LA
MENTALIDAD JUSTICIERA
Carlos Barros
Universidad de
Santiago de Compostela
La historiografía de las
revoluciones y los movimientos sociales de los años 60 y 70
fue incapaz de responder a esta pregunta, que muchas veces ni
siquiera se planteó. La subordinación de la coyuntura a la
estructura, de la mentalidad a la economía, de la lucha de
clases al desarrollo de las fuerzas productivas, condujeron a
una grave incomprensión del papel del sujeto histórico y de
sus complejas relaciones con los procesos materiales de la
historia. Por lo cual, una gran parte de aquellos trabajos,
adquirieron un carácter puramente descriptivo, renunciando de
antemano a relacionar el acontecimiento de la revuelta con las
instancias más objetivas de la evolución histórica.
La historia social inglesa de Past and
Present -así como la importante historiografía francesa de la
revolución de 1789- sentó algunas bases para superar este
grave déficit de investigación e interpretación, pero su
irradiación fue débil y llegó demasiado tarde -a finales de
los años 70[1]- cuando ya la historiografía occidental más
innovadora se alejaba de los conflictos y las revueltas
sociales como temas de investigación.
Desde los años 90 se recuperan[2], con
perspectivas metodológicas diversas, los movimientos sociales
como objeto de investigación a consecuencia, junto con otros
factores, del retorno del sujeto histórico desde 1989 en
Europa y América. Este nuevo y acelerado ciclo de grandes
movilizaciones sociales ha cambiado de signo, a lo largo de la
última década del siglo XX. Entre la caída del muro de Berlín
en favor de la democracia y la economía de mercado, y la
manifestación de Seattle contra el neoliberalismo en diciembre
de 1999, muchas cosas han cambiado. El punto de inflexión
estuvo en la rebelión neozapatista del 1 de enero de 1994, y
en los movimientos sociales franceses de diciembre de 1995. La
observación de las revueltas que están acompañando este cambio
de siglo, de sus causas y motivaciones que ya no son
reductibles a esquemas deterministas simples, ha de contribuir
a un análisis más complejo de las revueltas del pasado, a una
nueva historiografía de los movimientos sociales, y viceversa:
un estudio renovado de los conflictos y revueltas históricas
ha de contribuir a la comprensión del porqué de la pasividad o
de la actividad, hoy, de los viejos y nuevos sujetos sociales.
En lo que respecta a las grandes revoluciones
contemporáneas, ¿el revisionismo historiográfico no evidencia
la necesidad de síntesis más complejas que las proporcionadas
por la historiografía del siglo XX?
La
incapacidad de las ciencias sociales -y del marxismo de la
época- para preveer el derrumbe de los países del Este de
Europa, y la transición al capitalismo, está ligada al
paradigma economicista, estructuralista y objetivista, que
dominó aquéllas desde el final de la II Guerra Mundial. A la
infravaloración de la dimensión subjetiva de la historia, se
ha venido a sumar, después, la fragmentación del estudio de la
historia en múltiples objetos y métodos, de manera que la
economía, la sociedad, la política y la mentalidad tendieron a
investigarse por separado, perdiendo estos enfoques parciales
y aislados toda capacidad explicativa de los hechos
históricos. Concretamente, la explicación del origen, auge y
decadencia de las revueltas y las revoluciones.
La primera
instancia
Volviendo a la pregunta
inicial: ¿por qué una revuelta social estalla en determinado
momento y lugar? En mi opinión la respuesta está más en la
“primera instancia” que en la “última instancia”, siempre
mediatizada por niveles intermedios que, en ocasiones, hacen
irrelevante su papel. La economía no suele intervenir
directamente en las acciones de masas sino a través de la
lucha política y de la mentalidad colectiva, donde coexisten
elementos racionales con irracionales, reales con imaginarios,
conscientes con inconscientes. Hemos verificado esta tesis
investigando un revuelta social, en plena crisis del
feudalismo medieval, que estalla cuando un sentimiento
colectivo de agravio deviene en mentalidad justiciera y acción
revolucionaria. Son factores psico-sociales los que deciden
“en primera instancia” el momento, el lugar y la forma de la
acción de las masas en la Edad Media y la Edad Moderna[3]. La
mentalidad de revuelta tiene más importancia, en la corta
duración, que las causas estructurales en los cambios
históricos caracterizados por la participación activa de gran
número de personas. Las pre-condiciones estructurales son -y
no siempre- condiciones necesarias pero nunca suficientes para
el estallido de una revuelta. Sin embargo, la mentalidad de
revuelta puede ser en sí misma condición necesaria y
suficiente para la realización de la acción y el
acontecimiento, estableciendo una relación con frecuencia
paradójica con los datos económico-sociales. Es el caso del
protagonismo colectivo y/o individual de los sectores
acomodados de la sociedad en revueltas y revoluciones de todas
las épocas, o el incremento de la conflictividad social
contemporánea en épocas de bonanza económica y su repliegue en
épocas de crisis.
El peso en la historia
de la otrora denostada “superestructura” se manifiesta, si
cabe con mayor claridad, en los períodos históricos
pre-capitalistas, donde lo mental y lo jurídico juegan un rol
decisivo en la cohesión económica de las sociedades. De ahí la
importancia del análisis de las revueltas medievales y del
Antiguo Régimen para comprender algunos de los mecanismos del
estallido de revueltas y revoluciones que se manifiestan
también en el tiempo
presente.
¿Por
qué se ocultó la “primera instancia”?
Volviendo a las paradigmáticas
revueltas medievales, nos encontramos, en la historiografía
social de los años 60 y 70, planteamientos latentes que
impidieron ver el papel primordial de la “primera instancia”
en el desencadenamiento de estos acontecimientos capitales.
En primer lugar, la “teoría conspirativa
de la historia” que, si bien se corresponde con una
historiografía tradicional, resistente a la renovación
historiográfica de esos años, tuvo cierta continuidad entre
los nuevos historiadores sociales. En general, la pertenencia
al medio académico, parte esencial de la cultura de elite, ¿no
dificulta objetiva y subjetivamente la comprensión de la
creatividad y espontaneidad histórica de la cultura popular?
Salvo, naturalmente, aquellas disciplinas y científicos
sociales más vinculados al trabajo de campo. Enfoques
historiográficos más recientes crean condiciones para superar
esta visión jerárquica, “desde arriba”, en el campo de la
historia: historia de las mentalidades, historia “desde
abajo”, historia oral, antropología histórica, nueva historia
cultural, microhistoria.
Un buen ejemplo
es la interpretación de Mollat y Wolff de la revuelta urbana
de Saint-Malo, en la Bretaña francesa, en el año 1308: “la
sedición de Saint-Malo se desarrolló según un esquema clásico:
conjuración, desórdenes, elección de un alcalde y jurados,
realización de asambleas”[31]. No es cierto que éste sea un
esquema de aplicación general: en la mayor parte de las
revueltas sociales pre-contemporáneas el grupo que dirige no
existe como tal antes del estallido, se constituye conforme el
movimiento avanza,. Por lo demás, la relación entre el grupo
de “dirige” y la gente que “sigue” es generalmente compleja.
Aún en el caso más contemporáneo de un levantamiento
planificado previamente por una minoría ilustrada, el estado
de ánimo y las motivaciones justicieras[32] de la masa de la
población que participa, arriesgando la vida, es lo
decisivo[33].
La interpretación más
conservadora de las revueltas medievales defiende su carácter
asimismo conservador, incluso reaccionario, en base
precisamente a su carácter originariamente justiciero y no
puramente antiseñorial. Para una mentalidad tradicional no es
fácil entender que el criterio de lo que es justo pase de las
clases dirigentes a las clases populares. Y tampoco para un
marxista tradicional es aceptable que la ética, aun colectiva,
decida si una revuelta tiene lugar o no en determinado momento
y lugar. De ahí la caracterización de las jacqueries
medievales como movimientos efímeros, por emocionales y
violentos, y, en último extremo, conservadores, porque no
“cuestionan” las bases estructurales de la economía y la
sociedad. Con lo cual estamos en total desacuerdo.
Guy Fourquin defendió, en 1972, que los
levantamientos medievales “no ponen en tela de juicio la
sociedad y sus fundamentos”, que no querían una
“transformación social completa”, que estallan cuando “se ve
de pronto como algo se hace inaceptable, insoportable”.
Imaginario justiciero debido al cual los protagonistas “se
convertían en sublevados, no en revolucionarios”[34]. Aquí hay
dos problemas de fondo que invalidan, en nuestra opinión,
dicha interpretación: la minusvaloración tanto de las causas
primeras como de las consecuencias últimas de las revueltas,
del uso alternativo de la justicia por parte de campesinos y
artesanos como de los efectos políticos y económicos de la
ruptura violenta y generalizada del consenso social. La
justicia es un fundamento clave de la sociedad, el sentimiento
colectivo de agravio y sus consecuencias subvierten
frontalmente el orden social y, obviamente, los sublevados
medievales pretendían transformaciones sociales, no las
mismas, ni del mismo modo, que los revolucionarios liberales
del siglo XIX o los revolucionarios marxistas del siglo XX,
pero asimismo completas y radicales, y, además, consiguieron
no pocos éxitos. La transición de la Edad Media a la Edad
Moderna, del feudalismo medieval de la caballería al
feudalismo moderno de la nobleza cortesana, hace desaparecer
gran parte de las reivindicaciones de las revueltas
medievales, que el historiador social de hace dos o tres
décadas, prisionero de categorías conceptuales como los “cinco
estadios” (comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo,
capitalismo y socialismo), tenía dificultades para comprender
en su contexto histórico, entre otras cosas porque no se
planteaba oír a sus protagonistas por temor a caer en el
“psicologismo”, el “idealismo” y el
“humanismo”.
La defensa de la costumbre por
parte de los rebeldes campesinos en bastantes ocasiones es lo
que hace afirmar, interesadamente, a Fourquin que eran
“reaccionarios’, porque tenían la vista puesta en el pasado,
en la vuelta a un estado antiguo, considerado como menos
difícil, soportable[35]. Hilton mismo denomina a esta defensa
de la costumbre por parte de los campesinos en algunos
conflictos[36] como una “perspectiva aparentemente
conservadora”[37], cuando en realidad era profundamente
subversiva en su contexto, intencionalidad y consecuencias.
Si, manteniendo la costumbre, la presión señorial se hacía
“soportable”, ello quiere decir que los campesinos ganaban y
los señores perdían, ¿dónde está entonces el conservadurismo?
El derecho consuetudinario es una forma de
resistencia de la cultura popular a la cultura savante en los
tiempos modernos y contemporáneos. Pero en la Edad Media es
más que eso: la costumbre constituye la base principal del
derecho y un obstáculo enorme para la implantación “desde
arriba” del derecho escrito y común, romano y canónico, lo que
sólo ocurrirá de una manera efectiva en el Antiguo Régimen.
Cuando los señores feudales enfrentan en la Baja Edad Media su
crisis de ingresos agravando las condiciones de trabajo y
existencia de los campesinos, fracturan unilateralmente el
pacto feudal, institucionalizado en usos y costumbres. Lo
“conservador” sería aquí alinearse con la ofensiva señorial
que va contra la costumbre, esto es, del derecho, cayendo en
lugares como Galicia en el bandolerismo. El fallo básico que
lleva a esta confusión es la aplicación anacrónica, sin
considerar la especificidad del contexto, de la antinomia
contemporánea conservador/progresista.
La
cuestión no es dilucidar para analizar conflictos y revueltas
lo que es o no derecho consuetudinario, tema sujeto a cambios
en la Baja Edad Media, sino lo que es o no simplemente justo,
según los participantes en los levantamientos, que unas veces
se oponen a una “nueva costumbre” que intenta forzar el señor,
y otras veces demandan el fin de la costumbre antigua
calificada ahora de agraviante, verbigracia el derecho de
pernada (ius primae noctis) y otros “malos usos” impugnados
ejemplarmente por el sindicatos de los campesinos catalanes en
la segunda mitad del siglo XV.
La
incomprensión de las revueltas medievales, de sus causas y de
sus efectos, en la historiografía de los 60 y 70 remiten, por
último, al desinterés de los “nuevos historiadores” por los
acontecimientos como factores de cambio histórico. La
vinculación del acontecimiento en historia social a la
coyuntura, a lo episódico, a la mentalidad, condenaba las
revueltas sociales a la marginalidad de una historia
entendida, por aquellos tiempos, desde unos enfoques
estructuralistas, economicista y objetivistas, que nos obligan
hoy a una lectura más compleja de sus causas, sus desarrollos
y sus consecuencias.
Uso alternativo del
derecho
Siendo la justicia un valor
dominante en la mentalidad, la política, la sociedad y la
economía medievales, ¿cómo puede ser utilizado por las clases
dominadas para subvertir el orden? Porque la dominación social
duradera está basada no sólo en la fuerza sino también en el
consenso[38], sobre todo en los siglos medievales, en contra
de la caricatura ampliamente difundida de una Edad Media
bárbara y salvaje. El precio a pagar por la hegemonía (fuerza
más consenso) de los señores en la Edad Media es, justamente,
su imperiosa necesidad del consentimiento por parte de los
vasallos para sostenerse económicamente, de ahí el peso de la
costumbre en las relaciones sociales, que les obliga
constantemente y se vuelve contra ellos en situaciones de
crisis. El sociedad civil es más pactista en el medievo que en
el Antiguo Régimen, cuando se desarrolla una sociedad política
fuerte “por encima” de las clases, o más allá, que en el
primer capitalismo, donde la pura necesidad económica es
fundamental para mantener la cohesión social. El campesino
medieval, o moderno, si no paga sus tributos al señor, o al
Estado, mejora sustancialmente su nivel de vida; y el
trabajador asalariado si hace huelga no come. En las
sociedades pre-capitalistas, con una economía de mercado
inexistente o marginal, adquieren especial relevancia las
relaciones de mentalidad, los modelos de comportamiento de los
grupos dirigentes y las contrapartidas no materiales de éstos
a las clases trabajadoras, que siempre tienen la opción legal
de negar rentas y servicios si consideran que no obtienen sus
contrapartidas de justicia, protección o mediación con el más
allá. Claro que, una vez desaparecido el consenso, sólo queda
el uso de la fuerza por ambas partes para hacerse valer, para
transitar hacia un nuevo pacto social, que, a finales del
siglo XV y principios del siglo XVI, sólo puede garantizar el
nuevo Estado.
Es decir, que si hay
consenso entre señores y vasallos en la Edad Media es porque
comparten valores y creencias que pueden ser utilizadas por
unos contra otros cuando sobreviene la crisis de hegemonía, es
decir, si falla la representación social del intercambio de
derechos y deberes. El consenso es, pues, la fuerza y la
debilidad de la jerarquía feudal. Las ideas hegemónicas se
vuelven contra la clase dirigente -o su fracción más poderosa-
cuando ésta, a juicio del resto de la sociedad, “traiciona” su
deberes y, pese a ello, trata de exigir sus derechos
(feudales). Nos referimos no sólo a la justicia (prolongada en
las ideas de paz y seguridad), sino también a la imagen y la
creencia en el Rey y en Dios. El imaginario de un Rey
justiciero que apoya a los vasallos contra los nobles
“traidores” es uno de los componentes más frecuentes de la
mentalidad medieval de revuelta[39], y está presente
inclusive, paradójicamente, en los inicios de grandes
revueltas de la modernidad como las Comunidades de Castilla o
la Revolución Francesa. La creencia en el apoyo divino a la
causa antiseñorial es también habitual en la Edad Media, y no
sólo en aquellas revueltas sociales que se desarrollan como
movimientos heréticos.
Utilización de las ideas
dominantes contra la oligarquía dirigente que gira casi
siempre alrededor de la gran dicotomía justo / injusto. La
imagen de la justicia de la revuelta vertebra, por
consiguiente, en la Edad Media el uso alternativo de los
conceptos, imágenes y valores hegemónicos.
El modelo caballeresco que rige, o debería
regir, en la Edad Media el comportamiento de los señores
feudales extiende pronto sus valores al conjunto de la
sociedad. Es el caso del derecho legítimo de un agraviado a
vengar violentamente su afrenta sobre el cuerpo y los bienes
de quien o de quienes le han ofendido. Derecho que, en las
mentalidades de la época, tienen asimismo colectivamente los
familiares del agraviado, los vasallos del señor contra los
enemigos de éste, los súbditos del Rey contra reinos
extranjeros..., y que el sentido comunitario de campesinos y
artesanos aplica una y otra vez a las relaciones entre señores
y vasallos. Por su carácter fundacional, el pacto feudal entre
el señor y sus vasallos trabajadores es fundamental para la
buena marcha de la sociedad y la economía feudal. Si falla
gravemente este consenso entre caballeros y campesinos el
sistema se hunde, al menos momentáneamente. Por eso es tan
importante el sentimiento de agravio y la mentalidad
justiciera como parte primordial de las causas y de las
consecuencias de las revueltas medievales y modernas.
Con todo, la violencia desnuda, sea de los
señores sea de los vasallos, no tiene capacidad para conservar
la cohesión social, aunque puede sentar las bases de una
reestructuración de las mentalidades, del poder y de las
relaciones económico-sociales, que no dudamos en calificar de
revolución -aunque no se adapte al esquema dogmático de los
cinco estadios- en el caso de la transición de la Edad Media y
la Edad Moderna bajo la impulso de las revueltas y las guerras
sociales que tuvieron lugar desde finales del siglo XIV hasta
comienzos del siglo XVI.
La constitución
del Estado moderno, ¿no es una revolución política? El
humanismo y el Renacimiento, ¿no son una revolución
intelectual? La reforma y la contrarreforma, ¿no son una
revolución religiosa?
¿Pueden producirse
estas revoluciones en la “superestructura” permaneciendo
esencialmente incólume la “infraestructura” económica y
social?
La desaparición de la caballería
señorial y de las fortalezas medievales[40], elementos
constituyentes en origen de la mutación feudal del año 1000,
¿no anuncian un cambio radical de las relaciones sociales y de
mentalidad entre las clases y estamentos principales de la
sociedad medieval?
No hay mejor síntoma, causa y
consecuencia, de la “transformación social completa” que
tienen lugar entre los siglos XV y XVI que las revueltas
populares bajomedievales y altomodernas. Urge una nueva
historiografía social que aborde su estudio desde la “primera
instancia” mental hasta la “última instancia” económica, con
renovados enfoques globales que nos permitan superar las
limitaciones teóricas, historiográficas y metodológicas de la
vieja-nueva historia social, y avanzar hacia un nuevo
paradigma de la historia que no haga tabla rasa de nuestro
pasado historiográfico más reciente.
Copyright © por . Todos los Derechos
Reservados.