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El retorno de la historia*

 

 

 

 

Carlos Barros

Universidade de Santiago de Compostela

 

 

            Hay un proverbio que dice que no se puede, a la vez, decir misa y tocar la campana. A quienes estamos en la organización del congreso nos tienta la idea de dedicarnos sólo a la resolución de problemas logísticos, para así no tener que sacar de no sé dónde tiempo para nuestra contribución personal a los debates. Por otro lado, es justo y necesario que expongamos, y en primer lugar el coordinador del congreso, algunas claves de la estrategia de convocatoria de Historia a Debate II así como nuestras impresiones sobre la marcha del congreso, pasadas ya tres jornadas de exposiciones y debates, y seis meses de preparación galopante, durante los cuales pudimos constatar respuestas entusiastas -vosotros sois la prueba-  y, todo hay que decirlo, “resistencias” que dan la medida de la trascendencia de nuestro trabajo.

 

                Añadiré pues, a riesgo de -o “con la ventaja de”, según se vea- no tener suficiente perspectiva, algunas conclusiones de este nuestro macro-encuentro de historiadores, si bien todavía quedan, para la tarde de hoy y la mañana del domingo, importantes mesas redondas y ponencias.

 

                Voy a hablar primero de “historia inmediata”, de la evolución de acontecimientos a medio año del fin del siglo XX, para después hablar de la historia inmediata que hacemos los historiadores, o sea de “historiografía inmediata”, y terminar finalmente con algunas de nuestras propuestas cara el nuevo paradigma[1], entendido como una serie de consensos sobre el ejercicio de la profesión, en cuya construcción, por activa o por pasiva, estamos ya participando todos[2].

 

La historia se acelera

 

                La última década del siglo XX está resultando cuando menos imprevista, para no variar. En 1989 cae el muro de Berlín, sorpresivamente, y se produce lo que Fukuyama llamó “el fin de la Historia”, pero, en 1994, como se dijo ya en la mesa redonda sobre Chiapas, la historia recomienza para algunos[3], y, lo que es más evidente, diez años después, en 1999, tiene lugar la primera guerra de la OTAN después de 50 años. Cuando parecía que, desaparecidos los bloques militares y la “guerra fría”, el mundo iba a estar dirigido por la ONU, que con sus “cascos azules” habría de asegurarnos un nuevo orden internacional basado en la paz, estalla, en plena Europa, por vez primera desde la II Guerra Mundial, la guerra por iniciativa de las potencias occidentales con una violencia desproporcionada. La guerra sigue siendo, pues, la continuación de la política por otros medios no sólo para los pequeños países del antiguo bloque soviético o del “Tercer Mundo”, con sus conflictos internos o fronterizos, sino también para las grandes potencias del mundo: ¿qué mejor recordatorio en el umbral del nuevo milenio de que la historia no ha terminado[4]?

 

                Hemos ido, pues, de sorpresa en sorpresa a lo largo de los años 90, viejas y nuevas contradicciones siguen manifestándose[5] y empujando la historia. Las previsiones teleológicas que siguieron a la caída de los regímenes llamados socialistas, en el Este de Europa, no se han cumplido. Obviamente la historia continúa, y bien sabemos los historiadores que difícilmente se puede “garantizar” un futuro determinado por los intereses y las mentalidades hoy dominantes, con lo cual se abren posibilidades de futuros alternativos: el futuro está abierto. Así fue en el pasado, pero no bastan las palabras de historiadores que no hemos renunciado a hablar del presente y del futuro: sólo cuando la historia inmediata confirma que la historia sigue, pueden recuperar los actores sociales la capacidad plena de pensar históricamente, velada por las actitudes presentistas que también arrastran, paradójicamente, a algunos historiadores.

 

                La aceleración de la historia que estamos viviendo, síntoma, causa y efecto de la globalización, en todas sus vertientes, y del desarrollo de las tecnologías de la información, es característica de los periodos de transición histórica y está provocando que la sociedad demande crecientemente la historia que se escribe. La historia tira, por consiguiente, de la historia. Nuevos y viejos sujetos sociales, culturales y  políticos, buscan, a las puertas del nuevo siglo, su legitimidad en la historia: etnias y Estados; ideologías y religiones; movimientos sociales y movimientos nacionalistas; lo local y lo regional, lo nacional y lo mundial. La rapidez del proceso de globalización recién iniciado genera tendencias confusas cuya plena comprensión resulta inverosímil sin considerar el factor tiempo, sin relacionar pasado, presente y futuro.

 

                Los veloces cambios, de 1989 en adelante[6], nos compelen por lo tanto a saber de dónde venimos, para mejor comprender quiénes somos y, sobre todo, adónde vamos. El siglo que viene no va a ser, desde luego, el 1984 de Orwell: va a necesitar, probablemente tanto o más que el siglo XX, de la historia, de las ciencias sociales y de las humanidades[7]. Conforme la globalización avanza revuelve todo en todos los ámbitos (sociedad, política, cultura, mentalidades), desestructurando las identidades de las comunidades étnico-nacionales  y de los grupos sociales a todos los niveles, así como sus relaciones con la economía, el Estado..., en suma, con la historia. Proceso de rupturas y recomposiciones en el espacio y en el tiempo que, sin duda, se va a desarrollar a una velocidad aún mayor a lo largo del siglo que comienza. En esta tesitura, ¿cuál es la responsabilidad y el papel de la historia?

 

                De momento, los grandes beneficiarios de la creciente demanda social de historia en este cambio de siglo no parecen ser los historiadores sino los novelistas y, a distancia, los periodistas. El auge generalizado de la novela histórica[8] que afecta a todas y a cada una las épocas históricas[9] es evidente en todos los países y continentes[10]. En cierto grado, la crisis social de la historia es causa y consecuencia de la “ocupación” por parte de escritores, y otros no profesionales de la historia, del espacio que “corresponde” a los historiadores como intermediarios “oficiales” entre el pasado, el presente y el futuro[11]. “Ocupación” que para nada soluciona el problema de fondo, más bien lo agrava: la relación de los ciudadanos de la aldea global con la historia no puede basarse en la ficción[12], en la invención de los hechos pasados, a riesgo de dejar el terreno libre a la manipulación política de la historia y, por ende, al totalitarismo.

 

                La historia hecha con rigor es más necesaria pero también más posible que nunca, porque es precisamente ahora cuando se acepta de un modo más natural la influencia del observador sobre su objeto, del historiador sobre el tema de su investigación, de la comunidad de especialistas sobre lo que es o no verdad científica. Es ahora cuando la historia puede revalidar mejor su concepto de ciencia[13] de acuerdo con las actuales ciencias de la naturaleza y de la sociedad, que ciertamente no eluden su responsabilidad hacia el presente y el futuro.

 

Giro positivista

 

                Frente a la crisis de los grandes paradigmas del siglo XX, y las presiones del público lector, las editoriales y los medios de comunicación social, en favor de la novela histórica, y de  literatos, teóricos de la literatura y filósofos, que al equiparar historia con ficción pretenden devolver la historia profesional a su prehistoria[14], ¿cómo estamos reaccionamos los historiadores profesionales? 

 

                Una parte de la comunidad internacional de historiadores, excelentemente representada en este congreso[15], combina la reflexión y el debate sobre la metodología, la historiografía y la teoría de la historia con los trabajos empíricos, la academia con la utilidad social de nuestra disciplina, procura mancomunada y explícitamente incidir en la construcción del nuevo paradigma de la historia[16] , sin creerse por ello en la posesión de ninguna llave mágica o verdad absoluta.

 

                Otros colegas, sin embargo, creen hallar las respuestas a las incertidumbres del presente historiográfico en la “seguridad” de los archivos, las fuentes y la crítica de fuentes[17], y en el trabajo individual ajeno a cualquier grupo, “escuela” o tendencia historiográfica, salvo a la que hace más de 100 años proclamó que la función del historiador era reconstruir el pasado “tal como fue”[18]. En algunos casos, se trata de una actitud atentista, de “espera” a que se aclare el panorama historiográfico, por parte del sector de la profesión más enfrascado en los debates y la experimentación, sin caer en cuenta de que nuestra práctica, la de todos y cada uno de nosotros, está decidiendo también, por omisión, la escritura de la historia. Evidentemente, la mera “vuelta a los archivos” es un fruto circunstancial de la crisis, sin ningún sentido como alternativa historiográfica de futuro. Tendría que volver la sociedad, la cultura y la política del siglo XIX para que la escritura de la historia retrocediese, como se pretende aunque no se diga, al siglo XIX. Pero no debemos subestimar este “giro tradicional” porque puede, se quiera o no, dificultar o desvirtuar la oportunidad de un salto adelante de la historia como conclusión final de la transición historiográfica siglo XX/siglo XXI. No olvidemos que en el siglo XX los fracasos más sonados de los “nuevos historiadores” de factura annaliste, marxista y neopositivista, fueron debidos a la infravaloración del peso de los postulados negativos de la tradición positivista decimonónica en las comunidades de historiadores, empezando por sus propias filas.

 

                ¿Cómo se llegó a esta tendencia minoritaria pero en aumento, si no logramos frenarla, del “gran retorno”?

 

                Primero fueron los retornos de los temas historiográficos tradicionales, principalmente biografía e historia política, sobre lo cual ya habló Jacques Le Goff en el I Congreso Historia a Debate, apostando teórica y prácticamente[19] por la reformulación de éstos, y otros géneros clásicos, con enfoques de las nuevas historias; síntesis vieja/nueva historia para avanzar que ahora, en nuestra opinión, habría que extender a la historia narrativa. Sin embargo, el cambio de los temas económico-sociales de investigación por los “grandes hombres” y los acontecimientos políticos y militares que han protagonizado, ha seguido progresando, raramente con un enfoque metodológico renovado: el tema tradicional arrastra consigo a la vieja metodología “historizante”, especialmente en el caso de la historia biográfica, haciendo momentáneamente realidad el fatalismo -que no compartimos[20]-  de historiadores que afirman taxativamente que los objetos de investigación de la vieja historia son inseparables del positivismo y del conservadurismo ideológico correspondientes[21]. Falta decir, y no se suele decir, que ello ha sido así hasta ahora porque no hemos sido capaces de desarrollar más un relato histórico o una historia biográfica desde posiciones metodológicas avanzadas[22]: estamos a tiempo.

 

                La segunda fase del retorno de lo que algunos seguimos llamando “vieja historia” es, por lo tanto, más de tipo epistemológico: se sustituyen las certezas complejas de los años 60 y 70 por la antigua creencia en las fuentes y su crítica como fundamento principal, y prácticamente único, del oficio del historiador. Reflujo historiográfico que nos aleja de las demandas culturales  que, decíamos antes, la nueva sociedad nos impone. La demanda de héroes y mitos históricos a la vieja usanza -muy cultivada por regímenes totalitarios e ideologías fundamentalistas- es minoritaria entre el público culto. Tampoco es suficiente proporcionar datos y datas, nombres y hechos desnudos, hay que pre y re-elaborar la información documental  con seriedad a la altura de la formación cultural y de las exigencias del lector medio a finales del siglo XX, muy distinto del lector romántico de historia escrita en el siglo XIX[23].

 

                 El “gran retorno” a la historia tradicional, con sus temas, métodos y teorías, toca fondo con el siglo que se acaba y empieza a generar debates y respuestas puntuales[24], que nosotros queremos impulsar todavía más. Tenemos la esperanza de que haciendo visible desde la plataforma Historia a Debate la involución historiográfica en ciernes se puedan conjurar mejor los peligros que denunciamos. Este “giro positivista” no siempre está en la intención individual -no se trata de un movimiento organizado- de muchos de sus protagonistas, a quienes planteamos lo siguiente: ¿por qué no volvemos, puesto que de “retornos” se trata, a la definición del oficio que hace Jacques Le Goff en el prefacio de  Tiempo, trabajo y cultura en el Occidente medieval (1978): “La historia se hace con documentos y con ideas, con fuentes y con  imaginación”[25]? La historia seguramente nos lo agradecería, y seríamos más coherentes con nuestra propia trayectoria historiográfica, pero en realidad tampoco sería suficiente porque el retorno que necesita la historia es el “retorno al futuro”, aunque sea dando un paso atrás para dar luego dos pasos adelante...

 

                El  “giro positivista” en marcha también se refleja, por omisión, en nuestro II Congreso. La premura en su organización benefició la puesta en evidencia de esta tendencia reciente que hemos seguido más de cerca en la historiografía española, pero que se manifiesta asimismo en la historiografía francesa vinculada históricamente a Annales[26], y sin duda en otros lugares[27].  Hemos comentado en el comité de organización del Congreso como algunos colegas -y amigos- españoles que, en el año 1993, estaban bien dispuestos al debate, a la reflexión, al “combate” por la historia[28], están ahora desinteresados de los problemas de la disciplina, y si mantienen una actividad individual investigadora suele ser de tonos cada vez más clásicos, menos críticos. Paralelamente hemos detectado,  respecto del I Congreso, un claro rejuvenecimiento de los ponentes, sobre todo  españoles[29]. Con todo, este inevitable relevo generacional, que se manifestará aún más claramente en 2004, no soluciona automáticamente el problema que le puede crear a nuestra disciplina el “giro positivista”: parte de los jóvenes historiadores son hoy también conservadores historiográficamente y no tienen la ventaja de haber pasado, como la generación del 68, por una etapa innovadora en los métodos y los compromisos de la historia.   Por lo que sigue siendo imprescindible, mientras la biología lo permita, el papel impulsor de una parte de la generación que ha protagonizado la revolución historiográfica  de la segunda mitad del siglo XX y que mantiene todavía viva la ilusión por la historia y su escritura colectiva. En cualquier caso, insistimos, el binomio joven/viejo ya no sirve tanto, como en los años 60 y 70, para definir lo joven y lo viejo de los enfoques historiográficos: la línea divisoria del debate historiográfico no es hoy tan generacional, aunque los jóvenes están en mejores condiciones objetivas[30] para captar los nuevos problemas y soluciones.

 

                Tenemos que reconocer que el giro positivista y  conservador de una parte de los historiadores antaño renovadores, el renacer de otros anteriores a la renovación historiográfica del siglo XX y la salida de las facultades de grupos de jóvenes con una concepción de la historia conservadora[31], es una reacción elemental y saludable al posmodernismo y sus excesos negadores de toda objetividad histórica. Claro que, finalmente, el remedio puede ser peor que enfermedad. La tendencia insaciable de perseguir en un  pasado historiográfico -cada vez más lejano- las respuestas a las crisis actual de la nueva historia, y de las ciencias sociales, nos lleva al típico fenómeno de la convergencia de los extremos. El posmodernismo remata por igualar historia y ficción, es decir, la historia tal como era, pura literatura, antes de su homologación académica; etapa prehistórica a la cual se llega, asimismo, por la vía de indagar “hacia atrás” las raíces de nuestra disciplina: el “giro positivista” en su acepción más consecuente -narrativista- es encuentra así con el “giro lingüístico” en su lectura más radical[32]. Nuestra apuesta es cambiar la “marcha atrás” por la “marcha adelante” de la historiografía, recapitular ciertamente la historia y la prehistoria de la historiografía, porque es la hora de los balances, pero sin dejarse llevar alegremente por la coyuntura, sin hacer tabla rasa del siglo XX y sus corrientes historiográficas, en resumen, sin extremismos, con espíritu de síntesis, renovación y racionalidad historiográfica.

 

 

                Lawrence Stone anunció, como es sabido, en 1979[33] la vuelta de la historia narrativa, y en realidad se anticipó viente años, porque es ahora, en 1999, cuando estamos viviendo el verdadero retorno de la historia-relato con la justificación teórica correspondiente. El debate historia/narratividad es una de las novedades de este congreso, en tres de las cinco conferencias plenarias se trata del tema[34], que afecta tanto a la teoría (epistemología) como a la práctica de la historia. La novedad del fenómeno, que vendría a  ser la tercera -y última[35]- fase del retorno de la vieja historia, consiste en que los narrativistas no sólo cuestionan las aportaciones de las vanguardias historiográficas del siglo XX, lo que hace otra mucha gente, sino también las bases fundacionales del positivismo, que preconizó una historia-relato pero como historia-ciencia, sin inventar los datos. La demolición de la historia científica, en todas sus versiones, es ahora demandada por literatos y filósofos, a los cuales se han unido historiadores posmodernos, propugnando que la historia ha de volver a sus orígenes literarios, y que entre ficción e historia no hay diferencias epistemológicas y metodológicas fundamentales, añadiendo, además, una peculiar “reconstrucción” de nuestro pasado historiográfico que asegura que siempre ha sido así, que la historia profesional nunca ha dejado de ser una variante más de la literatura, de la poesía como diría Aristóteles. Una manera harto extremista, por consiguiente, de interpretar la revalorización actual del papel de la subjetividad del historiador en el proceso de conocimiento histórico que tiene conocidos precedentes filosóficos e historiográficos, marginados durante años por la hegemonía de las nuevas historias del neopositivismo, el marxismo y Annales. Revalorización ilimitada del historiador como autor y escritor que conecta, de manera difusa, con la tendencia a juntar la historia con las humanidades pero separándola de las ciencias, cuando lo que distingue al historiador de otros escritores sobre el pasado es su carácter científico (según nuestra definición actualizada).

 

                Estamos pues ante la estación final del “gran retorno” de la historia, más acá de sus primeros pasos como ciencia “positiva”. Retroceso que equivale, cualquiera que sea la intención de sus promotores y protagonistas, a una tercera[36] proclamación del “final de la historia” en poco tiempo, esta vez directamente como actividad profesional, docente e investigadora, porque de algo podemos estar seguros: nadie nos va a pagar por investigar o enseñar historia-ficción[37]. La propuesta  que concibe la historia como un estilo literario más es la última consecuencia tanto de la postmodernidad radical como de la incontrolable bola de nieve que trae consigo  el “giro positivista”. Pero tiene algo bueno que ya mencionamos: la crisis epistemológica de la historia, que llevamos arrastrando desde hace años, toca de este modo fondo. Para evitar la desprofesionalización de la historia sólo queda ahora el camino que, desde Historia a Debate, hemos defendido en estos años 90: reconstruir el paradigma común de los historiadores sin romper con el  siglo XX, porque, visto lo visto, la crítica del positivismo a la historia literaria sin documentos, la crítica de Annales a la historia positivista tout court, la crítica del marxismo a una historia sin teoría ni compromiso, ¿no son hoy más necesarias -pese a su insuficiencia- que nunca? ¿Es racional historiográficamente “rehabilitar” el positivismo o la historia-ficción y correr un tupido velo sobre el neopositivismo, la historiografía marxista y la escuela de Annales[38]? La respuesta sólo puede ser afirmativa desde un posicionamiento historiográfico -y seguramente político- reaccionario sin concesiones, que son los menos de los casos a los que nos referimos cuando hablamos de “marcha atrás” de la historiografía.

 

                El “retorno al pasado” con el que, ilusoriamente[39], se pretende colmar el vacío que han dejado los grandes  paradigmas del siglo XX  tiene así y todo de “positivo”[40] la reacción que supone a la “ofensiva” del pensamiento posmoderno en su versión extrema -hoy en clara decadencia-, pero no soluciona los problemas actuales de la historia, su redefinición como ciencia y su adaptación a la sociedad global del nuevo siglo, más bien los agrava con su incontrolable estrategia de “vuelta al pasado”.

 

                Preparado por los retornos temáticos, el regreso  metodológico a Ranke, Langlois y Seignobos, es una fuite en arrière que, de seguir adelante, nos alejaría definitivamente de las actuales ciencias sociales y naturales, ubicadas en el pos-positivismo, y de la sociedad del nuevo siglo, que demanda crecientemente historia. El positivismo historiográfico de finales del siglo XIX, en Alemania, y principios del siglo XX, en Francia, no es una respuesta historiográfica con futuro por razones de contexto cronológico que nadie debería comprender mejor que nosotros. Los historiadores se parecen más a su tiempo que a sus padres, y, en el siglo XXI, está fuera de contexto la ingenuidad cientifista que se desprende de las célebres frases: la “historia es conocer el pasado tal como fue”, o la “historia se hace con documentos”. De igual modo, ¿tiene sentido vincular la utilidad social de la historia, como en el siglo XIX, a Estados nacionales impugnados, internamente por las identidades nacionales, regionales y étnicas, y externamente por la globalización[41]?

 

                Si de lo que se trata es de buscar en el pasado historiográfico -”receta” muy de historiadores- las certezas perdidas muchos de nosotros preferiríamos volver a Bloch, Febvre, Braudel, Le Goff, Carr, Hobsbwam, Thompson, Vicens Vives, Tuñón de Lara, etc., cuyas críticas al positivismo y a la historia tradicional de raíz decimonónica, y sus aportaciones renovadoras, recobrarán actualidad en la medida que el “giro conservador” quiera imponerse. Aunque somos conscientes de que los paradigmas que representan estos grandes historiadores del siglo XX son, asimismo, incapaces de ofrecer soluciones a los problemas epistemológicos e historiográficos actuales o a los avances de la investigación en temas tan dispares como la historia oral, la historia de las mujeres, la historia ecológica, la historia poscolonial o la historia mundial como historia global. De ahí que preconicemos avanzar en la construcción del(os) nuevo(s) paradigma(s) sin hacer tabla rasa del pasado, procurando síntesis creativas, también  entre las nuevas y las viejas historias, o entre la historia como ciencia y su prehistoria literaria, pero con los ojos puestos siempre en el presente crítico y en el futuro por construir.

 

                Aspiramos a que este II Congreso Internacional Historia a Debate contribuya a que la parte de la historiografía que camina hacia atrás, invierta su marcha. Los historiadores debemos encontrar nuestras “terceras vías”[42], convencidos como estamos de que no nos sirven ya los paradigmas del siglo XX, pero menos aún los del siglo XIX. Es preciso pasar del “gran retorno” a la “gran síntesis” de la historia, de forma que la crisis,  que nosotros entendemos como cambio de paradigmas, dé lugar a la (tercera) revolución historiográfica que asegure una nueva primavera para la historia.

 

                El momento es oportuno. Cuando la historia de los acontecimientos se acelera, cuando la sociedad revolucionada presta atención de nuevo a la historia, sólo falta que los historiadores nos pongamos a la par. Y si lo hacemos la historia en el siglo que viene llegará a ser, como en algunos momentos y países del siglo XX, una referencia inexcusable para las ciencias sociales y las humanidades, y para las preocupaciones de los ciudadanos a la hora de la acción educativa, cultural y política.

 

Reconstrucción y reforma

 

                En el Libro de abstracts del Congreso se argumenta que, en el debate modernidad/posmodernidad, hay tres posiciones: los deconstructores-posmodernos, los neoconservadores y los reconstructores-reformistas[43]. El eje que, en nuestra opinión, permite superar mejor, dialécticamente, la confrontación modernidad/posmodernidad, cuya prolongación genera el síndrome paralizante del “vacío de paradigmas”, es la reconstrucción y reforma paradigmática. Después de  la crítica destructiva del posmodernismo y de la reacción neoconservadora de los “retornos”, sólo queda por probar -algunos lo estamos haciendo desde hace años- la reconstrucción orientada hacia un futuro que es, y será todavía más, global.

 

                En el siglo XXI la escritura de la historia estará, en cada país, más condicionada por la historiografía internacional que nunca. El papel de la historiografía global ira creciendo en relación con las historiografías nacionales, gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación y a los procesos de integración transnacional en el terreno económico, político, cultural y académico.

 

                La historiografía, como la historia, no se repite más que como comedia o tragedia. Por lo tanto no volverán las grandes escuelas del siglo XX, y menos las del siglo XIX.  La salida de nuestra disciplina es hacia adelante.

 

                Necesitamos por consiguiente otro concepto de oficio de historiador, más allá del positivismo, que no reduzca nuestro trabajo a las ciencias auxiliares de la historia, las cuales nos merecen un respeto absoluto -dependemos a menudo de ellas- pero la función del historiador ha de transcender las fuentes y la crítica de las fuentes o no habremos aprendido nada de la historia y de la historiografía.

 

                Necesitamos asimismo adherirnos a otra noción de historia como ciencia, menos anacrónica, más actual. Los historiadores tenemos que poner al día nuestro concepto de ciencia, que hoy, para las ciencias sociales y más aún para las ciencias naturales, es menos objetivista y más relativista[44]. Hace casi veinte años que se habla de una “ciencia con conciencia”, de una ciencia con sujeto[45] no solamente con objeto. Sigue siendo para nosotros un misterio insondable como, en una parte considerable de la comunidad de historiadores, se ha conservado en formol, hasta finales del siglo XX, el concepto decimonónico de lo que es una ciencia: una herencia de Ranke que viene de más atrás, de las ciencias de la naturaleza del siglo XVII[46]. Todavía hoy creen bastantes colegas, y estudiantes de historia[47], que hacer ciencia es conocer la realidad “tal como fue”, esto es, de manera “exacta”[48]. Ninguna ciencia natural se plantea esto hoy, y menos que ninguna la física o la biología, sujetas tanto o más que la historia a los condicionamientos internos de la comunidad de especialistas y externos de la sociedad y la política. Desde principios del siglo XX, desde la teoría de la relatividad, la teoría cuántica y el principio de incertidumbre de Heisenberg, se sabe que el sujeto del proceso de conocimiento interfiere sobre el objeto, y que las verdades que podemos conocer científicamente son aproximativas, condicionadas por el observador y sus circunstancias, siendo la más importante de ellas la opinión mayoritaria de la comunidad de especialistas.  No es científico, en consecuencia, separar objeto y sujeto en el proceso de conocimiento, en este caso aislar el historiador del proceso de conocimiento histórico. Si lo hacemos caeremos con toda seguridad en la inexactitud histórica. En suma, el positivismo historiográfico a dejado de ser científico según los criterios de la práctica y la teoría de la ciencia actuales.

 

                Solamente una atenta mirada a las ciencias de la naturaleza, y a la filosofía y la historia de la ciencia, nos convencerá de que no podemos ser en esto más papistas que el papa, y si un científico “duro” no concibe verdades absolutistas y objetivistas, ¿por qué habremos de seguir “creyendo” en ello los historiadores? La historia sólo seguirá siendo considerada una ciencia si ponemos todos al día nuestro concepto de ciencia[49]. De ahí la futilidad del “giro positivista” y su papel involuntario en la “des-cientificación” de la historia profesional propugnada por el narrativismo radical. La vuelta a Ranke, cualquiera que sea la intención de sus partidarios conscientes, aparta la historia de la ciencia, tal como hoy se entiende[50], y allana el camino para su “reintegración” en el seno de la literatura.

 

                La reconstrucción y reforma del paradigma de la historia tendrá que hacerse con nuevos y viejos materiales, con todo el capital acumulado por nuestra disciplina desde mediados del siglo XIX, pasado por el filtro de la crítica y la autocrítica, y con las tendencias historiográficas, sociales  y tecnológicas, posteriores a la nueva historia. Estamos todavía en el proceso (inevitable) de conformación de esta nueva matriz disciplinar.

 

                Somos grandes defensores de aplicar las teorías de Thomas S. Kuhn sobre la historia de la ciencia a la propia historia, con los cambios que aconseja el debate que siguió a sus propuestas y nuestra propia experiencia historiográfica. En La estructura de las revoluciones científicas (1962) se dice que el conocimiento científico no es acumulativo, sino que avanza a saltos, a través de revoluciones científicas. En realidad el conocimiento científico es, simultáneamente, acumulativo y rupturista.  La revolución historiográfica del siglo XX, protagonizada por Annales, el marxismo y  la cliometría neopositivista, ¿no continúo de alguna forma, malgré tout, el positivismo de fines del siglo XIX? La revolución historiográfica que estamos incubando (que algunos quisieran celebrar como contrarrevolución), ha de continuar en cierto grado, se quiera o no, las nuevas historias del siglo XX para avanzar: las aportaciones de las vanguardias historiográficas del siglo XX forman parte ya del capital historiográfico acumulado, está por ver en qué medida y en qué forma entrarán en el nuevo paradigma.

 

                ¿Cómo combinar, por lo tanto, las viejas escuelas y debates del siglo XIX (que aparentemente vuelven) con  las nuevas escuelas del siglo XX (que parecen retroceder) para contribuir a dar respuestas actualizadas a los problemas teóricos y prácticos de la historia del siglo XXI? Desde luego no de manera ecléctica, sumando componentes contradictorios, sino a través de un nuevo paradigma o consenso, común denominador de sumandos diversos pero compatibles en una matriz disciplinar evidentemente plural. Los cambios históricos, ¿no fueron habitualmente la lucha de lo nuevo contra lo viejo[51]? En historiografía ha ocurrido algo parecido con los cambios de paradigmas hasta la crisis actual donde vemos la relación viejo/nuevo se ha vuelto, como tantas otras cosas, más compleja, lo vimos en lo relativo a las generaciones de historiadores.

 

                Uno de los motores de la renovación historiográfica a lo largo del siglo XX ha sido pues la dicotomía viejo-nuevo. Ahora, sin embargo, lo viejo se presenta como nuevo (y en alguna medida lo es), y cada vez escasean más las auténticas novedades historiográficas. ¿Qué nuevos planteamientos historiográficos han surgido en los años 90, si exceptuamos los relacionados con la globalización[52]? Todavía algunos colegas mantienen como “última” novedad historiográfica la microhistoria iniciada, en 1980, por un grupo de historiadores italianos que reniegan hoy de ella, quince años después[53], de forma parcial pero lúcida[54] , diciendo que  “es un instrumento útil pero no es la solución a los problemas de la historia en este momento”, porque lo que necesitamos hoy es más bien “macrohistoria”, “interpretación global” y “re-síntesis”[55].

 

                Y no surgen grandes novedades historiográficas porque todos los temas han sido “descubiertos”, el avance historiográfico ya no se puede reducir a contraponer temáticamente lo viejo con lo nuevo. Una línea de investigación realmente nueva ha de responder, además, a los graves desafíos a los que se enfrenta la historia profesional en este momento, para lo cual es preciso una carga teórica y historiográfica que las simples propuestas, nuevas o viejas, de temas y enfoques de investigación son insuficientes y, a medio plazo, frustrantes. Por eso defendemos que el historiador del futuro “reflexionará sobre metodología, historiografía y teoría de la historia, o no será”[56]. Lo cual no quiere decir que todos y cada uno de los historiadores futuros han de dedicarse a la reflexión historiográfica, sino que un alto nivel de “conocimiento  no basado en fuentes” decidirá, mañana más que ayer, la calidad de una monografía con base empírica. ¿No estamos observando ya que se produce mucho cuantitativa y académicamente pero escasean obras de investigación que dejen huella, que digan algo realmente distinto? ¿Y cómo decir algo distinto, nuevo, si no se reflexiona sobre lo que se hace?

 

                Se progresa metodológicamente a través de la síntesis, pero, para que ésta no sea ecléctica e inútil, es menester agudizar la reflexión, que tampoco sirve de mucho al margen de la investigación empírica[57]. Estamos convencidos de que una buena vía para la creatividad historiográfica, en este momento, es la confluencia de diversas líneas de investigación, el mestizaje de géneros historiográficos. Síntesis y reflexión, reconstrucción y reforma, investigación y debate: ahí están algunas de las bases esenciales del cambio de paradigmas que necesitamos, que estamos construyendo, queramos o no, con nuestros esfuerzos individuales, acciones y omisiones, pasos atrás y pasos adelante. Luces y sombras que se pueden deducir también de los resúmenes y textos que habéis enviado previamente al Congreso.

 

Diagnóstico posible

 

                Hemos tenido, como es lógico, dificultades para cerrar el programa porque al conceder, de entrada, a ponentes y comunicantes, libertad para elegir tema y mesas redondas, se produce un desequilibrio entre las diferentes partes del congreso. Habría sido más cómodo orientar de antemano los temas y las mesas redondas donde podría o debería intervenir cada uno, pero habríamos renunciado así a una primera y valiosa aproximación a la situación historiográfica global. Coyuntura nada sencilla de diagnosticar, mientras no se desarrollen las nuevas redes historiográficas globales, que comunican -como intentamos en HaD- en tiempo real y sin fronteras de nacionalidad o especialidad a los historiadores del mundo. Las conclusiones que se puedan sacar de nuestra Encuesta Internacional “El estado de la historia”, con más de quinientas respuestas obtenidas hasta el momento, de historiadores de todo el mundo, supondrán al respecto un paso adelante.

 

                Son dos las cuestiones que, a priori, nos parecieron claves desde los prolegómenos del II Congreso[58]: historia / literatura y el problema de la ciencia, por un lado;  historia / sociedad y el compromiso del historiador, por el otro. Alrededor de estos dos ejes se resumen buena parte de los debates y reflexiones habidos, si bien han destacado, tanto en el congreso presencial como en el virtual, antes, durante y después del II Congreso, temas asimismo fundamentales como globalización e historia, pasado y futuro, enseñanza de la historia, problemas profesionales, poscolonialismo, mujeres/hombres o la emergencia de las historiografías latinas[59].   Tendremos tiempo de reflexionar y escribir sobre todo ello. Vamos a transcribir todas las mesas redondas, y leer con calma, ponencias y comunicaciones, debates orales y resúmenes...

 

                En cualquier caso llama la atención el desplazamiento geográfico de los centros generadores de iniciativa y polémica historiográficas[60], menos sujetos que nunca a la jerarquía centro/periferia. Los debates capitales historia-literatura e historia-ciencia han venido de los Estados Unidos, que se ha transformado en un importante foco de las discusiones que tienen que ver con la historia desde 1989 y el “final de la historia” de Fukuyama. Sin embargo, el gran debate sobre el compromiso renovado del historiador, viene de América Latina, que aporta o puede aportar a la historiografía internacional una frescura inigualable en las relaciones historia/sociedad y  pasado/presente, como se ve en el propio congreso.

 

                Frente al dinamismo del continente americano, la aportación historiográfica europea está en un impasse inquietante a causa del agotamiento de los antiguos focos innovadores, francés y británico, crecientemente dependientes de las relaciones con Norteamérica[61], y de las dificultades de la historiografía alemana para traspasar sus fronteras nacionales[62]. La irradiación internacional[63] de la parte de la historiografía española que Historia a Debate representa ya no sigue el viejo modelo de país que incide sobre otros culturalmente dependientes. Lo que se está imponiendo ahora es la multipolaridad de las iniciativas y la globalización de la comunicación. Se influye, o se puede influir, historiográficamente más por la conexión global que por el rol político-económico-cultural dominante del país de origen, que, lógicamente, no desaparece de las relaciones académicas e historiográficas internacionales.

 

                Fernando Devoto me comentaba, yendo para una mesa redonda que hicimos durante el congreso para una revista gallega[64], su extrañeza ante mi información de que posiblemente el segundo grupo nacional en participación estaba siendo Argentina, asegurando que “los argentinos no estamos entre las historiografías más importantes del mundo”. Yo ya no sé, sinceramente, que historiografías serán las “más importantes” después de este cambio del siglo, ni qué cosa significará eso de “historiografía importante” en el siglo XXI. En la Encuesta Internacional sobre “El estado de la historia” hacemos esta pregunta y veremos el resultado, que podemos adivinar diverso.  Una cosa es cierta: ninguna historiografía euro-norte-americana tiene la capacidad demostrada, como se ve en el congreso, por la historiografía argentina para expresar y reivindicar, sin los habituales tapujos del oficio, la relación entre memoria e historia, pasado y presente. Y estamos en condiciones de aseverar que la vitalidad y la calidad de una historiografía nacional se va a medir, se está midiendo ya, por la relación entre academia y sociedad, entre historiadores y ciudadanos, contra la opinión de los practicantes más extremistas del “giro positivista”.

 

                Dijimos antes que la globalización lo resuelve todo, para mal y para bien, haciendo posible una democratización de las interrelaciones académicas y culturales que altera las rígidas relaciones de dependencia historiográfica que hemos conocido desde finales del siglo XIX.  Un buen ejemplo es la propuesta de la historiografía poscolonial derivada de los “estudios subalternos” en la India[65]. Peter Burke escribió y dijo en el I Congreso que la renovación pasaba más por la periferia que por el centro: “the contemporany historical world is polycentric in the sense that innovations now arise in many different places, notably in the so-called ‘peripheries’, in Europe and outside”[66]. La verdad es que ésta formulación, siendo cierta, hoy se ha quedado corta. Ahora habría que decir que la renovación historiográfica, venga de dónde venga, sólo puede ser global, no puede triunfar encerrada en los viejos Estados-naciones. Las iniciativas historiográficas pueden ser promovidas desde cualquier país[67] pero sólo avanzan cuando adquieren una dimensión internacional, mundial/global[68]. Sea desde la “periferia” sea desde el “centro”, según los criterios  tradicionales de jerarquía geopolítica, las innovaciones precisan ser globales en su dimensión y contenido.

 

                La globalización económica, informativa y cultural, los procesos de integración supranacionales, desbordan al Estado-nación como marco de iniciativas, y conciben un nuevo sujeto de comunidades transnacionales, que intercambian información y generan consensos a una velocidad muy superior al sistema académico convencional fundamentado en puntuales actividades presenciales y lentas ediciones sobre papel, que naturalmente  seguirán cumpliendo su función. La “nueva historiografía” que surge de la globalización informativa y académica sobredetermina ya las realidades historiográficas nacionales. En el campo historiográfico, como en tantos otros, dentro y fuera de la academia, el aislamiento nacional va a significar en el futuro inmediato un coste más gravoso, en especial en países con gran fuerza de la tradición y peso político, porque los otros no tienen más que ganar con la globalización historiográfica.

 

                Dejo para el final algunas propuestas para el debate y el consenso sobre la reconstrucción y reforma del paradigma de la historia. Partimos de las conclusiones del anterior congreso (La historia que viene) y de lo que hemos  podido ver y discutir hasta el día de hoy, además de las reflexiones y experiencias personales. Todo ello con cierta provisionalidad, para esta intervención oral no dispongo de un texto escrito, matizaré más a la hora de redactarlo después del congreso[69]. Me concedo pues una libertad que no habéis tenido vosotros, que tuvisteis que presentar los textos antes de terminar el congreso. Yo también hubiera querido  cumplir con esta obligación, pero hemos sido incapaces, en el caso de Israel Sanmartín y mío, por lo que decía al principio de la conferencia sobre eso de dar la misa y tocar la campana, pido disculpas por ello. La ventaja es que así intervengo más en caliente, al hilo del desarrollo del congreso...

 

Una historia más narrativa

 

                Una de las cosas sobre las que la preparación de este II Congreso me ha hecho reflexionar, de manera autocrítica, es el debate entre historia y relato, entre historia y ficción, cuya actualidad renovada nos ha sorprendido un poco[70]. Merecería la pena, es mi primera propuesta, intentar una historia más narrativa sin dejar de ser científica -según el concepto relativista del siglo XX, insistimos una vez más- y sin confundirla, claro está, con la novela histórica. Una “nueva historia narrativa” que trace límites entre el relato del historiador y el relato del escritor de ficción, que no diferencia como nosotros la realidad de la ficción, ni tampoco le interesa.

 

                ¿Cuántas veces caen en nuestras manos documentos de archivo de donde se puede deducir una realidad que supera a la ficción? De ellos, más que de la imaginación personal, se nutren frecuentemente los novelistas, concibiendo relatos cuya capacidad de asombrarnos, entretenernos y enseñarnos, viene mayormente de los datos históricos reales, documentales, testimoniales. Y a la inversa, ¿por qué el historiador no ha de utilizar también dichos documentos/testimonios con trama, narradores y estilo, propiamente literarios? Estoy convencido de que, hallando las fuentes adecuadas, podríamos aprender de la literatura al mismo tiempo que competimos con ella. Brindando una verdad histórica relativa y cambiante, a menudo plural, cuyo manejo exige un oficio y una experiencia que no están al alcance de los escritores de ficción histórica, con su ilimitada libertad para inventar personajes, diálogos y situaciones, que deforman motu propio -no involuntariamente como los historiadores profesionales- los hechos históricos de referencia.

 

                Valdría la pena, por consiguiente, verificar prácticamente la posibilidad de “relatos históricos verídicos” en la frontera entre la ciencia y la literatura (desde el lado de la ciencia, por supuesto), con trama pero sin faltar al rigor. De Kuhn hemos aprendido que entre la ciencia y el arte hay elementos comunes, pero sabemos asimismo que existen capitales diferencias. ¿Podríamos, en trabajos que fuesen a la vez de investigación y de divulgación, ir de brazo de la novela sin por ello renunciar a hacer una historia seria? Habría que experimentarlo antes de contestar. Se ha dicho con razón, a partir de los trabajos de H. White y P. Ricoeur[71], que toda historia es narrativa, y es cierto, pero de manera inconsciente, artesanal, mi propuesta es debemos hacerlo conscientemente con el mismo rigor con el que investigamos desde otros enfoques.

 

                La “nueva historia narrativa” puede ser, en consecuencia, una síntesis de futuro entre la “nueva” y la “vieja historia”, y, además, un buen camino para reconstruir nuestra relación con la sociedad. ¿No sería importante que algunas obras de investigación fueses leídas con tanto o más  entusiasmo por parte de un lector profano que por parte de un especialista?

 

                Otros historiadores como Georges Lefebvre, de tradición annaliste, o Jerzy Topolski y Ciro F.Cardoso, de tradición marxista, han apuntado o apuntan en esta misma dirección, la novedad es que nosotros planteamos pasar del debate teórico a la práctica, lo cual  aportará con toda seguridad nuevos elementos para la reflexión y ayudará a construir el nuevo paradigma de la historia con viejos, nuevos y novísimos materiales.

 

Una historia más comprometida

 

                La segunda propuesta, que recoge asimismo cosas que se han dicho en el congreso, es afirmarnos en una historia más comprometida, más en contacto con la sociedad, sin menoscabo del rigor y de la verdad de los historiadores, que es lo que nos confiere la autoridad moral que ha de sustentar nuestro compromiso ético y social.

 

                Una historia más comprometida con las causas sociales y políticas, nacionales y religiosas, pero no a la manera de la “historia militante” de los años 60 y 70.  Debemos ser autocríticos con las historiografías de esos años, cuyos fracasos han creado las condiciones para el retorno presente de la vieja historia. Si hoy algunos colegas, en pleno “giro positivista”, nada quieren saber de lo que sucede fuera de los muros de la universidad, algo tendrá que ver con los pasados excesos de una “historia militante” que sacrificó no pocas veces la objetividad histórica al servicio de un partido, ideología o causa, causándoles problemas de credibilidad, cuando no de viabilidad, a medio y largo plazo.  La autocrítica que proponemos es política y historiográfica.

 

                Nuestro compromiso historiográfico cara al nuevo siglo debe partir de la aceptación no dogmática de la legitimidad de compromisos de diversos signos.  Cuando hablamos de historia comprometida parece que nos referimos a nosotros, historiadores progresistas[72], y así fue en los tiempos de hegemonía de la nueva historia, pero los “retornos” han puesto encima de la mesa otras ideologías y  compromisos (coexistiendo en ocasiones en una misma institución de pasado progresista[73]), que hay que aprender a respetar, salvo que sigamos creyendo en “verdades absolutas” o en métodos no intelectuales de imposición de las propias ideas. La otra opción sería “aniquilar” al adversario y eso se ha hecho políticamente, no hace mucho en América Latina, y aún se hace simbólicamente aquí y allá cuando se descalifica una posición historiográfica mediante una etiqueta política, religiosa o étnica, sin entrar en el fondo argumental.

 

                Soy consciente de que la tolerancia que practicamos, y que forma parte de la identidad de Historia a Debate, no se puede aplicar con la misma facilidad par tout por razones de historia inmediata. Es el caso de Argentina, donde resulta difícil predicar la tolerancia (lo digo por experiencia propia), cuando hasta los años 80 la adscripción política de un profesor universitario fue motivo de expulsión del puesto de trabajo, o de algo peor. Estoy hablando pues de democracias consolidadas, de aquellos países donde hoy podemos discrepar académicamente (y políticamente) en unas cosas y coincidir en otras, sin problemas mayores[74].

 

                La relación diversa, incluso contradictoria, de los historiadores con la sociedad, la política y la ideología, nos fortalece a todos, a la historia y a la academia, siempre que se cumplan unas reglas mínimas de ética y profesionalidad, discutibles como todo en la vida, pero fundamentales.

 

                Opino, como ya dije en la mesa redonda G sobre el compromiso, que debemos poner el rigor y la verdad de los historiadores por encima de cualquier compromiso político, ideológico, social o nacionalista. Y no estoy pensando en la salvaguarda, a veces imposible, del oficio de historiador de las luchas políticas y sociales, sino en la mejor contribución política e ideológica que podemos prestar a las causas que nos son próximas: la verdad histórica que conocemos.

 

                Verdad histórica que también suele ser diversa, incluso contrapuesta, por razones históricas (diferentes puntos de vista coetáneos de un conflicto social, político o militar), historiográficas (diferentes enfoques o interpretaciones de los historiadores) y/o políticas (diferentes intereses y posiciones políticas de los investigadores), pero que remite siempre o debe remitir a  una profesionalidad y a un “conocimiento basado en fuentes” cuya objetividad empírica, como bien sabe el lector, no idealizamos pero tampoco negamos, a sabiendas que la última palabra sobre lo que es verdad histórica, en cada momento y en cada tema, la tiene la comunidad de especialistas.

 

                Nuestra visión acumulativa y rupturista de la evolución de la ciencia histórica justifica un enfoque plural y sintético (que no ecléctico) de la renovación historiográfica y de la verdad histórica, que, en último extremo, consensuan las comunidades de historiadores en términos historiográficos, porque las fuentes se prestan a enfoques y conclusiones diferentes, y, en casos excepcionales, en términos políticos, en función de las relaciones de fuerza entre las distintas interpretaciones políticas de los historiadores y de los propios políticos. Como es el caso del debate 1997-2000 sobre la historia de España[75].

 

                En algún caso se puede plantear un dilema entre nuestra función como historiadores y nuestra adhesión política, sobre todo si esta es activa, militante: ¿a qué ser fiel, a la profesión y el rigor, o a las necesidades electorales, o de otro tipo, que pueda tener la organización de pertenencia, cara al mantenimiento de determinados mitos políticos[76]?  No suele ser fácil decidir si se actúa, en dichas circunstancias, como intelectuales críticos o como “animales políticos”, dependerá del interés circunstancial, de la implicación personal académica y/o política, del concepto de historia y de política que se tenga...[77]

 

                Una cosa está clara a fines del siglo XX: los proyectos políticos, o de otro género, que practican una doble moral se hacen extraordinariamente vulnerables, cuando no acaban siendo barridos de la historia[78]. La mentira histórica como arma política es una forma de corrupción ideológica cada vez menos rentable, política y electoralmente, a causa de la democratización galopante del acceso a la información, y de la emergencia de una ética universal aplicada. Se puede anticipar -y desear- que, en el siglo XXI, historia y política serán más compatibles que en el siglo XX, excepto que la historia acabe perdiendo catastróficamente el reconocimiento social, deontológico y científico, en favor de dos fenómenos complementarios:  la novela, por un lado; la erudición y el aislamiento académico de los historiadores, por el otro.

 

                Auguramos, y predicamos, en consecuencia, mejores condiciones para la independencia de los historiadores y su valoración social como conocedores del pasado, desde una moral profesional para nada ajena al presente y al futuro.

 

                Nos favorece, en este sentido histórico-ético, la globalización pacifista y justiciera que están poniendo en evidencia nuevos hechos como la actuación global de las  ONGs, la  persecución judicial -desde España- de la represión ejecutada por las dictaduras chilena y argentina, la demanda de un Tribunal Penal Internacional independiente, o la mediación pacificadora de la ONU en determinados conflictos, a pesar del traspiés de Yugoslavia, donde se aplicó precisamente un doble rasero por parte de los que apoyaron los bombardeos de la OTAN, y también por parte de aquellos detractores de la guerra y sus “efectos colaterales” que callaron ante las acciones serbias de “limpieza étnica”. La inconsecuencia ético-universal resulta en estos tiempos costosa, en términos intelectuales y políticos: se está recuperando en la práctica la idea ilustrada del progreso moral y político de la humanidad[79].

 

                El compromiso ético de respetar la verdad pasada que conocemos está íntimamente ligado a la lucha actual por el respeto de los derechos humanos y cívicos de los pueblos y de los individuos. Si se avanza en la ética del presente se está favoreciendo la reconstrucción ética del pasado. Un buen ejemplo latino es como, casi treinta años después, crece la presión -y los resultados- , tanto interna como externamente (justicia global), para esclarecer la verdad y hacer justicia sobre lo sucedido durante las dictaduras militares en Chile y Argentina, de manera que estas transiciones a la democracia, inspiradas en un primer momento en la transición española y su estrategia de borrón y cuenta nueva, están desbordando el modelo inicial como consecuencia del cambio de mentalidades y contexto finisecular: la estabilidad política y democrática, a diferencia de los años 70, admite difícilmente la amnesia histórica sobre las atrocidades cometidas[80]. Frente a la tendencia  dominante de una justicia global, ¿en qué lugar queda el revisionismo historiográfico de Nolte y compañía negador del holocausto judío? En un fenómeno anecdótico siempre y cuando los historiadores nos movilicemos, como se hizo en Alemania, contra la burda manipulación política de la verdad histórica que, en este caso, sirve al rearme ideológico de la extrema derecha. Para lo cual tiene que haber, como es obvio, una verdad histórica, ciertamente relativa pero que no se confunda con la mentira: el genocidio perpetrado por los nazis ha existido.

 

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