LA HISTORIA Y LOS DESAFÍOS DEL PRESENTE: “Historia a Debate”.
Dr.Waldo Ansaldi, Raquel García Bouzas, Aldo Marchesi, María Inés Moraes, Ana Zavala.
Moderador: Carlos Demasi
(14ºCongreso de la A.P.H.U.,
sesión del domingo 9 de noviembre de 2003) (*)
Moderador.- Buenos días.
Vamos a iniciar la última jornada de este Congreso con la discusión de los
desafíos de la enseñanza de la historia y la discusión del Manifiesto de Historia a Debate.
Estrictamente
el tema de la enseñanza de la historia ha estado en discusión en nuestro
ambiente desde hace unos cuantos años. Se planteó ya a la salida de la dictadura
sobre la dificultad de qué historia debíamos enseñar y cómo enseñarla. Y a
partir de allí el tema fue derivando a una reivindicación de la presencia de la
historia en los programas, a una defensa de la asignatura como tal y etcétera,
en un debate que se volvió muy encarnizado pero no siempre muy lúcido y que
creemos que a esta altura puede considerarse ya bastante resuelto en su aspecto
más polémico pero que sigue estando presente el problema de fondo. Es decir,
aclararnos exactamente qué es lo que hacemos, qué es lo que enseñamos cuando
enseñamos historia, qué sentido tiene enseñarla, qué es la historia que estamos
enseñando, qué es la historia hoy como disciplina científica. Es un tema nos parece que
los docentes en general y los docentes de historia en particular tenemos que
plantearnos habitualmente, tanto los que consideramos que la historia se está
enseñando bien como los que consideramos que la historia no se está enseñando
bien.
Por eso nos pareció
conveniente traer a discusión el Manifiesto de la Red Historia a Debate,
que es una red internacional de historiadores que puso a circular hace unos dos
o tres años atrás un manifiesto sobre los desafíos y los objetivos de la
Historia en el siglo que comienza. Tenemos la suerte de tener entre nosotros al
Profesor Waldo Ansaldi que es investigador del Conicet, profesor titular de la
Facultad de Ciencias Sociales de la U.B.A., especializado en Sociología
Histórica en América Latina y que es además uno de los redactores de este Manifiesto. El Dr. Ansaldi nos va a
poner un poco en antecedentes sobre la red Historia Debate y además sobre las
características y el contenido del Manifiesto.
Waldo Ansaldi.- Buenos días.
Muchas gracias a los invitadores por la oportunidad de compartir con ustedes
algunas de las grandes líneas directrices que guían a esta red Historia a Debate
y las que llevaron a la formulación del Manifiesto del 11 de setiembre de 2001,
justamente ese día, lo que finalmente, sin que nadie se lo propusiera, terminó
siendo un elemento simbólico bien interesante. Y muchas gracias a ustedes por
estar aquí compartiendo esta preocupación por la renovación de los paradigmas
historiográficos de cara al comienzo de este nuevo siglo. Un nuevo siglo que en
el campo de la historiografía comienza cuestionando algunas de las grandes
líneas directrices que estuvieron presentes y predominando en el último cuarto
del siglo XX, contra las cuales especialmente en el retorno de aquellas
percepciones y concepciones típicas del siglo XIX, las denominadas
“rankeanas” y la fragmentación característica del denominado posmodernismo tuvo
fuerte impacto en el campo de la historiografía con los efectos conocidos.
Contra eso en consecuencia insurge buena parte de la preocupación que guía al
conjunto de investigadores que proveniendo de la Historiografía o de otras
Ciencias Sociales, porque en este sentido la Red no hace distinciones, se dedica
efectivamente a investigar en la historia de nuestras sociedades. Historia a
Debate es una red que se ha constituido desde comienzos de los años 1990 y
quizás más específicamente a partir de 1993, cuando se realizó el Primer
Congreso en Santiago de Compostela en España, que yo creo es verdad el momento
fundacional de Historia a Debate. Hubo luego un segundo congreso, el tercero
está previsto para el año que viene e interín un conjunto de actividades
tendentes no sólo a nuclear cada vez más a un número de investigadores e
investigadores dedicados a los estudios historiográficos sino también a
establecer un campo de conocimiento cada vez más profundo de qué es lo que se
hace en Historiografía, cómo se la hace, quiénes la hacen y dónde la hacen.
A
ello contribuyó la realización de una amplísima encuesta que circuló a través de
Internet, y fue contestada por la
misma vía. Al mismo tiempo que se difundían sus resultados se fue abriendo un
campo de intercambio entre los diferentes participantes de la red, de modo de ir
ampliando el conjunto de temas a debatir, las discusiones, los planteos que
orientan las mismas. En ese sentido la Red se planteó desde el comienzo
aprovechar de modo innovador, creativo, el potencial que da Internet. Y no es
que sea exclusivamente una red que funciona de modo virtual, en realidad combina
las comunicaciones virtuales que se hacen diariamente a través de toda la red
con actividades de orden más tradicional o clásico, esto es, con actividades
presenciales en eventuales congresos o incluso en actividades como ésta que se
han ido realizando en diferentes países presentando el Manifiesto y los presupuestos que guían
a Historia a Debate. A la fecha la Red está constituida por casi dos mil
investigadores de 45 países con un alto predominio de los países ibéricos,
España en primer lugar, y de América Latina. Pero se han sumado también y de un
modo considerable investigadores de Estados Unidos, Canadá y países europeos. Un
total de 45 países, casi dos mil investigadores que formalmente adhieren la Red
independientemente de otros que puedan consultar regular o esporádicamente la
página que Historia a Debate tiene en Internet.
Aquí
lo que se busca desde el comienzo es dinamizar intercambios y contactos
multilaterales entre los miembros de la Red más allá de las fronteras de la
especialidad, de la nacionalidad, de las etnias, de las culturas, de las filias
y de las fobias. Esto es establecer un campo, un espacio lo más amplio y plural
posible, que genere un foco permanente de debate en términos que son en un
sentido de transición y del otro de fragmentación. En definitiva para la Red y
para quienes formamos parte de ella, no a la totalidad sino a la mayoría, el
desafío es plantearnos construir nuevos paradigmas historiográficos para el
siglo XXI. Y el Manifiesto es el
primer paso formal dado en esa dirección. Aún cuando como tendrán seguramente
ocasión de hacer aunque más no sea una ligera referencia, no necesariamente
todos compartimos la totalidad de los supuestos, de los principios y de las
proposiciones que se están formulando. Esta preocupación de la red gira en torno
a cuestiones bien específicas que hacen a la metodología de la Historiografía y
la teoría de la Historia, tanto como a la práctica renovada de la investigación
historiográfica, a la divulgación histórica, a la docencia o a la enseñanza de
la Historia en los distintos ámbitos o niveles de Enseñanza Primaria,
Secundaria, Universitaria y también a los problemas académicos, profesionales,
etcétera, como así mismo un fuerte compromiso o una apuesta muy fuerte a la
recreación del compromiso de los historiadores y por extensión de los
científicos sociales con las sociedades en las que viven. En buena medida
Historia a Debate es un taller de experimentación y puesta al día en todo lo
relativo al uso crítico y reflexivo de las fuentes, a la búsqueda de nuevas
fuentes para la investigación historiográfica, a la búsqueda de nuevas teorías,
de nuevos enfoques y de nuevas propuestas de investigación. En consecuencia un
campo amplísimo en el que hay mucho por hacer con la intención además de no
hacer tabla rasa del pasado historiográfico sino tratar de recuperar de ello lo
mejor que ha producido durante los siglos XIX y XX. Durante 8 años, desde 1993 a
2001, quienes formamos parte de la red comenzamos a intensificar contactos,
reflexiones y debates a través de esos tres medios, los congresos presenciales,
el intercambio vía correo electrónico y las otras formas de acceso a Internet y
la encuesta dirigida a buena parte de la comunidad historiográfica del mundo
occidental, buscando aunar criterios que definieran de algún modo qué es lo que
la Red está dispuesta a proponer en esta discusión sobre la construcción de
nuevos paradigmas. Y así es como surgió el Manifiesto.
Es un conjunto de 18 propuestas
metodológicas, historiográficas y epistemológicas que quedó concluido hacia
agosto-setiembre de 2001 y se decidió difundir por una casualidad el 11 de
setiembre de ese año. Finalmente, que hasta ese momento como referencia
simbólica el Manifiesto tomaba en
consideración 1989, que es, como todos ustedes saben, una fecha símbolo de los
cambios producidos en la historia del tiempo presente. Pero esta casualidad, que
la divulgación a través de Internet del Manifiesto Historia a Debate coincidiera
con la caída de las Torres Gemelas, impactó profundamente en ese plano simbólico
justamente con la sensación de que caían, se volvían vulnerables ciertas
certezas, ciertas tendencias fuertemente instaladas y que se abría una etapa
nueva, con quizás muchas más incertidumbres que las que habían caracterizado al
período precedente.
Estas
18 propuestas que definen al Manifiesto, se agrupan en diferentes campos, el
primero de los cuales es la metodología. Les voy a hacer un ligero punteo de las
propuestas metodológicas, etc, simplemente a modo recordatorio o para dar una
información sumaria sobre el mismo y después daré una ligera referencia a
algunos puntos que me parece importante destacar del Manifiesto.
La
primer propuesta que el Manifiesto
hace es la de reivindicar una ciencia con sujeto. Y esto , así como se enuncia
fácilmente, supone uno de los problemas más serios y complicados que tiene no
solamente la Historiografía sino el conjunto de las Ciencias Sociales, que es
cómo se relaciona, cómo se articula lo que es sujeto y objeto,
estructura-coyuntura, estructura-acción humana, como quieran. Un problema que
viene clásicamente planteado en el seno de las Ciencias Sociales y que por lo
general se ha solucionado de modo pendular, o una primacía del sujeto o una
primacía de la estructura y del objeto, o una primacía del sujeto y en
consecuencia de las subjetividades que en el fondo buena parte de la
preocupación central de la Sociología Histórica proviene precisamente de la
intención de superar esta dicotomía tan clásica. Los últimos 25 años del siglo
XX se caracterizaron por un retorno a la primacía de la subjetividad, esto al
punto tal que las estructuras se diluyeron por completo y en muchos casos
aparecía como propuesta metodológica para el estudio de las sociedades nada más
que los puros sujetos.
La
segunda propuesta metodológica del Manifiesto, es la reivindicación de una
nueva erudición que apunta en verdad a tener en cuenta la necesidad de ampliar,
modificar, el concepto de fuente histórica y la documentación no estatal, esto
es la búsqueda de nuevos elementos, de nuevos indicios que permitan avanzar en
la investigación historiográfica no haciéndola depender exclusivamente, como en
la versión “rankeana”, de la documentación oficialmente consignada en los
archivos. Como Uds. saben la memoria que se consigna en los archivos estatales,
en los archivos públicos, es la memoria del poder, pero queda fuera de él un
conjunto de producción de las acciones de otros sectores importantísimos de la
sociedad que por lo general no son tan fáciles de relevar y en consecuencia de
trabajar. Es cierto que esto no es una novedad. Durante buena parte del siglo XX
han habido fortísimos intentos de construir nuevas fuentes y nuevas formas de
utilizar las fuentes desde las clásicas proposiciones de los Annales de Lucien
Febvre y Marc Bloch retomadas luego por Fernand Braudel hasta las
reivindicaciones de la historia de género, de la historia desde abajo, de
las clases populares, de las historias post coloniales, etc. Se trata también de
recuperar como fuente para el análisis historiográfico lo que se llaman los
silencios, esto es aquello sobre lo cual los testimonios disponibles no hablan,
pero de lo que se sabe que ha ocurrido y que en consecuencia también constituye
un problema a develar. La historia de las mujeres, la mal denominada historia
oral, la historia ecológica, la historia mundial global, que son tendencias que
se han desarrollado en las últimas décadas han contribuido fuertemente a esta
renovación de las fuentes y, en
consecuencia, el Manifiesto apunta a
rescatarlas y a seguir avanzando en esa dirección.
La
tercera propuesta metodológica, es la necesidad de recuperar la innovación para
crear, no solamente un nuevo paradigma historiográfico, sino también para la
búsqueda en los métodos, en los temas, en las preguntas, en las respuestas;
hacer que la Historiografía retome este carácter de replantear permanentemente
las preguntas que se le hacen al pasado y al presente.
El
cuarto presupuesto metodológico, es la reivindicación de la interdisciplina, la
de bregar por incrementar la interdisciplinaridad de la Historiografía en un
balance equilibrado de participación de las disciplinas que se apunta a
vincular. La idea es que en el campo de las Ciencias Sociales, hay un vasto
archipiélago, que además se ha extendido al propio campo de la Historiografía.
Hoy, en realidad, no es bueno hablar de Historiografía sino de multiplicidad de
historiografías. Es tal la magnitud de la fragmentación, que ha convertido a la
disciplina en un conjunto de islas a menudo más separadas que vinculadas entre
sí y en ese sentido la propuesta de la red apunta a unificar, a comunicar, a
vincular estas islas de ambos archipiélagos, el exclusivo de la Historiografía y
aquel que la vincula con las otras Ciencias Sociales. Esto implica también
apostar a las ventajas y a los beneficios que tiene el intercambio de métodos,
de técnicas y de enfoques y no sólo para reivindicar el carácter de Ciencia
Social de la Historia, un carácter que fue fuertemente cuestionado en los
paradigmas del último cuarto de siglo XX, sino también tender puentes crecientes
hacia la Filosofía, que es una dimensión que se olvidó en la práctica
historiográfica y con las Ciencias de la Naturaleza. Hay una necesidad creciente
de una articulación con este campo que es el resultado de la complejidad que va
adquiriendo el mundo en el tiempo actual. En el punto de la interdisciplinaridad
hay unas cuantas coincidencias, y hay algunos puntos de diferencia que señalo
rápidamente al pasar porque tratarlo nos llevaría más tiempo del que tenemos
asignado. Algunos no creemos ni en la interdisciplinariedad ni en la
multidisciplinaridad, creemos más bien en la necesidad de trabajar en el campo
de la transdisciplina en el sentido que lo formuló Pierre Bourdieu, o
quizás más exactamente en el proceso de hibridación de disciplinas. Pero
ésta es, en todo caso, una
discusión abierta y la idea que nos guía independientemente de la posición que
tengamos al respecto es la necesidad de recuperar la dimensión científico social
de la Historiografía al mismo que tiempo establecer un diálogo permanente con
las otras disciplinas.
El
quinto presupuesto metodológico del Manifiesto del 11 de setiembre, apunta
contra la fragmentación, y esto se relaciona con dos cuestiones: Una, a la que
hacía referencia recién, con la metáfora del archipiélago y por la otra, con
recuperar una cuestión que se dio rápidamente como frustrada sin hacer un
balance acerca de si, efectivamente, habría habido frustración y si la había
habido, por qué razones y si efectivamente lo que se hizo con ese nombre se
adecuaba a la proposición inicial. Me refiero a la idea fuertemente difundida en
los años sesenta y en alguna medida en los 70 de la llamada historia total. Que
como Uds. saben, fue fuertemente cuestionada por las tendencias que luego
predominarían durante las décadas de 1980 y 1990, sea en su vertiente
posmoderna o sea en su vertiente neorankeana. La idea de que la
historia total se había convertido en una imposibilidad tiró al trasto de los
instrumentos historiográficos esta idea. Desde Historia a Debate pensamos que
esta cuestión debe ser retomada, debe ser recuperada y que debe serlo
probablemente en un sentido y en un campo probablemente diferente al que se
había planteado en los años 60, porque en el interín se ha producido una
transformación profunda de alto impacto en el conjunto del mundo, especialmente
a partir de esta nueva expansión del capitalismo a escala planetaria. Para
definir esta etapa de mundialización o globalización que se atraviesa en la
actualidad, la idea entonces de que en un mundo globalizado, mundializado, la
recuperación de la necesidad de interaccionar nuestro objeto de estudio en una
escala más reducida, local, nacional, regional, con la mundial aparece como
absolutamente necesaria e incluso imprescindible. Se trata entonces de hacer
converger la investigación histórica atravesando espacios, géneros y niveles de
análisis, a esto apunta esta idea del presupuesto contra la fragmentación
buscando adoptar lo global como nuestro punto de partida, no como un horizonte
utópico al que hay que llegar sino como punto de partida. Esto es, no podemos
analizar, por pequeña que sea la dimensión espacial de nuestro objeto de
estudio, si no lo insertamos en este proceso global. Esto es por cierto mucho
más necesario en cuanto nos referimos a temas de la historiografía del tiempo
presente.
El
segundo núcleo de propuestas del Manifiesto, se refiere a la
Historiografía, y en ese sentido la sexta proposición se refiere a la tarea
historiográfica y con esto se quiere señalar que es necesario estudiar a las
historiadoras y a los historiadores por lo que hacen y no por lo que dicen. De
algún modo es una propuesta de retomar un análisis y un estudio más exhaustivo
de las diferentes historiografías y las prácticas historiográficas. Esto es un
punto importante en la idea de reconstruir los paradigmas con los cuales
trabajan los historiadores (explícita o implícitamente señalados y asumidos por
ellos) y en consecuencia por qué aparece la necesidad de un nuevo
paradigma.
La
séptima proposición se ubica en el campo de la historiografía y no en el de la
metodología. Esta idea de la historiografía global, tiene mucho que ver con la constatación
de que hay hoy una iniciativa historiográfica que está al alcance de todos mucho
más de lo que estuvo en el pasado, y esto es uno de los grandes logros que ha
permitido Internet. Hasta los años 60, 70 incluso 80, los grandes referentes en
el campos de las Ciencias Sociales, y la Historiografía entre ellos, por lo
general, provenían del mundo europeo o norteamericano-canadiense, aún cuando las
Ciencias Sociales latinoamericanas hicieron innovadores aportes especialmente en
el campo de la Sociología y la Historiografía Política. Los grandes paradigmas
en el conjunto de las disciplinas, y la Historiografía en particular, provenían
de los países centrales. En el caso de la historia, Uds. lo recuerdan, los
Annales de origen francés o el impacto de la Historia Social Marxista
británica. Aquí lo que se constata es, precisamente por esta democratización que
permite Internet, que hay una mayor posibilidad de que historiografías hasta
entonces consideradas periféricas, como las latinas y ,en particular las
latinoamericanas, empiecen a tener una presencia cada vez más fuerte en el
interior de las comunidades académicas internacionales. Eso permite crear ( y
esto es otro dato novedoso) una comunidad transnacional, que se construye día a
día, de personas que se comunican entre sí y con el conjunto a veces diariamente
utilizando este instrumento novedoso que nos ha brindado la revolución
tecnológica.
La
octava propuesta, es la de la reivindicación de la autonomía del historiador, lo
que supone recuperar no sólo la autonomía sino lo que alguno una vez llamó el
espíritu crítico de los científicos sociales, y en este caso de los
historiadores en particular, respecto del poder, respecto del Estado, respecto
de las instituciones académicas que constituyen en sí un factor de poder muy
fuerte y que muchas veces orientan, definen, deciden qué es lo que hay que
investigar, cómo hay que investigar y con qué recursos. En consecuencia, la
convicción de que hay que recuperar un campo en el que se permita la
reconstrucción de tendencias, de asociaciones, y de comunidades que giren más
bien alrededor de proyectos historiográficos comunes definidos por la temática,
las propuestas teórico-metodológicas, etc., antes que las conveniencias del
poder.
La
novena propuesta, es el reconocimiento de las tendencias. Esto es admitir que en
el campo historiográfico hay un conjunto bastante amplio y creciente incluso de
diferentes tendencias, tanto teóricas, metodológicas, epistemológicas, que no
tienen por qué imponerse unas sobre las otras, sino que en la interacción, en el
diálogo, pueden ayudarnos a construir un campo de conocimiento crecientemente
superior.
La
undécima propuesta, es una reivindicación de la historiografía digital, esto es
a tomar a Internet como una poderosa herramienta contra la fragmentación del
saber histórico, utilizándola no como un panacea para todos nuestros problemas
sino como un instrumento más; que como todo instrumento hay que aprender a
manejarlo y a manejarlo bien. Seguramente, esto que ya se llama la
historiografía digital o el campo científico social digital, va a seguir siendo
complementario y/o complementado con las manifestaciones tradicionales clásicas
que todos conocemos en materia de investigación, difusión, intercambio académico
y enseñanza.
La
duodécima propuesta, apunta a destacar la importancia del relevo generacional.
Buena parte de todas las tendencias predominantes en la Historiografía actual
están definidas por hombres y mujeres nacidos en el final de la Segunda Guerra
Mundial o en la posguerra. Es decir, un conjunto de hombres y mujeres que están
próximos a su jubilación y ,en consecuencia, genera un campo de relevo muy
importante. Pero no solamente por el hecho biológico de que unos ceden el lugar
a otros, sino que quienes están hoy ocupando los lugares en el grueso de las
instituciones académicas lo están habiendo tenido un alto grado de
responsabilidad en estos cambios que han ido fragmentando a la disciplina y, por tanto, esto genera un desafío
formidable. En definitiva, el problema no es un problema de edad solamente. El
Manifiesto señala muy bien que, en
realidad, este es un dato importante porque hace al relevo absolutamente
necesario, independientemente de la voluntad de cada quien, sino al hecho de que
todas estas innovaciones que se han estado produciendo han generado un fenómeno
especialmente significativo. Hay historiadoras e historiadores mayores en
términos de edad que son absolutamente innovadores, permeables, y que han
adherido fuertemente a todas las tendencias innovadoras mientras que hay jóvenes
que en cambio actúan en el campo de la disciplina con la mentalidad tradicional
que tienen muchos de aquellos que son biológicamente mayores. Insisto, no es
consecuencia solamente un problema de edad sino de cómo, en este relevo
generacional, se hace cargo de este conjunto de innovaciones que se han estado
produciendo en las últimas décadas y esto es algo que atañe tanto al campo de la
investigación cuanto al campo de la enseñanza de la historiografía en todos los
niveles en los cuales ella se realiza.
El
tercer campo que abarca el Manifiesto, es el de la teoría y la
tesis o la propuesta decimotercera retoma ahora en este otro plano de la
reflexión teórica algunas cuestiones señaladas en algunas de las proposiciones
anteriores, como por ejemplo pensar el tema, las fuentes y los métodos ; las
preguntas y las respuestas; el interés social que puede tener una investigación
dada; o el modo de enseñar un tema dado y las implicancias teóricas que derivan
de ello. Se trata, al mismo tiempo, de combatir una tendencia que tiene un
cierto grado de aceptación, esto es, una especie de división del trabajo según
el cual la Historiografía provee de datos, la información empírica, y otras
disciplinas, en cambio, proveen el marco teórico o marco conceptual. En esto, hay un apuesta fuerte por la
necesidad de recuperar el uso de la teoría en la investigación y en la enseñanza
historiográfica, al mismo tiempo que la información empírica.
La
catorceava propuesta, es la de los fines de la historia y aquí se trata de una
propuesta abierta al futuro que supone discutir sobre la responsabilidad de las
historiadoras y los historiadores en relación al mundo en que vivimos, a los
problemas que este mundo presenta y a la posición que cada uno tiene frente a
los problemas cotidianos de nuestras sociedades. En un sentido, esto apunta a
retomar un problema clásico fuertemente denostado en la última parte del siglo
XX, que es la idea de progreso. La idea de progreso se entiende en el Manifiesto como un concepto, como una
idea que debe ser rediscutida, no para retomarla en los términos clásicos en que
la elaboró la Modernidad como una línea ascendente, ni tampoco para tirarlo al
trasto como han hecho las corrientes posmodernas.
El
cuarto núcleo de propuestas se refiere a la sociedad. La propuesta decimoquinta
es la reivindicación de la Historia y ,especialmente, la función ética de la
Historia y en general de las Ciencias Sociales en la educación de los ciudadanos
y en la formación de las conciencias de las diferentes comunidades, sean ellas
nacionales o supranacionales, como todo tiende a indicar que va a ocurrir en el
futuro inmediato o está ocurriendo ya en algunos casos como es el de Europa
Central y Occidental.
La
proposición decimosexta reivindica la necesidad del compromiso con las causas
sociales o políticas que ocurren en el mundo de hoy, en defensa de ciertos
valores universales como la educación, la salud, la justicia y la igualdad, la
paz y la democracia. Se trata también de combatir la idea de que existe una sola
verdad, pero también combatir la idea de que no hay verdades, que es otra de las
consecuencias que derivaron de la primacía de las corrientes denominadas
posmodernas.
La
propuesta decimoséptima, retoma una cuestión que también ha sido olvidada que es
la de la articulación de presente con futuro. La idea es que los historiadores
no pueden escribir la historia al margen del tiempo vivido y del fluir
permanente de este vivir. El Manifiesto no lo plantea de esta forma
pero a mí me parece, que uno podría plantear que toda la preocupación
historiográfica que gira mayoritariamente sobre el pasado ahora con una
fortísima reivindicación del tiempo presente apuntaba sobre todo a encontrar en
el claves explicativas que permitieran proyectarnos hacia el futuro y esto es
que la clave de nuestras indagaciones aunque se centraran en el pasado y en el
tiempo, en realidad estaban apuntando hacia el futuro. Esta idea entonces de
rearticular pasado, presente y futuro que las corrientes posmodernas
cuestionaron fuertemente, parece que deberían retomarse en una clave distinta de
la que se consideró en las décadas o los paradigmas anteriores.
Y de ahí, en consecuencia, que la
decimoctava propuesta sea la culminación de lo anterior en la idea de proponer
la necesidad de construir un nuevo paradigma. Paradigma utilizado en el
sentido de Khun, es decir, un conjunto de proposiciones, valores,
cuestiones que una comunidad académica determinada comparte mayoritariamente en
un cierto momento; que este paradigma se construye de un modo colectivo y
haciendo especial hincapié a la posibilidad de recuperación de lo mejor que
produjeron las corrientes predominantes.
Déjenme
terminar señalando tres rasgos importantes para la construcción de un nuevo
modelo de relaciones historiográficas internacionales que estén en consonancia
con el tiempo presente, éste que se incrementa por la continua multiplicación de
los diferentes mecanismos de intercambios multiculturales digitales, etc. El
primero de estos rasgos de un nuevo modelo de relaciones historiográficas
internacionales se refiere a un intercambio y multilateralidad de reflexiones,
investigaciones y experiencias historiográficas y esto incluye las experiencias
didácticas o pedagógicas, esto es de enseñanza de la Historia entre países y
continentes. La idea es que estos intercambios no deberían estar determinados
por la superioridad económica de un país sobre otro. Y éste es un punto muy
importante y aunque a menudo no se lo tiene en cuenta, guarda relación con una
de las proposiciones hechas por la Comisión Gulbenkian para la
renovación de las Ciencias Sociales. Ustedes saben que en el contexto
intelectual hay una lengua franca que es el inglés, a veces acompañada por el
francés. Pero en general, congreso que se haga en cualquier lugar del mundo, la
lengua oficial es el inglés. Hay algunas paradojas terribles cuando se hizo uno
de los congresos de la Asociación Internacional de Sociología en Madrid, España,
el idioma oficial del congreso era el inglés. Cuando se hizo uno de los
Congresos de la Asociación Internacional de Ciencia Política en Buenos Aires, el
idioma oficial era el inglés.
Entonces,
un conjunto importante de científicos sociales ha empezado a protestar
fuertemente contra esto, y la Comision Gulbenkian para la renovación
de las Ciencias Sociales hizo suya la necesidad de recuperar a cada idioma
que se habla, como idioma oficial en cualquier congreso que se haga a nivel del
mundo. No forzar a nadie a expresarse en un idioma que no sea el suyo y ,mucho
más, cuando el congreso se hace donde el idioma oficial o ,el idioma
predominantemente hablado, no es el inglés. Parece una trivialidad pero, sin
embargo, esto hace a la idea de combatir la predominancia de un país sobre otro,
y esto implica cuestiones económicas, políticas, lingüísticas, etc.
El
segundo rasgo es el del multiculturalismo historiográfico. Esto apunta a la idea
de lo que algunos han llamado un plan de mestizaje en el terreno de la equidad
entre diferentes historiografías nacionales sin que tampoco una de ellas sea
predominante sobre otras y esto significa un giro importante respecto de algunas
de las cuestiones o formas que predominaron en el pasado.
Y el tercer rasgo de esta nueva
propuesta, gira en torno a la necesidad de utilizar en la constitución de este
nuevo modelo de relaciones historiográficas nacionales es el trabajo en red.
Porque el trabajo en red lo que hace, en primer lugar, es un intercambio rápido
en el tiempo y económico en materia de utilización de recursos, para facilitar
el conocimiento entre colegas ubicados en diferentes lugares del mundo. Ustedes
saben que la velocidad y sobre todo la economía del traslado de información por
la vía digital, suple los problemas que a veces ocasionan en materia de recursos
económicos no sólo la participación en un congreso sino también el envío de
información, documentación, etc. Hay algunos historiadores que están planteando,
además, la necesidad de utilizar Internet como un ámbito en el cual no sólo
circule y puedan ser bajadas y consultadas las producciones de los distintos
científicos sociales, sino también como un lugar idóneo para construir archivos
virtuales para las cuestiones que pueden interesar a distintos historiadoras e
historiadores del mundo. Eso es material que cuesta mucho conseguir publicado,
aún en algunos casos que han sido de bonanza económica, que puedan estar en la
red al alcance de todo el mundo. Los británicos hicieron en este sentido una
contribución monumental cuando pusieron en la red, a disposición de todos los
interesados en el estudio de la época de Felipe II de España, todo el archivo que digitalizaron
tomándolo de los archivos españoles. Cosas como ésta, efectivamente, se pueden
hacer y contribuirían a resolver algunos de los grandes problemas.
Hay
sin duda muchísimas más cosas para señalar pero yo he querido simplemente, en el
lapso de tiempo disponible, y quizás excediéndome un poco en él, plantearles las
dieciocho propuestas que el Manifiesto ha señalado. Son propuestas
abiertas a la discusión. El Manifiesto no está cerrado, seguramente
va a ser revisado en algún momento. Algo discutiremos en el Congreso de Santiago
el año que viene y todos los comentarios que están llegando cotidianamente a la
red por parte de los intervinientes, indican que seguramente tendremos una
renovación importante.
Muchas
Gracias.
Moderador.
-Quiero destacar especialmente la generosidad del Dr. Ansaldi para disponer de
su tiempo para venir a esta reunión a discutir y a presentar el Manifiesto de Historia a Debate. Por
otro lado les recuerdo que el Manifiesto fue publicado en “La Gaceta”
de Agosto y está disponible en la página web de la Asociación de Profesores de
Historia.
Vamos
a seguir por orden alfabético con la Prof. Raquel García Bouzas. La Prof. García
Bouzas es profesora de Historia, tiene una maestría en Estudios Latinoamericanos
en la Facultad de Humanidades, es Inspectora y Directora del Instituto de
Historia de las Ideas de la Facultad de Derecho, y participó en el 2do. Congreso
de Historia a Debate en Santiago de Compostela.
Raquel
García Bouzas. -Muchas gracias. Es para mí muy importante encontrarme con los
profesores de Historia que he conocido durante mucho tiempo y con algunos nuevos
que no conozco, muchos que no conozco. Reitero la idea que acaba de decir
Carlos, de que sigo siendo docente de Historia. Pero en esta ocasión voy a
aprovechar para hacer un planteo sobre la especialidad que, luego de mi abandono
de la Enseñanza Secundaria, asumí digamos que full-time, que es la Historia de
las Ideas. Es una disciplina que de alguna manera encaja muy bien en las
reflexiones que acaba de hacer el Dr. Ansaldi y que también tiene que ver con
una parte fundamental del Manifiesto.
La
Historia de las Ideas como Uds. saben, es una disciplina que de alguna manera
puede considerarse como una disciplina histórica en donde hay una filtración
fundamentalmente de la Filosofía (uso el término que acaba de utilizar el Dr.
Ansaldi), pero es una disciplina histórica. Lo que voy a plantear es lo
siguiente: tres ideas del manifiesto que yo quiero conectar entre sí.
Un
balance de hasta dónde el relacionamiento de la Historia con las Ciencias
Sociales puede ser evaluado luego de décadas de esos intercambios entre la
Historia y las llamadas Ciencias Sociales.
Segundo
punto, la posibilidad de, en un nuevo paradigma de un relacionamiento realmente
fuerte con una disciplina que no es una ciencia, que es la Filosofía, y hasta
dónde ese abandono vamos a pagarlo de alguna manera. Hay un retraso notorio en
la producción, donde somos todos responsables y me siento yo especialmente
responsable como especialista en la disciplina. Es decir, la Historia de las
Ideas es una disciplina que ha quedado relativamente estancada y que es
necesario reasumirla dentro de las ideas de este nuevo paradigma.
Y el tercer punto al que me voy a referir
es el de la función ética de la Historia, en donde creo que la conexión entre
Historia y Filosofía nos puede llevar a ciertos cambios de algunas reglas que
hemos considerado, hasta ahora, como reglas in cuestionadas de la investigación
histórica pero que, para que realmente la Historia asuma una función ética,
tendríamos que revisar.
Así
que me voy a referir en primer lugar a la idea de la interdisciplinariedad con
las Ciencias Sociales, teniendo en cuenta que, como acabamos de escuchar, esa
interrelación se basa fundamentalmente en el hecho de que hay disciplinas que
han desarrollado ampliamente sus teorías, sus metodologías y han ampliado sus
preguntas y la Historia ha resultado, digamos, por un lado una cantera de la
cual se han extraído datos empíricos para sustentar esas teorías y por otro lado
han resultado preguntas en la función propiamente historiográfica de los
historiadores que han usado las preguntas de las Ciencias Sociales a los efectos
de llevar adelante sus investigaciones. Creo que hay en este momento una
tendencia a mirar críticamente ese interrelacionamiento entre la Historia y las
Ciencias Sociales. Yo me voy a referir, fundamentalmente, a la Ciencia Política
porque es de ahí que quiero extraer luego el relacionamiento con la
Filosofía.
La Ciencia Política, en
general, se manifiesta con una metodología muy fuerte que es indudablemente muy
atractiva para cualquier investigación histórica, y que hace ya décadas trabaja
con un sistema relativamente digamos... voy a usar la palabra simple, perdón, no
simple por simpleza sino simple por claro, en donde, en general, los
historiadores trabajan con la idea de Estado, sociedades, gobierno, poder,
individuo, etc. Todo eso que ha producido una enorme bibliografía está llegando
a un punto que podemos pensar si realmente va a dar más. Yo creo que, de alguna
manera, el hecho de que nos vinculáramos tanto con las Ciencias sociales residía
en que estábamos convencidos de una visión epistemológica determinada. Estábamos
convencidos de que la metodología era lo que daba realmente validez al
conocimiento y que cuanto más rigurosa fuera la metodología más seguro era el
conocimiento. Y había ciencias que tenían un desarrollo teórico tan avanzado que
indudablemente resultaban para el historiador un, así lo llamábamos, encuadre
teórico, un sustento teórico sobre el cual el historiador podía trabajar con sus
datos empíricos. Es decir, encuadrar esos datos, darles una interpretación y
llegar entonces a una hipótesis. Por supuesto, que creo que la Historia tiene en
este momento una riqueza tan grande que de ninguna manera vamos a hablar de
dejar una cosa para hacer otra, simplemente lo que quiero decir es que podemos
hacer otras, por ejemplo, reelaborar la fuerza de esa idea de que la
epistemología es la que nos da la seguridad que proviene en general de los
sociólogos. Fíjense que Giddens, llegó a afirmar que cuanto más fuertemente las
investigaciones de los filósofos están epistemológicamente orientadas, tanto más
frecuentemente tienen que acercarse al proceder teórico y empírico de los
científicos sociales. Es decir que para Giddens, la conexión entre Filosofía y
Ciencias Sociales es a través del método, a través de la epistemología. La
Filosofía daba la epistemología sobre la cual luego las ciencias sociales iban a
sustentar sus propias epistemologías. Para muchos teóricos sociales, la
Filosofía fue fundamentalmente epistemología. Las aproximaciones recíprocas
entre ambos saberes estuvieron marcadas por el interés metodológico y, por el contrario, sus alejamientos
actuales tuvieron que ver con las nuevas preocupaciones de la sociología por la
interpretación de la sociedad contemporánea, su trayectoria de desarrollo y su
posible futuro. Estas preocupaciones teóricas orientan las investigaciones de
las Ciencias Sociales hacia el terreno de la ciencia política y generan nuevos
objetos de estudio, incluyendo historias ficticias de comunidades marginadas
dentro de un determinado dominio intelectual que atribuye la construcción de la
teoría política y en el cual lo que cuenta no es lo que se recuerda
institucionalmente sino lo que se olvida en la organización del pasado.
La
Ciencia Política es, en gran
medida, un estudio del ejercicio de la coerción de la aplicación de la fuerza y
de su posible legitimación. Su objeto de estudio, es la estructura de los
sistemas políticos, la utilización de estos modelos para emitir juicios
valorativos sobre las ventajas de sistemas distintos, según ciertos criterios
normativos generales, y la fundamentación de una antropología hipotética
derivada de la exigencia de justificación filosófica, porque el poder coercitivo
no es moralmente defendible en sí mismo. Necesita una argumentación que exprese
la validez del uso de la fuerza en base a fines de interés colectivo. Señalamos
,entonces, dos conclusiones del carácter del relacionamiento entre Ciencia
Política e Historia. Primero, que no existe relación entre esta teoría de las
funciones del gobierno y la relación empírica de los orígenes históricos del
Estado, que ha surgido por la fuerza de los que tienen más poder para explotar a
los menos organizados, más que para aportar beneficios al bienestar
colectivo.
Segundo,
que desde el punto de vista de la teoría el enfoque ético de la política y de
las instituciones ha dejado de sernos familiar. Sin embargo, para la Historia de
las Ideas, esto no siempre ha sido así. Los filósofos han proyectado miradas
desde la ética hacia las instituciones sociales y ,en particular, sobre el orden
del derecho y del Estado. Han construido sus teorías desde el punto de vista de
la justicia política, demostrando el carácter irrenunciable de la idea de
justicia y dejando en claro que la legitimidad de la coerción estatal y jurídica
reside en considerarla teniendo en cuenta principios de justicia. Al avanzar el
siglo XX, los grandes autores se interesan prioritariamente por la teoría
social, la hermenéutica y la teoría de la ciencia y dejan a los juristas el
estudio de las instituciones de derecho y del Estado, sin dejar la Filosofía y
aún continuando desarrollos de la Filosofía Política, han abandonado todo
impulso hacia la argumentación ética. Se consolida el dominio del positivismo y
del historicismo y recién a partir de las décadas de los 60 y 70, se reanuda el
debate teórico bajo el impacto de la teoría crítica y del estructuralismo.
Productores de profundos análisis críticos del estado capitalista con temáticas
relacionadas con las clases sociales, el papel de la ideología, etc., los
teóricos avanzaron en la década de los 80 en el debate sobre el rol del Estado,
la mercantilización de relaciones sociales, la cultura de masas y el consumismo,
el imaginario individualista e intimista y continuaron insistiendo en la
vigencia de la discusión sobre los procesos de regulación social, el papel del
capital y del trabajo, la discutible primacía de la economía, la naturaleza de
las transformaciones culturales del capitalismo y la de los cambios en el
movimiento obrero. En el plano más abstracto, se trata de discutir sobre la
tensión entre teoría y realidad, sobre la capacidad de los individuos y la
sociedad civil para cambiar las estructuras y transformar a la sociedad.
Volvemos
a la temática propia del debate intelectual de nuestra generación del 900, a la
Filosofía Política. Nos encontramos ahora en una nueva situación en que, como
dice Boaventura de Souza Santos, por primera vez la crisis de regulación social
corre a la par con la crisis de emancipación social, dentro del nuevo paradigma
de posmodernidad inquietante. Crisis de las normas y crisis de la libertad,
determinan la existencia de realidades históricas injustas. El grado de
injusticia en el orden social puede ser un objeto de estudio para los
historiadores. Dicho objeto aparece con una complejidad creciente visto desde el
ángulo de las Ciencias Sociales, dado que ellos nos conducen hacia sueños de
utopías caóticas en que no hay ningún sujeto histórico privilegiado.
Desde
el punto de vista ético, los protagonistas son todos lo que ven sus vidas
supeditadas al poder que otros ejercen sobre ellos y en los que la conciencia de
la opresión y la explotación alimenta a los movimientos sociales, cuya lucha
asegura paradójicamente la paz en muchas situaciones reales.
Sin
las demandas de la sociedad civil organizada los desequilibrios llevarían más
probablemente a la guerra. El punto central del debate es el de la justicia de
las instituciones y de las prácticas sociales. En él podemos intervenir con
nuestra producción como historiadores comprometidos en el cambio social, pero
siempre que en el conjunto de nuestra acción intelectual, entendida a la vez
como investigación, como difusión,como reproducción en el ámbito docente, no
abandonemos y ,por el contrario, ahondemos, nuestras reflexiones sobre la
relación ética entre individuo y sociedad. Sin haber agotado aún las
posibilidades que los temas referidos a la vida privada, a la forma del poder
reflejada en la sensibilidad, la economía y la sociedad, el papel del estado y
los partidos políticos, y tantos otros que han enriquecido nuestra
historiografía, podríamos orientar también nuestro trabajo hacia un tema que nos
convoca desde la gente: el de la justicia de las convenciones sociales y de las
instituciones, por el camino que ya ha sido abierto por la historia referida al
género y por la que se ha producido en relación con la moralidad privada
ampliándolo y reconduciéndolo hacia la reflexión de lo político y hacia el
estudio de los criterios históricos públicos sobre ética y moral.
Hay otro rumbo en el que la
Historia puede involucrarse con las humanidades y es por medio del enfoque
antropológico. Yo estoy hablando de Humanidades y no de Ciencias Sociales, en
primer lugar porque la Filosofía no es una ciencia y no es una ciencia social.
Es decir, que la primer novedad de esta propuesta de interrelacionamiento entre
la Historia y la Filosofía es la propuesta de un conocimiento esencialmente
empírico que toma contacto con un a disciplina abarcadora, una disciplina que de
alguna manera se conecta con todas las otras. Entonces, como la Filosofía no
tiene criterios absolutos, gracias a esa liquidación de criterios absolutos,
tanto la Filosofía como la Historia plantean criterios de verificación relativas
en ese encuentro recíproco. En la interrelación entre Filosofía e Historia puede
transitarse en un camino en que el método empírico aporte datos de conocimiento
que permitan, a su vez, un alto nivel de interpretación argumentativa. En esta
propuesta dentro del campo de las humanidades, el nivel de mayor abstracción
teórica asciende al plano filosófico entre los postulados de la escuela de la
sospecha, lo positivo y normativo lo relativo y lo absoluto, los hechos
empíricos y los juicios de valor.
Y ahora llego al último punto. En qué
sentido puede ser que la historia pueda tener un contenido relacionado con los
valores, superando las oposiciones entre juicios fácticos y juicios de valor. A
pesar de la abundante producción crítica que desató la corriente weberiana de
hace un siglo, exigiendo que los valores no entraran de contrabando en el
discurso científico, algunos investigadores siguen sintiéndose vigilados por la
crítica metodológica que exige la prueba tanto en el conocimiento empírico como
en la interpretación valorativa, dando así nueva vida al positivismo filosófico
tanto histórico como jurídico, en especial en el estudio de las instituciones.
Para poder construir una función ética de la historia en defensa de los valores
universales, para lo que habría que ingresar en los argumentos de la polémica
filosófica entre visiones éticas universalistas y particularistas, deberíamos
admitir que nuestro discurso se impregna de la argumentación y diversidad
analítica de la teoría de la justicia. No me refiero a la teoría liberal de la
justicia, sino de la justicia como objeto de investigación y a la justicia
social, la justicia institucional, los derechos de vida, libertad, igualdad,
participación. Eso significa más bien una historia de la injusticia.
Y la última reflexión que voy a hacer, es
que todo esto me ha inspirado una relación entre el discurso que ayer hizo Nahum
y el que yo ya tenía por escrito y pensaba decirles hoy. Creo que si Uds.
conectan ambas cosas les va a quedar bastante claro, no sólo que comparto casi
todo lo que dijo Nahum, sino que creo que justamente es interesante, es lo que
estoy haciendo en este momento, dado que también se dijo que teníamos que
presentar las nuevas investigaciones, una historia de los criterios públicos de
la justicia de los uruguayos y creo que sí, que hay un modelo y creo que sí hay
un debate y creo que hubo un gran debate que fue de alguna manera el que
protagonizaron los intelectuales del 900. Esa generación del 900, que la
literatura nos hizo conocer parcializando el enfoque hacia los contenidos
literarios, dejó totalmente afuera el debate que hoy nos puede interesar sobre
la justicia que fue el que esos mismos autores protagonizaron. Muchas
gracias.
Moderador -Sigue en orden
Aldo Marchesi, profesor de Historia, egresado del I.P.A., investigador del
Centro de Estudios Interdisciplinarios Latinoamericanos (FHCE) y del Instituto
de Ciencia Política (FCS), docente en Enseñanza Secundaria y en la Universidad,
estudiante del posgrado del CLAEH.
Aldo
Marchesi – Básicamente, a lo que me voy a referir va a ser al Manifiesto en sí, si bien a partir de lo
que planteó Waldo hay elementos que uno puede tomar una apertura mayor para
analizarlo, el tema del contexto en el cual se realizó, quiénes participaron,
las intenciones de la propuesta. En principio, podría decir que comparto
básicamente las intenciones y la convocatoria al diálogo que genera una
iniciativa de este tipo en el sentido que es la promoción de un diálogo en torno
a ciertos problemas que hoy parecen claves en la historiografía más actual y el
reconocimiento de que como en el mismo Manifiesto se habla de que es necesario
un cambio de giro (se utiliza el término giro para otra cosa en el Manifiesto), pero que, en el comienzo
del siglo XXI parece estar presente en varios lados la idea de que ciertas
formas de pensar, ciertas maneras de hacer la historia que tuvieron mucho que
ver con las últimas dos décadas del siglo XX ya no son tan persuasivas, ya no
son tan verosímiles. En ese sentido, comparto ciertos elementos. Sin embargo, la
propia ideal del Manifiesto me genera
problemas. Yo estaba repasando en qué tipo de comunidades académicas había visto
manifiestos, es decir, el objeto
manifiesto. Esta idea de puntuar las cosas que se deben hacer, y conozco
fundamentalmente en el campo del arte, en el campo de la Historia realmente no
conozco muchas iniciativas de ese tipo y tiene ciertas virtudes un texto de ese
tipo en el sentido de que sintetiza, condensa, pero a la vez tiene ciertos
problemas en el sentido de que yo creo que la posibilidad de salir de ciertas
trabas que hoy tiene la historiografía, se da con más producción
historiográfica, me parece que todos tenemos claro eso, que no se resuelve con
un manifiesto. En todo caso, un manifiesto lo que puede declarar son las
voluntades de cambio pero no el cómo desarrollar ese cambio. Sobre esto después
me voy a referir un poco más. En principio, hay ciertas críticas que se plantean
en el Manifiesto con las que tengo
acuerdo. La crítica al posmodernismo extremo en dos sentidos, en el que
planteaba Waldo del estudio sólo del sujeto y un descuido muy fuerte en torno al
tema de las estructuras, el tema de la crítica al subjetivismo en términos de
conocimiento, una crítica a la ciencia muy radical muchas veces, la crítica de
la fragmentación, también me parece algo real. La Historia se ha fragmentado,
incluso a un grado tal que hoy el diálogo se dificulta en el campo de la propia
Historia. Es una Historia tan diversa que incluso es difícil dialogar entre los
campos diferentes de la propia Historia y es cierto , me parece, la necesidad de
la interdisciplinaridad, de la renovación de las fuentes me parece que son
elementos que hace años se vienen planteando y con los cuales comparto. Esto
último de avanzar hacia nuevas formas de globalidad me parece central, y sería
como una respuesta al tema de la fragmentación. El gran tema es el cómo y me
parece que el cómo es parte de una acumulación historiográfica, que se estará
dando en diferentes partes del mundo y que se irá desarrollando y me parece que
lo que más da cuenta el Manifiesto es
de esa inquietud, más que de otra cosa.
Pero a mí me gustaba
discutir una idea que está presente en el Manifiesto, que Waldo no la dijo tan
enfáticamente, que es un poco la caracterización que se hace de las últimas
décadas en torno a la producción historiográfica. Acá un simple detalle
autobiográfico: yo soy de los que mi entrada a la Historia, a la Historiografía,
es justamente en el marco de los 90; sufrí los 90 y tomé algunas cosas positivas
de esos 90. Y hay una caracterización muy fuerte que se hace, se habla del giro
positivista y conservador. Waldo hoy no usó el término en esta forma pero dice
“el giro positivista y conservador a que nos ha conducido recientemente la
crisis de las grandes escuelas historiográficas del pasado siglo y que amenaza
con volver nuestra disciplina historiográfica al comienzo del siglo XIX”. Es una
afirmación realmente fuerte acerca de la caracterización que se hace de las
tendencias historiográficas de los 80 y los 90, y a mí me parece que éste
juicio es, en alguna medida, medio
injusto en la medida que no da cuenta de que la situación actual de la
Historiografía; tiene más que ver con la propia crisis de los relatos previos
que con el avance de otras tendencias. Cuando uno empieza a ver las biografías
de muchos historiadores, observa que el recorrido tiene que ver con el relato
macro explicativo en los 60 y los 70 y que en los 80, empiezan a buscar otro
tipo de explicaciones, dando cuenta de que esos macro relatos, estos relatos más
estructurales, no daban cuenta de varios problemas para explicar la realidad
social. Hay ejemplos más concretos, si uno recorre un historiador como Giovanni
Levi, que es uno de los fundadores de la micro historia italiana, justamente
recurre a la micro historia, recurre a esta cuestión porque plantea que las
teorías de cómo se desarrolló el capitalismo en Italia no son válidas, no
sirven, son deficientes y que es necesario lo local para recuestionar algunos
enfoques teóricos. El problema de la fragmentación no es que hubiera un campo de
batalla, me da la impresión, donde unos vencieron sobre otros, sino que las
propias escuelas de los 60 y 70, se empezaron a auto disolver en los 80; a mí me
da esa impresión. No es tan fácil volver a lo otro, o para volver a lo otro, hay
que darse cuenta de todas las limitaciones que me parece en una forma bastante
acertada dieron los 80 y 90.
En cuanto a la calificación de década
conservadora y positivista: yo creo que los 90 es clarísimo que fueron una
década conservadora en lo político, pero entablar una traslación directa hacia
la producción historiográfica me parece relativo, no me queda tan claro si los
90 fue una década conservadora en lo historiográfico. Creo que hay varios temas
que fueron positivos. Primero, el dar cuenta de la imposibilidad de ciertos
macro relatos, el dar cuenta de otras dimensiones que tenía la Historia del
estudio de otros sectores que habían sido descuidados en la Historia más
tradicional. En ese sentido, me parece que no necesariamente se debe leer ese
proceso como un proceso conservador. Yo no llamaría ese giro de los 80 y 90 como
positivista y conservador, sino que, básicamente, lo llamaría como un giro
cultural. Me parece que hay una presencia muy fuerte de lo cultural en las
lecturas que asumen los historiadores en ese período, hay una recurrencia muy
fuerte a dos disciplinas, la antropología y la crítica literaria. En ese sentido
este giro que se da tiene sus virtudes y también tiene sus problemas. Repasando
algunos autores que fueron muy influyentes en ese período, me parece que Foucault, fue un autor central en ese
período, y me parece que hay ciertos elementos de una crítica a un método
universal de la ciencia, la idea de la genealogía, fueron ideas útiles para los
historiadores; la idea de micro poder también fue muy útil, para analizar el
poder como una categoría que no sólo se da a niveles institucionales macro, sino
que se da en todos los ámbitos de la vida social. La crítica, o la eliminación
de cualquier visión reduccionista entre las formaciones discursivas y las
prácticas socioeconómicas, me parece que fue una crítica útil y que después fue
retomada por ciertos historiadores como Darnton, Furet o Chartier que
,obviamente, era un crítica al marxismo. Inicialmente a mí me parece que esos
temas contribuyeron al desarrollo de la Historiografía.
Otro autor que fue también
muy influyente a comienzos de ese período, fue Clifford Geertz y digamos hay una
serie de aspectos metodológicos en torno a revalorizar la idea de la
descripción, la idea de entender la cultura como un texto de las relaciones
sociales y el análisis de ciertas cosas que parecían menores para los
historiadores de los 60 y 70, como ciertos aspectos culturales. El trabajo de
Geertz sobre la riña de gallos, me parece bastante ejemplificante de esto, o sea
cómo un juego puede dar cuenta de las relaciones sociales dentro de una
sociedad. Incluso hasta un autor muy polémico como Hayden White, que viene de la
crítica literaria que plantea las limitaciones del discurso histórico, plantea
el discurso histórico como una forma más de literatura, da una serie de
elementos que aportan una crítica fuerte a lo que había sido la producción
anterior y el gran tema si esto es entendido como un estadio histórico de la
historiografía o como una cuestión definitiva, yo creo que si es entendido como
un estadio histórico de la historiografía me parece que es muy positivo. Cuando
digo estadio histórico de la historiografía, me estoy refiriendo a que en los 90
hubo fragmentación, hubo disolución, hubo básicamente crítica; lo que no hubo
fue la posibilidad de construir nuevos marcos teóricos a partir de esa crítica.
Y si se reconoce esa crítica, me parece que la crítica era válida, era
interesante, es me parece que lo que el siglo XXI está requiriendo a partir de
esa crítica como volver a reconstruir ciertos marcos teóricos. Eso me parece que
es la clave. Yo lo de positivismo en principio lo desecharía. También lo de
conservador lo desecharía. Esta nueva historiografía da cuenta de fenómenos
culturales muy fuertes que hasta los 80 no eran muy incluidos. El tema de
géneros es clarísimo; el tema de la etnia, también problematiza al propio
discurso histórico, le quita autoridad al discurso histórico en el sentido de un
discurso monolítico con capacidad de dominio en lo social y eso a mí me parece
interesante, no me parece conservador, me parece progresista. Tal vez yo me puse
a pensar ¿y qué cosas de ésas pueden ser consideradas conservadoras? Y me parece
que lo conservador, tal vez de los 80 y los 90, venga más que nada por el
abandono de ciertos temas, que eso sí me parece puede ser considerado como
conservador. Me parece que el gran tema que se abandona en los 90 es el tema de
la revolución, el tema del cambio social, la reflexión sobre eso; eso sí es
claro que se abandona en los 90. Es un tema que desaparece de la agenda y hay
una visión también muy ingenua acerca de las estructuras. Hay autores de la
historia cultural que tienen una visión extremadamente simplista o reduccionista
de la estructura y digamos que priorizan los intersticios de la estructura. ¿Qué
quiero decir con eso?: la idea de que los seres humanos tienen una capacidad de
libertad para salir de los marcos de las estructuras y que,en realidad, el peso
de las estructuras no es tan fuerte como antes se había planteado. Incluso hay
ciertos extremos en que se llega a plantear directamente que no existen
estructuras; eso lo llegan a plantear algunos historiadores de la historia
cultural y creo que ahí sí hay un problema serio. Los que vivimos en estas
sociedades del Cono Sur, sabemos que existen estructuras porque las sufrimos
todos los días y que los intersticios son mucho más limitados de lo que, muchas
veces, cierta historia cultura plantea. Creo que ahí hay un problema y creo que
la historia de la revolución, que era un tema tradicional en el siglo XX
desapareció de la agenda. En
realidad, es el tema del cambio
social incluso para ir en forma más general, más allá del tema estricto de la
revolución. Sin embargo, creo que hay temas sobre los que aún no hay respuestas,
lo que ocurre más que nada es eso, me parece que el tema de la relación entre lo
económico y lo social y los fenómenos discursivos es un tema en el que hoy no
hay respuesta. Lo que se ha hecho fue una crítica muy fuerte al marxismo más
tradicional, acerca de la noción de infraestructura y superestructura pero sigue
siendo un tema pendiente, me parece a mí, más que nada si uno lo vincula con las
configuraciones histórico particulares en cada sociedad específica y en cada
momento de desarrollo de las sociedades. El tema del cambio social (tal vez no
conozco, señalo que en los medios donde me muevo no aparece esa reflexión) y
luego, sí es cierto que son necesarias nuevas visiones globales sobre los
fenómenos históricos. En los 80, 90, hubo un énfasis en lo local, en lo micro,
repito, un énfasis que tuvo una causa específica, que era que las teorías macro
no respondían, pero ese énfasis en lo micro me parece que no tiene que ser una
actividad en sí, un fin en sí mismo. Tenía una explicación en un momento
histórico, pero en este momento me parece que, en cierta medida, hay que volver
a intentar relatos más macro.
El gran tema me parece que
sigue siendo el cómo y eso tiene que ver con las comunidades académicas, con un
desarrollo que lleva años, que es largo y difícil. Dos cosas más. Con otros
temas hago más acuerdo. Hay un tema que llamo políticas institucionales, que no
sabría como llamarlo, pero me refería a qué papel tiene la Historia en los
estados nacionales y qué políticas se desarrollan desde los Estados para
mantener la Historia, promover la Historia, etc. etc. Aquí hay dos o tres cosas
que son importantes y que el Manifiesto las plantea. Primero el
recambio generacional. Me parece un tema importante por lo que yo conozco en
Latino América. En Latino América hay un problema muy serio, que es cuál es el
papel institucional que tiene la Historia, que básicamente tiene que ver con las
universidades públicas en los 90 porque el ámbito de las instituciones privadas
no desarrolló. Tengo muy poco tiempo pero cuando Waldo dice que hay jóvenes que
son conservadores y habla que la generación del 68 fue más bien una excepción,
yo creo que parte del discurso conservador hoy lo tienen justamente los que
tienen el poder, que son justamente la gente de la generación del 68, en gran
medida, y más en el ámbito académico. Creo que el tema de conservadores o no
conservadores, poco tiene que ver con la edad, me parece que los recorridos
históricos no acreditan hoy.
Después,
el tema de la informática me parece que es un tema central y clave. Considero que una propuesta que se
plantee trabajar y desarrollar desde ámbitos más marginales, no desde los
centros el desarrollo historiográfico, tiene que plantearse este tema porque
efectivamente posibilita una democratización mayor de la actividad académica.
Igual no creo que la informática en sí habilite un campo académico trasnacional.
Yo tengo mis dudas de que hoy existan campos académicos trasnacionales, lo que
creo que hay son centros de poder que invitan a otros a participar a sus centros
de poder. Eso tal vez sea el mundo trasnacional. Pero en el sentido que lo
planteaba Waldo de una suerte de espacio igualitario donde los centros tengan
tanto poder, me quedan mis dudas si se puede generar eso a partir de la
informática y que incluso me parece que el ámbito de Historia a Debate puede ser
visto desde este punto. No es casual que en este espacio haya tantos españoles
por ejemplo. Un centro menor dentro de los centros, quiere, en alguna medida,
buscar su espacio en estos centros y periferias que están en disputa.
Lo
último, porque ya no voy a tener más tiempo, me parece que esta iniciativa de
Historia a Debate sería muy bueno que tuviera un efecto sobre Uruguay, en el
sentido de promover el debate entre los historiadores uruguayos; me parece que
es algo que falta mucho y que realmente hay muy pocos espacios donde la
corporación de historiadores uruguayos debatan públicamente sobre infinitos
temas. Me parece que hay un déficit importantísimo en ese sentido. En Uruguay no
hay una revista de historiadores, no hay un espacio de discusión común; tal vez
el mayor espacio de discusión común sea la APHU. Incluso no hay una actitud
corporativa, en el mejor sentido, para defender aspectos muy concretos que
tienen que ver con aspectos políticos, por ejemplo el tema de los programas de
secundaria. En los últimos meses varios de los que participaron en la
elaboración de los programas no eran historiadores directamente. Hay todo un
tema que me parece interesante debatirlo y me parece que los historiadores como
corporación, aunque queda medio fea esa palabra, tienen un espacio para hablar
de la cuestión de la política de archivos y museos en el Uruguay que es central
y que directamente los historiadores no existen en las discusiones.Creo que este
espacio de Historia a Debate podría ayudar a promover una actitud más
corporativa, en el mejor sentido de la palabra, de los historiadores en el
contexto uruguayo.
Lo
último, que comparto totalmente, es el tercer aspecto que había planteado que es
la cuestión en cuanto a la relación
entre el historiador y la sociedad y me parece muy bueno que el Manifiesto plantee nuevamente el tema
del intelectual público básicamente, el rol que tienen los intelectuales en la
sociedad y la posibilidad que tienen de incidir a nivel social lo cual comparto
totalmente.
Y nada más. Muchas gracias.
Moderador
– Muchas gracias, Aldo. Sigue María Inés Moraes, que es Licenciada en Historia,
tiene la maestría en Historia Económica, es docente en el programa de Historia
Económica y Social de la Facultad de Ciencias Sociales.
María
Inés Moraes – Primero que nada, mi agradecimiento a los que me invitaron a
participar en esta mesa. Estoy muy
honrada y un poco asustada. En realidad, hice tal vez la más osada de las
opciones, porque cuando leí el Manifiesto me identifiqué un poco con un
comentario que me había hecho Carlos, en el sentido de que a veces los textos
que están pensados justamente para provocar la reflexión en un conjunto tan
diferente de países y seguramente de comunidades científicas tan diversas como
las que participaron en la elaboración de este manifiesto, tienen un cierto
grado de generalidad, y uno siente en determinado momento que está mirando el
planeta Tierra desde Marte, que se ve todo muy lejano y cuesta un poco aterrizar
las cosas. Que, bueno, estaría interesante aterrizar un poco en casa. Vamos a
ver si ponemos un poco la mirada en la azotea de la casa nuestra a ver qué se
ve. Y eso supone hablar del Uruguay, de nuestra comunidad de historiadores, de
nuestra historiografía, o sea de nuestros colegas. Es una tarea difícil, y por
lo tanto voy a hacer gala de cuanta cintura pueda, para decir alguna cosa
interesante sin quedar demasiado mal parada.
A
mí me parecía que el sentido de discutir este Manifiesto, era sobre todo ayudarnos a
reflexionar un poco sobre cuál es la situación de la historiografía uruguaya
antes que ponernos a pensar si estamos de acuerdo o no con tales o cuales
afirmaciones y propuestas que el Manifiesto contiene. Todos nos íbamos a
quedar pensando desde nuestro lugar cómo se ve esta problemática. Yo no soy una
experta en historiografía, voy a hablar desde el lugar que me permite estar en
esta mesa, que es el lugar de alguien que está comprometida con la investigación
histórica en un campo disciplinario de investigación que hasta el momento ha
desarrollado, en el acierto o en el error, la pretensión de tener autonomía de
objeto y método respecto de la Historia. De manera que yo soy acá una especie de
prima incómoda que fue invitada a discutir algunos asuntos familiares. Yo, si
tuviera que hacer una versión, por lo tanto muy somera, muy a vuelo de pájaro
sobre algunos de los aspectos fundamentales que nos permitan describir la
situación historiográfica del Uruguay en los últimos quince o dieciocho años, es
decir, desde la reinsitucionalización democrática para acá, señalaría primero
que nada un par de cuestiones de contexto, porque la producción historiográfica
como todos sabemos, no transcurre en el aire, sino que está siempre metida,
inserta en aluna clase de realidad económica, política y social. Yo creo que hay
dos aspectos de esta historia reciente de los últimos dieciocho años, que
importan para entender o para empezar a pensar qué pasa con la historiografía
uruguaya.
Una
es alguna cuestión relativa a la reinstitucionalización democrática en el
Uruguay y en particular a una cierta especificidad, que en alguna época se dijo,
después se abandonó esta cuestión, que estaba teniendo el proceso de la re
institucionalización democrática y que era esta cuestión de la restauración, de
las generaciones de hacedores en distintos campos de la actividad nacional que
estaban antes de la dictadura y que vuelven a ocupar sus puestos de trabajo o
sus puestos de mando cuando la dictadura termina. No sé si recuerdan,
seguramente que algunos de los que ya tienen algunos añitos recordarán muy bien,
cómo este proceso de definir de alguna manera una vez que se desplazaban todos
los que habían sido los “cuadros intelectuales” (entre comillas), que la
dictadura puso en distintos ámbitos relativos a la investigación y a la
enseñanza, quién ocupaba esos lugares. Esa fue una cuestión que tenía
implicancias de todo tipo, naturalmente eso hacía a los puestos de trabajo de
mucha gente, eso hacía a los relevos generacionales y tenía impactos para muchos
lados, me parece a mí, y fue vivido no sin conflictos en nuestro país,
particularmente en la Universidad de la República, que es el ámbito que yo mejor
conozco, pero hasta donde tengo entendido también en los ámbitos, por ejemplo,
de la ANEP. De manera que ése es un tema que aunque es incómodo mencionar,
conviene tener presente porque para mí ha sido un poco el “background” (¡ay!,
perdón, dije una palabra en inglés), hace un poco al trasfondo de esta cuestión.
No el único, por supuesto.
Otra
cuestión que apareció en la segunda mitad de los ochenta, y después se dejó de
lado, pero yo creo que en realidad vino para quedarse, es la cuestión de la
relación entre los centros privados y la Universidad. Durante la dictadura había
habido toda una floración de centros privados de investigación que tuvieron que
redefinir su posicionamiento en el campo profesional cuando la Universidad deja
de estar intervenida, se redemocratiza, vuelve la autonomía, el cogobierno y
entonces hay que resolver un poco cómo va a ser la forma de relacionamiento
tanto de los centros como de la Universidad, entre estos dos polos de la
producción científica. Esta cuestión no fue vivida tampoco sin conflicto, hubo
posiciones de diferente tipo, a cierta altura se buscó un cierto acuerdo de
cooperación aunque, en general, como después el tema como objeto de análisis fue
abandonado. Me da la impresión, por alguna cosa que he leído, ciertamente es que
en verdad lo que ocurrió fue una especie de división del trabajo, y los centros
privados se reconvirtieron a sí mismos en otro tipo de centros más orientados,
tal vez, a las consultorías o a
ciertos programas de extensión y dejaron que la Universidad llevara el peso de
la investigación científica más dura, por decirlo de alguna manera. Esta
cuestión, que parece olvidada, y que hoy día podemos decir que ya pasó, bien o
mal ese es un tema superado, yo creo que se reedita en los 90 cuando aparece la
floración de las Universidades privadas. Entonces, nuevamente, vuelve a haber un
factor de incomodidad y un factor, yo diría, que de malestar profundo. Acá estoy
hablando en general de la investigación científica en relación a cómo manejarse
en esta multiplicidad de centros de producción de saberes, al menos de
producción de puestos de trabajo y las dificultades para mantener y redefinir
lealtades e identidades que antes, en un mundo en donde sólo existía la
Universidad de la República, era mucho más fácil de llevar y sobrellevar en el
peor de los casos. Esta es una cuestión que hace entonces a la
reinstitucionalización democrática y que me parece que está en el trasfondo de
lo que luego voy a tratar de mencionar.
Hay
otro aspecto que también remite, a finales de los ochenta, que yo no sé cómo
llamar y entonces sólo a efectos de esta mesa redonda (por favor no vayan a
repetir esto), yo llamaría que es el fin del ciclo revolucionario iniciado en
los 60. Es decir, hay toda una oleada en el plano de las luchas políticas,
sociales, pero también en el plano de la producción de conocimiento de fuerte
inspiración revolucionaria, que de alguna manera había empezado en los 60 y yo
creo que recién viene a terminar a finales de los 80 en el país, aunque en el
medio está la dictadura. Yo creo que en todo caso la dictadura lo que hizo fue
desplazar a los agentes, reprimirlos, intentar de alguna manera llevarlos a su
mínima expresión, o aniquilarlos si le hubiera resultado posible. Pero en los
hechos, podemos constatar que
durante la dictadura, en la producción científico social del período, uno
comprueba que ese plan no funcionó, el aniquilamiento no funcionó, y segundo,
cuando recién termina la dictadura, si uno lee las cosas que se escribían y se
producían en aquellos años, es notorio que hay todavía mucha más continuidad con
aquellos programas de investigación de los años 70 que con lo que iba a venir
después. A veces me gusta jugar con la idea de que el ciclo revolucionario de
los 60, en el Uruguay, terminó en el año 1989 con el plebiscito del voto verde.
No soy historiadora política, pero como ciudadana me quedé un poco con esa
impresión.
Estos
dos procesos a mí me parece que es importante señalarlos para entender algunas
cosas de la historiografía uruguaya de los últimos quince o dieciocho años. Creo
entonces, que la producción historiográfica de estos últimos quince o dieciocho
años transcurre entre algo así como silencios incómodos, porque la mayor parte
de estas cuestiones no fueron discutidas en foros abiertos sino que algunas de
estas cuestiones, o se zanjaron en los ámbitos cerrados de los departamentos o
los institutos universitarios, o directamente no se zanjaron, quedaron en una
rendición de cuentas de tipo personal entre colegas. De manera que cuando uno se
pone a mirar los cambios, lo primero que se encuentra es que hay como un
ambiente de silencio incómodo, de rencores, más o menos evidentes, más o menos
disimulados. Pero hay, sin embargo, algunas revoluciones silenciosas; vamos a
abusar un poquito de esa palabra que está de moda, que han estado registrándose,
me parece a mí.
Entre
esas novedades, tal vez la que yo considero más robusta o rotunda, es la
concreción de algunos desgloses disciplinarios. Yo no sé si la palabra correcta
es la de desgloses disciplinarios, pero yo tengo la sensación de que se ha
estado cultivando una historia política no sólo desde ámbitos institucionales
específicos, sino que me parece que con un cierto sentido o con una cierta
intención de construir una cierta identidad disciplinaria específica. Tengo la
sensación de que tanto entre quienes cultivan esto que se ha dado en llamar la
nueva historia política, como entre quienes la combaten, parece aflorar un
sentimiento identitario novedoso donde la Historia Política pasaría a ser un
campo disciplinario que pasa a tener algunas especificidades en cuanto a la
definición de objeto, y el objeto no son problemas de las disciplinas, (es un
tema que en todo caso habría que hablar en otro momento), sino también unas
cuantas especificidades metodológicas y por lo tanto que la validan como
disciplina. Un proceso muy de este tipo, (creo que en el caso que voy a
mencionar, como lo conozco mejor, sí me animo a hacer afirmaciones más
rotundas), ya con un grado más avanzado de madurez, se registró en la Historia
Económica. De alguna manera, a cierta altura de los 90 aflora esta concepción de
la Historia Económica como una especie de ciencia social que hibrida la historia
con la economía, pero que de alguna manera es diferente de las dos. Se
desarrollan ámbitos de investigación específicos para esta disciplina y además
se ponen en marcha procesos de formación de posgrados en ese sentido, un poco
para formar investigadores con este perfil y con esta cabeza. Y escuchando
también lo que nos contaba la Prof. García Bouzas sobre su propio proyecto de
investigación en relación a la cuestión de la justicia, más las reflexiones
sobre la relación entre la Historia de las Ideas con las Ciencias Sociales y con
la Filosofía que la Prof. nos presenta, a mí me dio la impresión también de
estar frente a un proceso de desarrollo de un desglose disciplinario que parece
presentar también un grado avanzado de madurez. De manera que nosotros tenemos
acá algo que yo creo que no es la fragmentación de temas y problemas, sino que
es en todo caso un proceso de otra naturaleza y hasta capaz que de implicaciones
más definitivas, que es esta como autonomización, no de determinados temas y
problemas, sino de ciertas prácticas en relación con la construcción del
conocimiento histórico.
Hay
otra novedad que me parece importante registrar, que es que por fuera de estos
desgloses, o sea que dentro de lo que uno podría considerar que es la corriente
clásica del la Historia, (los que uno podría decir que no están tan
problematizados por el adjetivo, por si además de historia son “historia algo”),
igual uno encuentra irrupciones novedosas e importantes. Yo creo que toda la
obra de los 90 de Barrán debería ser analizada un poco a la luz de esta
hipótesis. Tengo la sensación de que el ejemplo posmoderno uruguayo más cabal es
justamente la obra, nada más y nada menos que de José Pedro Barrán. Yo creo que
hay que ser muy ingenuo teóricamente para leer la “Historia de la Sensibilidad”
de Barrán, para pensar que Barrán no leyó a Foucault, que es el Papa, no es el
Papa, pero es algo así como San Pedro en el cielo de los posmodernos. Creo que
toda su línea de trabajo sobre el control, sobre el poder médico, sobre la
medicalización del cuerpo y, por
supuesto, el libro reciente “Amor y trasgresión en Montevideo”, creo que encaja,
también, dentro de todo este conjunto de estilos historiográficos novedosos. De
manera que algún día habrá que sentarse a estudiar con la seriedad que la obra
de José Pedro Barrán merece, qué significa este cambio en la historiografía
uruguaya. Pero me parece que no es lo único, hay una cantidad de afloraciones
nuevas, a veces algún historiador que parece estar absolutamente al margen de
todos estos malestares y estas preocupaciones epistemológicas, que parece que en
general somos más jóvenes los que solemos meternos en estos vericuetos y en
estas cosas, como por ejemplo Raúl Jacob, se nos descuelga con un libro como
La valija del tío Hugo. Entonces, un hombre que hizo el pase a la
Historia Económica, que ejerce su magisterio entre todos nosotros, se nos
aparece con un libro que parece micro historia. Yo, tal vez, estoy tentada de
pensar que es el mejor libro de micro historia que se ha escrito en Uruguay. Sin
embargo, es un libro al que uno no puede negarle todo el contenido que tiene
adentro de este pasado estructuralista que este historiador tiene detrás. Creo
que hay allí algunas, no sé si llamar irrupciones o erupciones, pero renovadoras
incluso dentro de los historiadores que uno podría pensar, “bueno, son los
historiadores que escribieron las consecuencias sociales del alambramiento, son
de la generación del 68”. Eppur si muove.
Quedan
unos cuantos problemas sin resolver. Yo creo que en esta historiografía que ha
transitado los cambios con dificultad para discutir, con malestares más o menos
disimulados en mi opinión, y no hay que temerle a los conflictos, o sea, no
estoy censurando los malestares, pero estoy nombrándolos, o sea, somos adultos,
vamos a decir las cosas como son. Basta leer algunos de los libros de
historiografía que se han escrito recientemente para comprender hasta qué punto
los debates académicos que no se dan terminan apareciendo bajo la forma de
ajustes de cuentas prácticamente personales. Entonces, acá hay una cosa, que no
es que no esté dilucidada y que hay que dilucidar, yo no sé si hay algo que
dilucidar, yo no sé si nos tenemos que poner todos de acuerdo, (más bien me
parece que no) , lo cierto es que
tenemos que decirnos lo que pensamos y decir las cosas por su nombre. En ese
contexto quedan unas cuantas cosas sin resolver que me parece que no deberíamos
seguir postergando. Sólo las voy a nombrar: Creo que la formación de los
historiadores debe ser revisada a la luz de la crisis de los paradigmas, no
tengo claro en qué dirección, pero estoy convencida que no podemos seguir
formando historiadores como si la crisis nunca hubiera ocurrido. Algo nos debe
haber enseñado todo este cambio historiográfico que hubo en el mundo y más que
ahora tenemos posgrados; así que hay muchas cosas que se pueden hacer.
La
relación investigación – difusión es todo un tema que me interesa mucho, pero
que la dejo nombrada nomás, la cuestión de las asociaciones científicas también.
A mí las asociaciones profesionales me parece que son sólo profesionales, hay
que tener además asociaciones científicas, asociaciones que hagan actividades,
eventos, que hagan congresos, en fin, que junten la investigación con el gran
público o con otro tipo de público y profesionales que consumen historia, como
son los profesores,
Y
la financiación de la investigación. Como buena universitaria llegó el momento
en que me tengo que poner a llorar por plata. Pero bueno, les voy a ahorrar ese
momento, Uds. no van a ser quienes van a resolver esa situación. Pero éstos son
algunos de los puntos que yo creo que están en la agenda y que sin desmedro de
que sigamos discutiendo sobre qué pasó en estos dieciocho años, yo creo que
tenemos que apurarnos a discutir eso, así podemos encarar un poquito estos
problemas. Esta es mi mirada desde el patio de casa.
Moderador-
Sigue a continuación Ana Zavala, que es Prof. de Historia egresada del I.P.A.,
Posgrado en Didáctica en la Universidad de Buenos Aires, Prof. de Didáctica
Especial del I.P.A. y que asistió a ese segundo congreso de Historia a Debate en
Santiago de Compostela.
Ana
Zavala.- Buenos días. Me ha resultado un poco complicado pensar cómo organizar
esto; en principio, porque hay dos puntos. Uno, que tiene que ver con las
personas que están en la mesa y con el tema del Manifiesto sobre Historiografía, en el
que yo no estoy involucrada, yo no produzco Historiografía sino que, como la
mayoría de nosotros, la leo. Y por otro lado, saber de dónde arrancar y cómo
hacer con un público tan heterogéneo en vínculos. Porque me queda siempre la
idea de que algunos van a decir “otra vez lo mismo” ¿no?, y es un público
numeroso que hay acá que ya escuchó
algunas cosas.
Pero
bueno, nos disciplinamos y aguantamos un ratito hasta que llegue algo novedoso,
porque hay alguna gente que ya lo sintió y voy a tratar de ser por lo menos
novedosa con el asunto, para los ex alumnos y para los colegas. Vamos a
ver.
El
punto es tratar de establecer en qué sentido existe un puente o una relación
entre didáctica e historiografía. Y una vez que hayamos podido pasar por ese
puente, tratar de aterrizarlo en qué relación puede tener el tema de Historia a
Debate y de la presencia y la circulación social de un manifiesto. Un poco lo
que decía Aldo, a ver qué es un manifiesto y para qué sirve un manifiesto y qué
función tiene para nosotros aterrizarlo en concreto.
Entonces arrancamos desde el
big bang. La enseñanza es una práctica y la didáctica es la teoría de esa
práctica. Es desde ahí de donde vamos a arrancar, aunque parezca una cosa ya
dicha veinte mil veces . Porque, en realidad, como dimensión teórica de la
práctica, una vez más para muchos, lo que cuenta para nosotros es la naturaleza
doblemente epistemológica de la didáctica, o sea que por un lado está nutrida
por la epistemología de la práctica y por todo lo que significa hacer esa
práctica, que aunque parezca raro, en realidad, es el punto que más tenemos en
común con los historiadores, porque escribir un libro también es una practica,
es otra práctica. Tiene las mismas dimensiones de acción práctica, de practicar
algo, de hacerlo y tiene las mismas relaciones con las teorías que tienen las
demás. Pero, también en la didáctica tiene el otro aspecto de una fuente en la
epistemología del conocimiento enseñado, en el caso nuestro la Historia, o la
historia Económica o la Historia Social, que tiene que ver con algo de eso. O
sea que, en realidad, por más que haya discursos que a veces son un poco oscuros
con respecto a esto, en realidad siempre que se habla de enseñanza de la
Historia, se habla de Historia en sentido historiográfico, es decir, a veces hay
algunos discursos que dicen enseñanza, pero de Historia, como diciendo enseñanza
es todo lo mismo, pero la historia es... como si dijéramos zapatos, pero negros
¿no?. Como que hay una categoría más fuerte para enseñanza que para el tema que
se está tratando esa enseñanza, cuando cualquiera de nosotros sabe que cualquier
comentario, análisis, relato sobre una clase de historia de lo primero que habla
es de Historia; lo primero que preguntamos es qué vas a dar, qué enseñaste, por
dónde vas a agarrar el tema, qué te falta, y en realidad el peso de eso es
extremadamente fuerte.
Entonces,
el sentido historiográfico de la historia enseñada, nos pasa muchas veces que en
razón de las otras epistemologías que se cruzan a veces es irreconocible, a
veces nos terminamos de dar cuenta de qué se trata lo que estamos enseñando,
porque atravesado, por ejemplo, por algunas cuestiones autobiográficas del
propio sujeto de la práctica de la enseñanza, que cree que las cosas son de otra
manera que como las leyó en un libro o que debe seleccionarlas de determinada
forma. A veces, es el poder normalizador del Estado que termina pidiendo dar tal
cosa y no tal otra, pidiendo poner tal cosa en un programa y sacar otra, y la
concepción de entrar en ese punto. A veces, son algunas dimensiones hegemónicas
o atravesamientos de otros saberes de visiones particulares para, por ejemplo,
nociones sociales sobre lo que es la Historia, básicamente son fechas y datos
para la gente común. Entonces, a veces el cruce con esas demandas nos dejan el
resto de la historiografía colgada o en un ámbito que no es exactamente
silencioso, pero silencioso de los ámbitos que representa el poder como por
ejemplo la evaluación o la valoración. Muchas veces terminamos valorando que un
alumno, por lo menos, pueda decir una fecha; por lo menos, decimos, algo sabe.
Termina destrozando toda la concepción de la Historia, pero por lo menos como
puede decir “1848”, por lo menos, ¡salvó! Como pudo decir un nombre, dijo
“Artigas”, entonces sí, pero algo sabe, sabe decir un nombre... (Ahora no nos
vamos a hacer los inocentes; exámenes tomamos varias veces al año y corregimos
escritos). Muchas veces, el punto es en qué manera esa dimensión historiográfica
de la historia enseñada es una dimensión extremadamente compleja y, en cierta medida, tenemos que llegar
a una conclusión cuando escuchamos una clase o cuando la damos y la tratamos de
analizar que es escuchándonos a nosotros mismos, es que hay una negociación
entre dos sujetos y ese es un elemento que aparece explícitamente planteado en
el Manifiesto, que aparece muy
interesante. No es que aparezca con el Manifiesto, ha estado siempre, pero
decirlo parece que es como que lo hace aparecer. Una negociación entre dos
sujetos: el sujeto historiador, que escribió esa obra por algunas razones,
sujeto a poderes, o iniciativas, a desafíos, a combates con otros como decía
María Inés, sea ajustes de cuentas o no... Nosotros, a veces, leemos una
historiografía que es una ajuste de cuentas con el otro que dijo lo contrario, y
de pasada va pasando el cuchillo, en el medio de las demostraciones y las
argumentaciones, y sentimos la sangre correr de los otros historiadores y
decimos “¡Por Dios, perdónale una!”. Pero funciona, y el sujeto profesor, (que
es un sujeto muy complejo como sujeto de práctica y como sujeto de poder),
además, de poder en sumisión, porque está en una especie de entre que es
sometido de muchos, pero poderoso frente a otros, y hasta qué punto es poderoso
frente a sí mismo. Y, entonces, de
alguna manera la enseñanza de la Historia termina haciendo unos pactos con la
Historiografía de lo más complejos, que es muy interesante y que, incluso muchas
veces, son parte de lo silenciado y oculto bajo un manto de lo que pasó, la
verdad, cuando ,en realidad, nadie tiene esas concepciones positivistas, pero
que son muy buenas para ser dichas. Enseño objetivamente, enseño lo que se dio,
lo que pasó, no me comprometo con nada, y hay unos cortes historiográficos
impresionantes dentro de una clase, pero a veces conviene por el espacio de
poder que uno ocupa, conviene no andar haciendo demasiado aspaviento porque me
comprometo con esto. Entonces eso es uno de los puntos.
Y el último, respecto del sentido
historiográfico de la historia enseñada, es que en realidad nos debemos un
manifiesto para nosotros respecto de la diferencia que hay de las distancias y
las cercanías que existen entre el sentido de investigar y el sentido de enseñar
Historia, que no son el mismo. Es cierto que hay un sentido para enseñar lo que
se ha investigado, pero no es el mismo sentido que existe para investigar un
tema. A veces, hay como una especie de transmutación en el sentido de que (y eso
está en los programas) si se han escrito ochocientos mil libros sobre algunas
cosas, el programa se empieza a volver bulímico y empieza a entrar todo lo que
se ha investigado porque parece que hay una necesidad de enseñarlo porque se
investigó. Y el sentido de la enseñaza de la Historia ¿ es, o no es, escriturístico?; es decir, tiene o
no que ver con lo que se investigó, no quiere decir que haya que dejarlo de lado
pero es un sentido propio de la enseñanza de la Historia que se
vincula,necesariamente, con enseñar la historia investigada, obviamente, pero
que no tiene el mismo sentido que yo pueda enseñar una cosa que se investigó
ayer de tarde porque también tiene el mismo sentido enseñar, de repente, lo que
se investigó hace 200 años, y puedo levantar una clase preciosa con Adam Smith ,
con historiadores antiguos o viejos, con Pivel. De pronto, no tiene actualidad
historiográfica ; no es la investigación de último momento, pero los profesores
lo que enseñamos es historiografía y toda la historiografía. Podemos enseñarla
toda. La de hoy, la de ayer, no podemos enseñar la de mañana, es un detalle,
pero las otras sí; ése es el punto.
Tratar de encontrar un sentido para la enseñanza de la Historia, que remite al
sentido de investigación, pero que no es un cálculo, voy a decir, no es una
mímesis,(para algunos que estamos en el tema de la mimesis).
Ahora,
en otro punto que tenemos que ver nosotros los profesores de Historia, los
trescientos profesores que estamos acá más los otros con una acción como el Manifiesto Historia a Debate, que
existe, que lo tenemos a través de la revista, que lo podemos consultar en
Internet, de qué manera con estas relaciones que hemos planteado con la
historiografía, ese manifiesto nos significa un dato importante o una situación,
que nos pueda dar algo para la enseñanza de la Historia.
En primera medida, el problema es que el
Manifiesto plantea un análisis
crítico sobre cosas que han pasado y una presentación hacia el futuro, tiene
mucho más fuerte la carga de intenciones que los motivos, tiene una carga de
motivos pero proyecta mucho hacia la dimensión de las intenciones, y, bueno, no
vamos a enseñar lo que no se ha escrito aún, eso es una regla, así que nos
cuesta un poco relacionarnos con normas para los historiadores que van a hacer
Historia mañana de mañana. La clase nuestra tiene que ser con la Historia que se
puede leer y que se ha podido estudiar. Sin embargo, me parece un detalle
importante y de manejo por los estudiantes y los profesores de Historia, porque
a través de los 18 puntos que leyó Ansaldi van apareciendo ejes de miradas, ejes
desde los cuales leer la historia que uno va a enseñar, por si buena o por si
mala, por si superada o no superada, demasiado posmoderna o demasiado
individualista o demasiado positivista, pero que provee de una serie de ejes o
de puntos de mirada para compartir o para discutir pero sobre todo desde el
punto de vista nuestro, que no hacemos historiografía, que solamente la
consumimos, me parece que documentos de este tipo que circulan nos ayudan a
poder poner en claro y a tener puntos de mira sobre historiografías vigentes y
que de alguna manera nos ayuda porque nosotros lo que siempre enseñamos, de
alguna manera, siempre es historiografía, reconocido o no, pero de hecho siempre
hay algún apoyo sobre la historiografía. Como, en realidad, la historiografía
para nosotros también es un tema de enseñanza, no es solamente una dimensión de
escritura de la Historia lo que enseñamos, de alguna manera enseñamos lo que los
historiadores dicen, entonces leemos un historiador que dice que pasó tal cosa o
que tal otra es la consecuencia de tal o cual. La mayor parte de nuestro trabajo
es transmitir la escritura de la Historia para otros ; pero, también nosotros,
de alguna manera, estamos tomando para los ejercicios, para las preguntas, para
los documentos que les damos para analizar, el texto que llevamos para ilustrar
la clase, o aún la presentación de esos documento son el entorno de “esto lo
escribió el historiador fulano de tal”. De alguna manera, los otros dos
componentes que aparecen claramente, que son la escritura de la Historia como
práctica, o sea la historiografía como una práctica y el otro componente, el del
lugar, o sea quién es, que no quede oculto, o que no quede subyacente la idea de
que nosotros estamos presentando un autor como inglés, o un autor como nazi, o
un autor como blanco, colorado, socialista, que los presentamos desde su
ideología, o desde el siglo XIX, o desde su país, o de su tiempo o desde sus
combates, de su participación De alguna manera, me parece que la circulación de un
documento de este tipo es una ayuda para abrir los puntos de mira, más allá de
la escritura propiamente de la Historia en el sentido de lo escriturístico que
es como nosotros estamos acostumbrados a manejarlo.
Creo
que también es un desafío para muchos historiadores. Particularmente la visión
que yo tengo de la comunidad de historiadores del Uruguay contiene un poco la
idea de que lo referido a lugar, a método, son relativamente inmanentes. De que
existen, más allá de ser dichas, y en algunos yo creo que están en la categoría
de innombrables en el sentido de
Wittgenstein de lo que no se puede pensar, más vale ni hablar, es decir,
como que en realidad el método no existe y el lugar no existe y la posición no
existe y hay una especie de defensa pública muchas veces de situaciones
objetivistas, cuesta mucho, salvo
en discusiones de congresos o similares,
encontrar algo para poder morder ese asunto.
Finalmente,
yo creo que todo aquello que contribuye a poder ver la historiografía dentro de
su propio debate de creación como es el ámbito, no tanto del Manifiesto, sino de todo el movimiento
de Historia a Debate, para nosotros es una cuestión extremadamente productiva. Y
la difusión del debate historiográfico, también nos alienta a romper los
márgenes, un poco estrechos, que teníamos al decir: “enseño historia, lo leí en
un libro”.
(*) Transcripción de la versión grabada, no corregida por los panelistas.