Reseñas de las Actas del II Congreso Internacional Historia a
Debate
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Autor: Guillermo Turner |
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Presentación
Actas II Congresos Internacional y Manfiesto, 5 de julio en la UNAM |
Algunas palabras sobre las Actas del II Congreso de Historia a Debate
I.
Como se sabe, el II Congreso Internacional Historia a Debate se realizó
del 14 al 18 de julio de 1999 en Santiago de Compostela. Este Congreso, como el anterior de 1993, fue
pensado “como lugar de encuentro, discusión y consenso” para historiadores de
diversos orígenes, países, especializaciones y comunidades académicas. Algunas
ideas rectoras de este Congreso, planteadas por Carlos Barros, y que me parecen
centrales, fueron: “la historia debe ser hija de su tiempo” y “si cambia la
Historia cambia la escritura de la Historia” [1].
Las
Actas del II Congreso Historia a Debate
son tres tomos de cerca de 400 páginas cada uno. En ellas aparecen 75
ponencias de historiadores de 40 países [2],
así como las discusiones de 19 Mesas Redondas, participaciones que reflejan de
una manera muy clara las inquietudes del momento de historiadores de muy
diversos ámbitos. Existe, por otro lado, un Libro de resúmenes o abstracts de
las ponencias que aparecen en los libros de Actas y que se puede consultar en
la página Web de Historia a Debate (www.h-debate.com).
Carlos
Barros, profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, Secretario y
organizador de los 2 Congresos realizados de Historia a Debate, ha señalado con
razón, que estas Actas, así como las anteriores, ”constituyen ya una buena
enciclopedia de la evolución de la problemática historiográfica” de finales del
siglo XX[3].
A la vez, apunta, que Historia a Debate podrá ser “una radiografía excepcional
de la situación de la disciplina de la historia ante el nuevo siglo”[4].
Algunos
problemas y preocupaciones que con frecuencia se abordan o se tocan
tangencialmente en las ponencias y en las mesas redondas, ya a favor, ya en
contra, son cuestiones como la globalización, la modernidad y postmodernidad,
la narrativa, la fragmentación o el compromiso ético del historiador. En este
II Congreso (y en sus Actas) se constata la idea de que “la vieja y mecánica
relación centro/periferia ya no sirve para explicar la situación actual de la
historiografía mundial (...) que todas las historiografías nacionales son, o
pueden ser, centro y periferia”[5].
II.
Para
dar un panorama general de los contenidos de estas Actas, mencionaré los rubros
en que fueron reunidas las ponencias y posteriormente, las mesas de discusión:
En
el tomo I aparecen temas reunidos bajo los siguientes índices: “Balance de la
historiografía del siglo XX”, “Crisis de la historia, cambio de paradigmas”,
“Retorno del sujeto y fin de la violencia”, “Mentalidad, alteridad,
multiculturalismo”, “Pasados y presentes, pasados y futuros”. En el tomo II:
“La historia en el siglo XXI: nuevos enfoques”, “¿Cómo hacer historia global?”,
“Nuevas tecnologías y escritura de la historia”, “Historia ecológica, historia
general”, “¿Qué historia vamos a enseñar en el nuevo siglo?” Y en el tomo III:
“Historiografía, definición e historia de la ciencia”, “Historia,
historiografía y globalización”, “Historiografía y narración”, “Historiografía pos-colonial”, “Oficio de
historiador y “Especialidades históricas: convergencias”.
Por su parte, las mesas de
debate que aparecen en el tomo I son: “Balance de la historia del siglo XX”,
“Mitos, historiografía y nacionalismo”, “Chiapas y la historia”, así como
“Sexualidad, historia y política”. Las mesas del II tomo son: “El historiador y
el poder”, “El debate de las humanidades: balance y perspectivas”, “El
historiador, la ética y el compromiso social”, “Historia, empleo y relevo
generacional”, “Universidad: acceso al profesorado y carrera docente”, “¿Sigue
siendo la historia una ciencia?”, “Historia y discurso, narración y ficción” y
“Postmodernidad, historia y Nueva Ilustración”. Por último, las mesas del tomo
III son: “La interdisciplinariedad a debate”, “¿Está obsoleta la división de la
historia en áreas cronológicas?”, “Mujeres y hombres, ¿una historia común?”,
“Teoría e historia: una relación difícil”, “La historiografía gallega a
debate”, “El futuro de la historiografía española” y finalmente, “La
historiografía latinoamericana y su identidad.
A título de ejemplo de lo que representó este
Congreso Internacional y de las Actas que dan cuenta de él, quiero referirme a
2 de las Mesas Redondas, por lo que encerraron, tanto en contenidos, como en
las formas y fluidez comunicativas que pusieron en juego entre los
participantes.
III.
Si
bien en las ponencias siempre encontraba uno novedades y planteamientos de sumo
interés, en mi opinión, el mayor valor de este Cogreso se concentró
fundamentalmente en las mesas, pues fue justamente allí donde se daba a la
vista de todos el intercambio, la crítica, la argumentación y el consenso vivo
de los historiadores y otros profesionales vinculados con la historia. Esta
relación se daba de una manera directa, sin prácticamente ninguna mediación, como papeles, redacciones
eufemismos y circunloquios. En verdad fue algo digno de oírse.
En
este momento, no puedo más que intentar reconstruir los puntos clave de las
discusiones de dos de estas mesas.
En la “Mesa
A. Balance de la Historia del siglo XX” participaron inicialmente: Georg Iggers de la Universidad de Nueva
York, Hall S. Barron, de la Universidad de Claremont, California, Mercedes
Vilanova, de la Universidad de Barcelona, Mei Duanmud, del Instituto de
historia mundial de la Academia de las Ciencias Sociales de China, Robert
Bonnaud, de la Universidad París VII, Matti Peltonen, de la Universidad de
Helsinki, María G. del Pozo, del IES de
Soria y Montserrat Huguet de la Universidad Carlos III.
Se planteó en esta
mesa que el postmodernismo ha tenido en realidad pocas repercusiones sobre la
historia, pero que de cualquier manera resulta necesario discutir hasta qué
punto y de qué manera ha influido en este campo del conocimiento[6].
Igualmente se sostuvo que la postmodernidad es una especie de disfraz que lo
único que revela es “un gran vacío teórico en la historiografía” en la
actualidad[7].
En esta mesa se
examinó el alcance de la noción de “fragmentación” en la disciplina de la
historia, así como en la vida cotidiana del presente. Se defendió la diferencia
que existe entre una fragmentación y los estudios de carácter monográfico o
locales. Sobre la historia social clásica se plantea que ésta se encuentra
conformada por miles de monografías inscritas en un programa sobreentendido de
historia general[8].
Por otra parte se
considera la posibilidad de que en la actualidad se esté viviendo un proceso
contrario, es decir, de unificación y que la historia esté reuniendo una serie
de temas y saberes antes aislados, marginados u olvidados[9].
Asimismo, se
deslinda a la microhistoria de cualquier proceso de fragmentación, señalando
que aunque este tipo de historia es diferente a la monografía, aquélla destaca
el conocimiento de los procesos sociales, reconstituyendo lo social en la base
misma de la historia[10].
Este tipo de enfoque y tratamiento historiográfico, más cercano a los hombres y
mujeres reales, no pierde de vista los procesos más amplios en los cuales
quedan inscritos[11].
Se tocó en esta mesa
el asunto del público atraído por el conocimiento de la historia. Se señaló que
ahora, mientras que las teorías y metodologías se hacían más complicadas u
obscuras para mucha gente, parte del público se interesaba más por la historia
social debido a su vinculación a temas como la etnicidad, la identidad y la
sociedad multicultural[12].
Fue
discutido el asunto de los nexos y límites entre los historiadores
profesionales y otros hacedores de historia, no propiamente historiadores en el
sentido tradicional del término[13].
Se
señaló que si bien es cierto que la historia la escribían los vencedores, ésta
no era ya escrita sólo de esa manera, sino que los vencidos eran también
sometidos a una crítica real y que los marginados estaban siendo cada vez más
parte de la historia, en particular, de la microhistoria[14].
Los participantes
iniciales de la “Mesa N. ¿Está obsoleta la división de la historia en
áreas cronológicas?” fueron:
Santiago Castillo de la Universidad Complutense de Madrid, Robert Bonnaud de la
Universidad París VII, Fernando E. Dovalle, profesor Rede Municipal de Niterói,
Brasil, Javier Castro de la Universidad Autónoma de Madrid, Daniela Romagnoli
de la Universidad de Estudios de Parma y Didier N. Marquiegui de CONICET,
Argentina.
Fue abordado el
problema general de las cronologías en sus diversas manifestaciones como: la
división de la historia en áreas cronológicas o edades, las periodizaciones y
el uso de los marcos cronológicos.
Concretamente, se
discutió la utilidad o no de la división de la historia en áreas cronológicas,
Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea, así como de
periodos culturales o ideológicos como Renacimiento, Ilustración, Revolución
Industrial, etc. y finalmente la ubicación cronológica de procesos por medio de
siglos.
Se estuvo de acuerdo
en que el uso de las cronologías era un asunto de convenciones y como tal
podían ser suplidas por otras diferentes[15].
Una de las objeciones
a dichas divisiones fue que se trata de cronologías eurocéntricas que, al hacer
homogéneo al tiempo[16],
no dan cuenta de la cultura y particularidades de los procesos históricos de
otras zonas del mundo[17].
Un segundo problema
en torno al uso de las divisiones consistía en su falta de reconocimiento a los
avances conceptuales y metodológicos alcanzados por la historia[18].
Otra objeción a
dichas divisiones surgía de su poca adecuación para el caso de ciertos procesos
históricos o bien, de la falta de una verdadera o estrecha relación entre
procesos históricos muy diferentes pero que quedan ubicados en la misma área
cronológica, período o siglo.
Por otro lado, se
planteó la pregunta ¿por qué, si estas divisiones eran obsoletas, no habían
quedado superadas? La respuesta fue que el tiempo, ya en su versión lineal o de
procesos sociales específicos, todavía seguía siendo “un concepto fundamental
de la historia, el eje de la historia”[19].
Se sostuvo que “no
existe un único sistema de datación capaz de dar cuenta de [todo] un conjunto
de acontecimientos”[20],
sino que todas las construcciones cronológicas tienen una legitimidad al ayudar
a responder las preguntas que se hacen los historiadores[21].
Entre las ventajas
de recurrir a estas áreas cronológicas y periodizaciones estaba su utilidad en
la enseñanza, divisiones que habían ganado un lugar en las universidades a
partir de la Primera Guerra Mundial, antes de la cual sólo se impartían
cátedras de historia general[22].
El tiempo
cronológico, se defendió, es “un parámetro ... para localizar y disponer los
acontecimientos”. Se trata, de un “instrumento”, que como tal, sigue siendo
útil[23].
A través de las
áreas cronológicas los historiadores de diversas especializaciones y regiones
logran intercambiar conocimiento y experiencias con base en contextos
compatidos[24].
Se señaló que las
cronologías no podían abandonarse, que si bien es posible y necesario
cuestionarlas, en cualquier caso habría que construir o proponer otras, por
supuesto, de mayor coherencia y utilidad práctica[25].
Para algunos, era
necesario primero poner en claro: en base a qué habría que periodizar, si había
que hacerlo en función de un Estado nacional o bien, en base al tema estudiado[26].
Para otros, la
dificultad residía, más allá de las cronologías ceñidas a temas específicos, es
decir, en plantear grandes áreas cronológicas con base en sistemas culturales
homogéneos[27].
Se argumentó que a
fin de cuentas la Historia no era una ciencia del pasado, sino una ciencia del
tiempo[28].
Las opiniones se
mantuvieron divididas. Parecería que el problema de las edades, periodizaciones
y cronología era visto desde dos vertientes: una interna y la otra externa. La
primera, buscaba resolver el problema a través del uso de periodizaciones o
sólo de cronologías, a partir de los propios procesos estudiados, es decir,
resolvía este problema desde el mismo objeto de estudio. En este caso, la
búsqueda de la especificidad del fenómeno histórico estudiado parecía tener un
mayor peso. Esta corriente de pensamiento sostenía la obsolescencia de las Edades.
La segunda perspectiva, esto es, la externa, aceptaba más fácilmente las
divisiones convencionales y recurría a las edades y periodizaciones
establecidas, logrando obtener a cambio un mapa o esquema general de historia,
si bien lineal y polémico.
Hubo una tercera
postura que consideraba que era igualmente absurdo el uso de siglos, dado que
no necesariamente hay correspondencia y sentido entre los procesos históricos
de dos países o regiones diferentes[29].
Se dijo por otra parte, que este problema de periodización quedaba hoy
estrechamente vinculado a la teoría de la clasificación del campo de la
informática[30].
Ahora bien, si es cierto que fue especialmente
en las mesas redondas donde palpablemente tuvo lugar el debate y el diálogo,
también fue evidente que en diversas intervenciones no siempre surgía el
debate, en gran medida, me parece, por la enorme cantidad de inquietudes y
preocupaciones muy específicas de los participantes en torno a la historia, que
convertía algunas propuestas en actos sin respuesta y a ratos en aparentes
monólogos. Hay que reconocer igualmente, que en términos generales la comunidad
o comunidades de historiadores de diversas regiones y países, por razones de la
propia formación profesional o por falta de hábito, no estamos muy acostumbrados
a la comunicación fluida y al diálogo con otros colegas, y por ello mismo,
tampoco al debate, esto es, a la posibilidad de conocer y explorar otras
posturas o bien, algunos de sus argumentos.
Esto no significa que por parte de los
participantes no existiera una alta valoración del debate, sus acuerdos y
desacuerdos y toda la disposición personal hacia la cultura dialógica que esto
conlleva. Simplemente señalo que es precisamente este tipo de espacio que abre
el Coloquio de Historia a Debate, lo que hoy necesitamos los historiadores más
que nunca.
IV.
Por último, quiero
retomar algunos de los puntos que planteó Carlos Barros en su ponencia “El
retorno de la historia”,
pues además de resultar de gran interés, sus planteamientos pueden ayudar a
captar el espíritu del evento del cual surgen las Actas en cuestión.
Considera Barros que la historia ha sufrido una crisis en los términos de la teoría de Thomas Kuhn, es decir, que los grandes paradigmas del siglo XX han dejado de serlo[31].
Carlos Barros estima que actualmente la historia se
ve enfrentada tanto a concepciones postmodernas, así como a reacciones
radicales ante esa corriente postmodernista, como son las manifestaciones de
neoconservadurismo. Estos dos extremos deforman el sentido profundo de la historia,
a mi entender, amenazando uno su existencia y el otro su libertad. En cuanto al
origen de estas dos amplias corrientes, creo que es difícil decir cuál arribó
primero a la historia. Me atrevo a pensar que han podido crecer de manera
simultanea, sin ser una necesariamente el origen o la causa de la otra.
En cuanto a
los retornos específicos que ha experimentado la historia, el “giro
narrativista”[32] sería uno
de ellos, el cual consiste en un regreso a la historia narrativa, vinculado al
cuestionamiento que hacen los narrativistas duros, no sólo a todo ingrediente
calificado como “positivista”, sino a la negación de cualquier tipo de
fundamento [33], tanto a
las aportaciones historiográficas del siglo XX, como a las anteriores. Este
enfoque “concibe la historia como un estilo literario”[34].
Es en este marco que Barros plantea que han resurgido los tratamientos
tradicionales de la biografía y la historia política[35].
Otra fase del retorno de la historia ha consistido en
cifrar de nuevo las esperanzas de certeza, fundamentalmente en las fuentes y su
crítica[36],
lo cual ha llamado “giro positivista”[37].
Explica Carlos
Barros que la forma de concebir la historia no dependa de la situación
generacional[38], si bien
considera que los jóvenes en general estarían en una mejor posición para captar
los problemas y las soluciones[39].
Ante estas corrientes, Barros propone que “Después de la crítica destructiva
del postmodernismo y de la reacción neoconservadora de los <retornos>, sólo queda por probar [...] la
reconstrucción orientada hacia un futuro [...] global.”[40].
La solución a estos
retrocesos sería una revolución historiográfica[41].
Y la manera que propone Barros para realizarla, es por la vía de la ciencia.
Para empezar, poniendo al día los historiadores nuestro concepto de ciencia, de
manera análoga, -no igual-, a como se ha planteado en diversas disciplinas
científicas. Concretamente, por medio de “Síntesis y reflexión, reconstrucción
y reforma, investigación y debate: ahí están algunas de las bases esenciales
del cambio de paradigma que necesitamos”[42].
Por otra parte, los
historiadores no podemos ceder a otros profesionales nuestra responsabilidad
histórica de hacer reflexión historiográfica de fondo[43].
Un nuevo paradigma
historiográfico no excluye la historia narrativa, sencillamente se opone a que
la historia deje de ser científica[44].
En este sentido, la verdad, a pesar de sus dificultades y la relatividad que
encierra, no puede dejar de ser un concepto clave para la historia[45].
Guillermo Turner R.
Dirección de Estudios Históricos, INAH
México DF
[1] Carlos Barros, “Acto de clausura” en Carlos Barros (ed.), Historia a Debate, tomo I, Cambio de siglo, Ponte Ulla-Vedra, 2000, p. 34.
[2] Carlos Barros, “Introducción” en Carlos Barros (ed.), op. cit., p. 7.
[3] Ibid, p. 8.
[4] Carlos Barros, “Acto de clausura” en Carlos Barros (ed.), op. cit., p. 34.
[5] Ibid, p. 8.
[6] “Mesa A. Balance de la historia del siglo XX” en Carlos Barros (ed.), op. cit., , p. 343.
[7] Ibid, p. 359.
[8] Ibid, p. 357.
[9] Ibid, p. 350.
[10] Ibid, p. 357.
[11] Idem.
[12] Ibid, p. 358.
[13] Ibid, p. 365.
[14] Ibid, p. 366.
[15] “Mesa N. ¿Está obsoleta la división de la historia en áreas cronológicas? en Carlos Barros (ed.), tomo III, Problemas de historiografía, op. cit., p. 266.
[16] Ibid, p. 259.
[17] Ibid, p. 258.
[18] Idem.
[19] Ibid, p. 259.
[20] Ibid., p. 264.
[21] Idem.
[22] Ibid, p. 257.
[23] Ibid, p. 259.
[24] Idem.
[25] Ibid, pp. 259 y 264.
[26] Ibid, p. 266.
[27] Ibid, pp. 259 a 260.
[28] Ibid, p. 258.
[29] Idem.
[30] Ibid, p. 268.
[31] Carlos Barros, “El retorno de la historia” en Carlos Barros (ed.), op. cit., p.155.
[32] Ibid, p. 158, nota 37.
[33] Ibid, p. 157.
[34] Ibid, p. 158.
[35] Ibid, p. 155.
[36] Ibid, p. 156.
[37] Ibid, p. 157.
[38] Idem.
[39] Idem.
[40] Ibid, p. 159.
[41] Idem, p. 159.*****
[42] Ibid, p. 161.
[43] Ibid, p. 167.
[44] Ibid, p. 164.
[45] Ibid, p. 167.