El retorno de las metanarrativas (1989-2005)
Juan Andrés Bresciano
Universidad de
1. Introducción
Las metanarrativas, en cuanto relatos que ofrecen una explicación sobre el sentido último del devenir humano universal, constituyen manifestaciones propias de la reflexión historiosófica. Ya sea en sus formulaciones premodernas de corte religioso (providencialismo judeo-cristiano) o en sus expresiones más clásicas de carácter filosófico (idealismo dialéctico, materialismo histórico, positivismo y evolucionismo), las metanarrativas han sido objeto de crítica, análisis y debate, de manera recurrente, aún cuando algunas de ellas hayan intentado adoptar una formulación historiográfica de carácter científico. Jean-François Lyotard en su conocida obra, La condición postmoderna, constata la pérdida de credibilidad de los metarrelatos, en el último tercio del siglo XIX:
“Se puede ver en esta decadencia de los relatos un
efecto del auge de las técnicas y
tecnologías a partir de
A esta pérdida de credibilidad a nivel social, se suma la desconfianza que las metanarrativas generan entre buena parte de los historiadores académicos, quienes las consideran meras expresiones de una especulación sin base empírica. Sin embargo, el propósito de generar un relato totalizador a partir de un modelo teórico de carácter científico, subsiste en algunos autores y corrientes, y renace, curiosamente, en la última década del siglo pasado. A partir de 1989 –año que parecería marcar el fin de la credibilidad de varios metarrelatos- se publican un conjunto diverso de obras que, desde una perspectiva científico-social, pretenden desarrollar un modelo explicativo de la totalidad de la historia humana. Por su magnitud, se trata de una temática que podría considerarse inabordable, y propensa a fomentar la especulación filosófico-histórica, más que la investigación académica rigurosa. Sin embargo, los autores que implementan esta clase de trabajos, definen con precisión qué objeto estudian y qué objetivos persiguen. En lo que respecto al objeto de estudio, propiamente dicho, no sólo explicitan en qué consiste, sino que también lo diferencian de otros superficialmente semejantes, con los que podría confundirse. En tal sentido, desde un principio resulta claro que no pretenden desarrollar:
(i) Una Historia Universal tradicional que se base en una exposición diacrónica minuciosa, y que refiera y analice la totalidad de los procesos globales, regionales y locales, desde la aparición del hombre hasta el presente.
(ii) Una Historia Mundial/Global (Global/World History) que analice los cambios estructurales profundos que operan a escala planetaria, y que adopte como unidad de análisis al propio sistema mundial y no a los subsistemas que lo integran.
Aunque
algunos autores del período señalado tienen un contacto estrecho con
(i) Una Gran Historia (Big History) que estudie la totalidad de la historia humana como expresión de un proceso evolutivo que opera en escala cultural, biológica, planetaria y cósmica.
(ii) Una Gran Teoría (Big Theory) que explique las grandes transformaciones socio-históricas, a partir de un modelo nomológico explícito, basado en leyes o en regularidades que pueden expresarse, eventualmente, en un lenguaje matemático.[2]
De
estas dos modalidades, es la primera la que resulta más propensa al desarrollo
de una auténtica metanarrativa. Los partidarios de
2. La génesis de
El
nacimiento de esta modalidad historiográfica, responde a una iniciativa particular de David Christian.
Este autor de origen norteamericano, posee una extensa trayectoria como docente
e investigador. Luego de doctorarse en
“Empezó siendo un ciclo de charlas en un curso
experimental de historia en
En
el año 1991, este autor decide publicar un ensayo de carácter teórico en el que
argumenta a favor del cultivo de una Big
History, al tiempo que responde a las críticas y objeciones que su proyecto
genera. Sin embargo, recién en el año 2004, aparece su obra de mayor
relevancia, Mapas del Tiempo, en la que
desarrolla detenidamente los contenidos presentes en el curso original, y
recibe, en reconocimiento a su labor, el premio anual 2005 de
A
pesar de su carácter pionero, el curso universitario de Christian no es el
único en su género. Al fin de la década del ochenta, John Mears, docente de
En
1996 Goudsblom se retira de la docencia, y se hace cargo del curso su
colaborador, Fred Spier, quien había contribuído significativamente en el
diseño del programa, así como en la implementación de la nueva asignatura.[5] La
trayectoria de Spier difiere significativamente de la de Christian o la de
Goudsblom. En 1970 finaliza una maestría en bioquímica, especializándose en ingeniería
genética. Posteriormente, preocupado por cuestiones ambientales, trabaja en una
granja ecológica y viaja por el Medio Orienta,
“Mapas del
tiempo reúne la historia natural y la historia humana en una narración
única, grandiosa y comprensible. Es una gran hazaña, semejante a la que
protagonizó Isaac Newton en el siglo XVII cuando unió los cielos y la tierra
bajo las leyes uniformes del movimiento; incluso diría que se parece más a la
que realizó Darwin en el siglo XIX al agrupar a la especie humana y otras
formas de vida en un único proceso evolutivo.” [8]
3. Cuatro perspectivas distintas de
Las
obras de Christian, Goudsblom, Spier y McNeill, constituyen ejemplos de una
nueva clase de metanarrativa, que se desarrolla a fines del siglo XX y
comienzos del XXI. No son los únicos ejemplos, pero sí los más significativos.
Si bien las formaciones de estos autores resultan diversas, sus trayectorias confluyen
en un momento histórico determinando, y generan un enfoque macrohistórico
original. Por tal motivo, el análisis que se propone en el presente trabajo, se
centrará en la producción reciente de estos cuatro autores, a fin de identificar sus aportes específicos al tema.
3.1. David Christian: los mapas del tiempo.
Desde
que comienza a impartir sus cursos sobre
(i)
Los autores que cultivan
(ii) El enfoque que propone Christian opera en escalas temporales que trascienden las fronteras de la historia humana e incursionan en la historia natural. Se precisa, por lo tanto, una integración de saberes que trasciende las posibilidades del investigador individual, ya que un historiador no puede ser experto en Biología, Geología y Astrofísica.[10]
(iii)
(iv) Los metarrelatos como los que formula el autor: (a) aunque pretenden ser universales, responden a una visión de la historia que se construye desde el presente (y a partir de intereses particulares); (b) presentan su análisis del desarrollo humano como el único posible, y descartan cualquier enfoque alternativo.[12]
Antes estos señalamientos críticos, Christian expone sus propios argumentos, que podían sintetizarse del siguiente modo:
(i) Los análisis macrohistóricos no descuidan las singularidades significativas, sino que sólo consideran las que se desarrollan en amplias escalas espacio-temporales. Las singularidades que pueden resultar decisivas desde una perspectiva microhistórica, quizás sean irrelevantes desde un plano macrohistórico. Las generalizaciones que se formulan entonces, no carecen del adecuado fundamento empírico: los datos probatorios son siempre una construcción metodológica-técnica que parte de un modelo interpretativo específico. Si este modelo utiliza macroescalas, las clases de datos que demanda son muy distintos a los que emplean microescalas. Por otra parte, la observación macrohistórica permite identificar objetos y fenómenos que no resultan perceptibles si se reducen las escalas:
“Conforme
ampliamos la ventana por la que observamos el pasado, los rasgos del paisaje
conocido que antaño nos parecían demasiado grandes para encajar en él se
perciben ahora en su totalidad. Además de las aldeas y carreteras de las
historias nacionales y locales, empezamos a ver ahora los continentes y océanos
del pasado. […] Así pues, no es verdad que la historia se vuelva vacía en las
escalas grandes. Los objetos conocidos podrán desvanecerse, pero a cambio
aparecen otros objetos y problemas, no menos importantes. Y su presencia no
puede sino enriquecer la disciplina.”[13]
(ii)
La adopción de perspectivas interdisciplinarias no
constituye una práctica extraña al historiador: el diálogo fecundo con otras
Ciencias Sociales configura una característica incuestionable del desarrollo de
“Para entender lo que es característico de la historia
humana hay que saber aproximadamente cómo enfocaría la cuestión un biólogo o un
geólogo. No podemos volvernos biólogos ni geólogos y nuestro enfoque de la
biología y la geología tendrá límites, pero debemos aprovechar como mejor
sepamos la experiencia de los especialistas en otras materias Y tenemos mucho
que aprender de sus puntos de vista sobre el pasado.”[14]
(iii)
“Los
relatos parecen inevitables cuando miramos al pasado utilizando escalas grandes
y, desde luego, estarán moldeados por los intereses contemporáneos. Sin
embargo, es un error rechazar los macrorrelatos, por grandes que parezcan. […]
Podemos adaptarlos, pero nunca podremos desterrarlos. […] Por debajo de la
superficie del conocimiento moderno existe ya un ‘mito de la creación moderno’.
Existe con una forma peligrosa, como fragmentos de conocimiento mal expresado y
mal comprendidos que cuestionan las versiones tradicionales de la realidad pero
no se han integrado para dar una nueva imagen de dicha realidad. Sólo cuando un
mito de creación moderno proporcione una historia coherente será realmente
posible dar el siguiente paso: criticarlo, deconstruirlo y quizás mejorarlo.”[15]
(iv) A diferencia de las metanarrativas
clásicas que pretendían alcanzar una explicación omnicomprensiva y definitiva
de
“[…] todas las versiones de la realidad son
provisionales. […] Las descripciones absolutas de la realidad son imposibles,
innecesarias y demasiado costosas para los organismos que aprenden, incluidos
los humanos. Pero las descripciones accesibles son indispensables. […] Un mito
de creación moderno no necesita excusarse por ser local. Debe empezar por el
conocimiento moderno y por preguntas modernas, porque está destinado a personas
que viven en el mundo moderno. Necesitamos comprender nuestro universo aunque
estemos seguros de que este anhelo no se cumplirá nunca. Así pues, lo más
convincente que podemos decir sobre la verdad de un mito de creación moderno es
que presenta una versión unificada del origen desde la perspectiva de principios del siglo XXI. [16]
Luego de fundamentar la pertinencia de su propuesta, el autor plantea los propósitos de su metanarrativa. El propio título de su obra más conocida, Mapas del tiempo, pone de manifiesto un objetivo primordial: cartografiar el cambio en las diversas escalas espacio-temporales, con el fin de comprender las reglas específicas que lo rigen en cada una de dichas escalas:
“El tema de una historia a todas las escalas es
explicar cómo pueden existir estas entidades, cómo nacen, evolucionan y al
final perecen. Como es lógico, cada escala tiene sus propias reglas –químicas
en el caso de las moléculas, biológicas en el caso de los microbios-, pero la
sorpresa es que algunos principios transformacionales subyacentes podría ser
universales. […] Así pues, un tema fundamental de la gran historia será la
variación de las reglas de transformación en las diferentes escalas, a pesar de
las semejanzas que hay en la esencia de todo cambio. La historia humana es
distinta de la historia cosmológica, pero no es totalmente distinta.” [17]
El metarrelato se constituye, entonces, como una sucesión acumulativa de fases que deben cartografiarse con instrumentos distintos, ya que en cada fase:
(i) Prevalecen escalas espacio-temporales específicas.
(ii) Surgen objetos característicos, que no podrían haberse originado en fases previas.
(iii) Existen reglas que establecen: (a) un conjunto de determinaciones iniciales que hacen posible la aparición de dichos objetos; (b) un conjunto de límites estructurales que determinan el grado de complejidad que pueden alcanzar.
(iv) Existen reglas de transformación que especifican las condiciones que se deben de cumplir para que se superen las determinaciones iniciales y los límites estructurales, y emerja así una nueva etapa del desarrollo histórico-universal.
La caracterización de cada fase del metarrelato de Christian, se efectúa a partir de estos cuatro aspectos, ya sea que dichas fases se relacionen con el devenir cósmico, geológico, biológico o cultural. Resultaría una tarea desproporcionada documentar la forma en que tal caracterización opera en cada etapa. Tan sólo a modo de ejemplo, se transcriben tres citas que ilustran el modo en que el autor presenta escalas, objetos y regularidades, en períodos muy distintas. La primera cita involucra a la historia cósmica:
“Hace 13.000 millones de años no había nada. Ni
siquiera había vacío. No existían el tiempo y el espacio. En esa nada se
produjo de pronto una explosión y en una fracción de segundo aparecieron cosas.
[…] Durante una billonésima de segundo [el universo] se expandió a una
velocidad superior a la de la luz y de tener el tamaño de un átomo pasó a tener
el de una galaxia. La velocidad de expansión se redujo, pero el universo siguió
expandiéndose y aún se expande en nuestros días. Al dilatarse el universo, su
temperatura descendió.”[18]
“Del violento flujo del universo primitivo surgieron
entidades concretas –protones, neutrones, fotones, electrones- y fuerzas
definidas, a saber, la fuerza nuclear fuerte, la fuerza nuclear débil, la
gravitatoria y la electromagnética. Cuando hubieron transcurrido unos cientos
de miles de años, el universo estuvo lo bastante frío para que los protones y
los electrones formaran átomos estables; y la materia del universo se volvió
eléctricamente neutra. En consecuencia cesó la interacción continua de la
materia y la energía, y la radiación fluyó libremente por el universo.”[19]
La segunda cita se vincula con una de las etapas de la historia biológica, y también demuestra la forma en que se articulan escalas espacio-temporales, objetos y regularidades:
“Los procesos evolutivos, en el curso de casi 4.000
millones de años, han generado toda la diversidad biológica que vemos
actualmente en
Dentro de este sistema en cambio incesante, las
unidades biológicas básicas son las especies concretas. Cada una tiene su
historia propia, regida por las especies concretas. La historia de cada especie
está determinada sobre todo por el nicho concreto de la especie en cuestión,
por su forma de extraer recursos (incluida la comida) del medio. Con el tiempo,
el nicho de la especie podría alterarse de manera más o menos perceptible y las
alteraciones podrían afectar a la población. La historia de cada especie está
determinada en buena medida por estas fluctuaciones numéricas, que a su vez
dependen de los cambios del medio y de la forma de explotarlo de cada especie.
Las poblaciones cambian siguiendo unas pautas características cuya observación
es una forma de estudiar la historia de las especies vivas en general y la de
la nuestra en particular. [20]
Finalmente, esta tercera cita da cuenta de la conjugación de escalas, objetos y “reglas de transformación”, en una de las fases en que el autor divide la historia humana, a saber, la de la formación de la primer red global de intercambios:
“Durante dos largos ciclos mathusianos, el primero
hasta el siglo XIV, el segundo hasta el XVII, hubo un aumento sostenido y
acelerado de los índices de acumulación en las principales regiones de
civilización agraria. En estas regiones centrales aumentó también de manera
apreciable la comercialización, sobre todo a raíz de la aparición, en el siglo
XVI, de una red global de intercambios. En ciertas regiones, como
No obstante, no hubo cambios revolucionarios en este
período. En lo que se refiere al siglo XVIII, no sería desacertado decir que
las estructuras políticas dominantes del naciente sistema mundial eran todavía
más exactoras que capitalistas. A pesar de los elevados niveles de
comercialización que encontramos en muchas regiones, los gobiernos más
poderosos seguían siendo tradicionales por su actitud y por su política
económica y social. Puede que el signo más claro de continuidad con el pasado
fuera el hecho de que Asia siguiera siendo el centro del sistema mundial, algo
que los historiadores no han entendido plenamente hasta los últimos años. […]
Así pues, en el siglo XVIII había un sistema global en
el que seguían dominando las estructuras tributarias tradicionales. Sin
embargo, todas las regiones del sistema estaban ya en extremo mercantilizadas,
a consecuencia de un largo y acelerado proceso de acumulación de conocimientos
y recursos, sobre todo recursos materiales. Además, en algunas regiones, en
particular en Europa, las estructuras capitalistas tenían poder suficiente para
dominar las estructuras del estado y la política del gobierno, y algunas de
estas estructuras estatales neocapitalistas tenían fuerza suficiente para
enfrentarse militarmente a grandes estados exactores. Esta combinación –sistema
mundial sumamente mercantilizado y regiones con estructuras políticas en
transformación- fue el requisito que hizo falta para la rápida formación de
todo un sistema mundial impulsado por las dinámicas necesidades del
capitalismo.” [21]
3.2. Johan Goudsblom: los regímenes socio-ecológicos.
Al igual que Christian, Goudsblom comienza la presentación de su enfoque, analizando los fundamentos teórico-metodológicos que harían posible, en su opinión, una metanarrativa científica. Rechaza, en primera instancia, la naturaleza especulativa de los grandes sistemas filosófico-históricos del siglo XIX, y propone dos requisitos fundamentales para construir un modelo que responda a las exigencias de las Ciencias Sociales del siglo XX: un sólido fundamento empírico que permita verificar las afirmaciones de carácter general, y un modelo teórico explícito, congruente, consistente y operativo, que organice e interprete la evidencia fáctica que el investigador releva. Por ende, Goudsblom rechaza tanto la erudición vana como la especulación vacía, y se muestra partidario de un trabajo orientado a la recolección de evidencias que ratifiquen o rectifiquen proposiciones explicativas de carácter genérico. [22]
El
proyecto del autor trasciende los límites disciplinarios. Por su propia
formación, Goudsblom considera que su propuesta interpretativa debe articular
los aportes de
“La historia humana no se puede separar de la historia
del medio ambiente; la historia del medio ambiente se compone en gran medida de
las relaciones coevolutivas entre los humanos y otras formas de vida. Con un
ritmo acelerado, la vida humana ha afectado … a otras formas de vida, con repercusiones para la vida humana misma
que eran impredecibles e inevitables.”[24]
Según
este planteo, no se puede analizar la organización social de una comunidad
histórica determinada, si no se tiene en cuenta la forma en que obtiene,
acumula y transforma materia y energía del medio ambiente que habita. Asimismo,
las modificaciones de dicho medio se tornan ininteligibles, si se consideran
los efectos de la acción humana en los cambios climáticos y biológicos de. En
otros términos,
Goudsblom
enuncia un segundo supuesto teórico que resulta crucial para la formulación de
su metanarrativa: el desarrollo socio-cultural constituye la continuación de la
propia evolución biológica, a partir de otros medios. Sostiene al respecto que
los procesos sociales y ecológicos no sólo se encuentran interrelacionados,
sino que
Postula el autor que el crecimiento intensivo resulta un factor determinante para el crecimiento extensivo. Cualquier modificación que afecte al primero, potencia necesariamente al segundo. De esta forma, la historia humana se presenta como el resultado de la sucesión de diversas estrategias acumulativas de crecimiento en intensidad. Cada transformación sustancial en el modo en que los hombres controlan la materia y la energía y la distribuyen entre ellos, genera un nuevo régimen socio-ecológico, y cada nuevo régimen propicia una forma específica de crecimiento en extensión:
(i) El control del fuego permite a los grupos humanos diversificar sus insumos alimenticios y expandirse a nuevos territorios (régimen paleolítico).
(ii) El control del ciclo reproductivo de ciertas especies de plantas y animales posibilita a los grupos humanos incrementar su población, al tiempo que favorece la aparición del Estado y la sociedad de clases (régimen agrario).
(iii) El control de los combustibles fósiles facilita el desarrollo de las actividades de transformación de bienes, que hacen materialmente posible la emergencia de la sociedad contemporánea (régimen industrial).[28]
Las
transformaciones que da origen a cada régimen, no responden a las presiones del
crecimiento en extensión (es decir, a la presión demográfica), sino que operan
como variables independientes. En determinado momento, los integrantes de un
grupo humano concreto, comienza a hacer las cosas en forma distinta (innovación
cultural). Esta nueva forma de hacer las cosas puede alterar el equilibrio de
poder interno y las relaciones que el grupo mantiene con su habitat. La
innovación cultural que altera el
equilibrio, si conduce a un crecimiento en intensidad, suele ser adoptada por
la totalidad del grupo, y al hacerlo da origen a una nueva fase de crecimiento
en extensión. Si otros grupos adoptan la misma innovación, el crecimiento en
extensión continuará hasta alcanzar los límites que permite la innovación
incorporada.[29] Sostiene Goudsblom que la
innovación cultural así caracterizada, resulta estructuralmente homóloga a la
mutación biogenética. Si bien reconoce que las unidades involucradas difieren (ya
que se trata de genes en las mutaciones biológicas y de símbolos en los cambios
culturales), considera que tanto genes como símbolos responden a una misma
dinámica: “Cada producto tecnológico, cada institución social y cada hábito
individual se ha originado a partir de una innovación cultural comparable a una
mutación biogenética, que ocasiona un cambio …. en el equilibrio de poder
prevaleciente.”[30] Más adelante afirma:
“La idea de que los cambios en el equilibrio de poder
consolidan nuevas formas de comportamiento y las tornan habituales, no se
encuentra formulada en términos biológicos. Es una proposición socio-ecológica
de amplia proyección, que apunta a regularidades más abarcativas como la ‘supervivencia
del más apto’ o la ‘selección natural’ en la teoría biológica de la evolución.”
[31]
Finalmente,
cabe señalar que la metanarrativa de Goudsblom, no se basa en el evolucionismo
social clásico. Por el contrario, rechaza cualquier explicación teleológica del
desarrollo histórico: “El hecho de que la evolución social haya seguido una
cierta dirección durante milenios, no implica que se encuentre determinada por
una causa particular, ni persiga un propósito particular, ni se corresponda con
un ideal particular.” [32] La
dirección a la que el autor refiere, está pautada por cinco “tendencias universales”,
que consisten en el incremento acumulativo de: (i) la población humana; (ii) la
concentración urbana; (iii) la especialización de funciones dentro de una misma
sociedad; (iv) la complejización de las formas organizativas; (v) la
estratificación social.[33]
3.3. Fred Spier: los regímenes de complejidad.
Si el flujo, organización, apropiación y distribución de la materia y la energía constituyen tópicos de relevancia en el metarrelato de Goudsblom, en los textos de Spier se transforman en el tema exclusivo. Por tal motivo, su propuesta se orienta a la explicación de las tendencias generales que hacen posible la aparición y desarrollo de lo que el autor denomina “regímenes de complejidad”. Esta categoría, descriptiva y explicativa a la vez, resulta tributaria: (i) del concepto de régimen presente en los trabajos sociológicos de Norbert Elías; (ii) de las teoría de los sistemas complejos de Ilya Prigogine e Isabelle Stengers y (iii) de los estudios de Eric Chaisson sobre la evolución cósmica. Spier define la complejidad por la cantidad y variedad de las unidades que constituyen un sistema y por la cantidad y variedad de sus interacciones. La complejidad asume, según su planteo, diversos regímenes, de acuerdo a la naturaleza de las unidades interactuantes y al carácter los procesos interactivos. [34]El metarrelato de Spier analiza las condiciones que hacen posible la emergencia de cada régimen, y el modo en que unos se desarrollan a partir de otros. En términos generales, el autor identifica tres conjuntos de regímenes sucesivos y acumulativos: los regímenes de la materia (ver Cuadro 1), los regímenes de la vida (ver Cuadro 2) y los regímenes de la cultura (ver Cuadro 3).
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CUADRO 1: Los
regímenes de la materia.[35] Existen seis regímenes; cada uno de ellos define una
fase en la evolución cósmica: (i)
El Big Bang
genera el primer régimen, el más simple de todos: la energía en estado puro. (ii)
La explosión de
Big Bang hace que el Universo se expanda, y como resultado de ello, descienda
la temperatura. De este modo, surgen las primera formas diferenciadas de
energía (la fuerza grativatoria, la electromagnética y la fuerza nuclear
fuerte y la fuerza nuclear débil). La fuerza nuclear fuerte da origen al
segundo régimen: las partículas subatómicas. (iii)
A los 300.000
años del Big Bang, la temperatura del Universo desciende a 104 grados Celsius
y la fuerza electromagnética permite que las partículas subatómicas combinadas
generen un nuevo régimen: el átomo. (iv)
A los mil
millones de años del Big Bang, la expansión del Universo reduce la
temperatura a un punto tal en que la tercera fuerza, la gravitatoria, genera
nuevos regímenes: las galaxias. (v)
Dentro de las
galaxias, un conjunto de cuerpos celestes masivos, por efecto combinado de la
gravedad y la fisión nuclear, alcanzan un punto crítico por el cual logran
generar energía a partir de su propia materia, dando origen a una nueva clase
de objetos: las estrellas. (vi)
Sometidos a la
fuerza gravitatoria de una estrella, se desarrollan otros regímenes que
dependen de la energía estelar: los planetas. |
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CUADRO 2: Los regímenes de la vida.[36] A
partir de los regímenes materiales, nacen entidades con un altísimo promedio
de densidad de energía libre: los seres vivos. Los mecanismos de su
complejidad resultan sumamente específicos: no pueden generar energía a
partir de sí mismos, y necesitan un suministro permanente de materia. Existen
cuatro regímenes vitales, cada uno asociado a una fase evolutiva específica: (i) Las células. Se trata de las primera entidades
vivientes, que desarrollan una división interna del trabajo, a través de
orgánulos que cumplen funciones específicas. (ii) Los seres multicelulares. Emergen cuando las primera
entidades vivientes se asocian, generado nuevas formas de vida, basadas en
una división extracelular del trabajo. (iii) Las plantas. Al desarrollar modalidades más
sofisticadas de la división extracelular del trabajo, estas formas absorben
directamente la energía y la materia que precisaban de su medio. (iv) Los animales. Surgen como entidades más complejas,
debido a que se apropian de la materia y la energía producidas por formas más
elementales. Para ello, desarrollan aparatos locomotores, pero también
sistemas que les permitan generar representaciones del medio en el que
actúan, a fin de localizar a sus presas. De este modo, nacen los animales
cerebrados, las entidades más adaptables a los cambios del medio ambiente, y
a la búsqueda de fuentes de materia y energía. |
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CUADRO 3: Los regímenes culturales.[37] En el proceso de apropiación de cantidades
crecientes de materia y energía, el desarrollo de formas complejas de comunicación entre entidades
vivientes con sistemas nerviosos altamente estructurados (como los seres
humanos), resultan medios valiosísimos, que permiten no sólo la supervivencia sino la expansión de la
especie. En ese proceso expansivo, las comunidades históricas transitan por
cinco instancias diferentes: (i)
El dominio
sobre una fuente energética primaria -el fuego- permite una primera expansión
a escala planetaria. (ii)
El dominio del
ciclo reproductivo de plantas y animales, posibilita almacenar fuentes de
materia y de energía, y un crecimiento sostenido de la población. (iii)
La
concentración y distribución asimétrica del excedente agrario, motiva la
aparición de sociedades divididas en clases y la emergencia del Estado: una
minoría canaliza y absorbe la materia y la energía obtenida por otros. Como resultado de este
flujo asimétrico, se constata un alto grado de complejidad en el centro del
sistema, que produce una degradación de la complejidad y una eventual
desintegración de las formas locales subordinada. (iv)
El desarrollo
de redes de intercambio de escala regional y continental, facilita un flujo
de materia, energía e información que no se vincula directamente a un nicho
ecológico, como ocurre con las comunidades agrarias. Por el contrario, dichas
redes estimulan el desarrollo de una división mundial del trabajo. Desde un
punto de vista tecnológico, esta primera globalización resulta posible por el
dominio de la energía procedente de los vientos y de las corrientes oceánicas
(Era de los Descubrimientos). (v)
El control y
aprovechamiento de los combustibles fósiles, da origen a la segunda ola de
globalización y al nacimiento de la sociedad industrial. En este contexto,
emergen las culturas nacionales, como nuevas formas de complejidad, cuyo
desarrollo resulta posible gracias a la disolución progresiva de un número
elevado de formas menos complejas: las culturas locales. La expansión del
régimen industrial produce una división social del trabajo a escala mundial,
que no tiene precedentes. Además genera forma de complejidad global que se
desarrollan a expensas de la desaparición o del declive de formas regionales
y locales. De este modo, las asimetrías en el control de los flujos de
materia, energía e información y en su distribución, se multiplican de manera
acelerada. |
Si se consideran detenidamente las síntesis presentadas en cada cuadro, se podría afirmar que las tres clases de regímenes que describe Spier, conjugan todos los elementos característicos de su metanarrativa:
(i) El análisis de la forma en que la materia y la energía se organizan y acumulan, como tema central.
(ii) El estudio del modo en que la organización y acumulación de la materia y de la energía opera en las distintas escalas espacio temporales.
(v) La identificación de las condiciones que hacen posible la emergencia de cada uno de los regímenes de complejidad.
(vi) La intelección de la historia humana a partir de la perspectiva particular que brindan los tres elementos anteriores.
3.4. William H. McNeill: la centralidad de las redes de interacción en
Goudsblom y Spier estructuran sus relatos macrohistóricos, basándose en la sucesión de las formas en que los grupos humanos han obtenido, convertido y almacenado energía, a partir de su relación con otras especies animales y vegetales y de su vínculo con el medio físico en el que habitan. Afirman que cada una de estas formas condicionan las posibilidades de organización política, económica, social y cultural de las comunidades históricas, el modo en que los grupos humanos afectan a otras especies, y la manera en que transforman el medio ambiente. Asimismo, establecen límites en lo que respecta a la capacidad colectiva de apropiación y consumo de la energía. William H. McNeill (junto con su hijo, reconocido especialista en la historia del medio ambiente), prefiere organizar su metarrelato no como una secuencia de regímenes, sino como una sucesión de formas de conectividad entre los diversas culturas que han existido. En tal sentido, si bien no deja de reconocer la trascendencia que tiene los vínculos entre el hombre y el medio –expresados a través de diversas clases de flujos de energía e información-, desea centrar la atención de lector en una realidad distinta: el modo en que los procesos de intercambio de bienes y de ideas entre grupos autónomos, incide en su desarrollo conjunto, a lo largo de los siglos y de los milenios.
Estas formas de interacción definen redes espacio-temporales, cuya propia existencia no siempre resulta perceptible para las comunidades que las integran; sin embargo, afectan, directa o indirectamente, el modo en que se organizan las comunidades que forman parte de ellas:
“Una red, tal como la concebimos nosotros, es una
serie de conexiones que ponen a unas personas en relación con otras. Estas
conexiones pueden tener muchas formas: encuentros fortuitos, parentesco,
amistad, religión común, rivalidad, enemistad, intercambio económico,
intercambio ecológico, cooperación política e incluso competición militar. En
todas estas relaciones las personas comunican información y la utilizan para
orientar su comportamiento futuro. También comunican, o traspasan, tecnologías
útiles, mercancías, cosechas, ideas y mucho más. Asimismo, intercambian sin
darse cuenta enfermedades y malas hierbas, cosas que no pueden utilizar pero
que, a pesar de ello, afectan su vida (y a su muerte). El intercambio y la
difusión de esta información, estas cosas y estas molestias, así como las
respuestas humana a todo ello, dan forma a la historia.” [38]
Entre los procesos de intercambio a los que el autor le concede mayor relevancia en la conformación de las redes, figuran:
(i)
La conformación de rutas de comercio de bienes de
prestigio entre regiones particularmente distantes.
(ii)
La difusión de innovaciones tecnológicas.
(iii) La expansión de nuevos sistemas de creencias.
(iv) Las migraciones masivas de pueblos, causadas por factores ecológico.
(v) Las pandemias que utilizan como vehículo de expansión las propias redes de comercio.
Indudablemente, los procesos referidos, no sólo afectan el desarrollo de las sociedades a las que vinculan, sino que posibilitan procesos de convergencia histórica, entre pueblos particularmente diversos. Por tal motivo, el metarrelato de McNeill: (i) no se centra en la dinámica de las comunidades históricas concretas, sino el despliegue progresivo de las redes que las integran; (ii) no estudia a las redes por sí mismas, sino en la medida en que generan formas sucesivas de universalización del acontecer que transitan por escalas regionales, continentales, transhemisféricas y mundiales. En tal sentido, el autor formula cuatro regularidades de carácter sincrónico:
(i) Las redes se basan en procesos que combinan cooperación y rivalidad: la cooperación favorece la división social del trabajo y una mayor estratificación, pero la rivalidad y la competencia entre grupos, también fortalece la cohesión interna de cada uno de ellos, frente a las amenazas que enfrentan. [39]
(ii) Los grupos que logran una cooperación y una comunicación más eficaz, sobreviven ante los desafíos de la permanente competencia.[40]
(iii) Las redes, fruto de los procesos de cooperación y competencia, tienden a crecer, incrementando su complejidad, el número de sus integrantes, y el flujo de energía e información.[41]
(iv)
Las redes, en su crecimiento, no sólo afectan a las
comunidades históricas que integran, sino al medio ambiente en el que se gestan
y desarrollan. De este modo,
Basándose en las cuatro regularidades
anteriores, McNeill presenta a
“… cabe suponer que existían paralelos exactos y
sorprendentes en el pasado profundo, cuando las bacterias formaron por primera
vez innumerables células vivas en los océanos de la tierra e intercambiaron
esporádicamente material por medio del contacto directo de una con otra, de la
misma manera que los primeros grupos humanos intercambiaban información
reuniéndose y mezclándose cuando celebraban festejos.” [43]
La homología, de acuerdo a la cita anterior, estaría dada por el efecto transformador que introduce una nueva forma de relacionamiento entre unidades que anteriormente permanecían aisladas: el intercambio de materia entre bacterias genera la condiciones para que emerja un sistema de mayor complejidad –las primeras células-, al tiempo que el intercambio de información entre grupos humanos permite la aparición de redes de amplia proyección geohistórica. La constatación de homologías entre procesos biológicos y culturales, también permite relativizar la magnitud de ciertos fenómenos, que resultarían excepciones si sólo se considera la historia de la especie humana. McNeill refiere concretamente las transformaciones radicales que sufre el planeta, como resultado del efecto acumulativo de la revoluciones agrícola y de la industrial. Ninguna de ellas, según su criterio, se compara con la modificación sustancial que sufrió la biósfera debido a la expansión de las bacterias como forma primaria de vida:
“… al igual que los seres humanos, las bacterias
también cambiaron su medio ambiente, lo cual sucedió de un modo notable en
extremo cuando algunas de ellas dieron con la fotosíntesis como medio de
elaborar alimentos a partir de la luz del sol, el aire y el agua del mar, y
empezaron a emitir oxígeno libre a la atmósfera. Esto acabó cambiando el
entorno natural de forma todavía mucho más drástica de lo que hasta el momento
hemos cambiado nosotros el nuestro.” [44]
La identificación de similitudes en procesos evolutivos que operan en órdenes distintos, no se limita a constatar paralelismos ocasionales, sino que responde a la perspectiva teórica desde la cual NcNeill procura intelegir los cambios históricos en gran escala. En tal sentido, considera que el éxito evolutivo de las primeras formas biológicas complejas (debido a la diversificación de funciones y a una mayor complejidad estructural), obedecería a las mismas regularidades que pautan la supervivencia –o la desaparición- de las primeras comunidades humanas con estratificación social:
“La aparición de bacterias grandes y nucleadas y luego
de plantas y animales multicelulares introdujo otro paralelo estrecho entre la
historia biológica y la historia de la humanidad. Estos seres más complejos
necesitaban mucha más energía para sostener flujos constantes de mensajes
químicos y eléctricos dentro de sus cuerpos y, en consecuencia, tuvieron más
éxito en la tarea de captar energía de su medio ambiente a fuerza de una
flexibilidad, motilidad y sensibilidad mayores sostenidas por aquellos flujos
internos. Asimismo, es casi seguro que algunas de las estructuras internas de
las bacterias nucleadas y los organismos multicelulares fueron en otro tiempo
seres independientes. […] Entre los seres humanos existe una complejidad y una
especialización parecidas –edificada inicialmente sobre la ‘predación’ y modificación,
y moduladas luego por la costumbre- que fueron y son el sello distintivo de las
ciudades y la civilización.”[45]
Las homologías también se aplican a las estrategias adaptativas tanto de sistemas biológicos como histórico-culturales, en el proceso de supervivencia y expansión:
“La simbiosis surgida de la adaptación muta de organismos al principio independientes y a menudo hostiles permitió que los seres multicelulares tuvieran acceso a más energía, por lo que pronto dominaron la biosfera. Las civilizaciones, de modo parecido, engulleron comunidades humanas que al principio eran independientes y crearon –de buen o mal grado- entidades políticas, económicas y culturales nuevas y más poderosas; y éstas, al ser más poderosas, se propagaron de forma persistente a territorios nuevos y favorables desde el punto de vista geográ