Reseñas de las Actas del II Congreso Internacional Historia a Debate


Autor: Alejandro Estrella

Lugar de publicación: ER. Revista de Filosfía, Sevilla


BARROS, Carlos (ed): Actas del II Congreso Internacional de Historia a Debate. A Coruña, Ed. Historia a Debate, 2000, 3 vols.T. I Cambio de Siglo; T. II Nuevos Paradigmas; T. III Problemas de Historiografía

Entre los días 14 y 18 de julio de 1999 tuvo lugar en Santiago de Compostela la segunda edición del Congreso Internacional de Historia a Debate, en el que unos 800 participantes de 35 países tomaron el pulso a la disciplina desde múltiples perspectivas. Fruto de este evento han sido los tres tomos de Actas en los que se recogen diversas intervenciones acaecidas en el Congreso, atendiendo, según su editor Carlos Barros, no sólo a criterios de calidad, si no al equilibrio entre las diferentes historiografías y posiciones. 77 conferencias divididas en 16 bloques temáticos vienen a sumarse a la acertada trascripción de 19 mesas redondas, ofreciendo al lector, junto a los 6 tomos editados con motivo del I Congreso de 1993, un referente ineludible para la reflexión historiográfica.

La relevancia de tan ambiciosa obra queda redimensionada si consideramos el contexto interno y externo de la disciplina histórica en  los últimos años. Aquejada por una reiterada crisis ante lo que se consideraba que era el agotamiento definitivo de sus propuestas y de su objeto de estudio, la historiografía, parece actualmente recobrar vuelos ante la aceleración del discurrir histórico y los nuevos planteamientos en curso, aún sólo esbozados. Es por esta razón por la que una reflexión a escala internacional y un sincero debate se revelan, hoy más que nunca, como acuciantes. Retomando el envite aceptado en el 93, Historia a Debate pasa a actuar en este caso como bisagra entre dos tiempos, con una doble mirada que sopesa el pasado y apunta hacia el futuro de los fundamentos de la disciplina.

En este sentido en las Actas de este II Congreso se deja sentir el peso de los problemas de carácter teórico y metodológico, mas sería injusto decir que es esta la única problemática que se aborda. Para mostrar que realmente estamos ante lo que puede ser un completo diagnóstico de la disciplina hemos querido enfocar esta breve reseña desde una perspectiva pragmatista, en los términos planteados por Gérad Noiriel (Sobre la Crisis de la Historia, Madrid, Cátedra, 1997). Para Noiriel  son tres las dimensiones que definen el oficio del historiador: saber, memoria y poder. El saber sería toda actividad concerniente a la producción de conocimientos, donde la comunidad de profesionales definiría las normas de cientificidad, elaboraría los grandes problemas e hipótesis y concretaría los principios metodológicos. La segunda faceta del oficio sería la difusión de este saber entre el “gran público”(con especial relevancia en la enseñanza) contribuyendo así a la construcción de la identidad colectiva. Por último se considera la actuación de unas relaciones de poder en la formación de las comunidades científicas con un doble carácter: el poder público o privado, según el caso, y el poder científico.

Con respecto al primer apartado, la producción del saber, las Actas recogen diferentes ponencias y mesas redondas en las que se abordan cuestiones teóricas, metodológicas y de historiografía respondiendo a cuatro fases: balances, cambios, perspectivas y problemas.

En cuanto al balance de la historiografía del siglo XX, es de destacar aportaciones como las de Hal S. Barron (I,p.51-59) sobre las diferentes tendencias en la historia social norteamericana o la de James Vernon (I,p.139-150) sobre la historia social británica; la de François Dosse (I,p.61-94), que apostando por las tradiciones hermeneúticas trata las propuestas teóricas de Paul Ricoeur y Michel De Certeau; o finalmente, las de Harvey J. Kaye (I,p.113-119) sobre la historiografía marxista británica y Sergio Guerra (I,p.95-106) sobre el compromiso con su tiempo de la historiografía latinoamericana. La mesa A, de debate (I,p.343-366) recoge la puesta en común sobre dicho balance, con la participación de especialistas como G. Iggers, Hal S.Barron, Robert Bonnaud o Jaques Revel.

El problema de la crisis de la historia y el cambio de paradigma en curso es abordado por intervenciones como la de Carlos Barros (I,p.153-173) en la que tras hacer un balance de la situación actual apuesta por una historia ciencia social más narrativa, más comprometida, más pensada, más interdisciplinar, más global y más reivindicativa. Otra intervención a resaltar sería la de Robert Bonnaud (I, p.175-190) en la que repasa la historiografía francesa, perfilando los caracteres específicos de una nueva historia frente a etapas anteriores. Entre otros, podríamos destacar el estudio de Francisco Vázquez (I, p.219-230) en el que se hace un repaso de la historia social en España y su predisposición a la hora de asumir los nuevos planteamientos teóricos que le atañen. En este apartado podríamos incluir los intentos de varios ponentes por actualizar la relación pasado-presente-futuro tras los acontecimientos acaecidos en la última década. Mención especial merece la intervención de Carlos Navaja (I,p.327-340) en la que reivindica pasar de la historia del pasado a la historia del tiempo integrando los tres dominios temporales. Finalmente cabría señalar que sólo la conferencia de Israel Sanmartín (I,p.199-212) se dedica plenamente a explorar las tesis de Fukuyama y la evolución de su pensamiento en los últimos años.

El balance del siglo XX, así como el de la situación actual, lleva a plantear la cuestión de la historia del siglo XXI centrándose en nuevos enfoques teóricos y metodológicos. Así, Antonio Campillo (II, p.17-30) desde el terreno de la filosofía de la historia nos propone 4 tesis para una teoría de la historia con la que superar los modelos interpretativos evolucionistas. Nuevas propuestas metodológicas nacidas al amparo de nuevos dominios son expuestas en diferentes intervenciones: Ciro Cardoso (II, p.31-44) presenta un método de análisis para unas fuentes cada vez más en alza, las cinematográficas; Jose Vinci de Moraes (II, p.93-100) aborda las cuestiones teórico-metodológicas que surgen de la relación entre Historia, música y canción popular; Nora Pagano (II, p.53-61) hace lo propio con la biografía, Francisco Andújar (II, p.9-15) con la nueva historia militar, Matti Peltoten (II, p.63-71) con la microhistoria, y Alfio Signorelli (II, p.83-92) con la nueva historia política. Tres grandes apartados abordan en esta línea de nuevos paradigmas diferentes aspectos de rabiosa actualidad, abriendo campos que ocuparán mucho más espacio en próximos encuentros. Nos referimos por un lado a la conferencia de Willem Erauw (II, p.103-105) sobre las posibilidades de escribir una historia global, la de Lawrence McCrank (II, p.109-126) sobre el impacto de las nuevas tecnologías en la escritura de la historia y la de Michelin Cariño (II, p.129-137) sobre una historia ecológica entendida como parte integral de la historia global.

Finalmente, hecho balance y habiendo apuntado en direcciones concretas, se plantean una serie de problemas historiográficos que reclaman ser discutidos en profundidad. Tras intentar definir un campo propio de estudio para la historiografía se pretende calibrar el impacto que sobre ésta han tenido diferentes fenómenos tales como la globalización, el narrativismo y la historiografía poscolonial. Respecto al primer apartado cabe destacar entre otras las contribuciones de José Carlos Bermejo (III, p.9-21) quien plantea un análisis genealógico sobre la definición que el historiador da de si mismo y la de Gonzalo Pasamar (III, p.29-39) que reivindica una terminología menos ambigua a la hora de referirse a las tendencias historiográficas actuales. Con respecto a las repercusiones teóricas y metodológicas de la globalización sobre la historiografía discuten entre otros Karl Acham (III,p.49-58), Reinaldo Rojas (III,p.73-83) o Chenntouf Tayeb (III,p.103-109). Particular relevancia adquirió el problema del narrativismo donde se detectan diferentes posturas que van desde la crítica de Georg G. Iggers (III,p.119-128) hacia la escuela de Hayden White, dada su tendencia a poner al mismo nivel historia y ficción, a la de Jacques Revel (III,p.137-152) quien reconoce el carácter narrativo que siempre ha tenido la disciplina histórica. Otro de los problemas apuntados hace referencia a posibles convergencias de la historia con otras disciplinas, en definitiva, la interdisciplinaridad. En esta línea podemos destacar la intervención de Maria Luz Pintos (III,p.209-223) quien pretende clarificar la distinción entre filosofía e historia a la vez que plantea posibles espacios de encuentro. Muchos de estos problemas historiográficos son retomados en diferentes mesas de debate, en las que, entre otros temas, se trata la situación y el futuro de la historiografía española, mesa R (III, 337-347), el de la historiografía gallega, mesa Q (III, 325-335) y el de la latinoamericana, mesa S (III,p.349-365). Desde un punto de vista más estrictamente epistemológico, 5 mesas debaten problemáticas que se han revelado determinantes para la disciplina en los últimos años. El estatus científico de la historia centra la atención de la mesa J (II,p.297-332) en la que intervienen entre otros François Dosse, William Eraw, Mark Bevir o Eugenio Piñeiro. Por otro lado, en la mesa K (II,p.333-356) Ciro F.Cardoso, Antonio García de León o Carlos Fico, tratan la relación entre historia y discurso, narración y ficción. En torno al impacto del postmodernismo en la historiografía (II,p.357-384) se discute en una de las mesas más vibrantes del repertorio, en la que participan entre otros Antonio Campillo, George G.Iggers, Patrick Joice, Manuel Cruz o Juan Manuel Santana. El debate entre filósofos e historiadores se vio ampliamente reflejado en la mesa P (III,p.305-323) en la que Gonzalo Passamar, David Nirenberg, Guillermo Turner, Manuel Cruz y Maria Inés Mudrovcic discuten sobre la relación entre historia y teoría. Finalmente el problema de la interdisciplinar es retomado,  por Justo Beramendi, Fernando Devoto o Christoph Conrad en la mesa M (III,p.227-245).

La faceta de la memoria también es abordada en diferentes ponencias y mesas redondas. Con respecto a la memoria como constitutiva de la identidad colectiva Joaquim Ventura (I,p.249-252) da una perspectiva histórica del papel que los derechos humanos han jugado en la formación de los sujetos sociales. Sujetos antes ignorados son rescatados por Barbara Bush (I,p.263-276) quien plantea una metodología para reconstruir la historia de la mujer negra en la diáspora. No faltan referencias a la psicohistoria como método de acercamiento al estudio de experiencias que constituyen determinadas conductas, como en el caso de Norman Simms (I,p.277-286). Enrique Florescano (I,p.389-400) profundiza en la manera en que se ha constituido la identidad nacional mexicana en tanto que comunidad imaginada frente a otras identidades como la indígena. Esta ponencia nos permite enlazar con las mesas B (I,p.367-388) y C (I,p.401-416). Estas exploran, respectivamente, la relación entre mitos, historiografía y nacionalismo, interviniendo entre otros Harbans Mukhia, Alisa M.Ginio y Justo G.Beramendi; y las vinculaciones de Chiapas y la historia, con la participación de Antonio García de León, Jêrome Baschet, Ramón del Llano o Amelia Galetti. Claudio S.Ingerflom, Carmen Barcia y Francisco Vázquez, son algunos de los participantes en la mesa D (I,p.435-448) que aborda el tema del papel de la historia en la constitución de las identidades sexuales y sus mediaciones políticas. En esta línea cabe destacar las discusiones que se recogen en torno a la mesa O (III,p.279-291) que plantea la pertinencia o no de una historia común de hombres y mujeres. Cristina Segura, Alicia Palermo, Alisa M.Ginio y Claudia Harrington reflejan el contraste existente entre historia de las mujeres e historia de género. Quizá una de las mesas más relevantes es la dedicada a la ética del historiador y su compromiso social , mesa G (II,p.233-259), contando con las intervenciones de Adeline Rucquoi, Juan Manuel Santana, Harvey J.Kaye, Alberto J.Pla, Daniela Romagnoli y Fernando Sánchez Marcos entre otros.

Con respecto a la difusión de los conocimientos a través de la educación de la historia, la cuestión pretende apuntar hacia el tipo de enseñanza a la que nos enfrenta el nuevo siglo. Especialistas como Joan Corbalán (II,p.141-144) y Rafel Valls (II,p.173-182) plantean la enseñanza de la historia como procedimiento en la constitución de personas críticas y participativas. Cabe resaltar las contribuciones de Marcos J. Correa (II,p.145-152) quien aboga por una reflexión de la didáctica de la historia como problema teórico interdisciplinar; y la de Ana Zavala (II,p.183-191) que propone la necesidad de una convergencia entre la historia enseñada y la de los historiadores.

Finalmente la faceta del poder, por lo que respecta tanto a las poderes públicos o privados como a la propia comunidad, supone una acertada inclusión pese al escaso trato que normalmente recibe entre los especialistas. Intervenciones que van desde la de Xavier Díez (III,p.163-168) que resalta los problemas a los que se enfrentan aquellos historiadores que quedan fuera del mundo universitario, dada la imposibilidad de profesionalizar a todos los que lo desearían; hasta la de MªCruz García (III,p.189-192), que defiende la creación de un colegio oficial de historiadores, toman el pulso a estos problemas, viniendo a sumarse a 4 interesantes mesas de debates. Entre éstas cabe destacar la mesa E (II,p.195-205), en la que Ricardo García Carcel, Harvey J.Kaye o José A.Piqueras abordan las vinculaciones del historiador y el poder desde diferentes perspectivas. Gran relevancia adquiere el problema del relevo generacional y el de la subsiguiente carrera docente para acceder al profesorado universitario, discutidos en las mesas H (II,p.271-284) e I (II,p.285-296) con la participación, entre otros, de Fernando Devoto, Micheline Cariño o James Vernon y de Denis Menjot, Cristina Segura y Alfio Signorelli, respectivamente.

Como conclusión podríamos señalar que hemos intentado mostrar como las tres dimensiones que Gérard Noiriel considera definitorias del oficio del historiador están recogidas en estas actas, lo que supone, dada su vocación internacional y de debate, un punto de partida inapreciable para realizar un diagnostico completo de la disciplina. Es evidente que la clasificación que hemos realizado es susceptible de reelaboraciones, pues muchas intervenciones tocaban a la vez varias facetas del oficio, pero creemos que puede servir como punto de partida para una reflexión posterior más completa. El esquema aquí trazado no deja de ser estático, mas como el propio Noiriel plantea es apreciable una tensión saber/memoria y saber/poder que mantiene la dinámica de la disciplina. Sería interesante intentar determinar con exactitud estas tensiones para poder realizar dicho diagnóstico acorde con esa perspectiva pragmatista. En esta línea animamos, y esa ha sido nuestra intención al conjugar la evocación con la descripción, a la lectura de este compendio a profesionales de todas las disciplinas, a la vez que recordamos que el debate sigue abierto en la página de Internet http://www.h-debate.com a la espera de un próximo encuentro en Santiago para el 2004. Alejandro Estrella González.