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Defensa e ilustración del Manifiesto historiográfico de Historia a Debate*

 

Carlos Barros

Universidad de Santiago de Compostela

 

 

                El Manifiesto historiográfico de la red temática internacional Historia a Debate, que vamos a desarrollar aquí, es un texto resumido de 18 proposiciones científicas sobre metodología, historiografía, teoría de la historia y relación de los historiadores con nuestro tiempo, que, traducido a ocho idiomas, ha tenido ya una gran difusión a través de Internet y de diversas publicaciones académicas de Europa y América. En su primer año de existencia se han adherido a  esta plataforma historiográfica, 177 investigadores y profesores universitarios de historia de 20 países[1].

                Confiamos que estos amplios comentarios ayuden a un mejor conocimiento de nuestras propuestas, permanentemente abiertas y elaboradas por 24 historiadores de España, Francia, México, Estados Unidos, Argentina, Venezuela, Brasil, Cuba  y Ecuador[2], y animen a los lectores partidarios de un compromiso historiográfico renovado, actualizado y global, a contribuir a su apoyo, difusión y desarrollo[3].

 

¿Por qué un Manifiesto?

 

                Hemos elegido el término Manifiesto para subrayar lo que tiene nuestra propuesta académica de llamamiento colectivo a una re-nueva escritura de la historia[4] adecuada a los problemas que el siglo que nace está planteando a la historiografía, y a la historia misma. Somos, por consiguiente, conscientes de que el formato elegido para dar a conocer nuestra alternativa historiográfica es en sí mismo un programa. En “tiempos de fragmentación”[5] y conformismo individualista no es habitual que académicos/as de tan diferentes áreas, universidades y países, se encuentren[6], desafiando la “crisis de la historia”, alrededor de posiciones historiográficas comunes y que, a bandera desplegada, proclamen su compromiso colectivo sin complejos.

                Hemos visto como el  Manifiesto le tiembla en las manos -metafóricamente- a más de un colega conservador (clásicos y posmodernos) por el hecho de llamarse Manifiesto, y nos parece normal: se trata de una iniciativa conscientemente provocadora de gloriosos antecedentes. “Manifiesto” se llamó aquel editorial, “Cara al viento. Manifiesto de los nuevos ‘Annales”[7], que escribió Lucien Febvre en 1946, dos años después del fusilamiento de Marc Bloch, anunciando la reaparición de la revista-escuela que ambos habían fundado en 1929, donde se aseguraba que “Los Annales cambian, porque alrededor todo cambia: los hombres y las cosas”[8]. Aunque, justo es reconocerlo, el “manifiesto” más famoso e influyente de la historia intelectual y política contemporáneas es aquel que redactaron Marx y Engels en 1848 para la Liga de los Comunistas, antecedente de la I Internacional, y que empezaba diciendo aquello de “un fantasma recorre Europa....”. El Manifiesto Comunista condujo con el paso de los años a otra corriente académica de historiadores, basada en el materialismo histórico, que ejerció un importante influjo en la llamada revolución historiográfica del pasado siglo XX y que tuvo como expresión más acabada la revista-escuela  Past and Present, fundada en 1952 por el grupo de historiadores del Partido Comunista británico.

                Ante tan ilustres y subversivos antecedentes, ¿qué aporta este modesto Manifiesto de la red académica internacional HaD?  Tres nuevas dimensiones: 1) por cronología e intenciones el nuestro es un Manifiesto del siglo XXI; 2) su redacción original no está en alemán, francés o inglés, sino en español[9]; 3) supone una respuesta no conservadora[10] a los efectos académico-historiográficos del relevo generacional que tendrá lugar por razones biológicas en dentro de 10 o 15 años.

                Si alguien piensa que el movimiento académico de HaD es una reminiscencia de la generación del 68, se equivoca[11]: la mayoría de los firmantes del Manifiesto del año 2001, sobre todo en España, y de una gran parte de los componentes de la red HaD, han nacido en los años 60 y tienen por lo tanto delante una media de 30 años de vida académica. Se trata de una generación intermedia en ascenso, llamada a ocupar los puestos académicos más significativos en la próxima década,  cuando se produzca el gran relevo demográfico del que hablamos en el punto XII del Manifiesto, y de la cual cabe esperar[12] una mayor capacidad para entender lo que hay de nuevo en los trascendentales cambios sociales y culturales, históricos e historiográficos en curso.

                El Manifiesto de HaD que, pese a su brevedad, necesitó de ocho años de reflexiones y confrontaciones para plasmarse,  tiene por objeto promover el consenso historiográfico a través del debate y la búsqueda de síntesis creativas, según las enseñanzas de la dialéctica clásica y/o del nuevo pensamiento complejo, y está abierto a futuros desarrollos y revisiones en los que pueden participar aquellos colegas que, coincidiendo con lo esencial del Manifiesto, lo soliciten libremente sin distinción de nacionalidad, edad o estatus académico[13]. La dinámica del Manifiesto no es apta, por lo tanto, para nostálgicos de los sistemas cerrados, hay que rebasar las actitudes autosuficientes de no pocas escuelas e ideologías del “siglo de los extremos”, somos contrarios a las defensas absolutas de tal o cual proposición o línea de investigación -incluidas las nuestras- como si fuesen las únicas válidas. Sectarismo académico que ha facilitado, por reacción, la difusión del “todo vale” de la posmodernidad historiográfica, antesala del triunfal regreso de la historia de los “grandes hombres” y del mito positivista de la “historia tal como fue”, en un movimiento pendular, peligroso para el futuro de nuestra disciplina, que Historia a Debate quiere contrarrestar  con tolerancia, debate y consenso, por este orden.

                Prueba de la viabilidad de las propuestas historiográficas y teóricas del Manifiesto, y de la pertinencia de su enfoque abierto y no obstante comprometido, está en la continuidad,  y expansión, de HaD desde sus comienzos en 1993 (I Congreso Internacional Historia a Debate). El gran salto ha tenido lugar en 1999, año de celebración del II Congreso e inicio de la construcción de nuestra red digital que alcanza ya a los departamentos de historia de unas 250 universidades en los cinco continentes. Así y todo, Historia a Debate es un movimiento historiográfico joven. Diez años es poco tiempo para el desarrollo de una corriente académica de ámbito internacional, lo propio de nuestro medio es el tiempo lento, si lo comparamos con el periodismo o la política. Si bien Internet está acelerando las relaciones, el debate y el consenso, permitiendo constituir nuevas y extensas comunidades académicas conectadas en tiempo real, también es cierto que partimos de una basta fragmentación (donde el fragmento más estable es el individuo) y de una honda crisis de las corrientes historiográficas que dominaron  nuestra disciplina en gran parte del siglo XX, factores ambos que dificultan todo proyecto de reconstrucción paradigmática, generando  confusión, dudas e incertidumbre, que han provocado un vacío que HaD aunque quisiera no puede colmar, de ahí que animemos a otros  a seguir nuestro camino, creando comunidades/red y tendencias historiográficas explícitas, según se dice en el punto IX del Manifiesto.

 

I. TENDENCIA LATINA

 

                Destacábamos antes la novedad -para muchos sorpresa e incluso incomodidad- que entraña una alternativa historiográfica internacional de origen hispano. De hecho, para bien y para mal, HaD es la primera tendencia historiográfica latina en la “historia de la historiografía”. Tardamos un tiempo en tomar conciencia de que la posibilidad teórica de un eje historiográfico iberoamericano, planteada inmediatamente después del I Congreso[14], se estaba haciendo realidad[15] y que podía, y debía, transformarse en una corriente académica de vocación global sobre la base historiográfica de un mínimo común denominador, proceso iniciado el 11 de setiembre de 2001 con la salida a la luz del Manifiesto.

                Conviene aclarar que Historia a Debate es una red latina pero abierta, multinacional y multilíngüe desde siempre. En los I y II Congresos de Santiago de Compostela han funcionado servicios de traducción simultánea español/francés/inglés. Las transcripciones de las mesas redondas del II Congreso están editadas en sus idiomas originales, al igual que ponencias y comunicaciones, que han sido seleccionadas para su publicación en las Actas, en base a criterios de calidad, adaptación al temario y equilibrio entre continentes y áreas académico-lingüísticas. Tanto en las actividades presenciales como digitales de HaD vienen participando universidades de unos 50 países, sin embargo, cuando hace tres años HaD deviene red académica digital, dando lugar al mayor período de expansión -hasta al presente- y a un notorio sentimiento de pertenencia[16], se reafirma su carácter latino:  los debates tienen lugar predominantemente en castellano, siendo  hispanoparlantes[17] más del 80 % de miembros de las tres listas de correo electrónico (2.247 en agosto de 2002) y más del 50 % de los visitantes de nuestra web trilingüe (una media de 1000 diarios a finales de 2002), si bien se mantienen aproximadamente uel medio centenar de países conectados a HaD, en su mayoría no hispanos. Unos 200 historiadores de habla inglesa, francesa, alemana, etc., siguen pues los debates de HaD a través de las traducciones automáticas español/inglés que hoy por hoy podemos ofrecer[18], lo que demuestra el interés que provoca esta inédita experiencia historiográfica en todo el mundo.

                La tendencia actual en Internet, conforme se va generalizando su uso en Europa, América Latina y Asia, es a cierta fragmentación del ciberespacio en comunidades lingüísticas[19], ciertamente contraria a su naturaleza esencial de medio global de comunicación. Tal vez la interactividad mundial/global que supone la red de redes sólo se podrá realizar plenamente cuando los adelantos técnicos hagan posible una traducción automática multilateral y de mayor calidad. Mientras tanto, HaD seguirá combinando su identidad latina con su vocación global, multilíngüe, tanto en medios de comunicación académica convencional (como los congresos) como en la red, apostando cara al futuro por un multilingüismo ponderado basado en el inglés[20] y el español, ¿no son acaso las dos lenguas francas más utilizadas, dentro y fuera de Internet, en el mundo occidental?, y abierto a otras lenguas.

                El español es, según Global Reach, el cuarto idioma mundial de los usuarios en Internet (7,2 %), duplicando el uso del francés (3,9 %), por debajo del japonés y del chino, quedando a distancia de todos ellos el inglés (40,2 %), cuyo carácter minoritario se va a acentuar de todos modos en los próximos años: en 2003 los usuarios en inglés se reducirán al 34,6 %, y los usuarios en otros idiomas duplicarán entonces al los anglófonos[21]. Esta progresiva pérdida de la importancia internacional del inglés en las comunicaciones digitales favorecerá en Occidente al español. Estamos ante una posibilidad históricamente inédita para transformar el castellano en la segunda lengua franca occidental, siempre y cuando seamos capaces de desarrollar contenidos proporcionalmente en español, pues ahí donde la hegemonía del inglés en el mundo web era en 2000 todavía del 68,3 % (datos de CiberAtlas), mientras que los contenidos en español son solamente  la tercera parte (2,4%) de lo que nos correspondería por el número de usuarios, y lo mismo pasa con otros países[22]article/0,,5901_408521,00.html.. La falta de contenidos en otros idiomas está frenando gravemente,  por otro lado, la expansión de Internet por el mundo. La responsabilidad del español es, al respecto,  grande, por ser el idioma europeo con más  posibilidades de proyección global.

 

I.1 España-América

 

                Partiendo de un pasado historiográfico más receptor que emisor de novedades, ¿es posible ahora, desde España y América Latina, lograr una proyección mundial que vaya más allá del ámbito académico latino? Pensamos que sí y lo estamos ya demostrando. En este mundo globalizado, las preguntas y las respuestas históricas e historiográficas difieren cada vez menos de un país a otro, de un continente a otro. Y el mundo universitario iberoamericano es muy adecuado para generar nuevas síntesis historiográficas.

                ¿Por qué ha surgido esta alternativa historiográfica en España y se ha extendido tan rápidamente en América Latina? ¿Cómo ha sido posible que ahora, y no antes, comunidades académicas de historiadores de España y de América Latina alimenten, trabajando en red, una corriente historiográfica con acentos propios?

                Hagamos historia de la historia. Los historiadores latinos venimos, como el resto de la historiografía académica, de la matriz universal del positivismo decimonónico de origen alemán. Después recibimos la “revolución historiográfica del siglo XX” de factura principalmente francesa e inglesa que se extendió, en las décadas de los años 60 y 70, por España y América Latina, en el marco de intensas luchas históricas, sociales y políticas[23], que marcaron la formación de los historiadores españoles y latinoamericanos más avanzados. Nuestras historiografías tienen en común haber sido, a falta de escuelas propias de irradiación internacional, un crisol casi perfecto de la recepción de las nuevas historias annalistes y marxistas, engendrando una suerte de síntesis y territorio común[24], que no ha existido tan claramente equilibrado en los países de origen[25]. Tenemos por tanto, a uno y otro lado del Atlántico, una historia de la historia común, además de compartir una historia común y constituir una misma comunidad lingüística y cultural, hoy extendida a los EE. UU. Los programas de intercambio de profesores y estudiantes, entre España y América Latina, han favorecido desde 1992 esta fuerte interrelación universitaria, paralela a la emergencia de la red iberoamericana de HaD de actividades digitales y presenciales. Interrelación, historia e historiografía comunes, identidades culturales, que hacen de España el interlocutor obligado para la relación cultural, académica e historiográfica, de América Latina con Europa.

                La falta de una tradición propia de escuelas historiográficas de proyección internacional, durante el pasado siglo, hizo del mundo latino, europeo y americano, un terreno virgen para la importación, con frecuencia acrítica, de las novedades historiográficas venidas de Francia, primero, y del mundo angloamericano, después, lo que nos alejó de nuestras específicas raíces y realidades históricas, nacionales y continentales, al tiempo que benefició sin duda a nuestras historiografías con los avances metodológicos e historiográficos más recientes. El balance final fue desde luego positivo, pero hoy la situación es muy otra, aunque perdura en algunas mentalidades académicas los complejos engendrados por tan prolongada relación dependiente.

                Nos preguntamos que hubiese pasado si Claudio Sánchez Albornoz, Américo Castro, Bosh Gimpera o Rafael Altamira, no hubiesen tenido que exiliarse, durante la guerra civil española, a Argentina y México, países donde hicieron escuela. El caso de Sánchez Albornoz es ejemplar porque creo una buena escuela de medievalistas en un país como  Argentina que no tiene historia medieval.  ¿Qué hubiese sido de la historiografía española si él y otros historiadores hubiesen podido quedarse en España? ¿Habrían creado una escuela historiográfica específicamente española? No podemos descartarlo. Claudio Sánchez Albornoz, tenido por representante de una historiografía tradicional, positivista e institucionalista, lo que por supuesto  fue, dio asimismo tempranos pasos en el campo de la historia económico-social y aun de la historia de las mentalidades[26]. El exilio de la historiografía republicana española, y la autarquía académica posterior, trajeron consigo un prolongado paréntesis conservador que sólo se cerró, en los años 70, con la asunción, a menudo mimética, de las nuevas historias de Annales y del marxismo que entraban por los Pirineos, haciendo tabla rasa de la historiografía liberal anterior al franquismo.

                Este pasado dependiente de las historiografías española y latinoamericana tiene de bueno, según ya dijimos, que abrieron nuestras historiografías a lo nuevo. Carácter receptivo que nos permite hoy, en plena crisis de las historiografías nacionales que tanto nos enseñaron antaño, transformar el retraso en ventaja, porque una gran tradición -me refiero aquí a la tradición renovadora en el siglo XX- puede ser, y es, una pesada losa para la necesaria adaptación del historiador a las nuevas realidades históricas e historiográficas.

 

 

I.2 Desfocalización, multiculturalismo, red

 

                ¿Por qué ahora, en el tránsito del siglo XX al siglo XXI, y no antes, es posible una historiografía latina no dependiente? Por la envergadura de los cambios históricos que estamos viviendo desde la caída del muro de Berlín, sobre todo los procesos diversos y contradictorios de una inacabada globalización que desmienten día a día el proclamado fin de la historia de Francis Fukuyama.

                Decíamos en la convocatoria del II Congreso: “Y cuando cambia la historia, ¿no cambia asimismo la escritura de la historia?”. El cambio internacional más relevante para nuestro análisis se da, por descontado, en las relaciones historiográficas: "El agotamiento de los focos nacionales de renovación del siglo XX ha dado paso a una descentralización históricamente inédita, impulsada por la globalización de la información y del saber académico y superadora del viejo eurocentrismo" (punto VII del Manifiesto).

                Historia a Debate no es el único ejemplo de iniciativa historiográfica, desde la antigua periferia, provocada por el efecto descentralizador y democratizador de la globalización. Un precedente sería la historiografía poscolonial, originada en la India a partir de los estudios subalternos gramscianos[27]. Habría que citar también la propuesta norteamericana de la World History, la historia global entendida como  historia mundial[28]. Surgirán asimismo otros formas de hacer la historia del nuevo movimiento social global, tan distinto de los movimientos sociales del pasado siglo, y del impacto de las nuevas tecnologías de la comunicación sobre la escritura de la historia y la sociabilidad de los historiadores.

                Las relaciones historiográficas están sujetas hoy a grandes cambios. Van quedando atrás aquello de que un foco de renovación de ámbito nacional se proyectaba internacionalmente por el sistema de las dependencias historiográficas derivadas de dependencias culturales, económicas y políticas. Ahora son precisas alternativas multinacionales y globales en origen, inclusive para obtener y mantener influencia en el solar académico nacional. Multifocalidad y simultaneidad que resultaría imposible sin Internet, parte importante de los efectos  igualadores de la globalización, mal que les pese a los nostálgicos de las viejas relaciones “coloniales”.

                Historia a Debate es síntoma, causa y consecuencia, de la desfocalización historiográfica provocada por una globalización diversa que está dando a luz una nueva historiografía que se manifiesta, o que puede manifestarse[29], en Internet con un grado de interrelación global, libertad, creatividad y adaptabilidad a los cambios, superior a la que ofrecen los medios tradicionales, siempre necesarios[30].

                El futuro de esta nueva historiografía que propugnamos, y practicamos, mirando hacia adelante sin hacer tabla rasa del siglo XX, ni volver al siglo XIX, va a depender (punto XVIII del Manifiesto), junto con el desarrollo de Internet, de los avances de esa globalización más democrática, social y  pacífica, que nació en diciembre de 1999 en la ciudad de Seattle... Movimiento social global, con importantes apoyos intelectuales, académicos y políticos, que está logrando ya, pese a su juventud, influir positivamente, desde abajo, en un proceso descontrolado de la economía y las multinacionales, agravado por el terrorismo y las crecientes desigualdades Norte/Sur y Este/Oeste, que no puede ser gobernado autoritaria y unilateralmente, como demuestran los hechos posteriores al 11 de setiembre, por una superpotencia imperial a la manera de Roma o del Antiguo Régimen. Desde el conocimiento del pasado y del presente (enfocado históricamente), los historiadores podemos contribuir a una globalización alternativa que garantice un futuro más humano para todos los mundos, géneros y clases. Nos consideramos parte, pues, de la historia que sigue al “final” de la historia: ¿es acaso casual que el movimiento llamado antiglobalización haya nacido el mismo año en que HaD entró en Internet acelerándose exponencialmente su proceso de articulación como  red académica global?

                Trastocados los viejos centros y periferias historiográficos, Historia a Debate propone y practica, en resumen, un nuevo modelo de relaciones historiográficas internacionales, en consonancia con el tiempo presente, cimentado en el intercambio igual, el multiculturalismo historiográfico y el trabajo en red.

                Proponemos y practicamos un intercambio igual y multilateral de reflexiones, investigaciones y experiencias historiográficas entre países y continentes. La gran novedad del siglo XXI es, o debería ser, que la aportación de una historiografía no tiene porque estar ya tan determinada por la superioridad económica y política de un país sobre otro. Durante los siglos XIX y XX las innovaciones historiográficas sólo “podían” surgir de los países  avanzados económicamente: Alemania, Francia, Inglaterra,  Estados Unidos..., según el orden marcado por la sucesión histórica de las grandes potencias[31]. Ahora la situación es distinta: profesores formados en las antiguas metrópolis del saber académico, pueden ya pensar por si mismos y crear escuelas propias en las antiguas periferias, y, lo que es más importante, el mismo proceso de la globalización digital de la información y del saber atenúa progresivamente las distancias entre todos los países y los continentes[32]. El intercambio entre comunidades académicas nacionales será, por tanto, más igual conforme más se desarrolle y democratice la globalización. Estamos viviendo ya este novísimo proceso, hoy ya no serían factibles fenómenos unilaterales de base nacional como la irradiación desde Alemania del positivismo (desde finales del siglo XIX) o de la escuela de Annales desde Francia (sobre todo desde la derrota de Alemania en la II Posguerra mundial).

                Las cosas han cambiando mucho desde la caída del muro de Berlín, que en un principio pareció favorecer los intentos desde EE. UU. de liderar iniciativas académicas con propuestas, distintas pero convergentes, como el posmodernismo o el “final de la historia” de Fukuyama, ambas hoy en declive. La descentralización geográfica del mundo universitario estadounidense, su carácter abierto, hace por lo demás  dificultosa la exportación, a la francesa, de una posición historiográfica articulada. Norteamérica es más permeable que nadie a la diversidad de Internet, y los tiempos actuales no están para unilateralismos[33], y menos todavía en el mundo académico.

                ¿Qué pasó con los debates historiográficos que irradiaron desde los EE. UU. en la década de los 90?  Paul Kennedy estudió cinco siglos del Auge y caída de las grandes potencias (1987) para anunciar la decadencia del imperio de los EE. UU a causa del alto coste del mantenimiento de su supremacía militar, debate que no tuvo demasiada difusión, quizás porque todavía no se concretó la predicción, veremos qué pasa en el futuro[34]. Después vino Francis Fukuyama (después asesor de Bush) vaticinando el “final de la historia” (1989), meses antes del inicio de las transiciones en el Este de Europa al capitalismo, tesis que tuvo una extraordinaria difusión internacional aunque pronto se vio desmentida por la marcha acelerada de la historia, de forma que hemos pasado, con el auge de la globalización, del debate del fin de la historia al debate de los fines de la historia (punto XIV del Manifiesto)[35]. La teoria de Fukuyama fue reemplazada por el esquema interpretativo del “choque de las civilizaciones” (1993) de Samuel P. Huntington como horizonte inmediato del futuro de la humanidad. El 11 de setiembre pareció dar la razón a dicha proyección histórica, tanto Bush como Bin Laden citaron a las Cruzadas para ilustrar sus respectivas, y complementarias, guerras entre el Bien y el Mal, si bien el mundo acabó reaccionando contra tan brutal escenario, incluido el autor de la teoría de una “guerra final” entre Occidente y Oriente, entre la civilización cristiana y la civilización islámica. El éxito mundial del libro crítico de N. Chomsky sobre el 11-S muestra, finalmente, tanto la pluralidad del mundo académico americano como las razones de que las propuestas de Fukuyama y Huntington sobre la relación  entre el presente y el futuro, apoyadas en datos históricos, no encontraran a fin de cuentas demasiados seguidores[36], pese al revuelo organizado, a diferencia del libro de Chomsky, expresión de un diverso movimiento crítico cultural y político  de características mundiales. En un mundo globalizado la unidad de ideas sólo puede darse en el diversidad cultural. Inferimos de nuevo que el  intercambio académico será más eficaz, alcanzará un mayor grado de consenso, cuando más igual y diverso sea. Las propuestas metodológicas, historiográficas o histórico-teóricas, han de surgir de bases diversas para alcanzar una aceptación global, en otras palabras: se imponen redes abiertas, multinacionales, multiculturales, más que focos nacionales que irradian sobre otros países.

                Así y todo, no podemos dejar de reconocer que una parte nada desdeñable de la historia intelectual pasa hoy por los Estados Unidos -que participa de una dinamismo cultural que también detectamos en América Central y del Sur- y refleja el momento que vivimos. Los historiadores debemos aprender de los cuatro autores citados, y de los debates que generaron, nuevos rasgos que están también en nuestro Manifiesto latino y muestran la universalidad de nuestra alternativa historiográfica: un renovado  y diverso compromiso académico con la sociedad y la política (punto XVI); un nuevo interés por relacionar pasado, presente y futuro, sin  temor a la prospectiva, es decir, haciendo hincapié en la doble relación pasado/futuro y presente/futuro (punto XVII); una unión de la historia con la teoría, tanto en el caso del historiador Kennedy como de los filósofos políticos Fukuyama y Huntington, que los historiadores profesionales debiéramos frecuentar más (punto XIII); una visión desde la historia de los acontecimientos y de los procesos actuales, lo que en HaD llamamos Historia Inmediata (punto VIII); un ámbito global/mundial para los análisis y las predicciones históricas (punto VII). Buenas prácticas que contradicen los vetustos criterios de unilateralismo y verticalidad, elitismo y autoridad de los “grandes autores” fabricados mediáticamente, aspectos también presentes en los casos citados.

                El segundo rasgo del nuevo modelo de relaciones historiográficas internacionales que propone y practica HaD es lo que podemos llamar multiculturalismo historiográfico[37]. Es decir la colaboración, el intercambio y el mestizaje en plano de equidad entre las diferentes historiografías nacionales, sin apriorismos sobre la superioridad que tal o cual cultura historiográfica por supuestas o reales razones políticas, económicas o lingüístico-culturales. La nueva sociedad de la información y del conocimiento está generando nuevos sujetos académicos internacionales basados en la comunidad de lengua, cultura e historia, superpuestos a las historiografías nacionales, suerte de “culturas historiográficas” que hay que tener muy en cuenta.

                La juventud de la cultura historiográfica específicamente latina, representada por HaD y otras manifestaciones académicas, implica ciertas ventajas en lo que respecta a la cuestión de los idiomas. Por causas histórico-culturales, españoles y latinoamericanos, estamos por lo general más acostumbrados a viajar y servirnos de bibliografía en otros idiomas, que un historiador francés o angloamericano, y por lo tanto más preparados para el inevitable multilingüismo que provoca el proceso de globalización. Comentamos más arriba que el peso relativo del inglés en Internet decrece rápidamente: no va a haber una única lengua franca que unifique a todos los países interconectados por Internet y las nuevas tecnologías. Decía un colega norteamericano en el debate “HuD in English”[38] como empezaba ya a considerarse provinciano defender en los EE. UU. la consigna de “English only”, escribir e investigar sin bibliografía en otras lenguas, no viajar al extranjero para conocer otras historiografías, etc. Si el desarrollo de la globalización del saber lleva, como estamos viendo ya, a las nuevas comunidades académicas globales, los castellano-parlantes estamos por mentalidad, formación y experiencia, mejor preparados que nadie, desde el segundo puesto del ranking de las lenguas utilizadas en Occidente por los usuarios de Internet, para jugar un papel inédito en la historiografía internacional, sobre todo si, desechando malos ejemplos, sabemos coexistir con otras lenguas a tono con las corrientes igualadoras que atraviesan el ciberespacio, expresión de la sociedad que viene.

                El tercer rasgo del modelo de relaciones historiográficas internacionales que proponemos y practicamos es, obviamente, el trabajo en red, que hace posible el intercambio igual y el multiculturalismo historiográficos, por un lado, y la superación del individualismo que ha marcado, durante buena parte de los años 80 y 90, el trabajo del historiador, por el otro[39].

                Internet y las nuevas tecnologías pueden, y deben, actuar como contrapeso horizontal y transversal, de la verticalidad y la compartimentación inherentes a las viejas formas de asociación y comunicación académicas, con harta frecuencia jerárquicas, rígidas y lentas, y sin embargo necesarias por su dimensión presencial. Y no hablamos sólo de la comunicación a través de la Internet, donde los avances son notorios, sino del trabajo en red, es decir, de nuevas formas de trabajo colectivo en el campo de la investigación, tanto historiográfica como histórica, y de la organización y formación del  consenso académico comunitario, tanto internacional como nacional. Es el momento, pues, de pasar del grupo local de investigación (dentro de un departamento o universidad) a la red temática de investigación (interuniversitaria, internacional)[40], aprovechando Internet para multiplicar la agilidad de funcionamiento y la difusión de los resultados. Que es factible en un tiempo relativamente breve construir comunidades académicas caracterizadas por su influencia global, lo demuestra la experiencia de Historia a Debate, doble ejemplo de red temática de reflexión e investigación historiográfica, y de comunidad internacional de historiadores fundamentada en el debate[41], con un alto grado de conciencia de pertenencia que nos ha permitido avanzar con una definición propia (y abierta) de la escritura de la historia y del oficio de historiador en la era global, en proceso de difusión (y reelaboración permanente) a través de la red. Junto con la constitución de nuevos grupos y comunidades virtuales, otra novedad del trabajo académico en red, virtual también en el sentido de posible[42], es su enorme potencial para la difusión de investigaciones e ideas[43], tanto personales[44] como colectivas, que la propia red HaD todavía no ha desarrollado plenamente.

 

II. HISTORIOGRAFÍA CRÍTICA

 

                El cambio de paradigmas historiográficos en curso se inserta en un acelerado cambio histórico que va desde la caída del Muro de Berlín hasta la caída de las Torres Gemelas, y no sabemos lo que nos reserva el porvenir[45]. 1989 supuso un antes y un después, pero a continuación se sucedieron hechos históricos asimismo transcendentales, de signo diverso, hasta el 11 de septiembre de 2001, otro gran punto de inflexión política, social y de mentalidades, en un movimiento histórico adelante-atrás que influye altamente en la escritura de la historia y el oficio de historiador, y cuya evolución última exige, en conclusión, una nueva historiografía crítica que haga un seguimiento de la historia que nos toca vivir y que reaccione con energía frente a sus efectos inmediatos, y por lo tanto reversibles, como el retorno de la vieja historia, la pérdida de autonomía del historiador frente a los diferentes poderes y el relevo generacional de la próxima década.

                Lo viejo y lo nuevo se revuelven de tal manera en la salida de la crisis historiográfica de finales del siglo XX que asistimos al extraño fenómeno de una vieja historia, difundida por el historicismo alemán a finales del siglo XIX, que retorne cien años después  como la última “novedad” historiográfica- según decimos en el preámbulo del Manifiesto-, tanto en temas (biografía) como en enfoques (empirismo), lo que nos obliga a un criticismo remozado que, desde el más exquisito respeto académico por todas las formas de escribir la historia, plantee una y otra vez el inexcusable debate[46] de si tiene algún sentido científico que la historia del siglo XXI sea la historia del siglo XIX[47]. Operación que consideramos fracasada de antemano porque el contexto histórico en el que nació el positivismo, hace ya más de un siglo, no tiene nada que ver con el mundo global que viene, y porque no se pueden borrar los miles y miles de buenos artículos y libros que han producido las hegemónicas historiografías del siglo XX, por mucho que hayan tenido su propia responsabilidad en este imprevisto “giro conservador” que será un episodio efímero de la transición historiográfica del siglo XX al siglo XXI si somos capaces de actuar critica y consecuentemente: “regresando al futuro” con lo mejor de las nuevas y viejas historias.

                Desde el punto de vista interno, el retorno de la vieja historia es consecuencia directa de las crisis de la escuela de Annales[48], del marxismo historiográfico, del estructuralismo que tanto influyó en ambos movimientos, y del neopositivismo cuantitativista, y de la subsiguiente fuga hacia adelante -que resultó hacia atrás- de un posmodernismo historiográfico que predicó el “todo vale”, enalteció la fragmentación,  negó dogmáticamente la objetividad y la cientificidad de nuestra disciplina, propugnando como solución final la reincorporación -suicida para la historiador de oficio- de la historia al campo de la literatura, alejando a los historiadores del compromiso con el mundo en que vivimos, abandonando, en derfinitiva, la utilidad social y científica que legitima la existencia de una historia profesional en el sistema de investigación y enseñanza[49].

                 Un argumento recurrente de los partidarios actuales, más o menos explícitos, del “retorno a Ranke” consiste en aducir la complejidad de su discurso historiográfico. Lo cierto es que su  propuesta historiográfica ganó justamente una gran difusión[50] por todo lo contrario, por su gran claridad en dos puntos que dieron origen al mito positivista sobre la historia y sus hacedores: 1) El objetivismo de origen teológico -”la historia es religión”, escribió Ranke en su Historia alemana en tiempo de la Reforma- que define una historia esencialista cuya tarea no es la “de juzgar el pasado”, ni la “de instruir el presente en beneficio de las edadas futuras” (como después propugnó el marxismo y en cierta medida Annales), si no mostrar el pasado “tal como fue” (prólogo a Historias de los pueblos latinos y germánicos). 2) El factor decisivo de la historia son “los grandes hombres”,  véase al respecto la antología de Ranke que publicó W. Roces como Grandes figuras de la historia[51], entresacando de sus historias nacionales y “universales” retazos biográficos que constituían el esqueleto de sus obras. Ranke decía ciertamente que “los acontecimientos se desarrollan por la acción combinada de la energía individual y las condiciones del mundo objetivo” (prólogo de Historia de Wallenstein), pero hacía otra cosa: no escribía historia social sino historia meramente política centrada en los grandes hombres del momento. Así, por ejemplo, estudia la Reforma a través de Lutero y “nos dice muy poco de la masa del pueblo” o de la revuelta de los campesinos[52].   No es la única paradoja rankeana, asegura el autor de la frase mítica de la historia “tal como fue”, que “quisiera suprimir mi propio yo”[53] cuando investiga,  pero la realidad es que Ranke dirige, entre 1832-1836, una Revista histórico-política con Federico Carlos Savigny[54] para defender con, artículos políticos y estudios históricos[55], la Restauración y combatir las ideas liberales de origen francés desde un conservadurismo explícito de tipo  político, nacionalista y teológico[56], y por supuesto historiográfico[57].

                Debemos juzgar a Ranke, a sus discípulos de ayer y de hoy, del mismo modo que habremos ser juzgados nosotros, por lo que hacemos no solamente por lo que decimos, sin perder de vista el contexto: reconociéndole sus méritos como historiador de archivo, extraordinarios en un romántico siglo XIX que no hacia distingos entre historia y novela, a pesar de la ingenuidad o del autoengaño que entraña pretender, contradiciendo su propia experiencia, que la vida no ha de actuar sobre la ciencia, solamente la ciencia sobre la vida (discurso necrológico dedicado a Gervinus). El cientifismo de Ranke “fracasó” porque la historia es, como bien sabemos, una ciencia con sujeto (punto I del Manifiesto), si bien el concepto objetivista de ciencia del tiempo de Ranke se puede comprender por reacción a la historia subjetivista, sin documentos, que imperaba en aquel tiempo. Disculpa que no tendrían los actuales partidarios del “retorno a Ranke” cuyos argumentos parecen ir más dirigidos contra las viejas y supuestamente derrotadas historiografías marxista y annaliste que contra los recientes ataques del posmodernismo y narrativismo más montaraces a cualquier lectura o relectura de la historia como ciencia.

                Cuatro son las reacciones de los historiadores profesionales frente al “retorno a Ranke” anunciado desde los primeros atisbos de crisis de Annales y del materialismo histórico a finales de los años 70[58]: 1) considerar este retorno de manera positiva como un mal menor, última certeza del oficio en crisis por causa de la “ofensiva” literaria, cuando no regreso triunfal, secretamente deseado, de la alternativa salvadora frente a la confusión reinante y la desvalorización de la historia-ciencia; 2) juzgarlo negativamente, un mal mayor a combatir por su carácter reaccionario en términos historiográficos y políticos; 3) aplicar nuevos enfoques a este regreso de las temáticas tradicionales, descalificadas acervamente en su momento por Annales y otras nuevas historias, argumentando ahora que “todo es historia” y que se puede y se debe hacer una nueva historia política[59], biográfica, narrativa, institucional, militar...; 4) cambiar simultáneamente las viejas temáticas y los viejos enfoques, más allá del positivismo y más allá de las nuevas historias de los 70, reconstruyendo, mediante una práctica mixta, global, intradisciplinar, el paradigma historiográfico básico, que es la posición del Grupo Manifiesto de HaD. La vieja y la nueva historia, la historia política y la historia económico-social, la historia de las grandes individualidades y de la gente común, no se pueden  “conciliar” sin cambios radicales en la matriz disciplinar de la historia, por eso llamamos también a nuestra propuesta “nuevo paradigma”.

                Jacques Le Goff presentó en el I Congreso de HaD (1993) una ponencia sobre la necesaria recuperación de los géneros tradicionales con otros tratamientos metodológicos: especie de autocrítica de la escuela de Annales por uno de sus últimos representantes. Renovar las viejas temáticas sigue siendo una línea interesante, productiva, que nosotros ampliaríamos incluso a la historia narrativa[60], aunque claramente insuficiente, inclusive contraproducente por sus consecuencias historiográficas y no historiográficas, que el historiador colectivo ha de aprender a valorar. No hay que olvidar que el retorno a la vieja historia no es tanto la conclusión de un debate entre historiadores como el resultado de presiones extra-académicas a través de los grandes medios de publicación y difusión de la historia. De forma que si la biografía histórica “se vende” (en términos económicos y políticos) y, como ha pasado en España[61], es el género historiográfico más frecuentado, ¿de qué sirve incluir el contexto social, o incluso mental, al tratar la historia de un “gran hombre”, buscando la renovación del género, si los anaqueles de las librerías, los suplementos de libros de los periódicos y los boletines de novedades editoriales están anegadas de biografías tradicionales de “grandes hombres”? Aunque no sea así, si el centro del estudio de un reinado (medieval, moderno, contemporáneo o actual) es el Rey, ¿dónde colocamos el protagonismo colectivo, la sociedad en su conjunto? De telón de fondo, en el mejor de los casos. Para evitarlo no hay más solución que cambiar a la vez el continente y el contenido, experimentando, creando géneros historiográficos mixtos[62] donde lo individual y lo colectivo, lo político y lo social, se equilibren mejor, mezclándose químicamente, que en los viejas clasificaciones de las especialidades históricas aisladas entre sí por decenios de vidas separadas. Respecto al “mercado del libro”, dios supremo de las orientaciones historiográficas para las grandes editoriales y los colegas más neoliberales, está por demostrar que al público lector le interesa más saber del Rey que del campesino, de las grandes batallas que de la vida social o de las maneras de pensar, sentir o actuar de la gente normal como ellos[63].

                Ante tanto “retorno”, recobran hoy desde luego una inesperada actualidad las críticas magistrales a Ranke, Langlois, Seignobos o Menéndez Pidal, hechas por las grandes escuelas historiográficas del siglo XX. La nueva historiografía crítica que proponemos y practicamos en el siglo XXI ha de enseñar a los historiadores en formación, nuestros alumnos, que la historia no es conocer el pasado “tal como fue”, ni se hace sólo con documentos, ni sus protagonistas se pueden reducir a reyes, grandes intelectuales (incluidos grandes historiadores) y jefes de Estado, que encarnen valores esencialistas de naciones ahistóricas. Sin por ello creer que reeditando la historia social y económica de los años 60 y 70 solucionaremos el  problema epistemológico (y político), puesto que fueron sus excesos (v.g. objetivismo, determinismo, economicismo), errores (v.g. la vieja e “idealista” historia total) e incapacidades ante nuevas innovaciones (v.g. historia oral, historia ecológica, historia de las mujeres, historia inmediata, historia digital), lo cual, junto a la falta de beligerancia crítica-autocrítica de los nuevos historiadores conforme alcanzan el poder académico, facilitó el retorno de la aparentemente vencida “historia historizante” en una coyuntura histórica favorable.

                Probablemente jamás la historiografía fue tan sensible a los extramuros de la academia. El declive del compromiso cívico[64] de los nuevos historiadores, elemento coadyuvante de  la crisis de las vanguardias de los años 60 y 70, ha dado paso a finales de los años 90, tras un paréntesis posmoderno, a cierto  compromiso del historiador con una sociedad política y mediática que necesita de la historia para re-legitimar discursos y políticas nacionales zarandeados por el torbellino de la globalización y de la contestación étnica, nacional o regional, en el interior de los viejos Estados-nacionales. No habrá, por consiguiente, rearme de la historiografía crítica sin recuperar (punto VIII del Manifiesto) la autonomía de los historiadores e historiadoras “para decidir el cómo, el qué y el por qué de la investigación histórica”. Decimos autonomía y no soberanía, por que no pensamos, como es obvio, que el historiador pueda o deba ser independiente de la sociedad y de la política. Sencillamente nos inquieta que la función social y política del historiador haya estado, en los últimos años del siglo XX, demasiado hipotecada por las políticas historiográficas de determinados poderes políticos, grandes editoriales y medios de comunicación social[65], en detrimento de la relación antes privilegiada del historiador con la sociedad civil y sus necesidades historiográficas, en detrimento de la autonomía del historiador para valorar y decidir sobre los efectos no académicos de su trabajo que puedan resultar más beneficiosos o más perjudiciales para nuestros conciudadanos. Lo que está en juego no es sólo el respeto a la pluralidad historiográfica y política en nuestro campo académico, tambíen el futuro de nuestra disciplina: no es casual que la expansión de los estudios de historia coincidiera, en los años 70 y parte de los 80, con un compromiso más social de los historiadores, y que los actuales problemas en las carreras de historia, y de otras humanidades, se correspondan en el tiempo con el regreso de la historia acontecimental y “heróica”[66] de la mano del fundamentalismo del mercado y de los poderosos medios políticos e informativos que le siguen siendo fieles.

                ¿Cómo contrarrestar efectos externos tan nocivos desde la propia historiografía?

                Lo primero es organizarnos en comunidades y tendencias basadas en proyectos historiográficos: individualmente somos una pluma en el viento. Historia a Debate es una comunidad organizada de historiadores de todo el mundo con el fin, entre otros, de reconquistar el margen que nos corresponde para decidir sobre el qué, el cómo y el para qué de nuestras investigaciones, publicaciones y prácticas educativas, sabedores de que escribiendo y enseñando la historia estamos contribuyendo, querramos o no, a cambiar la historia.

                Lo segundo es promover compromisos éticos con los nuevos movimientos sociales, locales, nacionales y globales, con esa sociedad civil que busca nuevas formas de participación democrática en la política y en la historia, compensatorios de otros compromisos, asimismo legítimos, con las opciones políticas y los poderes establecidos. Procurando nuevas formas de compromiso historiográfico[67] del tipo de la Historia Inmediata de HaD en su doble faceta de debates digitales entre historiadores que opinan como ciudadanos sobre hechos relevantes del presente[68], y de nueva línea de investigación histórica de acontecimientos que vivimos en directo y afectan a la historia y a la historiografía[69].  Porque debemos ser sensibles como historiadores, apoyando desde la academia y analizando día a día lo que nos rodea, el actual resurgir de una  sociedad civil que habrá de asegurarnos el contrapunto necesario para poder ejercer libremente, con la suficiente autonomía, el oficio de historiador en la nueva sociedad de la información.

                Lo tercero es utilizar los medios alternativos[70] de comunicación social que nos ofrecen las nuevas tecnologías para organizarse y propagar aquellas ideas y producciones históricas e historiográficas que medios tradicionales pueden juzgar demasiado académicas y/o demasiado críticas.

                 Siempre dentro del pluralismo historiográfico y político que Historia a Debate propone, predicando con el ejemplo de los debates diarios en Internet y de la diversidad de los ponentes en nuestros congresos o en el mismo seminario compostelano. Es hora de dejar atrás el sectarismo académico, nacional o  político, que caracterizó en mayor o menor grado a la historiografía del siglo XX. Debemos basar en el debate y el consenso las relaciones entre las diferentes áreas de conocimiento y maneras de entender la escritura de la historia, así como su relación con la sociedad y la política, en definitiva todos hacemos y enseñamos historia, dependiendo también el futuro de nuestra disciplina de su cohesión interna, de nuestra competencia para organizar la unidad en la diversidad disciplinar.

                En el punto XII de nuestro Manifiesto nos referimos al relevo generacional inexorable que los demógrafos prevén afectará, entre los años  2010 y 2020, a los puestos de investigación y docencia en todos los niveles  de la enseñanza, suponiendo el reemplazo de la generación nacida del baby-boom que siguió a la II Guerra Mundial, marcada por los acontecimientos del 68. Si se produjese en este momento dicho cambio generacional reforzaria más bien el “giro conservador” que estamos viviendo y criticando, por la propia confusión paradigmática todavía existente entre lo viejo y lo nuevo. ¿Qué podrá ocurrir dentro de diez o quince años? 

                El escenario económico-político-académico más inverosímil y nefasto sería un crescendo privatizador que recorte drásticamente los estudios de historia y otras disciplinas humanísticas sin utilidad “productiva”, dejando un reducto de funcionarios eruditos... y un incremento de los historiadores no profesionales o desprofesionalizados. Decimos inverosímil porque la globalización neoliberal ya no es lo que era: Porto Alegre es ya tan importante como Davos.  Las resistencias sociales e institucionales que se han levantado frente a una globalización económica insensible a los desastres sociales  y culturales que ocasiona, en un tiempo excepcionalmente breve (1999-2003), se van a incrementar en el futuro porque responden a causas tecnológicas, económicas, culturales  y políticas que están aún en sus comienzos, como todo lo que tiene que ver con la globalización, o las globalizaciones, en curso. En todo caso, la universidad sabrá siempre defender su carácter de servicio público, de  lo cual depende el futuro de la historia y de otras ciencias humanas y sociales, como se ha demostrado en España con la movilización de estudiantes, profesores y rectores, contra la Ley Orgánica de Universidades, en noviembre/diciembre de 2001[71].

                El escenario más probable y deseable para la segunda década del nuevo siglo es que la globalización haya encontrado la manera de contrarrestar sus dimensiones más desiguales, imperiales y economicistas, si no continuará la lucha entre las diversas formas de entender la nueva sociedad global, puede que ambas cosas a la vez, ya veremos en que grado. En cualquiera de los casos, la universidad continuará ejerciendo su función secularmente humanísta, en el marco de las nuevas tecnologías y las nuevas realidades, la historia se investigará y se enseñará de otros modos, sin perder de vista el presente y el futuro, que no se pueden comprender cabalmente sin el pasado.  Siempre y cuando, naturalmente, que eludamos el bando de los pesimistas, generalmente interesados, y sigamos practicando, con inteligencia, el optimismo de la voluntad, preparando a los jóvenes para la historia que viene, cada vez menos protagonizada por los viejos Estados-nación, en relación con los cuales nació la historiografía positivista en el siglo XIX.

                A mí como profesor me preocupa el conservadurismo de una parte de los alumnos, lo suelo decir en mis clases, aclarando que no me refiero a lo estrictamente político: el conservadurismo historiográfico es compartido a menudo por jóvenes de ideas políticas diferentes, inclusive opuestas. Muchos estudiantes llegan a la facultad, a veces sin vocación para la historia, con ideas bastantes simples (nombres y lugares, datos y datas) de lo que es la historia, y, hay que reconocerlo, no siempre logramos dotarlos de conceptos y conocimientos más profundos, si bien no suele faltar una minoría interesada por una historia más ambiciosa, renovadora y comprometida[72], de la cual deberían salir -venimos a decir en el punto XII del Manifiesto- los profesores e investigadores que en su momento nos releven. Hacemos pues un llamamiento a nuestra responsabilidad como profesores, tutores y directores de investigaciones, para educar a nuestros  estudiantes avanzados a no idolatrar las fuentes, a innovar metodológicamente, a investigar con hipótesis y conclusiones, explicaciones y reflexiones, a no escribir la historia al margen de la vida, a renovar tanto la vieja historia que vuelve como la nueva historia que se nos ha quedado vieja. Tarea nada fácil para llevarla a cabo a título individual. Son necesarios proyectos colectivos de carácter intergeneracional porque hoy lo joven y lo nuevo, a diferencia del 68, no siempre van juntos: decíamos en el citado apartado del Manifiesto que nos encontramos con frecuencia con historiadores jóvenes con conceptos decimonónicos y otros menos jóvenes con interés permanente por lo nuevo...

                No creemos estar exagerando el conservadurismo historiográfico entre los jóvenes que quieren ser historiadores: es el reflejo aumentado, entre otros factores, del “giro conservador” (por la vía de los retornos o por la vía posmoderna) que ha sufrido parte de la historiografía renovadora de Annales y del marxismo, influyendo negativamente en la formación de los alumnos. ¿No es cierto acaso que, en los tribunales para puestos docentes o tesis doctorales, se valora cada vez más la erudición y el uso de fuentes, y cada vez menos la renovación del método o la profundidad del análisis, por no hablar de la actualidad del tema o de su interés para el futuro? Para invertir esta situación tenemos a nuestro favor, desde un punto de vista intergeneracional[73], datos recientes que inciden positivamente en el relevo generacional en ciernes: 1) una parte de la nueva generación está comprometiéndose de nuevo en la lucha -con rasgos distintos al 68- por un mundo mejor, lo que supone proyectos colectivos y opciones de cambio para la historia y para su escritura[74]; 2) una parte de la generación intermedia nacida hace 40 años, con dos o tres décadas por delante de vida académica y civil, ocupará los puestos académicos claves en el momento del relevo demográfico y está resultando ya sensible a las muchas novedades del siglo[75]; 3) la generación del 68, heredera directa de la experiencia y las (des)ilusiones de la segunda revolución historiográfica está y estará presente en el cambio historiográfico que proponemos, unos animándolo y otros frenándolo, lo estamos viendo ya, confiamos en que los primeros predominarán conforme el contexto se siga mostrando favorable y crecientes corrientes colectivas, fuera y dentro de la academia, nos empujen hacia adelante demostrándose finalmente que las historiografías de los años 60 y 70 no han sido tan derrotadas por la historia como nos quieren hacer ver los posmodernos y/o premodernos más extremos, aunque ciertamente requieren, tres décadas después, una actualización autocrítica, en cualquier caso menos severa -desde la óptica de HaD- que la que nos quieren imponer el positivismo decimonónico o el subjetivismo absoluto de la posmodernidad.

 

II.1 Historiografía autocrítica

 

                 En HaD no concebimos una historiografía verdaderamente crítica que no sea autocrítica, ni creemos que tenga futuro, después de la experiencia intensa y dramática del siglo XX, un pensamiento crítico que deje fuera de la crítica sus propias bases paradigmáticas y, lo que es peor, sus prácticas y su propia historia.

                Decimos en el punto X del Manifiesto que nos consideramos herederos de la revolución historiográfica del siglo XX.  La gran mayoría de los miembros del GM y del conjunto de la red HaD nos hemos formado en la escuela de Annales,  en el marxismo y otras tendencias renovadoras emergentes que facilitaron la conversión del positivismo ingenuo de Ranke en el neopositivismo de la historia cuantitativa y el método hipotético-deductivo. Y nos consideramos los mejores herederos de estas nuevas historias porque nos hacemos cargo asimismo de sus deudas y de sus derrotas. Nos negamos a facilitar el trabajo a los que quieren hacer tabla rasa de nuestro pasado histórico e historiográfico. De Annales y del materialismo histórico quedará más o menos huella en la escritura de la historia de este nuevo siglo en la medida en que seamos capaces de realizar ahora un justo balance historiográfico con los ojos puestos en el futuro.

                Hablemos primero de los éxitos, de la actualidad renovada a comienzos del siglo XXI de la vieja crítica elaborada por los nuevos historiadores ante el (transitorio) retorno de las posiciones historiográficas de Ranke, Langlois, Seignobos o Menéndez Pidal.  Yo, como otros colegas, todavía utilizo en clase La introducción a la historia de Marc Bloch (traducción española de Apologie pour l’histoire ou Métier d’historien, escrito 1942), Combates por la historia de Lucien Febvre (1953) o ¿Qué es la Historia? de E. H. Carr (1961), los compendios de metodología histórica e historiografía de la escuela de Annales y del marxismo historiográfico más divulgados. Obras redactadas hace más de medio siglo,  que no reflejan por tanto  la evolución de estas corrientes historiográficas durante su expansión y su crisis, y menos todavía los avances y debates más recientes, surgidos fuera de estas “grandes escuelas”, pero que dicen más a los estudiantes inteligentes que algunos refritos recientes sobre historiografía contemporánea incapaces de mirar hacia adelante, de explicar la “crisis de la historia” y ofrecer alternativas, como sería su obligación. Han envejecido bien estos textos fundadores de la renovación historiográfica pero han envejecido. No se trata, pues, de volver a la historiografía de la posguerra, difundida hacia los años 60 y 70 en el ámbito académico latino, sino de (re)construir un paradigma que resuelva por la base las contradicciones que hicieron fracasar parcialmente nuestra vieja nueva historia.

                Lo primero que  diría en cuanto a la parte negativa del balance de las vanguardias historiográficas que nos precedieron, tiene que ver con esa incapacidad congénita de nuestra disciplina para escapar del sempiterno movimiento pendular historia objetiva / historia subjetiva: las nuevas historias no han sido capaces, aunque se intentó, de ofrecernos una auténtica visión  unitaria, articulada -“total”, según se prometía- de la objetividad y la (doble) subjetividad en la historia, cayendo en continúas paradojas que nos fueron restando credibilidad, por no hablar de la vieja historia que ni siquiera lo intentó. El positivismo fue tan claramente objetivista en relación con las fuentes como subjetivista clásico al hacer prevalecer la historia acontecimental, política, narrativa y las “grandes figuras de la historia”, cuando no la influencia directa de la religión y la política en la investigación autoproclamada neutral como en el caso de Ranke, según vimos. Sin demasiada mala conciencia porque lo que contaba, y cuenta para sus partidarios actuales, es el objetivismo epistemológico que relega al investigador a un papel de notario (conocer el pasado “tal como fue”), perfectamente compatible con las interferencias historiográficas de los intereses políticos de  los Estados y las naciones decimonónicos, toda vez que se ocultaban, y ocultan, so pretexto de una acientífica separación entre el objeto y el sujeto de la historia escrita. Objetivismo que, avanzado el siglo XX, el neopositivismo tampoco cuestionó al remitir el papel del sujeto cognoscente a la verificación empírica como criterio finalista de la verdad científica, contra la opinión posterior de Kuhn que sitúa la “última instancia” en las comunidades de especialistas, atravesadas por subjetividades de todo tipo. El pensamiento crítico teóricamente no positivista tampoco supo resolver este problema crucial en el pasado siglo.

                Desde Marx y Engels, el materialismo histórico ha oscilado siempre entre el objetivismo y el subjetivismo, explicando los cambios de la historia ora por la lucha de clases (Manifiesto de 1848) ora por el choque estructural del desarrollo de las fuerzas productivas con las relaciones de producción (prólogo a la Contribución a la crítica de la economía politica, 1859). Todavía, en 1978, los historiadores E. P. Thompson y Perry Anderson protagonizaron un conocido debate historiográfico y teórico entre un marxismo culturalista y un marxismo estructuralista, respectivamente, durante el cual Thompson  llega al extremo de renunciar a la historia como ciencia[76], distanciándose del propio Marx, dando por hecho que el término ciencia remite inevitablemente a empirismo, cientifismo y objetivismo, con lo que naturalmente no podemos estar de acuerdo, toda vez que no estamos de acuerdo con el viejo concepto de “ciencia sin sujeto” rebasado por la física en la primera mitad del siglo XX y por la filosofía de la ciencia en su segunda mitad.

                Y del mismo modo que el marxismo historiográfico osciló entre una historia económico-social estructural (francesa) a una historia social de conflictos, revueltas y revoluciones (inglesa), la escuela de Annales evolucionó, a lo largo de sus fructíferos 60 años de historia (1929-1989), entre la misma historia económica y social de tendencia estructuralista, y una historia de las mentalidades que recupera el sujeto sicológico y antropológico al tiempo que, conforme la disciplina se fragmenta en mil pedazos, rompe sus conexiones con la historia social y económica. La dualidad está, como en el marxismo, en la matriz fundacional definida por Bloch y Febvre, quienes intentaron vagamente unir lo objetivo con lo subjetivo en una “historia total” que existió más bien en el  mundo de las grandes ideas, sin casi relación con la práctica empírica[77]: no generó una línea de investigación, fue pronto declarada “horizonte utópico”, sirviendo de coartada para la creciente fragmentación de disciplina, que hizo desaparecer en los años 80 del lenguaje historiográfico el viejo concepto de “totalidad”, de claro origen marxista, por efecto del péndulo infernal objeto versus sujeto que ha fracturado repetidamente las ciencias humanas y sociales, y muy especialmente la historia[78]. Llevar a la práctica un historia realmente global, objetiva-subjetiva, depurada de cualquier idealismo que sirva de coartada al continuo despiece de la historia, es uno de los grandes objetivos del Manifiesto de HaD (punto V) que también pretendemos desarrollar en el campo de la práctica empírica, sin abandonar la reflexión y el debate, mediante líneas de investigación de carácter objetivo/subjetivo  como Historia Inmediata, Historia Mixta y otras.

                En resumen, afirmamos autocríticamente que la escisión entre el objeto y el sujeto instaurada en nuestra disciplina por el viejo positivismo[79] no ha sido superada, ni en la práctica ni en la teoría, por la historiografía annaliste o marxista.  ¿Existían realmente las condiciones objetivas-subjetivas para ello en el pasado siglo? 

                Desde principios del siglo XX, la nueva física del atómo y del cosmos ha dejado atrás el paradigma newtoniano[80], que había informado el realismo ingenuo de la ciencia positivista, relativizando los conceptos de objetividad, espacio y tiempo, y trastocando radicalmente el viejo concepto de ciencia. Así y todo, la filosofía de la ciencia empezó a desarrollarse, con Popper, fiel al empirismo como criterio último y esencial para definir la verdad científica, concediendo al investigador un mayor margen de maniobra en comparación con la célebre consigna rankeana del pasado “tal como fue”. Algunas tentativas del marxismo y  de Annales de reintroducir el doble sujeto colectivo, agentes históricos e incluso historiadores[81], han estado sobredeterminadas, justo es decirlo, por el economicismo y el estructuralismo imperante en los años 60 y parte de los años 70 en las ciencias sociales[82], en el caso del sujeto histórico, y  por la extraña pervivencia positivista del concepto de ciencia histórica (también entre los científicos sociales), en el caso del sujeto cognoscente. La nueva historia respetó en la práctica la escisión epistemológica objeto/sujeto difundida a partir de  Ranke, lo cual hizo posible que Annales, por ejemplo, compartiera sin mayor conflicto con el neopositivismo historiográfico géneros y enfoques como  la historia cuantitativa, las monografías regionales, la demografía histórica, y otras aportaciones historiográficas al paradigma común de valor en su momento historiográficamente nada desdeñables, hasta el punto que la historia cuantitativa o serial es considerada como uno de los emblemas de los “Terceros Annales” (1969-1989).