Publicado en:
http://www.artegnos.com/sep2002/HISTORIA.htm
septiembre 2002
portada
Carlos Barros
La humanización de la naturaleza
en la Edad Media
Ponencia
presentada en el congreso Mensch und Natur
im Mittelalterlichen Europa, organizado por la Academia Friesach
(Universidad de Klagenfurt, Austria) el
1-5 de setiembre de 1997.
|
La representación negativa de la Edad Media, que se ha
difundido desde el Renacimiento hasta nuestros días, equipara en barbarie
a los hombres medievales con los animales1,
pero no llega a acusar a los medievales de agredir a la naturaleza. Sería
demasiado buscar en los sabios humanistas inquietudes ecológicas actuales,
y más aún encontrar en la Edad Media actitudes y prácticas, contra al
medio ambiente, que puedan ser comparables a los efectos modernos y
contemporáneos de la acción destructiva del progreso humano sobre la
naturaleza. El feudalismo es una forma de producción ecológica, es una
economía natural basada en la dependencia de persona a persona más que en
la dependencia de la naturaleza al hombre: éste no se concebía sin
aquélla, así, por ejemplo, el concepto medieval de "tierra", ¿no comprende
usualmente a los hombres que la habitan? De la humanización de la tierra, del medio natural en
general, en la Edad Media, trata este trabajo. Un ejemplo puede ser la
orden señorial del Císter, los monjes roturadores que hicieron "moradas
humanas", en Plena Edad Media, donde había un "páramo desnudo" o un
"bosque salvaje"2.
Gracias a la cristianización y, sobre todo, al trabajo campesino, los
hombres del medievo transforman la "naturaleza hostil" de los "salvajes"
en la "naturaleza amiga" de los "civilizados", sin romper en lo esencial
el equilibrio ecológico, a diferencia de los "civilizados" modernos. Ahí
radica la originalidad medieval: la desacralización -otra manera de decir
humanización- de la naturaleza no llega hasta el
extremo de enfrentar, fatalmente, a los hombres con su medio natural, de
otro modo la Edad Media no hubiese durado mil años. Parafraseando a los inventores del término "Edad
Media" podrímos ubicar a ésta, tocante a la relación hombre-naturaleza,
entre el culto antiguo y supersticioso a la naturaleza y el culto moderno
y laico al progreso tecnológico. Dos creencias que en los siglos "medios"
se superponen y entrelazan con una tercera, característicamente medieval,
el culto a Dios como creador de la naturaleza. Naturaleza maravillosa El animismo es una herencia que los hombres medievales
reciben, en diferente grado según el nivel previo de romanización y las
circunstancias de la transición, tanto de las culturas pre-históricas como
del paganismo romano. Consiste en dotar a los objetos naturales
-"inanimados", diríamos nosotros-, de vida, sobre todo de vida espiritual:
desde el alma de las cosas3,
orgánicas e inorgánicas, hasta las divinidades poderosas del panteón de
Roma. En el siglo VI, Martín de Dumio escribe, desde la
Galicia sueva, De correctione
rusticorum, "para enmienda de los campesinos, que continuando
todavía4 en
la antigua superstición del paganismo tributan culto a los demonios más
que a Dios"5.
Denuncia como los hombres, abandonando a Dios, "unos adoraban al sol,
otros a la luna o a las estrellas, otros al fuego, otros al agua
subterránea o a los manantiales de las aguas, creyendo que todas estas
cosas no habían sido creadas por Dios para uso de los hombres sino que,
nacidas de sí mismas, eran dioses", más exactamente -añade- diablos,
ángeles arrojados del cielo, que les exigían sacrificios "en los elevados
montes y en las selvas frondosas", llamándose algunos Júpiter, Marte,
Venus, Neptuno, Ninfas y Dianas6.
Mezclando las supersticiones primitivas con las creencias paganas romanas
(con ambos animismos tropieza la cristianización en la Alta Edad Media),
porfía Martín de Dumio en decir que es culto al diablo "encender velas junto a las
piedras, a los árboles, a las fuentes y en las encrucijadas... adornar
mesas y poner ramas de laurel", o prestar atención, renunciando al signo
de la cruz, "a otros signos del diablo por medio de pájaros, estornudos y
otras muchas cosas"7.
El panteísmo romano persistió en el Occidente medieval
en los nombres de los días de la semana8,
salvo precisamente en Portugal, la tierra adoptiva del obispo de Dumio
(Braga, la antigua Galicia bracarense), y en mayor grado todavía
persistieron las supersticiones antiguas que atravesaron toda la Edad
Media9 -a
pesar del racionalismo medieval de las élites del siglo XII10- e, incluso, el Renacimiento11. La caída del imperio romano provoca el rebrote de las
religiones germánicas y pre-romanas, y el auge de la magia, la astrología
y la alquimia. Prodigios, presagios y profecías, mediante señales en el
cielo y otras signos de la naturaleza, están omnipresentes en las crónicas
medievales desde Idacio12 hasta Carlos V13 orientando, en determinados momentos ,
las acciones humanas de los "grandes" y de los "pequeños". Para el
animismo primitivo la naturaleza es sagrada; para el animismo medieval,
cristianizado, sincrético, la naturaleza no es sagrada por si misma sino
como creación y representante de un poder superior, divino, pero sigue
siendo maravillosa, sujeto de prodigios, "depósito de símbolos"14.
El cristianismo medieval ha oscilado desde la
oposición frontal a la cultura mágica a la adaptación y el compromiso, que
terminará por imponerse. La primera es la línea (oficial) de Martín de
Dumio15, que aparece con frecuencia en los
sínodos medievales16 y en los opúsculos contra las
supersticiones de todos los tiempos17. Pero la Iglesia real se acomodó sutil y
firmemente, sin demasiados problemas, a las prácticas religiosas
populares: santificando los
lugares sagrados de las religiones precristianas18;
compitiendo por el control de los comúnmente admitidos prodigios
naturales19; dividiendo, en suma, los rituales
supersticiosos en buenos y malos, legítimos e ilegítimos20, magia blanca y magia negra, de acuerdo
con quien ejercía de intermediario, o la Iglesia o los hechiceros y
astrólogos profanos. La victoria de la Iglesia sobre la magia y la
superstición exigió la asunción de sus funciones. "Todo lo que puede ser fecho por
natura, faze Dios", escribe el legislador en el siglo XIII, y también
puede Dios "fazer del muerto biuo", lo que llaman "miraglo, porque quando
acaesce, es cosa marauillosa a los omes, e a las gentes", porque no es
natural, "porque las gentes veen cada dia los fechos de la Natura: e por
ende quando alguna cosa faze contra ella, maravillanse". "Miraglo es cosa
que veemos, mas no sabemos onde viene. E esto se entiende quanto al pueblo
comunalmente"; pero otra cosa son las elites: "Mas los sabios e los
entendidos bien entienden, que la cosa que non puede fazer natura, nin
artificio del ome que del poder de Dios viene tan solamente, e non de
otro"21. En resumen, que la Iglesia, cuando
considera conveniente, en competencia con brujos y diablos, asume los
fenómenos extraordinarios, milagrosos, de la naturaleza como prueba del
poder de Dios: acepta pues una naturaleza maravillosa, de origen divino,
pero jamás una diosa naturaleza autosuficiente. La religiosidad medieval es producto, por
consiguiente, del sincretismo entre la Iglesia católica y una cultura de
supersticiones antiguas que no estaba solamente implantada entre las
clases populares. Será durante el Antiguo Régimen cuando se separará la
cultura de elite de la cultura popular, refugio primero y último del
animismo y demás supersticiones22. La Edad Media comparte con las culturas precristianas
la consideración del hombre como parte inseparable de su entorno
natural23, dicho de otro modo, la no distinción
entre sujeto-hombre y objeto-naturaleza, la consideración de la naturaleza
como un sujeto. Hay que esperar a la modernidad para encontrarnos con la
visión (externa) de la naturaleza como un paisaje que deleita los
sentidos. Al ser los humanos parte de ese paisaje como los ríos y las
rocas, no es extraño que se les atribuyan a los elementos naturales
características de los seres vivos, incluso características
sobrenaturales, lo que convierte en pecado24 todo atentado contra la naturaleza. La
protección de la naturaleza en civilizaciones basadas en la recolección, y
aun en la agricultura (no industrial), responde a pulsiones conservadoras
profundamente enraizadas, automáticas, implícitas en un sistema mental que
llega a valorar como parientes (madre, padre, hermano) a todos los seres
que comparten con el hombre la comunidad de lo natural25. La mística de la pobreza, espiritualista, de los
franciscanos da continuidad, y rehabilita entre las elites, en la Baja
Edad Media, este animismo cristiano que, por otro lado, es combatido por
el racionalismo escolástico, expresión del nuevo sistema social y cultural
feudal, cuya crisis se corresponde con el auge, en los siglos XIV y XV, de
las ordenes mendicantes y su "herética" concepción de la naturaleza. En el Cántico de
las criaturas, Francisco de Asís llama hermanos al Sol, a la
luna y a las estrellas, al viento, al agua y al fuego, y llama madre a la
tierra "la cual nos sustenta y gobierna y produce diversos frutos con
coloridas flores y hierbas"26. Dice su biográfo, Tomás de Celano, que
San Francisco "culpábase a si mismo de negligencia por haber omitido hasta
entonces la predicación a las
aves", y, conservacionista con las criaturas del Señor, "a los
hermanos que hacen leña prohíbe cortar del todo el árbol, para que le
quede la posibilidad de echar brotes"27.
El animismo franciscano transita de la visión medieval
de la naturaleza como "depósito de símbolos" a su aceptación como un
conjunto de realidades naturales tan vivas que necesitan de la predicación
para salvarse, como los hermanos hombres (yendo así más allá del Antiguo y
del Nuevo Testamento28). A diferencia de las religiones
primitivas, el franciscanismo (nominalismo radical) no cae en la confusión
panteísta entre Dios y el mundo29. Los seres de la naturaleza como
sujetos vivos, dotados de
conocimiento, están también presentes en la literatura profana30 y, por supuesto, en la cultura popular:
destinataria primera del mensaje franciscano de retorno a la pobreza
evangélica. Naturaleza dominada La plenitud medieval supone asimismo el cenit de la
influencia social y cultural de la Iglesia, que juega un papel decisivo en
la conformación de las mentalidades feudales: el sistema de los tres
órdenes (defensores, oradores y trabajadores) para regular las relaciones
entre las clases y los estamentos sociales, y una nueva relación
hombre-naturaleza para reemplazar el culto a la naturaleza por el culto a
Dios, favorecer el desarrollo de la agricultura y, por consiguiente, sostener el
sistema trifuncional, intentando relegar sin demasiado éxito el animismo a
los márgenes de la mentalidad tradicional, ajena de entrada al
cristianismo y al feudalismo. Tomás de Aquino hace valer, y difunde, la mutación
filosófica que entraña el cristianismo al situar a Dios no como
organizador o regulador del mundo sino como su creador31. Dios se convierte, en consecuencia, en
un valor absoluto y la naturaleza en un valor relativo32, y en un valor antropomorfo. Dios hace
al hombre a su imagen y semejanza: lo ubica explícitamente en el centro
del universo natural creado para que domine a los animales33. De forma que, sin separar hombre y
naturaleza, micro y
macrocosmos, el cristianismo introduce una desigualdad en las relaciones
-paralela e interconectada con la derivada del sistema trifuncional- que
rompe con el igualitarismo animista tradicional que, como vimos,
circunstancialmente, recuperará después el franciscanismo. Desigualdad
necesaria para que el hombre domine la naturaleza a través de la técnica
(y no mediante la magia o la astrología). No es casual que la escolástica,
la desacralización relativa de la naturaleza por obra del racionalismo
tomista, coincida con el avance roturador y la expansión de las ciudades
de la Plena Edad Media. Con todo, el trabajo para el hombre sigue siendo,
en las mentalidades colectivas, la penitencia merecida a causa del pecado
original34. La Europa medieval hereda de griegos y romanos la
noción de "estado natural igualitario", edad de oro donde todos los
hombres eran iguales y no era menester trabajar (bastaba con recolectar):
"la misma tierra, sin ser molestada ni tocada por la azada, sin ser herida
por ninguna reja de arado, producía todas las cosas gratuitamente"
(Ovidio)35. De este estado de inocencia,
identificado en la Biblia con el paraíso terrenal, se pasa, por causa del
pecado original, al "estado de naturaleza caída" o corrompida (San
Buenaventura) donde los animales se dividen en "animales de cargas y los
ganados" para proveer al hombre de alimento, vestido y distracción, y en
"animales o bestias dañinas" para castigar, mantener alerta, probar o
enseñar al hombre36. En ambos casos, los animales sirven a
los hombres, según los designios divinos, y si algunos de ellos son
naturaleza hostil es porque son parte de la naturaleza caída (como el
hombre): se han rebelado contra el hombre, después de que éste se rebelara
contra Dios. Los historiadores de la economía han destacado la
ocupación del suelo durante los siglos centrales de la Edad Media como un
fenómeno capital de la historia, sólo comparable a la revolución
neolítica, como una lucha victoriosa por adueñarse del medio natural que
trajo consigo el retroceso del bosque, la domesticación de los animales y
la dominación del espacio (vías de comunicación)37.
Es gracias a los avances técnicos que tienen lugar durante la Edad
Media como Europa se hace posteriormente con el liderazgo tecnológico que,
entre otras cosas, hará posible la expansión marítima del siglo XVI en
adelante38. Esta expansión tecnológica, que no
todos los autores valoran justamente, guarda relación con el cambio de
actitud hacia el trabajo manual (promovido desde el siglo VI por la orden
benedictina) y hacia la naturaleza, donde se sigue el mandato divino,
oportunamente recordado, de dominarla para dar alimento y vestido al
hombre. Si bien conviene no exagerar el argumento porque los instrumentos
agrícolas medievales no son capaces todavía de sustituir plenamente la
energía muscular humana, son solamente su complemento39. El paisaje agrario occidental es, incuestionablemente,
obra primera de una Edad Media40 que, así y todo, no ha roto los
equilibrios ecológicos esenciales a causa de la insuficiencia de los
medios técnicos -estamos lejos de la gran revolución comercial e
industrial- y, lo que es más
importante, de la mentalidad de una época caracterizada por una economía y
un derecho naturales, y por una Iglesia todopoderosa que cumple a la
perfección su función social e ideológica, desacraliza la naturaleza para que el hombre pueda
trabajarla, pero no deja de santificar los fenómenos naturales
inexplicables, extraordinarios y maravillosos, combinando magníficamente
razón y fe, cultura de elite y cultura popular. El salto del monje eremita al monje repoblador tiene
lugar dentro de un sistema de economía natural. Es significativo que se
califique de "natural" a la economía de subsistencia, de producción para
el consumo, a una economía medieval que conoce el artesanado, el comercio
y la ciudad pero no abandona su carácter eminentemente rural y
autosuficiente. La economía natural conlleva límites evidentes a la
dominación de la naturaleza y a su deterioro, que se harán irreversibles
cuando la tierra y sus productos se conviertan en mercancías, y las
máquinas sustituyan la fuerza muscular humana. Mientras esto no sucede el
hombre vive en armonía (relativa pero suficiente) con su medio natural.
Cuanto más avanza la técnica y el comercio, y menos depende el hombre de
la naturaleza, más atentados se producen contra ésta. El hombre medieval no se confunde con la naturaleza
como en las sociedades primitivas, ni se le opone como en las sociedades
modernas y contemporáneas, pero mantiene su no-diferenciación del medio
natural41. Es por ello que llaman los medievales
"derecho natural" a las reglas jurídicas básicas que regulan su vida
social. El derecho natural, que rige para los hombres y los animales, que
es ley eterna e instinto natural, que está por encima del derecho de
gentes, positivo, de las leyes que los hombres se dan a sí mismos, porque
viene de Dios y sigue las inclinaciones naturales del hombre hacia el
bien: "pertenecen a la ley natural todos los preceptos que contribuyen a
conservar la vida del hombre" (Santo Tomás)42. Contrastemos esto con lo que van a
defender los principios racionalistas del siglo XIX: "La sociabilidad
humana no proviene de la naturaleza, ni por consiguiente de Dios, sino del
libre pacto social de los individuos, y esta es su causa eficiente"43 El feudalismo es -como ya dijimos- una forma de
producción ecológica: sabe hacer de la naturaleza el objeto de su acción
tecnológica sin dejar de verla, y de sentirla, como el sujeto de su
economía, de su derecho y de su religión. Lo que para los modernos nos
resulta pues contradictorio, para el hombre medieval, popular y culto, es
coherente, normal: se maravilla con la naturaleza al tiempo que la hiere
con la reja del arado; se espanta ante los bosques y los animales salvajes
de la misma manera que traba amistad con los animales de carga y de caza;
hace uso de su libre albedrío a la vez que se rige por la ley natural;
sigue en todo esto, en conclusión, el discurso bíblico, recuperado,
actualizado y difundido, por los escolásticos de acuerdo con su tiempo.
Naturaleza hostil
Así como la reproducción armónica del sistema
trifuncional implica desigualdad (trabajadores), pecado (oradores) y
violencia (defensores), la nueva relación medieval con la naturaleza
requiere para funcionar correctamente: desigualdad (hombre/naturaleza),
pecado (naturaleza corrompida) y, desde luego, violencia. Tanto la
violencia que la naturaleza hostil ejerce contra el hombre como la de éste
contra el medio natural. Regulando como "el pueblo se deue apoderar de la
tierra por la fuerça... quando non lo pudiessen fazer por maestria, e por
arte", el legislador equipara la violencia del hombre sobre la naturaleza
con la violencia del hombre sobre el hombre, y a ambas denomina
"guerra"44: a) "se deuen auenturar a vencer las
cosas, por fuerça, e por fortaleza, assi como quebrantando las grandes
peñas, e foradando los grandes montes, e allanando los logares altos, e
alçando los baxos o matando las animalias brauas ... por ende tal
contienda como esta, es llamada guerra"; b) "E si esto deuen fazer, contra
todas las cosas que diximos, con que han de contender, quanto mas contra
los omes, quando fueren sus enemigos ... queriendo les toller su tierra, o
fazerles mal en ella"45. Viene a decir que si el hombre debe
forzar la naturaleza para humanizarla, "quanto mas" ha de ser violento con
los otros hombres para "defender lo suyo, e ganar lo de los enemigos"46: lo primero para dominar la tierra lo
segundo para defenderla. Esta concepción medieval de la vida humana como
una lucha constante, en el interior y en el exterior, por controlar la
naturaleza, convierte en normal, en no-contradictorio, tanto la violencia
que el hombre ejerce sobre la naturaleza como la violencia que la
naturaleza ejerce sobre el hombre: la naturaleza hostil es pues un factor
necesario para el equilibrio de la vida y la la mentalidad
medievales. Los historiadores de la Edad Media polarizan su
valoración sobre la relación hombre/naturaleza según su especialidad: los
historiadores de la economía resaltan como el hombre consigue dominar a la
naturaleza (Fourquin, White, Fossier47), y los historiadores de las
mentalidades hablan más bien de como la naturaleza somete al hombre por la
falta que tiene éste de medios técnicos para señorearla (Bloch48, Le Goff49, Fumagalli50, salvo Delort51). Obviamente, hay datos empíricos que
avalan ambos juicios de valor, la coacción actúa en las dos direcciones.
Si bien la novedad medieval no reside en la hostilidad de la naturaleza,
bien patente en las sociedades anteriores, sobre todo en las más
primitivas, sino en el poder que el hombre adquiere sobre su entorno
ambiental en la Plena Edad Media. Un enfoque global tendría que explicar
el aparente desfase entre una mentalidad primitiva y una economía
relativamente avanzada. La hostilidad de la naturaleza es consecuencia de su
función activa como sujeto, y requisito previo de su humanización. Si la naturaleza
ofreciese sus frutos sin lucha, ¿qué sentido tendría el trabajo humano? El
temor que produce la naturaleza salvaje e ignota, ¿no supone una forma de
protección frente a la violencia humana? El mismo miedo que producen las
fuerzas terrenales desatadas, ¿no hace que los hombres acudan al señor que
las desencadena, permaneciendo fiel a un Dios que premia al justo con los
frutos de la tierra y al injusto con plagas52? Ciertamente, otras fuerzas ocultas,
dioses o diablos, controlan, según la mentalidad popular, las fuerzas
naturales, pero para nada
contemplan el concepto medieval de trabajo (efecto del pecado) y el
concepto medieval de razón (condicionada en último extremo por Dios).
El cristianismo medieval oficial sitúa en el hombre la
responsabilidad primera de la lucha contra la naturaleza, dejando para los
poderes sobrenaturales (Dios, los santos) el control de la naturaleza
maravillosa, no cotidiana, inexplicable (para los conocimientos humanos de
la época). Aquello que el hombre no domina con su esfuerzo, la técnica y
la ciencia medieval, lo hace por medio de una religión monista, sincrética
y antropocéntrica. La segunda forma por tanto de humanizar la naturaleza medieval,
corrompida por el pecado de los hombres, es recordar que Dios que ha hecho
del hombre el centro del mundo. Dice el genealogista Aponte, a principios del siglo
XVI, de un noble feudal gallego del siglo XV (Pedro Álvarez de Soutomaior,
"Pedro Madruga"): "Era uno de
los grandes sufridores de trabajos que havía en España toda; ni porque
lluviese, ni nevase, ni elase, ni porque hiçiese todas las tempestades del
mundo, no dejaría de haçer sus echos"53. Otro caballero, sin embargo, Álvaro
Pérez de Moscoso, menos simpático para el autor, es el protagonista de una
aventura muy diferente, con treinta hombres armados: intentan hacerse con
el tesoro de la cueva de la Coruxa, pero "tubieron tan gran miedo" a unas
aves que les golpearon y a un río que corría en su interior, que dieron
marcha a atrás, y el "aire emponçoñado"54 de la cueva les llevó a la muerte en un
año55. Según el sujeto de la acción, caballero
esforzado en el primer caso y naturaleza celosa de sus tesoros (el temor
supersticioso la salvaguarda) en el segundo caso, así es la resultante de
la acción: naturaleza dominada o naturaleza dominante.
La gran revolución que tiene lugar, en los siglos
XI-XIII, en las relaciones
hombre-naturaleza consiste en imponer una doble dirección: la naturaleza actúa sobre la
sociedad humana, al igual que en el mundo antiguo y pre-romano, pero
asimismo -aquí reside la primera novedad- la sociedad humana actúa sobre
la naturaleza, directa (la técnica) e indirectamente (los clérigos en
lugar de los brujos: segunda novedad), sin romper los equilibrios
ecológicos (tercera novedad respecto del mundo posmedieval56). Dicho con otras palabras, nos
encontramos con un doble sujeto, la humanidad y la natura, que al ser inseparables
tienen que alternarse en la acción o luchar entre sí: el hombre apela a la
providencia cuando la relación de fuerzas le es contraria (grandes
calamidades). Para hacer factible este doble y alternativo rol
(objeto/sujeto) del género humano, la Iglesia introduce dos innovaciones,
prácticas y/o teológicas, al actualizar su mensaje, que cohabitan en las
mentalidades medievales, pero que son poco compresibles para un
racionalista moderno: la racionalidad escolástica por arriba (cultura savante) y la magia blanca por abajo
(cultura popular), aunque toda distinción arriba/abajo en la práctica hay
matizarla mucho en la Edad Media. La doble visión de la naturaleza que se desprende de
las fuentes medievales, ora moldeable ora temible, desconcierta al
observador actual, incluido al historiador profesional. Una más de las
muchas paradojas medievales. Contradicciones aparentes que resulta que no
son tales si las situamos en su contexto concreto, si profundizamos en
nuestro análisis, si huimos de los anacronismos.
Veamos este doble uso que el hombre medieval hace de
la naturaleza, ambivalente pero no ambiguo, en cuatro casos concretos
(bosque, animales, tormentas y peste), según el sujeto de la acción
(hombre/naturaleza) y según el medio de la acción (razón/magia).
El bosque tenía, como sabemos, en la Edad Media una
enorme importancia: lo inundaba todo. Parte vital de las economías
campesinas como proveedor de combustible (leña) y lugar de pastoreo
(cerdos), y de la vida señorial (caza) y religiosa (ermitas y
monasterios), sufre los embates de la agricultura en la Plena Edad Media,
restándole las roturaciones un espacio que recupera en cierta medida con
la crisis bajomedieval57. El hombre medieval transforma el bosque
en un medio familiar y frecuentado58. La imagen del bosque que se desprende
habitualmente de las fuentes
es, en cambio, la de un lugar temido, habitado por bandidos,
bestias y brujos, emparentado a la oscuridad y hogar del lobo feroz. Bloch
y Le Goff hicieron hincapié en este doble rostro del bosque medieval, a la vez repelente y deseable59, fenómeno que podemos hacer extensivo
ciertamente a toda la naturaleza medieval. Doble rostro que, curiosamente, en el caso de los
animales, se convierte en triple. Tenemos por un lado los animales útiles
para el hombre, como los bueyes, los caballos y los corderos, connotados
positivamente60, necesarios para el trabajo, la guerra o
la caza; y, por el otro, las bestias bravas, representando la parte
anti-humana de esa naturaleza que se ha rebelado contra el hombre pecador.
Los primeros se rigen por el derecho natural, al igual que el hombre, y su
domesticación es ejemplo palmario del dominio del género humano sobre la
naturaleza, aunque no sea esto precisamente lo que destaquen las fuentes
de la época, que hacen aparecer a los animales mayormente como una
amenaza61, "animalias brauas" que es menester
matar, principalmente los lobos, que marcan la Edad Media por su número y
fuerza, agresividad y contacto con el hombre62, y sin embargo no suelen simbolizar al
diablo. La oposición del hombre al lobo viene de la lucha por
la supervivencia, no es religiosa sino práctica, es caza defensiva, no
búsqueda de chivos expiatorios de los pecados humanos. Para representar al
mal, al demonio, el hombre medieval tiene un tercer tipo de animales: el
gato63 e incluso otros animales domésticos64, no necesarios para el trabajo y
suficientemente inofensivos para que puedan andar tranquilamente entre los
hombres encarnado el poder oculto del enemigo. Función que la vaca, por ejemplo,
no puede asumir porque el hombre la necesita, ni tampoco el lobo que es
incompatible con él. El sentido práctico del hombre medieval mantiene a la
naturaleza maravillosa, divina o demoníaca, fuera de sus actividades de
economía o supervivencia, en esto se distingue netamente del hombre
primitivo. Los hombres medievales creen a pies juntillas en la
trascendencia, pero reservan una parte capital de su vida cotidiana a la
economía y lucha por la supervivencia, sin que ello suponga un cambio
radical de mentalidad. El lobo, y en general las bestias salvajes, son
útiles65 para la sociedad medieval en dos
sentidos: a) la caza defensiva66 de interés público67, en la que han de participar los tres
estamentos, clérigos, caballeros y campesinos68, lo que choca con la tradición medieval
de la caza (ofensiva) como ocupación de nobles; b) instrumento
punitivo de la justicia
humana para reos plebeyos de casos graves, castigados con la pena de
muerte, "si fuere sieruo deue ser echado a las bestias brauas que lo
mate"69. Esta identificación del siervo con la
mala bestia70 es indicativa tanto del estado de
dominación en que la naturaleza caída debe hallarse, como de la imagen
inhumana que la cultura dominante puede llegar a tener del siervo
feudal71. El paralelismo entre la representación
de la sociedad y la representación de sus relaciones con la naturaleza es,
de nuevo, evidente. El siervo si es manso es beneficioso y vive entre los
hombres (nobles), y si es bravo debe morir como los animales ídem, mejor
aún, entre sus garras: los animales malos son, de este modo, útiles para
castigar al hombre malo. Una manera de cerrar el círculo naturaleza
dominante/naturaleza dominada que coadyuva a mantener estable el sistema
social y natural medieval. El hombre medieval logra reestablecer un nuevo
equilibrio con la naturaleza que la religión y la magia avalan, y
enmascaran. Responde a la violencia con la violencia, pero no tiene reparo
en utilizar la violencia de los animales salvajes para mantener la
cohesión social. La alternancia en la acción del hombre y del animal, del
hombre y de la naturaleza en general, está en la base pues de la armonía
de las relaciones feudales con el medio natural, pero es asimétrica: las grandes
calamidades y epidemias nos muestran -y lo mismo pensaban, a qué dudarlo,
los contemporáneos- como finalmente la naturaleza medieval le puede al
hombre. Las situaciones de emergencia son demasiado cotidianas para
olvidarlas, arrasan las obras económicas laboriosamente conquistadas, y sólo la religión -en simbiosis
con la superstición- puede explicarlas y aplacarlas. Es así como la
“retrasada” -desde el punto de vista racionalista moderno- mentalidad
medieval domina la práctica económica y social: la razón instrumental, en
la Edad Media, está subordinada a la razón sobrenatural. Los efectos de las tormentas, y otras catástrofes
naturales, sobre las economías medievales de supervivencia son, valga la
redundancia, catastróficas.
La incomprensión de las causas naturales de estos fenómenos y la
falta de un Estado protector que compense sus consecuencias sociales,
agrava el problema y deja en manos de Dios, el diablo o los astros, la
solución. A principios del siglo XVI, Pedro Ciruelo en su
batallar contra las supersticiones recuerda que Aristóteles y los
filósofos clásicos "sabían" las "causas naturales" de los truenos,
relámpagos, granizo y pedrisco, que no tenían que ver ni con los ángeles
ni con los diablos, siendo por tanto innecesarios los conjuros72. La Iglesia medieval compitió, con
cierto éxito, con los "conjuradores de nublados" para aplacar la
naturaleza desatada, al precio de olvidarse de los filósofos clásicos, y
señalando la cólera
divina73 como origen de las tempestades y demás
calamidades74. El mismo Ciruelo tiene que admitir, con
todo, que uno entre "cient míl nublados" son causados por diablos: "mas
aquéllo no lo permite Dios sino muy poquísimas veces, porque quiere que
sus criaturas hagan sus movimientos comúnmente"75. Lo que no tendrá lugar hasta que la
Ilustración libere al hombre de las "tinieblas" de la magia, la
superstición y la religión: iluminación que trajo grandes ventajas y
algunas desventajas para la humanidad, como bien sabemos. La ira divina simbolizada por la naturaleza hostil se
reutiliza en favor de la "cohesión social", unas veces contra siervos
(identificados con las malas bestias) y judíos76, casi siempre para reforzar el rol de
los oratores en la sociedad
medieval. El hombre medieval estaba muy lejos del estoicismo de
Plinio el Viejo ante la erupción del Vesubio (año 79 d. d. C), que le va a
causar la muerte77. Tampoco se desespera impotente ante el
apocalipsis terrenal78, ni se recluye en el templo esperando la
compasión del Dios79: actúa, bien por medio de
intermediarios, usualmente clérigos80, que mandan a los sacristanes tocar las
campanas contra el granizo81, bien directamente participando en
procesiones y rogativas82 o tomando iniciativas individuales como
poner las sartenes y las cacerolas hacia el cielo cuando hay tormenta83. La cristianización de los ritos
"gentilicios" da como resultado la magia blanca cristianizada84 que, a partir del siglo XVI, recluida en
la cultura popular, se intentará combatir mediante la Inquisición85. Ahora bien, depender de la razón divina, o mejor aún
supersticioso-divina, no quiere decir que la razón instrumental, humana,
cotidiana, no cuente. ¿Qué puede hacer el hombre común, y sus
instituciones, contra las calamidades naturales? Pues tratar de paliar los
efectos materiales de la catástrofe provocada por Dios o el diablo (con el
permiso de Dios); lo que no dejaba de contradecir el punto de vista
religioso, pues eximía a los hombres de la responsabilidad del pecado:
Dios castigaba y el poder secular tomaba medidas prácticas. Corresponde,
según las Partidas, al
señor, y no al vasallo que paga el censo, hacerse cargo de las pérdidas
"por fuego, o por terremoto, o por aguaducho"86. El Rey acepta, después de la peste de
1348, que se revisen los impuestos reales, puesto que "por la mortandad e por
los malos tenporales e por los grandes meesteres que han acaesçido... non
pueden conplir nin pagar los padrones que suelen"87, y de nuevo, en 1425, quita por cinco
años el impuesto de monedas a Murcia y a su tierra, por la crecida del río
Segura, "que derribara fasta seysçientas casas, e se auia perdido todo el
trigo e çeuada e vino e azeyte e bienes muebles"88. Lo económico-social y la mentalidad se
desenvuelven, como tantas veces, en registros diferentes pero compatibles
en la mentalidad medieval: los mismos que pedían y obtenían exenciones de
rentas e impuestos ¿no
formaban parte de las rogativas al Señor para que cesase el temporal, o
viniese la lluvia? Los hombres de la Edad Media lograron, sin demasiada
dificultad, engendrando complicadas paradojas para el observador moderno,
que las creencias espirituales y las conveniencias materiales no chocaran,
acostumbrados como estaban a mezclar lo imaginario y lo real. La debilidad del racionalismo medieval es que,
justamente, tiene grandes dificultades para relacionar causas y fines,
para ser cabalmente racional. El retraso en el conocimiento de las causas
de las calamidades naturales, y del funcionamiento de la naturaleza en
general, deviene imprescindibles la astrología, la magia y la religión
como proveedoras de las certezas básicas que el hombre necesita para vivir
y morir. El caso de la peste bubónica es ilustrativo. Dios castiga a los
hombres pecadores con la pestilencia pero ¿cómo llega la peste hasta el
hombre? Hoy sabemos que el bacilo
yersinia pestis
(aislado en 1894) viene de las ratas que transmiten la
enfermedad al hombre a través de las pulgas y los piojos, lo cual se ve
facilitado por los momentos climáticos cálidos y húmedos. En la Edad
Media, erróneamente, se identificaba el agente transmisor con el aire
contaminado (tesis hipocrática desarrollada por Galeno y Avicena), lo que
conciliaba bien con la explicación convergente de la astrología y de la
religión: la corrupción del aire era inducida por la conjunción de los
planetas y/o la cólera de Dios, ¿no es acaso el aire el límpido elemento
que recibe "pura la lumbre del cielo"89? Tanto las respuestas como las medidas a
tomar tienen que ver con esa certeza. Se piensa90 que el clima de final de verano facilita
la corrupción del aire, al igual que los muertos no sepultados y las
inmundicias en los canales y las calles, siendo bueno, en cambio, sepultar
los cadáveres, cuidar la higiene91, hacer fuego para purificar el aire y
producir buenos olores. Algunas de estas medidas higiénicas ayudan,
involuntariamente, a eliminar ratas, piojos y pulgas, otras -como evitar
la relación con mujeres o las procesiones de disciplinantes- inciden
directamente en la culpa y el pecado como causas principales, aunque el
sentido común impone también otro tipo de iniciativas como el cierre de
las puertas de las ciudades para evitar la entrada de los apestados en su
huida (por ejemplo, Alcoy en 1489)92. Poco se puede hacer, salvo invocar al
gran hacedor, para encontrar el remedio cuando
se desconoce el origen del mal que se está sufriendo. El hombre medieval es racionalista hasta donde puede y
le deja el desarrollo científico, filosófico y mental de su época. Ha
aprendido a beneficiarse de su relación ambivalente con la naturaleza,
hasta el extremo de integrar la naturaleza hostil en su sistema social y
mental. Pero este control de la naturaleza, directo o indirecto, tiene sus
límites en las grandes catástrofes, es entonces cuando la simbiosis
cristianismo-magia orientan el pensamiento y la acción humanos de tal modo que
imprimen carácter a toda la mentalidad medieval, predispuesta por herencia
a lo maravilloso. La relación hombre-naturaleza ofrece una u otra cara
según sea el sujeto principal de la acción. El historiador de la economía,
decíamos más arriba, observa al hombre medieval produciendo bienes,
comerciando, construyendo, y deduce que domina la naturaleza; el
historiador de las mentalidades se encuentra con una visión medieval del
mundo que subordina el hombre a una naturaleza activa, animada por lo
sobrenatural, temible y dominadora del hombre. No es sólo que la economía
medieval está poco desarrollada, tampoco lo está la filosofía y la
mentalidad, si la referencia que utilizamos es el mundo moderno (aunque la
mejor referencia para comprender la Edad Media es la misma Edad Media). La
humanización de la naturaleza en la Edad Media es un hecho histórico real,
irrefutable, pero se trata de una humanización limitada por la técnica y
por el poder omnímodo de una providencia sustentada en la fuerza de la
naturaleza (derecho natural divino), o sea, una humanización controlada,
para bien y para mal. Para mal porque el hombre no es plenamente libre
para progresar y conquistar el bienestar. Para bien porque la naturaleza,
y en última instancia el hombre, mantiene bajo control el uso que los
humanos hacen de ella. Naturaleza amiga La economía medieval no produce mercancías, más que de
una forma secundaria, ni busca el beneficio tal como se entiende en una
economía capitalista. La economía medieval produce principalmente para
consumir, y sus grupos dirigentes persiguen ante todo "acrecentar sus
estados", es decir, conseguir más tierras y vasallos -pues son éstos los
que generan, con sus rentas, los ingresos señoriales-, mediante las
donaciones (Iglesia) o la guerra (caballeros). En este contexto de
economía natural, las presiones humanas sobre la naturaleza son de menor
entidad, respecto a lo que vendrá después, pero perceptibles por causa del
avance tecnológico agrario y pesquero que va a generar importantes medidas
de protección del patrimonio natural, dictadas por un sentido común (no
productivista) y, en última instancia, por la visión
animista-providencialista de la naturaleza. Ambos motivos se entrelazan,
pero las fuentes económicas no reflejan suficientemente las motivaciones
supersticiosas y las fuentes narrativas raras veces hablan de economía. Es
tarea del historiador intentar la síntesis, hacer la historia global. La rotación trienal de cultivos es la más destacada
novedad agrícola de la Edad Media. Un tercio de los campos se deja en
barbecho, otro tercio se dedica a los cereales de invierno y el otro
tercio a los cereales de primavera. Antes, con el sistema de los dos
campos, quedaba sin arar cada año la mitad de las tierras. El incremento
de la productividad fue grande, al trabajarse casi todo el año los campos
y reducirse la tierra que se dejaba sin cultivar93. San Francisco "manda al hortelano que
deje a la orilla del huerto franjas sin cultivar, para que a su tiempo el
verdor de las hierbas y la belleza de las flores pregonen la hermosura del
Padre de todas las cosas"94. Esta administración de los recursos
agrícolas para evitar su agotamiento, surge de la necesidad y del sentido
común -que el avance del progreso hará desaparecer, no lo olvidemos-, y
resulta favorecido -y en último término determinado- por el animismo de la
religión, que nunca desapareció y que va a ser reconocido oficialmente por
la espiritualidad franciscana. "Como el Rey deve guardar su tierra" -promulgan las
Partidas-, pues procurando
"que se non yermen las villas, nin los otros logares... E otrosi, que los
arboles, ni las viñas, ni las otras cosas, de que los omes biven, ni los
corten, ni los quemen, ni los derrayguen, ni los dañen de otra manera, ni
aun por enemistad"95.
Esta salvaguarda de los medios de producción y de vida
es un lugar común de la documentación económica medieval. El hombre
medieval cuida la naturaleza de la que vive y los medios para trabajarla:
la tierra, los animales y las plantas que dan fruto. "Bueyes, nin vacas,
nin otras bestias de aradas" se pueden empeñar (como tampoco los arados y
los siervos), lo mismo que las "cosas sagradas", y al contrario que los
frutos "de los ganados, e de los arboles, e de las heredades"96. El ganado no se puede ni empeñar, ni
prendar97, ni robar (pena de muerte)98. Las medidas protectoras de los animales
beneficiosos para el hombre abarcan incluso a las palomas99, y a los huevos de los halcones y las
perdices100. "Arboles, o parras, o viñas son cosas
que deven ser mucho bien guardadas, porque del fruto dellas se aprovechan
los omes, e reciben muy gran plazer e conorte [consuelo] quando las
veen"101. Sin embargo, este amor (de fondo
supersticioso y religioso) a los seres vivos y a la naturaleza nos señala
que su defensa no se reduce a una simple actitud utilitarista que sabe ver
más allá del corto plazo (lo que no es poco).
Se castiga por tanto la tala de árboles frutales102, se ordena sustituir los que se
"cayeren o secaren"103 y que se planten en tres meses "dos
árvoles que lieven fruto" por cada aranzada (4,47 m2)104. Alcanzando las medidas protectoras a
los frutos ya elaborados de los árboles: así el Fuero Viejo de Vizcaya
(1452) condena a muerte por derramar intencionadamente la sidra de las
cubas105. Pena que se solía aplicar a delitos
graves contra las personas y las propiedades. Para la mentalidad medieval
el ganado, los árboles y sus frutos, podían llegar a ser tan importantes
como las personas, no en balde el hombre medieval se consideraba parte
inseparable de una naturaleza viva. Para entender la relación del hombre con su medio
ecológico, en la Edad Media, hay que prestar particular atención al
bosque, que en el siglo IX ocupaba aún el 40% de las tierras de la abadía
de Saint-Germain-des-Près, zona especialmente adelantada desde el punto de
vista agrícola106. Por regla general, en la Europa
altomedieval, el bosque domina la mayor parte de las tierras, y la
economía campesina dependía de él para sobrevivir. En el siglo XII, lo
primero que apunta el Códice
Calixtino sobre la tierra de los gallegos es que "abunda en
bosques"107, y, cuatro siglos después, otro
viajero, Fernando de Colón, muestra su asombro por las leguas de
robledales y castañares que rodean sus poblaciones108. ¿Cómo ha afectado el progreso de la agricultura a
estas masas boscosas medievales? El auge roturador (y de la construcción) en los siglos
centrales de la Edad Media rompe, según la opinión comúnmente admitida, el
equilibrio altomedieval entre tierras de cultivo, pastos y bosques;
resultando un desequilibrio que, para algunos autores, será una de las
causas de la crisis bajomedieval109. Los efectos inmediatos del retroceso
del bosque no se harán esperar: conflictividad social por el control del
monte, mayor agresividad de los lobos110 y otros animales salvajes, crecidas de
los ríos al no retener los árboles la lluvia111, y, lo que más nos importa aquí, la
intensificación de la medidas de
protección de los bosques. Medidas que permitirán, junto con la
crisis agraria bajomedieval, la recuperación del bosque en los siglos XIV
y XV112. La prueba de ello es que, en 1457,
Enrique IV, a petición de los concejos de Guipúzcoa, tiene la necesidad de
ordenar que la plantación de robles, nogales, castaños, fresnos y hayas se
mantenga a tres brazadas de la tierra labrada113. El balance final de este proceso de
avance-retroceso-avance es, sin duda, favorable a la conservación de los
bosques medievales. Las medidas de protección surgen pues cuando son
necesarias114, ponen a prueba el sentido utilitario,
y, más allá, el sentimiento animista hacia la naturaleza de los hombres
medievales. Es, desde fines del siglo XII, al consolidarse la nueva forma
de producir, cuando los hombres comienzan a dotar a los bosques de una
protección especial: "en el siglo XIII el bosque se convirtió en una
especie de cultivo protegido de especies arbóreas"115. Las luchas sociales por el control de
los bosques están al orden del día: en el siglo XIII las comunidades (uso
y recolección) y los señores (caza) plantean conflictos por el retroceso
de los bosques116, y, a mediados del siglo XV, las Cortes
castellanas protestan porque los señores no dejan cortar leña libremente,
porque los vecinos ocupan los montes o porque los guardas reales se
apropian de ellos117. El avance de la tierra cultivable, las talas y los
incendios son los peligros que acechan al bosque medieval. Las Cortes de
1351 denuncian que se "derriban çinco o sseys pinnos por tirar dende tres
o quatro rrayeros de tea que non valen tres dinneros... " y que "los que
biven en las comarcas de los pinares e de los enzinares que los cortan e
los queman para ffazer ssenbradas de nuevo, e que sse desstruye todo". La
respuesta del Rey no puede ser más dura, e indicativa del cambio de aires,
pide la pena de muerte: "qual quier que cortare o derraygare o quemare
pinnos en los pinares o enzinas en los enzinares de los conçeios, commo
dicho es, para fazer senbradas, quel maten por ello e demas que pierda
todos sus bienes"118. La propia crisis agraria, agudizada e
impulsada por la peste negra, aporta un segundo aliento a las medidas de
protección de los montes119, cuya recuperación pronto permitirá
(1380) que la monarquía autorice talas120 (la preceptiva autorización es prueba de la
fiscalización existente). En el siglo XV, se alternarán las habituales
medidas proteccionistas121 con medidas ocasionales destinadas a
favorecer la agricultura122, siempre en un marco de control que
hace preciso la autorización del concejo, del señor o del Rey para cortar
árboles y hacer fuegos que
puedan llegar a dañar al monte. En el siglo XIII, Alfonso X prohibe en general los
fuegos incontrolados123, y castiga con pena de muerte a los que
quemen los montes: "Manda el Rey que non pongan fuego pora quemar los
montes, e al quelo fallaren faziendo quel echen dentro, e sinon pudieren
aver quel tomen lo que ouviere"124. Medidas contra los posibles fuegos en
el bosque, y contra los que las trangreden, se suceden después, en los
siglos XIV125 y XV126, sin que tengamos noticias, en
cualquier caso, de grandes incendios intencionados como los que asolan en
la actualidad nuestros bosques. La gran deforestación de la Europa preindustrial no
tiene lugar durante sino después de la Edad Media, en los siglos
XVI-XVIII127. Nuevos avances de los cultivos (maíz y
patata), y el auge de la construcción de barcos y casas, fenómenos ligados
a un incremento demográfico que exigía más madera y producía más bocas que
alimentar, junto con una mayor despreocupación ecológica, condujeron a un
vasto retroceso de las formaciones boscosas y a la sustitución de las
especies arbóreas autóctonas. De hecho la revolución industrial utiliza
como base energética combustibles sólidos (carbón vegetal) y no leña del
bosque, cuya crisis definitiva e irreversible data de finales del siglo
XVIII y principios del siglo XIX128. Un conflicto social de larga duración, que se prolonga
con altibajos desde el siglo XV hasta el siglo XX, ecológicamente muy
significativo129, es el de las artes de la pesca en
Galicia. El cerco como modo industrial de pescar130 contra las aparejos más artesanales y
tradicionales de la sacada, el espinel y el xeito. El argumento más
importante, que ambas partes emplean en la polémica, es el ecológico, a
pesar de las características eminentemente sociales y económicas del
conflicto, que lleva al enfrentamiento de grupos "ricos" y "pobres" de
pescadores y de las localidades que los representan. En el cruce de acusaciones se dice de los aparejos
contrarios que: a) "matan y destruyen toda la cría del pescado"131; b) "ynfiçionan" el agua del mar132; c) impiden el "sosiego" del
pescado133. Lo primero se corresponde con el
habitual discurso proteccionista medieval, interesado en garantizar la
reproducción, contra la máximización la explotación de los recursos a
corto plazo. El temor a "ynfiçionar" el agua recuerda a la contaminación del aire que
trasmitía la peste134. La polución del aire y del agua mata a
los seres vivos: esta certeza medieval, que raramente tenía base objetiva,
nos lleva directamente a la mentalidad animista y supersticiosa que
homologa a todos los elementos de la naturaleza como seres vivos,
susceptibles por lo tanto de corromperse y de enfermar. Por último, esa
necesidad sentida de mantener "asosegada" a la sardina para que no huya de
la ría135, ¿no le concede a los peces un grado
excesivo de "conciencia"? En suma, para que el mar ofrezca sus frutos al hombre
no se puede cortar su desarrollo biológico, ni contaminar sus aguas, ni
molestar demasiado a la población marina. Se evita una explotación abusiva
y desconsiderada, no porque se tengan conocimientos científicos sobre
causas y efectos, sino porque se teme la reacción de la naturaleza, se
interpretan supersticiosamente las respuestas de los seres vivos como
sujetos activos de la relación bidireccional con el hombre. El límite del
utilitarismo lo marca, pues, una naturaleza amiga pronta a metamorfosearse
en naturaleza hostil y negar el sustento al hombre, función que le asignan
unas sagradas escrituras que, asimismo, se sirven de la naturaleza para
mantener bajo control al hombre. En las otras relaciones hombre-naturaleza que hemos
estudiado no se ve tan claramente, como en el caso de la pesca, las
simbiosis pragmatismo-superstición, el carácter controlado de la
humanización de la naturaleza medieval por el hombre136, el interfaz naturaleza
dominada/dominante, naturaleza amiga/hostil, ¿por qué? Porque ni la tierra
y los árboles tienen la capacidad de actuar como verdaderos sujetos vivos,
de huir, como la pesca, si el hombre los trata mal, sin el respeto debido
a unas criaturas que también son de Dios; los animales que se cazan no
tienen una relación tan masiva con el hombre por ser la caza (salvo la
defensiva) un privilegio nobiliar en la Edad Media137. La polución urbana en la Edad Media es un hecho común
que acompaña la formación de las ciudades amuralladas. En el siglo XIII se
promulgan algunas medidas138 que, en realidad, no entrarán en vigor
hasta mediados del siglo XIV: primero, porque las Partidas no son de obligado
cumplimiento hasta el Ordenamiento de Alcalá de 1348139, y, segundo, porque es la peste negra, también en el año de 1348,
lo que acelera la toma de conciencia de la necesidad de más limpieza
doméstica y colectiva140, al asociar de manera religiosa y supersticiosa
suciedad con contaminación del aire, del agua, de los cuerpos. La
corrupción de la naturaleza tiene en la Edad Media el doble sentido,
equivalente e interconectado, pero poco explícito en las fuentes, de
naturaleza pecadora del hombre y de naturaleza manchada físicamente por
las inmundicias y el mal olor. En 1367, el Rey bajo pena de fuertes multas ordena que
no se echen basuras en el patio trasero de la Iglesia Santa María la Mayor
de Zaragoza: "no teniendo consideración de los divinos oficios que se
celebran en dicha Iglesia, ... arrojan inmundicias, realizan allí sus
necesidades, y dejan allí animales muertos y otras cosas, ... un gran
hedor durante el divino oficio". Las prohibiciones de los concejos
continúan, junto con el problema, a lo largo del siglo XV141, que, a finales del siglo XVI, seguía
sin resolverse plenamente142. Naturaleza moderna La transición de la Edad Media a la Edad Moderna trajo
consigo un cambio en la visión humana de la naturaleza impulsado por el
desarrollo de la burguesía comercial, en una economía predominente
natural, y de la ciudad, en una sociedad mayoritariamente rural. La
construcción de la ciudad es un reto a la naturaleza, una prueba de la
capacidad del hombre para su dominación143. En la ciudad el hombre vive libre de
la tiranía de la naturaleza, de la opresión del frío, de la noche, del
hambre. Evidentemente es una exageración milenarista hacer del mundo
urbano una especie de paraíso terrenal144, pero sí es cierto que la ciudad
medieval introduce transformaciones mentales destacadas. Se pierde el
contacto íntimo con la naturaleza, que se observa desde la ventana, con
mayor distancia psicológica, sustituyendo la visión medieval
mágico-maravillosa por el goce estético y el deseo de estudiarla
empíricamente para dominarla mejor145.
Más adelante será toda la sociedad la que participe de
esta nueva actitud hacia el medio natural que tiene como eje principal la
separación irreversible del hombre (sujeto) de la naturaleza (objeto). A
partir de aquí las criaturas irracionales ya no son sujeto de algún
derecho (Francisco de Vitoria, siglo XVI)146. Se combate con energía, con más logros
en la cultura letrada que en la cultura popular, la mentalidad
supersticiosa y la religiosidad medievales que sentían la naturaleza como
algo vivo, frenando objetivamente el pleno dominio de la naturaleza
mediante la técnica para asegurar el progreso del hombre. El interés por
conservar el medio natural, propio del medioevo, pasa a un segundo plano.
El racionalismo y la Ilustración preparan de este modo el camino a la
revolución industrial, gran protagonista de la reestructuración ecológica
más significativa "de la historia medioambiental de nuestro planeta", la
consecuencia más sonada de la sustitución de la religión por la ciencia y
la economía, de Dios por el mercado, en las relaciones
hombre-naturaleza147. Ideas ingenuas, como el progreso indefinido y los
recursos ilimitados de la naturaleza, subyacen en la nueva ideología de
conquista de la naturaleza que causará un impacto ecológico profundo en
las sociedad occidentales. Las iniciativas contra la deforestación en
Europa y América, desde mediados del siglo XIX, han resuelto poco: el
expolio y la contaminación crecen y se diversifican a un ritmo
acelerado148. La ciencia moderna implica un
impresionante incremento de nuestro conocimiento de la naturaleza, pero un
retroceso no menos impresionante de la compresión de las consecuencias
ecológicas de nuestros actos: "la religión y la tradición como ideologías
de la utilización de los recursos están quizá mejor adaptadas para
afrontar una situación de conocimiento imperfecto, que una supuesta
gestión ‘científica"149. El deterioro galopante del medio natural ha generado, en los últimos años, un fuerte movimiento ecologista que se pregunta si en el pasado |