CIENCIA HISTÓRICA Y COMUNIDADES HISTORIOGRÁFICAS: SOCIOANÁLISIS DEL GRUPO MANIFIESTO DE HISTORIA A DEBATE*

 

Para llevar a la luz lo oculto por excelencia, lo que escapa a la mirada de la ciencia porque se refugia en la mirada misma del científico, el inconsciente transcendental, es preciso historizar al sujeto de historización, objetivar al sujeto de objetivación.

Pierre Bourdieu 

 

PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA Y MARCO CONCEPTUAL

El 11 de septiembre de 2001 un grupo de 23 especialistas de diferentes disciplinas e integrantes de la comunidad historiográfica de Historia a Debate (HaD), firmaron un manifiesto por el que llevaban a cabo un diagnóstico de la disciplina, una declaración de objetivos y un posicionamiento frente a otras propuestas[1]. El Manifiesto HaD no cayó como rayo de cielo sereno. Comprender como llegó a gestarse obliga a situarnos a comienzos de la década de los 90 del siglo pasado, cuando un grupo de historiadores puso en marcha el proyecto HaD, con el que se pretendía abrir un espacio de reflexión sobre la disciplina histórica y ofrecer alternativas al impasse teórico y empírico en el que se encontraba inmersa. A partir de aquí se sucedieron diferentes proyectos de investigación y congresos internacionales, se intensificaron los lazos e intercambios dentro del grupo, se dio el salto a Internet y se entró en contacto con otras comunidades historiográficas. Fruto de la reflexión y el análisis de lo aprendido a lo largo de casi una década de trabajo se elaboró, consensuó y publicó un manifiesto por el que se hacía oficial el posicionamiento de una nueva comunidad académica, que quedaba de esta manera constituida simbólicamente. Desde ese 11 de septiembre del 2001 a la actualidad se han venido produciendo decisivos cambios en el proceso histórico, en la vida de nuestra disciplina y en la propia comunidad de HaD, lo que ha llevado a considerar la necesidad de llevar a cabo una relectura crítica del manifiesto a la luz de dichos cambios. Tomando como referencia el saldo arrojado por las conclusiones del III Congreso Internacional de HaD dicha relectura se advierte inminente, con lo que –ya proceda a una confirmación del posicionamiento del 2001, ya lo varíe sustancialmente o ya se maticen determinados aspectos- habremos entrado en una nueva fase de la vida de esta comunidad.

En las páginas que siguen pretendemos llevar a cabo un análisis de esta comunidad y propuesta historiográfica a lo largo del periodo señalado (principio de la década de los 90 a la actualidad). Justificar este trabajo –y poner de paso de manifiesto los supuestos teóricos y metodológicos desde los que vamos a trabajar- pasa por ubicar el comienzo de nuestra disertación en el campo de la epistemología de la ciencia, y en concreto en el de la historia.

            A lo largo de la segunda mitad del siglo XX hemos sido testigos de cómo la historia y la sociología adquirían un papel cada vez más relevante a la hora de explicar los determinantes que coadyuvan en la producción científica. Este peso creciente vendría acompañado de un giro hacia la esfera de la subjetividad, toda vez que la aplicación de los recursos de ambas disciplinas habría puesto de manifiesto el papel activo desempeñado por el agente del conocimiento; papel que había sido marginado por el positivismo lógico y que no terminaba de emerger en el racionalismo crítico de K. Popper. Este contexto adquiere perfiles específicos por lo que a nuestra disciplina se refiere. En primer lugar, el peso de una epistemología aun subrepticia de corte positivista no abandona nuestro campo del saber por mucho que epistemólogos o teóricos de la historia hayan decretado su defunción a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. En segundo lugar, la llamada ‘crisis de la historia’ que se gesta desde la década de los 80 y que eclosiona en una verdadera fragmentación teórica de la disciplina a comienzos de los 90 nos sitúa ante un contexto que algunos consideran de revolución o transición paradigmática[2].

Si tenemos en cuenta ambas variables podemos identificar como uno de los posibles escenarios a los que se enfrente nuestra disciplina en un futuro próximo, la reconstrucción de un paradigma ampliamente reconocido cuya dimensión epistémica se caracterice por una ruptura definitiva con el positivismo y la incorporación del papel activo de la subjetividad en la producción historiográfica. Pero si es probable un giro subjetivista en la epistemología del saber histórico cabe preguntarse por el tipo de subjetividad que podemos otear en este horizonte próximo. Y es aquí, a la hora de dar forma al agente del conocimiento (histórico), donde podemos distinguir diferentes propuestas en curso.

¿Supone este giro subjetivista una revancha de cierta historiografía tradicional? En cierto sentido podemos decir que sí, toda vez que es posible identificar quienes sostienen esta interpretación: ya sea en consonancia con una suerte de humanismo tradicional que reintroduce la figura fundante de un sujeto metafísico de perfil racional, moral o religioso; ya sea desde una hermeneútica de corte conservador que entiende el conocimiento como una mera labor interpretativa o empática, ante la imposibilidad de trascender los limites de la tradición heredada. El problema de este giro conservador es que no supone ningún avance en la comprensión del papel del agente científico o historiográfico, lo que obliga a cuestionar su capacidad para introducir una ruptura novedosa en el discurso historiográfico; ruptura requerida en todo proceso de transición paradigmática. ¿Qué otras interpretaciones permiten encarar la construcción de un nuevo paradigma en el que, no sólo reconozcan el papel epistemológicamente activo de la esfera de la subjetividad, sino que introduzcan una nueva forma de comprenderla? 

            En líneas generales, podemos considerar que las diferentes propuestas que integrarían esa nueva epistemología ‘postpositivita’ se caracterizan por sostener una concepción de la ciencia como una gran construcción colectiva cuyo agente, lejos de tentaciones metafísificas, se encuentra históricamente constituido. Dentro de esta frontera cabe distinguir dos grandes tendencias. Por un lado, se encuentran aquellas propuestas que entienden que una labor de historización radical desmitifica la ciencia, al mostrar su condición de construcción cultural o discursiva[3]. Esta desenmascaramiento pondría de manifiesto la arbitrariedad y violencia implícita en las nociones de verdad universal y objetividad inherentes a la actividad científica, que queda reducida a un mero espacio de confrontación de poder entre intereses irreconciliables o discursos irreductibles entre sí. El problema de esta línea interpretativa es que la labor de deconstrucción que lleva a cabo no se ve compensada por una aspiración a reconstruir a partir de nuevos supuestos, lo que nos deja sin ningún referente –se entiende que de tipo ‘postpostivista’- desde el que valorar nuestras producciones. Por tanto, dado el desfondamiento al que queda sometida la aspiración científica de la historia, resulta difícil comprender –si es que este fuera uno de sus objetivos, supuesto harto dudoso- cómo una propuesta historiográfica apoyada en esta línea epistémica sea capaz de liderar una futura reconstrucción del paradigma disciplinario.

            Más allá de la antinomia conformada por esta línea ‘nihilista’ y la representada por el positivismo, encontramos un conjunto de propuestas que aún reconociendo en la ciencia la construcción de un sujeto colectivo históricamente constituido, entiende la posibilidad de concebir la objetividad y la verdad universal de sus producciones. Frente a la postura nihilista se sostiene que las diferentes disciplinas científicas se encuentran reguladas por una normatividad que rige sus producciones (construcción de problemáticas, criterios de validación, metodología y uso de técnicas adecuado, etc.) y que alcanzan objetividad y validez universal para el conjunto de agentes implicados. Pero, frente a la línea positivista, entiende que esta normatividad se encuentra sometida a las determinaciones de las condiciones sociales y a la dinámica histórica que caracterizan a las formas de vida académica y a los usos sociales de dicha producción[4]. Con un fin ilustrativo, podemos decir que lo que caracteriza a esta línea interpretativa es el haber sustituido la pregunta positivista referente a los mecanismos formales que posibilitan la adecuación entre el sujeto y el objeto del conocimiento, por el análisis de las relaciones prácticas entre los sujetos a la hora de definir la adecuada relación del sujeto con el objeto. En otras palabras, se considera que sólo bajo determinadas configuraciones prácticas intersubjetivas –social e históricamente determinadas- se producen las condiciones de posibilidad de enunciados dotados de objetividad y validez universal. Podemos establecer cierto vínculo genético entre esta concepción intersubjetiva de la ciencia y la epistemología crítica kantiana, a condición de complementarla con una crítica de la crítica (una ‘Aufklärung’ de la ‘Aufklärung’) que, remontándose al Marx de la Tesis contra Feurbach, apuesta por una historización y sociologización de los aprioris kantianos[5].

            No debe resultar extraño que, dada la triple reivindicación recogida en el manifiesto HaD de la necesidad de reconstruir un nuevo paradigma historiográfico, del papel activo del historiador en la producción historiográfica y de la defensa de una nueva ilustración, quepa ubicar el proyecto de HaD dentro de esta última tendencia ‘postpositivista’. En concreto, se habría llevado a cabo un alineamiento crítico con las tesis de T.S. Kuhn. Bien puede parecer que, asumido como posible un escenario caracterizado por la reconstrucción del paradigma historiográfico bajo una concepción activa de la esfera de la subjetividad e identificada una propuesta como la kuhniana capaz de  comprender ambos fenómenos, nos encontramos en disposición de llevar a cabo el análisis y explicación del comportamiento de un sujeto historiográfico, como es el caso del grupo HaD –que además reconoce las deudas contraídas con dicha propuesta. No obstante, procederemos a realizar dicho análisis desde la sociología de la ciencia de P. Bourdieu; propuesta alternativa a la de Kuhn pero ubicada dentro de la misma familia ‘postpositivista’ que hemos esbozado más arriba. ¿Cómo justificar esta elección?

            En primer lugar, debemos tener en cuenta que el alineamiento con las tesis de Kuhn que realiza HaD no se encuentra exento de matizaciones[6]. Estas matizaciones afectan a lo que podemos considerar la versión más extendida –y a mi juicio más problemática - de Kuhn: la lectura que suele realizarse de la Estructura de las revoluciones científicas y que sostiene la absoluta dominancia de un paradigma en el periodo de ‘ciencia normal’ y la inconmensurabilidad entre los paradigmas separados por ‘revoluciones científicas’. De esta manera, por un lado, en el punto VI del Manifiesto HaD se reconoce que el concepto de “revolución científica” es entendido no sólo como ruptura, sino también como continuidad disciplinar[7]. Por otro lado, C. Barros señala en una conferencia impartida en Buenos Aires que: “si en el concepto kuhniano de ‘revolución científica’ hemos reintroducido cierta continuidad paradigmática, en el concepto de ‘ciencia normal’ hemos introducido la continuidad del debate”[8]. Pero las matizaciones que introduce HaD a la interpretación más extendida del ciclo kuhniano dejarían de serlo si nos detenemos en una lectura alternativa, sin duda menos exitosa. Podemos considerar, por un lado, que incluso el mismo Kuhn de la Estructura deja una puerta abierta a que el paradigma conforme al cual se ordena una disciplina en el periodo de ciencia normal conviva con otros, lo que supondría reintroducir el debate en dicha fase y, en consecuencia, vendría a coincidir con la matización que introduce el manifiesto HaD a la lectura más extendida. Por otro lado, del Kuhn de la Tensión Esencial es posible interpretar que la tensión fundamental que articula la ciencia es precisamente aquella que se produce entre la innovación y la tradición, resolviéndose de tal forma que la primera siempre implica a la segunda[9]. Al entender que la revolución incorpora la tradición y que ésta finalmente arraiga en el nuevo paradigma dominante, se reintroduce cierta continuidad lógica entre paradigmas sucesivos, lo que vendría a coincidir en este caso con la segunda matización realizada por Barros. En segundo lugar, esta doble lectura del ciclo kuhniano tiene su corolario sobre la problemática fundamental que aquí nos ocupa: la noción de subjetividad científica. Siguiendo con la versión más extendida, considerar la absoluta dominancia del paradigma vigente durante el periodo de ciencia normal -compartido sin fractura por todo el conjunto de especialistas que practican esa disciplina- supone trabajar con una subjetividad científica homogénea, identificada con la comunidad académica en su totalidad. Nuevamente, se trata de una concepción excesivamente monolítica que oscurece las fracturas y luchas científicas que caracterizan la vida académica aún en periodos de ciencia normal. Y nuevamente, al considerar la lectura alternativa de Kuhn, es posible una visión más compleja de la subjetividad científica, en la que se reconozca la existencia de paradigmas y comunidades rivales sin menoscabo de la existencia de un paradigma dominante y de una comunidad científica a él asociada. Finalmente y en tercer lugar, debemos considerar que el propio Bourdieu, sin dejar de marcar ciertas distancias en la línea de las matizaciones que hemos apuntado, reconoce las similitudes de su propuesta con la de Kuhn[10].

Teniendo en cuenta estos tres puntos se nos presentan tres alternativas complementarias; es decir, podemos optar por una de ellas sin que esto suponga que las otras dos pierdan validez: podemos optar por la versión más extendida del Kuhn de la Estructura, teniendo siempre presentes las matizaciones antes señaladas; podemos olvidar las matizaciones y sostener la propuesta epistémica de HaD sobre la lectura alternativa de Kuhn; o, finalmente, podemos explorar y poner a prueba la capacidad de nuevos recursos para, sin transformar los contenidos esenciales de la propuesta de HaD, intentar ganar en concreción, claridad conceptual y aplicabilidad. Como hemos adelantado, creemos que en esta línea se sitúa la propuesta de Bourdieu. De forma que optamos por esta última alternativa en tanto que experimento, cuyos resultados deben ser juzgados en función de esa capacidad para ganar en concreción, claridad y aplicabilidad[11]. 

            Respecto a la problemática que aquí nos ocupa, lo que nos ofrece la propuesta de Bourdieu es una metodología de análisis adecuada a un tipo de subjetividad científica de perfiles conceptuales específicos, aplicable a casos diversos[12]. La técnica del socioanálisis tiene como objeto no un individuo, ni un laboratorio o grupo de investigación, ni siquiera una comunidad disciplinaria al estilo kuhniano, sino a unos agentes constituidos como habitus[13]. La noción de habitus hace referencia al sistema de disposiciones incorporadas por los agentes, predispuestas para funcionar como principios generadores de prácticas y representaciones. Lejos de tratarse de una propiedad innata o natural, el habitus es producto de determinadas condiciones de existencia y se adquiere mediante complejos procesos experienciales de aprendizaje. Este sistema de disposiciones y representaciones que constituye el habitus interactúa con las situaciones a las que se enfrenta el agente, permitiéndole llevar a cabo tomas de posición y desarrollar estrategias de acción adecuadas a dichas situaciones.

Las ventajas concretas que nos reporta la utilización de la técnica del socioanálisis y del concepto de habitus son de tres tipos. En primer lugar, una ventaja de orden teórico: la técnica del socioanálisis nos permite romper con la estéril dicotomía sujeto-objeto (acción-estructura) y poner de manifiesto las microdinámicas que explican el comportamiento del agente científico. Como veremos posteriormente, comprender la acción pasa por tener un conocimiento exhaustivo de las condiciones objetivas en las que se ha producido un determinado habitus. Pero al introducir este concepto, conjuramos el peligro de deducir directamente la acción de dichas condiciones, sin que por ello tengamos que apelar a una subjetividad fundante: el habitus –definido por Bourdieu como ‘sentido práctico’- nos permite romper tanto con un objetivismo que reduce la acción a un epifenómeno de las estructuras objetivas como de un subjetivismo que la considera el resultado de una elección deliberada por parte de un sujeto autónomo. Frente al objetivismo de cualquier tipo, el habitus hace valer su capacidad creativa. Constituido como un ‘sentido del juego’, es adquirido mediante un aprendizaje por el que el agente incorpora las reglas vigentes en el juego, convirtiéndolas en recursos prácticos flexibles que le permiten hacer frente a coyunturas imprevistas, anticiparse a posibles lances y crear e innovar de forma regulada. Esto no significa que el habitus deba confundirse con una racionalidad consciente. Frente al subjetivismo que fundamenta sobre una suerte de cogito cartesiano el comportamiento del agente, el habitus debe entenderse como historia incorporada, en sentido literal del término; es decir, se inserta en el cuerpo, no en la mente o la conciencia, constituyendo una suerte de inconsciente práctico que funciona estimando de forma no calculada el porvenir probable, y adecuando a dicha estimación la estrategia a seguir. Esto no quiere decir que el cálculo o la reflexión consciente no intervengan, pero lo hacen de forma secundaria, siguiendo el ‘tirón’ de un habitus en el que, en este caso, predominan disposiciones de cálculo[14].

En segundo lugar, una ventaja de orden metodológico: el concepto de habitus, objeto del socioanálisis, hace referencia a una realidad histórico y social (colectiva) que existe de forma individualizada[15], lo cual no nos obliga a especificar una subjetividad científica a priori, ya sea individual o colectiva. El habitus puede referirse tanto a un individuo como a un grupo, una tendencia o a toda una comunidad académica.

En tercer lugar, una ventaja de orden ético-práctico: el socioanálisis aplicado sobre la subjetividad científica –en nuestro caso una comunidad historiográfica como HaD- bien puede comprenderse desde “la noción foucaultiana de ‘tecnologías del yo’, entendida como el tipo de prácticas por las que los seres humanos tratan de gobernarse a sí mismos para constituirse como sujetos”[16]. El socioanálisis tiene como objeto sacar a la luz los condicionantes sociohistóricos en los que se forja el habitus investigador, emplazados a dos escalas: el ‘espacio social’ como ámbito de las posiciones y fracciones de clase y el ‘campo social’ como microcosmos específico en el que se ubica el investigador (véase, el campo historiográfico). Si estos condicionamientos se mantienen ocultos, las disposiciones que producen acaban proyectándose de forma incontrolada sobre su objeto de estudio. Un sesgo específico que adquiere el habitus investigador está relacionado con una forma de existencia común a todos los campos académicos: la posibilidad de distanciarse temporalmente de la práctica y adoptar la actitud contemplativa de un espectador, incorporando la ilusión del punto de vista puro, absoluto, desinteresado[17]. Esta particularidad tiende a engendrar disposiciones intelectualistas que predisponen al investigador social a olvidar que su mirada docta –al igual que la de su objeto- es también producto de una historia y de unas condiciones concretas. El socianálisis se revela en este punto como una ‘objetivación del objetivador’, un ejercicio de reflexividad que permite sacar a la luz el impensado inscrito en su propia historia y en la de su disciplina que, de otra forma, actuaría incontroladamente. Para Bourdieu, esta historia social de la propia disciplina y de la forma en la que el investigador incorpora los diferentes determinismos sociales, adquiere la forma de una práctica de la libertad: sólo al desenterrar los condicionantes en los que se forja el habitus y los mecanismos que lo constriñen el científico social adquiere una mayor autonomía respecto a sí mismo y su entorno, pudiendo así intervenir activamente en la forja de un habitus siempre en continua construcción. Si finalmente entendemos con Bourdieu que este ejercicio de reflexividad, lejos de un repliegue narcisista, aspira a incorporarse en el habitus de todo investigador se abre la puerta a una conquista colectiva de autonomía frente a determinaciones o poderes exógenos, lo que es sinónimo, situados en un escenario postpositivista, de una mayor cientificidad.

Creemos que todos estos argumentos, junto con la coyuntura historiográfica por la que atraviesa nuestra disciplina y hacia la que parece apuntar, justifican el llevar a cabo el socioanálisis de una comunidad historiográfica como HaD. Encarar este desafío implica asumir como supuesto la existencia de un habitus compartido entre los miembros de dicha comunidad. El simple hecho de su existencia creemos que así lo demuestra. Pero no debemos olvidar que el habitus es una identidad en constante proceso de formación. Este trabajo pretende por tanto contribuir a producir espacios de autonomía desde los que la comunidad de HaD pueda intervenir activamente en la forja del propio habitus; ejercicio de reflexividad que adquiere aún si cabe mayor urgencia ante la relectura del manifiesto que tendrá lugar de forma inminente. En los siguientes apartados abordaremos, por tanto, el análisis de los dos ámbitos concretos en los que se ha forjado ese habitus objeto de reflexión.

 

ESPACIO SOCIAL Y GRUPO MANIFIESTO HISTORIA A DEBATE

El concepto de espacio social nos permite construir un ámbito de posiciones de clase en movimiento en un contexto espacial y cronológico determinado[18]. No se trata por tanto de un dato empírico primario, sino de una construcción analítica con fines heurísticos. Esto nos obliga a hacer explícitos los criterios a partir de los cuales vamos a construir dicho espacio, criterios que en todo caso deben arrojar una muestra significativa.

En primer lugar, la dimensión cronológica abarca desde comienzos de la década de los 90 al momento actual, periodo en el que HaD desarrolla su trayectoria en el campo historiográfico. Es posible dividir este periodo en dos subetapas delimitadas por la elaboración y publicación del manifiesto HaD[19]. En segundo lugar, la dimensión espacial se define a partir de dos vectores. Por un lado, nuestro análisis no toma como objeto a toda la comunidad de HaD, sino a los 330 firmantes que integran actualmente el Grupo Manifiesto (GM). HaD se articula a través de una estructura de círculos concéntricos en el que el GM constituye el núcleo central; quedando constituidos los otros dos por las listas de distribución (2.200 integrantes en la lista general y 700 en la de Historia Inmediata) y la mera colaboración[20]. Podemos considerar que esta muestra es significativa toda vez que representa a los integrantes de HaD con un mayor grado de compromiso (práctico y teórico) con el proyecto colectivo explicito en el manifiesto. Dado el carácter internacional de la comunidad de HaD, es posible encontrar entre los firmantes historiadores de los cinco continentes (destacando la representación española y latinoamericana). Sin embargo, nuestra muestra, sin menoscabo de su representatividad, tomará como objeto a los integrantes españoles del GM (84 firmantes), por tres razones. En primer lugar, porque la representación española constituye la minoría mayoritaria, no sólo del GM, sino de toda la comunidad de HaD. En segundo lugar, porque pese al acelerado proceso de internacionalización, es posible distinguir una historia relativamente homogénea de los diferentes campos académicos a nivel de coordenadas estatales; quizás como consecuencia del papel que hasta el momento –decreciente pero aún determinante- ha desempeñado el estado en la esfera de la educación y de la producción de conocimientos (leyes reguladoras, reconocimiento de títulos, dotación de recursos, alcance y difusión de publicaciones, etc.). Finalmente, porque al construir nuestro espacio social sobre las coordenadas de un país ganamos en concreción, sin menoscabo de fomentar la realización de nuevos socioanálisis de HaD a partir de diferentes criterios, con la mirada puesta en una posterior síntesis general[21].

            Acotadas estas coordenadas podemos reconstruir el espacio social pertinente en el que determinar la posición y trayectoria de la clase a la que pertenecen los integrantes del GM. Pero debemos comenzar con una observación importante. Si por algo caracteriza el aparato teórico que nos ofrece Bourdieu, es por adoptar un decisivo enfoque relacional por el que cualquier elemento (sea una posición, una habitus o una práctica) se distingue y define en relación al resto. Determinar la posición y trayectoria de la clase a la que pertenecen los integrantes del GM pasa, por tanto, por insertarla en el sistema de relaciones que constituyen todas las clases implicadas en el espacio social.

En otras palabras, se trata de identificar una estructura de clases en la que sea posible agrupar a los integrantes del GM. Identificar una estructura significa poder establecer diferencias dentro de un sistema relativamente homogéneo, como es el caso del espacio social español de la década de los 90. En los universos sociales podemos llegar a establecer estas diferencias en función del desigual acceso a la distribución cualitativa y cuantitativa de los recursos existentes.

Bourdieu denomina a estos recursos –en tanto que bazas que pueden ser puestas en juego por los diferentes agentes- con el nombre de ‘capital’. Estipular el capital del que dispone un determinado agente supone atender a tres dimensiones: el volumen, la estructura (producto de la combinación específica de cuatro formas esenciales de capital: económico, social, cultural y simbólico) y la trayectoria (entendida como el itinerario que desemboca en el volumen y estructura del que dispone el agente en un momento determinado)[22]. Las diferencias relativas a estas tres dimensiones (volumen, estructura y trayectoria) permiten construir ese ámbito de posiciones en movimiento –en el que los puntos más próximos, aquellos que comparten propiedades semejantes, pueden ser agrupados como clases- al que hemos denominado espacio social. 

En definitiva, identificar la posición de clase y la trayectoria de los integrantes del GM pasa por caracterizar el capital del que disponen en relación al de otros agentes, para determinar a continuación cómo ha variado el valor de esas bazas en función de los acontecimientos acaecidos en el espacio social. Con un fin ilustrativo podemos apoyarnos en el cuadro que nos ofrece Bourdieu de la sociedad francesa de los años 60 en su obra La Distinction[23]. Es fácil identificar a partir de este cuadro la posición que ocuparían los integrantes del GM en función del volumen de capital de que disponen: integrantes en su mayoría del cuerpo de funcionaros vinculados a la enseñanza superior y secundaria, cabe ubicarlos en una clase media correspondiente a una posición intermedia en la escala social. Con el fin de especificar aún más lo que distingue a esta clase, hemos de identificar la estructura del capital que les caracteriza. En este caso, se trata de una clase media en la que un elevado capital cultural domina claramente sobre unos recursos económicos de tipo medio y donde el capital social se sitúa entre ambos. Esta estructura les distingue de otras fracciones de la clase media: no sólo de aquellas en que la relación entre capital económico y cultural se invierte (v.g. medianos empresarios y agricultores, etc.) sino incluso de aquellas en las que aún manteniéndose dicha relación, las diferencias entre el volumen de capital económico y cultural no es tan acentuado (v.g. abogados y médicos privados). Por lo que respecta al capital simbólico, bien puede considerase que esta clase goza de un reconocimiento social relativamente elevado aunque, como veremos a continuación, los cambios acaecidos en el universo social han variado sustancialmente esta situación.

Si en líneas generales esta es la posición de clase más o menos constante en la que cabe agrupar a los integrantes del GM, no cabe duda de que los acontecimientos que han tenido lugar en el espacio social a lo largo del periodo acotado han afectado al valor de las bazas disponibles y matizado su posición de clase. Efectivamente, la situación del espacio social español al comienzo del periplo de HaD se caracteriza por los efectos de dos grandes acontecimientos internacionales: la caída del muro de Berlín y la firma del Tratado de Masstrich, por el que el gobierno socialista comienza la aplicación de políticas netamente neoliberales con el fin de adecuar la estructura económica y social del país a los criterios de convergencia. Ambos acontecimientos, sin duda interrelacionados, nos advierten de la entrada en una nueva fase histórica, caracterizada por la intensificación del proceso de mundialización, una nueva revolución tecnológica basada en la información y el conocimiento, la extensión del dogma neoliberal a escala ‘cuasiplanteria’ y la desmantelación del estado de bienestar tal y como se conocía hasta la fecha. Los continuos escándalos de corrupción, el desgaste político y las reformas que las diferentes instancias neoliberales requerían para el país, desembocaron en la victoria de la derecha en las elecciones de 1996. Las reformas estructurales, las privatizaciones y la extensión de la lógica económica a ámbitos hasta entonces protegidos se intensificaron, sin menoscabo de crédito para el gobierno Aznar. Todo lo contrario: avalado por el ‘boom’ económico de mediados de los 90, desestructurado el centro-izquierda y sin excesivos encontronazos con gobiernos autonómicos de corte nacionalista, el Partido Popular gana por mayoría absoluta las elecciones del 2000. A partir de este momento, el escenario cambia radicalmente. Varios son los frentes que se van a ir abriendo paulatinamente: sindicatos, universidad, Prestige, gestión de la información, etc. Pero, sin duda, es el binomio terrorismo-nacionalismo el que finalmente genere un mayor desgaste en las filas del gobierno. La alineación incondicional con las tesis militaristas de la derecha norteamericana tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la irrupción del nuevo paradigma del terrorismo, hizo creer al Partido Popular que contaba con unas condiciones internacionales favorables para resolver el secular problema nacionalista de España. Una coordinada y decidida campaña a favor de la Constitución española, de proclama de las raíces históricas de España y de descrédito -e incluso judicialización- de sectores nacionalistas produjeron, sin embargo, el efecto contrario: el PNV ganó las elecciones vascas, el tripartito las catalanas y la ciudadanía empezó a percibir el uso que se hacía del problema terrorista -a escala nacional e internacional- como descaradamente partidista. Finalmente, los acontecimientos de Madrid de marzo del 2004 terminaron por provocar el vuelco electoral que no auguraban las encuestas.

Debemos tener cuidado de no llevarnos una imagen engañosa al valorar cómo han afectado estos acontecimientos al capital y a la posición de clase del GM. Por un lado, las características de la revolución tecnológica a la que España se ha incorporado durante esta década -digamos que a una velocidad media-baja si lo comparamos con otros países del entorno- habrían supuesto una intensificación del intercambio de información y de la producción de conocimiento, lo que sin duda redundaría en beneficio de aquellos cuya principal baza se encontrara asociada a diferentes formas de capital cultural. Pero, por otro lado, esta revolución tecnológica se ha producido bajo una reactivación del capitalismo a partir de la axiomática dictada por el credo neoliberal: incremento de la competitividad, promoción de la iniciativa privada y desmantelación progresiva de ayudas asociadas al estado asistencial. Esta dinámica imperante en el campo económico comenzará a extenderse al resto de campos sociales trastocando y subordinando las reglas, relativamente autónomas, que hasta entonces los regulaban. La Universidad no se vería libre de este fenómeno. A partir de este momento, criterios de corte empresarial van a pasar a un primer plano en el gobierno de la vida académica y en la producción de conocimientos. Las diferentes Universidades y Licenciaturas se ven abocadas a competir entre ellas por la captación de ‘clientes’ y de capitales privados. Esta dinámica competitiva, afecta de forma divergente al valor de los recursos culturales: incrementa el valor de los títulos asociados a aquellas carreras que posibilitan una rápida mutación del capital cultural a capital económico, de los títulos expedidos por los grandes centros de investigación dotados de mayores recursos, infraestructuras y reconocimiento, y finalmente, de todo capital cultural incorporado ‘extrauniversitario’ (masters, dominio de varios idiomas, estancias prolongadas en el extranjero, prácticas de empresa, etc.). Mientras, títulos de carreras expedidos por pequeñas universidades y con escasa o lenta aplicabilidad al campo económico, han perdido valor con respecto al pasado. La percepción social corrobora y contribuye a esta pérdida de valor. Como indica el decreciente número de alumnos matriculados, las carreras de letras están sufriendo un constante desfondamiento de los recursos simbólicos con que contaban desde la década de los 70 y 80. En conclusión, la supuesta revalorización del capital cultural en la llamada ‘sociedad del conocimiento’ debe ponerse entre paréntesis, toda vez que esta se ha llevado a cabo desde su subordinación al capital económico en el trasfondo de lo que U. Beck denomina como ‘sociedad del riesgo’.

            Esta lógica que va introduciéndose de forma continua en los diferentes ámbitos del universo social a lo largo del periodo que nos ocupa, permite identificar una dinámica en el espacio social caracterizada por el ascenso de aquellos que, contando con una estructura de capital diversificado y con un fluido circuito de transformación de una especie en otra, son capaces de una continua adaptación a las circunstancias cambiantes de una permanente situación de inestabilidad. Concretamente, la fracción de clase que conocerá un ascenso relativo más acentuado es aquella que es capaz de transformar con celeridad un notable volumen de capital cultural en capital económico (ingenieros, empresarios asociados al sector de las nuevas tecnologías, expertos, publicistas, etc.). En cambio, la posición de la fracción de clase en la que es posible agrupar a los integrantes del GM se habría visto relativamente deteriorada. La clave nos la puede dar la trayectoria del capital a ella asociado. Dada la media de edad (biológica: unos 40 años y académica: doctores en los 80), la mayoría de los integrantes de este grupo acumularon sus recursos a partir de una dinámica inversa a la que acabamos de describir. Una de las estrategias de las familias de la nueva clase media que había surgido a la sombra del desarrollismos de los años 60 consistió en invertir buena parte del capital económico acumulado en capital cultural para los hijos, a través de la obtención de títulos académicos que aseguraran su estabilidad en el futuro. Esta estrategia se vio favorecida desde mediados de los 70 por la lógica del estado asistencial, la multiplicación del funcionariado como consecuencia del estado de las autonomías y el reconocimiento simbólico asociado a la obtención de títulos de enseñanza superior (en concreto, y no exento de motivaciones políticas en un contexto pre y post Transición, carreras de letras como historia). Se trataba, por tanto, de una dinámica dominada por un ritmo lento de transformación de capital económico en capital cultural sobre un trasfondo de razonable estabilidad laboral. El habitus asociado a esta dinámica de clase (tendencia a valorar el capital cultural en si mismo, expectativas de futuro asociadas a la seguridad antes que al éxito, solidaridad como estrategia defensiva de privilegios adquiridos, etc.) choca con la nueva situación que redefine los precios de las bazas en juego. De aquí la relativa erosión que sufre a lo largo de la década de los 90 la posición que ocupa la fracción de clase en la que es posible agrupar a los integrantes del GM. Determinar cómo se han concretado y matizado esta tendencia general en el ámbito de la historiografía española es objetivo del siguiente apartado.

 

CAMPO HISTORIOGRÁFICO Y GRUPO MANIFEISTO DE HISTORIA A DEBATE

Comprender el comportamiento de los integrantes de HaD y del GM a lo largo de la década de lo 90 pasa por introducir el concepto de ‘campo’, en nuestro caso el de ‘campo historiográfico’[24]. La propuesta que se explicita en el manifiesto del 2001 no puede deducirse a partir de la posición de clase que, como hemos intentado esbozar en el apartado anterior, ocupan los firmantes del mismo. Esta suerte de reduccionismo sociológico aplica una ‘lógica del reflejo’ que tiende a explicar la toma de posición teórica de los investigadores en función de la clase social a la que pertenecen, olvidando que estos constituyen un microcosmos social con una estructura y leyes de cambio relativamente autónomas. Dichos microcosmos actúan como prismas que refractan según su lógica y estructura las posiciones de clase y los acontecimientos del espacio social. La autonomía respecto a estas dos variables será mayor en ámbitos donde –como las matemáticas- los receptores que evalúan la producción científica son exclusivamente los mismos productores. En tanto que variable histórica, es necesario conocer los diferentes grados de autonomía de los que gozan estos ámbitos de producción a la hora de interpretar el comportamiento de los agentes implicados[25].  

Ahora bien, otro tipo de reduccionismo sería aquel que considera la propuesta de HaD como un efecto de la estructura de posibilidades estratégicas que ofrece el sistema teórico vigente, procediendo a un análisis de su contenido con el fin de ubicarla y definir en relación al resto. Este análisis olvida, en primer lugar, que las tomas de posición y las producciones científicas no son completamente autónomas de las determinaciones de clase y del contexto social en el que se ubica la disciplina; en segundo lugar, obvia las aportaciones de la historia y la sociología de la ciencia referentes a la necesidad de atender a la dinámica específica de relaciones entre los productores de una determinada disciplina, a la hora de analizar su comportamiento y producciones.

            Nuestro objetivo, por el contrario, es relacionar de forma coherente la propuesta teórica del GM con la trayectoria de clase de sus integrantes, teniendo en cuenta la lógica específica y el grado de autonomía que imperan en la disciplina. Y es precisamente el concepto de campo lo que nos permite llevar a cabo este objetivo. Un campo, como el de la historiografía española durante los años 90, se constituye como un universo estructurado en el que cada agente ocupa una posición respecto al resto, en función del desigual acceso al reparto de recursos. Constituido así como un ‘campo de fuerzas’, es posible distinguir entre aquellos que ocupan una posición dominante y los que ocupan una dominada. El valor específico que adquieren las diferentes especies de capital a la hora de estructurar un determinado campo depende del ámbito en el que nos ubiquemos. En el caso de los campos científicos las relaciones de fuerza se realizan fundamentalmente a través de relaciones de conocimiento y reconocimiento[26]. Esta suerte de recurso simbólico –que Bourdieu denomina ‘capital científico’- funciona, por tanto, como una especie de crédito que necesita de la complicidad del resto de los implicados en el juego. Otras formas de capital pueden resultar determinantes, pero siempre se encuentran supeditadas y necesitan transformarse en capital científico para tener efectos sobre la estructura del campo: en los ‘juegos científicos’ no se gana por acumular capital temporal (v.g económico) aunque, como hemos visto en el apartado anterior, este resulte cada vez más determinante para una posterior acumulación de capital científico. En realidad, los dominantes deben su posición de dominio (su capital) al control que ejercen sobre los criterios que regulan el reparto de nuevos recursos; criterios que responden a los principios normativos implícitos en su práctica (objetos, métodos, criterios de validación, etc.). Al ser conocidos y reconocidos por el resto de los integrantes del campo han adquirido validez universal y constituyen lo que en terminología kuhniana denominamos como el paradigma dominante; la matriz disciplinaria que excluye determinadas opciones del juego y hace otras posible.

Ahora bien, esta situación de dominio es siempre precaria. Los campos científicos también se constituyen como ‘campos de luchas’ en los que tienen lugar conflictos históricos entre los diferentes agentes con el fin de conservar o transformar la estructura del campo. De esta forma, los dominados tenderán a desarrollar estrategias revolucionarias -introduciendo nuevas formas de hacer que se reconozcan como legítimas (heterodoxos)- mientras los dominantes se verán obligados a una continua inversión en estrategias de conservación de la estructura que les es favorable (ortodoxos)[27]. Por tanto, vemos como la toma de posición o estrategia que distingue a un determinado agente está determinada por la posición que ocupe en la estructura del campo y por las posibilidades que ofrece el paradigma dominante. Pero esta doble determinación sólo se ejerce a través de la mediación del habitus. En tanto que esquema de percepciones y disposiciones, el habitus estima los intereses asociados a su posición en el juego y las posibilidades que le ofrece la lógica imperante, se posiciona y desarrolla una estrategia frente a los competidores.

En conclusión, y dado el carácter relacional y antiesencialista de la propuesta con la que venimos trabajando, nuestro objeto de análisis en este apartado es todo el campo historiográfico español de la década de los 90 a la actualidad. En este ámbito, pretendemos ubicar y relacionar las sucesivas tomas de posición o estrategias de los integrantes del GM (en el campo de luchas) con las posibilidades estratégicas (que permite el paradigma en curso) y con la trayectoria de sus posiciones (en el campo de fuerzas). Esta relación se establece a través de la mediación del habitus de los integrantes del grupo, objetivo último del socioanálisis que hemos aplicado. Es posible dividir nuestra exposición en dos etapas. Una primera, que abarca desde 1993 -fecha simbólica en la que se celebra el I Congreso Internacional de HaD- a septiembre del 2001 -en la que se gesta el GM y el posicionamiento del mismo-. Una segunda etapa, de septiembre de 2001 a la actualidad, en la que la nueva colectividad conocerá un proceso de expansión y transformación de ciertas cualidades del habitus original.

 

1ª Fase: 1993-2001  

El primer punto que debemos abordar es la situación del campo historiográfico español durante este periodo, tanto en lo referente a la lógica imperante como al grado de autonomía del que gozaba. El juego de la historiografía española de comienzos de los años 90 se caracteriza por el fin del dominio del paradigma de la historia social hasta entonces vigente, sin que fuera sustituido por un nuevo paradigma con cierto grado de reconocimiento colectivo. La cuestión que deben encarar los diferentes agentes es adoptar -y construir a partir de- alguna de las posibilidades estratégicas que abre la caída del viejo paradigma. En líneas generales, estas posibilidades son cuatro: mantenerse fiel a la historia social e ignorar la nueva dinámica del campo, alinearse con las tesis posmodernas que han contribuido al desgaste de la historia social, apostar por la vuelta a una historia tradicional en consonancia con el giro conservador que parece orquestarse en todos los campos académicos y, finalmente, comenzar una labor de reconstrucción que implique simultáneamente una ruptura y una continuidad con la historia social. La carencia de un principio claro de jerarquización tiene su refrendo en la estructura del campo, donde se reactiva un proceso de luchas entre los diferentes agentes por hacer valer su toma de posición estratégica. Ambas dinámicas abocan a la disciplina a una fase de fragmentación en la que la clase asociada a la historia social pierde capital científico, mientras que las clases asociadas a los candidatos a paradigma dominante pugnan por acumular recursos simbólicos. Esta situación es similar a la de otros países. Las causas de este mimetismo, sin embargo, quizás quepa ubicarlas en ciertas particularidades de nuestra historiografía: en la secular debilidad de la reflexión teórica, en la tendencia al empirismo, en el localismo y en el escaso diálogo con otras disciplinas sociales; lo que habría dificultado el desarrollo de un enfoque original de historia social española, con la consiguiente dependencia teórica, fundamentalmente, del marxismo británico y de la escuela de Annales[28].

            La fragmentación a la que se ve abocada la disciplina habría supuesto una merma de su autonomía, habida cuenta de la falta de cohesión que impera en la comunidad. Esta creciente pérdida de autonomía del campo historiográfico español se concreta fundamentalmente en la dialéctica con los campos económico, político y periodístico. En el primer caso, más allá de la presión ejercida por la lógica neoliberal y la contracción de la oferta laboral universitaria, cabe destacar la reorientación de las producciones de no pocos historiadores hacia el ámbito del mercado: los éxitos de venta auspiciados por grandes editoriales o la favorable acogida de la nóvela histórica, sitúa a los evaluadores de estas producciones fuera de las fronteras del campo lo que, como señalábamos más arriba, supone una pérdida de autonomía. El campo político, por su parte, continúa durante la década de los 90 promoviendo mediante publicaciones o congresos la celebración de acontecimientos puntuales asociados a determinados eventos políticos. En la misma línea, la administración autonómica y local se constituye en la principal gestora de recursos fomentando la investigación que tome como objeto de estudio dichas entidades. En definitiva, buena parte de la agenda investigadora del historiador venía marcada por el ritmo impuesto desde el campo político. Finalmente, sobre el trasfondo de una sociedad ávida de información y en la que las posibilidades de las nuevas tecnologías hacen posible una comunicación en tiempo real, el historiador se ha visto en muchas ocasiones abocado a ejercer como cronista, a la par que contemplaba como las interpretaciones históricas de outsiders –tales como periodistas o tertulianos- gozaban de un mayor repercusión social que las propias.

            Si esta es la situación del campo historiográfico español en la que trascurre la primera fase de lo que será el GM de HaD, cabe preguntarse a continuación por la posición y la trayectoria de sus integrantes en la estructura del campo. Como señalamos más arriba, se trata en su mayoría de profesores titulares de universidad (seguido por profesores de enseñanza secundaria), de edad mediana (biológica: 40 años; y académica: doctores en los años 80), procedentes de diversas titulaciones (aunque con un notable dominio de la historia) y de diferentes centros.

El capital cultural específico con el que cuentan les caracteriza frente a otros agentes del campo historiográfico español. Se trata de un capital cultural asociado fundamentalmente a una formación e inquietud teórica, lo que implica –en principio- un nivel de competencia por encima de la media: manejo de aparato conceptual, atención a lo que pasa fuera de nuestras fronteras, posibilidad de entablar diálogo con especialistas de otras disciplinas, etc[29]. Esta inclinación y la generación relativamente joven a la que pertenecen, les predispone favorablemente a los cambios teóricos, metodológicos y técnicos a los que estaba abriéndose la disciplina durante la década de los 90. El capital social con el que cuentan se manifiesta a tres niveles. Al no trabajar en el mismo centro o ciudad, los integrantes del futuro GM se habrían visto obligados a mantener y potenciar la red interna que habría facilitado el primer contacto. Fuera del grupo, en la propia academia, podemos constatar una fluida relación con diferentes instituciones y disciplinas, nacionales y extranjeras, fundamentalmente a través del contacto con agentes individuales de similares inquietudes[30]. Finalmente, fuera de la academia el capital social disminuye. Hay una herencia de capital asociado al campo político durante la etapa pre y post Transición por parte de la generación mayor del grupo lo que, si bien supone un activo decreciente ante la escasa militancia de los más jóvenes y el giro en la política nacional, habría permitido dotarse de experiencia organizativa y mantener ciertas redes. En cambio, y en comparación con los ‘historiadores estrella’, los contactos con el mundo mediático y de las grandes editoriales resultan insignificantes. El capital económico del que se dispone es escaso. Sin contar con ingresos por grandes éxitos de venta o con el apoyo de grandes entidades privadas, la capacidad para llevar a cabo toda suerte de proyectos depende de los cauces estipulados por una administración pública (Xunta de Galicia, CSIC, etc.) que, como vimos, tiende a recortar gastos.

Finalmente, una valoración del capital científico -en el que, dada la lógica de los campos académicos, deben mutar el resto de especies de capital para tener efecto sobre la posición que se ocupa- arroja un resultado ambiguo. A nivel individual, la publicación en revistas especializadas de primera línea como Hispania, Historia Social, Annales o Studia Historica o en editoriales como Akal, Siglo XXI o Síntesis, nos informa de un volumen de capital simbólico notable. Como colectivo, los integrantes del GM son conocidos en el resto del campo historiográfico español por su vinculación a los diferentes proyectos de HaD, fundamentalmente los dos congresos internacionales celebrados durante esta etapa. Esta presentación redunda en un reconocimiento colectivo, dada la temática del congreso (verdadera rara avis en un ámbito en el que, como hemos señalado abundan la celebración de efemérides), las dimensiones del mismo (una media de 150 ponentes, 3 sesiones simultáneas y 5 días de reunión) y la intervención de grandes figuras de la historiografía nacional e internacional (Le Goff, Dosse, Kaye, Chartier, Vernon, García Cárcel, Kocka, etc.). La presencia de las actas de ambos congresos en la mayoría de las bibliotecas de las Facultades de Letras españolas vendría a confirmar este punto. Ahora bien, debemos matizar esta valoración toda vez que, como hemos señalado, el campo historiográfico español se caracteriza por un déficit teórico relativamente importante. HaD se inserta en un juego en el que el habitus de la mayor parte de los jugadores dificulta el reconocimiento de las producciones de un grupo escorado a la teoría lo que, sin duda, constituye un handicap a la hora de acumular recursos científicos [31].

            Dado este volumen, estructura y trayectoria de capital cabe ubicar a los integrantes del futuro GM en una posición intermedia: se trata, en homología con la clase en la que es posible agruparlos en el espacio social, de una clase media historiográfica. Por un lado, es posible establecer una diferencia entre estos historiadores y el grupo que conforma el establishment académico, compuesto por el grupo de catedráticos o profesores titulares vinculados a los grandes centros y a las principales editoriales. Estos cuentan con una gran cantidad de recursos de todo tipo, dentro y fuera del campo. Su punto débil –al menos en relación al futuro GM- se encuentra en el capital cultural de carácter teórico. Sin duda, este carencia no es imputable a todos los historiadores que podemos incluir en este grupo, pero el acceso a los más altos puestos de la academia atenuaría, generalmente, la predisposición a la innovación teórica –máxime si tenemos en cuenta que la mayoría de estos cargos se obtuvieron en la década los 80, marcada por el empirismo. Por otro lado, también es posible diferenciar la posición de los firmantes del manifiesto de aquellos cuyo volumen de capital científico iba en marcado detrimento, como consecuencia de continuar con la práctica acrítica de una historia social en evidente estado descomposición, desde puestos de segundo orden ubicados en centros periféricos. Y lo mismo cabe decir de aquellos cuyo principal fuente de recursos se derivaba de un elevado capital cultural de carácter teórico, sin embargo excesivamente deudor de la exterioridad del campo -ya en lo referente a la propia disciplina (teoría extraída en su mayor parte de la filosofía y lingüística), como a las coordenadas nacionales (dependencia de los ritmos del ámbito anglosajón)- lo que dificultaba la comunicación y la adquisición de crédito simbólico en el universo historiográfico hispano.

Desde esta posición de clase y del habitus a ella asociado, no parece aventurado adelantar que la estrategia de los integrantes del GM ante la situación por la que atravesaba el campo historiográfico español de los años 90, basculará entre el rupturismo y el continuismo -si no continuismo, sí al menos reivindicación de determinadas herencias presentes en el viejo paradigma dominante. Esta línea de acción puede considerarse homóloga a la de la fracción de clase media para la que la nueva situación imperante en el universo social a partir de la década de los 90 supone un revés; pero que, a diferencia de otros grupos más vulnerables, cuenta con recursos para mantener su posición en el campo e incluso plantear alternativas. Pero antes de interpretar esa toma de posición colectiva es necesario comprender cómo individuos aislados llegan a conformarse como una comunidad historiográfica capaz de compartir una toma de posición en el campo de luchas.

La reconstrucción de las diferentes posiciones en el campo de fuerzas posee el valor heurístico de permitir identificar volúmenes, estructuras y trayectorias de capital similares; o lo que es lo mismo, posiciones que se encuentran próximas entre sí frente a otras. Pero los individuos que iban a firmar el futuro manifiesto, no sólo compartirían una posición en el campo de fuerzas. Producto de una experiencia similar, también comparten una habitus que los dota de unos esquemas de percepción y disposición parecidos. Comparten una forma de ver el campo historiográfico, unos principios de visión y división de ese mundo que les permite poner en marcha un proceso de deliberación que culmina con la publicación del manifiesto en septiembre de 2001 y la constitución del GM. Este acto de publicación y nombramiento, puede entenderse como un verdadero ejercicio de alquimia social por el que un agregado de individuos se constituye a sí mismos como agente colectivo historiográfico mediante un acto simbólico de adhesión, delegación e institucionalización: lo que no era más que una posibilidad teórica se convierte en una realidad histórica[32]. Al actuar de este modo, los integrantes del GM no sólo reconocen su identificación con una propuesta teórica de carácter colectivo, sino que optan por una toma de posición estratégica que les distingue frente al resto de los integrantes del campo. En otras palabras, la constitución del GM debe entenderse como la construcción simbólica de un agente historiográfico que elabora una propuesta específica y, simultáneamente, se distingue frente al resto de propuestas en curso –que desde este momento quedan identificadas como el continuismo de la historia social, el posmodernismo y la vuelta a la historia tradicional[33] 

¿De qué forma se concreta esta toma de posición colectiva? Cómo acabamos de señalar, ante el agotamiento del paradigma de la historia social el GM optará por una estrategia que bascula entre la ruptura y la continuidad, entre la tradición y la innovación. El objetivo fundamental según el manifiesto es contribuir a una reconstrucción de la disciplina que, sin hacer tabla rasa del pasado, contemple nuevos fundamentos teóricos. La mayoría de los integrantes del GM habrían practicado a lo largo de la década de los 80 alguna forma de historia social, lo que vinculaba parte de sus recursos simbólicos al paradigma dominante. Pero, por otro lado, la formación de un habitus donde predominan unos esquemas de percepción que predisponen a problematizar y valorar la dimensión teórica de la producción historiográfica, les permitiría la adquisición de recursos culturales vinculados a la innovación teórica y la interdisciplinaridad. De aquí que, con el desgaste del viejo paradigma, la opción estratégica más plausible pareciera aquella que permitía vincular los beneficios simbólicos asociados a la práctica de la historia social con los recursos teóricos adquiridos, adecuados para encarar la nueva situación: una estrategia en la que se reclama la necesidad de una reconstrucción teórica de la disciplina o, lo que es lo mismo, una estrategia que reconoce en la posesión de capital cultural de orden teórico –sin duda la mejor baza del grupo- el principio regulador de reparto de recursos científicos.

A partir de esta estrategia rupturista-continuista se explica en gran medida el comportamiento y las líneas de actuación concretas que habría seguido el GM a lo largo de esta fase. Así, en el aspecto estrictamente teórico se reivindica, por un lado, la herencia colectiva recibida del materialismo histórico y la Escuela de Annales; por otro, la necesidad de establecer una ruptura con dicha tradición en el ámbito ontológico (atención a posibles síntesis a partir de nuevas áreas de investigación, análisis más complejos de las subjetividades históricas y de los procesos de acción colectiva, etc. ) y en el epistemológico (donde se apuesta por ubicar a la disciplina en un horizonte ‘postpositivista’ mediante un alineamiento con las tesis de T.S. Kuhn, lo que da cobertura teórica a su programa de ruptura-continuidad). Desde este horizonte ‘postpositivista’, la estrategia rupturismo-continuismo se traduce en una práctica que adopta la forma de una búsqueda del ‘consenso en el disenso’. Fruto de esos esquemas ‘postpositivista’, de la percepción de la heterogeneidad del propio grupo, de la fragmentación de la comunidad historiográfica y de la inexistencia de una fuerza dominante ampliamente reconocida, surge la apuesta por una política académica que, reconociendo la diversidad y el equilibrio de fuerzas apunta hacia la búsqueda de compromisos colectivos cada vez más amplios. Ambas dimensiones (teórica y práctica) de la estrategia del GM explican en gran medida las líneas de actuación representadas por la celebración del I y II  Congreso Internacional de HaD y la macroencuesta sobre el estado de la historia[34]. Ambas dimensiones afectan también a la estrategia organizativa del GM que, junto con la dispersión geográfica del grupo explican la apuesta por una estructura trasversal, flexible y abierta. Finalmente, la estrategia teórica, práctica y organizativa coadyuva con la predisposición de un grupo relativamente joven a la innovación técnica, lo que encuentra expresión en los primeros intentos por mantener un debate amplio y constante a través de la red.

La estrategia y el comportamiento del GM lo distinguen frente a los historiadores que optan por alguna de las opciones alternativas que, a ojos del colectivo, ofrece el campo de posibilidades estratégicas. Por ejemplo, frente a aquellos que es posible agrupar en torno a la estrategia continuista con el paradigma de la historia social. No resulta disparatado defender la homología entre esta estrategia y la de las clases que, debiendo la casi totalidad de sus recursos al esquema imperante durante la Guerra Fría, tendían a mantener las mismas líneas de acción ante una dinámica histórica completamente nueva que jugaba en su contra (v.g. el movimiento obrero). En el campo historiográfico esta estrategia pasa por intentar conservar la vieja estructura que les había sido favorable durante casi cincuenta años, bien mediante la movilización del discurso de la crisis de la historia -que no sería sino un intento de universalización de la crisis del paradigma al que se encontraban asociados-, bien evitando dentro de lo posible los lances en los que las bazas se deciden en función de los nuevos recursos teóricos que han penetrado en la lógica del campo y pueden trastocar el equilibrio de fuerzas. Esta estrategia de ‘conservación de la ortodoxia’ se traducirá en una paulatina pérdida de rédito científico frente a otros agentes asociados a opciones estratégicas alternativas.

La estrategia del GM también se distinguiría frente a la de aquellos que podemos agrupar en torno al nuevo tradicionalismo. El nuevo auge que cobra una forma de historiar que, si bien tras veinte años de dominio del paradigma de la historia social no había desaparecido del campo historiográfico español, se explica en gran medida por el trasvase a sus filas de relevantes figuras de la historiografía social española. El ‘efecto  nombre’ y el capital simbólico asociado a los mandarines de los grandes centros productores vendrían a combinarse con el ‘giro conservador’ acaecido en el exterior del campo, propiciando la capitalización de una propuesta hasta hace poco marginada. Frente al continuismo, se trata de una estrategia rupturista con un paradigma que se entiende incapaz de generar más rédito científico. Pero frente a la opción que representa el GM se pretende una vuelta al paradigma de la historia tradicional, percibido como la opción estratégica a la que resulta más rentable asociar el volumen de capital del que disponen. En buena medida esto se explica en tanto que estamos hablando de una generación relativamente mayor y bien situada, poco predispuesta a la innovación teórica pero con el suficiente capital en otras especies como para tomar la iniciativa y provocar un ruptura de signo conservador. Entre las múltiples bazas con las que cuentan, las posibilidades que ofrece el exterior del campo no constituyen la menor: importantes inyecciones de capital -ya sea simbólico (gracias al campo mediático), social (gracias al político) o simplemente económico- irán en aumento a lo largo de la década y ante todo a partir de la victoria del Partido Popular en las elecciones de 1996. En definitiva, no resulta disparatado establecer cierta homología entre la estrategia de este grupo de historiadores y la fracción de la clase media que se asocia al giro conservador en el universo social (v.g. en la forma de expertos) readaptando con solvencia las cualidades de sus bazas a la nueva situación. 

Finalmente, también cabe establecer una distinción entre la estrategia y comportamiento del GM con la de aquellos historiadores vinculados al posmodernismo. Estos historiadores cuentan con su mejor baza en el capital cultural de corte teórico. Coincidentes en este aspecto con el GM, no es extraño que se encuentren capacitados para encarar la nueva situación y adopten en consecuencia una estrategia rupturista respecto al paradigma de la historia social. Pero a diferencia de aquel, no reivindica una reconstrucción a partir de la herencia recibida, sino que pretende establecer una ruptura a partir de bases teóricas completamente nuevas: se trata por tanto de la opción estratégica más heterodoxa. Esta elección viene determinada en gran medida por la formación de un habitus en estrecho contacto con la exterioridad del campo (ya sea en lo referente a la disciplina, al ámbito nacional o al vínculo con determinados movimientos sociales), lo que introduce la heterodoxia en la lógica del campo sin que esta sea reconocida por un colectivo de historiadores que cuenta con esquemas de percepción muy diferentes, redundando en una carencia de capital simbólico que los relega a una posición dominada.

 

2ª Fase: 2001-actualidad

Antes de comenzar el análisis de esta segunda fase, debemos realizar una aclaración. Las conclusiones de este segundo apartado adoptan un carácter provisional y prospectivo, toda vez que dicha fase culminará próximamente con una nueva toma de posición en función de la lectura que se realice de los cambios acaecidos en el campo historiográfico desde el 2001.

A lo largo de esta segunda etapa nuevos elementos vienen a introducir ciertos matices en la lógica y grado de autonomía del campo que hemos descrito para la etapa anterior. En primer lugar, si bien la fragmentación continua dominando la lógica del campo, es posible percibir ciertos indicios que apuntan a un cambio de tendencia. Desde diferentes ámbitos se advierte un renovado interés por sintetizar, establecer puentes, organizar tendencias colectivas, etc. con las que salir del impasse teórico y empírico en el que se ve inmersa la disciplina como colectivo. Somos testigos de cómo hay un renovado interés por ofrecer una alternativa integradora para el estudio de la historia; alternativa que, en ocasiones, reconoce de forma explícita retomar el proyecto de la malograda ‘historia total’ de Annales y el materialismo histórico, reconstruyéndola sobre nuevas bases. Términos como historia global, mundial, ecológica, mixta, actual o inmediata, hacen referencia a experiencias diversas que sin embargo es posible agrupar bajo el común denominador de esa vocación integradora. El lento pero progresivo incremento de asociaciones, foros de debate, congresos, etc. asociados a estos términos revela que es posible que se esté gestando una nueva sensibilidad entre la comunidad historiográfica. Este fenómeno vendría a converger con un novedoso interés por la teoría que estaría despertando desde mediados de los 90 en un campo historiográfico como el español, deficitario en dichos recursos y carente de una tradición propia, pero que, como contrapartida habría estado abierto a todo tipo de influencias[35]. Por otro lado, a lo largo de estos años, una nueva problemática se habría establecido en el orden del día de la historiografía española, convirtiéndose en una plataforma de enfrentamiento entre posiciones encontradas pero ofreciendo, a la vez, un problema común sobre el que pronunciarse: la interpretación de la historia de España y en concreto de su historia más reciente.

            Esta lógica del campo responde en buena medida a los acontecimientos acaecidos en el universo social. En primer lugar, el proceso de mundialización lejos de sufrir una contracción se habría intensificado a lo largo de estos años. Esto se ha traducido, por un lado, en un incremento de la presión de la lógica económica sobre el campo historiográfico, introduciendo una mayor competencia entre centros universitarios e individuos a la hora de acceder a cargos universitarios. Pero por otro lado, la mundialización ha supuesto una intensificación en las relaciones e intercambios entre la comunidad historiográfica a nivel internacional –y sin duda del resto de comunidades, académicas y no académicas- lo que habría facilitado la formación de unos esquemas de percepción y expectativas comunes ante experiencias compartidas. La idea de que se trata de un proceso histórico en el que, por primera vez en la historia humana, todo el planeta está embarcado, ha hecho reflexionar sobre la pertinencia de mantener una disciplina histórica fragmentada, incapaz de dar respuesta a las nuevas demandas generadas por dicho proceso. Valga como ejemplo la nueva realidad político-militar en la que todo el plantea se vio implicado a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la posterior respuesta de la administración norteamericana. Este fenómeno debe relacionarse con el segundo elemento novedoso que gobierna la lógica del campo historiográfico español durante esta segunda etapa. Avalado por una victoria electoral con mayoría absoluta, el segundo gobierno popular pone en marcha una ofensiva antinacionalista bajo el paraguas del nuevo paradigma internacional del terrorismo. El campo historiográfico no se vería exento de la presión ejercida desde el campo político sobre todos los frentes en los que se produce la identidad colectiva del país. La respuesta del resto de fuerzas políticas tendría su referendo en el campo historiográfico. La lucha en torno al significado de la historia de España, el valor de la Transición como mito fundador y el debate en torno a la convivencia e identidad nacional, hace su entrada en la escena del campo historiográfico español convirtiéndose en uno de los criterios de diferenciación más decisivo.

            ¿Qué trayectoria habría seguido el capital del GM de HaD en esta segunda fase? Los cambios que afectan al capital cultural quedan reflejados atendiendo a dos dimensiones. Por un lado, un incremento notable del número de firmantes del manifiesto supone un incremento del capital cultural disponible, no tanto por el aumento cuantitativo en sí, como por el hecho de que este aumento ha venido acompañado de un incremento e intensificación de relaciones e intercambios a través de la red. Este aumento debe no obstante ponerse entre paréntesis, pues no sabemos hasta qué punto antiguos firmantes del manifiesto han evolucionado en una dirección alternativa que desemboque en un paulatino relajamiento de la adhesión al mismo. Habrá que esperar a la relectura que tendrá lugar en breve para poder contrastar nombres y números. En segundo lugar, este incremento no ha supuesto un cambio significativo en el perfil de los integrantes del GM. Quizás sí es posible confirmar una edad media más joven (biológica: alrededor de los 30; y académica: jóvenes doctorandos o recién licenciados) entre los nuevos firmantes del manifiesto, lo que, en principio, debe suponer una revitalización de las disposiciones a la innovación teórica y metodológica, seña de identidad del grupo. Pero en el caso de que este rejuvenecimiento constituya una tendencia global –como consecuencia de una posible retirada de la adhesión por parte de algunos firmantes de las generaciones mayores- se producirá una eventual pérdida de capital cultural. En definitiva, es posible sostener la hipótesis de un incremento relativo al periodo anterior del capital cultural del GM, teniendo en cuenta siempre que el contexto de redefinición del manifiesto en el que nos ubicamos puede matizar este incremento.

            Otro tanto puede aplicarse al capital social del GM. Los datos indican un incremento general -v.g. la capacidad de convocatoria del III congreso Internacional en el que fue posible movilizar el apoyo de 430 entidades colaboradoras, casi 10 veces más que en el I congreso. En la misma línea, la estructura organizativa de la comunidad de HaD ha ganado en concreción y operatividad durante esta fase, identificando la presencia de tres círculos concéntricos en la que, como señalamos, el GM constituye el núcleo central. Es de destacar la presencia del grupo de trabajo ubicado en Santiago de Compostela cuya eficiencia permite que la transversalidad y el intercambio permanente sea una realidad a través de la actualización constante de la página web y la gestión de las listas de distribución. En cuanto al carácter de las redes con las que cuenta HaD a lo largo de esta fase, cabe destacar dos aspectos esenciales: como colectivo no mantiene una implicación manifiesta con ningún grupo o institución perteneciente al campo político –lo que no significa que no se hayan llevado a cabo posicionamientos concretos ante determinados acontecimientos, sino que las redes eventualmente movilizables se ubican en el propio ámbito de la historiografía. Finalmente, de nuevo, el problema a la hora de valorar de forma definitiva el capital social disponible, choca con la necesidad de contrastar este relativo aumento del capital social con el verdadero grado de compromiso de los firmantes ante la inminente relectura de la toma de posición del 2001. 

            Los recursos económicos constituyen sin duda la especie de capital que menos cambios en cantidad y calidad ha sufrido a lo largo de esta etapa. El volumen disponible sigue siendo escaso si lo comparamos con el de otros grupos académicos para cuyos proyectos son capaces de combinar considerables recursos públicos y privados. Ahora bien, esta carencia redunda de forma indirecta a favor de cierta acumulación de capital cultural y, finalmente, simbólico, merced a un mayor grado de autonomía que del que disponen otros grupos dependientes de circuitos privados.

            Finalmente, respecto a los recursos científicos cabe afirmar que, dada la hipótesis de un eventual incremento relativo del capital cultural y social, debemos considerar como posible un paralelo incremento del capital simbólico dentro y fuera del campo. Algunos datos referentes a la comunidad de HaD pueden considerarse un índice de esta tendencia: incremento por 10 del número de entidades colaboradoras en el III Congreso, el aumento hasta 1 millón de visitas a la página web, del número de afiliados a las litas de distribución y de los firmantes del GM, el incremento notable de links a la página web y de entradas sobre HaD en los buscadores más utilizados, el continuo goteo de invitaciones de Universidades y centros nacionales y extranjeros para presentar las Actas de los Congresos o el proyecto de HaD, etc. Ahora bien, este incremento del capital científico debe matizarse teniendo en cuenta el contexto en el que eventualmente se desarrolla. De nuevo, la escasa predisposición teórica que muestra buena parte del campo historiográfico español –lo que se refleja en una actitud basculante entre la condescendencia y el fingido reconocimiento- actúa como freno a una mayor acumulación de recursos simbólicos por parte del grupo. Pero –y esto quizás explique por qué los datos que acabamos de ofrecer avalan un incremento del reconocimiento científico- este carácter de la historiografía española está comenzando a compensarse con una tímida tendencia a retomar la discusión teórica, como hemos señalado más arriba. Sea como fuere -y aún manteniendo ciertas cautelas ante un espectacular incremento del reconocimiento colectivo de la nueva propuesta- lo cierto es que hoy resulta más conocida dentro y fuera del campo que ayer, requisito previo para la consecución posterior de reconocimiento científico.

            En definitiva, nos encontramos ante un colectivo que partiendo desde una posición intermedia en un campo historiográfico no fuertemente jerarquizado, consigue consolidar su posición e incluso mejorarla relativamente -a la etapa anterior y a determinados competidores. Efectivamente, esta relativa mejoría de la posición en el campo no sólo se debe al incremento de capital del GM en su trayectoria reciente, sino que debemos ponerla en relación con el desfondamiento de los recursos pertenecientes a dos de los agentes identificados como competidores en la toma de posición del 2001: el continuismo de la historia social y la propuesta posmoderna del giro lingüístico. En el caso de esta última porque, como adelantábamos más arriba, no termina de cuajar en el campo historiográfico español a la vez que, fuera de nuestras fronteras, sufre un  palmario retroceso con respecto a su situación a finales de los 80 y principio de los 90[36].  Por otro lado, el continuismo de la historia social habría quedado abocado a un definitivo proceso de fosilización y disolución ante las manifiestas dificultades para innovar.

Ahora bien, el relativo ascenso en la estructura del campo del GM no significa que haya pasado a ocupar una posición dominante. Frente a la tendencia a la baja que protagonizan el continuismo y el giro lingüístico, durante esta fase asistimos a la reorganización de diferentes grupos de historiadores que llegan a acumular un elevado volumen de capital. La posición intermedia que, en consecuencia, continúa ocupando el GM -aunque reforzada e incluso mejorada- permite lanzar la hipótesis de una eventual consolidación de la estrategia rupturista-continuista. Hemos de esperar a la relectura del Manifiesto que tendrá lugar en breve para confirmar o no esta hipótesis. No obstante, creemos que es posible apoyarse en algunos indicios para apuntar la forma concreta que puede adoptar esa eventual toma de posición rupturista-continuista.

            En primer lugar, respecto a la lectura que se realiza de la nueva situación del campo, podemos apoyarnos en la valoración que C. Barros realiza en su ensayo sobre las conclusiones del III Congreso[37]. La principal novedad al respecto sería la cristalización de tendencias historiográficas en el campo de la historiografía española; tendencias que se vendrían gestando desde los años 90 y que ahora es posible identificar claramente[38]. A parte de HaD y el GM, perfectamente asimilable a la definición de tendencia historiográfica ofrecida, C. Barros distingue en su texto otras dos tendencias españolas: la representada por la Idea Histórica de España y por la Recuperación de la Memoria Histórica.

En el primer caso estaríamos hablando de una propuesta liderada por figuras consagradas de la historiografía española que, en no pocos casos, se habrían distinguido durante la fase anterior por protagonizar la apuesta por el giro a la historia tradicional. Se trata de un colectivo que cuenta con un gran volumen de capital, con capacidad para movilizar recursos fuera del campo (v.g. en algunos casos, vínculos con la FAES) y con una proyección mediática sobresaliente. Como propuesta se caracteriza fundamentalmente por un compromiso con una problemática social y política que hace su aparición en el campo historiográfico a partir de mediados de los 90, pero que cobra caza vez mayor peso con la entrada en el nuevo milenio: la necesidad de reconstruir una historia colectiva de España que habría quedado dañada o fragmentada como consecuencia de las políticas de las comunidades autonómicas y de las historiografías sectoriales. Estaríamos hablando por tanto, de un agente historiográfico que es posible ubicar en una posición dominante en la estructura del campo de fuerzas, homóloga a la que ocuparían en el universo social, los expertos o técnicos pertenecientes a diversos campos.

En el segundo caso, se trata de una propuesta que parte de la sociedad civil y que, al igual que la anterior, adquiere un compromiso con la historia actual de nuestro país: la recuperación de una memoria histórica barrida por el franquismo y maquillada por la Transición. El apoyo material y simbólico que recibe de diferentes movimientos sociales –y recientemente del Partido Socialista y de sus socios de gobierno- pone de manifiesto un considerable volumen de recursos externos al campo historiográfico. Sin embargo, a diferencia de la Idea Histórica de España, este colectivo no contaría con sólidas fuentes de recursos procedentes del interior del campo; tendencia que pretende recientemente invertirse mediante la promoción de grupos de trabajo que cuentan con la presencia de historiadores, fundamentalmente, contemporaneistas, arqueólogos e historiadores del presente. Desde este diagnóstico es posible identificar la posición de este agente historiográfico con el de una clase media-baja en ascenso, que cuenta con una coyuntura historiográfica favorable: fundamentalmente, considerables apoyos sociales y políticos y la existencia de un campo historiográfico no excesivamente jerarquizado. Se trataría de una posición y trayectoria homóloga a la que ocupan en el universo social español la fracción de clase media que más ha padecido los efectos de la globalización y de las políticas del Partido Popular -lo que explicaría en buena medida su contribución desde diferentes ámbitos a la derrota gobierno en las elecciones generales de marzo.

            Según C. Barros, se tratan de “tres proyectos historiográficos tan distintos como complementarios en contenido, intereses, medios de comunicación y dimensiones”[39]. Se considera posible, no sólo una convivencia tolerada, sino la consecución de acuerdos sobre aspectos fundamentales de la disciplina sin que ello signifique una pérdida de identidad de los diferentes colectivos. Creemos que esta percepción de la situación del campo y de los principales agentes implicados constituye un indicio sobre la más que posible reafirmación de la estrategia rupturista-continuista que habría caracterizado al GM de HaD durante la etapa anterior.

Partiendo de esta percepción, ¿cómo se concertará esta estrategia en relación al resto de agentes identificados? Barros entiende que si los proyectos de estas tres tendencias son complementarios, en buena medida se debe a que cada una de ellas se vuelca hacia un determinado ámbito del espacio social: mientras la primera privilegia y adquiere un perfil más marcadamente político, la segunda lo hace respecto a la sociedad civil, configurándose HaD como la más académica de las tres. Sin duda, como hemos visto más arriba, esto no significa que las dos primeras se constituyan exclusivamente como un grupo político o un movimiento social: recordemos que se trata de tendencias historiográficas y por tanto de agentes comprometidos en el juego del campo. En este escenario, el GM de HaD aún se distinguiría y contaría como baza principal con el capital cultural de carácter teórico incorporado. De hecho, la temática aprobada para el III Congreso y en la que se han continuado excluyendo los temas sectoriales y las investigaciones empíricas, indica no sólo una conciencia de este elemento de distinción, sino una apuesta por su intensificación como medio de acumulación de capital científico.

Sin embargo, al concretar esta línea de acción en un futuro próximo –y dada la ya dilatada trayectoria del grupo y la nueva situación del campo historiográfico-, es posible identificar dos obstáculos que pueden dificultar la acumulación de ambas especies de recursos. En primer lugar, HaD aún no ha desarrollado trabajos empíricos como colectivo a partir de su propuesta teórica. Esto no sólo resulta un impedimento a la hora de valorar hasta que punto dicha propuesta ha llegado a incorporarse en el habitus de sus miembros, sino que puede llegar a obstruir la acumulación de nuevos recursos culturales asociados a una adecuada articulación entre teórica y práctica[40]. Esta carencia supone también una obstrucción a la acumulación de capital simbólico, dada la inclinación a la empiria que aún domina en el campo de la historiografía española. En la misma línea, al no contar aún con una revista científica –ya sea en formato online, ya en papel- el GM pierde la oportunidad de acumular los recursos culturales que se derivarían, a priori, de una mayor rigurosidad en las producciones colectivas del grupo; mayor grado de competencia requerido por procesos de selección más rigurosos que los que tienen lugar en la listas de distribución -completamente abiertas a la participación de cualquier historiador. En la misma línea, la consolidación simbólica como tendencia colectiva y el incremento de capital científico se vería agilizado por la asociación del grupo al título de una revista científica. Rasgo de conservadurismo o no de nuestro campo académico, el hecho es que los grandes agentes historiográficos han estado vinculados, incluso han adoptado el nombre, de alguna gran publicación. En definitiva, encarar estas dos eventualidades redundaría en la especificidad de GM de HaD y reforzaría su posición en la estructura del campo. Los diferentes proyectos que comienzan a circular por el colectivo y a los que el propio C. Barros se refiere en el texto que estamos mencionando, parecen confirmar que la percepción que el grupo tiene de sí mismo en relación con el campo va en esta línea: desde la edición de una revista, hasta el desarrollo de grupos de investigación en red o la formación de equipos de trabajo internacionales en los que se fomente la investigación empírica conjunta sin devaluar la propuesta historiográfica.

Respecto a las diferentes líneas de acción que pueden otearse en un horizonte próximo, en términos no exclusivamente académicos, cabe detenerse en la problemática de la historia de España. Quizás, ciertamente por el momento, la Idea Histórica de España y la Recuperación de la Memoria Histórica puedan convivir y complementarse. En un futuro próximo el grado de convivencia vendrá marcado en gran medida por la futura dinámica del campo político español. Creemos que es posible identificar dos escenarios: un equilibrio de fuerzas entre aquellos que pretenden reformar la Constitución y quienes pretenden conservarla (lo que facilitaría una convivencia entre ambas tendencias historiográficas) y un conflicto más o menos intenso resultado de las aspiraciones rupturistas y continuistas con el régimen nacido en la Transición. Ubicados en el segundo escenario –al que nos hemos ido acercando paulatinamente desde la segunda legislatura del PP- y considerando que el colectivo de Recuperación de la Memoria Histórica mantiene su objetivo de influir en una relectura de la Transición española y trastocar el mito fundador del actual sistema ¿seguirá siendo posible una convivencia tolerada con la Idea Histórica de España? ¿Qué nuevos recursos introducirían en el campo historiográfico las diferentes instituciones (públicas o privadas) implicadas en el conflicto? Y, lo que más nos interesa ¿qué papel desempeñaría HaD?

Recordemos que GM ha reconocido que su implicación y vínculos con el campo político son más bien laxos, habiendo insistido fundamentalmente en su dimensión académica. Pero, si realmente nos vemos abocados a un escenario social y político conflictivo que se refracte en el campo historiográfico español y en el que el problema de España adquiera el suficiente peso como para convertirse en un criterio de diferenciación, ¿se verá abocado el GM a tomar partido y establecer alianzas estratégicas con algunos de los agentes implicados? ¿supondría esta línea de actuación una pérdida de la identidad del grupo, constituida como vimos sobre una clara apuesta por la práctica del ‘consenso en el disenso’? ¿con cual de los dos agentes es más posible un entendimiento? Teniendo en cuenta la posición de clase (media en ascenso) y el habitus dominante -más vinculado a una tradición crítica que a una conservadora, como ponen de manifiesto no sólo las trayectorias individuales, sino los posicionamientos del colectivo a lo largo de más de una década- es más plausible una complementariedad con la tendencia que representa la Recuperación de la Memoria. Por otro lado, dada la actual estructura de recursos con las que cuentan ambos colectivos, dicha complementariedad se reforzaría. Es más, ante un escenario como el que hemos esbozado, para el GM de HaD puede suponer la única forma de mantener su identidad: participar en este proyecto de recuperación de la memoria desde la ciencia histórica, invirtiendo el capital científico acumulado, ejerciendo como historiadores. Y sobre todo, reforzando la vigilancia sobre sí mismo, sobre los supuestos y préstamos que condicionan la propia mirada y sobre los que no se ejerce ningún tipo de control. En definitiva, potenciando la reflexividad como forma de mantener e incrementar los espacios de autonomía necesarios para poder contribuir con unas producciones distintivas a lo que, sin duda, constituye un problema colectivo.

 

                                                                                  Alejandro Estrella González

                                                                                  Universidad de Cádiz

                                                                      



* Este trabajo debe ubicarse en el contexto de la estancia de investigación que he realizado durante 6 meses en la Facultad de Xeografía e Historia de la Universidad de Santiago de Compostela. Quiero agradecer a Carlos Barros –coordinador de la comunidad de Historia a Debate- el apoyo que me ha mostrado a lo largo de toda la estancia y en concreto, la información y los consejos sin los que, sin duda, este trabajo no hubiera podido realizarse.  También debo agradecer a Israel Sanmartín y Javier Señarís la calurosa acogida que me dispensaron desde el primer instante. Sin el trabajo cotidiano de ambos, la red de Historia a Debate no gozaría de la solvencia que actualmente le caracteriza.  

[1] “Manifiesto historiográfico Historia a Debate”, http://www.hdebate.com/Spanish/manifiesto/menu/manifiesto_had.htm

[2] Por el momento hacemos un ‘uso extenso’ –por otra parte el más ‘extendido’- de la terminología kuhniana. Posteriormente haremos un ‘uso restringido’ que será oportunamente indicado. Sobre los usos extensos y restringidos del concepto de paradigma entre los historiadores véase: PASAMAR, G.: “El concepto de paradigma y su importancia en historia de la historiografía” en La situación de la historia. Ensayos de historiografía. M.A. Cabrera j M. McMahon, (coord.). Santa Cruz de Tenerife, Servicio de Publicaciones de La Laguna, 2002.

[3] Cabe ubicar en esta tendencia desde el llamado ‘anarquismo epistemológico’ de Feyerabend (“anything goes”) a la visión semiológica de la ciencia de Lataour y Woolgar, pasando por los ‘estudios de laboratorio’ y la visión cínica de la producción científica a ellos asociados de Knorr-Cetina, Gilbert y Mulkay. 

[4] Podemos ubicar en esta tradición las propuestas de Kuhn, Lakatos, Bourdieu y ciertos integrantes del llamado ‘programa fuerte’ como Bloor, Barnes o Collins.