CIENCIA HISTÓRICA Y COMUNIDADES HISTORIOGRÁFICAS:
SOCIOANÁLISIS DEL GRUPO MANIFIESTO DE HISTORIA A DEBATE*
Para llevar a la luz lo oculto por
excelencia, lo que escapa a la mirada de la ciencia porque se refugia en la
mirada misma del científico, el inconsciente transcendental, es preciso
historizar al sujeto de historización, objetivar al sujeto de objetivación.
Pierre Bourdieu
PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA Y MARCO CONCEPTUAL
El 11 de septiembre de 2001 un grupo de 23
especialistas de diferentes disciplinas e integrantes de la comunidad
historiográfica de Historia a Debate (HaD), firmaron un manifiesto por el que
llevaban a cabo un diagnóstico de la disciplina, una declaración de objetivos y
un posicionamiento frente a otras propuestas[1].
El Manifiesto HaD no cayó como rayo de cielo sereno. Comprender como llegó a
gestarse obliga a situarnos a comienzos de la década de los 90 del siglo
pasado, cuando un grupo de historiadores puso en marcha el proyecto HaD, con el
que se pretendía abrir un espacio de reflexión sobre la disciplina histórica y
ofrecer alternativas al impasse
teórico y empírico en el que se encontraba inmersa. A partir de aquí se
sucedieron diferentes proyectos de investigación y congresos internacionales,
se intensificaron los lazos e intercambios dentro del grupo, se dio el salto a
Internet y se entró en contacto con otras comunidades historiográficas. Fruto
de la reflexión y el análisis de lo aprendido a lo largo de casi una década de
trabajo se elaboró, consensuó y publicó un manifiesto por el que se hacía
oficial el posicionamiento de una nueva comunidad académica, que quedaba de
esta manera constituida simbólicamente. Desde ese 11 de septiembre del 2001 a
la actualidad se han venido produciendo decisivos cambios en el proceso
histórico, en la vida de nuestra disciplina y en la propia comunidad de HaD, lo
que ha llevado a considerar la necesidad de llevar a cabo una relectura crítica
del manifiesto a la luz de dichos cambios. Tomando como referencia el saldo
arrojado por las conclusiones del III Congreso Internacional de HaD dicha
relectura se advierte inminente, con lo que –ya proceda a una confirmación del
posicionamiento del 2001, ya lo varíe sustancialmente o ya se maticen
determinados aspectos- habremos entrado en una nueva fase de la vida de esta
comunidad.
En las páginas que siguen pretendemos
llevar a cabo un análisis de esta comunidad y propuesta historiográfica a lo
largo del periodo señalado (principio de la década de los 90 a la actualidad).
Justificar este trabajo –y poner de paso de manifiesto los supuestos teóricos y
metodológicos desde los que vamos a trabajar- pasa por ubicar el comienzo de
nuestra disertación en el campo de la epistemología de la ciencia, y en
concreto en el de la historia.
A
lo largo de la segunda mitad del siglo XX hemos sido testigos de cómo la
historia y la sociología adquirían un papel cada vez más relevante a la hora de
explicar los determinantes que coadyuvan en la producción científica. Este peso
creciente vendría acompañado de un giro hacia la esfera de la subjetividad,
toda vez que la aplicación de los recursos de ambas disciplinas habría puesto
de manifiesto el papel activo desempeñado por el agente del conocimiento; papel
que había sido marginado por el positivismo lógico y que no terminaba de emerger
en el racionalismo crítico de K. Popper. Este contexto adquiere perfiles
específicos por lo que a nuestra disciplina se refiere. En primer lugar, el
peso de una epistemología aun subrepticia de corte positivista no abandona
nuestro campo del saber por mucho que epistemólogos o teóricos de la historia
hayan decretado su defunción a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. En
segundo lugar, la llamada ‘crisis de la historia’ que se gesta desde la década
de los 80 y que eclosiona en una verdadera fragmentación teórica de la
disciplina a comienzos de los 90 nos sitúa ante un contexto que algunos
consideran de revolución o transición paradigmática[2].
Si tenemos en cuenta ambas variables
podemos identificar como uno de los posibles escenarios a los que se enfrente
nuestra disciplina en un futuro próximo, la reconstrucción de un paradigma ampliamente
reconocido cuya dimensión epistémica se caracterice por una ruptura definitiva
con el positivismo y la incorporación del papel activo de la subjetividad en la
producción historiográfica. Pero si es probable un giro subjetivista en la
epistemología del saber histórico cabe preguntarse por el tipo de subjetividad
que podemos otear en este horizonte próximo. Y es aquí, a la hora de dar forma
al agente del conocimiento (histórico), donde podemos distinguir diferentes
propuestas en curso.
¿Supone este giro subjetivista una
revancha de cierta historiografía tradicional? En cierto sentido podemos decir
que sí, toda vez que es posible identificar quienes sostienen esta interpretación:
ya sea en consonancia con una suerte de humanismo tradicional que reintroduce
la figura fundante de un sujeto metafísico de perfil racional, moral o
religioso; ya sea desde una hermeneútica de corte conservador que entiende el
conocimiento como una mera labor interpretativa o empática, ante la
imposibilidad de trascender los limites de la tradición heredada. El problema
de este giro conservador es que no supone ningún avance en la comprensión del
papel del agente científico o historiográfico, lo que obliga a cuestionar su
capacidad para introducir una ruptura novedosa en el discurso historiográfico;
ruptura requerida en todo proceso de transición paradigmática. ¿Qué otras interpretaciones
permiten encarar la construcción de un nuevo paradigma en el que, no sólo
reconozcan el papel epistemológicamente activo de la esfera de la subjetividad,
sino que introduzcan una nueva forma de comprenderla?
En
líneas generales, podemos considerar que las diferentes propuestas que
integrarían esa nueva epistemología ‘postpositivita’ se caracterizan por
sostener una concepción de la ciencia como una gran construcción colectiva cuyo
agente, lejos de tentaciones metafísificas, se encuentra históricamente
constituido. Dentro de esta frontera cabe distinguir dos grandes tendencias.
Por un lado, se encuentran aquellas propuestas que entienden que una labor de
historización radical desmitifica la ciencia, al mostrar su condición de
construcción cultural o discursiva[3].
Esta desenmascaramiento pondría de manifiesto la arbitrariedad y violencia
implícita en las nociones de verdad universal y objetividad inherentes a la
actividad científica, que queda reducida a un mero espacio de confrontación de
poder entre intereses irreconciliables o discursos irreductibles entre sí. El
problema de esta línea interpretativa es que la labor de deconstrucción que
lleva a cabo no se ve compensada por una aspiración a reconstruir a partir de
nuevos supuestos, lo que nos deja sin ningún referente –se entiende que de tipo
‘postpostivista’- desde el que valorar nuestras producciones. Por tanto, dado
el desfondamiento al que queda sometida la aspiración científica de la
historia, resulta difícil comprender –si es que este fuera uno de sus
objetivos, supuesto harto dudoso- cómo una propuesta historiográfica apoyada en
esta línea epistémica sea capaz de liderar una futura reconstrucción del
paradigma disciplinario.
Más
allá de la antinomia conformada por esta línea ‘nihilista’ y la representada
por el positivismo, encontramos un conjunto de propuestas que aún reconociendo
en la ciencia la construcción de un sujeto colectivo históricamente
constituido, entiende la posibilidad de concebir la objetividad y la verdad
universal de sus producciones. Frente a la postura nihilista se sostiene que
las diferentes disciplinas científicas se encuentran reguladas por una
normatividad que rige sus producciones (construcción de problemáticas,
criterios de validación, metodología y uso de técnicas adecuado, etc.) y que
alcanzan objetividad y validez universal para el conjunto de agentes
implicados. Pero, frente a la línea positivista, entiende que esta normatividad
se encuentra sometida a las determinaciones de las condiciones sociales y a la
dinámica histórica que caracterizan a las formas de vida académica y a los usos
sociales de dicha producción[4].
Con un fin ilustrativo, podemos decir que lo que caracteriza a esta línea
interpretativa es el haber sustituido la pregunta positivista referente a los
mecanismos formales que posibilitan la adecuación entre el sujeto y el objeto
del conocimiento, por el análisis de las relaciones prácticas entre los sujetos
a la hora de definir la adecuada relación del sujeto con el objeto. En otras
palabras, se considera que sólo bajo determinadas configuraciones prácticas
intersubjetivas –social e históricamente determinadas- se producen las condiciones
de posibilidad de enunciados dotados de objetividad y validez universal.
Podemos establecer cierto vínculo genético entre esta concepción intersubjetiva
de la ciencia y la epistemología crítica kantiana, a condición de
complementarla con una crítica de la crítica (una ‘Aufklärung’ de la ‘Aufklärung’)
que, remontándose al Marx de la Tesis
contra Feurbach, apuesta por una historización y sociologización de los aprioris kantianos[5].
No
debe resultar extraño que, dada la triple reivindicación recogida en el
manifiesto HaD de la necesidad de reconstruir un nuevo paradigma
historiográfico, del papel activo del historiador en la producción
historiográfica y de la defensa de una nueva ilustración, quepa ubicar el
proyecto de HaD dentro de esta última tendencia ‘postpositivista’. En concreto,
se habría llevado a cabo un alineamiento crítico con las tesis de T.S. Kuhn.
Bien puede parecer que, asumido como posible un escenario caracterizado por la reconstrucción
del paradigma historiográfico bajo una concepción activa de la esfera de la
subjetividad e identificada una propuesta como la kuhniana capaz de comprender ambos fenómenos, nos encontramos en
disposición de llevar a cabo el análisis y explicación del comportamiento de un
sujeto historiográfico, como es el caso del grupo HaD –que además reconoce las
deudas contraídas con dicha propuesta. No obstante, procederemos a realizar dicho
análisis desde la sociología de la ciencia de P. Bourdieu; propuesta
alternativa a la de Kuhn pero ubicada dentro de la misma familia
‘postpositivista’ que hemos esbozado más arriba. ¿Cómo justificar esta
elección?
En primer lugar, debemos tener en cuenta que el alineamiento con las tesis de Kuhn que realiza HaD no se encuentra exento de matizaciones[6]. Estas matizaciones afectan a lo que podemos considerar la versión más extendida –y a mi juicio más problemática - de Kuhn: la lectura que suele realizarse de la Estructura de las revoluciones científicas y que sostiene la absoluta dominancia de un paradigma en el periodo de ‘ciencia normal’ y la inconmensurabilidad entre los paradigmas separados por ‘revoluciones científicas’. De esta manera, por un lado, en el punto VI del Manifiesto HaD se reconoce que el concepto de “revolución científica” es entendido no sólo como ruptura, sino también como continuidad disciplinar[7]. Por otro lado, C. Barros señala en una conferencia impartida en Buenos Aires que: “si en el concepto kuhniano de ‘revolución científica’ hemos reintroducido cierta continuidad paradigmática, en el concepto de ‘ciencia normal’ hemos introducido la continuidad del debate”[8]. Pero las matizaciones que introduce HaD a la interpretación más extendida del ciclo kuhniano dejarían de serlo si nos detenemos en una lectura alternativa, sin duda menos exitosa. Podemos considerar, por un lado, que incluso el mismo Kuhn de la Estructura deja una puerta abierta a que el paradigma conforme al cual se ordena una disciplina en el periodo de ciencia normal conviva con otros, lo que supondría reintroducir el debate en dicha fase y, en consecuencia, vendría a coincidir con la matización que introduce el manifiesto HaD a la lectura más extendida. Por otro lado, del Kuhn de la Tensión Esencial es posible interpretar que la tensión fundamental que articula la ciencia es precisamente aquella que se produce entre la innovación y la tradición, resolviéndose de tal forma que la primera siempre implica a la segunda[9]. Al entender que la revolución incorpora la tradición y que ésta finalmente arraiga en el nuevo paradigma dominante, se reintroduce cierta continuidad lógica entre paradigmas sucesivos, lo que vendría a coincidir en este caso con la segunda matización realizada por Barros. En segundo lugar, esta doble lectura del ciclo kuhniano tiene su corolario sobre la problemática fundamental que aquí nos ocupa: la noción de subjetividad científica. Siguiendo con la versión más extendida, considerar la absoluta dominancia del paradigma vigente durante el periodo de ciencia normal -compartido sin fractura por todo el conjunto de especialistas que practican esa disciplina- supone trabajar con una subjetividad científica homogénea, identificada con la comunidad académica en su totalidad. Nuevamente, se trata de una concepción excesivamente monolítica que oscurece las fracturas y luchas científicas que caracterizan la vida académica aún en periodos de ciencia normal. Y nuevamente, al considerar la lectura alternativa de Kuhn, es posible una visión más compleja de la subjetividad científica, en la que se reconozca la existencia de paradigmas y comunidades rivales sin menoscabo de la existencia de un paradigma dominante y de una comunidad científica a él asociada. Finalmente y en tercer lugar, debemos considerar que el propio Bourdieu, sin dejar de marcar ciertas distancias en la línea de las matizaciones que hemos apuntado, reconoce las similitudes de su propuesta con la de Kuhn[10].
Teniendo en cuenta estos tres puntos se nos presentan tres
alternativas complementarias; es decir, podemos optar por una de ellas sin que esto
suponga que las otras dos pierdan validez: podemos optar por la versión más extendida del Kuhn de la Estructura, teniendo siempre presentes
las matizaciones antes señaladas; podemos olvidar las matizaciones y sostener
la propuesta epistémica de HaD sobre la lectura alternativa de Kuhn; o,
finalmente, podemos explorar y poner a prueba la capacidad de nuevos recursos para,
sin transformar los contenidos esenciales de la propuesta de HaD, intentar ganar
en concreción, claridad conceptual y aplicabilidad. Como hemos adelantado,
creemos que en esta línea se sitúa la propuesta de Bourdieu. De forma que
optamos por esta última alternativa en tanto que experimento, cuyos resultados
deben ser juzgados en función de esa capacidad para ganar en concreción,
claridad y aplicabilidad[11].
Respecto a la
problemática que aquí nos ocupa, lo
que nos ofrece la propuesta de Bourdieu es una metodología de análisis adecuada
a un tipo de subjetividad científica de perfiles conceptuales específicos,
aplicable a casos diversos[12].
La técnica del socioanálisis tiene como objeto no un individuo, ni un
laboratorio o grupo de investigación, ni siquiera una comunidad disciplinaria
al estilo kuhniano, sino a unos agentes constituidos como habitus[13].
La noción de habitus hace referencia
al sistema de disposiciones incorporadas por los agentes, predispuestas para
funcionar como principios generadores de prácticas y representaciones. Lejos de
tratarse de una propiedad innata o natural, el habitus es producto de determinadas condiciones de existencia y se
adquiere mediante complejos procesos experienciales de aprendizaje. Este
sistema de disposiciones y representaciones que constituye el habitus interactúa con las situaciones a
las que se enfrenta el agente, permitiéndole llevar a cabo tomas de posición y
desarrollar estrategias de acción adecuadas a dichas situaciones.
Las ventajas concretas que nos reporta la utilización de la técnica del socioanálisis y del concepto de habitus son de tres tipos. En primer lugar, una ventaja de orden teórico: la técnica del socioanálisis nos permite romper con la estéril dicotomía sujeto-objeto (acción-estructura) y poner de manifiesto las microdinámicas que explican el comportamiento del agente científico. Como veremos posteriormente, comprender la acción pasa por tener un conocimiento exhaustivo de las condiciones objetivas en las que se ha producido un determinado habitus. Pero al introducir este concepto, conjuramos el peligro de deducir directamente la acción de dichas condiciones, sin que por ello tengamos que apelar a una subjetividad fundante: el habitus –definido por Bourdieu como ‘sentido práctico’- nos permite romper tanto con un objetivismo que reduce la acción a un epifenómeno de las estructuras objetivas como de un subjetivismo que la considera el resultado de una elección deliberada por parte de un sujeto autónomo. Frente al objetivismo de cualquier tipo, el habitus hace valer su capacidad creativa. Constituido como un ‘sentido del juego’, es adquirido mediante un aprendizaje por el que el agente incorpora las reglas vigentes en el juego, convirtiéndolas en recursos prácticos flexibles que le permiten hacer frente a coyunturas imprevistas, anticiparse a posibles lances y crear e innovar de forma regulada. Esto no significa que el habitus deba confundirse con una racionalidad consciente. Frente al subjetivismo que fundamenta sobre una suerte de cogito cartesiano el comportamiento del agente, el habitus debe entenderse como historia incorporada, en sentido literal del término; es decir, se inserta en el cuerpo, no en la mente o la conciencia, constituyendo una suerte de inconsciente práctico que funciona estimando de forma no calculada el porvenir probable, y adecuando a dicha estimación la estrategia a seguir. Esto no quiere decir que el cálculo o la reflexión consciente no intervengan, pero lo hacen de forma secundaria, siguiendo el ‘tirón’ de un habitus en el que, en este caso, predominan disposiciones de cálculo[14].
En segundo lugar, una ventaja de orden
metodológico: el concepto de habitus,
objeto del socioanálisis, hace referencia a una realidad histórico y social
(colectiva) que existe de forma individualizada[15],
lo cual no nos obliga a especificar una subjetividad científica a priori, ya sea individual o colectiva.
El habitus puede referirse tanto a un
individuo como a un grupo, una tendencia o a toda una comunidad académica.
En tercer lugar, una ventaja de orden
ético-práctico: el socioanálisis aplicado sobre la subjetividad científica –en
nuestro caso una comunidad historiográfica como HaD- bien puede comprenderse
desde “la noción foucaultiana de ‘tecnologías del yo’, entendida como el tipo
de prácticas por las que los seres humanos tratan de gobernarse a sí mismos
para constituirse como sujetos”[16].
El socioanálisis tiene como objeto sacar a la luz los condicionantes
sociohistóricos en los que se forja el habitus
investigador, emplazados a dos escalas: el ‘espacio social’ como ámbito de las
posiciones y fracciones de clase y el ‘campo social’ como microcosmos
específico en el que se ubica el investigador (véase, el campo
historiográfico). Si estos condicionamientos se mantienen ocultos, las
disposiciones que producen acaban proyectándose de forma incontrolada sobre su
objeto de estudio. Un sesgo específico que adquiere el habitus investigador está relacionado con una forma de existencia
común a todos los campos académicos: la posibilidad de distanciarse
temporalmente de la práctica y adoptar la actitud contemplativa de un
espectador, incorporando la ilusión del punto de vista puro, absoluto,
desinteresado[17]. Esta particularidad
tiende a engendrar disposiciones intelectualistas que predisponen al
investigador social a olvidar que su mirada docta –al igual que la de su
objeto- es también producto de una historia y de unas condiciones concretas. El
socianálisis se revela en este punto como una ‘objetivación del objetivador’,
un ejercicio de reflexividad que permite sacar a la luz el impensado inscrito
en su propia historia y en la de su disciplina que, de otra forma, actuaría
incontroladamente. Para Bourdieu, esta historia social de la propia disciplina
y de la forma en la que el investigador incorpora los diferentes determinismos
sociales, adquiere la forma de una práctica de la libertad: sólo al desenterrar
los condicionantes en los que se forja el habitus
y los mecanismos que lo constriñen el científico social adquiere una mayor
autonomía respecto a sí mismo y su entorno, pudiendo así intervenir activamente
en la forja de un habitus siempre en
continua construcción. Si finalmente entendemos con Bourdieu que este ejercicio
de reflexividad, lejos de un repliegue narcisista, aspira a incorporarse en el habitus de todo investigador se abre la
puerta a una conquista colectiva de autonomía frente a determinaciones o
poderes exógenos, lo que es sinónimo, situados en un escenario postpositivista,
de una mayor cientificidad.
Creemos que todos estos argumentos,
junto con la coyuntura historiográfica por la que atraviesa nuestra disciplina
y hacia la que parece apuntar, justifican el llevar a cabo el socioanálisis de
una comunidad historiográfica como HaD. Encarar este desafío implica asumir
como supuesto la existencia de un habitus
compartido entre los miembros de dicha comunidad. El simple hecho de su
existencia creemos que así lo demuestra. Pero no debemos olvidar que el habitus es una identidad en constante
proceso de formación. Este trabajo pretende por tanto contribuir a producir
espacios de autonomía desde los que la comunidad de HaD pueda intervenir
activamente en la forja del propio habitus;
ejercicio de reflexividad que adquiere aún si cabe mayor urgencia ante la
relectura del manifiesto que tendrá lugar de forma inminente. En los siguientes
apartados abordaremos, por tanto, el análisis de los dos ámbitos concretos en
los que se ha forjado ese habitus
objeto de reflexión.
ESPACIO SOCIAL Y GRUPO MANIFIESTO HISTORIA A DEBATE
El concepto de espacio social nos
permite construir un ámbito de posiciones de clase en movimiento en un contexto
espacial y cronológico determinado[18].
No se trata por tanto de un dato empírico primario, sino de una construcción
analítica con fines heurísticos. Esto nos obliga a hacer explícitos los
criterios a partir de los cuales vamos a construir dicho espacio, criterios que
en todo caso deben arrojar una muestra significativa.
En primer lugar, la dimensión
cronológica abarca desde comienzos de la década de los 90 al momento actual,
periodo en el que HaD desarrolla su trayectoria en el campo historiográfico. Es
posible dividir este periodo en dos subetapas delimitadas por la elaboración y
publicación del manifiesto HaD[19].
En segundo lugar, la dimensión espacial se define a partir de dos vectores. Por
un lado, nuestro análisis no toma como objeto a toda la comunidad de HaD, sino
a los 330 firmantes que integran actualmente el Grupo Manifiesto (GM). HaD se
articula a través de una estructura de círculos concéntricos en el que el GM
constituye el núcleo central; quedando constituidos los otros dos por las
listas de distribución (2.200 integrantes en la lista general y 700 en la de Historia
Inmediata) y la mera colaboración[20].
Podemos considerar que esta muestra es significativa toda vez que representa a
los integrantes de HaD con un mayor grado de compromiso (práctico y teórico)
con el proyecto colectivo explicito en el manifiesto. Dado el carácter
internacional de la comunidad de HaD, es posible encontrar entre los firmantes
historiadores de los cinco continentes (destacando la representación española y
latinoamericana). Sin embargo, nuestra muestra, sin menoscabo de su
representatividad, tomará como objeto a los integrantes españoles del GM (84
firmantes), por tres razones. En primer lugar, porque la representación
española constituye la minoría mayoritaria, no sólo del GM, sino de toda la
comunidad de HaD. En segundo lugar, porque pese al acelerado proceso de
internacionalización, es posible distinguir una historia relativamente
homogénea de los diferentes campos académicos a nivel de coordenadas estatales;
quizás como consecuencia del papel que hasta el momento –decreciente pero aún determinante-
ha desempeñado el estado en la esfera de la educación y de la producción de
conocimientos (leyes reguladoras, reconocimiento de títulos, dotación de
recursos, alcance y difusión de publicaciones, etc.). Finalmente, porque al
construir nuestro espacio social sobre las coordenadas de un país ganamos en
concreción, sin menoscabo de fomentar la realización de nuevos socioanálisis de
HaD a partir de diferentes criterios, con la mirada puesta en una posterior
síntesis general[21].
Acotadas
estas coordenadas podemos reconstruir el espacio social pertinente en el que determinar
la posición y trayectoria de la clase a la que pertenecen los integrantes del
GM. Pero debemos comenzar con una observación importante. Si por algo
caracteriza el aparato teórico que nos ofrece Bourdieu, es por adoptar un
decisivo enfoque relacional por el que cualquier elemento (sea una posición,
una habitus o una práctica) se
distingue y define en relación al resto. Determinar la posición y trayectoria
de la clase a la que pertenecen los integrantes del GM pasa, por tanto, por
insertarla en el sistema de relaciones que constituyen todas las clases
implicadas en el espacio social.
En otras palabras, se trata de identificar una
estructura de clases en la que sea posible agrupar a los integrantes del GM. Identificar
una estructura significa poder establecer diferencias dentro de un sistema
relativamente homogéneo, como es el caso del espacio social español de la
década de los 90. En los universos sociales podemos llegar a establecer estas
diferencias en función del desigual acceso a la distribución cualitativa y
cuantitativa de los recursos existentes.
Bourdieu denomina a estos recursos –en
tanto que bazas que pueden ser puestas en juego por los diferentes agentes- con
el nombre de ‘capital’. Estipular el capital del que dispone un determinado
agente supone atender a tres dimensiones: el volumen, la estructura (producto
de la combinación específica de cuatro formas esenciales de capital: económico,
social, cultural y simbólico) y la trayectoria (entendida como el itinerario
que desemboca en el volumen y estructura del que dispone el agente en un
momento determinado)[22].
Las diferencias relativas a estas tres dimensiones (volumen, estructura y
trayectoria) permiten construir ese ámbito de posiciones en movimiento –en el
que los puntos más próximos, aquellos que comparten propiedades semejantes,
pueden ser agrupados como clases- al que hemos denominado espacio social.
En definitiva, identificar la posición
de clase y la trayectoria de los integrantes del GM pasa por caracterizar el
capital del que disponen en relación al de otros agentes, para determinar a
continuación cómo ha variado el valor de esas bazas en función de los
acontecimientos acaecidos en el espacio social. Con un fin ilustrativo podemos
apoyarnos en el cuadro que nos ofrece Bourdieu de la sociedad francesa de los
años 60 en su obra La Distinction[23]. Es fácil
identificar a partir de este cuadro la posición que ocuparían los integrantes
del GM en función del volumen de capital de que disponen: integrantes en su
mayoría del cuerpo de funcionaros vinculados a la enseñanza superior y
secundaria, cabe ubicarlos en una clase media correspondiente a una posición
intermedia en la escala social. Con el fin de especificar aún más lo que
distingue a esta clase, hemos de identificar la estructura del capital que les
caracteriza. En este caso, se trata de una clase media en la que un elevado
capital cultural domina claramente sobre unos recursos económicos de tipo medio
y donde el capital social se sitúa entre ambos. Esta estructura les distingue
de otras fracciones de la clase media: no sólo de aquellas en que la relación
entre capital económico y cultural se invierte (v.g. medianos empresarios y
agricultores, etc.) sino incluso de aquellas en las que aún manteniéndose dicha
relación, las diferencias entre el volumen de capital económico y cultural no
es tan acentuado (v.g. abogados y médicos privados). Por lo que respecta al
capital simbólico, bien puede considerase que esta clase goza de un
reconocimiento social relativamente elevado aunque, como veremos a
continuación, los cambios acaecidos en el universo social han variado
sustancialmente esta situación.
Si en líneas generales esta es la
posición de clase más o menos constante en la que cabe agrupar a los
integrantes del GM, no cabe duda de que los acontecimientos que han tenido
lugar en el espacio social a lo largo del periodo acotado han afectado al valor
de las bazas disponibles y matizado su posición de clase. Efectivamente, la
situación del espacio social español al comienzo del periplo de HaD se
caracteriza por los efectos de dos grandes acontecimientos internacionales: la
caída del muro de Berlín y la firma del Tratado de Masstrich, por el que el
gobierno socialista comienza la aplicación de políticas netamente neoliberales
con el fin de adecuar la estructura económica y social del país a los criterios
de convergencia. Ambos acontecimientos, sin duda interrelacionados, nos
advierten de la entrada en una nueva fase histórica, caracterizada por la
intensificación del proceso de mundialización, una nueva revolución tecnológica
basada en la información y el conocimiento, la extensión del dogma neoliberal a
escala ‘cuasiplanteria’ y la desmantelación del estado de bienestar tal y como
se conocía hasta la fecha. Los continuos escándalos de corrupción, el desgaste
político y las reformas que las diferentes instancias neoliberales requerían
para el país, desembocaron en la victoria de la derecha en las elecciones de
1996. Las reformas estructurales, las privatizaciones y la extensión de la
lógica económica a ámbitos hasta entonces protegidos se intensificaron, sin
menoscabo de crédito para el gobierno Aznar. Todo lo contrario: avalado por el
‘boom’ económico de mediados de los 90, desestructurado el centro-izquierda y
sin excesivos encontronazos con gobiernos autonómicos de corte nacionalista, el
Partido Popular gana por mayoría absoluta las elecciones del 2000. A partir de
este momento, el escenario cambia radicalmente. Varios son los frentes que se
van a ir abriendo paulatinamente: sindicatos, universidad, Prestige, gestión de la información, etc. Pero, sin duda, es el
binomio terrorismo-nacionalismo el que finalmente genere un mayor desgaste en
las filas del gobierno. La alineación incondicional con las tesis militaristas
de la derecha norteamericana tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y
la irrupción del nuevo paradigma del terrorismo, hizo creer al Partido Popular
que contaba con unas condiciones internacionales favorables para resolver el
secular problema nacionalista de España. Una coordinada y decidida campaña a
favor de la Constitución española, de proclama de las raíces históricas de
España y de descrédito -e incluso judicialización- de sectores nacionalistas
produjeron, sin embargo, el efecto contrario: el PNV ganó las elecciones
vascas, el tripartito las catalanas y la ciudadanía empezó a percibir el uso
que se hacía del problema terrorista -a escala nacional e internacional- como
descaradamente partidista. Finalmente, los acontecimientos de Madrid de marzo
del 2004 terminaron por provocar el vuelco electoral que no auguraban las
encuestas.
Debemos tener cuidado de no llevarnos
una imagen engañosa al valorar cómo han afectado estos acontecimientos al
capital y a la posición de clase del GM. Por un lado, las características de la
revolución tecnológica a la que España se ha incorporado durante esta década
-digamos que a una velocidad media-baja si lo comparamos con otros países del
entorno- habrían supuesto una intensificación del intercambio de información y
de la producción de conocimiento, lo que sin duda redundaría en beneficio de
aquellos cuya principal baza se encontrara asociada a diferentes formas de
capital cultural. Pero, por otro lado, esta revolución tecnológica se ha producido
bajo una reactivación del capitalismo a partir de la axiomática dictada por el
credo neoliberal: incremento de la competitividad, promoción de la iniciativa
privada y desmantelación progresiva de ayudas asociadas al estado asistencial.
Esta dinámica imperante en el campo económico comenzará a extenderse al resto
de campos sociales trastocando y subordinando las reglas, relativamente
autónomas, que hasta entonces los regulaban. La Universidad no se vería libre
de este fenómeno. A partir de este momento, criterios de corte empresarial van
a pasar a un primer plano en el gobierno de la vida académica y en la
producción de conocimientos. Las diferentes Universidades y Licenciaturas se
ven abocadas a competir entre ellas por la captación de ‘clientes’ y de
capitales privados. Esta dinámica competitiva, afecta de forma divergente al
valor de los recursos culturales: incrementa el valor de los títulos asociados
a aquellas carreras que posibilitan una rápida mutación del capital cultural a
capital económico, de los títulos expedidos por los grandes centros de
investigación dotados de mayores recursos, infraestructuras y reconocimiento, y
finalmente, de todo capital cultural incorporado ‘extrauniversitario’ (masters, dominio de varios idiomas,
estancias prolongadas en el extranjero, prácticas de empresa, etc.). Mientras,
títulos de carreras expedidos por pequeñas universidades y con escasa o lenta
aplicabilidad al campo económico, han perdido valor con respecto al pasado. La
percepción social corrobora y contribuye a esta pérdida de valor. Como indica
el decreciente número de alumnos matriculados, las carreras de letras están
sufriendo un constante desfondamiento de los recursos simbólicos con que
contaban desde la década de los 70 y 80. En conclusión, la supuesta revalorización
del capital cultural en la llamada ‘sociedad del conocimiento’ debe ponerse
entre paréntesis, toda vez que esta se ha llevado a cabo desde su subordinación
al capital económico en el trasfondo de lo que U. Beck denomina como ‘sociedad
del riesgo’.
Esta
lógica que va introduciéndose de forma continua en los diferentes ámbitos del
universo social a lo largo del periodo que nos ocupa, permite identificar una
dinámica en el espacio social caracterizada por el ascenso de aquellos que,
contando con una estructura de capital diversificado y con un fluido circuito
de transformación de una especie en otra, son capaces de una continua
adaptación a las circunstancias cambiantes de una permanente situación de
inestabilidad. Concretamente, la fracción de clase que conocerá un ascenso
relativo más acentuado es aquella que es capaz de transformar con celeridad un
notable volumen de capital cultural en capital económico (ingenieros,
empresarios asociados al sector de las nuevas tecnologías, expertos, publicistas,
etc.). En cambio, la posición de la fracción de clase en la que es posible
agrupar a los integrantes del GM se habría visto relativamente deteriorada. La
clave nos la puede dar la trayectoria del capital a ella asociado. Dada la
media de edad (biológica: unos 40 años y académica: doctores en los 80), la
mayoría de los integrantes de este grupo acumularon sus recursos a partir de
una dinámica inversa a la que acabamos de describir. Una de las estrategias de
las familias de la nueva clase media que había surgido a la sombra del
desarrollismos de los años 60 consistió en invertir buena parte del capital
económico acumulado en capital cultural para los hijos, a través de la
obtención de títulos académicos que aseguraran su estabilidad en el futuro.
Esta estrategia se vio favorecida desde mediados de los 70 por la lógica del
estado asistencial, la multiplicación del funcionariado como consecuencia del
estado de las autonomías y el reconocimiento simbólico asociado a la obtención
de títulos de enseñanza superior (en concreto, y no exento de motivaciones
políticas en un contexto pre y post Transición, carreras de letras como
historia). Se trataba, por tanto, de una dinámica dominada por un ritmo lento
de transformación de capital económico en capital cultural sobre un trasfondo
de razonable estabilidad laboral. El habitus
asociado a esta dinámica de clase (tendencia a valorar el capital cultural en
si mismo, expectativas de futuro asociadas a la seguridad antes que al éxito,
solidaridad como estrategia defensiva de privilegios adquiridos, etc.) choca
con la nueva situación que redefine los precios de las bazas en juego. De aquí
la relativa erosión que sufre a lo largo de la década de los 90 la posición que
ocupa la fracción de clase en la que es posible agrupar a los integrantes del
GM. Determinar cómo se han concretado y matizado esta tendencia general en el
ámbito de la historiografía española es objetivo del siguiente apartado.
CAMPO HISTORIOGRÁFICO Y GRUPO MANIFEISTO DE HISTORIA
A DEBATE
Comprender el comportamiento de los integrantes de HaD y del GM a lo largo de la década de lo 90 pasa por introducir el concepto de ‘campo’, en nuestro caso el de ‘campo historiográfico’[24]. La propuesta que se explicita en el manifiesto del 2001 no puede deducirse a partir de la posición de clase que, como hemos intentado esbozar en el apartado anterior, ocupan los firmantes del mismo. Esta suerte de reduccionismo sociológico aplica una ‘lógica del reflejo’ que tiende a explicar la toma de posición teórica de los investigadores en función de la clase social a la que pertenecen, olvidando que estos constituyen un microcosmos social con una estructura y leyes de cambio relativamente autónomas. Dichos microcosmos actúan como prismas que refractan según su lógica y estructura las posiciones de clase y los acontecimientos del espacio social. La autonomía respecto a estas dos variables será mayor en ámbitos donde –como las matemáticas- los receptores que evalúan la producción científica son exclusivamente los mismos productores. En tanto que variable histórica, es necesario conocer los diferentes grados de autonomía de los que gozan estos ámbitos de producción a la hora de interpretar el comportamiento de los agentes implicados[25].
Ahora bien, otro tipo de reduccionismo sería aquel que considera la propuesta de HaD como un efecto de la estructura de posibilidades estratégicas que ofrece el sistema teórico vigente, procediendo a un análisis de su contenido con el fin de ubicarla y definir en relación al resto. Este análisis olvida, en primer lugar, que las tomas de posición y las producciones científicas no son completamente autónomas de las determinaciones de clase y del contexto social en el que se ubica la disciplina; en segundo lugar, obvia las aportaciones de la historia y la sociología de la ciencia referentes a la necesidad de atender a la dinámica específica de relaciones entre los productores de una determinada disciplina, a la hora de analizar su comportamiento y producciones.
Nuestro objetivo, por el contrario, es relacionar de forma coherente la propuesta teórica del GM con la trayectoria de clase de sus integrantes, teniendo en cuenta la lógica específica y el grado de autonomía que imperan en la disciplina. Y es precisamente el concepto de campo lo que nos permite llevar a cabo este objetivo. Un campo, como el de la historiografía española durante los años 90, se constituye como un universo estructurado en el que cada agente ocupa una posición respecto al resto, en función del desigual acceso al reparto de recursos. Constituido así como un ‘campo de fuerzas’, es posible distinguir entre aquellos que ocupan una posición dominante y los que ocupan una dominada. El valor específico que adquieren las diferentes especies de capital a la hora de estructurar un determinado campo depende del ámbito en el que nos ubiquemos. En el caso de los campos científicos las relaciones de fuerza se realizan fundamentalmente a través de relaciones de conocimiento y reconocimiento[26]. Esta suerte de recurso simbólico –que Bourdieu denomina ‘capital científico’- funciona, por tanto, como una especie de crédito que necesita de la complicidad del resto de los implicados en el juego. Otras formas de capital pueden resultar determinantes, pero siempre se encuentran supeditadas y necesitan transformarse en capital científico para tener efectos sobre la estructura del campo: en los ‘juegos científicos’ no se gana por acumular capital temporal (v.g económico) aunque, como hemos visto en el apartado anterior, este resulte cada vez más determinante para una posterior acumulación de capital científico. En realidad, los dominantes deben su posición de dominio (su capital) al control que ejercen sobre los criterios que regulan el reparto de nuevos recursos; criterios que responden a los principios normativos implícitos en su práctica (objetos, métodos, criterios de validación, etc.). Al ser conocidos y reconocidos por el resto de los integrantes del campo han adquirido validez universal y constituyen lo que en terminología kuhniana denominamos como el paradigma dominante; la matriz disciplinaria que excluye determinadas opciones del juego y hace otras posible.
Ahora bien, esta situación de dominio es siempre precaria. Los campos científicos también se constituyen como ‘campos de luchas’ en los que tienen lugar conflictos históricos entre los diferentes agentes con el fin de conservar o transformar la estructura del campo. De esta forma, los dominados tenderán a desarrollar estrategias revolucionarias -introduciendo nuevas formas de hacer que se reconozcan como legítimas (heterodoxos)- mientras los dominantes se verán obligados a una continua inversión en estrategias de conservación de la estructura que les es favorable (ortodoxos)[27]. Por tanto, vemos como la toma de posición o estrategia que distingue a un determinado agente está determinada por la posición que ocupe en la estructura del campo y por las posibilidades que ofrece el paradigma dominante. Pero esta doble determinación sólo se ejerce a través de la mediación del habitus. En tanto que esquema de percepciones y disposiciones, el habitus estima los intereses asociados a su posición en el juego y las posibilidades que le ofrece la lógica imperante, se posiciona y desarrolla una estrategia frente a los competidores.
En conclusión, y dado el carácter relacional y antiesencialista de la propuesta con la que venimos trabajando, nuestro objeto de análisis en este apartado es todo el campo historiográfico español de la década de los 90 a la actualidad. En este ámbito, pretendemos ubicar y relacionar las sucesivas tomas de posición o estrategias de los integrantes del GM (en el campo de luchas) con las posibilidades estratégicas (que permite el paradigma en curso) y con la trayectoria de sus posiciones (en el campo de fuerzas). Esta relación se establece a través de la mediación del habitus de los integrantes del grupo, objetivo último del socioanálisis que hemos aplicado. Es posible dividir nuestra exposición en dos etapas. Una primera, que abarca desde 1993 -fecha simbólica en la que se celebra el I Congreso Internacional de HaD- a septiembre del 2001 -en la que se gesta el GM y el posicionamiento del mismo-. Una segunda etapa, de septiembre de 2001 a la actualidad, en la que la nueva colectividad conocerá un proceso de expansión y transformación de ciertas cualidades del habitus original.
1ª Fase: 1993-2001
El primer punto que debemos abordar es
la situación del campo historiográfico español durante este periodo, tanto en
lo referente a la lógica imperante como al grado de autonomía del que gozaba.
El juego de la historiografía española de comienzos de los años 90 se
caracteriza por el fin del dominio del paradigma de la historia social hasta
entonces vigente, sin que fuera sustituido por un nuevo paradigma con cierto
grado de reconocimiento colectivo. La cuestión que deben encarar los diferentes
agentes es adoptar -y construir a partir de- alguna de las posibilidades
estratégicas que abre la caída del viejo paradigma. En líneas generales, estas
posibilidades son cuatro: mantenerse fiel a la historia social e ignorar la
nueva dinámica del campo, alinearse con las tesis posmodernas que han
contribuido al desgaste de la historia social, apostar por la vuelta a una
historia tradicional en consonancia con el giro conservador que parece
orquestarse en todos los campos académicos y, finalmente, comenzar una labor de
reconstrucción que implique simultáneamente una ruptura y una continuidad con
la historia social. La carencia de un principio claro de jerarquización tiene
su refrendo en la estructura del campo, donde se reactiva un proceso de luchas
entre los diferentes agentes por hacer valer su toma de posición estratégica.
Ambas dinámicas abocan a la disciplina a una fase de fragmentación en la que la
clase asociada a la historia social pierde capital científico, mientras que las
clases asociadas a los candidatos a paradigma dominante pugnan por acumular
recursos simbólicos. Esta situación es similar a la de otros países. Las causas
de este mimetismo, sin embargo, quizás quepa ubicarlas en ciertas
particularidades de nuestra historiografía: en la secular debilidad de la
reflexión teórica, en la tendencia al empirismo, en el localismo y en el escaso
diálogo con otras disciplinas sociales; lo que habría dificultado el desarrollo
de un enfoque original de historia social española, con la consiguiente
dependencia teórica, fundamentalmente, del marxismo británico y de la escuela
de Annales[28].
La
fragmentación a la que se ve abocada la disciplina habría supuesto una merma de
su autonomía, habida cuenta de la falta de cohesión que impera en la comunidad.
Esta creciente pérdida de autonomía del campo historiográfico español se
concreta fundamentalmente en la dialéctica con los campos económico, político y
periodístico. En el primer caso, más allá de la presión ejercida por la lógica
neoliberal y la contracción de la oferta laboral universitaria, cabe destacar
la reorientación de las producciones de no pocos historiadores hacia el ámbito
del mercado: los éxitos de venta auspiciados por grandes editoriales o la
favorable acogida de la nóvela histórica, sitúa a los evaluadores de estas
producciones fuera de las fronteras del campo lo que, como señalábamos más
arriba, supone una pérdida de autonomía. El campo político, por su parte,
continúa durante la década de los 90 promoviendo mediante publicaciones o
congresos la celebración de acontecimientos puntuales asociados a determinados
eventos políticos. En la misma línea, la administración autonómica y local se
constituye en la principal gestora de recursos fomentando la investigación que
tome como objeto de estudio dichas entidades. En definitiva, buena parte de la
agenda investigadora del historiador venía marcada por el ritmo impuesto desde
el campo político. Finalmente, sobre el trasfondo de una sociedad ávida de
información y en la que las posibilidades de las nuevas tecnologías hacen
posible una comunicación en tiempo real, el historiador se ha visto en muchas
ocasiones abocado a ejercer como cronista, a la par que contemplaba como las
interpretaciones históricas de outsiders
–tales como periodistas o tertulianos- gozaban de un mayor repercusión social
que las propias.
Si
esta es la situación del campo historiográfico español en la que trascurre la
primera fase de lo que será el GM de HaD, cabe preguntarse a continuación por
la posición y la trayectoria de sus integrantes en la estructura del campo.
Como señalamos más arriba, se trata en su mayoría de profesores titulares de
universidad (seguido por profesores de enseñanza secundaria), de edad mediana
(biológica: 40 años; y académica: doctores en los años 80), procedentes de
diversas titulaciones (aunque con un notable dominio de la historia) y de diferentes
centros.
El capital cultural específico con el
que cuentan les caracteriza frente a otros agentes del campo historiográfico
español. Se trata de un capital cultural asociado fundamentalmente a una
formación e inquietud teórica, lo que implica –en principio- un nivel de
competencia por encima de la media: manejo de aparato conceptual, atención a lo
que pasa fuera de nuestras fronteras, posibilidad de entablar diálogo con
especialistas de otras disciplinas, etc[29].
Esta inclinación y la generación relativamente joven a la que pertenecen, les
predispone favorablemente a los cambios teóricos, metodológicos y técnicos a
los que estaba abriéndose la disciplina durante la década de los 90. El capital
social con el que cuentan se manifiesta a tres niveles. Al no trabajar en el
mismo centro o ciudad, los integrantes del futuro GM se habrían visto obligados
a mantener y potenciar la red interna que habría facilitado el primer contacto.
Fuera del grupo, en la propia academia, podemos constatar una fluida relación
con diferentes instituciones y disciplinas, nacionales y extranjeras,
fundamentalmente a través del contacto con agentes individuales de similares
inquietudes[30]. Finalmente, fuera de la
academia el capital social disminuye. Hay una herencia de capital asociado al
campo político durante la etapa pre y
post Transición por parte de la
generación mayor del grupo lo que, si bien supone un activo decreciente ante la
escasa militancia de los más jóvenes y el giro en la política nacional, habría
permitido dotarse de experiencia organizativa y mantener ciertas redes. En
cambio, y en comparación con los ‘historiadores estrella’, los contactos con el
mundo mediático y de las grandes editoriales resultan insignificantes. El
capital económico del que se dispone es escaso. Sin contar con ingresos por
grandes éxitos de venta o con el apoyo de grandes entidades privadas, la
capacidad para llevar a cabo toda suerte de proyectos depende de los cauces
estipulados por una administración pública (Xunta de Galicia, CSIC, etc.) que,
como vimos, tiende a recortar gastos.
Finalmente, una valoración del capital
científico -en el que, dada la lógica de los campos académicos, deben mutar el
resto de especies de capital para tener efecto sobre la posición que se ocupa-
arroja un resultado ambiguo. A nivel individual, la publicación en revistas especializadas
de primera línea como Hispania, Historia Social, Annales o Studia Historica
o en editoriales como Akal, Siglo XXI o Síntesis, nos informa de un volumen de capital simbólico notable.
Como colectivo, los integrantes del GM son conocidos en el resto del campo
historiográfico español por su vinculación a los diferentes proyectos de HaD,
fundamentalmente los dos congresos internacionales celebrados durante esta
etapa. Esta presentación redunda en un reconocimiento colectivo, dada la
temática del congreso (verdadera rara
avis en un ámbito en el que, como hemos señalado abundan la celebración de
efemérides), las dimensiones del mismo (una media de 150 ponentes, 3 sesiones
simultáneas y 5 días de reunión) y la intervención de grandes figuras de la
historiografía nacional e internacional (Le Goff, Dosse, Kaye, Chartier,
Vernon, García Cárcel, Kocka, etc.). La presencia de las actas de ambos
congresos en la mayoría de las bibliotecas de las Facultades de Letras
españolas vendría a confirmar este punto. Ahora bien, debemos matizar esta
valoración toda vez que, como hemos señalado, el campo historiográfico español
se caracteriza por un déficit teórico relativamente importante. HaD se inserta
en un juego en el que el habitus de la
mayor parte de los jugadores dificulta el reconocimiento de las producciones de
un grupo escorado a la teoría lo que, sin duda, constituye un handicap a la hora de acumular recursos
científicos [31].
Dado
este volumen, estructura y trayectoria de capital cabe ubicar a los integrantes
del futuro GM en una posición intermedia: se trata, en homología con la clase
en la que es posible agruparlos en el espacio social, de una clase media
historiográfica. Por un lado, es posible establecer una diferencia entre estos
historiadores y el grupo que conforma el establishment
académico, compuesto por el grupo de catedráticos o profesores titulares
vinculados a los grandes centros y a las principales editoriales. Estos cuentan
con una gran cantidad de recursos de todo tipo, dentro y fuera del campo. Su
punto débil –al menos en relación al futuro GM- se encuentra en el capital
cultural de carácter teórico. Sin duda, este carencia no es imputable a todos
los historiadores que podemos incluir en este grupo, pero el acceso a los más
altos puestos de la academia atenuaría, generalmente, la predisposición a la
innovación teórica –máxime si tenemos en cuenta que la mayoría de estos cargos
se obtuvieron en la década los 80, marcada por el empirismo. Por otro lado,
también es posible diferenciar la posición de los firmantes del manifiesto de
aquellos cuyo volumen de capital científico iba en marcado detrimento, como
consecuencia de continuar con la práctica acrítica de una historia social en
evidente estado descomposición, desde puestos de segundo orden ubicados en
centros periféricos. Y lo mismo cabe decir de aquellos cuyo principal fuente de
recursos se derivaba de un elevado capital cultural de carácter teórico, sin
embargo excesivamente deudor de la exterioridad del campo -ya en lo referente a
la propia disciplina (teoría extraída en su mayor parte de la filosofía y
lingüística), como a las coordenadas nacionales (dependencia de los ritmos del
ámbito anglosajón)- lo que dificultaba la comunicación y la adquisición de
crédito simbólico en el universo historiográfico hispano.
Desde esta posición de clase y del habitus a ella asociado, no parece aventurado
adelantar que la estrategia de los integrantes del GM ante la situación por la
que atravesaba el campo historiográfico español de los años 90, basculará entre
el rupturismo y el continuismo -si no continuismo, sí al menos reivindicación
de determinadas herencias presentes en el viejo paradigma dominante. Esta línea
de acción puede considerarse homóloga a la de la fracción de clase media para
la que la nueva situación imperante en el universo social a partir de la década
de los 90 supone un revés; pero que, a diferencia de otros grupos más
vulnerables, cuenta con recursos para mantener su posición en el campo e
incluso plantear alternativas. Pero antes de interpretar esa toma de posición colectiva
es necesario comprender cómo individuos aislados llegan a conformarse como una
comunidad historiográfica capaz de compartir una toma de posición en el campo
de luchas.
La reconstrucción de las diferentes
posiciones en el campo de fuerzas posee el valor heurístico de permitir
identificar volúmenes, estructuras y trayectorias de capital similares; o lo
que es lo mismo, posiciones que se encuentran próximas entre sí frente a otras.
Pero los individuos que iban a firmar el futuro manifiesto, no sólo
compartirían una posición en el campo de fuerzas. Producto de una experiencia
similar, también comparten una habitus
que los dota de unos esquemas de percepción y disposición parecidos. Comparten
una forma de ver el campo historiográfico, unos principios de visión y división
de ese mundo que les permite poner en marcha un proceso de deliberación que
culmina con la publicación del manifiesto en septiembre de 2001 y la
constitución del GM. Este acto de publicación y nombramiento, puede entenderse
como un verdadero ejercicio de alquimia social por el que un agregado de individuos
se constituye a sí mismos como agente colectivo historiográfico mediante un
acto simbólico de adhesión, delegación e institucionalización: lo que no era
más que una posibilidad teórica se convierte en una realidad histórica[32].
Al actuar de este modo, los integrantes del GM no sólo reconocen su
identificación con una propuesta teórica de carácter colectivo, sino que optan
por una toma de posición estratégica que les distingue frente al resto de los
integrantes del campo. En otras palabras, la constitución del GM debe
entenderse como la construcción simbólica de un agente historiográfico que
elabora una propuesta específica y, simultáneamente, se distingue frente al
resto de propuestas en curso –que desde este momento quedan identificadas como
el continuismo de la historia social, el posmodernismo y la vuelta a la
historia tradicional[33]
¿De qué forma se concreta esta toma de
posición colectiva? Cómo acabamos de señalar, ante el agotamiento del paradigma
de la historia social el GM optará por una estrategia que bascula entre la
ruptura y la continuidad, entre la tradición y la innovación. El objetivo
fundamental según el manifiesto es contribuir a una reconstrucción de la
disciplina que, sin hacer tabla rasa del pasado, contemple nuevos fundamentos
teóricos. La mayoría de los integrantes del GM habrían practicado a lo largo de
la década de los 80 alguna forma de historia social, lo que vinculaba parte de
sus recursos simbólicos al paradigma dominante. Pero, por otro lado, la
formación de un habitus donde predominan
unos esquemas de percepción que predisponen a problematizar y valorar la
dimensión teórica de la producción historiográfica, les permitiría la
adquisición de recursos culturales vinculados a la innovación teórica y la
interdisciplinaridad. De aquí que, con el desgaste del viejo paradigma, la
opción estratégica más plausible pareciera aquella que permitía vincular los
beneficios simbólicos asociados a la práctica de la historia social con los
recursos teóricos adquiridos, adecuados para encarar la nueva situación: una
estrategia en la que se reclama la necesidad de una reconstrucción teórica de
la disciplina o, lo que es lo mismo, una estrategia que reconoce en la posesión
de capital cultural de orden teórico –sin duda la mejor baza del grupo- el principio
regulador de reparto de recursos científicos.
A partir de esta estrategia
rupturista-continuista se explica en gran medida el comportamiento y las líneas
de actuación concretas que habría seguido el GM a lo largo de esta fase. Así, en
el aspecto estrictamente teórico se reivindica, por un lado, la herencia
colectiva recibida del materialismo histórico y la Escuela de Annales; por otro, la necesidad de
establecer una ruptura con dicha tradición en el ámbito ontológico (atención a
posibles síntesis a partir de nuevas áreas de investigación, análisis más
complejos de las subjetividades históricas y de los procesos de acción
colectiva, etc. ) y en el epistemológico (donde se apuesta por ubicar a la
disciplina en un horizonte ‘postpositivista’ mediante un alineamiento con las
tesis de T.S. Kuhn, lo que da cobertura teórica a su programa de
ruptura-continuidad). Desde este horizonte ‘postpositivista’, la estrategia
rupturismo-continuismo se traduce en una práctica que adopta la forma de una
búsqueda del ‘consenso en el disenso’. Fruto de esos esquemas ‘postpositivista’,
de la percepción de la heterogeneidad del propio grupo, de la fragmentación de
la comunidad historiográfica y de la inexistencia de una fuerza dominante
ampliamente reconocida, surge la apuesta por una política académica que,
reconociendo la diversidad y el equilibrio de fuerzas apunta hacia la búsqueda
de compromisos colectivos cada vez más amplios. Ambas dimensiones (teórica y
práctica) de la estrategia del GM explican en gran medida las líneas de
actuación representadas por la celebración del I y II Congreso Internacional de HaD y la macroencuesta
sobre el estado de la historia[34].
Ambas dimensiones afectan también a la estrategia organizativa del GM que,
junto con la dispersión geográfica del grupo explican la apuesta por una
estructura trasversal, flexible y abierta. Finalmente, la estrategia teórica,
práctica y organizativa coadyuva con la predisposición de un grupo
relativamente joven a la innovación técnica, lo que encuentra expresión en los
primeros intentos por mantener un debate amplio y constante a través de la red.
La estrategia y el comportamiento del
GM lo distinguen frente a los historiadores que optan por alguna de las
opciones alternativas que, a ojos del colectivo, ofrece el campo de
posibilidades estratégicas. Por ejemplo, frente a aquellos que es posible agrupar en torno a la estrategia continuista con
el paradigma de la historia social. No resulta disparatado defender la
homología entre esta estrategia y la de las clases que, debiendo la casi
totalidad de sus recursos al esquema imperante durante la Guerra Fría, tendían
a mantener las mismas líneas de acción ante una dinámica histórica
completamente nueva que jugaba en su contra (v.g. el movimiento obrero). En el
campo historiográfico esta estrategia pasa por intentar conservar la vieja
estructura que les había sido favorable durante casi cincuenta años, bien
mediante la movilización del discurso de la crisis de la historia -que no sería
sino un intento de universalización de la crisis del paradigma al que se
encontraban asociados-, bien evitando dentro de lo posible los lances en los
que las bazas se deciden en función de los nuevos recursos teóricos que han
penetrado en la lógica del campo y pueden trastocar el equilibrio de fuerzas.
Esta estrategia de ‘conservación de la ortodoxia’ se traducirá en una paulatina
pérdida de rédito científico frente a otros agentes asociados a opciones
estratégicas alternativas.
La estrategia del GM también se
distinguiría frente a la de aquellos que podemos agrupar en torno al nuevo
tradicionalismo. El nuevo auge que cobra una forma de historiar que, si bien
tras veinte años de dominio del paradigma de la historia social no había
desaparecido del campo historiográfico español, se explica en gran medida por
el trasvase a sus filas de relevantes figuras de la historiografía social
española. El ‘efecto nombre’ y el
capital simbólico asociado a los mandarines de los grandes centros productores
vendrían a combinarse con el ‘giro conservador’ acaecido en el exterior del
campo, propiciando la capitalización de una propuesta hasta hace poco
marginada. Frente al continuismo, se trata de una estrategia rupturista con un
paradigma que se entiende incapaz de generar más rédito científico. Pero frente
a la opción que representa el GM se pretende una vuelta al paradigma de la
historia tradicional, percibido como la opción estratégica a la que resulta más
rentable asociar el volumen de capital del que disponen. En buena medida esto
se explica en tanto que estamos hablando de una generación relativamente mayor
y bien situada, poco predispuesta a la innovación teórica pero con el
suficiente capital en otras especies como para tomar la iniciativa y provocar
un ruptura de signo conservador. Entre las múltiples bazas con las que cuentan,
las posibilidades que ofrece el exterior del campo no constituyen la menor:
importantes inyecciones de capital -ya sea simbólico (gracias al campo
mediático), social (gracias al político) o simplemente económico- irán en
aumento a lo largo de la década y ante todo a partir de la victoria del Partido
Popular en las elecciones de 1996. En definitiva, no resulta disparatado
establecer cierta homología entre la estrategia de este grupo de historiadores
y la fracción de la clase media que se asocia al giro conservador en el
universo social (v.g. en la forma de expertos) readaptando con solvencia las
cualidades de sus bazas a la nueva situación.
Finalmente, también cabe establecer
una distinción entre la estrategia y comportamiento del GM con la de aquellos
historiadores vinculados al posmodernismo. Estos historiadores cuentan con su
mejor baza en el capital cultural de corte teórico. Coincidentes en este
aspecto con el GM, no es extraño que se encuentren capacitados para encarar la
nueva situación y adopten en consecuencia una estrategia rupturista respecto al
paradigma de la historia social. Pero a diferencia de aquel, no reivindica una
reconstrucción a partir de la herencia recibida, sino que pretende establecer
una ruptura a partir de bases teóricas completamente nuevas: se trata por tanto
de la opción estratégica más heterodoxa. Esta elección viene determinada en
gran medida por la formación de un habitus
en estrecho contacto con la exterioridad del campo (ya sea en lo referente
a la disciplina, al ámbito nacional o al vínculo con determinados movimientos
sociales), lo que introduce la heterodoxia en la lógica del campo sin que esta
sea reconocida por un colectivo de historiadores que cuenta con esquemas de
percepción muy diferentes, redundando en una carencia de capital simbólico que
los relega a una posición dominada.
2ª Fase: 2001-actualidad
Antes de comenzar el análisis de esta
segunda fase, debemos realizar una aclaración. Las conclusiones de este segundo
apartado adoptan un carácter provisional y prospectivo, toda vez que dicha fase
culminará próximamente con una nueva toma de posición en función de la lectura
que se realice de los cambios acaecidos en el campo historiográfico desde el
2001.
A lo largo de esta segunda etapa
nuevos elementos vienen a introducir ciertos matices en la lógica y grado de
autonomía del campo que hemos descrito para la etapa anterior. En primer lugar,
si bien la fragmentación continua dominando la lógica del campo, es posible
percibir ciertos indicios que apuntan a un cambio de tendencia. Desde
diferentes ámbitos se advierte un renovado interés por sintetizar, establecer
puentes, organizar tendencias colectivas, etc. con las que salir del impasse teórico y empírico en el que se
ve inmersa la disciplina como colectivo. Somos testigos de cómo hay un renovado
interés por ofrecer una alternativa integradora para el estudio de la historia;
alternativa que, en ocasiones, reconoce de forma explícita retomar el proyecto
de la malograda ‘historia total’ de Annales
y el materialismo histórico, reconstruyéndola sobre nuevas bases. Términos como
historia global, mundial, ecológica, mixta, actual o inmediata, hacen
referencia a experiencias diversas que sin embargo es posible agrupar bajo el
común denominador de esa vocación integradora. El lento pero progresivo
incremento de asociaciones, foros de debate, congresos, etc. asociados a estos
términos revela que es posible que se esté gestando una nueva sensibilidad
entre la comunidad historiográfica. Este fenómeno vendría a converger con un
novedoso interés por la teoría que estaría despertando desde mediados de los 90
en un campo historiográfico como el español, deficitario en dichos recursos y
carente de una tradición propia, pero que, como contrapartida habría estado
abierto a todo tipo de influencias[35].
Por otro lado, a lo largo de estos años, una nueva problemática se habría
establecido en el orden del día de la historiografía española, convirtiéndose
en una plataforma de enfrentamiento entre posiciones encontradas pero ofreciendo,
a la vez, un problema común sobre el que pronunciarse: la interpretación de la
historia de España y en concreto de su historia más reciente.
Esta
lógica del campo responde en buena medida a los acontecimientos acaecidos en el
universo social. En primer lugar, el proceso de mundialización lejos de sufrir
una contracción se habría intensificado a lo largo de estos años. Esto se ha
traducido, por un lado, en un incremento de la presión de la lógica económica
sobre el campo historiográfico, introduciendo una mayor competencia entre
centros universitarios e individuos a la hora de acceder a cargos
universitarios. Pero por otro lado, la mundialización ha supuesto una
intensificación en las relaciones e intercambios entre la comunidad
historiográfica a nivel internacional –y sin duda del resto de comunidades,
académicas y no académicas- lo que habría facilitado la formación de unos
esquemas de percepción y expectativas comunes ante experiencias compartidas. La
idea de que se trata de un proceso histórico en el que, por primera vez en la
historia humana, todo el planeta está embarcado, ha hecho reflexionar sobre la
pertinencia de mantener una disciplina histórica fragmentada, incapaz de dar
respuesta a las nuevas demandas generadas por dicho proceso. Valga como ejemplo
la nueva realidad político-militar en la que todo el plantea se vio implicado a
partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la posterior respuesta
de la administración norteamericana. Este fenómeno debe relacionarse con el
segundo elemento novedoso que gobierna la lógica del campo historiográfico
español durante esta segunda etapa. Avalado por una victoria electoral con
mayoría absoluta, el segundo gobierno popular pone en marcha una ofensiva
antinacionalista bajo el paraguas del nuevo paradigma internacional del
terrorismo. El campo historiográfico no se vería exento de la presión ejercida
desde el campo político sobre todos los frentes en los que se produce la
identidad colectiva del país. La respuesta del resto de fuerzas políticas tendría
su referendo en el campo historiográfico. La lucha en torno al significado de
la historia de España, el valor de la Transición como mito fundador y el debate
en torno a la convivencia e identidad nacional, hace su entrada en la escena
del campo historiográfico español convirtiéndose en uno de los criterios de
diferenciación más decisivo.
¿Qué
trayectoria habría seguido el capital del GM de HaD en esta segunda fase? Los
cambios que afectan al capital cultural quedan reflejados atendiendo a dos dimensiones.
Por un lado, un incremento notable del número de firmantes del manifiesto
supone un incremento del capital cultural disponible, no tanto por el aumento
cuantitativo en sí, como por el hecho de que este aumento ha venido acompañado
de un incremento e intensificación de relaciones e intercambios a través de la
red. Este aumento debe no obstante ponerse entre paréntesis, pues no sabemos
hasta qué punto antiguos firmantes del manifiesto han evolucionado en una
dirección alternativa que desemboque en un paulatino relajamiento de la
adhesión al mismo. Habrá que esperar a la relectura que tendrá lugar en breve
para poder contrastar nombres y números. En segundo lugar, este incremento no
ha supuesto un cambio significativo en el perfil de los integrantes del GM.
Quizás sí es posible confirmar una edad media más joven (biológica: alrededor
de los 30; y académica: jóvenes doctorandos o recién licenciados) entre los
nuevos firmantes del manifiesto, lo que, en principio, debe suponer una
revitalización de las disposiciones a la innovación teórica y metodológica,
seña de identidad del grupo. Pero en el caso de que este rejuvenecimiento
constituya una tendencia global –como consecuencia de una posible retirada de
la adhesión por parte de algunos firmantes de las generaciones mayores- se
producirá una eventual pérdida de capital cultural. En definitiva, es posible
sostener la hipótesis de un incremento relativo al periodo anterior del capital
cultural del GM, teniendo en cuenta siempre que el contexto de redefinición del
manifiesto en el que nos ubicamos puede matizar este incremento.
Otro
tanto puede aplicarse al capital social del GM. Los datos indican un incremento
general -v.g. la capacidad de convocatoria del III congreso Internacional en el
que fue posible movilizar el apoyo de 430 entidades colaboradoras, casi 10
veces más que en el I congreso. En la misma línea, la estructura organizativa
de la comunidad de HaD ha ganado en concreción y operatividad durante esta
fase, identificando la presencia de tres círculos concéntricos en la que, como
señalamos, el GM constituye el núcleo central. Es de destacar la presencia del
grupo de trabajo ubicado en Santiago de Compostela cuya eficiencia permite que
la transversalidad y el intercambio permanente sea una realidad a través de la
actualización constante de la página web y la gestión de las listas de
distribución. En cuanto al carácter de las redes con las que cuenta HaD a lo
largo de esta fase, cabe destacar dos aspectos esenciales: como colectivo no
mantiene una implicación manifiesta con ningún grupo o institución
perteneciente al campo político –lo que no significa que no se hayan llevado a
cabo posicionamientos concretos ante determinados acontecimientos, sino que las
redes eventualmente movilizables se ubican en el propio ámbito de la
historiografía. Finalmente, de nuevo, el problema a la hora de valorar de forma
definitiva el capital social disponible, choca con la necesidad de contrastar
este relativo aumento del capital social con el verdadero grado de compromiso
de los firmantes ante la inminente relectura de la toma de posición del
2001.
Los
recursos económicos constituyen sin duda la especie de capital que menos
cambios en cantidad y calidad ha sufrido a lo largo de esta etapa. El volumen
disponible sigue siendo escaso si lo comparamos con el de otros grupos
académicos para cuyos proyectos son capaces de combinar considerables recursos
públicos y privados. Ahora bien, esta carencia redunda de forma indirecta a
favor de cierta acumulación de capital cultural y, finalmente, simbólico,
merced a un mayor grado de autonomía que del que disponen otros grupos
dependientes de circuitos privados.
Finalmente,
respecto a los recursos científicos cabe afirmar que, dada la hipótesis de un
eventual incremento relativo del capital cultural y social, debemos considerar
como posible un paralelo incremento del capital simbólico dentro y fuera del
campo. Algunos datos referentes a la comunidad de HaD pueden considerarse un
índice de esta tendencia: incremento por 10 del número de entidades
colaboradoras en el III Congreso, el aumento hasta 1 millón de visitas a la
página web, del número de afiliados a las litas de distribución y de los
firmantes del GM, el incremento notable de links a la página web y de entradas sobre
HaD en los buscadores más utilizados, el continuo goteo de invitaciones de
Universidades y centros nacionales y extranjeros para presentar las Actas de
los Congresos o el proyecto de HaD, etc. Ahora bien, este incremento del
capital científico debe matizarse teniendo en cuenta el contexto en el que eventualmente
se desarrolla. De nuevo, la escasa predisposición teórica que muestra buena
parte del campo historiográfico español –lo que se refleja en una actitud
basculante entre la condescendencia y el fingido reconocimiento- actúa como
freno a una mayor acumulación de recursos simbólicos por parte del grupo. Pero
–y esto quizás explique por qué los datos que acabamos de ofrecer avalan un
incremento del reconocimiento científico- este carácter de la historiografía
española está comenzando a compensarse con una tímida tendencia a retomar la
discusión teórica, como hemos señalado más arriba. Sea como fuere -y aún manteniendo
ciertas cautelas ante un espectacular incremento del reconocimiento colectivo de
la nueva propuesta- lo cierto es que hoy resulta más conocida dentro y fuera
del campo que ayer, requisito previo para la consecución posterior de
reconocimiento científico.
En
definitiva, nos encontramos ante un colectivo que partiendo desde una posición
intermedia en un campo historiográfico no fuertemente jerarquizado, consigue
consolidar su posición e incluso mejorarla relativamente -a la etapa anterior y
a determinados competidores. Efectivamente, esta relativa mejoría de la
posición en el campo no sólo se debe al incremento de capital del GM en su
trayectoria reciente, sino que debemos ponerla en relación con el
desfondamiento de los recursos pertenecientes a dos de los agentes
identificados como competidores en la toma de posición del 2001: el continuismo
de la historia social y la propuesta posmoderna del giro lingüístico. En el
caso de esta última porque, como adelantábamos más arriba, no termina de cuajar
en el campo historiográfico español a la vez que, fuera de nuestras fronteras,
sufre un palmario retroceso con respecto
a su situación a finales de los 80 y principio de los 90[36]. Por otro lado, el continuismo de la historia
social habría quedado abocado a un definitivo proceso de fosilización y
disolución ante las manifiestas dificultades para innovar.
Ahora bien, el relativo ascenso en la
estructura del campo del GM no significa que haya pasado a ocupar una posición
dominante. Frente a la tendencia a la baja que protagonizan el continuismo y el
giro lingüístico, durante esta fase asistimos a la reorganización de diferentes
grupos de historiadores que llegan a acumular un elevado volumen de capital. La
posición intermedia que, en consecuencia, continúa ocupando el GM -aunque
reforzada e incluso mejorada- permite lanzar la hipótesis de una eventual
consolidación de la estrategia rupturista-continuista. Hemos de esperar a la
relectura del Manifiesto que tendrá lugar en breve para confirmar o no esta
hipótesis. No obstante, creemos que es posible apoyarse en algunos indicios
para apuntar la forma concreta que puede adoptar esa eventual toma de posición
rupturista-continuista.
En
primer lugar, respecto a la lectura que se realiza de la nueva situación del
campo, podemos apoyarnos en la valoración que C. Barros realiza en su ensayo
sobre las conclusiones del III Congreso[37].
La principal novedad al respecto sería la cristalización de tendencias
historiográficas en el campo de la historiografía española; tendencias que se
vendrían gestando desde los años 90 y que ahora es posible identificar
claramente[38]. A parte de HaD y el GM,
perfectamente asimilable a la definición de tendencia historiográfica ofrecida,
C. Barros distingue en su texto otras dos tendencias españolas: la representada
por la Idea Histórica de España y por la Recuperación de la Memoria Histórica.
En el primer caso estaríamos hablando
de una propuesta liderada por figuras consagradas de la historiografía española
que, en no pocos casos, se habrían distinguido durante la fase anterior por
protagonizar la apuesta por el giro a la historia tradicional. Se trata de un
colectivo que cuenta con un gran volumen de capital, con capacidad para
movilizar recursos fuera del campo (v.g. en algunos casos, vínculos con la
FAES) y con una proyección mediática sobresaliente. Como propuesta se
caracteriza fundamentalmente por un compromiso con una problemática social y
política que hace su aparición en el campo historiográfico a partir de mediados
de los 90, pero que cobra caza vez mayor peso con la entrada en el nuevo
milenio: la necesidad de reconstruir una historia colectiva de España que
habría quedado dañada o fragmentada como consecuencia de las políticas de las
comunidades autonómicas y de las historiografías sectoriales. Estaríamos
hablando por tanto, de un agente historiográfico que es posible ubicar en una
posición dominante en la estructura del campo de fuerzas, homóloga a la que
ocuparían en el universo social, los expertos o técnicos pertenecientes a
diversos campos.
En el segundo caso, se trata de una
propuesta que parte de la sociedad civil y que, al igual que la anterior,
adquiere un compromiso con la historia actual de nuestro país: la recuperación
de una memoria histórica barrida por el franquismo y maquillada por la
Transición. El apoyo material y simbólico que recibe de diferentes movimientos
sociales –y recientemente del Partido Socialista y de sus socios de gobierno-
pone de manifiesto un considerable volumen de recursos externos al campo
historiográfico. Sin embargo, a diferencia de la Idea Histórica de España, este
colectivo no contaría con sólidas fuentes de recursos procedentes del interior
del campo; tendencia que pretende recientemente invertirse mediante la
promoción de grupos de trabajo que cuentan con la presencia de historiadores,
fundamentalmente, contemporaneistas, arqueólogos e historiadores del presente.
Desde este diagnóstico es posible identificar la posición de este agente
historiográfico con el de una clase media-baja en ascenso, que cuenta con una
coyuntura historiográfica favorable: fundamentalmente, considerables apoyos
sociales y políticos y la existencia de un campo historiográfico no
excesivamente jerarquizado. Se trataría de una posición y trayectoria homóloga
a la que ocupan en el universo social español la fracción de clase media que
más ha padecido los efectos de la globalización y de las políticas del Partido
Popular -lo que explicaría en buena medida su contribución desde diferentes
ámbitos a la derrota gobierno en las elecciones generales de marzo.
Según
C. Barros, se tratan de “tres proyectos historiográficos tan distintos como complementarios
en contenido, intereses, medios de comunicación y dimensiones”[39].
Se considera posible, no sólo una convivencia tolerada, sino la consecución de
acuerdos sobre aspectos fundamentales de la disciplina sin que ello signifique
una pérdida de identidad de los diferentes colectivos. Creemos que esta
percepción de la situación del campo y de los principales agentes implicados
constituye un indicio sobre la más que posible reafirmación de la estrategia
rupturista-continuista que habría caracterizado al GM de HaD durante la etapa
anterior.
Partiendo de esta percepción, ¿cómo se
concertará esta estrategia en relación al resto de agentes identificados?
Barros entiende que si los proyectos de estas tres tendencias son
complementarios, en buena medida se debe a que cada una de ellas se vuelca
hacia un determinado ámbito del espacio social: mientras la primera privilegia
y adquiere un perfil más marcadamente político, la segunda lo hace respecto a
la sociedad civil, configurándose HaD como la más académica de las tres. Sin
duda, como hemos visto más arriba, esto no significa que las dos primeras se constituyan
exclusivamente como un grupo político o un movimiento social: recordemos que se
trata de tendencias historiográficas y por tanto de agentes comprometidos en el
juego del campo. En este escenario, el GM de HaD aún se distinguiría y contaría
como baza principal con el capital cultural de carácter teórico incorporado. De
hecho, la temática aprobada para el III Congreso y en la que se han continuado
excluyendo los temas sectoriales y las investigaciones empíricas, indica no
sólo una conciencia de este elemento de distinción, sino una apuesta por su
intensificación como medio de acumulación de capital científico.
Sin embargo, al concretar esta línea
de acción en un futuro próximo –y dada la ya dilatada trayectoria del grupo y
la nueva situación del campo historiográfico-, es posible identificar dos
obstáculos que pueden dificultar la acumulación de ambas especies de recursos. En
primer lugar, HaD aún no ha desarrollado trabajos empíricos como colectivo a
partir de su propuesta teórica. Esto no sólo resulta un impedimento a la hora
de valorar hasta que punto dicha propuesta ha llegado a incorporarse en el habitus de sus miembros, sino que puede
llegar a obstruir la acumulación de nuevos recursos culturales asociados a una
adecuada articulación entre teórica y práctica[40].
Esta carencia supone también una obstrucción a la acumulación de capital
simbólico, dada la inclinación a la empiria que aún domina en el campo de la
historiografía española. En la misma línea, al no contar aún con una revista científica
–ya sea en formato online, ya en
papel- el GM pierde la oportunidad de acumular los recursos culturales que se
derivarían, a priori, de una mayor
rigurosidad en las producciones colectivas del grupo; mayor grado de
competencia requerido por procesos de selección más rigurosos que los que
tienen lugar en la listas de distribución -completamente abiertas a la participación
de cualquier historiador. En la misma línea, la consolidación simbólica como
tendencia colectiva y el incremento de capital científico se vería agilizado
por la asociación del grupo al título de una revista científica. Rasgo de
conservadurismo o no de nuestro campo académico, el hecho es que los grandes
agentes historiográficos han estado vinculados, incluso han adoptado el nombre,
de alguna gran publicación. En definitiva, encarar estas dos eventualidades
redundaría en la especificidad de GM de HaD y reforzaría su posición en la
estructura del campo. Los diferentes proyectos que comienzan a circular por el
colectivo y a los que el propio C. Barros se refiere en el texto que estamos
mencionando, parecen confirmar que la percepción que el grupo tiene de sí mismo
en relación con el campo va en esta línea: desde la edición de una revista,
hasta el desarrollo de grupos de investigación en red o la formación de equipos
de trabajo internacionales en los que se fomente la investigación empírica
conjunta sin devaluar la propuesta historiográfica.
Respecto a las diferentes líneas de
acción que pueden otearse en un horizonte próximo, en términos no
exclusivamente académicos, cabe detenerse en la problemática de la historia de
España. Quizás, ciertamente por el momento, la Idea Histórica de España y la
Recuperación de la Memoria Histórica puedan convivir y complementarse. En un
futuro próximo el grado de convivencia vendrá marcado en gran medida por la
futura dinámica del campo político español. Creemos que es posible identificar
dos escenarios: un equilibrio de fuerzas entre aquellos que pretenden reformar
la Constitución y quienes pretenden conservarla (lo que facilitaría una
convivencia entre ambas tendencias historiográficas) y un conflicto más o menos
intenso resultado de las aspiraciones rupturistas y continuistas con el régimen
nacido en la Transición. Ubicados en el segundo escenario –al que nos hemos ido
acercando paulatinamente desde la segunda legislatura del PP- y considerando
que el colectivo de Recuperación de la Memoria Histórica mantiene su objetivo de
influir en una relectura de la Transición española y trastocar el mito fundador
del actual sistema ¿seguirá siendo posible una convivencia tolerada con la Idea
Histórica de España? ¿Qué nuevos recursos introducirían en el campo
historiográfico las diferentes instituciones (públicas o privadas) implicadas
en el conflicto? Y, lo que más nos interesa ¿qué papel desempeñaría HaD?
Recordemos que GM ha reconocido que su
implicación y vínculos con el campo político son más bien laxos, habiendo
insistido fundamentalmente en su dimensión académica. Pero, si realmente nos
vemos abocados a un escenario social y político conflictivo que se refracte en
el campo historiográfico español y en el que el problema de España adquiera el
suficiente peso como para convertirse en un criterio de diferenciación, ¿se
verá abocado el GM a tomar partido y establecer alianzas estratégicas con
algunos de los agentes implicados? ¿supondría esta
línea de actuación una pérdida de la identidad del grupo, constituida como
vimos sobre una clara apuesta por la práctica del ‘consenso en el disenso’? ¿con cual de los dos agentes es más posible un entendimiento?
Teniendo en cuenta la posición de clase (media en ascenso) y el habitus dominante -más vinculado a una
tradición crítica que a una conservadora, como ponen de manifiesto no sólo las
trayectorias individuales, sino los posicionamientos del colectivo a lo largo
de más de una década- es más plausible una complementariedad con la tendencia
que representa la Recuperación de la Memoria. Por otro lado, dada la actual
estructura de recursos con las que cuentan ambos colectivos, dicha
complementariedad se reforzaría. Es más, ante un escenario como el que hemos
esbozado, para el GM de HaD puede suponer la única forma de mantener su
identidad: participar en este proyecto de recuperación de la memoria desde la
ciencia histórica, invirtiendo el capital científico acumulado, ejerciendo como
historiadores. Y sobre todo, reforzando la vigilancia sobre sí mismo, sobre los
supuestos y préstamos que condicionan la propia mirada y sobre los que no se
ejerce ningún tipo de control. En definitiva, potenciando la reflexividad como
forma de mantener e incrementar los espacios de autonomía necesarios para poder
contribuir con unas producciones distintivas a lo que, sin duda, constituye un
problema colectivo.
Alejandro Estrella González
Universidad
de Cádiz
* Este trabajo debe ubicarse en el contexto de la estancia de
investigación que he realizado durante 6 meses en la Facultad de Xeografía e
Historia de la Universidad de Santiago de Compostela. Quiero agradecer a Carlos
Barros –coordinador de la comunidad de Historia a Debate- el apoyo que me ha
mostrado a lo largo de toda la estancia y en concreto, la información y los
consejos sin los que, sin duda, este trabajo no hubiera podido realizarse. También debo agradecer a Israel Sanmartín y
Javier Señarís la calurosa acogida que me dispensaron desde el primer instante.
Sin el trabajo cotidiano de ambos, la red de Historia a Debate no gozaría de la
solvencia que actualmente le caracteriza.
[1] “Manifiesto historiográfico Historia a Debate”, http://www.hdebate.com/Spanish/manifiesto/menu/manifiesto_had.htm
[2] Por el momento hacemos
un ‘uso extenso’ –por otra parte el más ‘extendido’- de la terminología
kuhniana. Posteriormente haremos un ‘uso restringido’ que será oportunamente
indicado. Sobre los usos extensos y restringidos del concepto de paradigma
entre los historiadores véase: PASAMAR, G.: “El concepto de paradigma y su importancia en
historia de la historiografía” en La situación de la historia. Ensayos de
historiografía. M.A. Cabrera j M. McMahon, (coord.). Santa Cruz de
Tenerife, Servicio de Publicaciones de La Laguna, 2002.
[3] Cabe ubicar en esta tendencia desde el llamado ‘anarquismo
epistemológico’ de Feyerabend (“anything
goes”) a la visión semiológica de la ciencia de Lataour y Woolgar, pasando
por los ‘estudios de laboratorio’ y la visión cínica de la producción
científica a ellos asociados de Knorr-Cetina, Gilbert y Mulkay.
[4] Podemos ubicar en esta tradición las propuestas de Kuhn, Lakatos,
Bourdieu y ciertos integrantes del llamado ‘programa fuerte’ como Bloor, Barnes o Collins.