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La historia que queremos*

 

 

Carlos Barros

Universidad de Santiago

 

 

Hace unos años, Pierre Vilar en una conferencia, dictada en el Colegio de España de París, sobre la conclusión en la historia, vino a decir que ésta no tiene conclusión, o bien que las conclusiones son siempre provisionales, en la idea de que la historia es un proceso sin fin, una construcción constante. Si cabe con más razón, podríamos observar lo mismo de la historia de la historia, objeto de este encuentro.

 

Empezamos así nuestra intervención para advertir que no  pretendemos clausurar nada, si acaso echar más leña al fuego. Muchos de nosotros, los ponentes de estas Jornadas, hemos discutido sobre la coyuntura de la historiografía internacional y nacional en 1993 en Santiago de  Compostela -y en otros eventos-, y algunos volveremos a ello de alguna forma los próximos días en Barcelona y Sevilla. Lo principal es que la pertenencia a áreas de conocimiento, universidades y aun nacionalidades distintas, no impida que nos escuchemos: los debates sólo son productivos si  se entrelazan con los consensos -sucesivos, parciales, pero reales- que jalonan el progreso historiográfico.

 

Los historiadores y la voluntad

 


Tenemos, en cualquier caso, la voluntad de contribuir a ese necesario golpe de timón que sitúe el debate más allá de lo que solemos denominar la crisis de la historia, es decir, sobre las alternativas y el futuro, “en el horizonte del año 2000". Compromiso de historiadores que Guillermo Redondo, oportunamente, nos recordaba anteayer.

 

Compromiso y realidades..., ¿es qué realmente los historiadores podemos influír en “la historia que viene”? La respuesta a esta pregunta es doble: poco, si nos referimos a la historia de los acontecimientos, pero mucho si estamos hablando de la historia que se escribe, de la historia que hacemos los historiadores. Nuestra forma de incidir en la historia de la gente que nos rodea es, pues, escribiéndola.

 


Frecuentemente el historiador se interroga sobre las formas de ejercer su trabajo: ¿Adónde va la historia? Con toda evidencia, se trata de una cuestión pertinente.  La historia que se escribe es, en  alto grado, resultado involuntario, incluso impredicible, de infinidad de iniciativas de historiadores individuales, de historiografías especializadas y nacionales, de  influencias externas de tipo cultural, social, político. Para saber adónde va la historia de los historiadores hay que aplicar, no obstante, la voluntad, colocando la historiografía en el centro de nuestra atención.  El auge de aquélla en los últimos años denota que los historiadores tratamos de controlar nuestra historia, de saber más sobre nuestros orígenes y evolución como profesionales de la historia. El próximo paso es atreverse a plantear lo siguiente: ¿Adónde queremos que vaya la historia? (justificamos de este modo el título de la conferencia). Lo cual nos lleva a hacer propuestas, a plantear alternativas, tentando reconvertirse en actores de nuestro destino, a sabiendas de que siempre, entre nuestros grandes objetivos historiográficos y su plasmación práctica, van a existir diferencias. Sabemos ésto precisamente porque somos historiadores,  y cada vez somos más los que negamos  que la historia sea un proceso al margen de la voluntad humana, y menos todavía en el campo de la historiografía: es, desde luego, más fácil variar la manera de escribir la historia que la historia misma. Sería, por consiguiente, innecesario esperar a que cambie la sociedad para que cambie la escritura de la historia, que es hija de su tiempo pero antes de eso es -o, mejor dicho, debe ser- hija de sí misma.  Proponemos, en resumidas cuentas, que la comunidad de historiadores ponga en juego su voluntad colectiva para reorientar su práctica; para lo cual es antes menester recomponer cierto consenso o consensos, huyendo tanto del voluntarismo que no tiene en cuenta la realidad como del attentisme de aquél que aguarda pasivamente a ver por dónde van los vientos historiográficos para situarse. La verdad  es que hoy en día el problema está más en lo segundo que en lo primero. En la presente tesitura,  es más “peligroso” para el futuro de la profesión esperar a Godot, “sumidos” en  la incertidumbre y/o el eclecticismo, haciendo tiempo con la esperanza1 de que el eclipse de los paradigmas del siglo XX sea provisional2, que comprometerse a avanzar proposiciones, soluciones, objetivos, que después la realidad, y nosotros mismos por medio del debate, se encargarán como es natural de juzgar, de verificar, en suma, de modificar.

 

Como consecuencia de la crisis de los grandes, y ampliamente compartidos, paradigmas historiográficos del siglo XX, el historiador -en  los años 80- ha venido replegando su voluntad -colectiva y crítica- de progreso historiográfico a la aportación individual, y con frecuencia al academicismo, retrocediendo en no pocos casos a las vetustas certezas positivistas de que la “historia se hace con documentos”, y punto. Que estemos aquí y ahora volviendo a plantear, a finales del siglo de los extremos, el papel de la voluntad en el devenir de la historia, es decir, la historia que queremos3, no es más que un síntoma-efecto del retorno del sujeto histórico e historiográfico, del regreso del historiador como sujeto colectivo. Retorno que habremos de impulsar al máximo sin olvidar la realidad historiográfica, que sin embargo se mueve...

 

Consensos inadvertidos

 


Los juicios sobre la situación de la historia profesional a finales de siglo se suelen polarizar alrededor de dos posturas: bien se insiste en la crisis de identidad, epistemológica, de la historia científica; bien se hace hincapié en que vivimos una etapa de crecimiento que se refleja en la proliferación de  publicaciones y revistas.  En nuestra opinión, ambas apreciaciones tienen su base objetiva.  ¿Quiere decir ésto que estamos ante la típica crisis de crecimiento? A finales de los años 70 y principios de los años 80, pueda que sí, pero no después: la crisis pronto comenzó a afectar a los fundamentos científicos de nuestra disciplina4. Pensamos que la explicación es otra: crisis y crecimiento coexisten porque estamos en un proceso de transición historiográfica, de cambio de paradigmas5. La vitalidad de la disciplina  tiende a sustituir6 la viejos paradigmas por otros nuevos. De forma que la nueva historia (inducida por escuela de Annales, el marxismo y aun la cliometría norteamericana) no desaparece, mas se hace vieja (y la vieja historia se quiere hacer pasar por nueva). Veamos algunos ejemplos de los consensos que, más allá de la nueva historia, están emergiendo con fuerza:

 

1) Antes, la historia económico-social era la historia científica por antonomasia, y se denostaba sin piedad los otros enfoques temáticos. Hoy, se generaliza la aceptación de (casi) todas las especialidades historiográficas. Desde la historia de las mentalidades o sociocultural hasta la historia política, pocas temáticas -o coordenadas espaciales y temporales- quedan al margen de un potencial tratamiento científico. Si nos paramos a pensarlo, concluiremos que estamos ante un cambio paradigmático auténticamente radical, que toca la raíz del origen de la nueva historia, de la revolución historiográfica del siglo XX.

 


2) Los géneros tradicionales (biografía, historia política, historia narrativa, historia de las instituciones, historia militar, historia diplomática, etc.) están retornando “triunfalmente” en la historiografía internacional después de ser combatidos, durante décadas, por los  nuevos historiadores de la economía y de la sociedad. Si bien, para unos, los retornos significan la muerte de la historia-ciencia y el renacer de la historia como disciplina literaria7,  para otros,  los retornos -en determinadas condiciones- pueden significar un progreso historiográfico8, lo cual nos lleva al punto anterior.  Las bolsas de resistencia a un nuevo consenso sobre los temas y estilos de la historia tradicional se están reduciendo, sobre todo cualitativamente.

 

3) Frente al determinismo simple de los hechos históricos por la instancia económico-social9, existe desde hace bastente tiempo una reacción historiográfica que ora complejiza esa determinación, revalorizando los factores mentales o políticos, ora cae en el indeterminismo simple, abandonando por consiguiente toda pretensión explicativa causal, posición extrema de menor influencia y de poco futuro (al menos en historiografías como la española).  Reacción general anti-determinista que aclara, asimismo, la base de los dos consensos emergentes ya citados.

 

4) El auge reciente de la reflexión historiográfica y metodológica -y en menor grado de la história teórica- anuncia, igualmente, una notoria variación paradigmática.  En el pasado hubo aportaciones cualitativas sobresalientes, pero ahora  el interés por el pensamiento historiográfico tiende a extenderse, a “democratizarse”, dejando de ser actividad puntual de historiadores “excepcionales”. Y no creemos que esta apertura a la historia de la historia, al autoexamen de los historiadores, sea provisional y mero efecto del presente estado crítico de nuestra disciplina, sino un fenómeno permanente, un componente vital del nuevo paradigma en formación.

 


Pero, el mayor problema con que nos enfrentamos es que este cambio de paradigmas se está dando sin debate, más bien espontáneamente -es por eso que tenemos que seguir preguntándonos adónde va la historia-, siguiendo por tres vías no excluyentes: A) Rendimientos decrecientes  de determinadas líneas de investigación que nos empujan a indagar nuevas temáticas, nuevos enfoques; tal fue el caso de la cliometría -como reconoció aquí en el debate Eloy Fernández Clemente- y, en general, de la historia económica. B) Influencia -a menudo invisible- de la sociedad, de los valores sociales imperantes en cada momento, sobre  los historiadores; por ejemplo, el ascenso del individualismo y el reflujo de los movimientos sociales, ¿no animó, en los años 80, el retorno de la biografía -o de la historia de la vida cotidiana y privada- y el desinterés por una historia social de conflictos, revueltas y revoluciones? C) El influjo de unas historiografías nacionales sobre otras -mayor incluso que el influjo de una área de conocimiento histórico sobre otra-, que es  especialmente efectivo en países, como España, con una fuerte tradición de dependencia historiográfica del exterior. Sobra decir que si las transformaciones historiográficas están pasando por lo regular inadvertidas, si resulta que semejan procesos objetivos que avanzan al margen del historiador individual (que con la -relativa pero real- decadencia de las grandes escuelas, deviene el sujeto activo principal),  es también por causa de la pervivencia de arraigados hábitos positivistas que todavía divorcian al historiador de la introspección, de la reflexión y del debate.

 

Nuestra propuesta es que hay que intervenir colectivamente en la transformación de paradigmas que está en marcha, esto es, hacer más consciente el proceso de transición de la historiografía del siglo XX a la historiografía del siglo XXI. Estamos convencidos  de que puede resultar de todo ello un rearme de la historia como proyecto científico y como proyecto social, una recuperación del compromiso del historiador con la disciplina y con la sociedad.

 

¿Es el retorno del sujeto el nuevo paradigma?

 

La constitución de un nuevo paradigma no es fenómeno exclusivo de la historia, afecta al conjunto de las ciencias sociales y se ha detectado, en primer lugar, en las ciencias físicas. Existe una tendencia a identificar este nuevo paradigma con el retorno del sujeto10, ¿se corresponde ésto con la realidad? Sí, en cuanto a que el redescubrimiento del sujeto está permitiendo sobrepasar el anquilosado paradigma objetivista, pero para nada genera el nuevo subjetivismo un consenso generalizado entre los historiadores, una nueva etapa de “ciencia normal”, no es más -ni tampoco menos- que un golpe de péndulo, necesario pero no suficiente para resolver las anomalías que pusieron en crisis las concepciones de la ciencia histórica del siglo XX.

 


La conciencia de las insuficiencias del paradigma estructuralista y economicista  dominante llevó -de manera clara, en los años 70- a las escuelas históricas francesa e inglesa a recuperar el sujeto como tema de investigación: mental, en el caso de Annales, y social, en el caso de Past and Present. La historia, poniendo en práctica tempranamente  estas líneas de investigación de fuerte carga subjetivista, se anticipó pues a la sociologia y a la filosofia. Con todo, hay que decir claramente que jamás una historia meramente subjetiva podrá definir el nuevo paradigma historiográfico, es decir, un paradigma que sea tan compartido por la comunidad internacional de historiadores como, por ejemplo, la historia económico-social (el paradigma más seguido de todos los que constituyeron la nueva historia) después de la II Guerra Mundial.

 

El historiador profesional nunca aceptará que los resultados de su investigación no son más que proyecciones de su subjetividad, sea mental, política o social11; otra cuestión es que, en el proceso objetivo de conocimiento, se conceda un papel importante al conocimiento no basado en fuentes, al historiador como sujeto epistemológico.  Tampoco se puede- mejor dicho, se puede pero opinamos que no existe la posibilidad de que sea asumido por la mayoría- confundir la realidad histórica con su representación mental o social, por lo demás una parte muy activa de aquélla. Lo mismo diríamos del discurso textual que conforma de alguna forma lo real pero no lo sustituye, como afirman los partidarios más radicales del “giro lingüístico”. En total, que el historiador abierto -el que no lo es suele rechazar de plano las innovaciones tachándolas de “modas”- añade sistemáticamente la objetividad de lo social a los aportes de la historia más subjetiva,  busca la síntesis objeto-sujeto: la opción más segura y probable cara a la conformación del nuevo paradigma.

 

El retorno del sujeto constituye, por consiguiente, un momento esencial de la transición paradigmática, es la respuesta radical -destructiva- de las ciencias sociales al absolutismo del objetivismo y cientifismo largo tiempo hegemónicos, pero no es la estación final de la de la marcha hacia el nuevo paradigma. La fase decisiva de la síntesis, la verdaderamente constructiva, ha comenzado ya, y no sólo en historia.

 


¿Qué pasa si no con la evolución reciente de la historiografía de tipo subjetivista? La historia de las mentalidades, “abandonada” por sus creadores  franceses en favor de sus -hasta cierto punto- prolongaciones, la antropología histórica y la nueva historia cultural, si tiene un futuro es por supuesto como  historia social de las mentalidades12. La nueva historia cultural  se presenta como una historia sociocultural. La microhistoria se está difundiendo, fuera de Italia, más en la línea de investigar redes sociales (Giovanni Levi) que de estudiar microcosmos individuales (Carlo Ginzburg: Menocchio, Piero della Francesca). La historia de las mujeres, a nuestro juicio, será asumida por el conjunto de la comunidad de historiadores en la medida en que  se fusione con la historia social y global13. Otro tanto podríamos decir del “giro lingüístico”14. Por otro lado, los últimos retornos subjetivos, los géneros tradicionales, van en la misma dirección: la nueva historia política (y de las instituciones) integra la historia social como historia del poder. La nueva historia narrativa rechaza el descriptivismo, quiere ser científica y explicativa. La nueva historia biográfica pretende distanciarse de lo puramente individual, incluye los contextos sociales y mentales como parte primordial de la investigación.

 

Desde la segunda mitad de los años 80, conforme se difunden entre  los historiadores las innovaciones subjetivistas nacidas de la crisis de la historia económica y social clásica,  se engendran nuevas síntesis con aquellos paradigmas más compartidos y difundidos por la escuela de Annales y el materialismo histórico15. Esta tendencia es la decisiva, ya lo hicimos notar anteriormente, cara la formación del nuevo paradigma historiográfico16.

 


En esta triple convergencia de la nueva historia de la posguerra con sus últimos desarrollos, que la contradicen en cierto sentido17, con una historia  tradicional renacida18, y con la redefinición del propio concepto de ciencia (gracias también a los avances de la historia de la ciencia), ¿qué aporta  el ya viejo paradigma común de los historiadores del siglo XX?, ¿qué necesita el nuevo paradigma para iniciar otro periodo de “ciencia normal”, para  cerrar -por el momento- la crisis de identidad de nuestra disciplina, para reconstruir sobre nuevas bases la comunidad de historiadores?, ¿son suficientes las confluencias parciales que, de modo más bien espontáneo, se producen entre la historia social -estructural- y la historia subjetiva? Sostenemos que no, queda por hacer la síntesis general entre las corrientes que protagonizaron la revolución historiográfica del siglo XX y las nuevas-viejas tendencias que anuncian el siglo XXI, para cuya puesta en práctica es forzoso una intervención consciente, un debate general que clarifique las alternativas y los caminos a seguir.

 

Tres son los paradigmas, de la escuela de Annales y del materialismo histórico, que -previa reformulación radical- el nuevo paradigma precisa, según nuestro criterio, para constituirse como tal, para ser hegemónico -y no sólo vanguardista-, para que a través suyo la historia renueve su credibilidad científica y social:

 

a) El concepto y la experiencia acumulada de la historia social. Ciertamente una nueva historia social que asuma el rol de la mentalidad y de la política, del género y del lenguaje, del acontecimiento y del individuo, y que conecte con la historiografia marxista inglesa, sin duda alguna la aportación más sobresaliente de la historia social a la historiografía del siglo XX19, paso obligado para algo tan indispensable hoy como volver a estudiar los protagonistas colectivos de la historia20.

 


Pongamos un ejemplo actual, cercano, de cómo la historia si prescinde de lo social pierde, lamentablemente, rigor y credibilidad. Estamos viviendo un inusitado interés de los medios de comunicación por la transición democrática española, que ha levantado no pocas críticas entre historiadores -me remito al respecto a la intervención de ayer de un colega que, desde el público, pregunta dónde estaban los agentes sociales en la imagen de la transición que se nos está ofreciendo- y protagonistas descontentos con el tratamiento dado por los periodistas -en especial Victoria Prego en TVE- a un hecho histórico que se describe como la obra de cuatro o cinco grandes individuos -una suerte de gran conspiración-, desapareciendo en consecuencia de la escena el millón y medio de personas que pudieron haber participado -al mismo tiempo- en movilizaciones de masas contra la dictadura21, quedando fuera de la historia la gran mayoría de la sociedad, las clases sociales, la coyuntura económica, la lucha ideológica y cultural, etc. Volvemos, así pues, a la historia de las grandes batallas y las grandes personalidades, sólo nos falta el tambor, la corneta y la “unidad de destino en lo universal”, ¿es necesario inventar así -sin los historiadores sociales- la tradición democrática?, ¿es bueno para la joven democracia española dar una versión tan elitista y tan ajena al pueblo -al pueblo que luchó- de su consecución?

 

El nuevo protagonismo de los periodistas -al que no es ajeno el repliegue de los historiadores, y de otros sectores intelectuales, a la academia- en la escritura de la historia inmediata y en la divulgación de la historia, junto con el retorno académico de la historia acontecimental y  biográfica, abren nuevas posibilidades a la historia a condición de que ésta no se convierta, otra vez, en historia superficial, en la “historia historizante” que Bloch y Febvre ya habían derrotado en la primera mitad del siglo que acaba. Para conjurar lo anterior y para que los retornos no nos lleven al siglo XIX22, sigue siendo imprescindible por consiguiente la historia social, una historia social renovada que, por lo demás, ya está en marcha, a partir de la mejor tradición angloamericana (Thompson, Samuel, Genovese, Davis, Stedman Jones...)23 y, últimamente, de los propios resultados del tournant critique de Annales24.

 


b) El principio de globalidad frente a la fragmentación galopante de nuestra disciplina.

 

Dijimos al principio que no cuestionábamos la vitalidad de la historia profesional, e hicimos notar el caracter paradójico de la situación presente -crisis y crecimiento-, pues bien, otro ejemplo, frente al fenómeno de la superespecialización y del desmigajamiento de métodos y de temas, estamos asistiendo a un movimiento en sentido contrario -aunque todavía débil- de reunificación de géneros, como ya hemos comentado más arriba, al hablar de la propensión de las historias subjetivas a concurrir con líneas más objetivas de investigación, con la historia social más que con la historia económica.

 

El fracaso de la historia total como paradigma compartido -el más ambicioso y el menos aplicado- de la escuela de Annales y del materialismo histórico25, causado tanto por el concepto subyacente (idealista) de totalidad como por la inadecuación de los medios (metáforas mecanicistas) a los fines, deja una problemática herencia a la historiografía del siglo XXI. La credibilidad científica del nuevo paradigma (salvo que retrocedamos al positivismo de Ranke o, más atrás aún, a la historia-ficción) dependerá, entre otras cosas, de su capacidad para articular un pacto entre la inevitable especialización y la globalización de su objeto de investigación; lo cual a su vez exige una mayor atención a la metodología, la  historiografía y a la teoría de la historia: “el historiador futuro reflexionará..., o no será”26.

 


c) La función social de la historia, o el compromiso del historiador con un presente sin futuro. El retroceso de la historia -concretamente, en España- en los planos de la educación y la investigación es una consecuencia de la falta de conciencia -fuera e incluso dentro del ámbito historiográfico- sobre la utilidad social de historia. Retomar el viejo paradigma es hoy una tarea inaplazable para contribuir, desde la historia, a que la sociedad de la información que Bill Gates nos anuncia no sea el deshumanizado mundo de Orwell. Ahora bien, el presentismo ambiental, la idea de que  el mañana será igual al presente, y que el pasado no interesa, de que la historia llegó a su fin, nos obliga a variar el orden de los factores en la vieja relación pasado/presente/futuro: hay que estudiar el pasado para conquistar el futuro y comprender así mejor el presente, a fin de transformarlo. La crítica esencial al presente es demostrar aquí y ahora, como historiadores, que existe el futuro. Y no se trata de que que los historiadores tengamos que ser profetas o çadivinos -como anotó justamente anteayer Julio Valdeón-, ni siquiera de coadyuvar en una tranformación social,  sino de algo mucho más simple: ayudar a que el hombre y la mujer de hoy en día vean claro que hay futuros alternativos, que el futuro existe porque existe el pasado, y nosotros lo sabemos mejor que nadie.

 

 

LA INACABADA TRANSICIÓN HISTORIOGRÁFICA ESPAÑOLA

 

Tres aspectos nos interesa desarrollar en esta segunda parte del trabajo: el virtual papel de la historiografía española en la transición internacional al nuevo paradigma27, la relación entre transición política y renovación historiográfica en España, y el problema del relevo generacional.

 

El papel internacional de la historiografía española

 

Nuestra tesis es que la historiografía española está en buenas condiciones -objetivas- para jugar un papel en la síntesis tradición/innovación que va a caracterizar a la historiografía del siglo XXI, adquiriendo así un perfil internacional propio; por las siguientes razones:

 

a) Ausencia de escuelas historiográficas propias. Lo que se suele citar como un handicap de la historiografía española se convierte en ventaja cuando las grandes escuelas (extranjeras) entran en crisis. El exceso de tradición también dificulta la renovación. Las trabas que han encontrado la dirección de  Annales para avanzar en su tournant critique, iniciado en 1989, a pesar de la voluntad de sus promotores, es un claro exponente de lo queremos decir.

 


b) Ausencia de movimientos pendulares extremos que, en  la práctica historiográfica, hacen muy difícil la síntesis. Tal es el caso de la historiografía francesa cuando pasó tajantemente de la historia económica-social a la historia de las mentalidades28; o de la historiografia norteamericana al transitar de la cliometría al “giro lingüïstico”. La renovación cautelosa o el conservadurísmo de enfoques, según se mire, rasgos peculiares de buena parte de la historiografía española, puede favorecer ese ineluctable equilibrio -porque la innovación ya no adelanta sin la síntesis- que a otras historiografías, que protagonizaron anteriores etapas de  cambio historiográfico, tanto les cuesta. Sirva como botón de muestra de estos movimientos del péndulo la actitud hacia el marxismo de historiografías, como la francesa, que pasaron del enaltecimiento en los años 60 y 70 a la marginación en los años 80 y 90. Y, sin embargo, estamos convencidos de que haciendo tabla rasa del materialismo histórico la síntesis no es factible.

 

c) Ausencia de un centro internacional de avance historiográfico. Peter Burke argumentó en el Congreso “A histoira a debate” que la innovación va ahora por la periferia29. Nosotros iríamos más allá: la carencia de un gran foco reconocido  internacionalmente en el presente (papel que ocuparon primero Alemania, desde el siglo XIX, y después Francia, en especial en las décadas centrales del siglo XX) nos conduce a una realidad tan multicéntrica (además de los países citados, habría que añadir:  Gran Bretaña, EE. UU., Italia...) que cuestiona el mismo concepto-metáfora centro/periferia: todo el mundo puede ser centro,  también España, y los países iberoamericanos30. En los años 90, la diversidad de focos historiográficos implica una gran oportunidad para historiografías nacionales antaño dependientes, donde la diversidad de influencias ha sido más notoria y fructífera. Probablemente, en ningún otro lugar sabemos mejor de dónde venimos, de dónde viene la historiografía internacional -la confluencia del marxismo, la escuela de  Annales y la tradición neopositivista- que en España y  determinados países latinoamericanos, lo cual es muy importante para saber adónde  queremos ir.

 


d) El nuevo rol internacional de España. Justo es reconocer que, desde la transición a la democracia, la situación política de España en el mundo, y la imagen que en el extranjero se tiene de nosotros, han variado enormemente, gracias al ejemplo de la transición política31 y las políticas seguidas en la pasada década. Paralelamente el idioma español ocupa un sitio preeminente, después del inglés, como lengua hablada y escrita, en el mundo32. En diversos campos de la cultura (ante todo, cine y literatura) se ha progresado en el mismo sentido: rompiendo la barrera autárquica y subdesarrollada heredada del franquismo, y ofreciendo productos culturales españoles que han alcanzado un eco internacional notorio. No se puede decir lo mismo de la historiografía española, prácticamente desconocida fuera de nuestras fronteras, salvo en ambientes hispanistas33: podemos considerar inexistentes las traduciones de libros de historia españoles a otros idiomas. Sin embargo, otras áreas de conocimiento de la universidad española -sobre todo científicas “duras”- están logrando ya ese reconocimiento internacional. Existen por lo tanto condiciones externas más que idóneas para que la historiografía española -y en general las ciencias humanas- ocupe un lugar  más relevante en el concierto internacional, superándose así de una vez por todas la hipoteca de los largos años del franquismo.

 

e) La radicalidad de la situación social de la historia en España. El aspecto más alarmante de la crisis historiográfica en España es su dimensión social: la “mala fama”de la licenciatura de historia como una carrera “sin salidas”, el desempleo de licenciados y doctores en historia, y la falta de financiación para la investigación de temas “humanísticos”. No obstante, esta situación adversa se puede metamorfosearse en un incentivo, mejor dicho, debe transformarse en un acicate para hacer valer la historia como una profesión socialmente útil y científicamente necesaria. Con lo que entramos en lo que llamaríamos -utilizando un esquema viejo pero todavía fértil- las condiciones  subjetivas precisas, según nuestro parecer, para que la historiografía española alcance su plena madurez, donde veremos que, desde el punto de vista historiográfico, España vive una situación paradójica, llena de oportunidades, desde finales de los años 80: crisis social aguda de la historia  y, sin embargo, fuerte revitalización historiográfica.

 

Rematar la transición

 


Es sabido que los avatares de la historiografía española -y por extensión de la universidad, la ciencia y la cultura- han estado tremendamente condicionados por los cambios políticos -radicales y contradictorios entre sí- que han jalonado la historia de España durante el siglo XX, a los cuales los historiadores no han sido ajenos, cuando no han sido sus víctimas34. Fueron dos las ocasiones (1936 y la transición 1975-1978) en que acontecimientos políticos indujeron cambios historiográficos profundos en nuestro país:

 

A)     La ruptura de la tradición historiográfica liberal a causa de la guerra civil y de sus resultados.

 

La historiografía liberal de las primeras décadas del siglo pretendía un nivel europeo para la historiografía española, la divulgación de la historia a través de la Instrucción Pública a fin de engendrar un público culto, y la elaboración de una historia nacional de España35. Objetivos que, salvo el segundo y por razones obvias, fueron en alguna medida alcanzados por los historiadores españoles en el exilio: sirva como muestra el prestigio internacional de Sánchez Albornoz y su célebre polémica con Américo Castro sobre la historia de España. En cualquier caso, en la posguerra española -y en cierta medida  también en la posguerra europea-, nuestra historiografía se estancó desde un punto de vista metodológico y historiográfico, involucionando sobremanera en el interior de España, en relación con una historiografía europea que incubó en el periodo de entreguerras lo que ahora denominamos la revolución historiográfica del siglo XX.

Una vez restaurada la democracia, y la monarquía, la renovación historiográfica no enlaza con la tradición liberal-positivista sino que parte de las nuevas bases: las creadas por las nuevas tendencias internacionales, Annales y marxismo, que atraviesan los Pirineos.


Con todo, hay que decir que esta nueva historia española no ha conseguido aún: ni el pleno reconocimiento internacional, ni ocupar el terreno de la divulgación histórica -hegemonizado por escritores, periodistas e historiadores aficionados36-, ni la reelaboración y difusión de una historia de España que sea la historia de sus pueblos y no la proyección del hegemonismo castellano, como pensaban tanto Sánchez Albornoz, fuera de España, como Menéndez Pidal, dentro37; incluso la enseñanza de la historia -y, en general, los estudios humanísticos-, después del primer impulso inicial con democratización de la universidad, está retrocediendo -y no sabemos hasta dónde-.  Por todo ésto, y por otras  cuestiones que iremos desgranando, consideramos inacabada la transición historiográfica española, paralela a la transición política de la dictadura a la democracia al menos en parte (cuando  cambia el régimen político ya la historiografía española había puesto las bases de su renovación), con la peculiaridad de que lo que queda  por recorrer coincide con la transición paradigmática al siglo XXI. Vamos hacia una segunda “normalización académica” de la historiografía española (la primera tuvo lugar en los años 60 y 70).

 

B)      La transición política legitima la nueva historia española.

 

La sustitución de la historiografía tradicional -franquista en lo relativo a divulgación y enseñanza; positivista en cuanto al método- por la  nueva historia ha tenido lugar en el marco de una apasionada lucha política contra la dictadura, en la que estaba muy implicada al universidad, dividida generacionalmente por dicha causa: estudiantes y PNNs demócratas por un lado,  catedráticos y demás profesores del régimen, por el otro (salvo las consabidas excepciones que confirman la regla).

 

Estos orígenes políticos38 marcan de forma endeleble la renovación historiográfica española, que se desarrolla en los años 60 y 70 gracias el empuje de jóvenes historiadores de  influencia marxista y aun annaliste, y a la ayuda, asimismo, de historiadores liberales o historiadores del régimen que mantenían posiciones aperturistas39.

 

Veamos pues qué virtudes y qué defectos supuso para la nueva historiografía española ese compromiso político con el antifranquismo de sus sectores más avanzados.

 


Decimos virtudes porque la conquista de la democracia acelera el proceso de innovación historiográfica e institucionaliza la nueva historia como la historiografía oficial del nuevo régimen democrático. Simúltaneamente a lo anterior, se produce  un rápido rejuvenecimiento del profesorado universitario, y la universidad -y dentro de ella los estudios de historia- crece  enormemente, permitiendo el acceso de los hijos de las clases trabajadoras a la universidad, sin lugar a dudas uno de los grandes triunfos de los sindicatos democráticos de estudiantes  de la época de Franco. No ha sucedido lo mismo con otras reivindicaciones que enarbolamos en los años 60 y 7040, como la lucha democrática por una universidad al servicio de la cultura y del pensamiento crítico, levantada contra la universidad tecnocrática del franquismo desarrollista de los años 60. Las políticas neoliberales de los años 80 han puesto objetivamente de actualidad, mutatis mutandis, la reivindicación del 68 de una universidad democrática, y en consecuencia crítica y humanística: otro argumento en favor de la transición inacabada de la historiografía española.



En el capítulo de los defectos historiográficos derivados de los orígenes militantes antifranquistas de una parte substancial de la nueva historia41- nos referimos  a la historiografía marxista, en general, y al contemporaneísmo, en particular-, asumimos para nuestro análisis el concepto de “historiografía frentepopulista”, acuñado por Ucelay da Cal42 y de  cierto uso entre los historiadores catalanes. De entrada puede parecer excesivo caracterizar la historia más progresista de la transición con un término vinculado a los años 30, a los tiempos de la guerra civil, pero por eso mismo el calificativo tiene su sentido y oportunidad. El franquismo “mantuvo frescos los puntos doctrinales y los rencores, que naturalmente volverían a florecer en los años 70 con la muerte del régimen dictatorial”43, es decir, hablando claro, que mientras el país organiza la transición la historiografía mantiene vivo el espíritu de la guerra civil44.         

 

Partiendo de la idea de que la “historiografía frentepopulista” es “el discurs dominant en el nostre món historiogràfic”, la revista L’Avenç publica, en su número 189 (febrero de 1995), un editorial apuntando que el GAL, la “cultura del pelotazo”, la corrupción política,  significan la “mort de l’antiga esquerra”45 y por tanto el fin del “còmode consens frontpopulista imperant”46. Ojalá fuese así, pero nos tememos que la trasnochada división de los historiadores en “rojos” y “azules”, que unos y otros practicamos más de lo que sería deseable en medios académicos, que sobrevivió a la política de reconciliación nacional (PCE, 1956), al pacto entre oposición de izquierdas y reformistas de derechas durante la transición, a la Constitución de “todos” de 1978, al ocaso de la guerra fría y la caída de los bloques militares en 1989,  bien puede rebasar el “pequeño acontecimiento” del desencanto -de una parte de la izquierda- con el PSOE. Es menester algo más: un debate que cierre la transición de la historiografía de la era franquista a una historiografía realmente democrática; donde la lucha de ideas historiográficas ha de estar por encima de las posiciones políticas, las cuales no debieran de ser un obstáculo  para la convivencia y la colaboración entre los historiadores47. El propio desarrollo y homologación internacional de la historiografía española hace necesario que adaptemos de una manera más plena el funcionamiento de nuestra comunidad científica al pluralismo democrático. Mientras las clasificaciones tácitas -que son las que funcionan- de los historiadores se refieran más a etiquetas políticas que a posiciones historiográficas, el debate no avanzará y la historiografía española seguira dependiendo el exterior, de historiografías más maduras. Y con toso ésto no queremos decir que las diferencias políticas no cuentan historiográficamente, por supuesto que cuentan pero no se pueden reducir a ellas las diferencias historiográficas, y menos aún si se parte de una maniquea bipartición en dos “bloques” políticos -que ni siquiera se hallan en la España actual- que ocultan las diferencias realmente existentes en el interior  de cada “bloque”, tanto políticas como, y sobre todo, historiográficas: se puede ser políticamente de izquierdas e historiográficamente conservador - a muchos nos parece una contradicción, pero así es en bastantes casos-, y a veces inclusive sucede lo contrario48.

 

Un ejemplo acerca de la cuestión del pluralismo historiográfico. Se dijo en estas Jornadas que, en lo tocante a revisionismo históriográfico, aquí no se estaba tocando la figura de Franco, según lo visto en los congresos y coloquios hechos sobre el tema con motivo del centenario, pero ¿cómo va a haber un verdadero debate si no se invita al adversario revisionista con garantías -aunque sólo fuese por cortesía académica- de que no va a resultar satanizado49?

 

No se trata pues de relegar la memoria de la izquierda, frentepopulista, antifranquista, sino de hacerla valer -también historiográficamente- por medios democráticos, intelectuales, en positivo, de otra forma no resolveremos -nosotros, los que venimos de esa tradición- el problema de su olvido por parte de las nuevas generaciones, nacidas en la tolerancia y la libertad, como consecuencia del silencio que se impuso tácitamente, desde los primeros momentos de la transición, sobre todos aquellos recuerdos colectivos  que pudiesen “dividir” a los españoles y evocar a la guerra civil. Así fue como los historiadores de izquierda “interiorizaron” su “frentepopulismo”. Sólo un debate abierto y plural, con predisposición tanto a la controversia como al consenso, facultará la normalización académica plena de la historiografía española, y ello debería producirse mucho antes de que una generación nacida en la democracia tome el relevo.

 

En resumen, la fortaleza en profesionalidad y en producción de la nueva historia española contrasta con una relativa pero chocante inadecuación al marco político democrático que ella ayudó a crear, y, lo que es más importante, todavía no ha conseguido que “aprobemos” asignaturas pendientes -desde antes del 36- que hacen referencia a objetivos historiográficos claves: un mayor papel internacional, fundado en un mejor relación con la sociedad civil española, lo cual presupone avanzar en el camino de la alta divulgación histórica y de la redefinición histórica de eso que llamamos España.

 


Para cumplir dichas metas, poniendo en juego todas nuestras potencialidades, hay que dejar atrás aquellas cargas que son consecuencia  del largo paréntesis de la dictadura y aun de las limitaciones de la joven historiografía de la democracia, hay que rematar la transición historiográfica, iniciada hace veinte años, superando otras actitudes también provenientes de la atmósfera mental del franquismo y del antifranquismo, o del desencanto ideológico posterior.

 

Antinomias improductivas

 


En cuanto a mentalidades colectivas  que influyen en los historiadores, una herencia clara del anterior régimen consiste en juzgar la relación historiográfica con el exterior mediante la dicotomía provincianismo/mimetismo. La esterilidad reside en ambos los dos extremos: a) seríamos "provincianos" los que ignorantes y felices escribimos la historia al margen de la historiografía internacional, justificando el aislacionismo con argumentos anti-"modas" y anti-"colonización", negando la necesidad de salir al extranjero, practicando incluso cierto proteccionismo; b) seríamos “miméticos” quienes hacemos todo lo contrario, adorar todo lo que viene del extranjero  -no se viaja, pero se procura estar al día- que de inmediato se copia sin más: sin atender ni al contexto de donde nace dicha nueva propuesta temática o metodológica, ni al contexto historiográfico donde se pretende aplicar50.  Con frecuencia los dos extremos se manifestan en una misma persona;  todos hemos oscilado de una u otra forma entre ambas posiciones, que conducen al mismo sitio: la subalternidad de la historiografía española, “conservada” de esta suerte en una eterna minoría de edad. El problema es que no sabemos, todavía, combinar originalmente lo mejor de cada parte: la valoración de la historiografía española con las cada vez más imprescendibles conexiones exteriores. Somos, más inconsciente que conscientemente, prisioneros de las dos actitudes clásicas, heredadas de la época franquista, sino de antes, hacia las “modas” extranjeras, sobre todo parisinas: el "no" de los que no ven en ello más que peligros para el sistema establecido, y el "sí" de los que no ven en todo lo que viene de fuera más que aires nuevos, aires de libertad51. En fin, una antinomia propia de un tiempo distinguido, en España, por un arraigado subdesarrollo cultural, del todavía no hemos salido totalmente, al menos en el campo de las ciencias humanas y sociales, y que nos ha impedido seguir consecuentemente la vías  abiertas en los años 50 por Vicens Vives y, posteriormente, por Tuñón de Lara,  buscadores eficaces de  equilibrios y síntesis  entre  la innovación que viene de fuera y la propia tradición, animadores de los dos intentos más ambiciosos y recientes de fundar una escuela historiográfica española renovadora.

 

De factura más reciente, fruto en buena medida de las vicisitudes de las transiciones que estamos analizando -políticas e historiográficas-, es el binomio pesimismo/optimismo  proyectado sobre la situación actual y las perspectivas de la historiográfia española. Naturalmente, la ideología oficial es pesimista; y a ello no es ajeno ni el desencanto  político -nacional e internacional- de la generación del 68 que ha protagonizado la "historiografía frentepopulista", ni la crisis general de la idea de progreso. La ideología oficial se refleja no sólo en los diagnósticos "negros” sobre la realidad historiográfica -nacional e internacional- y académica, sino también en la inexistencia de alternativas. Se trata de una representación mental negativista que constituye, sin duda, el mayor obstáculo -subjetivo- para lograr que la historiografía española haga uso pleno de sus facultades y posibilidades. Consideramos sinceramente vital  que confrontemos, mediante el debate, nuestro imaginario fatalista -o el voluntarista, aunque menos frecuente- con la realidad objetiva, reemplazando los juicios de valor por el análisis concreto de las propuestas concretas, es decir, situando el debate sobre las alternativas, sobre el futuro, sobre las diversas respuestas a una pregunta clave: ¿qué hacer? En el terreno de las simples percepciones individuales, es de verdad complicado articular un debate y menos aún avanzar consensos, la objetivación es por consiguiente ineluctable.

 

Por descontado que hay datos objetivos sobre la situación historiográfica que avalan, tanto en España como internacionalmente, el "pesimismo" pero ¿y los que informan en sentido contrario, "optimista", sobre los que habríamos de incidir si lo que nos preocupa es el futuro, si queremos ser actores y no espectadores? ¿Vamos a renunciar al  "optimismo de la voluntad" que Gramsci quería completar con el "pesimismo de la inteligencia"? En la justa dosificación de inteligencia y voluntad está la solución: estamos a favor de un optimismo realista, de una inteligencia voluntariosa -o, mejor aún,  de una voluntad inteligente-, porque no renunciamos ni al progreso historiográfico ni al progreso en general, y bien sabemos que después de los monstruos engendrados por la razón moderna es preciso redefinir el concepto mismo de progreso.

 


Siguiendo con las falsas alternativas, que reemplazan con excesiva frecuencia los verdaderos debates -por déficit también de alternativas, reales y autóctonas, sobre las que discutir-, queremos referirnos ahora a la antinomia autoflagelación/autocomplacencia (planteada de algún modo en esta Jornadas por Julián Casanova al hacernos ver los límites de la autocomplacencia52), y que no deja de ser una prolongación de las antinomias anteriores.

 

En orden a mentalidades colectivas de los historiadores españoles, lo muy corriente es todavía encontrarse con el problema contrario: la autoflagelación. Está demasiado presente entre nosotros cierto complejo de inferioridad -en relación con las historiografías extranjeras-, originado en el antiguo régimen, que, francamente,  no se corresponde con la realidad del auge de  la historiografía española de los últimos treinta años. En ningún otro periodo histórico creció tanto nuestra disciplina (la historiografía liberal-positivista se redujo a grandes personalidades). De forma que estamos en condiciones de hacer un balance global bastante sólido, pese al vacio de innovación de los años 8053, que está ahora resultando contrapesado por la revitalización que la historiografía española vive en los años 90, manifestada en la proliferación de congresos54, revistas55 y asociaciones56, y en el acortamiento de plazos a la hora de la recepción de innovaciones57 y de las traduciones de obras extranjeras58.

 


Muchos de los que participamos, en 1993, en el Congreso de Santiago, tal vez un punto de inflexión de este  proceso, hemos sentido que algo estaba cambiando en la historiografía española, siendo el propio resultado del Congreso un mentís a las tesis "pesimistas" de las que partíamos59 y una demostración de como en este momento marchamos más al paso de la historiografía internacional. Lo cual no quiere decir que estemos a las mil maravillas, sucede simplemente que las condiciones subjetivas han mejorado, las estamos haciendo mejorar; tendremos que ser prudentes en nuestras expectativas pero no pacatos, sobre todo a la hora de ser generosos y emplazar nuestro debate historiográfico en una perspectiva de futuro, a sabiendas de que serán otros quienes se beneficiarán -o resultarán perjudicados- de ello.

 

Dos son los protagonistas de este nuevo impulso de la voluntad  inteligente en España: (a) el interés por la historiografía60-paralelo al existente en otros países, animado por el clima de debate, y por las asignaturas homólogas de los planes nuevos-, y (b) la nueva historia social61. En el primer caso, después de estar años quejándonos -y con toda la razón- de la ausencia de reflexión62, el progreso es substancial, dada la escasez de tradición. El auge reciente de la reflexión historiográfica en España -antes sólo interesaba a individualidades aisladas- refleja el avance internacional del nuevo paradigma, demuestra que España está venciendo el retraso usual, si bien -reconozcámoslo- todavía es excesiva nuestra dependencia del "exterior" a causa de la superviviencia del complejo de inferioridad de origen franquista/antifranquista, sin anterior.



Para que de la revitalización en curso resulte el perfil nacional e internacional de la historiografía española que estamos propugnando, es menester -además de un pensamiento historiográfico autónomo- una mayor incorporación al debate y a la reflexión de los historiadores jóvenes63, que en definitiva serán quienes van a desarrollar la historiografía española en el siglo XXI, y, por otro lado, la unificación del debate y de la reflexión entre las diversas áreas de conocimiento histórico64, cuando menos entre medievalistas, modernistas y contemporaneístas, incrementando la comunicación inter-áreas, los congresos conjuntos (como el de Santiago y, en general, los que viene organizando de Zaragoza la Institución Fernándo el Católico65), etc. Para lo cual es imprescindible resolver otro problema, asimismo heredado de la transición: la primacía del contemporaneísmo66 en el seno de la "historiografía frentepopulista", por cuanto conlleva la marginación de aquellas épocas históricas que fueron "ensalzadas" por el franquismo, la Edad Media y la Edad Moderna. Terminar, en este sentido, la transición historiográfica en España implica reequilibrar el interés público y académico -especialmente en la enseñanza media- en favor de la historia de España  anterior a la república, guerra civil y dictadura franquista (y de la historia universal anterior al siglo XX o la II Guerra Mundial).  Cuestión que desborda, naturalmente, al ámbito historiográfico, pero no por ello su resolución es menos imperiosa. La homologación internacional reclama, también, una historiografía que cubra por igual todas las edades históricas67, que sea capaz de recrear en los ciudadanos una conciencia histórica verdadera, profunda, esto es, que vaya más allá de las últimas contiendas civiles, del tiempo vivido por nosotros y por nuestros padres68. Sobre estas dos cuestiones, homologación internacional e historia de España, tan interrelacionadas, todavía añadiremos algo más, aun a riesgo de repetirnos, puesto que  constituyen dos tareas fundamentales -junto con la incorporación de la nueva generación- tanto para poner término a la transición historiográfica española, como para lograr que la historiografía española juegue el papel que le corresponde en el proceso de formación del nuevo paradigma historiográfico.

 

Para nosotros no hay mejor índice de las posibilidades de homologación internacional de la historiografía española que la experiencia del Congreso Internacional que hemos organizado en julio de 1993 en Santiago de Compostela. Verificamos allí que vamos en el buen camino de la desmarginalización de la historiografía española, pero todavía falta un buen trecho por recorrer, en dos sentidos complementarios: (a) una recepción más crítica de las innovaciones que vienen de fuera; y, sobre todo, (b) un intercambio más igualitario con las historiografías extranjeras, que es lo más difícil:  pensar con la propia cabeza. Para lo cual es condición necesaria, pero no suficiente, estar al día,  potenciar las conexiones internacionales de la historiografía española, en lo que se ha progresado bastante  en lo que va de década, antes nunca se había viajado tanto -sobre todo los jóvenes-69. Valoramos positivamente el dinamismo de la historiografia española y la pronta recepción de novedades internacionales en lo que va de década, los pasos siguientes, en el  horizonte del año 2.000, han de dirigirse a que nos sostengamos con nuestros propios pies.

 


La cuestión ahora es, sobre todo, subjetiva: cambiar las actitudes colectivas, las propias y también las ajenas, al tiempo que las prácticas historiográficas. La tradición historiográfica española ha sido sucesivamente dependiente de Alemania, de Francia, de Gran Bretaña (años 80) y, últimamente, si bien en mucha menor escala ya que no han desaparecido los influjos anteriores, de EE. UU. y de Italia. De hecho sabemos más de las historiografías contemporáneas citadas que de la propia historiografía española (sobre todo de la segunda mitad del siglo XX), y no lo comentamos porque no valoremos el trabajo que se viene haciendo, y que habrá que seguir haciendo, por analizar, y difundir,  desde España, las características y la evolución de las restantes historiografías europeas70, sino por el coste que supone. Tratamos de orientar la historiografía española indirectamente, sin citar prácticamente autores españoles, por medio de estudios sobre historiografías extranjeras: una suerte de alienación historiográfica que pone de manifiesto las dificultades que tenemos para asumir nuestro pasado historiográfico, en definitiva la propia identidad, y  hace que nos pasen despercibidas  tentativas españolas valiosas de abrir originales vías de investigación, que habrá que redescubrir y animar.

 

La plena integración internacional de la historiografía española, basada en el intercambio, requiere en resumidas cuentas una mayor atención a la investigación de la historiografía española más reciente, un gran esfuerzo para la elaboración de alternativas historiográficas -desde España- sobre los problemas de la historiografía internacional, de modelos “exportables” de investigación71, recreando planteamientos “importados”... Formar a los jóvenes en esa dirección es vital, puesto que estamos hablado de metas historiográficas para el siglo que viene,  y ello sólo será posible si superamos la nociva idea de que para reflexionar sobre metodología, historiografía -campo de investigación que de un modo u otro se está imponiendo- o teoría de la historia, o para hacer planteamientos temática o metodológicamente renovadores, es necesario tener años y años de experiencia, o, lo que es aún peor, determinado estatus académico: la experiencia de nuestra generación fue más bien la contraria.

 

 

¿Qué hacer con la historia de España?

 

 

El lugar en el mundo de la historiografía española guarda una relación más directa de lo que se piensa con el papel de la historia “en” España, y ésto a su vez tiene que ver con la atención que los historiadores prestamos a la investigación y difusión de la historia “de” España, y ahí damos en hueso.