Seminario "Historia a Debate"

Sesión del 29 de noviembre
Seminario: "¿De qué hablamos cuando hablamos de Historia de la Educación?".
Informa: José Miguel SOMOZA (Universidad de Luján, Argentina)

Respuestas II

Contenidos en este documento:


Estimado Eugenio:

Efectivamente no había captado el sentido de tu pregunta final. En principio debo decir que coincido plenamente contigo: en América Latina podemos diferenciar dos (en sentido general) mentalidades: la "occidental" o "europea" y la amerindia, no obstante las diferencias que, a su vez, podríamos encontrar en ellas, y que, como tú dices, entender estas mentalidades (como "programas de percepción de la realidad") es crucial para tratar de comprender no sólo los conflictos sino las producciones culturales, las repuestas frente a los acontecimientos, o las vivencias de lo cotidiano. Me viene a la memoria el libro de Todorov, creo que se titula La imagen del Otro, en el que plantea (grosso modo) que la conquista de América no fue solo un enfrentamiento entre la flecha y la pólvora sino entre distintos modos de comunicación y percepción, planteo este último que, en términos generales y aplicados a las diferencias entre sociedades orales y escrituradas, proponen también otros autores como Jack Goody, Walter Ong o Paul Zumthor.

Y ya que citas a escritores permíteme mencionar a Juan Rulfo quien, en opinión personal (y sin valorar aquí sus enormes méritos literarios), logra expresar el tipo de estructura mental y comunicacional de, por lo menos, los indígenas del centro-norte de México. Los relatos de El llano en llamas y la novela Pedro Páramo son (al margen, repito, del valor literario) verdaderos documentos etnológicos. También mencionaría, en el mismo sentido, a Manuel Scorza, para las comunidades andinas, con su ciclo de novelas sobre los levantamientos campesinos en Perú (Redoble por Rancas, Garabombo el Invisible, El Cantar de Agapito Robles, etc.), y quizás a Augusto Roa Bastos, sobre las comunidades guaraníes (y cito arbitrariamente sólo basándome en gustos personales). Y para terminar, el "sup" Marcos, mentalidad "mestiza" si cabe la expresión, una por origen e inserción social, otra por decisión y voluntad personal, a partir de la primera.

Y con esto retomo el tema de la "ciudadanía universal", con lo que quería expresar, básicamente, dos cosas: un concepto amplio de ciudadanía que, además de los derechos políticos (cuando existen o se cumplen) incluya los sociales y económicos, comenzando por el respeto irrestricto a los derechos humanos elementales (contra los que no caben argumentos basados en supuestas razones culturales, históricas o confesionales) y, en segundo lugar, las "identidades múltiples", como concepto que se opone a las "identidades nacionales excluyentes" o aún a "identidades culturales excluyentes", conceptos éstos que, a su vez, no tienen que ver con el amor espontáneo a la tierra de los padres, o al lugar en que se nació, o a la "cultura materna", sino que son producto, en las sociedades "modernas", de la intervención sesgada del poder político que produce una cultura de base xenófoba.

Por "ciudadanía universal" no entiendo tampoco la homogeneización, la disolución en una "media standard", al modo de la presente expansión neoliberal, sino el respeto a la diversidad, a la pluralidad, a lo diferente, única probabilidad de supervivencia y crecimiento. También entiendo que la propia identidad no tiene porqué ser unilateral: podemos ser varias cosas al mismo tiempo: aymaras y occidentales, "sudacas" y europeos, calabreses y argentinos, irlandeses y yankees, bereberes cosmopolitas, ciudadanos, en definitiva, de aquél planeta "azul pálido".

Un saludo muy cordial
Miguel Somoza


Estimado Luis:

La historia de la educación parece haber seguido un curso algo diferente que el seguido por la disciplina “historia” en sentido tradicional: mientras la historia tradicional o “política” estuvo durante mucho tiempo vacía de teorización y volcada hacia los “acontecimientos” particulares, la historia de la educación, debido a su origen en las facultades de filosofía, luego a su inserción en las de pedagogía e, incluso, a la impronta que dejó en ella Durkheim ligándola a la sociología, contó desde el principio con un aparato teórico del que careció la primera (a nivel académico) hasta, prácticamente, la llegada de la escuela de Annales. Pero ambas formaron parte de los objetivos y de la división del trabajo propugnados por el positivismo; y si la historia de la educación estuvo sumida durante años, como tú dices, en una visión clerical y confesional debido al intento de legitimar el papel formador y de orientación moral de la Iglesia, la historia general estuvo y aún está terriblemente lastrada por la función que le fue asignada por los Estados Nacionales de principal disciplina escolar configuradora de conciencias, a través de la difusión e inculcación de un pasado mítico, sesgado o, directamente, inventado.

Estoy totalmente de acuerdo contigo que los fenómenos educativos sólo pueden comprenderse relacionados con la sociedad, política, economía, etc., pero no me parece que sea, principalmente, un problema del tipo de profesionales que se ocupan de la discplina, aunque la formación de grado y su vinculación a ciertas tradiciones institucionales, es obvio, influye, y mucho. En definitiva, tener título de historiador en vez que de pedagogo, o sociólogo o filósofo o antropólogo, no es garantía de gran cosa, en un campo que, como el de la educación (o, en otros términos, el campo de la “producción-reproducción social”), exige una colaboración inter-multi-disciplinar real, no sólo declamada.

Y dejo plena constancia que mi título profesional es de historiador.

Coincido sí contigo en que los historiadores y la historiografía, con su conjunto de técnicas y procedimientos, tienen algo importante que decir y hacer en la “historia” de la educación, así como los pedagogos tendrán mucho que decir del papel desempeñado por la disciplina “historia” (y por algunos historiadores) en los curricula institucionales y obligatorios.

Un saludo muy cordial
Miguel Somoza.


Estimado Rafael:

Primero, gracias por tus comentarios. Después, decirte que no he leído el libro de José Antonio Marina, pero lo leeré. Finalmente, que el mérito (uno de los “méritos”, por así decir) de la Modernidad fue transformar el concepto de poder (la actuación del poder) desde la pura negatividad, represión, prohibición y exterioridad, hasta la “positividad”, interioridad, prevención y formación, convenientemente combinadas con las anteriores, Foucault dixit. La “posmodernidad” parece orientarse hacia una supuesta tolerancia general, cimentada en realidad en una dinámica de aceptación-integración-recompensa versus crítica-exclusión-ostracismo. Es decir, reforzando notoriamente la recompensa ante la integración, y disimulando el seguro castigo ante la crítica; en otras palabras, "comprando" más que prohibiendo o reprimiendo.

Yo tampoco sé bien cómo conciliar lo “universal-plural”, pero las formas mentales de “dicotomía excluyente” (o esto o lo otro), o el juego “premiar-castigar” (el policía bueno y el policía malo, pedagogía jesuítica y pedagogía rousseauniana) para inducir sumisión, acatamiento y lealtades pre-racionales, seguro que no son el camino.

Un saludo muy cordial.
Miguel Somoza