El retorno de las metanarrativas (1989-2005)

 

 

Juan Andrés Bresciano

Universidad de la República, Montevideo, Uruguay.

1. Introducción

 

Las metanarrativas, en cuanto relatos que ofrecen una explicación sobre el sentido último del devenir humano universal, constituyen manifestaciones propias de la reflexión historiosófica. Ya sea en sus formulaciones premodernas de corte religioso (providencialismo judeo-cristiano) o en sus expresiones más clásicas de carácter filosófico (idealismo dialéctico, materialismo histórico, positivismo y evolucionismo), las metanarrativas han sido objeto de crítica, análisis y debate, de manera recurrente, aún cuando algunas de ellas hayan intentado adoptar una formulación historiográfica de carácter científico. Jean-François Lyotard en su conocida obra, La condición postmoderna, constata la pérdida de credibilidad de los metarrelatos, en el último tercio del siglo XIX:

 

“Se puede ver en esta decadencia de los relatos un efecto del auge de las técnicas y     tecnologías a partir de la Segunda Guerra Mundial, que ha puesto el acento sobre los medios de la acción más que sobre sus fines; o bien el del redespliegue del capitalismo liberal avanzado tras su repliegue bajo la protección del keynesianismo durante los años 1930-1960; auge que ha eliminado la alternativa comunista y que ha revalorizado el disfrute individual de bienes y servicios.”[1]

 

            A esta pérdida de credibilidad a nivel social, se suma la desconfianza que las metanarrativas generan entre buena parte de los historiadores académicos, quienes las consideran meras expresiones de una especulación sin base empírica. Sin embargo, el propósito de generar un relato totalizador a partir de un modelo teórico de carácter científico, subsiste en algunos autores y corrientes, y renace, curiosamente, en la última década del siglo pasado. A partir de 1989 –año que parecería marcar el fin de la credibilidad de varios metarrelatos- se publican un conjunto diverso de obras que, desde una perspectiva científico-social, pretenden desarrollar un modelo explicativo de la totalidad de la historia humana. Por su magnitud, se trata de una temática que podría considerarse inabordable, y propensa a fomentar la especulación filosófico-histórica, más que la investigación académica rigurosa. Sin embargo, los autores que implementan esta clase de trabajos, definen con precisión qué objeto estudian y qué objetivos persiguen. En lo que respecto al objeto de estudio, propiamente dicho, no sólo explicitan en qué consiste, sino que también lo diferencian de otros superficialmente semejantes, con los que podría confundirse. En tal sentido, desde un principio resulta claro que no pretenden desarrollar:

 

(i)                  Una Historia Universal tradicional que se base en una exposición diacrónica minuciosa, y que refiera y analice la totalidad de los procesos globales, regionales y locales, desde la aparición del hombre hasta el presente.

(ii)                Una Historia Mundial/Global (Global/World History) que analice los cambios estructurales profundos que operan a escala planetaria, y que adopte como unidad de análisis al propio sistema mundial y no a los subsistemas que lo integran.

 

            Aunque algunos autores del período señalado tienen un contacto estrecho con la Global/World History, intentan implementar, sin embargo, dos modalidades parcialmente distintas:

 

(i)                  Una Gran Historia (Big History) que estudie la totalidad de la historia humana como expresión de un proceso evolutivo que opera en escala cultural, biológica, planetaria y cósmica.

(ii)                Una Gran Teoría (Big Theory) que explique las grandes transformaciones socio-históricas, a partir de un modelo nomológico explícito, basado en leyes o en regularidades que pueden expresarse, eventualmente, en un lenguaje matemático.[2]

 

            De estas dos modalidades, es la primera la que resulta más propensa al desarrollo de una auténtica metanarrativa. Los partidarios de la Big Theory, rechazan a la narración como instrumento organizativo y expositivo de los grandes procesos que pautan el devenir humano, y estructuran su discurso a partir del enunciado de generalizaciones macrohistóricas, y del análisis de las pruebas empíricas que validan tales generalizaciones. Los autores asociados a la Big History, también parten de un modelo teórico explicito, pero lo formulan progresivamente, a partir de la narración explicativa de las fases que articulan el desarrollo histórico universal. Asimismo, hacen de dicho desarrollo su objeto de estudio primario. Si bien no son los únicos que cultivan el metarrelato, sus obras se basan en supuestos teóricos comunes que permiten un análisis conjunto. Por tal motivo, la presente ponencia se propone identificar y describir: (i) las características generales que definen a las metanarrativas asociadas a la Big History; (ii) las características específicas de los metarrelatos de los principales autores de dicha corriente; (iii) las características diferenciales que pautan la originalidad de estas nuevas metanarrativas con respecto a las clásicas. 

 

2. La génesis de la Big History

 

            El nacimiento de esta modalidad historiográfica, responde  a una iniciativa particular de David Christian. Este autor de origen norteamericano, posee una extensa trayectoria como docente e investigador. Luego de doctorarse en la Universidad de Oxford, en 1974, se  desempeña durante un cuarto de siglo como docente en la Universidad Macquaire en Sidney; en 2001 se traslada a la Universidad de San Diego (California), en la cual permanece hasta el presente. En su condición de especialista en la Historia de Rusia y de la Unión Soviética, Christian publica varias obras durante la década del ochenta, relacionadas con la vida social y material del campesinado ruso en el siglo XIX. En 1998 da a conocer una historia del Asia Interior, que constituye un estudio sinóptico de regiones geoculturales diversas. Sin embargo, su proyección en el ámbito académico internacional no se debe a sus trabajos monográficos, sino a un curso universitario que implementa por primera vez en 1989 y que se convierte en el primer modelo de la Big History. Al respecto, el propio Christian señala:

 

“Empezó siendo un ciclo de charlas en un curso experimental de historia en la Universidad Macquaire de Sidney. El objetivo del curso era comprobar si se podía y más en el mundo moderno, contar una historia coherente sobre el pasado a distintas escalas, que empezara literalmente por el origen del universo y terminara en la actualidad. Dadas las convenciones imperantes en los departamentos de historia, era una auténtica impertinencia. Pero la idea resultó sorprendentemente factible, incluso más interesante de lo que había supuesto al principio.”[3]

 

            En el año 1991, este autor decide publicar un ensayo de carácter teórico en el que argumenta a favor del cultivo de una Big History, al tiempo que responde a las críticas y objeciones que su proyecto genera. Sin embargo, recién en el año 2004, aparece su obra de mayor relevancia, Mapas del Tiempo, en la que desarrolla detenidamente los contenidos presentes en el curso original, y recibe, en reconocimiento a su labor, el premio anual 2005 de la World Historical Association.

 

            A pesar de su carácter pionero, el curso universitario de Christian no es el único en su género. Al fin de la década del ochenta, John Mears, docente de la Universidad Metodista del Sur, en Texas, dicta una asignatura de similar contenido. Lo mismo hará, posteriormente, el historiador norteamericano Edmund Burke III, en la Universidad de Santa Cruz, en California. En la década del noventa, los cursos se multiplican en la en las universidades australianas, particularmente en Melbourne, Camberra y Perth.[4] Sin embargo, la recepción más significativa de la propuesta de Christian, tiene lugar en la Universidad de Amsterdam. En 1992, Johan Goudsblom, investigador y docente de dicha institución, viaja a Sidney y se familiariza con los contenidos de la nueva asignatura que dicta Christian. A su regreso a Holanda, decide implementar un curso análogo, pero lo organiza a partir de un modelo explicativo propio, fruto de décadas de trabajo investigativo. Goudsblom, no procede del campo de la Historia sino de la Sociología. Sus primeros estudios académicos los lleva a cabo en la Universidad Wesleyan, en Estados Unidos, mientras que su doctorado en Psicología Social, lo realiza en Holanda. Obtiene su título en 1960, con una tesis sobre “Nihilismo y Cultura”. En los años siguientes, transita por Princeton y por Berkeley, hasta que en 1968 se convierte en profesor titular en la Universidad de Amsterdam. Muy influido por la obra de Norbert Elías, Goudsblom cultiva la Sociología histórica como integrante de Instituto de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales y Humanidades de la referida Universidad. El mismo año que visita a Christian (1992), aparece uno de sus libros más afamados: Fuego y civilización. Desde 1993 hasta 1996, implementa, junto con Fred Spier, el curso anteriormente referido, que tiene una exitosa acogida tanto en el ámbito docente como en el estudiantil. Sus ideas sobre la Big History, se plasman, en forma sistemática, en dos obras mayores, publicadas en coautoría y que no han sido traducidas al español: The Course of Human History. Economic Growth, Social Proccess and Civilization. (1996) y Mappae Mundi. Humans and their Habitats in a Long-Term Socio-Ecological Perspective (2002).

 

            En 1996 Goudsblom se retira de la docencia, y se hace cargo del curso su colaborador, Fred Spier, quien había contribuído significativamente en el diseño del programa, así como en la implementación de la nueva asignatura.[5] La trayectoria de Spier difiere significativamente de la de Christian o la de Goudsblom. En 1970 finaliza una maestría en bioquímica, especializándose en ingeniería genética. Posteriormente, preocupado por cuestiones ambientales, trabaja en una granja ecológica y viaja por el Medio Orienta, la India y África. A comienzos de los años ochenta, inicia sus estudios doctorales en el campo de la Antropología, y se dedica a investigar las relaciones entre religión y ecología en una comunidad de campesinos de los Andes peruanos. De regreso en Amsterdam, se vincula con Goudsblom, y como se indicó anteriormente, juntos trabajan en la organización de un curso sobre la Big History.[6] En 1997, cuando asume plenamente el dictado de la nueva materia, Spier publica un texto que recibe una amplia difusión (aunque aún no ha sido traducido al español): The Structure of Big History. From the Big Bang until today. Dado que la obra cumbre de Christian recién aparecería en el 2004, el libro de Spier se convierte, durante algunos años, en un referente ineludible para los interesados en la temática, ya que expone con detalle los contenidos del curso homónimo y teoriza sobre sus fundamentos. Los respaldos académicos que recibe este nuevo enfoque, se multiplican en el segundo lustro de la década del noventa. [7]Uno de los apoyos de mayor relevancia procede de un afamado historiador de origen canadiense. Se trata de William H. McNeill, quien en 1996 recibe el Premio Erasmo y decide donar la mitad de dinero al proyecto que venían impulsando Goudsblom y Spier. Sin lugar a dudas, McNeill es uno de los representantes más notables de la World History. Nacido en Vancouver en 1917, se traslada con su familia a Estados Unidos, donde cursa sus estudios universitarios. Luego de doctorarse, en 1947, se integra como docente a la Universidad de Chicago, en la que enseña e investiga hasta retirarse. Su voluminosa producción académica se convierte en un verdadero referente para los investigadores que aplican enfoques macrohistóricos. Entre sus obras más destacadas, figuran: El ascenso de Occidente (1963); Plagas y pueblos (1976); La búsqueda del poder. Tecnología, fuerzas armadas y sociedad (1982); Las redes humanas (2003). Este último libro (cuya autoría comparte con su hijo, el historiador J. R. McNeill), responde, en cierta medida, al modelo de la Big History. Debe tenerse presente que tanto Goudsblom como Spier mantienen estrecho contacto con McNeill a lo largo de la década del noventa. Asimismo, es el propio McNeill quien prologa el libro más reciente de Christian, con expresiones particularmente elogiosas:

 

Mapas del tiempo reúne la historia natural y la historia humana en una narración única, grandiosa y comprensible. Es una gran hazaña, semejante a la que protagonizó Isaac Newton en el siglo XVII cuando unió los cielos y la tierra bajo las leyes uniformes del movimiento; incluso diría que se parece más a la que realizó Darwin en el siglo XIX al agrupar a la especie humana y otras formas de vida en un único proceso evolutivo.” [8]

 

3. Cuatro perspectivas distintas de la Big History

 

            Las obras de Christian, Goudsblom, Spier y McNeill, constituyen ejemplos de una nueva clase de metanarrativa, que se desarrolla a fines del siglo XX y comienzos del XXI. No son los únicos ejemplos, pero sí los más significativos. Si bien las formaciones de estos autores resultan diversas, sus trayectorias confluyen en un momento histórico determinando, y generan un enfoque macrohistórico original. Por tal motivo, el análisis que se propone en el presente trabajo, se centrará en la producción reciente de estos cuatro autores, a fin de  identificar sus aportes específicos al tema.

 

3.1. David Christian: los mapas del tiempo.

 

            Desde que comienza a impartir sus cursos sobre la Big History, Christian enfrenta el desafío de fundamentar, tanto desde un punto de vista teórico como metodológico, una propuesta que resulta innovadora en varios aspectos. La utilización de escalas que superan los límites espacio-temporales más clásicos, y el análisis de la historia humana como una continuación de la historia biológica, geológica y cósmica, suscitan cuestionamientos a los que el autor intenta responder en diversos textos. En un verdadero ejercicio de reflexión historiográfica, Christian enumera las objeciones que se formulan con respecto a su proyecto:

 

(i)                  Los autores que cultivan la Macrohistoria,. tienden a enunciar generalizaciones vacías, y descuidan singularidades que pueden ser relevantes. Al mismo tiempo, la información que deberían utilizar para poder generalizar a partir de un sólido fundamento empírico, supera toda capacidad de asimilación crítica. Si estos investigadores trabajan en forma independiente, deben recurrir a un número elevado de fuentes secundarias, y aún así las posibilidades de relevar exhaustivamente el universo heurístico que sus generalizaciones requieren, resultan bastante reducidas.[9]

 

(ii)                El enfoque que propone Christian opera en escalas temporales que trascienden las fronteras de la historia humana e incursionan en la historia natural.  Se precisa, por lo tanto, una integración de saberes que trasciende las posibilidades del investigador individual, ya que un historiador no puede ser experto en Biología, Geología y Astrofísica.[10]

 

(iii)               La Big History en cuanto metanarrativa tiende a marginar las historias alternativas y fragmentarias, de minorías, de grupos, de etnias, de regiones y de naciones. Tales historias dan cuenta de la riqueza y de la complejidad de la experiencia humana.[11]

 

(iv)              Los metarrelatos como los que formula el autor: (a) aunque pretenden ser universales, responden a una visión de la historia que se construye desde el presente (y a partir de intereses particulares); (b) presentan su análisis del desarrollo humano como el único posible, y descartan cualquier enfoque alternativo.[12]

 

      Antes estos señalamientos críticos, Christian expone sus propios argumentos, que podían sintetizarse del siguiente modo:

 

(i)                  Los análisis macrohistóricos no descuidan las singularidades significativas, sino que sólo consideran las que se desarrollan en amplias escalas espacio-temporales. Las singularidades que pueden resultar decisivas desde una perspectiva microhistórica, quizás sean irrelevantes desde un plano macrohistórico. Las generalizaciones que se formulan entonces, no carecen del adecuado fundamento empírico: los datos probatorios son siempre una construcción metodológica-técnica que parte de un modelo interpretativo específico. Si este modelo utiliza macroescalas, las clases de datos que demanda son muy distintos a los que emplean microescalas. Por otra parte, la observación macrohistórica permite identificar objetos y fenómenos que no resultan perceptibles si se reducen las escalas:

 

 “Conforme ampliamos la ventana por la que observamos el pasado, los rasgos del paisaje conocido que antaño nos parecían demasiado grandes para encajar en él se perciben ahora en su totalidad. Además de las aldeas y carreteras de las historias nacionales y locales, empezamos a ver ahora los continentes y océanos del pasado. […] Así pues, no es verdad que la historia se vuelva vacía en las escalas grandes. Los objetos conocidos podrán desvanecerse, pero a cambio aparecen otros objetos y problemas, no menos importantes. Y su presencia no puede sino enriquecer la disciplina.”[13]

 

(ii)          La adopción de perspectivas interdisciplinarias no constituye una práctica extraña al historiador: el diálogo fecundo con otras Ciencias Sociales configura una característica incuestionable del desarrollo de la Historiografía, particularmente en la segunda mitad del siglo XX. La apertura a los aportes que podrían brindar las Ciencias Naturales, profundiza una tradición que ya existe:

 

“Para entender lo que es característico de la historia humana hay que saber aproximadamente cómo enfocaría la cuestión un biólogo o un geólogo. No podemos volvernos biólogos ni geólogos y nuestro enfoque de la biología y la geología tendrá límites, pero debemos aprovechar como mejor sepamos la experiencia de los especialistas en otras materias Y tenemos mucho que aprender de sus puntos de vista sobre el pasado.”[14]

 

(iii)   La Big History no pretende constituirse en una metanarrativa tradicional: no  ofrece una explicación trascendente de la totalidad de la experiencia humana, en la que se integren las historias desagregadas. Tan sólo intenta generar una percepción de dicha experiencia, a partir de escalas espacio-temporales que la trascienden, dando lugar a una nueva clase de relato:

 

                                “Los relatos parecen inevitables cuando miramos al pasado utilizando escalas grandes y, desde luego, estarán moldeados por los intereses contemporáneos. Sin embargo, es un error rechazar los macrorrelatos, por grandes que parezcan. […] Podemos adaptarlos, pero nunca podremos desterrarlos. […] Por debajo de la superficie del conocimiento moderno existe ya un ‘mito de la creación moderno’. Existe con una forma peligrosa, como fragmentos de conocimiento mal expresado y mal comprendidos que cuestionan las versiones tradicionales de la realidad pero no se han integrado para dar una nueva imagen de dicha realidad. Sólo cuando un mito de creación moderno proporcione una historia coherente será realmente posible dar el siguiente paso: criticarlo, deconstruirlo y quizás mejorarlo.”[15]

 

(iv)  A diferencia de las metanarrativas clásicas que pretendían alcanzar una explicación omnicomprensiva y definitiva de la Historia (en algunos casos, a partir de leyes científicas), Christian plantea un metarrelato que ofrece una visión posible de la Historia, pero que no excluye otras. Aunque se basa en un modelo científico, no cae por ello en el culto cientificista. Por el contrario, considera a los modelos científicos como “mitos modernos”,  ya que cumplen las mismas funciones que los mitos antiguos tenían en las sociedades tradicionales:

 

“[…] todas las versiones de la realidad son provisionales. […] Las descripciones absolutas de la realidad son imposibles, innecesarias y demasiado costosas para los organismos que aprenden, incluidos los humanos. Pero las descripciones accesibles son indispensables. […] Un mito de creación moderno no necesita excusarse por ser local. Debe empezar por el conocimiento moderno y por preguntas modernas, porque está destinado a personas que viven en el mundo moderno. Necesitamos comprender nuestro universo aunque estemos seguros de que este anhelo no se cumplirá nunca. Así pues, lo más convincente que podemos decir sobre la verdad de un mito de creación moderno es que presenta una versión unificada del origen desde la perspectiva de principios del siglo XXI. [16]

 

            Luego de fundamentar la pertinencia de su propuesta, el autor plantea los propósitos de su metanarrativa. El propio título de su obra más conocida, Mapas del tiempo, pone de manifiesto un objetivo primordial: cartografiar el cambio en las diversas escalas espacio-temporales, con el fin de comprender las reglas específicas que lo rigen en cada una de dichas escalas:

 

“El tema de una historia a todas las escalas es explicar cómo pueden existir estas entidades, cómo nacen, evolucionan y al final perecen. Como es lógico, cada escala tiene sus propias reglas –químicas en el caso de las moléculas, biológicas en el caso de los microbios-, pero la sorpresa es que algunos principios transformacionales subyacentes podría ser universales. […] Así pues, un tema fundamental de la gran historia será la variación de las reglas de transformación en las diferentes escalas, a pesar de las semejanzas que hay en la esencia de todo cambio. La historia humana es distinta de la historia cosmológica, pero no es totalmente distinta.” [17]

 

            El metarrelato se constituye, entonces, como una sucesión acumulativa de fases que deben cartografiarse con instrumentos distintos, ya que en cada fase:

 

(i)      Prevalecen escalas espacio-temporales específicas.

(ii)    Surgen objetos característicos, que no podrían haberse originado en fases previas.

(iii)    Existen reglas que establecen: (a) un conjunto de determinaciones iniciales que hacen posible la aparición de dichos objetos; (b) un conjunto de límites estructurales que determinan el grado de complejidad que pueden alcanzar.

(iv)   Existen reglas de transformación que especifican las condiciones que se deben de cumplir para que se superen las determinaciones iniciales y los límites estructurales, y emerja así una nueva etapa del desarrollo histórico-universal.

 

            La caracterización de cada fase del metarrelato de Christian, se efectúa a partir de estos cuatro aspectos, ya sea que dichas fases se relacionen con el devenir cósmico, geológico, biológico o cultural. Resultaría una tarea desproporcionada documentar la forma en que tal caracterización opera en cada etapa. Tan sólo a modo de ejemplo, se transcriben tres citas que ilustran el modo en que el autor presenta escalas, objetos y regularidades, en períodos muy distintas. La primera cita involucra a la historia cósmica:

 

“Hace 13.000 millones de años no había nada. Ni siquiera había vacío. No existían el tiempo y el espacio. En esa nada se produjo de pronto una explosión y en una fracción de segundo aparecieron cosas. […] Durante una billonésima de segundo [el universo] se expandió a una velocidad superior a la de la luz y de tener el tamaño de un átomo pasó a tener el de una galaxia. La velocidad de expansión se redujo, pero el universo siguió expandiéndose y aún se expande en nuestros días. Al dilatarse el universo, su temperatura descendió.”[18]

“Del violento flujo del universo primitivo surgieron entidades concretas –protones, neutrones, fotones, electrones- y fuerzas definidas, a saber, la fuerza nuclear fuerte, la fuerza nuclear débil, la gravitatoria y la electromagnética. Cuando hubieron transcurrido unos cientos de miles de años, el universo estuvo lo bastante frío para que los protones y los electrones formaran átomos estables; y la materia del universo se volvió eléctricamente neutra. En consecuencia cesó la interacción continua de la materia y la energía, y la radiación fluyó libremente por el universo.”[19]

 

                La segunda cita se vincula con una de las etapas de la historia biológica, y también demuestra la forma en que se articulan escalas espacio-temporales, objetos y regularidades:

 

“Los procesos evolutivos, en el curso de casi 4.000 millones de años, han generado toda la diversidad biológica que vemos actualmente en la Tierra. […] Conforme evolucionaba la vida, evolucionaba el planeta y los dos procesos se interrelacionaban en muchos momentos. Los organismos vivos produjeron rocas carboníferas y una atmósfera fecunda en oxígeno. Al mismo tiempo, los procesos de la tectónica de placas formaban y reformaban lentamente la superficie de la Tierra y sus modelos climatológicos de tal manera que aceleraban o frenaban la velocidad del cambio evolutivo, aunque los acontecimientos violentos como la caída de meteoritos y las erupciones volcánicas desviaban ocasionalmente la trayectoria de la evolución en regiones localizadas. La biosfera y la Tierra evolucionaron juntas como partes de un complejo sistema interrelacionado.

Dentro de este sistema en cambio incesante, las unidades biológicas básicas son las especies concretas. Cada una tiene su historia propia, regida por las especies concretas. La historia de cada especie está determinada sobre todo por el nicho concreto de la especie en cuestión, por su forma de extraer recursos (incluida la comida) del medio. Con el tiempo, el nicho de la especie podría alterarse de manera más o menos perceptible y las alteraciones podrían afectar a la población. La historia de cada especie está determinada en buena medida por estas fluctuaciones numéricas, que a su vez dependen de los cambios del medio y de la forma de explotarlo de cada especie. Las poblaciones cambian siguiendo unas pautas características cuya observación es una forma de estudiar la historia de las especies vivas en general y la de la nuestra en particular. [20]

 

            Finalmente, esta tercera cita da cuenta de la conjugación de escalas, objetos y “reglas de transformación”, en una de las fases en que el autor divide la historia humana, a saber, la de la formación de la primer red global de intercambios:

 

“Durante dos largos ciclos mathusianos, el primero hasta el siglo XIV, el segundo hasta el XVII, hubo un aumento sostenido y acelerado de los índices de acumulación en las principales regiones de civilización agraria. En estas regiones centrales aumentó también de manera apreciable la comercialización, sobre todo a raíz de la aparición, en el siglo XVI, de una red global de intercambios. En ciertas regiones, como la China de Song o la Europa de principios del siglo XVI, la comercialización condujo a la aparición de políticas más comprometidas con las formas comerciales de riqueza que son las exactoras. En suma: en algunas regiones empezaron a aparecer lo que podríamos llamar estados capitalistas y los mercados mundiales se ampliaron y adquirieron más cohesión.

No obstante, no hubo cambios revolucionarios en este período. En lo que se refiere al siglo XVIII, no sería desacertado decir que las estructuras políticas dominantes del naciente sistema mundial eran todavía más exactoras que capitalistas. A pesar de los elevados niveles de comercialización que encontramos en muchas regiones, los gobiernos más poderosos seguían siendo tradicionales por su actitud y por su política económica y social. Puede que el signo más claro de continuidad con el pasado fuera el hecho de que Asia siguiera siendo el centro del sistema mundial, algo que los historiadores no han entendido plenamente hasta los últimos años. […]

Así pues, en el siglo XVIII había un sistema global en el que seguían dominando las estructuras tributarias tradicionales. Sin embargo, todas las regiones del sistema estaban ya en extremo mercantilizadas, a consecuencia de un largo y acelerado proceso de acumulación de conocimientos y recursos, sobre todo recursos materiales. Además, en algunas regiones, en particular en Europa, las estructuras capitalistas tenían poder suficiente para dominar las estructuras del estado y la política del gobierno, y algunas de estas estructuras estatales neocapitalistas tenían fuerza suficiente para enfrentarse militarmente a grandes estados exactores. Esta combinación –sistema mundial sumamente mercantilizado y regiones con estructuras políticas en transformación- fue el requisito que hizo falta para la rápida formación de todo un sistema mundial impulsado por las dinámicas necesidades del capitalismo.” [21]

 

3.2. Johan Goudsblom: los regímenes socio-ecológicos.

 

            Al igual que Christian, Goudsblom comienza la presentación de su enfoque, analizando los fundamentos teórico-metodológicos que harían posible, en su opinión, una metanarrativa científica. Rechaza, en primera instancia, la naturaleza especulativa de los grandes sistemas filosófico-históricos del siglo XIX, y propone dos requisitos fundamentales para construir un modelo que responda a las exigencias de las Ciencias Sociales del siglo XX: un sólido fundamento empírico que permita verificar las afirmaciones de carácter general, y un modelo teórico explícito, congruente, consistente y operativo, que organice e interprete la evidencia fáctica que el investigador releva. Por ende, Goudsblom rechaza tanto la erudición vana como la especulación vacía, y se muestra partidario de un trabajo orientado a la recolección de evidencias que ratifiquen o rectifiquen proposiciones explicativas de carácter genérico. [22]

 

            El proyecto del autor trasciende los límites disciplinarios. Por su propia formación, Goudsblom considera que su propuesta interpretativa debe articular los aportes de la Sociología (ya que se interesa por las relaciones “inter-humanas”) los de la Ecología (puesto que se preocupa por los vínculos entre los seres humanos y el mundo “extra-humano”) y los de la Psicología (debido a que también considera relevantes a los factores “intra-humanos”: motivaciones, sentimientos, etc.).[23] La articulación de estos tres aspectos (inter-humanos, extra-humanos e intra-humanos), dan origen a la construcción conceptual más significativa de su modelo: los regímenes socio-ecológicos. Al respecto, afirma:

            

“La historia humana no se puede separar de la historia del medio ambiente; la historia del medio ambiente se compone en gran medida de las relaciones coevolutivas entre los humanos y otras formas de vida. Con un ritmo acelerado, la vida humana ha afectado … a otras formas de vida,  con repercusiones para la vida humana misma que eran impredecibles e inevitables.”[24]

 

            Según este planteo, no se puede analizar la organización social de una comunidad histórica determinada, si no se tiene en cuenta la forma en que obtiene, acumula y transforma materia y energía del medio ambiente que habita. Asimismo, las modificaciones de dicho medio se tornan ininteligibles, si se consideran los efectos de la acción humana en los cambios climáticos y biológicos de. En otros términos, la Historia de la Humanidad no resulta comprensible si se la escinde de la Historia planetaria, al tiempo que esta última, en los milenios recientes se tornaría inexplicable sin la primera.  

 

            Goudsblom enuncia un segundo supuesto teórico que resulta crucial para la formulación de su metanarrativa: el desarrollo socio-cultural constituye la continuación de la propia evolución biológica, a partir de otros medios. Sostiene al respecto que los procesos sociales y ecológicos no sólo se encuentran interrelacionados, sino que la Historia humana debe ser entendida como Historia natural, ya que responde, en esencia, a mecanismos evolutivos análogos.[25] Por tal razón, considera dos factores básicos: el crecimiento extensivo de las especies y el crecimiento intensivo. El primero se manifiesta en la extensión de la biomasa de una especie determinada, y se calcula en función del número de individuos de cada especie y su grado de proyección planetaria. El segundo factor consiste en el crecimiento intensivo, definido como la capacidad de una comunidad biológica para obtener materia y energía del medio ambiente que habita. El indicador que pondera este crecimiento no es otro que el monto de energía disponible por individuo. Según Goudsblom, el crecimiento intensivo se genera cuando nacen nuevas estrategias para disponer de mayores cantidades de materia y de energía, y cuando se utilizan nuevos sistemas para almacenarlas y transformarlas.[26] El crecimiento intensivo, se expresa, a su vez, en tres procesos de relevancia equiparable: (i) tecnificación (control creciente sobre la materia y la energía que procede del medio ambiente no humano); (ii) organización (control creciente sobre las relaciones entre los grupos humanos; (iii) civilización (control creciente de los individuos sobre sus motivaciones y sentimientos).[27]

 

            Postula el autor que el crecimiento intensivo resulta un factor determinante para el crecimiento extensivo. Cualquier modificación que afecte al primero, potencia necesariamente al segundo. De esta forma, la historia humana se presenta como el resultado de la sucesión de diversas estrategias acumulativas de crecimiento en intensidad. Cada transformación sustancial en el modo en que los hombres controlan la materia y la energía y la distribuyen entre ellos, genera un nuevo régimen socio-ecológico, y cada nuevo régimen propicia una forma específica de crecimiento en extensión:

 

(i)                  El control del fuego permite a los grupos humanos diversificar sus insumos alimenticios y expandirse a nuevos territorios (régimen paleolítico).

(ii)                El control del ciclo reproductivo de ciertas especies de plantas y animales posibilita a los grupos humanos incrementar su población, al tiempo que favorece la aparición del Estado y la sociedad de clases (régimen agrario).

(iii)               El control de los combustibles fósiles facilita el desarrollo de las actividades de transformación de bienes, que hacen materialmente posible la emergencia de la sociedad contemporánea (régimen industrial).[28]

 

            Las transformaciones que da origen a cada régimen, no responden a las presiones del crecimiento en extensión (es decir, a la presión demográfica), sino que operan como variables independientes. En determinado momento, los integrantes de un grupo humano concreto, comienza a hacer las cosas en forma distinta (innovación cultural). Esta nueva forma de hacer las cosas puede alterar el equilibrio de poder interno y las relaciones que el grupo mantiene con su habitat. La innovación cultural que  altera el equilibrio, si conduce a un crecimiento en intensidad, suele ser adoptada por la totalidad del grupo, y al hacerlo da origen a una nueva fase de crecimiento en extensión. Si otros grupos adoptan la misma innovación, el crecimiento en extensión continuará hasta alcanzar los límites que permite la innovación incorporada.[29] Sostiene Goudsblom que la innovación cultural así caracterizada, resulta estructuralmente homóloga a la mutación biogenética. Si bien reconoce que las unidades involucradas difieren (ya que se trata de genes en las mutaciones biológicas y de símbolos en los cambios culturales), considera que tanto genes como símbolos responden a una misma dinámica: “Cada producto tecnológico, cada institución social y cada hábito individual se ha originado a partir de una innovación cultural comparable a una mutación biogenética, que ocasiona un cambio …. en el equilibrio de poder prevaleciente.”[30] Más adelante afirma:

 

“La idea de que los cambios en el equilibrio de poder consolidan nuevas formas de comportamiento y las tornan habituales, no se encuentra formulada en términos biológicos. Es una proposición socio-ecológica de amplia proyección, que apunta a regularidades más abarcativas como la ‘supervivencia del más apto’ o la ‘selección natural’ en la teoría biológica de la evolución.” [31]

 

            Finalmente, cabe señalar que la metanarrativa de Goudsblom, no se basa en el evolucionismo social clásico. Por el contrario, rechaza cualquier explicación teleológica del desarrollo histórico: “El hecho de que la evolución social haya seguido una cierta dirección durante milenios, no implica que se encuentre determinada por una causa particular, ni persiga un propósito particular, ni se corresponda con un ideal particular.” [32] La dirección a la que el autor refiere, está pautada por cinco “tendencias universales”, que consisten en el incremento acumulativo de: (i) la población humana; (ii) la concentración urbana; (iii) la especialización de funciones dentro de una misma sociedad; (iv) la complejización de las formas organizativas; (v) la estratificación social.[33]

 

3.3. Fred Spier: los regímenes de complejidad.

 

            Si el flujo, organización, apropiación y distribución de la materia y la energía constituyen tópicos de relevancia en el metarrelato de Goudsblom, en los textos de Spier se transforman en el tema exclusivo. Por tal motivo, su propuesta se orienta a la explicación de las tendencias generales que hacen posible la aparición y desarrollo de lo que el autor denomina “regímenes de complejidad”. Esta categoría, descriptiva y explicativa a la vez, resulta tributaria: (i) del concepto de régimen presente en los trabajos sociológicos de Norbert Elías; (ii) de las teoría de los sistemas complejos de  Ilya Prigogine e Isabelle Stengers y (iii) de los estudios de Eric Chaisson sobre la evolución cósmica. Spier define la complejidad por la cantidad y variedad de las unidades que constituyen un sistema y por la cantidad y variedad de sus interacciones. La complejidad asume, según su planteo, diversos regímenes, de acuerdo a la naturaleza de las unidades interactuantes y al carácter los procesos interactivos. [34]El metarrelato de Spier analiza las condiciones que hacen posible la emergencia de cada régimen, y el modo en que unos se desarrollan a partir de otros. En términos generales, el autor identifica tres conjuntos de regímenes sucesivos y acumulativos: los regímenes de la materia (ver Cuadro 1), los regímenes de la vida (ver Cuadro 2) y los regímenes de la cultura (ver Cuadro 3).

 

 

 

 

CUADRO 1:

Los regímenes de la materia.[35]

 

Existen seis regímenes; cada uno de ellos define una fase en la evolución cósmica:

 

(i)            El Big Bang genera el primer régimen, el más simple de todos: la energía en estado puro.

(ii)          La explosión de Big Bang hace que el Universo se expanda, y como resultado de ello, descienda la temperatura. De este modo, surgen las primera formas diferenciadas de energía (la fuerza grativatoria, la electromagnética y la fuerza nuclear fuerte y la fuerza nuclear débil). La fuerza nuclear fuerte da origen al segundo régimen: las partículas subatómicas.

(iii)         A los 300.000 años del Big Bang, la temperatura del Universo desciende a 104 grados Celsius y la fuerza electromagnética permite que las partículas subatómicas combinadas generen un nuevo régimen: el átomo.

(iv)        A los mil millones de años del Big Bang, la expansión del Universo reduce la temperatura a un punto tal en que la tercera fuerza, la gravitatoria, genera nuevos regímenes: las galaxias.

(v)          Dentro de las galaxias, un conjunto de cuerpos celestes masivos, por efecto combinado de la gravedad y la fisión nuclear, alcanzan un punto crítico por el cual logran generar energía a partir de su propia materia, dando origen a una nueva clase de objetos: las estrellas.

(vi)        Sometidos a la fuerza gravitatoria de una estrella, se desarrollan otros regímenes que dependen de la energía estelar: los planetas.

 

 

 

 

 

CUADRO 2:

Los regímenes de la vida.[36]

 

A partir de los regímenes materiales, nacen entidades con un altísimo promedio de densidad de energía libre: los seres vivos. Los mecanismos de su complejidad resultan sumamente específicos: no pueden generar energía a partir de sí mismos, y necesitan un suministro permanente de materia. Existen cuatro regímenes vitales, cada uno asociado a una fase evolutiva específica:

(i)       Las células. Se trata de las primera entidades vivientes, que desarrollan una división interna del trabajo, a través de orgánulos que cumplen funciones específicas.

(ii)     Los seres multicelulares. Emergen cuando las primera entidades vivientes se asocian, generado nuevas formas de vida, basadas en una división extracelular del trabajo.

(iii)    Las plantas. Al desarrollar modalidades más sofisticadas de la división extracelular del trabajo, estas formas absorben directamente la energía y la materia que precisaban de su medio.

(iv)   Los animales. Surgen como entidades más complejas, debido a que se apropian de la materia y la energía producidas por formas más elementales. Para ello, desarrollan aparatos locomotores, pero también sistemas que les permitan generar representaciones del medio en el que actúan, a fin de localizar a sus presas. De este modo, nacen los animales cerebrados, las entidades más adaptables a los cambios del medio ambiente, y a la búsqueda de fuentes de materia y energía.

 

 

 

CUADRO 3:

Los regímenes culturales.[37]

 

En el proceso de apropiación de cantidades crecientes de materia y energía, el desarrollo de formas  complejas de comunicación entre entidades vivientes con sistemas nerviosos altamente estructurados (como los seres humanos), resultan medios valiosísimos, que permiten no sólo  la supervivencia sino la expansión de la especie. En ese proceso expansivo, las comunidades históricas transitan por cinco instancias diferentes:

(i)             El dominio sobre una fuente energética primaria -el fuego- permite una primera expansión a escala planetaria.

(ii)           El dominio del ciclo reproductivo de plantas y animales, posibilita almacenar fuentes de materia y de energía, y un crecimiento sostenido de la población.

(iii)          La concentración y distribución asimétrica del excedente agrario, motiva la aparición de sociedades divididas en clases y la emergencia del Estado: una minoría canaliza y absorbe la materia y la energía  obtenida por otros. Como resultado de este flujo asimétrico, se constata un alto grado de complejidad en el centro del sistema, que produce una degradación de la complejidad y una eventual desintegración de las formas locales subordinada.

(iv)         El desarrollo de redes de intercambio de escala regional y continental, facilita un flujo de materia, energía e información que no se vincula directamente a un nicho ecológico, como ocurre con las comunidades agrarias. Por el contrario, dichas redes estimulan el desarrollo de una división mundial del trabajo. Desde un punto de vista tecnológico, esta primera globalización resulta posible por el dominio de la energía procedente de los vientos y de las corrientes oceánicas (Era de los Descubrimientos).

(v)           El control y aprovechamiento de los combustibles fósiles, da origen a la segunda ola de globalización y al nacimiento de la sociedad industrial. En este contexto, emergen las culturas nacionales, como nuevas formas de complejidad, cuyo desarrollo resulta posible gracias a la disolución progresiva de un número elevado de formas menos complejas: las culturas locales. La expansión del régimen industrial produce una división social del trabajo a escala mundial, que no tiene precedentes. Además genera forma de complejidad global que se desarrollan a expensas de la desaparición o del declive de formas regionales y locales. De este modo, las asimetrías en el control de los flujos de materia, energía e información y en su distribución, se multiplican de manera acelerada.

 

 

            Si se consideran detenidamente las síntesis presentadas en cada cuadro, se podría afirmar que las tres clases de regímenes que describe Spier, conjugan todos los elementos característicos de su metanarrativa:

 

(i)                  El análisis de la forma en que la materia y la energía se organizan y acumulan, como tema central.

(ii)                El estudio del modo en que la organización y acumulación de la materia y de la energía opera en las distintas escalas espacio temporales.

(v)                La identificación de las condiciones que hacen posible la emergencia de cada uno de los regímenes de complejidad.

(vi)              La intelección de la historia humana a partir de la perspectiva particular que brindan los tres elementos anteriores.

 

 

3.4. William H. McNeill: la centralidad de las redes de interacción en la Historia humana.

 

            Goudsblom y Spier estructuran sus relatos macrohistóricos, basándose en la sucesión de las formas en que los grupos humanos han obtenido, convertido y almacenado energía, a partir de su relación con otras especies animales y vegetales y de su vínculo con el medio físico en el que habitan. Afirman que cada una de estas formas condicionan las posibilidades de organización política, económica, social y cultural de las comunidades históricas, el modo en que los grupos humanos afectan a otras especies, y la manera en que transforman el medio ambiente.  Asimismo, establecen límites en lo que respecta a la capacidad colectiva de apropiación y consumo de la energía. William H. McNeill (junto con su hijo, reconocido especialista en la historia del medio ambiente), prefiere organizar su metarrelato no como una secuencia de regímenes, sino como una sucesión de formas de conectividad entre los diversas culturas que han existido. En tal sentido, si bien no deja de reconocer la trascendencia que tiene los vínculos entre el hombre y el medio –expresados a través de diversas clases de flujos de energía e información-, desea centrar la atención de lector en una realidad distinta: el modo en que los procesos de intercambio de bienes y de ideas entre grupos autónomos, incide en su desarrollo conjunto, a lo largo de los siglos y de los milenios.

 

            Estas formas de interacción definen redes espacio-temporales, cuya propia existencia no siempre resulta perceptible para las comunidades que las integran; sin embargo, afectan, directa o indirectamente, el modo en que se organizan las comunidades que forman parte de ellas:

 

“Una red, tal como la concebimos nosotros, es una serie de conexiones que ponen a unas personas en relación con otras. Estas conexiones pueden tener muchas formas: encuentros fortuitos, parentesco, amistad, religión común, rivalidad, enemistad, intercambio económico, intercambio ecológico, cooperación política e incluso competición militar. En todas estas relaciones las personas comunican información y la utilizan para orientar su comportamiento futuro. También comunican, o traspasan, tecnologías útiles, mercancías, cosechas, ideas y mucho más. Asimismo, intercambian sin darse cuenta enfermedades y malas hierbas, cosas que no pueden utilizar pero que, a pesar de ello, afectan su vida (y a su muerte). El intercambio y la difusión de esta información, estas cosas y estas molestias, así como las respuestas humana a todo ello, dan forma a la historia.” [38]

 

            Entre los procesos de intercambio a los que el autor le concede mayor relevancia en la conformación de las redes, figuran:

 

(i)      La conformación de rutas de comercio de bienes de prestigio entre regiones particularmente distantes.

(ii)    La difusión de innovaciones tecnológicas.

(iii)   La expansión de nuevos sistemas de creencias.

(iv)  Las migraciones masivas de pueblos, causadas por factores ecológico.

(v)    Las pandemias que utilizan como vehículo de expansión las propias redes de comercio.

           

            Indudablemente, los procesos referidos, no sólo afectan el desarrollo de las sociedades a las que vinculan, sino que posibilitan procesos de convergencia histórica, entre pueblos particularmente diversos. Por tal motivo, el metarrelato de McNeill: (i) no se centra en la dinámica de las comunidades históricas concretas, sino el despliegue progresivo de las  redes que las integran; (ii) no estudia a las redes por sí mismas, sino en la medida en que generan formas sucesivas de universalización del acontecer que transitan por escalas regionales, continentales, transhemisféricas y mundiales.  En tal sentido, el autor formula cuatro regularidades de carácter sincrónico:

 

(i)                  Las redes se basan en procesos que combinan cooperación y rivalidad: la cooperación favorece la división social del trabajo y una mayor estratificación, pero la rivalidad y la competencia entre grupos, también fortalece la cohesión interna de cada uno de ellos, frente a las amenazas que enfrentan. [39]

(ii)                Los grupos que logran una cooperación y una comunicación más eficaz, sobreviven ante los desafíos de la permanente competencia.[40]

(iii)               Las redes, fruto de los procesos de cooperación y competencia, tienden a crecer, incrementando su complejidad, el número de sus integrantes, y el flujo de energía e información.[41]

(iv)              Las redes, en su crecimiento, no sólo afectan a las comunidades históricas que integran, sino al medio ambiente en el que se gestan y desarrollan. De este modo, la Historia humana se transforma en la Historia del mundo, y la dinámica de los procesos geoculturales perturba y transforma los ritmos de los procesos naturales.[42]

 

      Basándose en las cuatro regularidades anteriores, McNeill presenta a la Historia de la especie humana como un único proceso cuyas fases responden, por una parte, a las distintas configuraciones que adoptan las redes, y por la otra, a la naturaleza de las escalas en las que operan. La metanarrativa de McNeill comparte un supuesto teórico primordial con las de Christian, Goudsblom y Spier: existen homologías notables entre algunos procesos que pautan el desarrollo histórico, y los que condicionan la evolución natural. En numerosos pasajes de la obra referida, se identifican procesos interactivos que resulta estructuralmente análogos, a pesar de que las unidades que interactúan son de naturaleza distinta. Al respeto, el autor señala:

 

“… cabe suponer que existían paralelos exactos y sorprendentes en el pasado profundo, cuando las bacterias formaron por primera vez innumerables células vivas en los océanos de la tierra e intercambiaron esporádicamente material por medio del contacto directo de una con otra, de la misma manera que los primeros grupos humanos intercambiaban información reuniéndose y mezclándose cuando celebraban festejos.” [43]

 

            La homología, de acuerdo a la cita anterior, estaría dada por el efecto transformador que introduce una nueva forma de relacionamiento entre unidades que anteriormente permanecían aisladas: el intercambio de materia entre bacterias genera la condiciones para que emerja un sistema de mayor complejidad –las primeras células-, al tiempo que el intercambio de información entre grupos humanos permite la aparición de redes de amplia proyección geohistórica. La constatación de homologías entre procesos biológicos y culturales, también permite relativizar la magnitud de ciertos fenómenos, que resultarían excepciones si sólo se considera la historia de la especie humana. McNeill refiere concretamente las transformaciones radicales que sufre el planeta, como resultado del efecto acumulativo de la revoluciones agrícola y de la industrial. Ninguna de ellas, según su criterio, se compara con la modificación sustancial que sufrió la biósfera debido a la expansión de las bacterias como forma primaria de vida:

 

“… al igual que los seres humanos, las bacterias también cambiaron su medio ambiente, lo cual sucedió de un modo notable en extremo cuando algunas de ellas dieron con la fotosíntesis como medio de elaborar alimentos a partir de la luz del sol, el aire y el agua del mar, y empezaron a emitir oxígeno libre a la atmósfera. Esto acabó cambiando el entorno natural de forma todavía mucho más drástica de lo que hasta el momento hemos cambiado nosotros el nuestro.” [44]

 

La identificación de similitudes en procesos evolutivos que operan en órdenes distintos, no se limita a constatar paralelismos ocasionales, sino que responde a la perspectiva teórica desde la cual NcNeill procura intelegir los cambios históricos en gran escala. En tal sentido, considera que el éxito evolutivo de las primeras formas biológicas complejas (debido a la diversificación de funciones y a una mayor complejidad estructural), obedecería a las mismas regularidades que pautan la supervivencia –o la desaparición- de las primeras comunidades humanas con estratificación social:

 

“La aparición de bacterias grandes y nucleadas y luego de plantas y animales multicelulares introdujo otro paralelo estrecho entre la historia biológica y la historia de la humanidad. Estos seres más complejos necesitaban mucha más energía para sostener flujos constantes de mensajes químicos y eléctricos dentro de sus cuerpos y, en consecuencia, tuvieron más éxito en la tarea de captar energía de su medio ambiente a fuerza de una flexibilidad, motilidad y sensibilidad mayores sostenidas por aquellos flujos internos. Asimismo, es casi seguro que algunas de las estructuras internas de las bacterias nucleadas y los organismos multicelulares fueron en otro tiempo seres independientes. […] Entre los seres humanos existe una complejidad y una especialización parecidas –edificada inicialmente sobre la ‘predación’ y modificación, y moduladas luego por la costumbre- que fueron y son el sello distintivo de las ciudades y la civilización.”[45]

 

            Las homologías también se aplican a las estrategias adaptativas tanto de sistemas biológicos como histórico-culturales, en el proceso de supervivencia y expansión:

 

“La simbiosis surgida de la adaptación muta de organismos al principio independientes y a menudo hostiles permitió que los seres multicelulares tuvieran acceso a más energía, por lo que pronto dominaron la biosfera. Las civilizaciones, de modo parecido, engulleron comunidades humanas que al principio eran independientes y crearon –de buen o mal grado- entidades políticas, económicas y culturales nuevas y más poderosas; y éstas, al ser más poderosas, se propagaron de forma persistente a territorios nuevos y favorables desde el punto de vista geográ