el movimiento obrero .En el plano más abstracto, se trata de discutir sobre la tensión entre teoría y realidad, sobre la capacidad de los individuos y la sociedad civil para cambiar las estructuras y transformar la sociedad. Volvemos a la temática propia del debate intelectual de nuestra generación del 900, a la filosofía política.Nos encontramos ahora en una nueva situación, en que, como dice Boaventura de Souza Santos, por primera vez la crisis de regulación social corre a la par con la crisis de emancipación social dentro del nuevo paradigma de postmodernidad inquietante. Crisis de las normas y crisis de la libertad determinan la existencia de realidades históricas injustas. El grado de injusticia del orden social puede ser un objeto de estudio para los historiadores. Dicho objeto aparece con una complejidad creciente visto desde el ángulo de las ciencias sociales, dado que ellas nos conducen hacia modelos de utopías caóticas en que no hay un sujeto histórico privilegiado. Desde el punto de vista ético los protagonistas son todos los que ven sus vidas supeditadas al poder que otros ejercen sobre ellos y en que la conciencia de la opresión y de la explotación alimenta a los movimientos sociales, cuya lucha asegura paradójicamente la paz en muchas situaciones reales. Sin sus demandas organizadas los desequilibrios llevarían más probablemente a la guerra.El punto central del debate es el de la justicia de las instituciones y de las prácticas sociales. En él podemos intervenir con nuestra producción como historiadores comprometidos en el cambio social , pero siempre que en el conjunto de nuestra acción intelectual (entendida a la vez como investigación y como difusión y reproducción en el ámbito docente) no abandonemos , y por el contrario, ahondemos, nuestras reflexiones sobre la relación ética entre individuo y sociedad. Sin haber agotado aún las posibilidades que los temas referidos a la vida privada, a las formas del poder reflejadas en la sensibilidad, de la economía y la sociedad , del papel del Estado y los partidos políticos, y tantos otros que han enriquecido nuestra historiografía, podríamos orientar también nuestro trabajo hacia un tema que nos convoca desde la gente, el de la justicia de las convenciones sociales y de las instituciones, por el camino que ya ha sido abierto con la historia referida al género y por la que se ha producido en relación con la moralidad privada, ampliándolo y reconduciendo la reflexión nuevamente hacia lo público, al estudio de los criterios históricos públicos sobre ética y moral. Ante el avance de lo privado, el culto a la llamada realización personal, en que cada uno da cuentas a sí mismo, podría preguntarse, desde la comunidad de historiadores de un país del tercer mundo, si se hace o no necesario un estudio de las responsabilidades por la injusticia existente, teniendo en cuenta que la injusticia reside prioritariamente en las instituciones, porque son ellas las que clasifican a las personas. Aquí ciencia política e historia podrían convocarse en proyectos comunes sobre democracia y republicanismo, y filosofía e historia aclararían el debate sobre la equidad, la justicia compensatoria y la igualdad de oportunidades. Por este camino podríamos intentar el encuentro nuevamente con las humanidades, cuya versión literaria histórica hemos últimamente disfrutado más en la novela histórica que en el ensayo. El ensayo histórico sobre temas éticos merecería espacios más significativos en nuestra producción.Finalmente, hay otro rumbo en que la historia puede involucrarse con las humanidades, y es por medio del enfoque antropológico. Este nos ofrece dos caminos abiertos a la investigación. Uno es el de lo que llamó Kant la antropología pragmática, que ofrece una descripción positiva, no filosófica-trascendental del hombre, teniendo en cuenta lo que éste ha hecho por sí mismo, las instituciones, las formas simbólicas, la cultura. El conocimiento empírico reconoce entonces objetos de estudio que pretenden ser reales. El otro es el que nos señala Vattimo, por ejemplo, en el que lo que tiene sentido es reconocer como realidad del mundo algo que se constituye como contexto de múltiples fabulaciones. Tematizar el mundo en esos términos es la tarea y significación de las ciencias humanas. De acuerdo a esta propuesta, el debate metodológico pasa a segundo plano, aunque su rol consista en algo tan fundamental como desdogmatizar y relativizar el conocimiento, para que el producto de la imaginación histórica se vuelva fábula consciente de ser tal, mediante la liquidación crítica del mito de la transparencia. Gracias a esta liquidación de criterios absolutos, tanto la filosofía como la historia plantean criterios de verificación relativos. No es admisible en filosofía, aún más que en historia, la posibilidad teórica de la invalidez por refutación o falsacIón. Las verdades filosóficas tienen la pretensión de lo absoluto, no son relativas, jamás pueden ser hipótesis, no fueron presentadas para ser probadas, por lo que los sistemas filosóficos son entre ellos comparables, pero no refutables. En la interrelación entre filosofía e historia puede entonces transitarse por un camino en que el método empírico aporte datos de conocimiento que permitan a su vez un alto nivel de interpretación argumentativa. En esta propuesta , dentro del campo de las humanidades, el nivel de mayor abstracción teórica asciende al plano filosófico, entre los postulados de la escuela de la sospecha, lo positivo y lo normativo, lo relativo y lo absoluto, los hechos empíricos y los juicios de valor. Y aquí llegamos al último punto al que queremos hacer referencia en esta breve intervención la función ética de la historia y la defensa de valores universales.Volvemos a la filosofía, a la filosofía de la historia, a la historia de la filosofía y a la historia de las ideas, a los grandes debates de la filosofía contemporánea, y a cómo aparece la historia en esos debates. De acuerdo a lo que vamos exponiendo, el problema planteado tiene que ver con la superación de las oposiciones entre juicios fácticos y juicios de valor. A pesar de la abundante producción crítica que desató la concepción weberiana de hace un siglo exigiendo que los valores no entraran de contrabando en el discurso científico, algunos investigadores siguen sintiéndose vigilados por la crítica metodológica que exige la prueba tanto en el conocimiento empírico como en la interpretación valorativa, dando así nueva vida al positivismo filosófico como al histórico y jurídico, en especial en el estudio de las instituciones. Para poder concebir una función ética de la historia en defensa de los valores universales (para lo que habría que ingresar en los argumentos de la polémica filosófica entre visiones éticas universalistas y particularistas), deberíamos admitir que nuestro discurso se impregnara de la argumentación y la diversidad analítica de la teoría de la justicia, no me refiero a la teoría liberal de la justicia, sino de la justicia como objeto de investigación, la justicia social, la justicia institucional, los derechos de vida, libertad, igualdad, participación, etc. Eso nos permitiría ingresar contenidos de la filosofía a la historia, pero otros contenidos, no ya los epistemológicos, sino los éticos Y aún más, podríamos llegar a concebir que la metodología es , desde este punto de vista, un asunto ético, y sobre todo cuando valida o invalida la selección del sujeto de investigación. El individuo, la intimidad, la autonomía del propio proyecto de vida, han sido valiosos para dejar en evidencia la injusticia social y han sido el tema preferido tanto de la novela histórica romántica como de la filosofía política liberal más actual, pero pueden propiciar nuevos avances del individualismo (tomando el término como lo usaba Vaz Ferreira), dejando en el olvido las referencias históricas sobre la relación entre individuo y sociedad, sobre los límites entre estas dos esferas. Raquel García Bouzas
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