Importante Premio Para un
Lobense
La distinción obtenida
por Santiago Ward será entregada por el Ministro de Educación de
la Nación Daniel Filmus
Lobos, 9 de Marzo de 2005.
Trascendente premio recibirá el Profesor Santiago Ward, graduado
en la carrera de Filosofía en el Instituto Superior de Formación
Docente y Técnica Nro. 43 de Lobos, además es alumno de la
carrera Profesorado en Ciencias Sociales del mismo
establecimiento.
El joven Profesor lobense obtuvo el primer premio en Educación
en el Concurso “20 Años de Democracia” organizado por el
Ministerio de Educación de la Nación. Destacamos que en el
mencionado concurso participaron alumnos de distintos Institutos
de Formación Docente de todo el País, teniendo de esta manera
importancia a nivel nacional.
Desde nuestro humilde lugar de trabajo, queremos felicitar al
Profesor Santiago Ward y a la institución educativa a la que
pertenece, por tan sobresaliente galardón obtenido, del que como
lobenses, nos sentimos orgullosos.
A continuación se detalla la agenda de actividades para la
recepción del premio:
- Día 23/03/05
- 10 hs.: Visita a la E.S.M.A.
- Entrevista con Hijos o Abuelas de Plaza de Mayo
- 13:30 hs.: Almuerzo en el Ministerio de Educación (salón
Blanco del Palacio Pizurno ó Casa Rosada).
- 18 hs.: entrega de premios por parte de Daniel Filmus,
Ministro de Educación de la Nación.
- Cena con autoridades.
- Hotel incluido
- Día 24/03/05
- Tour por Buenos Aires
- 16 hs.: Acto por la Dictadura.
Presentación de “Criterios para una
Educación en Democracia”
El objetivo rector de este trabajo es mostrar, a partir de un
análisis histórico y económico de nuestro país que, por
supuesto, no pudo prescindir del contexto global en el que
nuestro país está ubicado, que la enseñanza de los principios
elementales de la vida democrática adolece de serias
contradicciones con la realidad en torno.
La misión de la educación es mostrar la realidad, no ocultar lo
que está pasando. No se puede limitar al enunciado de los
valores, sino que debe ofrecerse una justificación para que esos
valores puedan ser vividos. Me encuentro que cuando quiero
explicarle a un chico de 15 años qué es la “igualdad”, qué la
“justicia”, qué el bien común, no tengo referentes en lo real.
Esto hace que los conceptos se ahuequen, se los tome, como
incluso defienden algunos juristas, como simples “expresiones de
deseo”. Bueno, se debe mostrar que si se desea eso es porque
todavía no es real y está por hacerse; y si está por hacerse,
¿vivimos realmente en una Democracia?
Los pibes no son ningunos giles: tienen una visión sorprendente
sobre lo que ocurre. ¿Cómo defiendo el Artículo 17, que dice que
la propiedad es inviolable, si la Ley 25.561 hizo justa la
confiscación de bienes, el denominado “corralito”? ¿Cómo le digo
que tenemos libre tránsito si para ir a Buenos Aires tiene que
pagar peajes? ¿Cómo hablo de justicia si los que vendieron
nuestro país gozan de indultos y tienen amplias posibilidades de
volver a postularse?
Lo que hoy, evidentemente, es una educación real y una educación
ficticia. Mientras la Escuela siga desoyendo el clamor de la
realidad, y quienes nos formamos para ser docentes seamos
preparados para ocultar lo que verdaderamente pasa, no haremos
más que colaborar con este cambalache en bancarrota que tenemos
por mundo.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos dice que toda
persona tiene derecho al trabajo. El chico al que le estoy
enseñando esto a la mañana no desayunó y no sabe si a la noche
va a cenar.
El chico al que le quiero enseñar que el Bien Común es el
fundamento de una sociedad sabe, incluso antes de oírme a mí,
que rige la ley del “sálvese quien pueda” y que sólo se sube
pisándole la cabeza al que está por debajo.
¿Dónde lo aprende? Esa es la pregunta: en su cotidiano contacto
con la realidad. Se lo enseñan sus vecinos, sus amigos, sus
padres, los políticos, la telenovela y demás ídolos televisivos.
¿Es que los alumnos no aprenden? Yo me atrevo a rebatir esta
tesis. Sí, aprenden; no lo que el sistema quisiera, pero
aprenden. La realidad repercute pedagógicamente en la vida de
cada uno de nosotros. Estamos coaccionados a aprender, a
formarnos una idea de la realidad en la que tenemos que vivir.
Ellos reciben una cultura y son consecuentes con ella; no la que
se ofrece la Escuela, porque los docentes no fueron capacitados
para hacerlo, ya que en los años que dura su formación se los
mantiene muy entretenidos con las ideas de “curriculum”, “eje
transversal” y con el “abordaje del área en forma
significativa”.
Las exigencias de la Escuela vienen deslindadas de las
exigencias de una sociedad que ha sido absolutizada por el
Dinero y por el Mercado. Un profesor intenta mostrarles lo que
significa ser responsable al tiempo que llega tarde, y el resto
de la sociedad impone como modelos reales a seguir todo un
repertorio de exponentes exquisitos de la vulgaridad. Marcelo
Tinelli dice: “¡qué bueno!” cuando a un pobre desprevenido le
cortan el auto en veinte pedazos o cuando le toman el pelo a
cualquiera que cruce la calle. Total, todo se soluciona con un
lavarropas y un televisor. Esto, ¿no genera una idea de lo que
está “bien”? ¿no propone una ética, parámetros para distinguir
lo bueno de lo malo? Hasta que no nos demos cuenta que es
Tinelli el verdadero pedagogo, y no Piaget… seguiremos donde
estamos.
Es que la Escuela es solamente una instancia en la vida de las
personas, y es la sociedad en su totalidad la que forma a sus
miembros. La Escuela es una institución creada para la
incorporación básica de principios tecnocientíficos, pero en
rigor todos somos educadores porque somos amigos, hijos, padres,
colegas. Estamos en continuo contacto con nosotros mismos,
aconsejándonos, mostrándonos, siendo (aunque no lo queramos) el
ejemplo de alguien para alguien.
Al mundo lo hacemos entre todos, no lo hacen nuestro políticos
ni lo hace ningún sistema educativo. Quede de lado toda
abstracción: la realidad educativa se vive protagónicamente en
el aula y en la casa, no en el Ministerio.
Dos padres que se separan enseñan que el matrimonio no es para
toda la vida, y es muy difícil revertir luego este aprendizaje
previo. Un padre desocupado enseña que la sociedad no tiene
lugar para sus miembros. Una madre que se ve forzada a salir a
trabajar, lejos de ser su derecho, enseña que hay otras
prioridades delante de los hijos.
Todos estos, aunque no formen el patrimonio de ninguna
planificación docente, son aprendizajes que el niño recibe, nada
menos que por ser el mundo en que le toca vivir.
¿Qué puede hacer frente a esto la escuela? Un paso fundamental
sería tomarlo en serio; no decir, como quien le sigue la
corriente a los locos, “si, si” y perseverar en idéntico rumbo.
Los principios teóricos se traducen directamente en las
actitudes; no basta repetirlos en un examen, sino que hay que
incorporarlos en la vida cotidiana; es allí donde se verifican
los auténticos saberes. Tenemos que unirnos, debatir,
encontrarnos, estrecharnos las manos como sociedad, si se nos
puede seguir llamando así y si somos algo más que un mero
amontonamiento de individuos.
Para que podamos consolidar la Democracia tenemos que generar
una conciencia de lo real. Hoy por hoy, de la única democracia
que se puede hablar es de la que está escrita en los libros,
porque realmente no se la toma como algo muy lejano a la
obligación de elegir nuestros representantes cada cuatro años.
La democracia no se consolida con vente años ininterrumpidos sin
gobiernos de facto, sino proyectándola día a día, y con una
cierta cuota de desconfianza, porque la desconfianza obliga a la
constante revisión de los supuestos vitales de las personas.
La Educación, como herramienta indispensable para generar un
cambio, debe empezar por los niveles superiores. Si los docentes
vienen vívidos de un mundo nuevo, podrán preparar a quienes lo
realicen. La Escuela no es una institución más, y cada aula
representa una esperanza para el porvenir.
Este trabajo, que hoy ha sido reconocido a nivel nacional, no
pretende sino ser un elemento más que colabore con esta causa.
Al fin y al cabo es fruto de alguien que se sabe responsable, y
guarda la esperanza de contagiar este entusiasmo a alguien; no a
todos, pero a alguien, que por alguien se empiezan a gestar los
cambios. Si esto se cumple, el más modesto de los propósitos
habrá sido satisfecho.
Santiago Ward.
Lobos, 07/03/2005.