El retorno de
la historia*
Carlos Barros
Universidade de Santiago de
Compostela
Hay un proverbio que dice que no se puede, a
la vez, decir misa y tocar la campana. A quienes estamos en la organización del
congreso nos tienta la idea de dedicarnos sólo a la resolución de problemas
logísticos, para así no tener que sacar de no sé dónde tiempo para nuestra
contribución personal a los debates. Por otro lado, es justo y necesario que
expongamos, y en primer lugar el coordinador del congreso, algunas claves de la
estrategia de convocatoria de Historia a Debate II así como nuestras
impresiones sobre la marcha del congreso, pasadas ya tres jornadas de
exposiciones y debates, y seis meses de preparación galopante, durante los
cuales pudimos constatar respuestas entusiastas -vosotros sois la prueba- y, todo hay que decirlo, “resistencias” que
dan la medida de la trascendencia de nuestro trabajo.
Añadiré
pues, a riesgo de -o “con la ventaja de”, según se vea- no tener suficiente
perspectiva, algunas conclusiones de este nuestro macro-encuentro de
historiadores, si bien todavía quedan, para la tarde de hoy y la mañana del
domingo, importantes mesas redondas y ponencias.
Voy
a hablar primero de “historia inmediata”, de la evolución de acontecimientos a
medio año del fin del siglo XX, para después hablar de la historia inmediata
que hacemos los historiadores, o sea de “historiografía inmediata”, y terminar
finalmente con algunas de nuestras propuestas cara el nuevo paradigma[1],
entendido como una serie de consensos sobre el ejercicio de la profesión,
en cuya construcción, por activa o por pasiva, estamos ya participando todos[2].
La
última década del siglo XX está resultando cuando menos imprevista, para no
variar. En 1989 cae el muro de Berlín, sorpresivamente, y se produce lo que
Fukuyama llamó “el fin de la Historia”, pero, en 1994, como se dijo ya en la
mesa redonda sobre Chiapas, la historia recomienza para algunos[3],
y, lo que es más evidente, diez años después, en 1999, tiene lugar la primera
guerra de la OTAN después de 50 años. Cuando parecía que, desaparecidos los
bloques militares y la “guerra fría”, el mundo iba a estar dirigido por la ONU,
que con sus “cascos azules” habría de asegurarnos un nuevo orden internacional
basado en la paz, estalla, en plena Europa, por vez primera desde la II Guerra
Mundial, la guerra por iniciativa de las potencias occidentales con una
violencia desproporcionada. La guerra sigue siendo, pues, la continuación de la
política por otros medios no sólo para los pequeños países del antiguo bloque
soviético o del “Tercer Mundo”, con sus conflictos internos o fronterizos, sino
también para las grandes potencias del mundo: ¿qué mejor recordatorio en el
umbral del nuevo milenio de que la historia no ha terminado[4]?
Hemos
ido, pues, de sorpresa en sorpresa a lo largo de los años 90, viejas y nuevas
contradicciones siguen manifestándose[5] y
empujando la historia. Las previsiones teleológicas que siguieron a la caída de
los regímenes llamados socialistas, en el Este de Europa, no se han cumplido.
Obviamente la historia continúa, y bien sabemos los historiadores que
difícilmente se puede “garantizar” un futuro determinado por los intereses y
las mentalidades hoy dominantes, con lo cual se abren posibilidades de futuros
alternativos: el futuro está abierto. Así fue en el pasado, pero no bastan las
palabras de historiadores que no hemos renunciado a hablar del presente y del
futuro: sólo cuando la historia inmediata confirma que la historia sigue,
pueden recuperar los actores sociales la capacidad plena de pensar
históricamente, velada por las actitudes presentistas que también arrastran,
paradójicamente, a algunos historiadores.
La
aceleración de la historia que estamos viviendo, síntoma, causa y efecto de la
globalización, en todas sus vertientes, y del desarrollo de las tecnologías de
la información, es característica de los periodos de transición histórica y
está provocando que la sociedad demande crecientemente la historia que se
escribe. La historia tira, por consiguiente, de la historia. Nuevos y viejos
sujetos sociales, culturales y
políticos, buscan, a las puertas del nuevo siglo, su legitimidad en la
historia: etnias y Estados; ideologías y religiones; movimientos sociales y
movimientos nacionalistas; lo local y lo regional, lo nacional y lo mundial. La
rapidez del proceso de globalización recién iniciado genera tendencias confusas
cuya plena comprensión resulta inverosímil sin considerar el factor tiempo, sin
relacionar pasado, presente y futuro.
Los
veloces cambios, de 1989 en adelante[6],
nos compelen por lo tanto a saber de dónde venimos, para mejor comprender
quiénes somos y, sobre todo, adónde vamos. El siglo que viene no va a ser,
desde luego, el 1984 de Orwell: va a necesitar, probablemente tanto o
más que el siglo XX, de la historia, de las ciencias sociales y de las
humanidades[7].
Conforme la globalización avanza revuelve todo en todos los ámbitos (sociedad,
política, cultura, mentalidades), desestructurando las identidades de las
comunidades étnico-nacionales y de los
grupos sociales a todos los niveles, así como sus relaciones con la economía,
el Estado..., en suma, con la historia. Proceso de rupturas y recomposiciones
en el espacio y en el tiempo que, sin duda, se va a desarrollar a una velocidad
aún mayor a lo largo del siglo que comienza. En esta tesitura, ¿cuál es la
responsabilidad y el papel de la historia?
De
momento, los grandes beneficiarios de la creciente demanda social de historia
en este cambio de siglo no parecen ser los historiadores sino los novelistas y,
a distancia, los periodistas. El auge generalizado de la novela histórica[8]
que afecta a todas y a cada una las épocas históricas[9]
es evidente en todos los países y continentes[10].
En cierto grado, la crisis social de la historia es causa y consecuencia de la
“ocupación” por parte de escritores, y otros no profesionales de la historia,
del espacio que “corresponde” a los historiadores como intermediarios
“oficiales” entre el pasado, el presente y el futuro[11].
“Ocupación” que para nada soluciona el problema de fondo, más bien lo agrava:
la relación de los ciudadanos de la aldea global con la historia no puede
basarse en la ficción[12],
en la invención de los hechos pasados, a riesgo de dejar el terreno libre a la
manipulación política de la historia y, por ende, al totalitarismo.
La
historia hecha con rigor es más necesaria pero también más posible que nunca,
porque es precisamente ahora cuando se acepta de un modo más natural la
influencia del observador sobre su objeto, del historiador sobre el tema de su
investigación, de la comunidad de especialistas sobre lo que es o no verdad
científica. Es ahora cuando la historia puede revalidar mejor su concepto de
ciencia[13]
de acuerdo con las actuales ciencias de la naturaleza y de la sociedad, que
ciertamente no eluden su responsabilidad hacia el presente y el futuro.
Frente
a la crisis de los grandes paradigmas del siglo XX, y las presiones del público
lector, las editoriales y los medios de comunicación social, en favor de la
novela histórica, y de literatos,
teóricos de la literatura y filósofos, que al equiparar historia con ficción
pretenden devolver la historia profesional a su prehistoria[14],
¿cómo estamos reaccionamos los historiadores profesionales?
Una parte de la comunidad
internacional de historiadores, excelentemente representada en este congreso[15],
combina la reflexión y el debate sobre la metodología, la historiografía y la
teoría de la historia con los trabajos empíricos, la academia con la utilidad
social de nuestra disciplina, procura mancomunada y explícitamente incidir en
la construcción del nuevo paradigma de la historia[16]
, sin creerse por ello en la posesión de ninguna llave mágica o verdad
absoluta.
Otros
colegas, sin embargo, creen hallar las respuestas a las incertidumbres del
presente historiográfico en la “seguridad” de los archivos, las fuentes y la
crítica de fuentes[17],
y en el trabajo individual ajeno a cualquier grupo, “escuela” o tendencia
historiográfica, salvo a la que hace más de 100 años proclamó que la función
del historiador era reconstruir el pasado “tal como fue”[18].
En algunos casos, se trata de una actitud atentista, de “espera” a que se
aclare el panorama historiográfico, por parte del sector de la profesión más
enfrascado en los debates y la experimentación, sin caer en cuenta de que
nuestra práctica, la de todos y cada uno de nosotros, está decidiendo también,
por omisión, la escritura de la historia. Evidentemente, la mera “vuelta a los
archivos” es un fruto circunstancial de la crisis, sin ningún sentido como
alternativa historiográfica de futuro. Tendría que volver la sociedad, la
cultura y la política del siglo XIX para que la escritura de la historia
retrocediese, como se pretende aunque no se diga, al siglo XIX. Pero no debemos
subestimar este “giro tradicional” porque puede, se quiera o no, dificultar o
desvirtuar la oportunidad de un salto adelante de la historia como conclusión
final de la transición historiográfica siglo XX/siglo XXI. No olvidemos que en
el siglo XX los fracasos más sonados de los “nuevos historiadores” de factura annaliste,
marxista y neopositivista, fueron debidos a la infravaloración del peso de los
postulados negativos de la tradición positivista decimonónica en las
comunidades de historiadores, empezando por sus propias filas.
¿Cómo
se llegó a esta tendencia minoritaria pero en aumento, si no logramos frenarla,
del “gran retorno”?
Primero
fueron los retornos de los temas historiográficos tradicionales, principalmente
biografía e historia política, sobre lo cual ya habló Jacques Le Goff en el I
Congreso Historia a Debate, apostando teórica y prácticamente[19]
por la reformulación de éstos, y otros géneros clásicos, con enfoques de las
nuevas historias; síntesis vieja/nueva historia para avanzar que ahora, en
nuestra opinión, habría que extender a la historia narrativa. Sin embargo, el
cambio de los temas económico-sociales de investigación por los “grandes
hombres” y los acontecimientos políticos y militares que han protagonizado, ha
seguido progresando, raramente con un enfoque metodológico renovado: el tema
tradicional arrastra consigo a la vieja metodología “historizante”, especialmente
en el caso de la historia biográfica, haciendo momentáneamente realidad el
fatalismo -que no compartimos[20]- de historiadores que afirman taxativamente
que los objetos de investigación de la vieja historia son inseparables del
positivismo y del conservadurismo ideológico correspondientes[21].
Falta decir, y no se suele decir, que ello ha sido así hasta ahora porque no
hemos sido capaces de desarrollar más un relato histórico o una historia
biográfica desde posiciones metodológicas avanzadas[22]:
estamos a tiempo.
La
segunda fase del retorno de lo que algunos seguimos llamando “vieja historia”
es, por lo tanto, más de tipo epistemológico: se sustituyen las certezas
complejas de los años 60 y 70 por la antigua creencia en las fuentes y su
crítica como fundamento principal, y prácticamente único, del oficio del
historiador. Reflujo historiográfico que nos aleja de las demandas
culturales que, decíamos antes, la nueva
sociedad nos impone. La demanda de héroes y mitos históricos a la vieja usanza
-muy cultivada por regímenes totalitarios e ideologías fundamentalistas- es
minoritaria entre el público culto. Tampoco es suficiente proporcionar datos y
datas, nombres y hechos desnudos, hay que pre y re-elaborar la información
documental con seriedad a la altura de la
formación cultural y de las exigencias del lector medio a finales del siglo XX,
muy distinto del lector romántico de historia escrita en el siglo XIX[23].
El “gran retorno” a la historia tradicional,
con sus temas, métodos y teorías, toca fondo con el siglo que se acaba y
empieza a generar debates y respuestas puntuales[24],
que nosotros queremos impulsar todavía más. Tenemos la esperanza de que
haciendo visible desde la plataforma Historia a Debate la involución
historiográfica en ciernes se puedan conjurar mejor los peligros que
denunciamos. Este “giro positivista” no siempre está en la intención individual
-no se trata de un movimiento organizado- de muchos de sus protagonistas, a
quienes planteamos lo siguiente: ¿por qué no volvemos, puesto que de “retornos”
se trata, a la definición del oficio que hace Jacques Le Goff en el prefacio
de Tiempo, trabajo y cultura en el
Occidente medieval (1978): “La historia se hace con documentos y con ideas,
con fuentes y con imaginación”[25]?
La historia seguramente nos lo agradecería, y seríamos más coherentes con
nuestra propia trayectoria historiográfica, pero en realidad tampoco sería
suficiente porque el retorno que necesita la historia es el “retorno al
futuro”, aunque sea dando un paso atrás para dar luego dos pasos adelante...
El “giro positivista” en marcha también se
refleja, por omisión, en nuestro II Congreso. La premura en su organización
benefició la puesta en evidencia de esta tendencia reciente que hemos seguido
más de cerca en la historiografía española, pero que se manifiesta asimismo en
la historiografía francesa vinculada históricamente a Annales[26],
y sin duda en otros lugares[27]. Hemos comentado en el comité de organización
del Congreso como algunos colegas -y amigos- españoles que, en el año 1993, estaban
bien dispuestos al debate, a la reflexión, al “combate” por la historia[28],
están ahora desinteresados de los problemas de la disciplina, y si mantienen
una actividad individual investigadora suele ser de tonos cada vez más
clásicos, menos críticos. Paralelamente hemos detectado, respecto del I Congreso, un claro
rejuvenecimiento de los ponentes, sobre todo
españoles[29].
Con todo, este inevitable relevo generacional, que se manifestará aún más
claramente en 2004, no soluciona automáticamente el problema que le puede crear
a nuestra disciplina el “giro positivista”: parte de los jóvenes historiadores
son hoy también conservadores historiográficamente y no tienen la ventaja de
haber pasado, como la generación del 68, por una etapa innovadora en los métodos
y los compromisos de la historia. Por
lo que sigue siendo imprescindible, mientras la biología lo permita, el papel
impulsor de una parte de la generación que ha protagonizado la revolución historiográfica de la segunda mitad del siglo XX y que
mantiene todavía viva la ilusión por la historia y su escritura colectiva. En
cualquier caso, insistimos, el binomio joven/viejo ya no sirve tanto, como en
los años 60 y 70, para definir lo joven y lo viejo de los enfoques
historiográficos: la línea divisoria del debate historiográfico no es hoy tan
generacional, aunque los jóvenes están en mejores condiciones objetivas[30]
para captar los nuevos problemas y soluciones.
Tenemos
que reconocer que el giro positivista y
conservador de una parte de los historiadores antaño renovadores, el
renacer de otros anteriores a la renovación historiográfica del siglo XX y la
salida de las facultades de grupos de jóvenes con una concepción de la historia
conservadora[31],
es una reacción elemental y saludable al posmodernismo y sus excesos negadores
de toda objetividad histórica. Claro que, finalmente, el remedio puede ser peor
que enfermedad. La tendencia insaciable de perseguir en un pasado historiográfico -cada vez más lejano-
las respuestas a las crisis actual de la nueva historia, y de las ciencias
sociales, nos lleva al típico fenómeno de la convergencia de los extremos. El
posmodernismo remata por igualar historia y ficción, es decir, la historia tal
como era, pura literatura, antes de su homologación académica; etapa prehistórica
a la cual se llega, asimismo, por la vía de indagar “hacia atrás” las raíces de
nuestra disciplina: el “giro positivista” en su acepción más consecuente
-narrativista- es encuentra así con el “giro lingüístico” en su lectura más
radical[32].
Nuestra apuesta es cambiar la “marcha atrás” por la “marcha adelante” de la
historiografía, recapitular ciertamente la historia y la prehistoria de la
historiografía, porque es la hora de los balances, pero sin dejarse llevar
alegremente por la coyuntura, sin hacer tabla rasa del siglo XX y sus
corrientes historiográficas, en resumen, sin extremismos, con espíritu de
síntesis, renovación y racionalidad historiográfica.
Lawrence
Stone anunció, como es sabido, en 1979[33]
la vuelta de la historia narrativa, y en realidad se anticipó viente años,
porque es ahora, en 1999, cuando estamos viviendo el verdadero retorno de la
historia-relato con la justificación teórica correspondiente. El debate
historia/narratividad es una de las novedades de este congreso, en tres de las
cinco conferencias plenarias se trata del tema[34],
que afecta tanto a la teoría (epistemología) como a la práctica de la historia.
La novedad del fenómeno, que vendría a
ser la tercera -y última[35]-
fase del retorno de la vieja historia, consiste en que los narrativistas no
sólo cuestionan las aportaciones de las vanguardias historiográficas del siglo
XX, lo que hace otra mucha gente, sino también las bases fundacionales del
positivismo, que preconizó una historia-relato pero como historia-ciencia, sin
inventar los datos. La demolición de la historia científica, en todas sus
versiones, es ahora demandada por literatos y filósofos, a los cuales se han
unido historiadores posmodernos, propugnando que la historia ha de volver a sus
orígenes literarios, y que entre ficción e historia no hay diferencias
epistemológicas y metodológicas fundamentales, añadiendo, además, una peculiar
“reconstrucción” de nuestro pasado historiográfico que asegura que siempre ha
sido así, que la historia profesional nunca ha dejado de ser una variante más
de la literatura, de la poesía como diría Aristóteles. Una manera harto
extremista, por consiguiente, de interpretar la revalorización actual del papel
de la subjetividad del historiador en el proceso de conocimiento histórico que
tiene conocidos precedentes filosóficos e historiográficos, marginados durante
años por la hegemonía de las nuevas historias del neopositivismo, el marxismo y
Annales. Revalorización ilimitada del historiador como autor y escritor
que conecta, de manera difusa, con la tendencia a juntar la historia con las
humanidades pero separándola de las ciencias, cuando lo que distingue al
historiador de otros escritores sobre el pasado es su carácter científico
(según nuestra definición actualizada).
Estamos
pues ante la estación final del “gran retorno” de la historia, más acá de sus
primeros pasos como ciencia “positiva”. Retroceso que equivale, cualquiera que
sea la intención de sus promotores y protagonistas, a una tercera[36]
proclamación del “final de la historia” en poco tiempo, esta vez directamente
como actividad profesional, docente e investigadora, porque de algo podemos
estar seguros: nadie nos va a pagar por investigar o enseñar historia-ficción[37].
La propuesta que concibe la historia
como un estilo literario más es la última consecuencia tanto de la
postmodernidad radical como de la incontrolable bola de nieve que trae
consigo el “giro positivista”. Pero
tiene algo bueno que ya mencionamos: la crisis epistemológica de la historia,
que llevamos arrastrando desde hace años, toca de este modo fondo. Para evitar
la desprofesionalización de la historia sólo queda ahora el camino que, desde
Historia a Debate, hemos defendido en estos años 90: reconstruir el paradigma
común de los historiadores sin romper con el
siglo XX, porque, visto lo visto, la crítica del positivismo a la
historia literaria sin documentos, la crítica de Annales a la historia
positivista tout court, la crítica del marxismo a una historia sin
teoría ni compromiso, ¿no son hoy más necesarias -pese a su insuficiencia- que
nunca? ¿Es racional historiográficamente “rehabilitar” el positivismo o la
historia-ficción y correr un tupido velo sobre el neopositivismo, la
historiografía marxista y la escuela de Annales[38]?
La respuesta sólo puede ser afirmativa desde un posicionamiento historiográfico
-y seguramente político- reaccionario sin concesiones, que son los menos de los
casos a los que nos referimos cuando hablamos de “marcha atrás” de la
historiografía.
El
“retorno al pasado” con el que, ilusoriamente[39],
se pretende colmar el vacío que han dejado los grandes paradigmas del siglo XX tiene así y todo de “positivo”[40]
la reacción que supone a la “ofensiva” del pensamiento posmoderno en su versión
extrema -hoy en clara decadencia-, pero no soluciona los problemas actuales de
la historia, su redefinición como ciencia y su adaptación a la sociedad global
del nuevo siglo, más bien los agrava con su incontrolable estrategia de “vuelta
al pasado”.
Preparado
por los retornos temáticos, el regreso
metodológico a Ranke, Langlois y Seignobos, es una fuite en arrière
que, de seguir adelante, nos alejaría definitivamente de las actuales ciencias
sociales y naturales, ubicadas en el pos-positivismo, y de la sociedad del
nuevo siglo, que demanda crecientemente historia. El positivismo
historiográfico de finales del siglo XIX, en Alemania, y principios del siglo
XX, en Francia, no es una respuesta historiográfica con futuro por razones de
contexto cronológico que nadie debería comprender mejor que nosotros. Los
historiadores se parecen más a su tiempo que a sus padres, y, en el siglo XXI,
está fuera de contexto la ingenuidad cientifista que se desprende de las
célebres frases: la “historia es conocer el pasado tal como fue”, o la
“historia se hace con documentos”. De igual modo, ¿tiene sentido vincular la
utilidad social de la historia, como en el siglo XIX, a Estados nacionales
impugnados, internamente por las identidades nacionales, regionales y étnicas,
y externamente por la globalización[41]?
Si
de lo que se trata es de buscar en el pasado historiográfico -”receta” muy de
historiadores- las certezas perdidas muchos de nosotros preferiríamos volver a
Bloch, Febvre, Braudel, Le Goff, Carr, Hobsbwam, Thompson, Vicens Vives, Tuñón
de Lara, etc., cuyas críticas al positivismo y a la historia tradicional de
raíz decimonónica, y sus aportaciones renovadoras, recobrarán actualidad en la
medida que el “giro conservador” quiera imponerse. Aunque somos conscientes de
que los paradigmas que representan estos grandes historiadores del siglo XX
son, asimismo, incapaces de ofrecer soluciones a los problemas epistemológicos
e historiográficos actuales o a los avances de la investigación en temas tan
dispares como la historia oral, la historia de las mujeres, la historia
ecológica, la historia poscolonial o la historia mundial como historia global.
De ahí que preconicemos avanzar en la construcción del(os) nuevo(s)
paradigma(s) sin hacer tabla rasa del pasado, procurando síntesis creativas,
también entre las nuevas y las viejas
historias, o entre la historia como ciencia y su prehistoria literaria, pero
con los ojos puestos siempre en el presente crítico y en el futuro por
construir.
Aspiramos
a que este II Congreso Internacional Historia a Debate contribuya a que la
parte de la historiografía que camina hacia atrás, invierta su marcha. Los
historiadores debemos encontrar nuestras “terceras vías”[42],
convencidos como estamos de que no nos sirven ya los paradigmas del siglo XX,
pero menos aún los del siglo XIX. Es preciso pasar del “gran retorno” a la
“gran síntesis” de la historia, de forma que la crisis, que nosotros entendemos como cambio de
paradigmas, dé lugar a la (tercera) revolución historiográfica que asegure una
nueva primavera para la historia.
El
momento es oportuno. Cuando la historia de los acontecimientos se acelera,
cuando la sociedad revolucionada presta atención de nuevo a la historia, sólo
falta que los historiadores nos pongamos a la par. Y si lo hacemos la historia
en el siglo que viene llegará a ser, como en algunos momentos y países del
siglo XX, una referencia inexcusable para las ciencias sociales y las
humanidades, y para las preocupaciones de los ciudadanos a la hora de la acción
educativa, cultural y política.
En
el Libro de abstracts del Congreso se argumenta que, en el debate
modernidad/posmodernidad, hay tres posiciones: los deconstructores-posmodernos,
los neoconservadores y los reconstructores-reformistas[43].
El eje que, en nuestra opinión, permite superar mejor, dialécticamente, la confrontación
modernidad/posmodernidad, cuya prolongación genera el síndrome paralizante del
“vacío de paradigmas”, es la reconstrucción y reforma paradigmática. Después
de la crítica destructiva del
posmodernismo y de la reacción neoconservadora de los “retornos”, sólo queda
por probar -algunos lo estamos haciendo desde hace años- la reconstrucción
orientada hacia un futuro que es, y será todavía más, global.
En
el siglo XXI la escritura de la historia estará, en cada país, más condicionada
por la historiografía internacional que nunca. El papel de la historiografía
global ira creciendo en relación con las historiografías nacionales, gracias a
las nuevas tecnologías de la comunicación y a los procesos de integración
transnacional en el terreno económico, político, cultural y académico.
La
historiografía, como la historia, no se repite más que como comedia o tragedia.
Por lo tanto no volverán las grandes escuelas del siglo XX, y menos las del
siglo XIX. La salida de nuestra
disciplina es hacia adelante.
Necesitamos
por consiguiente otro concepto de oficio de historiador, más allá del
positivismo, que no reduzca nuestro trabajo a las ciencias auxiliares de la
historia, las cuales nos merecen un respeto absoluto -dependemos a menudo de
ellas- pero la función del historiador ha de transcender las fuentes y la
crítica de las fuentes o no habremos aprendido nada de la historia y de la
historiografía.
Necesitamos
asimismo adherirnos a otra noción de historia como ciencia, menos anacrónica,
más actual. Los historiadores tenemos que poner al día nuestro concepto de
ciencia, que hoy, para las ciencias sociales y más aún para las ciencias
naturales, es menos objetivista y más relativista[44].
Hace casi veinte años que se habla de una “ciencia con conciencia”, de una ciencia
con sujeto[45]
no solamente con objeto. Sigue siendo para nosotros un misterio insondable
como, en una parte considerable de la comunidad de historiadores, se ha
conservado en formol, hasta finales del siglo XX, el concepto decimonónico de
lo que es una ciencia: una herencia de Ranke que viene de más atrás, de las
ciencias de la naturaleza del siglo XVII[46].
Todavía hoy creen bastantes colegas, y estudiantes de historia[47],
que hacer ciencia es conocer la realidad “tal como fue”, esto es, de manera
“exacta”[48].
Ninguna ciencia natural se plantea esto hoy, y menos que ninguna la física o la
biología, sujetas tanto o más que la historia a los condicionamientos internos
de la comunidad de especialistas y externos de la sociedad y la política. Desde
principios del siglo XX, desde la teoría de la relatividad, la teoría cuántica
y el principio de incertidumbre de Heisenberg, se sabe que el sujeto del
proceso de conocimiento interfiere sobre el objeto, y que las verdades que
podemos conocer científicamente son aproximativas, condicionadas por el
observador y sus circunstancias, siendo la más importante de ellas la opinión
mayoritaria de la comunidad de especialistas.
No es científico, en consecuencia, separar objeto y sujeto en el proceso
de conocimiento, en este caso aislar el historiador del proceso de conocimiento
histórico. Si lo hacemos caeremos con toda seguridad en la inexactitud
histórica. En suma, el positivismo historiográfico a dejado de ser científico
según los criterios de la práctica y la teoría de la ciencia actuales.
Solamente
una atenta mirada a las ciencias de la naturaleza, y a la filosofía y la
historia de la ciencia, nos convencerá de que no podemos ser en esto más
papistas que el papa, y si un científico “duro” no concibe verdades
absolutistas y objetivistas, ¿por qué habremos de seguir “creyendo” en ello los
historiadores? La historia sólo seguirá siendo considerada una ciencia si
ponemos todos al día nuestro concepto de ciencia[49].
De ahí la futilidad del “giro positivista” y su papel involuntario en la
“des-cientificación” de la historia profesional propugnada por el narrativismo
radical. La vuelta a Ranke, cualquiera que sea la intención de sus partidarios
conscientes, aparta la historia de la ciencia, tal como hoy se entiende[50],
y allana el camino para su “reintegración” en el seno de la literatura.
La
reconstrucción y reforma del paradigma de la historia tendrá que hacerse con
nuevos y viejos materiales, con todo el capital acumulado por nuestra
disciplina desde mediados del siglo XIX, pasado por el filtro de la crítica y
la autocrítica, y con las tendencias historiográficas, sociales y tecnológicas, posteriores a la nueva
historia. Estamos todavía en el proceso (inevitable) de conformación de esta
nueva matriz disciplinar.
Somos
grandes defensores de aplicar las teorías de Thomas S. Kuhn sobre la historia
de la ciencia a la propia historia, con los cambios que aconseja el debate que
siguió a sus propuestas y nuestra propia experiencia historiográfica. En La
estructura de las revoluciones científicas (1962) se dice que el
conocimiento científico no es acumulativo, sino que avanza a saltos, a través
de revoluciones científicas. En realidad el conocimiento científico es,
simultáneamente, acumulativo y rupturista.
La revolución historiográfica del siglo XX, protagonizada por Annales,
el marxismo y la cliometría
neopositivista, ¿no continúo de alguna forma, malgré tout, el
positivismo de fines del siglo XIX? La revolución historiográfica que estamos
incubando (que algunos quisieran celebrar como contrarrevolución), ha de
continuar en cierto grado, se quiera o no, las nuevas historias del siglo XX
para avanzar: las aportaciones de las vanguardias historiográficas del siglo XX
forman parte ya del capital historiográfico acumulado, está por ver en qué
medida y en qué forma entrarán en el nuevo paradigma.
¿Cómo
combinar, por lo tanto, las viejas escuelas y debates del siglo XIX (que
aparentemente vuelven) con las nuevas
escuelas del siglo XX (que parecen retroceder) para contribuir a dar respuestas
actualizadas a los problemas teóricos y prácticos de la historia del siglo XXI?
Desde luego no de manera ecléctica, sumando componentes contradictorios, sino a
través de un nuevo paradigma o consenso, común denominador de sumandos diversos
pero compatibles en una matriz disciplinar evidentemente plural. Los cambios
históricos, ¿no fueron habitualmente la lucha de lo nuevo contra lo viejo[51]?
En historiografía ha ocurrido algo parecido con los cambios de paradigmas hasta
la crisis actual donde vemos la relación viejo/nuevo se ha vuelto, como tantas
otras cosas, más compleja, lo vimos en lo relativo a las generaciones de
historiadores.
Uno
de los motores de la renovación historiográfica a lo largo del siglo XX ha sido
pues la dicotomía viejo-nuevo. Ahora, sin embargo, lo viejo se presenta como
nuevo (y en alguna medida lo es), y cada vez escasean más las auténticas
novedades historiográficas. ¿Qué nuevos planteamientos historiográficos han surgido
en los años 90, si exceptuamos los relacionados con la globalización[52]?
Todavía algunos colegas mantienen como “última” novedad historiográfica la
microhistoria iniciada, en 1980, por un grupo de historiadores italianos que
reniegan hoy de ella, quince años después[53],
de forma parcial pero lúcida[54]
, diciendo que “es un instrumento útil
pero no es la solución a los problemas de la historia en este momento”, porque
lo que necesitamos hoy es más bien “macrohistoria”, “interpretación global” y
“re-síntesis”[55].
Y
no surgen grandes novedades historiográficas porque todos los temas han sido
“descubiertos”, el avance historiográfico ya no se puede reducir a contraponer
temáticamente lo viejo con lo nuevo. Una línea de investigación realmente nueva
ha de responder, además, a los graves desafíos a los que se enfrenta la
historia profesional en este momento, para lo cual es preciso una carga teórica
y historiográfica que las simples propuestas, nuevas o viejas, de temas y
enfoques de investigación son insuficientes y, a medio plazo, frustrantes. Por
eso defendemos que el historiador del futuro “reflexionará sobre metodología,
historiografía y teoría de la historia, o no será”[56].
Lo cual no quiere decir que todos y cada uno de los historiadores futuros han
de dedicarse a la reflexión historiográfica, sino que un alto nivel de
“conocimiento no basado en fuentes”
decidirá, mañana más que ayer, la calidad de una monografía con base empírica.
¿No estamos observando ya que se produce mucho cuantitativa y académicamente pero
escasean obras de investigación que dejen huella, que digan algo realmente
distinto? ¿Y cómo decir algo distinto, nuevo, si no se reflexiona sobre lo que
se hace?
Se
progresa metodológicamente a través de la síntesis, pero, para que ésta no sea
ecléctica e inútil, es menester agudizar la reflexión, que tampoco sirve de
mucho al margen de la investigación empírica[57].
Estamos convencidos de que una buena vía para la creatividad historiográfica,
en este momento, es la confluencia de diversas líneas de investigación, el
mestizaje de géneros historiográficos. Síntesis y reflexión, reconstrucción y
reforma, investigación y debate: ahí están algunas de las bases esenciales del
cambio de paradigmas que necesitamos, que estamos construyendo, queramos o no,
con nuestros esfuerzos individuales, acciones y omisiones, pasos atrás y pasos
adelante. Luces y sombras que se pueden deducir también de los resúmenes y
textos que habéis enviado previamente al Congreso.
Hemos
tenido, como es lógico, dificultades para cerrar el programa porque al
conceder, de entrada, a ponentes y comunicantes, libertad para elegir tema y
mesas redondas, se produce un desequilibrio entre las diferentes partes del
congreso. Habría sido más cómodo orientar de antemano los temas y las mesas
redondas donde podría o debería intervenir cada uno, pero habríamos renunciado
así a una primera y valiosa aproximación a la situación historiográfica global.
Coyuntura nada sencilla de diagnosticar, mientras no se desarrollen las nuevas
redes historiográficas globales, que comunican -como intentamos en HaD- en
tiempo real y sin fronteras de nacionalidad o especialidad a los historiadores
del mundo. Las conclusiones que se puedan sacar de nuestra Encuesta
Internacional “El estado de la historia”, con más de quinientas respuestas
obtenidas hasta el momento, de historiadores de todo el mundo, supondrán al
respecto un paso adelante.
Son
dos las cuestiones que, a priori, nos parecieron claves desde los prolegómenos
del II Congreso[58]:
historia / literatura y el problema de la ciencia, por un lado; historia / sociedad y el compromiso del
historiador, por el otro. Alrededor de estos dos ejes se resumen buena parte de
los debates y reflexiones habidos, si bien han destacado, tanto en el congreso
presencial como en el virtual, antes, durante y después del II Congreso, temas
asimismo fundamentales como globalización e historia, pasado y futuro,
enseñanza de la historia, problemas profesionales, poscolonialismo,
mujeres/hombres o la emergencia de las historiografías latinas[59]. Tendremos tiempo de reflexionar y escribir
sobre todo ello. Vamos a transcribir todas las mesas redondas, y leer con
calma, ponencias y comunicaciones, debates orales y resúmenes...
En
cualquier caso llama la atención el desplazamiento geográfico de los centros
generadores de iniciativa y polémica historiográficas[60],
menos sujetos que nunca a la jerarquía centro/periferia. Los debates capitales
historia-literatura e historia-ciencia han venido de los Estados Unidos, que se
ha transformado en un importante foco de las discusiones que tienen que ver con
la historia desde 1989 y el “final de la historia” de Fukuyama. Sin embargo, el
gran debate sobre el compromiso renovado del historiador, viene de América
Latina, que aporta o puede aportar a la historiografía internacional una
frescura inigualable en las relaciones historia/sociedad y pasado/presente, como se ve en el propio
congreso.
Frente
al dinamismo del continente americano, la aportación historiográfica europea
está en un impasse inquietante a causa del agotamiento de los antiguos
focos innovadores, francés y británico, crecientemente dependientes de las
relaciones con Norteamérica[61],
y de las dificultades de la historiografía alemana para traspasar sus fronteras
nacionales[62].
La irradiación internacional[63]
de la parte de la historiografía española que Historia a Debate representa ya
no sigue el viejo modelo de país que incide sobre otros culturalmente
dependientes. Lo que se está imponiendo ahora es la multipolaridad de las iniciativas
y la globalización de la comunicación. Se influye, o se puede influir,
historiográficamente más por la conexión global que por el rol
político-económico-cultural dominante del país de origen, que, lógicamente, no
desaparece de las relaciones académicas e historiográficas internacionales.
Fernando
Devoto me comentaba, yendo para una mesa redonda que hicimos durante el
congreso para una revista gallega[64],
su extrañeza ante mi información de que posiblemente el segundo grupo nacional
en participación estaba siendo Argentina, asegurando que “los argentinos no
estamos entre las historiografías más importantes del mundo”. Yo ya no sé,
sinceramente, que historiografías serán las “más importantes” después de este
cambio del siglo, ni qué cosa significará eso de “historiografía importante” en
el siglo XXI. En la Encuesta Internacional sobre “El estado de la historia”
hacemos esta pregunta y veremos el resultado, que podemos adivinar
diverso. Una cosa es cierta: ninguna
historiografía euro-norte-americana tiene la capacidad demostrada, como se ve
en el congreso, por la historiografía argentina para expresar y reivindicar,
sin los habituales tapujos del oficio, la relación entre memoria e historia,
pasado y presente. Y estamos en condiciones de aseverar que la vitalidad y la
calidad de una historiografía nacional se va a medir, se está midiendo ya, por
la relación entre academia y sociedad, entre historiadores y ciudadanos, contra
la opinión de los practicantes más extremistas del “giro positivista”.
Dijimos
antes que la globalización lo resuelve todo, para mal y para bien, haciendo
posible una democratización de las interrelaciones académicas y culturales que
altera las rígidas relaciones de dependencia historiográfica que hemos conocido
desde finales del siglo XIX. Un buen
ejemplo es la propuesta de la historiografía poscolonial derivada de los
“estudios subalternos” en la India[65].
Peter Burke escribió y dijo en el I Congreso que la renovación pasaba
más por la periferia que por el centro: “the contemporany historical world is
polycentric in the sense that innovations now arise in many different places,
notably in the so-called ‘peripheries’, in Europe and outside”[66]. La verdad es que ésta
formulación, siendo cierta, hoy se ha quedado corta. Ahora habría que decir que
la renovación historiográfica, venga de dónde venga, sólo puede ser global, no
puede triunfar encerrada en los viejos Estados-naciones. Las iniciativas
historiográficas pueden ser promovidas desde cualquier país[67]
pero sólo avanzan cuando adquieren una dimensión internacional, mundial/global[68].
Sea desde la “periferia” sea desde el “centro”, según los criterios tradicionales de jerarquía geopolítica, las
innovaciones precisan ser globales en su dimensión y contenido.
La
globalización económica, informativa y cultural, los procesos de integración
supranacionales, desbordan al Estado-nación como marco de iniciativas, y
conciben un nuevo sujeto de comunidades transnacionales, que intercambian
información y generan consensos a una velocidad muy superior al sistema
académico convencional fundamentado en puntuales actividades presenciales y
lentas ediciones sobre papel, que naturalmente
seguirán cumpliendo su función. La “nueva historiografía” que surge de
la globalización informativa y académica sobredetermina ya las realidades
historiográficas nacionales. En el campo historiográfico, como en tantos otros,
dentro y fuera de la academia, el aislamiento nacional va a significar en el
futuro inmediato un coste más gravoso, en especial en países con gran fuerza de
la tradición y peso político, porque los otros no tienen más que ganar con la
globalización historiográfica.
Dejo
para el final algunas propuestas para el debate y el consenso sobre la
reconstrucción y reforma del paradigma de la historia. Partimos de las
conclusiones del anterior congreso (La historia que viene) y de lo que
hemos podido ver y discutir hasta el día
de hoy, además de las reflexiones y experiencias personales. Todo ello con
cierta provisionalidad, para esta intervención oral no dispongo de un texto
escrito, matizaré más a la hora de redactarlo después del congreso[69].
Me concedo pues una libertad que no habéis tenido vosotros, que tuvisteis que
presentar los textos antes de terminar el congreso. Yo también hubiera
querido cumplir con esta obligación,
pero hemos sido incapaces, en el caso de Israel Sanmartín y mío, por lo que
decía al principio de la conferencia sobre eso de dar la misa y tocar la
campana, pido disculpas por ello. La ventaja es que así intervengo más en
caliente, al hilo del desarrollo del congreso...
Una
de las cosas sobre las que la preparación de este II Congreso me ha hecho
reflexionar, de manera autocrítica, es el debate entre historia y relato, entre
historia y ficción, cuya actualidad renovada nos ha sorprendido un poco[70].
Merecería la pena, es mi primera propuesta, intentar una historia más narrativa
sin dejar de ser científica -según el concepto relativista del siglo XX,
insistimos una vez más- y sin confundirla, claro está, con la novela histórica.
Una “nueva historia narrativa” que trace límites entre el relato del
historiador y el relato del escritor de ficción, que no diferencia como
nosotros la realidad de la ficción, ni tampoco le interesa.
¿Cuántas
veces caen en nuestras manos documentos de archivo de donde se puede deducir
una realidad que supera a la ficción? De ellos, más que de la imaginación
personal, se nutren frecuentemente los novelistas, concibiendo relatos cuya
capacidad de asombrarnos, entretenernos y enseñarnos, viene mayormente de los
datos históricos reales, documentales, testimoniales. Y a la inversa, ¿por qué
el historiador no ha de utilizar también dichos documentos/testimonios con
trama, narradores y estilo, propiamente literarios? Estoy convencido de que,
hallando las fuentes adecuadas, podríamos aprender de la literatura al mismo
tiempo que competimos con ella. Brindando una verdad histórica relativa y
cambiante, a menudo plural, cuyo manejo exige un oficio y una experiencia que no
están al alcance de los escritores de ficción histórica, con su ilimitada
libertad para inventar personajes, diálogos y situaciones, que deforman motu
propio -no involuntariamente como los historiadores profesionales- los
hechos históricos de referencia.
Valdría
la pena, por consiguiente, verificar prácticamente la posibilidad de “relatos
históricos verídicos” en la frontera entre la ciencia y la literatura (desde el
lado de la ciencia, por supuesto), con trama pero sin faltar al rigor. De Kuhn
hemos aprendido que entre la ciencia y el arte hay elementos comunes, pero
sabemos asimismo que existen capitales diferencias. ¿Podríamos, en trabajos que
fuesen a la vez de investigación y de divulgación, ir de brazo de la novela sin
por ello renunciar a hacer una historia seria? Habría que experimentarlo antes
de contestar. Se ha dicho con razón, a partir de los trabajos de H. White y P.
Ricoeur[71],
que toda historia es narrativa, y es cierto, pero de manera inconsciente,
artesanal, mi propuesta es debemos hacerlo conscientemente con el mismo rigor
con el que investigamos desde otros enfoques.
La
“nueva historia narrativa” puede ser, en consecuencia, una síntesis de futuro
entre la “nueva” y la “vieja historia”, y, además, un buen camino para
reconstruir nuestra relación con la sociedad. ¿No sería importante que algunas
obras de investigación fueses leídas con tanto o más entusiasmo por parte de un lector profano que
por parte de un especialista?
Otros
historiadores como Georges Lefebvre, de tradición annaliste, o Jerzy
Topolski y Ciro F.Cardoso, de tradición marxista, han apuntado o apuntan en
esta misma dirección, la novedad es que nosotros planteamos pasar del debate
teórico a la práctica, lo cual aportará
con toda seguridad nuevos elementos para la reflexión y ayudará a construir el
nuevo paradigma de la historia con viejos, nuevos y novísimos materiales.
Una historia más comprometida
La
segunda propuesta, que recoge asimismo cosas que se han dicho en el congreso,
es afirmarnos en una historia más comprometida, más en contacto con la
sociedad, sin menoscabo del rigor y de la verdad de los historiadores, que es
lo que nos confiere la autoridad moral que ha de sustentar nuestro compromiso
ético y social.
Una
historia más comprometida con las causas sociales y políticas, nacionales y
religiosas, pero no a la manera de la “historia militante” de los años 60 y
70. Debemos ser autocríticos con las
historiografías de esos años, cuyos fracasos han creado las condiciones para el
retorno presente de la vieja historia. Si hoy algunos colegas, en pleno “giro
positivista”, nada quieren saber de lo que sucede fuera de los muros de la
universidad, algo tendrá que ver con los pasados excesos de una “historia
militante” que sacrificó no pocas veces la objetividad histórica al servicio de
un partido, ideología o causa, causándoles problemas de credibilidad, cuando no
de viabilidad, a medio y largo plazo. La
autocrítica que proponemos es política y historiográfica.
Nuestro
compromiso historiográfico cara al nuevo siglo debe partir de la aceptación no
dogmática de la legitimidad de compromisos de diversos signos. Cuando hablamos de historia comprometida
parece que nos referimos a nosotros, historiadores progresistas[72],
y así fue en los tiempos de hegemonía de la nueva historia, pero los
“retornos” han puesto encima de la mesa otras ideologías y compromisos (coexistiendo en ocasiones en una
misma institución de pasado progresista[73]),
que hay que aprender a respetar, salvo que sigamos creyendo en “verdades
absolutas” o en métodos no intelectuales de imposición de las propias ideas. La
otra opción sería “aniquilar” al adversario y eso se ha hecho políticamente, no
hace mucho en América Latina, y aún se hace simbólicamente aquí y allá cuando
se descalifica una posición historiográfica mediante una etiqueta política,
religiosa o étnica, sin entrar en el fondo argumental.
Soy
consciente de que la tolerancia que practicamos, y que forma parte de la
identidad de Historia a Debate, no se puede aplicar con la misma facilidad par
tout por razones de historia inmediata. Es el caso de Argentina, donde
resulta difícil predicar la tolerancia (lo digo por experiencia propia), cuando
hasta los años 80 la adscripción política de un profesor universitario fue
motivo de expulsión del puesto de trabajo, o de algo peor. Estoy hablando pues
de democracias consolidadas, de aquellos países donde hoy podemos discrepar
académicamente (y políticamente) en unas cosas y coincidir en otras, sin
problemas mayores[74].
La
relación diversa, incluso contradictoria, de los historiadores con la sociedad,
la política y la ideología, nos fortalece a todos, a la historia y a la
academia, siempre que se cumplan unas reglas mínimas de ética y
profesionalidad, discutibles como todo en la vida, pero fundamentales.
Opino,
como ya dije en la mesa redonda G sobre el compromiso, que debemos poner el
rigor y la verdad de los historiadores por encima de cualquier compromiso
político, ideológico, social o nacionalista. Y no estoy pensando en la
salvaguarda, a veces imposible, del oficio de historiador de las luchas
políticas y sociales, sino en la mejor contribución política e ideológica que
podemos prestar a las causas que nos son próximas: la verdad histórica que
conocemos.
Verdad
histórica que también suele ser diversa, incluso contrapuesta, por razones
históricas (diferentes puntos de vista coetáneos de un conflicto social,
político o militar), historiográficas (diferentes enfoques o interpretaciones
de los historiadores) y/o políticas (diferentes intereses y posiciones políticas
de los investigadores), pero que remite siempre o debe remitir a una profesionalidad y a un “conocimiento
basado en fuentes” cuya objetividad empírica, como bien sabe el lector, no
idealizamos pero tampoco negamos, a sabiendas que la última palabra sobre lo
que es verdad histórica, en cada momento y en cada tema, la tiene la comunidad
de especialistas.
Nuestra
visión acumulativa y rupturista de la evolución de la ciencia histórica
justifica un enfoque plural y sintético (que no ecléctico) de la renovación
historiográfica y de la verdad histórica, que, en último extremo, consensuan
las comunidades de historiadores en términos historiográficos, porque las
fuentes se prestan a enfoques y conclusiones diferentes, y, en casos
excepcionales, en términos políticos, en función de las relaciones de fuerza
entre las distintas interpretaciones políticas de los historiadores y de los
propios políticos. Como es el caso del debate 1997-2000 sobre la historia de
España[75].
En
algún caso se puede plantear un dilema entre nuestra función como historiadores
y nuestra adhesión política, sobre todo si esta es activa, militante: ¿a qué
ser fiel, a la profesión y el rigor, o a las necesidades electorales, o de otro
tipo, que pueda tener la organización de pertenencia, cara al mantenimiento de
determinados mitos políticos[76]? No suele ser fácil decidir si se actúa, en
dichas circunstancias, como intelectuales críticos o como “animales políticos”,
dependerá del interés circunstancial, de la implicación personal académica y/o política,
del concepto de historia y de política que se tenga...[77]
Una
cosa está clara a fines del siglo XX: los proyectos políticos, o de otro
género, que practican una doble moral se hacen extraordinariamente vulnerables,
cuando no acaban siendo barridos de la historia[78].
La mentira histórica como arma política es una forma de corrupción ideológica
cada vez menos rentable, política y electoralmente, a causa de la
democratización galopante del acceso a la información, y de la emergencia de
una ética universal aplicada. Se puede anticipar -y desear- que, en el siglo
XXI, historia y política serán más compatibles que en el siglo XX, excepto que
la historia acabe perdiendo catastróficamente el reconocimiento social,
deontológico y científico, en favor de dos fenómenos complementarios: la novela, por un lado; la erudición y el
aislamiento académico de los historiadores, por el otro.
Auguramos,
y predicamos, en consecuencia, mejores condiciones para la independencia de los
historiadores y su valoración social como conocedores del pasado, desde una
moral profesional para nada ajena al presente y al futuro.
Nos
favorece, en este sentido histórico-ético, la globalización pacifista y
justiciera que están poniendo en evidencia nuevos hechos como la actuación
global de las ONGs, la persecución judicial -desde España- de la
represión ejecutada por las dictaduras chilena y argentina, la demanda de un
Tribunal Penal Internacional independiente, o la mediación pacificadora de la
ONU en determinados conflictos, a pesar del traspiés de Yugoslavia, donde se
aplicó precisamente un doble rasero por parte de los que apoyaron los
bombardeos de la OTAN, y también por parte de aquellos detractores de la guerra
y sus “efectos colaterales” que callaron ante las acciones serbias de “limpieza
étnica”. La inconsecuencia ético-universal resulta en estos tiempos costosa, en
términos intelectuales y políticos: se está recuperando en la práctica la idea
ilustrada del progreso moral y político de la humanidad[79].
El
compromiso ético de respetar la verdad pasada que conocemos está íntimamente
ligado a la lucha actual por el respeto de los derechos humanos y cívicos de
los pueblos y de los individuos. Si se avanza en la ética del presente se está
favoreciendo la reconstrucción ética del pasado. Un buen ejemplo latino es
como, casi treinta años después, crece la presión -y los resultados- , tanto
interna como externamente (justicia global), para esclarecer la verdad y hacer
justicia sobre lo sucedido durante las dictaduras militares en Chile y
Argentina, de manera que estas transiciones a la democracia, inspiradas en un
primer momento en la transición española y su estrategia de borrón y cuenta
nueva, están desbordando el modelo inicial como consecuencia del cambio de
mentalidades y contexto finisecular: la estabilidad política y democrática, a
diferencia de los años 70, admite difícilmente la amnesia histórica sobre las
atrocidades cometidas[80].
Frente a la tendencia dominante de una
justicia global, ¿en qué lugar queda el revisionismo historiográfico de Nolte y
compañía negador del holocausto judío? En un fenómeno anecdótico siempre y
cuando los historiadores nos movilicemos, como se hizo en Alemania, contra la
burda manipulación política de la verdad histórica que, en este caso, sirve al
rearme ideológico de la extrema derecha. Para lo cual tiene que haber, como es
obvio, una verdad histórica, ciertamente relativa pero que no se confunda con
la mentira: el genocidio perpetrado por los nazis ha existido.
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