La historia que viene*
Carlos
Barros
Universidad
de Santiago de Compostela
La manera de escribir la historia implantada
entre los historiadores profesionales a partir de la II Guerra Mundial, la historia
entendida como ciencia, de cuya puesta en práctica resultó una historia económico-social,
estructural y objetivista, que propugnó la ambición ideal de una historia total
y la necesidad de estudiar el pasado para comprender el presente y construir un
futuro mejor, ha sido fuertemente cuestionada a lo largo de la pasada década,
al tiempo que entró en crisis el proyecto filosófico común que la sustentaba,
la idea ilustrada del progreso.
Hasta aquí la evidencia. Resulta menos claro
para todos, y la razón de ser de este trabajo es intentar explicitarlo, el
hecho de que la comunidad de historiadores ha ido formulando, a la vez que la
crítica, nuevos consensos sobre cómo ejercer la
profesión, con frecuencia sin saberlo, porque el proceso de las nuevas convergencias
se produce más en la práctica que como consecuencia de un debate explícito. Por algo se dice, y con mucha
razón, que la crisis finisecular de la historia -pensemos sobre todo en el
papel decreciente de los historiadores y de la historia en la sociedad- está
acompañada de un formidable incremento de la producción historiográfica, que ha
renovando enormemente temas y métodos,
pero de una manera desigual, sin demasiada reflexión, sin orden ni
concierto1,
lo que limita gravemente y aun puede dar al traste con los posibles resultados.
Nuestras primeras propuestas quieren ser, justamente, sobre la forma en que las
comunidades científicas, en general,
reconstruyen, a través de procesos críticos, su acervo común.
Nos interesa más, en esta ocasión, saber qué
historia se hace y, sobre todo, qué historia se debe hacer -con lo cual
sobrepasamos, consciente y críticamente, la función notarial-, que las reprobaciones, en algunos frentes muy
generalizadas, a las "nuevas
historias" que han caracterizado las historiografías del siglo XX,
y cuya vigencia en gran medida no dejamos de reivindicar, siempre y cuando
aceptemos -desechando por tanto cualquier espíritu numantino- todo aquello que
está superado por la práctica científica en general, y por la práctica de los
historiadores en particular, así como las nuevas necesidades sociales,
culturales y generacionales, a las que la historia y las ciencias sociales
deben responder en este acelerado fin de siglo, iniciado en 1989, que en un
principio impulsó tremendamente las críticas posmodernistas -y más aún las
premodernistas- para en un breve plazo animar una racionalidad renovada, una
nueva ilustración, una reformulación de la idea de progreso que tome en
consideración errores y fracasos, esfuerzo intelectual con el que nos sentimos
identificados.
Enunciaremos brevemente, mediante 16 tesis o
proposiciones argumentadas, los criterios que nos parecen fundamentales para
alcanzar el nuevo consenso historiográfico en proceso de gestación, con el fin
de alentar el debate contribuyendo a centrarlo y promoviendo la disidencia,
conscientes de que todavía estamos en el camino: no ha terminado la transición
al paradigma historiográfico común del siglo XXI, ni siquiera es inevitable.
1
La
historiografía avanza a saltos, y no por simple acumulación, según las
decisiones consensuadas en cada momento por la comunidad de historiadores.
En cualquier libro de historiografía que se
precie, se explica el progreso del conocimiento histórico jalonado por rupturas
en la forma de escribir la historia2. Han sido particularmente
importantes: el cambio traumático de la historia metafísica, sagrada o
literaria, a la historia positivista en el siglo XIX, y la revolución
historiográfica del siglo XX, protagonizada por la escuela de Annales y el materialismo histórico,
contra el concepto positivista de la historia. Precisamente este modo de
concebir la historia de la historia, a través de revoluciones disciplinares, es
deudor de la concepción materialista de la historia.
Pues bien, Thomas S. Kuhn, un físico
reconvertido en historiador de la ciencia, aplicando a su manera el método de
la historia al devenir del conocimiento científico, singularmente referido a
las ciencias de la naturaleza, ha revolucionado la filosofía de la ciencia a
partir de los años 603, poniendo en muy graves
aprietos a las, en aquel momento, dominantes concepciones neopositivistas
(encabezadas por Popper) que han coartado, mucho más de lo que se piensa, el desarrollo del programa historiográfico
inicial del materialismo histórico y de Annales.
A diferencia de los positivistas, viejos y
nuevos, Kuhn sitúa el origen de las certidumbres científicas más en las
decisiones sucesivamente consensuadas, tras períodos de crisis y de rivalidad
de teorías, por la comunidad científica de cada disciplina, que en la
verificación (o falsación) empírica, por lo demás indispensable. La aplicación
a las ciencias sociales y humanas de los descubrimientos de Khun se infiere de
sus propias deudas explicitadas con la historia -y también con la sociología,
la psicología social y la epistemología4-, al estudiar la historia de
las ciencias físicas, y más aún de la
propia experiencia de la historiografía, que no por casualidad suscita hoy la
atención creciente de los historiadores, que así y todo nunca ha llegado tan
lejos, como Kuhn, a la hora de sistematizar teóricamente la evolución histórica
de la ciencia, en nuestro caso, la ciencia de la historia.
En las pasadas décadas, el interés de Kuhn y
de otros científicos por la historia no se ha correspondido con un interés
recíproco de los historiadores por la historia de la ciencia y la filosofía de
la ciencia. La razón reside en la separación vigente, a menudo teñida de
animadversión, entre ciencias y letras5, entre ciencias
"duras" y ciencias sociales y
humanas, debido a la cual pasó desapercibido el ulterior
"ablandamiento" de las ciencias físicas. Cuando, excepcionalmente, ha
existido una relación entre historia y ciencia estricta, se ha establecido con
la ciencia neopositivista -por ejemplo, para importar métodos cuantitativos-,
pese a la hostilidad manifiesta de Karl Popper hacia todo historicismo. Por lo
demás, el espontáneo desinterés del historiador de oficio hacia la teoría,
viene a remachar este décalage entre
investigación histórica e historiográfica y filosofía de la ciencia,
últimamente la rama más productiva de la filosofía.
La salida a la actual crisis de identidad y
de crecimiento de la disciplina histórica, pasa, en nuestra opinión, por la
aplicación de la teoría de Kuhn sobre el desarrollo histórico de las ciencias.
2
Existe
un paradigma común de los historiadores, hoy en plena crisis, cuya resolución
plena no será posible más que con la sustitución por un paradigma nuevo.
Entendemos por paradigma común el conjunto de
compromisos compartidos por una comunidad científica dada: aquellos elementos
teóricos, metodológicos y normativos, creencias y valores, que gozan en un
momento determinado del consenso de los especialistas. Un paradigma global
está, a su vez, formado por paradigmas parciales. El funcionamiento de un
paradigma común es consustancial con la existencia de una disciplina unificada,
se justifican mutuamente, y no excluyen la pluralidad de enfoques, incluso de
escuelas, más bien lo contrario: nunca encontraremos plena homogeneidad teórica
y metodológica entre los miembros de una comunidad establecida, ni tampoco es
aconsejable en aras de la buena marcha de una disciplina científica. El
concepto historiográfico de paradigma ha sido precisamente creado por Kuhn para
explicar los mecanismos reales de aprendizaje y consenso, en el interior de
cualquier comunidad madura de científicos, necesariamente más flexibles y
abiertos que los propios de una escuela con su teoría, sus líderes y su
jerarquía. La historia científica, más
allá de las escuelas historiográficas
y de las historiografías nacionales, no habría podido establecerse
sin un paradigma común.
El reconocimiento subjetivo del paradigma
común de los historiadores del siglo XX,
tropieza de entrada con dos problemas. La relativa rivalidad de las dos
grandes escuelas historiográficas, Annales
e historiografía marxista6, que han articulado -por vez
primera- el paradigma común historiográfico a mediados del siglo XX,
combatiendo exitosamente la historia tradicional: acontecimental, política,
narrativa, biográfica. Y la persistencia de un tercer componente positivista,
raramente admitido por los nuevos historiadores, que se refleja en el carácter
manifiestamente empírico que ha seguido
impregnando el oficio de historiador, con lo que tiene de positivo (crítica y
uso de fuentes) y de negativo (desprecio por la reflexión y la teoría).
Con independencia del grado de conciencia que
tenga tal o cual historiador, o del grado de aceptación de dicho consenso por
parte de ésta o aquella escuela o historiografía nacional, el paradigma común
de los historiadores existe y funciona. Entre los compartidos paradigmas
parciales que constituyen el ahora ya viejo paradigma general del siglo
XX, que conocemos como la historia
científica, hay que contar con los siguientes: historia total, pasado/presente/futuro,
historia-ciencias sociales, historia explicativa, historia económico-social,
fuentes no narrativas, cuantitativismo, monografías regionales, multiplicidad
de tiempos.
La puesta en práctica del paradigma Annales-marxismo,
a partir de la segunda mitad del siglo XX, ha sufrido, no obstante, severas
limitaciones y desviaciones a causa de sus propios defectos, y de la
pervivencia del positivismo en el método y la teoría, portador de un
objetivismo muy pronto eficazmente reforzado por el economicismo marxista y por
el estructuralismo (el paradigma
estructuralista dominó ampliamente a las
ciencias sociales, por lo menos hasta
1968).
Tres fracasos sucesivos e interrelacionados
del paradigma común del siglo XX, han abierto y alimentado la crisis actual, y
las reacciones puntuales de los historiadores a ella:
1) De la historia objetivista, economicista,
cuantitativista, estructuralista, que da lugar en los años 70 a un progresivo
retorno del sujeto, primero social (historiografía marxista angloamericana),
después mental (historia francesa de las mentalidades) y por último tradicional
(biografía, historia política).
2) De la historia total, abandonada como enfoque de la investigación,
proclamada como algo imposible de alcanzar pero que es necesario mantener como
"horizonte utópico" de los historiadores, renunciándose después a
ella en el plano de la teoría, al tiempo que -ya en los años 80- la historia se desarrolla exactamente en
sentido contrario: fragmentándose hasta el infinito en temas, géneros y
métodos.
3) De la relación pasado/presente/futuro
donde falló, por ejemplo, la sensibilidad del historiador hacia el feminismo, y
hacia la relación hombre-medio ambiente,
que para la nueva historia, geográfica y económica, se reducía al estudio del
dominio de la naturaleza por medio del trabajo, o de los condicionamientos
geográficos de la sociedad. La hoy vigorosa historia de las mujeres (y lo mismo
podemos decir de la historia ecológica) se desarrolló, por tanto, al margen de Annales y del materialismo histórico, sobre
todo en sus comienzos, y contra los hábitos pre-teóricos de la persistente
influencia positivista. Aunque donde la derrota de la historia, como parte de
las ciencias sociales, ha sido más notoria es en la incapacidad para
comprender, y tanto más para prever, las revoluciones de 1989-1991 y la
transición del socialismo al capitalismo en el Este europeo, que han trastocado
el sentido progresivo de la historia del siglo XX. La historia científica supo
asimilar el marxismo historiográfico, pero resultó incompetente para analizar y
explicar las realizaciones históricas del marxismo político.
Éstas y otras anomalías impugnan el paradigma
común de la historia como ciencia social, y provocan reacciones diversas,
internas y externas, que están contribuyendo, directa e indirectamente, desde
los años 70, a perfilar un nuevo consenso historiográfico. Proceso de
gestación, y también de dispersión e incertidumbre, cuyo buen final no está
para nada garantizado. Existe también la alternativa de la marginalidad: una
historia cada vez más alejada de las ciencias sociales -y naturales- y más
próxima a la ficción o al interés erudito de una excelsa minoría, una historia
con dificultades crecientes para hacer ver su utilidad social y su papel capital
en la educación de los ciudadanos y en la investigación.
En el capítulo de las reacciones internas a
la crisis del paradigma común, reseñaríamos como más llamativas: a) los
retornos de los géneros tradicionales (historia política, biografía histórica,
historia-relato), que desde el período de entreguerras creíamos ajenos a la
historia científica, o sea, la "historia historizante" que parecían
haber derrotado Bloch, Febvre y Braudel; b) el conservadurismo academicista de
varia orientación, que quiere mantener el paradigma historiográfico del siglo
XX, simulando que nada pasa o argumentando, defensivamente, que es mejor
repetir indefinidamente el saber acumulado que la fragmentación y la nada; c)
el revisionismo historiográfico, que,
aprovechando la coyuntura ideológica de los años 80, pretende para dar
la vuelta a la historiografía de las revoluciones sociales de la modernidad (francesa e
inglesa, mayormente), y de las dictaduras implantadas en el período de entreguerras
en Alemania, Italia y España.
Externamente, anotemos cómo la ideología
posmoderna influye sobremanera en la
historiografía actual. La crítica despiadada de la idea del progreso -base
filosófica común del paradigma de los historiadores contemporáneos- y el
"todo vale" metodológico animan a bastantes historiadores a
instalarse cómodamente en la fragmentación actual de la historia, considerando
incompatible la presente libertad de temas, géneros, métodos y teorías con la
vigencia de cualquier "paradigma unificador". El carácter más
destructivo que constructivo del posmodernismo frena sus efectos, y lo
inutiliza como alternativa historiográfica7.
Los acontecimientos de 1989-1991 parecieron,
en un primer momento, darle la razón a los predicadores del fin de los intentos
modernos de transformar el mundo, para, en cierto sentido, quitársela de
inmediato con la paradójica vuelta al poder de los ex-comunistas en casi todos
los países del Este mediante elecciones. Este rápido y contradictorio proceso
se reprodujo con la proclamación del "final de la historia" que hizo
en 1989, antes de la caída del muro de Berlín, Francis Fukuyama, asegurando que
la modernidad había llegado a su destino con la generalización, como única
alternativa, de la democracia liberal. La respuesta justamente airada de los
historiadores de profesión a una propuesta que choca con nuestro conocimiento
de la historia -y cuestiona asimismo la continuidad de nuestra profesión-, no
ha de ocultarnos la mayor enseñanza del debate sobre el "final de la historia"
(y que también es deducible de la crítica posmoderna): el agotamiento de la
teoría progresiva de la historia, concepto fatalista de una historia que avanza
hacia un final feliz previamente fijado.
3
Es una
falsa alternativa decir que la historia, como no puede ser una ciencia
"objetiva" y "exacta", no es una ciencia.
El lento redescubrimiento, a lo largo de los
últimos veinte años, del rol del sujeto en la historia y del libre albedrío del
historiador en su trabajo, entre la cenizas de la vieja historia objetivista,
economicista y estructuralista, sembró, una vez más, de dudas a la profesión
acerca de la cientificidad de la historia como disciplina capaz de reproducir
el pasado "tal como fue". La pervivencia de este concepto
eminentemente positivista de la ciencia y de la historia según Ranke, entre los
historiadores de formación annaliste
y/o marxista, está por ende facilitando extraordinariamente el retroceso de la
historia: bien hacia la literatura, exacerbando la subjetividad del
historiador, bien hacia un nuevo presentismo sin pretensiones de
cientificidad, que opone el compromiso
social del historiador a su tarea como investigador.
La dudas prácticas del historiador sobre la
vieja objetividad, sus certezas sobre el relativismo del conocimiento histórico,
que en realidad lo aproximan a la última filosofía de la ciencia, son
paradójicamente percibidas por la comunidad de historiadores -impregnada de
positivismo- como un alejamiento de las ciencias naturales, como una vuelta a
las humanidades clásicas, con lo que se hace tabla rasa de avances
fundamentales de la historiografía del siglo XX. La contradicción se resuelve
fácilmente -en teoría, porque es muy difícil trabajar guiados por conceptos
relativos- reformulando la ciencia
histórica de acuerdo con los últimos avances epistemológicos de las ciencias sociales y, singularmente, de
las ciencias naturales.
4
La
redefinición de la historia como ciencia y la nueva física.
¿El concepto de historia debe cambiar al mudar
el concepto científico de la realidad? Pensamos que sí. El siglo XX ha supuesto
el fin de la mecánica newtoniana a manos de la física cuántica y de la teoría
de la relatividad, sin embargo el objetivismo y el absolutismo de la vieja
mecánica ha seguido condicionando largamente la joven ciencia histórica. El
principio de indeterminación (Heisenberg), el principio de complementaridad
(Born), la complejidad y el caos, reintroducen el sujeto en el proceso, y el
resultado, de la investigación y relativizan de tal manera la verdad
científica, que dejan en evidencia todas las prevenciones de los
historiadores, y de otros científicos
sociales, hacia el peso de la subjetividad en sus obras. El acercamiento real
entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias sociales (y entre las
ciencias físicas y las humanidades), ahora mucho más compatibles que a principios de siglo, ha sido por el momento
más reconocido por los científicos "duros"
(el éxito del objetivismo relativo de Kuhn se explica también por ello) que por
los humanistas que desde los tiempos del positivismo (Comte) buscaron, y
encontraron, en las ciencias de la naturaleza, una referencia epistemológica y
metodólogica científica segura.
A finales de siglo se impone un concepto de
ciencia que pone término a la separación positivista objeto/sujeto8,
¿puede la historia permanecer ajena a esta revolución científica, cuando
su propia práctica la llevado a concluir
que no existe una verdad absoluta al margen del observador actual y del sujeto
histórico? La historia es, o puede ser, tan objetiva como la nueva física. La
nueva ciencia con sujeto no es menos sino más científica que la vieja ciencia
(objetivista) del positivismo. Roto, hace ya tiempo, el consenso
historiográfico sobre una definición y una práctica objetivista de nuestra
disciplina, sólo se podrá recomponer asimilando los historiadores la nueva
racionalidad científica, de signo relativista y transdisciplinar, que va a
caracterizar el siglo XXI. La reconstrucción del paradigma común de los historiadores,
sin el cual la historia será incapaz de
superar el desmigajamiento actual y recobrar su papel en la sociedad,
requiere tomar nota de los cambios paradigmáticos en el conjunto de las
ciencias sociales, y en la concepción general de la ciencia, dictada ayer como
hoy por las ciencias de la naturaleza (prueba de que la ciencia no ha
abandonado sus bases de partida materiales, realistas). Conforme la
epistemología y la metodología de las ciencias "duras" y
"blandas" se aproximan, los consensos paradigmáticos devienen más
inclusivos.
5
La
historia de la humanidad no avanza hacia una meta fijada de antemano, pero
tampoco tiene vuelta atrás.
El estudio del pasado, a partir de los
problemas del presente, es un criterio compartido por los historiadores, que
justifica la utilidad social de la historia en la lucha de la humanidad por un
futuro mejor. Esta idea ilustrada, ingenua y optimista, del progreso
indefinido, según la cual el desarrollo científico-técnico engendra una sucesión
de formas sociales cada vez más avanzadas, ha chocado primero con las guerras
mundiales y los horrores políticos (Auschwitz, Gulag), y más recientemente con
una conciencia generalizada del deterioro irreversible del medio ambiente, y de
la evidencia de que el bienestar económico sólo favorece a una minoría de
países industrializados y condena al resto de la humanidad a la miseria. La
religión laica del progreso indefinido ha sufrido su último golpe con la caída
de los países del llamado socialismo
real, que decían estar construyendo una sociedad final comunista y que ahora
buscan en el régimen social pre-revolucionario, en el capitalismo, la solución
a sus problemas económicos y sociales, sin demasiado éxito por lo demás.
No existe una meta preestablecida de la
historia de la humanidad como se creyó durante siglos (el juicio final de la
historia providencialista, la democracia liberal de Hegel-Fukuyama, la sociedad
sin clases de Marx), igual que no existe una verdad científica fija y
permanente. Tampoco está garantizado que la evolución social vaya de peor a
mejor al desarrollarse la economía, la ciencia y la técnica. El sujeto de la
historia es más libre, y el futuro está más abierto, de lo que podíamos
sospechar. Lo cual no quiere decir que el progreso se haya acabado, que la
humanidad no deba plantearse ambiciosos objetivos -móviles-, que el proyecto de
la modernidad haya llegado a su fin, sea porque ya se ha realizado plenamente
(Fukuyama), sea porque nunca se va a llevar a cabo (posmodernismo), sea porque
nos encaminamos hacia una sombría "Nueva Edad Media"9.
La historia nos ha enseñado que los
sentimientos de confusión e incertidumbre acompañan a los períodos de
transición, y que éstos rematan tarde o temprano con la implantación de nuevas
realidades (y de nuevos paradigmas). Por otro lado, el único progreso histórico
que ha habido es el progreso relativo: ni absoluto ni lineal ni inexorable;
medido desde el presente y no desde el futuro (salvo para viajeros del tiempo).
Un futuro, pues, abierto a diversas alternativas. Y un pasado que nunca vuelve.
Una nueva idea racional -no teleológica- del progreso que seguirá incluyendo
rupturas y revoluciones -políticas y sociales, culturales y científicas-, que
coloca al sujeto en el centro de la historia, que reconoce el papel movilizador
de las utopías pero no las confunde con las ciencias.
6
Sin el
sujeto, del pasado y del presente, no es posible una historia objetiva.
La redefinición de la verdad científica que, incluyendo
al sujeto observador, realza la función del historiador en el proceso de la
investigación histórica, viene a darle la razón a determinados paradigmas
historiográficos del siglo XX, como la historia-problema de Annales o la función clave de la teoría en
el materialismo histórico, cuya aplicación ha resultado obstaculizada por la
pervivencia de la creencia positivista entre los historiadores. El nuevo
concepto de objetividad relativa va
incluso epistemológicamente más allá de la vieja historia explicativa,
al restaurar el sujeto fuerte como fuente de objetividad (la comunidad
científica de Kuhn como factor definitorio de lo que es o no es objetivo), al
fundir objeto y sujeto, postulando que no tienen vidas separadas. Corresponde
científicamente al historiador, individual y colectivo, trabajar con los datos
para explicar e interpretar, para buscar la causa y el sentido de los hechos
históricos, para construir teóricamente su objeto e investigar empíricamente,
como vienen haciendo los científicos "duros" y muchos científicos
sociales. La continuidad de los malos hábitos del positivismo (que hace
desaparecer ilusoriamente al sujeto-observador) contradice las aportaciones más
audaces e inéditas de los fundadores del
paradigma historiográfico del siglo XX, la práctica historiográfica vigente, la
recuperación plena de la cientificidad de la historia.
La derivación de la escritura de la historia,
desde los años 70, hacia una historia del sujeto mental, antropológico,
cultural, y más recientemente hacia una historia del sujeto individual, ha
hecho olvidar el sujeto colectivo, social, de la historiografía social
angloamericana, relegado en la investigación histórica10,
a causa de la depresión ideológica pos-1968, primero, y de la "ola
conservadora" de los años 80 después, hasta que fue rescatado para el
debate historiográfico por los revisionistas, desde un punto de vista
contrario, y también por la historia inmediata. 1989, es, de nuevo, la fecha
clave, el año del Bicentenario de la Revolución Francesa y de las revoluciones
democráticas en el Este.
El retorno de la revolución y del
protagonismo político de las masas en Europa oriental, entre 1989 y 1991,
vivido en directo a través de la televisión en todo el mundo, es el retorno del
sujeto fuerte de la historia que la historiografía del viejo paradigma, sea annaliste sea marxista, había finalmente
dejado de lado, al compás de la coyuntura intelectual, fiel a una historia
económico-social estructural o a una historia de las mentalidades (y sucesores)
ajena a la historia social11.
Esta emergencia conjunta del sujeto fuerte de
la nueva epistemología científica y del sujeto fuerte de la historia reciente,
no es casual, avisa de que estamos entrando en la era del pos-posmodernismo,
anuncia las pre-condiciones para una nueva ilustración. ¿Qué vincula la
revalorización colectiva del investigador, de una parte, y del agente
histórico, por la otra? La respuesta está en otro punto incumplido del programa
annaliste-marxista, la
"historia humana" de Bloch y de Gramsci, los hombres haciendo y
decidiendo su propia historia, tanto la historia de la ciencia como la historia
de los hechos.
Contemplar el sujeto y el objeto de la
historia como una misma realidad, es un principio fácil de enunciar pero difícil
de aplicar, según los esquemas metodológicos y ontológicos heredados. Todo un
reto para los historiadores del futuro.
7
De la
determinación económica simple a la determinación global y compleja, concreta y
revisable, de los hechos históricos.
El paradigma objetivista y estructural en
activo -según Kuhn, ningún paradigma deja de estar vigente hasta que es
plenamente sustituido- ha primado el determinismo de la economía, incluso de la
geografía, cuando se trata de explicar los hechos históricos, en detrimento de
la causalidad subjetiva de la lucha social, orillando otras dimensiones que
condicionan asimismo la realidad pasada como la mentalidad y la cultura, la
política y el poder, los individuos y las instituciones; determinaciones con
las cuales el historiador se encuentra todos los días en sus investigaciones.
La reacción subjetivista contra la prioridad
de la historia económica, infraestructural, ha llevado -aunque no siempre12-,
siguiendo la ley del péndulo, a subrayar la indeterminación de los
acontecimientos históricos. Al punto que la historia sería el reino de la
contingencia absoluta: un sujeto sin objeto. Así, en un primer momento, la
historiografía se desinteresó por la investigación de las causas y de las
explicaciones, para negar, más adelante, la posibilidad de conocerlas, al
tiempo que volvían los enfoques más tradicionales de la historia y se renovaba
otra idea de origen neopositivista: la imposibilidad de aprehender la realidad
más allá del discurso (el linguistic turn
en su versión más radical).
Nuestra propuesta es superar la polémica
determinación/indeterminación llevando a cabo "un análisis concreto de
cada situación histórica concreta" con el fin de averiguar, sin rígidas
posiciones previas, el grado posible de determinación de un hecho
histórico que, como sabemos, depende de
las fuentes conservadas, los métodos de investigación, los conocimientos no
basados en fuentes, las hipótesis y teorías que utilice el historiador. El
resultado es, obviamente ,revisable en la medida en que los factores subjetivos
de la investigación varíen.
La búsqueda prioritaria de las causas de la
historia en su base material, se ha revelado como un enfoque claramente
insuficiente, y en ocasiones erróneo. Toda metodología no reduccionista ha de
perseguir, pues, la determinación global de los hechos históricos, más allá de
los esquemas simplificadores y separadores (objeto/sujeto,
base/superestructura, economía/política/cultura) propios del impugnado
paradigma objetivista, economicista y
estructuralista. La investigación específica nos dirá, en cada caso, el grado
de complejidad de la combinación de las determinaciones.
La realidad histórica suele ser más compleja
que nuestras metáforas mecánicas, la imposición
de éstas nos aleja, en consecuencia, del objeto de estudio; cierto, pero no
siempre es así, los esquemas simples pueden hacer plausible en algunos casos
una descripción, incluso una explicación, toda vez que la complejidad incluye
la simplicidad13.
Así es como mantiene cierta vigencia la determinación económica de la realidad
social, política y cultural, no pocas veces demostrada por la historia y otras
ciencias sociales en investigaciones concretas. El problema por resolver, en
cada caso, es cómo articular globalmente la economía con las restantes dimensiones, que, además de
estar en interacción con ella, viven en su interior: la política y la
mentalidad también forman parte de la
vida económica y material, y viceversa, de ahí la invariable incapacidad de la
metáfora rígida del edificio de tres plantas (economía/política/cultura14)
para comprender cabalmente, y aun para describir correctamente, la mayor parte
de las veces, el mundo pasado. La determinación económica es también,
habitualmente, una determinación global y compleja.
8
Lo que
decide que un tema de investigación o un género historiográfico sea válido o
no, es la aportación del historiador: los problemas planteados, los métodos
aplicados, los resultados obtenidos.
El paradigma objetivista atribuyó al objeto,
al tema de investigación, una función excesiva, incluso "mágica", en
la legitimación de la cientificidad o de la utilidad social de una obra de
historia. Las grandes innovaciones historiográficas del siglo XX fueron, en
primer lugar, innovaciones temáticas. En cada época historiográfica se
privilegió una forma de historia. A la historia política siguió la historia
económica-social, y a ésta la historia desde el sujeto (mentalidades,
antropología histórica, nueva historia cultural), cerrándose el círculo, y el
siglo, con la vuelta de la historia política (en bastantes casos con nuevos
enfoques). En general, se han obtenido buenos resultados en cada uno de estos
géneros temáticos de la historia, bajo la influencia de las correspondientes
ciencias sociales: ciencia política, psicología, antropología, sociología,
economía, etc. Ya no vale primar o descalificar a priori, sin antes analizar
los problemas planteados, los métodos aplicados y los resultados obtenidos, un
tema o un género historiográfico15. La mayor parte de los
campos historiográficos que en este fin de siglo, a modo de recapitulación y
resumen, están encima de la mesa del historiador, han obtenido ya su carta de
naturaleza en el mundo de la historia profesional.
Esta amplitud de objetos sin precedentes es
una conquista irreversible de la historiografía contemporánea. El
ensanchamiento del tipo de fuentes utilizadas (de la documentación escrita a
"todos los documentos", según la expresión de Febvre), fue seguido de
tal alargamiento del territorio temático del historiador, que se hace, ahora,
dificultoso descubrir nuevas parcelas historiográficas, y, si bien el presente
-y el futuro- van a continuar sugiriendo nuevas materias de estudio, debemos de concluir que el centro de gravedad
de la renovación historiográfica se desplaza
hacia enfoques más metodológicos y teóricos.
El primer problema teórico por resolver con espíritu innovador es,
justamente, el de la fragmentación de la historia en múltiples objetos16
desconectados entre sí. La incompetencia de la historiografía del siglo XX para
ofrecer una explicación de conjunto, unitaria, del pasado de los hombres, ha
quedado patente donde sus avances son más manifiestos: la diversificación
temática. La paradoja está en que bajo la variedad en aumento de especialidades
y subespecialidades, subyace de alguna forma la búsqueda de una historia total
(entendida como horizonte utópico), la idea de que hay que estudiarlo
"todo"; el precio pagado fue quedarnos sin lo fundamental: una
investigación global de la historia de los hechos, períodos temporales o
civilizaciones del pasado.
9
De la
necesaria pluralidad de la innovación metodológica.
El paradigma historiográfico del siglo XXI
está obligado a ser más global y transnacional que el paradigma historiográfico
del siglo XX. Una mayor interrelación entre cultivadores de distintos tipos de
historia, y entre historiografías nacionales, acabaría con ese prejuicio
académico de descalificar las vías de renovación historiográfica ajenas a la
propia. No se trata solamente de predicar la tolerancia -virtud intelectual
cuya ausencia tendría que encender todas las señales de alarma-, la cuestión es
que la pluralidad innovadora en el método es, en este momento, imprescindible para
la recomposición del paradigma común de los historiadores, y para avanzar de
nuevo, desde las múltiples variedades historiográficas, hacia un terreno común,
única forma de conseguir que la disciplina reconstruya finalmente sus señas
unitarias de identidad.
En tiempos de la hegemonía objetivista, la
metodología cuantitativista venía siendo el paradigma de la exactitud17
y de la cientificidad; ahora mismo, el retorno de los métodos cualitativos,
corre el peligro de llevarnos al otro extremo; lo más avanzado sería, desde
luego, una combinación de métodos cualitativos y cuantitativos si el tema, las
preguntas y las fuentes, lo exigen y/o lo facilitan.
El método cualitativo por excelencia de los historiadores,
es la narración. Denostada como paradigma de una historia tradicional tachada
-no sin razones- de superficial, descriptiva y acontecimental, por la nueva
historia annaliste-marxista, la
historia narrativa vuelve, a mediados de los años 70, como índice de la crisis
de la historia científica (Stone), siendo posteriormente asimilada por ésta a
marchas forzadas. Autores representativos como Georges Lefebvre y Jerzy
Topolsky han defendido, hace ya tiempo,
una historia-relato explicativa18, más allá de la
infrahistoria vulgarizadora, y filósofos como Paul Ricoeur han argumentado, en
la misma dirección, que toda historia es relato, incluido la Méditerranée de Fernand Braudel, obra
paradigmática de la macrohistoria estructural de larga duración.
La verdad es que, prejuicios aparte, todos
los historiadores empleamos de algún modo el relato, la conexión narrativa,
para dar forma a nuestras investigaciones, ¿cuántas veces las conclusiones no
adoptan su forma final hasta el momento de la redacción? La buena o la mala
historia, tanto si nos referimos a la calidad como a la orientación, depende
más del fondo que de la forma: es posible una historia narrativa no
positivista, global y socialmente útil. No necesariamente una forma narrativa
ha de conllevar un trasfondo de historia conservadora.
Una de las últimas vías de renovación
historiográfica del paradigma objetivista, economicista y estructural, que no
renuncia a la historia explicativa ni al relato histórico, está en la reducción
de la escala de observación: la microhistoria (algo muy distinto de la vieja
historia local). Pero, paralelamente, mediante la historia comparada -antiguo
proyecto crítico alentado por Bloch, que no llegó a formar parte del paradigma
común de la posguerra-, se nos propone otra manera de hacer macrohistoria. La
conexión entre la microhistoria y una macrohistoria renovada, está por
realizarse, así como, en general, las investigaciones históricas verdaderamente
globales (más allá de la caricatura mecanicista de los tres niveles). El cambio
de escala, micro/macro, la articulación de los espacios (y de los tiempos),
pueden ser excelentes caminos para la globalización metodológica y teórica de
la historia, para la rectificación de uno de los aspectos más negativos de la
rica -por complementaria- evolución de la historiografía finisecular: la
fragmentación de los objetos y de los métodos.
10
El éxito
del nuevo paradigma dependerá de su capacidad para generar y aplicar
estrategias globales de investigación.
La mayor anomalía con que se ha topado el
consenso historiográfico del siglo XX, es la imposibilidad de llevar a la
práctica el principio de historia total. Citada ritualmente por los
historiadores, se ha ido convirtiendo en el paradigma compartido más abstracto:
según se ha alejado de la práctica historiográfica, la historia total ha
devenido más absoluta e inalcanzable, en
suma, más idealista. Cortar este círculo vicioso es condición sine qua non para salir definitivamente de
la actual crisis de crecimiento y desagregación de la historia.
Cada vez sabemos más de menos cosas. Esta
tendencia general del conocimiento científico, junto con el fracaso de la
historia total, ha encauzado la creatividad de los historiadores hacia una
creciente especialización. Aunque, últimamente, emerge con gran fuerza la
tendencia contraria, hacia una convergencia disciplinar y global (la investigación por parte de
filósofos y físicos de una teoría unificada de las fuerzas físicas, es un notorio
ejemplo), que también se hace sentir en la historia profesional. Muchas de las
aportaciones recientes más novedosas son, si nos fijamos bien, fruto del
mestizaje de géneros y metodologías19. El contexto presente de
transición paradigmática nos ofrece, juntamente, el problema y la solución.
Se trata de dar la vuelta a la historia
total, poniéndola sobre los pies, transformando su contenido (y tal vez su
nombre). Hay que llevar este viejo concepto paradigmático de lo absoluto a lo
relativo, de la idea a la práctica, de la teoría a la metodología, de la
certeza a la experimentación, del punto de llegada al punto de partida de la
investigación; para lo cual es preciso promover síntesis de géneros
historiográficos, convergencias de líneas de trabajo, aproximaciones globales,
enfoques de conjunto, es decir, estrategias globales de investigación. Todo
aquello que el fracasado paradigma compartido de la historia total ni ha impulsado ni ha permitido impulsar, a lo
largo del siglo XX, salvo valiosos ejemplos que quedaron aislados, y que nunca
fueron más que aproximaciones globales.
En este grandioso archipiélago en que se ha
ido convirtiendo la historia del siglo XX, lo que faltan son puentes, vías de
comunicación, y otras conexiones interhistóricas, que hagan posible juntar
islas para hacer continentes historiográficos, que nos hagan olvidar la espera
pasiva del advenimiento de una historia total sacralizada. La puesta en
práctica, previo proceso de secularización y relativización, de una nueva
noción de historia global, implicará un esfuerzo continuado de renovación
historiográfica, que ha de atravesar la superespecialización académica. Sobre
la base de una experiencia colectiva de aproximaciones globales al pasado
humano, es menester reconstruir teóricamente un concepto de
"totalidad" histórica liberado de toda carcasa kantiana, y de las
divisorias, positivistas y mecanicistas, del tipo objeto/sujeto o
infra/supraestructura, un concepto renovado y adecuado, por tanto, al nuevo
paradigma científico general, más relativo, ergo más verdadero.
La historia como disciplina científica no
puede permitirse el lujo de renunciar a la comprensión global del pasado. El
papel de la historia en la sociedad, en la educación y en la investigación, es
inversamente proporcional a su desmigajamiento disciplinar. Una piedra de toque
del nuevo paradigma historiográfico será, en conclusión, su aptitud para crear
y aplicar estrategias globales de investigación, y de divulgación, de los
hechos de la historia.
11
Para reforzar
la cooperación de la historia con otras ciencias, es preciso avanzar en su
unificación interna como ciencia de los hombres en el tiempo.
No se puede prescindir de la
interdisciplinaridad para discernir la potencia innovadora del paradigma
historiográfico del siglo XX. De la geografía, la economía, la demografía, la
sociología, la antropología, la psicología, la ciencia política, han salido
muchos de los temas y métodos que han aplicado con éxito los nuevos
historiadores de Annales y del
marxismo occidental, sin por ello dejar de moverse en un paradigma
historiográfico común (la interdisciplinaridad es uno de sus componentes más
relevantes). Y algo parecido se podría decir de las mencionadas disciplinas,
que han acudido a la historia para aprehender su dimensión temporal,
engendrando subdisciplinas mixtas, a menudo con investigadores de doble
procedencia: geografía histórica, historia económica, demografía histórica,
sociología histórica, antropología histórica, psicología histórica20,
nueva historia política. La necesidad que hemos planteado, al inicio de este
ensayo historiográfico, de que los historiadores vayan al encuentro de la
historia/filosofía de la ciencia, prueba que tampoco en el terreno de la
epistemología histórica, y de la relación con las ciencias físicas21,
la historia puede prescindir del diálogo inter y transdisciplinar, más bien ha
de intensificarlo, como un signo de los tiempos, al igual que las restantes
ciencias naturales y sociales.
Mantener y acrecentar la cooperación de la
historia con las ciencias sociales (y aun naturales) es, por consiguiente,
inexcusable, para luchar contra la marginación de la historia como disciplina
académica y social. Los rápidos cambios de denominación, de lo interdisciplinar
(cooperar) a lo pluridisciplinar (converger), de lo pluridisciplinar a lo
transdisciplinar (atravesar y transcender), ponen en evidencia una actividad
científica que busca independizarse de los clásicos compartimentos académicos,
sin por ello caer en la vieja ilusión positivista de una "ciencia
unificada".
La historia no es insensible al clima
transdisciplinar, consecuencia directa del auge finisecular del conocimiento
científico, puro y aplicado. Así, la revista Annales
elige como eje de su tournant critique
(1989), la alianza renovada de la historia con las ciencias sociales, y
recompone su comité de dirección, que recupera así el perfil inter y
pluridisciplinar que tuvo en sus orígenes, incorporando a un grupo de jóvenes
no historiadores. La nueva licenciatura de humanidades en España ilustra, en el
terreno de la educación universitaria, esta propensión general al reencuentro
de las disciplinas, contrapunto de las tendencias centrífugas de los años 80
(que todavía siguen actuando en el interior de cada disciplina).
En los años 80, la coincidencia de la
dispersión, y del decaimiento, del paradigma historiográfico del siglo XX, con
un incremento de la colaboración con las disciplinas vecinas, generó en algunos
historiadores una reacción contra el peligro de la dilución de la historia en
otras ciencias sociales, que condujo a los más radicales a rechazar la
interdisciplinaridad, e incluso la definición de la historia como ciencia. El
intercambio desigual historia-ciencias sociales no se resuelve, sin embargo, con la involución de la historia,
retrocediendo a una historia pre-paradigmática de corte tradicional; se
resuelve atacando la raíz del problema. La historia es débil frente a otras
disciplinas, porque éstas han estado, y están, mucho más preocupadas por la
teoría (la sociología, la antropología o la crítica literaria), y ello les ha
permitido actuar de modo "imperialista" en el interior del sistema de
las ciencias sociales y humanas, exportando métodos y conceptos, problemas y
teorías, con intenciones asimiladoras. Este problema de la historia es tan
antiguo como la propia disciplina, y sólo tiene una solución: que los
historiadores desarrollemos las consecuencias teóricas y metodológicas de las
investigaciones históricas, con los ojos puestos en el conjunto de problemas
que tienen las ciencias y las sociedades actuales. Es tan sencillo como dejar
de centrar la crítica en los demás (en sus teorías) y ser más autocríticos
(desarrollando nuestras propias reflexiones). Hemos llegado a tal extremo que
la interdisciplinaridad que venimos practicando ya no podrá progresar más22,
si antes la historia profesional no recobra un mínimo de unidad interna y de
globalidad en su quehacer.
Nada hace más vulnerable a la historia, en el
conjunto de las ciencias, que su fragmentación interna. La interdisciplinaridad
bien entendida habría de empezar, pues, por nosotros mismos. Una aportación
mayor de la historia a las ciencias sociales y humanas, con las que colabora
habitualmente -especialmente, en las investigaciones de vanguardia-, requeriría
un reencuentro de las múltiples subdisciplinas históricas (de origen académico,
temático y/o metodológico) en un terreno común, dicho con otras palabras, una
recomposición del paradigma común de los historiadores que no oponga la
imprescindible cooperación y convergencia con las ciencias sociales con la, si
cabe más urgente, cooperación y convergencia entre las ramas sucesivamente
desgajadas del tronco de la historia. Esta suerte de interhistoria que
propugnamos, en el marco de la colaboración interdiciplinar historia-ciencias
sociales, entraña una mayor preocupación de los historiadores, de todas los
campos, por la metodología histórica, por la historiografía, por la teoría de
la historia, en definitiva, por el acervo común de la historia. Las demandas
crecientes de interdisciplinaridad solamente pueden ser satisfechas por una
disciplina histórica consciente de su unidad y de su irreductible singularidad.
12
El
futuro de la historia está condicionado por lo que se preocupe la historia por
el futuro.
Siguiendo a la Ilustración, que confiaba en
la razón para cambiar el mundo, y conseguir de esta manera el bienestar de la
humanidad, la historiografía predominante en el siglo XX se autodesignó como
objetivo: estudiar el pasado a fin de comprender el presente, y de construir un
futuro mejor. El materialismo histórico
insistió más en la contribución de la historia a un proyecto de trasformación
social, cara a un futuro que se sabía socialista, y la escuela de Annales puso más el acento en la conexión
epistemológica pasado-presente (comprender el presente por el pasado,
comprender el pasado por el presente, escribió Bloch), participando todos de la
creencia general en la utilidad social de la nueva ciencia histórica.
La línea de progreso con que los miembros de
la comunidad historiográfica, y en general los científicos sociales, unían el
pasado con el presente y el futuro, se ha roto con los hechos de 1989, al
iniciarse las transiciones europeo-orientales del socialismo real al
capitalismo, al entrar por ello conjuntamente en crisis todas las vías de
progreso histórico-social de origen ilustrado, previamente socavadas por los
nocivos efectos que éstas causaron, a lo largo del siglo XX, en la
supervivencia de la especie y de la naturaleza. Y lo que es peor: la historia
científica no lo advirtió.
En la medida en que la evolución progresiva
hacia la felicidad humana no está asegurada, la historia pierde interés público.
Se empuja de este modo al historiador a los márgenes de la sociedad; pronto se
pueden volver actuales las críticas, de
hace cincuenta años, de los artífices de la revolución historiográfica del
siglo XX a los historiadores-anticuarios, ajenos a la vida y a la actualidad (Bloch). El
desencanto hacia el presente conduce a buscar refugio en el pasado de dos
maneras: la ficción, desde el punto de vista del público (auge de la novela
histórica), y la academia, desde el punto de vista de los investigadores
(erudición). Para ambos viajes, se quiere "liberar" a la historia de
la carga que supone su definición como ciencia preocupada -al igual que las
restantes ciencias de la sociedad y de la naturaleza- por el presente y por el
porvenir de los hombres.
Pero, mientras el posmodernismo ambiental
lleva a los historiadores a la subalternidad, en los debates intelectuales que
tratan de sacar conclusiones de los acontecimientos traumáticos de 1989-199123,
se usan profusamente los datos de la historia, y de la filosofía de la
historia, para arrojar luz y polémica sobre el confuso futuro de la humanidad.
Es el caso de las controversias mundiales principiadas por Francis Fukuyama en The End of
History? (verano de 1989), y por Samuel P. Huntington en The clash of civilizations (1993). El
segundo ha desmentido brillantemente la finalista "paz capitalista y
liberal" del primero, augurando una inminente guerra mundial de los
fundamentalismos religiosos. No siempre son ensayistas -filósofos políticos en
los dos casos citados- quienes acuden a la historia para intervenir en el
futuro inmediato, también lo hicieron historiadores como Paul Kennedy que, en The
Rise and Fall of Great Powers (1987), dedicó siete capítulos a
analizar, durante cinco siglos, el auge y la caída de las potencias nacionales
de cada época, para concluir con un capítulo, titulado "Hacia el siglo
XXI", donde sugiere las "perspectivas más probables" de
evolución de cada gobierno y del sistema de las grandes potencias en su conjunto.
Nos hallamos ante referencias al pasado y
análisis históricos que pretenden incidir en el presente... a través del
futuro, que es lo que realmente inquieta a los hombres de hoy. Se tiende,
consiguientemente, a sustituir el viejo paradigma pasado/presente/futuro por
otra formulación, pasado/futuro/presente, en la que pasa a primer plano aquello
que está por venir. Frente al nuevo presentismo que nada quiere saber del
futuro y que inmoviliza lo que ahora tenemos, frente a las incertidumbres sobre
el mundo que nos aguarda a la vuelta del milenio, el intelectual diligente -el
optimismo de la inteligencia- rastrea perspectivas alternativas echando mano
del pasado, de los conocimientos que tenemos sobre la evolución -o involución-
histórica de las sociedades y de las mentalidades.
Antes decíamos que la historia nos tiene que
ayudar a vivir mejor, a transformar la sociedad, a emanciparnos, en una
palabra, de un presente ominoso, pero hoy han variado dramáticamente los
términos del problema, en especial para la nuevas generaciones: lo más
abominable no es ya el presente sino la falta de futuro, de cualquier futuro.
Se sabe que el desarrollo científico-técnico seguirá medrando hasta dominar
todo el globo, pero también se sabe que de sus ventajas, en Occidente, está
excluido el llamado Cuarto Mundo, y masas crecientes de jóvenes -muchos de
ellos con formación universitaria, cada vez más- que no tendrán jamás acceso al
trabajo; en el Sur, los excluidos son países enteros abocados al hambre y la
superpoblación; y, por doquier, la naturaleza se rebela contra el galopante
dominio productivista, cuestionando el sentido de un desarrollo
científico-técnico que, una y otra vez, entra en contradicción con los
intereses humanos.
Es tarea de la historia, hoy en día, demostrar
que siempre hubo futuros plurales; que nada es seguro, que todo cambia, a veces
sorprendentemente; que la humanidad en varios milenios ha resuelto
históricamente problemas tanto o más difíciles -y con menos medios- que los que
ahora tenemos encima de la mesa. Hay pues futuro, porque hay historia. Además,
son futuros alternativos. Hay esperanza porque hay historia. Claro que para
hacerlo comprender a los demás, debemos antes convencernos nosotros mismos,
abandonando el objetivismo mecanicista, con su secuela de fatalismo y
conformismo, para encaminarnos hacia un sujeto histórico más libre (que no ha
de olvidar sus condicionamientos), y por lo tanto más fuerte, en el pasado y en
el presente.
Pensar históricamente el futuro, es luego
transformar el presente, empezando por impedir que se repitan los grandes
errores del siglo XX: el fascismo, que rebrota en Italia, y el racismo, en
ascenso par tout; el socialismo
sin libertad, que se hundió catastróficamente en 1989; el tribalismo, el
nacionalismo agresivo y el fundamentalismo religioso, cuyos mitos e
irracionalidades el historiador tiene la obligación de combatir, y que están en
el origen de muchas de las guerras que hoy amenazan la paz mundial. Se demanda
un nuevo racionalismo, una nueva ilustración, que nos permita seguir
progresando, y la historia y los
historiadores no podemos permanecer al margen de esa demanda intelectual
y social.
Cuando, después de la II Guerra Mundial, se
instituyó el paradigma científico de la historia, no era tan necesaria, como lo
es ahora, su defensa frente a las disciplinas científico-técnicas, que, en
diferente grado y ritmo -según cada país-, desplazan a los saberes históricos y
humanísticos de la enseñanza y de la investigación; está en sus inicios un
alarmante proceso de desprofesionalización de la historia. De manera que el primer compromiso del historiador
preocupado por el futuro, es inquietarse por su propia disciplina: es menester
volver a demostrar la utilidad crítica y social de la historia. Para hacer
frente al pensamiento tecnocrático, filosóficamente desfasado, pero
políticamente activo, hay que distinguir
la historia-ciencia de la historia-ficción, y guerrear por la recuperación de
la presencia de la historia en el sistema educativo, en los proyectos
prioritarios de investigación y en los
medios sociales de comunicación. La aldea global que viene, sin la historia y
las ciencias humanas, será el futuro de las cosas, jamás el futuro de los
hombres.
13
El
historiador del futuro reflexionará sobre metodología, historiografía y teoría
de la historia, o no será.
Estuvo muy generalizado desde la
epistemología (Piaget, Habermas), la sociología (Durkheim) o el
estructuralismo, considerar a la historia como una disciplina no teórica,
simple proveedora de datos empíricos para las ciencias sociales y la filosofía.
División del trabajo que, aunque nos duela decirlo, el historiador suele
aceptar de buen grado, alentado por una tradición empirista de larga duración,
originada en el siglo XIX.
Pese a los esfuerzos del materialismo
histórico, y de la escuela de Annales, la historiografía contemporánea
siguió siendo positivista en un punto capital: el desprecio sincero por la teoría,
y en menor medida por la historiografía y la metodología; actividades
científicas tenidas por secundarias, y se puede decir que casi inexistentes en
la obra de muchos de los historiadores que consideramos consagrados. La
comparación no llegó a practicarse (hasta que la sociología histórica la
retomó); la historia-problema se abandonó en favor de la innovación temática y
la colaboración interdisciplinar; la elaboración teórica estuvo prácticamente
ausente. Sólo algunos filósofos se han venido preocupado por la teoría de la
historia, generalmente sin considerar las aportaciones de los historiadores,
sin relacionar la teoría de la historia con la práctica de la historia,
contribuyendo así al vigente diálogo de sordos entre la filosofía y la
historia.
Las consecuencias del inductismo y del
pragmatismo de los historiadores, de la falta de reflexión sobre la historia
que se hace, de la carencia de debate sobre sus métodos, sus hipótesis e sus
interpretaciones, las hemos visto ya: fragmentación de temas, métodos y
especialidades; retraso y dependencia respecto de otras ciencias sociales;
desconexión de una sociedad a la que deberíamos estar ofreciendo, desde la
historia: ideas, propuestas y perspectivas a sus problemas.
Este Congreso Internacional A historia a debate, es, no obstante, un vivo ejemplo de que algo está cambiando. El interés de los historiadores por la metodología, la historiografía y la teoría de la historia, crece en este complicado fin de siglo. Tal vez porque "conforme crece la ciencia, disminuye el poder de la evidencia empírica"24, y aumentan unos interrogantes que ninguna otra disciplina, por muy avanzada que esté, nos puede resolver, porque son específicos de la historia. Una historia profesional que, en todo caso, aborda con más facilidad la reflexión sobre el método, o sobre la historia de la historia, que la fabri