La historia que queremos*
Carlos
Barros
Universidad
de Santiago
Hace unos años, Pierre Vilar en una
conferencia, dictada en el Colegio de España de París, sobre la conclusión en
la historia, vino a decir que ésta no tiene conclusión, o bien que las
conclusiones son siempre provisionales, en la idea de que la historia es un
proceso sin fin, una construcción constante. Si cabe con más razón, podríamos
observar lo mismo de la historia de la historia, objeto de este encuentro.
Empezamos así nuestra intervención para
advertir que no pretendemos clausurar
nada, si acaso echar más leña al fuego. Muchos de nosotros, los ponentes de
estas Jornadas, hemos discutido sobre la coyuntura de la historiografía
internacional y nacional en 1993 en Santiago de
Compostela -y en otros eventos-, y algunos volveremos a ello de alguna
forma los próximos días en Barcelona y Sevilla. Lo principal es que la
pertenencia a áreas de conocimiento, universidades y aun nacionalidades
distintas, no impida que nos escuchemos: los debates sólo son productivos
si se entrelazan con los consensos
-sucesivos, parciales, pero reales- que jalonan el progreso historiográfico.
Los historiadores y la
voluntad
Tenemos, en cualquier caso, la voluntad de
contribuir a ese necesario golpe de timón que sitúe el debate más allá de lo
que solemos denominar la crisis de la historia, es decir, sobre las
alternativas y el futuro, “en el horizonte del año 2000". Compromiso de
historiadores que Guillermo Redondo, oportunamente, nos recordaba anteayer.
Compromiso y realidades..., ¿es qué realmente
los historiadores podemos influír en “la historia que viene”? La respuesta a
esta pregunta es doble: poco, si nos referimos a la historia de los
acontecimientos, pero mucho si estamos hablando de la historia que se escribe,
de la historia que hacemos los historiadores. Nuestra forma de incidir en la
historia de la gente que nos rodea es, pues, escribiéndola.
Frecuentemente el historiador se interroga
sobre las formas de ejercer su trabajo: ¿Adónde va la historia? Con toda
evidencia, se trata de una cuestión pertinente.
La historia que se escribe es, en
alto grado, resultado involuntario, incluso impredicible, de infinidad
de iniciativas de historiadores individuales, de historiografías especializadas
y nacionales, de influencias externas de
tipo cultural, social, político. Para saber adónde va la historia de los
historiadores hay que aplicar, no obstante, la voluntad, colocando la
historiografía en el centro de nuestra atención. El auge de aquélla en los últimos años denota
que los historiadores tratamos de controlar nuestra historia, de saber más
sobre nuestros orígenes y evolución como profesionales de la historia. El
próximo paso es atreverse a plantear lo siguiente: ¿Adónde queremos que
vaya la historia? (justificamos de este modo el título de la conferencia). Lo
cual nos lleva a hacer propuestas, a plantear alternativas, tentando
reconvertirse en actores de nuestro destino, a sabiendas de que siempre, entre
nuestros grandes objetivos historiográficos y su plasmación práctica, van a
existir diferencias. Sabemos ésto precisamente porque somos historiadores, y cada vez somos más los que negamos que la historia sea un proceso al margen de
la voluntad humana, y menos todavía en el campo de la historiografía: es, desde
luego, más fácil variar la manera de escribir la historia que la historia misma.
Sería, por consiguiente, innecesario esperar a que cambie la sociedad para que
cambie la escritura de la historia, que es hija de su tiempo pero antes de eso
es -o, mejor dicho, debe ser- hija de sí misma.
Proponemos, en resumidas cuentas, que la comunidad de historiadores
ponga en juego su voluntad colectiva para reorientar su práctica; para lo cual
es antes menester recomponer cierto consenso o consensos, huyendo tanto del
voluntarismo que no tiene en cuenta la realidad como del attentisme de aquél que aguarda
pasivamente a ver por dónde van los vientos historiográficos para situarse. La
verdad es que hoy en día el problema
está más en lo segundo que en lo primero. En la presente tesitura, es más “peligroso” para el futuro de la
profesión esperar a Godot, “sumidos” en
la incertidumbre y/o el eclecticismo, haciendo tiempo con la esperanza1
de que el eclipse de los paradigmas del siglo XX sea provisional2,
que comprometerse a avanzar proposiciones, soluciones, objetivos, que después
la realidad, y nosotros mismos por medio del debate, se encargarán como es
natural de juzgar, de verificar, en suma, de modificar.
Como consecuencia de la crisis de los
grandes, y ampliamente compartidos, paradigmas historiográficos del siglo XX,
el historiador -en los años 80- ha
venido replegando su voluntad -colectiva y crítica- de progreso historiográfico
a la aportación individual, y con frecuencia al academicismo, retrocediendo en
no pocos casos a las vetustas certezas positivistas de que la “historia se hace
con documentos”, y punto. Que estemos aquí y ahora volviendo a plantear, a
finales del siglo de los extremos, el papel de la voluntad en el devenir de la
historia, es decir, la historia que queremos3, no es más que un
síntoma-efecto del retorno del sujeto histórico e historiográfico, del regreso
del historiador como sujeto colectivo. Retorno que habremos de impulsar al
máximo sin olvidar la realidad historiográfica, que sin embargo se mueve...
Consensos inadvertidos
Los juicios sobre la situación de la historia
profesional a finales de siglo se suelen polarizar alrededor de dos posturas:
bien se insiste en la crisis de identidad, epistemológica, de la historia
científica; bien se hace hincapié en que vivimos una etapa de crecimiento que
se refleja en la proliferación de
publicaciones y revistas. En
nuestra opinión, ambas apreciaciones tienen su base objetiva. ¿Quiere decir ésto que estamos ante la típica
crisis de crecimiento? A finales de los años 70 y principios de los años 80,
pueda que sí, pero no después: la crisis pronto comenzó a afectar a los
fundamentos científicos de nuestra disciplina4. Pensamos que la explicación
es otra: crisis y crecimiento coexisten porque estamos en un proceso de
transición historiográfica, de cambio de paradigmas5. La vitalidad de la
disciplina tiende a sustituir6
la viejos paradigmas por otros nuevos. De forma que la nueva historia (inducida
por escuela de Annales, el
marxismo y aun la cliometría norteamericana) no desaparece, mas se hace vieja
(y la vieja historia se quiere hacer pasar por nueva). Veamos algunos ejemplos
de los consensos que, más allá de la nueva historia, están emergiendo con
fuerza:
1) Antes, la historia económico-social era la
historia científica por antonomasia, y se denostaba sin piedad los otros
enfoques temáticos. Hoy, se generaliza la aceptación de (casi) todas las
especialidades historiográficas. Desde la historia de las mentalidades o
sociocultural hasta la historia política, pocas temáticas -o coordenadas
espaciales y temporales- quedan al margen de un potencial tratamiento
científico. Si nos paramos a pensarlo, concluiremos que estamos ante un cambio
paradigmático auténticamente radical, que toca la raíz del origen de la nueva
historia, de la revolución historiográfica del siglo XX.
2) Los géneros tradicionales (biografía,
historia política, historia narrativa, historia de las instituciones, historia
militar, historia diplomática, etc.) están retornando “triunfalmente” en la
historiografía internacional después de ser combatidos, durante décadas, por
los nuevos historiadores de la economía
y de la sociedad. Si bien, para unos, los retornos significan la muerte de la
historia-ciencia y el renacer de la historia como disciplina literaria7, para otros,
los retornos -en determinadas condiciones- pueden significar un progreso
historiográfico8,
lo cual nos lleva al punto anterior. Las
bolsas de resistencia a un nuevo consenso sobre los temas y estilos de la
historia tradicional se están reduciendo, sobre todo cualitativamente.
3) Frente al determinismo simple de los
hechos históricos por la instancia económico-social9, existe desde hace bastente
tiempo una reacción historiográfica que ora complejiza esa determinación,
revalorizando los factores mentales o políticos, ora cae en el indeterminismo
simple, abandonando por consiguiente toda pretensión explicativa causal,
posición extrema de menor influencia y de poco futuro (al menos en
historiografías como la española).
Reacción general anti-determinista que aclara, asimismo, la base de los
dos consensos emergentes ya citados.
4) El auge reciente de la reflexión
historiográfica y metodológica -y en menor grado de la história teórica-
anuncia, igualmente, una notoria variación paradigmática. En el pasado hubo aportaciones cualitativas
sobresalientes, pero ahora el interés
por el pensamiento historiográfico tiende a extenderse, a “democratizarse”,
dejando de ser actividad puntual de historiadores “excepcionales”. Y no creemos
que esta apertura a la historia de la historia, al autoexamen de los
historiadores, sea provisional y mero efecto del presente estado crítico de
nuestra disciplina, sino un fenómeno permanente, un componente vital del nuevo
paradigma en formación.
Pero, el mayor problema con que nos
enfrentamos es que este cambio de paradigmas se está dando sin debate, más bien
espontáneamente -es por eso que tenemos que seguir preguntándonos adónde va la
historia-, siguiendo por tres vías no excluyentes: A) Rendimientos decrecientes de determinadas líneas de investigación que
nos empujan a indagar nuevas temáticas, nuevos enfoques; tal fue el caso de la
cliometría -como reconoció aquí en el debate Eloy Fernández Clemente- y, en
general, de la historia económica. B) Influencia -a menudo invisible- de la
sociedad, de los valores sociales imperantes en cada momento, sobre los historiadores; por ejemplo, el ascenso
del individualismo y el reflujo de los movimientos sociales, ¿no animó, en los
años 80, el retorno de la biografía -o de la historia de la vida cotidiana y
privada- y el desinterés por una historia social de conflictos, revueltas y
revoluciones? C) El influjo de unas historiografías nacionales sobre otras
-mayor incluso que el influjo de una área de conocimiento histórico sobre
otra-, que es especialmente efectivo en
países, como España, con una fuerte tradición de dependencia historiográfica
del exterior. Sobra decir que si las transformaciones historiográficas están
pasando por lo regular inadvertidas, si resulta que semejan procesos objetivos
que avanzan al margen del historiador individual (que con la -relativa pero
real- decadencia de las grandes escuelas, deviene el sujeto activo
principal), es también por causa de la
pervivencia de arraigados hábitos positivistas que todavía divorcian al
historiador de la introspección, de la reflexión y del debate.
Nuestra propuesta es que hay que intervenir
colectivamente en la transformación de paradigmas que está en marcha, esto es,
hacer más consciente el proceso de transición de la historiografía del siglo XX
a la historiografía del siglo XXI. Estamos convencidos de que puede resultar de todo ello un rearme
de la historia como proyecto científico y como proyecto social, una
recuperación del compromiso del historiador con la disciplina y con la
sociedad.
¿Es el retorno del sujeto el
nuevo paradigma?
La constitución de un nuevo paradigma no es
fenómeno exclusivo de la historia, afecta al conjunto de las ciencias sociales
y se ha detectado, en primer lugar, en las ciencias físicas. Existe una
tendencia a identificar este nuevo paradigma con el retorno del sujeto10,
¿se corresponde ésto con la realidad? Sí, en cuanto a que el redescubrimiento
del sujeto está permitiendo sobrepasar el anquilosado paradigma objetivista,
pero para nada genera el nuevo subjetivismo un consenso generalizado entre los
historiadores, una nueva etapa de “ciencia normal”, no es más -ni tampoco
menos- que un golpe de péndulo, necesario pero no suficiente para resolver las
anomalías que pusieron en crisis las concepciones de la ciencia histórica del
siglo XX.
La conciencia de las insuficiencias del
paradigma estructuralista y economicista
dominante llevó -de manera clara, en los años 70- a las escuelas
históricas francesa e inglesa a recuperar el sujeto como tema de investigación:
mental, en el caso de Annales, y
social, en el caso de Past and Present.
La historia, poniendo en práctica tempranamente
estas líneas de investigación de fuerte carga subjetivista, se anticipó
pues a la sociologia y a la filosofia. Con todo, hay que decir claramente que
jamás una historia meramente subjetiva podrá definir el nuevo paradigma
historiográfico, es decir, un paradigma que sea tan compartido por la comunidad
internacional de historiadores como, por ejemplo, la historia económico-social
(el paradigma más seguido de todos los que constituyeron la nueva historia)
después de la II Guerra Mundial.
El historiador profesional nunca aceptará que
los resultados de su investigación no son más que proyecciones de su
subjetividad, sea mental, política o social11; otra cuestión es que, en
el proceso objetivo de conocimiento, se conceda un papel importante al
conocimiento no basado en fuentes, al historiador como sujeto
epistemológico. Tampoco se puede- mejor
dicho, se puede pero opinamos que no existe la posibilidad de que sea asumido
por la mayoría- confundir la realidad histórica con su representación mental o social,
por lo demás una parte muy activa de aquélla. Lo mismo diríamos del discurso
textual que conforma de alguna forma lo real pero no lo sustituye, como afirman
los partidarios más radicales del “giro lingüístico”. En total, que el
historiador abierto -el que no lo es suele rechazar de plano las innovaciones
tachándolas de “modas”- añade sistemáticamente la objetividad de lo social a
los aportes de la historia más subjetiva,
busca la síntesis objeto-sujeto: la opción más segura y probable cara a
la conformación del nuevo paradigma.
El retorno del sujeto constituye, por
consiguiente, un momento esencial de la transición paradigmática, es la
respuesta radical -destructiva- de las ciencias sociales al absolutismo del
objetivismo y cientifismo largo tiempo hegemónicos, pero no es la estación final
de la de la marcha hacia el nuevo paradigma. La fase decisiva de la síntesis,
la verdaderamente constructiva, ha comenzado ya, y no sólo en historia.
¿Qué pasa si no con la evolución reciente de
la historiografía de tipo subjetivista? La historia de las mentalidades,
“abandonada” por sus creadores franceses
en favor de sus -hasta cierto punto- prolongaciones, la antropología histórica
y la nueva historia cultural, si tiene un futuro es por supuesto como historia social de las mentalidades12.
La nueva historia cultural se presenta
como una historia sociocultural. La microhistoria se está difundiendo, fuera de
Italia, más en la línea de investigar redes sociales (Giovanni Levi) que de
estudiar microcosmos individuales (Carlo Ginzburg: Menocchio, Piero della
Francesca). La historia de las mujeres, a nuestro juicio, será asumida por el
conjunto de la comunidad de historiadores en la medida en que se fusione con la historia social y global13.
Otro tanto podríamos decir del “giro lingüístico”14.
Por otro lado, los últimos retornos subjetivos, los géneros tradicionales, van
en la misma dirección: la nueva historia política (y de las instituciones)
integra la historia social como historia del poder. La nueva historia narrativa
rechaza el descriptivismo, quiere ser científica y explicativa. La nueva
historia biográfica pretende distanciarse de lo puramente individual, incluye
los contextos sociales y mentales como parte primordial de la investigación.
Desde la segunda mitad de los años 80,
conforme se difunden entre los
historiadores las innovaciones subjetivistas nacidas de la crisis de la
historia económica y social clásica, se
engendran nuevas síntesis con aquellos paradigmas más compartidos y difundidos
por la escuela de Annales y el
materialismo histórico15. Esta tendencia es la
decisiva, ya lo hicimos notar anteriormente, cara la formación del nuevo
paradigma historiográfico16.
En esta triple convergencia de la nueva
historia de la posguerra con sus últimos desarrollos, que la contradicen en
cierto sentido17,
con una historia tradicional renacida18,
y con la redefinición del propio concepto de ciencia (gracias también a los
avances de la historia de la ciencia), ¿qué aporta el ya viejo paradigma común de los
historiadores del siglo XX?, ¿qué necesita el nuevo paradigma para iniciar otro
periodo de “ciencia normal”, para cerrar
-por el momento- la crisis de identidad de nuestra disciplina, para reconstruir
sobre nuevas bases la comunidad de historiadores?, ¿son suficientes las
confluencias parciales que, de modo más bien espontáneo, se producen entre la
historia social -estructural- y la historia subjetiva? Sostenemos que no, queda
por hacer la síntesis general entre las corrientes que protagonizaron la revolución
historiográfica del siglo XX y las nuevas-viejas tendencias que anuncian el
siglo XXI, para cuya puesta en práctica es forzoso una intervención consciente,
un debate general que clarifique las alternativas y los caminos a seguir.
Tres son los paradigmas, de la escuela de Annales y del materialismo histórico, que
-previa reformulación radical- el nuevo paradigma precisa, según nuestro
criterio, para constituirse como tal, para ser hegemónico -y no sólo
vanguardista-, para que a través suyo la historia renueve su credibilidad
científica y social:
a) El concepto y la experiencia acumulada
de la historia social. Ciertamente una nueva historia social que asuma el
rol de la mentalidad y de la política, del género y del lenguaje, del
acontecimiento y del individuo, y que conecte con la historiografia marxista
inglesa, sin duda alguna la aportación más sobresaliente de la historia social
a la historiografía del siglo XX19, paso obligado para algo
tan indispensable hoy como volver a estudiar los protagonistas colectivos de la
historia20.
Pongamos un ejemplo actual, cercano, de cómo
la historia si prescinde de lo social pierde, lamentablemente, rigor y
credibilidad. Estamos viviendo un inusitado interés de los medios de
comunicación por la transición democrática española, que ha levantado no pocas
críticas entre historiadores -me remito al respecto a la intervención de ayer
de un colega que, desde el público, pregunta dónde estaban los agentes sociales
en la imagen de la transición que se nos está ofreciendo- y protagonistas
descontentos con el tratamiento dado por los periodistas -en especial Victoria
Prego en TVE- a un hecho histórico que se describe como la obra de cuatro o
cinco grandes individuos -una suerte de gran conspiración-, desapareciendo en
consecuencia de la escena el millón y medio de personas que pudieron haber
participado -al mismo tiempo- en movilizaciones de masas contra la dictadura21,
quedando fuera de la historia la gran mayoría de la sociedad, las clases
sociales, la coyuntura económica, la lucha ideológica y cultural, etc.
Volvemos, así pues, a la historia de las grandes batallas y las grandes
personalidades, sólo nos falta el tambor, la corneta y la “unidad de destino en
lo universal”, ¿es necesario inventar así -sin los historiadores sociales- la
tradición democrática?, ¿es bueno para la joven democracia española dar una
versión tan elitista y tan ajena al pueblo -al pueblo que luchó- de su
consecución?
El nuevo protagonismo de los periodistas -al
que no es ajeno el repliegue de los historiadores, y de otros sectores
intelectuales, a la academia- en la escritura de la historia inmediata y en la
divulgación de la historia, junto con el retorno académico de la historia
acontecimental y biográfica, abren
nuevas posibilidades a la historia a condición de que ésta no se convierta,
otra vez, en historia superficial, en la “historia historizante” que Bloch y
Febvre ya habían derrotado en la primera mitad del siglo que acaba. Para
conjurar lo anterior y para que los retornos no nos lleven al siglo XIX22,
sigue siendo imprescindible por consiguiente la historia social, una historia
social renovada que, por lo demás, ya está en marcha, a partir de la mejor
tradición angloamericana (Thompson, Samuel, Genovese, Davis, Stedman Jones...)23
y, últimamente, de los propios resultados del tournant
critique de Annales24.
b) El principio de globalidad frente a la
fragmentación galopante de nuestra disciplina.
Dijimos al principio que no cuestionábamos la
vitalidad de la historia profesional, e hicimos notar el caracter paradójico de
la situación presente -crisis y crecimiento-, pues bien, otro ejemplo, frente
al fenómeno de la superespecialización y del desmigajamiento de métodos y de
temas, estamos asistiendo a un movimiento en sentido contrario -aunque todavía
débil- de reunificación de géneros, como ya hemos comentado más arriba, al
hablar de la propensión de las historias subjetivas a concurrir con líneas más
objetivas de investigación, con la historia social más que con la historia
económica.
El fracaso de la historia total como
paradigma compartido -el más ambicioso y el menos aplicado- de la escuela de Annales y del materialismo histórico25,
causado tanto por el concepto subyacente (idealista) de totalidad como por la
inadecuación de los medios (metáforas mecanicistas) a los fines, deja una
problemática herencia a la historiografía del siglo XXI. La credibilidad
científica del nuevo paradigma (salvo que retrocedamos al positivismo de Ranke
o, más atrás aún, a la historia-ficción) dependerá, entre otras cosas, de su
capacidad para articular un pacto entre la inevitable especialización y la
globalización de su objeto de investigación; lo cual a su vez exige una mayor
atención a la metodología, la historiografía
y a la teoría de la historia: “el historiador futuro reflexionará..., o no
será”26.
c) La función social de la historia, o el
compromiso del historiador con un presente sin futuro. El retroceso de la historia
-concretamente, en España- en los planos de la educación y la investigación es
una consecuencia de la falta de conciencia -fuera e incluso dentro del ámbito
historiográfico- sobre la utilidad social de historia. Retomar el viejo
paradigma es hoy una tarea inaplazable para contribuir, desde la historia, a
que la sociedad de la información que Bill Gates nos anuncia no sea el
deshumanizado mundo de Orwell. Ahora bien, el presentismo ambiental, la idea de
que el mañana será igual al presente, y
que el pasado no interesa, de que la historia llegó a su fin, nos obliga a
variar el orden de los factores en la vieja relación pasado/presente/futuro:
hay que estudiar el pasado para conquistar el futuro y comprender así mejor el
presente, a fin de transformarlo. La crítica esencial al presente es demostrar
aquí y ahora, como historiadores, que existe el futuro. Y no se trata de que
que los historiadores tengamos que ser profetas o çadivinos -como anotó
justamente anteayer Julio Valdeón-, ni siquiera de coadyuvar en una
tranformación social, sino de algo mucho
más simple: ayudar a que el hombre y la mujer de hoy en día vean claro que hay
futuros alternativos, que el futuro existe porque existe el pasado, y nosotros
lo sabemos mejor que nadie.
LA INACABADA TRANSICIÓN
HISTORIOGRÁFICA ESPAÑOLA
Tres aspectos nos interesa desarrollar en
esta segunda parte del trabajo: el virtual papel de la historiografía española
en la transición internacional al nuevo paradigma27,
la relación entre transición política y renovación historiográfica en España, y
el problema del relevo generacional.
El papel internacional de la
historiografía española
Nuestra tesis es que la historiografía
española está en buenas condiciones -objetivas- para jugar un papel en la
síntesis tradición/innovación que va a caracterizar a la historiografía del
siglo XXI, adquiriendo así un perfil internacional propio; por las siguientes
razones:
a) Ausencia de escuelas historiográficas
propias. Lo que se suele citar como un handicap de la historiografía española
se convierte en ventaja cuando las grandes escuelas (extranjeras) entran en
crisis. El exceso de tradición también dificulta la renovación. Las trabas que
han encontrado la dirección de Annales para avanzar en su tournant critique, iniciado en 1989, a
pesar de la voluntad de sus promotores, es un claro exponente de lo queremos
decir.
b) Ausencia de movimientos pendulares
extremos que, en la práctica
historiográfica, hacen muy difícil la síntesis. Tal es el caso de la historiografía
francesa cuando pasó tajantemente de la historia económica-social a la historia
de las mentalidades28; o de la historiografia
norteamericana al transitar de la cliometría al “giro lingüïstico”. La
renovación cautelosa o el conservadurísmo de enfoques, según se mire, rasgos
peculiares de buena parte de la historiografía española, puede favorecer ese
ineluctable equilibrio -porque la innovación ya no adelanta sin la síntesis-
que a otras historiografías, que protagonizaron anteriores etapas de cambio historiográfico, tanto les cuesta.
Sirva como botón de muestra de estos movimientos del péndulo la actitud hacia
el marxismo de historiografías, como la francesa, que pasaron del
enaltecimiento en los años 60 y 70 a la marginación en los años 80 y 90. Y, sin
embargo, estamos convencidos de que haciendo tabla rasa del materialismo
histórico la síntesis no es factible.
c) Ausencia de un centro internacional de
avance historiográfico. Peter Burke argumentó en el Congreso “A histoira a
debate” que la innovación va ahora por la periferia29.
Nosotros iríamos más allá: la carencia de un gran foco reconocido internacionalmente en el presente (papel que
ocuparon primero Alemania, desde el siglo XIX, y después Francia, en especial
en las décadas centrales del siglo XX) nos conduce a una realidad tan
multicéntrica (además de los países citados, habría que añadir: Gran Bretaña, EE. UU., Italia...) que
cuestiona el mismo concepto-metáfora centro/periferia: todo el mundo puede ser
centro, también España, y los países
iberoamericanos30. En los años 90, la
diversidad de focos historiográficos implica una gran oportunidad para
historiografías nacionales antaño dependientes, donde la diversidad de
influencias ha sido más notoria y fructífera. Probablemente, en ningún otro
lugar sabemos mejor de dónde venimos, de dónde viene la historiografía
internacional -la confluencia del marxismo, la escuela de Annales
y la tradición neopositivista- que en España y
determinados países latinoamericanos, lo cual es muy importante para
saber adónde queremos ir.
d) El nuevo rol internacional de España.
Justo es reconocer que, desde la transición a la democracia, la situación
política de España en el mundo, y la imagen que en el extranjero se tiene de
nosotros, han variado enormemente, gracias al ejemplo de la transición política31
y las políticas seguidas en la pasada década. Paralelamente el idioma español
ocupa un sitio preeminente, después del inglés, como lengua hablada y escrita,
en el mundo32.
En diversos campos de la cultura (ante todo, cine y literatura) se ha
progresado en el mismo sentido: rompiendo la barrera autárquica y
subdesarrollada heredada del franquismo, y ofreciendo productos culturales
españoles que han alcanzado un eco internacional notorio. No se puede decir lo
mismo de la historiografía española, prácticamente desconocida fuera de
nuestras fronteras, salvo en ambientes hispanistas33:
podemos considerar inexistentes las traduciones de libros de historia españoles
a otros idiomas. Sin embargo, otras áreas de conocimiento de la universidad
española -sobre todo científicas “duras”- están logrando ya ese reconocimiento
internacional. Existen por lo tanto condiciones externas más que idóneas para
que la historiografía española -y en general las ciencias humanas- ocupe un
lugar más relevante en el concierto
internacional, superándose así de una vez por todas la hipoteca de los largos
años del franquismo.
e) La radicalidad de la situación social
de la historia en España. El aspecto más alarmante de la crisis
historiográfica en España es su dimensión social: la “mala fama”de la
licenciatura de historia como una carrera “sin salidas”, el desempleo de
licenciados y doctores en historia, y la falta de financiación para la investigación
de temas “humanísticos”. No obstante, esta situación adversa se puede
metamorfosearse en un incentivo, mejor dicho, debe transformarse en un acicate
para hacer valer la historia como una profesión socialmente útil y
científicamente necesaria. Con lo que entramos en lo que llamaríamos
-utilizando un esquema viejo pero todavía fértil- las condiciones subjetivas precisas, según nuestro parecer,
para que la historiografía española alcance su plena madurez, donde veremos
que, desde el punto de vista historiográfico, España vive una situación
paradójica, llena de oportunidades, desde finales de los años 80: crisis social
aguda de la historia y, sin embargo,
fuerte revitalización historiográfica.
Rematar la transición
Es sabido que los avatares de la
historiografía española -y por extensión de la universidad, la ciencia y la
cultura- han estado tremendamente condicionados por los cambios políticos
-radicales y contradictorios entre sí- que han jalonado la historia de España
durante el siglo XX, a los cuales los historiadores no han sido ajenos, cuando
no han sido sus víctimas34. Fueron dos las ocasiones (1936 y la transición 1975-1978) en que
acontecimientos políticos indujeron cambios historiográficos profundos en nuestro
país:
A)
La ruptura de la
tradición historiográfica liberal a causa de la guerra civil y de sus
resultados.
La historiografía liberal de las primeras
décadas del siglo pretendía un nivel europeo para la historiografía española,
la divulgación de la historia a través de la Instrucción Pública a fin de
engendrar un público culto, y la elaboración de una historia nacional de España35.
Objetivos que, salvo el segundo y por razones obvias, fueron en alguna medida
alcanzados por los historiadores españoles en el exilio: sirva como muestra el
prestigio internacional de Sánchez Albornoz y su célebre polémica con Américo
Castro sobre la historia de España. En cualquier caso, en la posguerra española
-y en cierta medida también en la
posguerra europea-, nuestra historiografía se estancó desde un punto de vista
metodológico y historiográfico, involucionando sobremanera en el interior de
España, en relación con una historiografía europea que incubó en el periodo de
entreguerras lo que ahora denominamos la revolución historiográfica del siglo
XX.
Una vez restaurada la democracia, y la
monarquía, la renovación historiográfica no enlaza con la tradición
liberal-positivista sino que parte de las nuevas bases: las creadas por las
nuevas tendencias internacionales, Annales
y marxismo, que atraviesan los Pirineos.
Con todo, hay que decir que esta nueva
historia española no ha conseguido aún: ni el pleno reconocimiento
internacional, ni ocupar el terreno de la divulgación histórica -hegemonizado
por escritores, periodistas e historiadores aficionados36-,
ni la reelaboración y difusión de una historia de España que sea la historia de
sus pueblos y no la proyección del hegemonismo castellano, como pensaban tanto
Sánchez Albornoz, fuera de España, como Menéndez Pidal, dentro37;
incluso la enseñanza de la historia -y, en general, los estudios humanísticos-,
después del primer impulso inicial con democratización de la universidad, está
retrocediendo -y no sabemos hasta dónde-.
Por todo ésto, y por otras cuestiones
que iremos desgranando, consideramos inacabada la transición historiográfica
española, paralela a la transición política de la dictadura a la democracia al
menos en parte (cuando cambia el régimen
político ya la historiografía española había puesto las bases de su
renovación), con la peculiaridad de que lo que queda por recorrer coincide con la transición
paradigmática al siglo XXI. Vamos hacia una segunda “normalización académica”
de la historiografía española (la primera tuvo lugar en los años 60 y 70).
B)
La transición
política legitima la nueva historia española.
La sustitución de la historiografía
tradicional -franquista en lo relativo a divulgación y enseñanza; positivista
en cuanto al método- por la nueva
historia ha tenido lugar en el marco de una apasionada lucha política contra la
dictadura, en la que estaba muy implicada al universidad, dividida
generacionalmente por dicha causa: estudiantes y PNNs demócratas por un
lado, catedráticos y demás profesores
del régimen, por el otro (salvo las consabidas excepciones que confirman la
regla).
Estos orígenes políticos38
marcan de forma endeleble la renovación historiográfica española, que se
desarrolla en los años 60 y 70 gracias el empuje de jóvenes historiadores
de influencia marxista y aun annaliste, y a la ayuda, asimismo, de
historiadores liberales o historiadores del régimen que mantenían posiciones
aperturistas39.
Veamos pues qué virtudes y qué defectos
supuso para la nueva historiografía española ese compromiso político con el
antifranquismo de sus sectores más avanzados.
Decimos virtudes porque la conquista de la
democracia acelera el proceso de innovación historiográfica e institucionaliza
la nueva historia como la historiografía oficial del nuevo régimen democrático.
Simúltaneamente a lo anterior, se produce
un rápido rejuvenecimiento del profesorado universitario, y la
universidad -y dentro de ella los estudios de historia- crece enormemente, permitiendo el acceso de los
hijos de las clases trabajadoras a la universidad, sin lugar a dudas uno de los
grandes triunfos de los sindicatos democráticos de estudiantes de la época de Franco. No ha sucedido lo
mismo con otras reivindicaciones que enarbolamos en los años 60 y 7040,
como la lucha democrática por una universidad al servicio de la cultura y del
pensamiento crítico, levantada contra la universidad tecnocrática del
franquismo desarrollista de los años 60. Las políticas neoliberales de los años
80 han puesto objetivamente de actualidad, mutatis
mutandis, la reivindicación del 68 de una universidad democrática, y
en consecuencia crítica y humanística: otro argumento en favor de la transición
inacabada de la historiografía española.
En el capítulo de los defectos historiográficos
derivados de los orígenes militantes antifranquistas de una parte substancial
de la nueva historia41- nos referimos a la historiografía marxista, en general, y
al contemporaneísmo, en particular-, asumimos para nuestro análisis el concepto
de “historiografía frentepopulista”, acuñado por Ucelay da Cal42
y de cierto uso entre los historiadores
catalanes. De entrada puede parecer excesivo caracterizar la historia más
progresista de la transición con un término vinculado a los años 30, a los
tiempos de la guerra civil, pero por eso mismo el calificativo tiene su sentido
y oportunidad. El franquismo “mantuvo frescos los puntos doctrinales y los
rencores, que naturalmente volverían a florecer en los años 70 con la muerte
del régimen dictatorial”43, es decir, hablando claro,
que mientras el país organiza la transición la historiografía mantiene vivo el
espíritu de la guerra civil44.
Partiendo de la idea de que la “historiografía
frentepopulista” es “el discurs dominant en el nostre món historiogràfic”, la
revista L’Avenç publica, en su
número 189 (febrero de 1995), un editorial apuntando que el GAL, la “cultura
del pelotazo”, la corrupción política,
significan la “mort de l’antiga esquerra”45
y por tanto el fin del “còmode consens frontpopulista imperant”46.
Ojalá fuese así, pero nos tememos que la trasnochada división de los
historiadores en “rojos” y “azules”, que unos y otros practicamos más de lo que
sería deseable en medios académicos, que sobrevivió a la política de
reconciliación nacional (PCE, 1956), al pacto entre oposición de izquierdas y
reformistas de derechas durante la transición, a la Constitución de “todos” de
1978, al ocaso de la guerra fría y la caída de los bloques militares en
1989, bien puede rebasar el “pequeño
acontecimiento” del desencanto -de una parte de la izquierda- con el PSOE. Es
menester algo más: un debate que cierre la transición de la historiografía de
la era franquista a una historiografía realmente democrática; donde la lucha de
ideas historiográficas ha de estar por encima de las posiciones políticas, las
cuales no debieran de ser un obstáculo
para la convivencia y la colaboración entre los historiadores47.
El propio desarrollo y homologación internacional de la historiografía española
hace necesario que adaptemos de una manera más plena el funcionamiento de
nuestra comunidad científica al pluralismo democrático. Mientras las
clasificaciones tácitas -que son las que funcionan- de los historiadores se
refieran más a etiquetas políticas que a posiciones historiográficas, el debate
no avanzará y la historiografía española seguira dependiendo el exterior, de
historiografías más maduras. Y con toso ésto no queremos decir que las diferencias
políticas no cuentan historiográficamente, por supuesto que cuentan pero no se
pueden reducir a ellas las diferencias historiográficas, y menos aún si se
parte de una maniquea bipartición en dos “bloques” políticos -que ni siquiera
se hallan en la España actual- que ocultan las diferencias realmente existentes
en el interior de cada “bloque”, tanto
políticas como, y sobre todo, historiográficas: se puede ser políticamente de
izquierdas e historiográficamente conservador - a muchos nos parece una contradicción,
pero así es en bastantes casos-, y a veces inclusive sucede lo contrario48.
Un ejemplo acerca de la cuestión del
pluralismo historiográfico. Se dijo en estas Jornadas que, en lo tocante a
revisionismo históriográfico, aquí no se estaba tocando la figura de Franco,
según lo visto en los congresos y coloquios hechos sobre el tema con motivo del
centenario, pero ¿cómo va a haber un verdadero debate si no se invita al
adversario revisionista con garantías -aunque sólo fuese por cortesía
académica- de que no va a resultar satanizado49?
No se trata pues de relegar la memoria de la
izquierda, frentepopulista, antifranquista, sino de hacerla valer -también
historiográficamente- por medios democráticos, intelectuales, en positivo, de
otra forma no resolveremos -nosotros, los que venimos de esa tradición- el
problema de su olvido por parte de las nuevas generaciones, nacidas en la
tolerancia y la libertad, como consecuencia del silencio que se impuso
tácitamente, desde los primeros momentos de la transición, sobre todos aquellos
recuerdos colectivos que pudiesen
“dividir” a los españoles y evocar a la guerra civil. Así fue como los
historiadores de izquierda “interiorizaron” su “frentepopulismo”. Sólo un
debate abierto y plural, con predisposición tanto a la controversia como al
consenso, facultará la normalización académica plena de la historiografía
española, y ello debería producirse mucho antes de que una generación nacida en
la democracia tome el relevo.
En resumen, la fortaleza en profesionalidad y
en producción de la nueva historia española contrasta con una relativa pero
chocante inadecuación al marco político democrático que ella ayudó a crear, y,
lo que es más importante, todavía no ha conseguido que “aprobemos” asignaturas
pendientes -desde antes del 36- que hacen referencia a objetivos
historiográficos claves: un mayor papel internacional, fundado en un mejor
relación con la sociedad civil española, lo cual presupone avanzar en el camino
de la alta divulgación histórica y de la redefinición histórica de eso que
llamamos España.
Para cumplir dichas metas, poniendo en juego
todas nuestras potencialidades, hay que dejar atrás aquellas cargas que son
consecuencia del largo paréntesis de la
dictadura y aun de las limitaciones de la joven historiografía de la
democracia, hay que rematar la transición historiográfica, iniciada hace veinte
años, superando otras actitudes también provenientes de la atmósfera mental del
franquismo y del antifranquismo, o del desencanto ideológico posterior.
Antinomias improductivas
En cuanto a mentalidades colectivas que influyen en los historiadores, una
herencia clara del anterior régimen consiste en juzgar la relación
historiográfica con el exterior mediante la dicotomía provincianismo/mimetismo.
La esterilidad reside en ambos los dos extremos: a) seríamos
"provincianos" los que ignorantes y felices escribimos la historia al
margen de la historiografía internacional, justificando el aislacionismo con
argumentos anti-"modas" y anti-"colonización", negando la
necesidad de salir al extranjero, practicando incluso cierto proteccionismo; b)
seríamos “miméticos” quienes hacemos todo lo contrario, adorar todo lo que
viene del extranjero -no se viaja, pero
se procura estar al día- que de inmediato se copia sin más: sin atender ni al
contexto de donde nace dicha nueva propuesta temática o metodológica, ni al
contexto historiográfico donde se pretende aplicar50. Con frecuencia los dos extremos se manifestan
en una misma persona; todos hemos
oscilado de una u otra forma entre ambas posiciones, que conducen al mismo
sitio: la subalternidad de la historiografía española, “conservada” de esta
suerte en una eterna minoría de edad. El problema es que no sabemos, todavía,
combinar originalmente lo mejor de cada parte: la valoración de la
historiografía española con las cada vez más imprescendibles conexiones
exteriores. Somos, más inconsciente que conscientemente, prisioneros de las dos
actitudes clásicas, heredadas de la época franquista, sino de antes, hacia las
“modas” extranjeras, sobre todo parisinas: el "no" de los que no ven
en ello más que peligros para el sistema establecido, y el "sí" de
los que no ven en todo lo que viene de fuera más que aires nuevos, aires de
libertad51.
En fin, una antinomia propia de un tiempo distinguido, en España, por un
arraigado subdesarrollo cultural, del todavía no hemos salido totalmente, al
menos en el campo de las ciencias humanas y sociales, y que nos ha impedido
seguir consecuentemente la vías abiertas
en los años 50 por Vicens Vives y, posteriormente, por Tuñón de Lara, buscadores eficaces de equilibrios y síntesis entre
la innovación que viene de fuera y la propia tradición, animadores de
los dos intentos más ambiciosos y recientes de fundar una escuela
historiográfica española renovadora.
De factura más reciente, fruto en buena
medida de las vicisitudes de las transiciones que estamos analizando -políticas
e historiográficas-, es el binomio pesimismo/optimismo proyectado sobre la situación actual y las
perspectivas de la historiográfia española. Naturalmente, la ideología oficial
es pesimista; y a ello no es ajeno ni el desencanto político -nacional e internacional- de la
generación del 68 que ha protagonizado la "historiografía frentepopulista",
ni la crisis general de la idea de progreso. La ideología oficial se refleja no
sólo en los diagnósticos "negros” sobre la realidad historiográfica
-nacional e internacional- y académica, sino también en la inexistencia de
alternativas. Se trata de una representación mental negativista que constituye,
sin duda, el mayor obstáculo -subjetivo- para lograr que la historiografía
española haga uso pleno de sus facultades y posibilidades. Consideramos
sinceramente vital que confrontemos,
mediante el debate, nuestro imaginario fatalista -o el voluntarista, aunque
menos frecuente- con la realidad objetiva, reemplazando los juicios de valor
por el análisis concreto de las propuestas concretas, es decir, situando el
debate sobre las alternativas, sobre el futuro, sobre las diversas respuestas a
una pregunta clave: ¿qué hacer? En el terreno de las simples percepciones
individuales, es de verdad complicado articular un debate y menos aún avanzar
consensos, la objetivación es por consiguiente ineluctable.
Por descontado que hay datos objetivos sobre
la situación historiográfica que avalan, tanto en España como
internacionalmente, el "pesimismo" pero ¿y los que informan en
sentido contrario, "optimista", sobre los que habríamos de incidir si
lo que nos preocupa es el futuro, si queremos ser actores y no espectadores?
¿Vamos a renunciar al "optimismo de
la voluntad" que Gramsci quería completar con el "pesimismo de la
inteligencia"? En la justa dosificación de inteligencia y voluntad está la
solución: estamos a favor de un optimismo realista, de una inteligencia
voluntariosa -o, mejor aún, de una
voluntad inteligente-, porque no renunciamos ni al progreso historiográfico ni
al progreso en general, y bien sabemos que después de los monstruos engendrados
por la razón moderna es preciso redefinir el concepto mismo de progreso.
Siguiendo con las falsas alternativas, que
reemplazan con excesiva frecuencia los verdaderos debates -por déficit también
de alternativas, reales y autóctonas, sobre las que discutir-, queremos
referirnos ahora a la antinomia autoflagelación/autocomplacencia (planteada
de algún modo en esta Jornadas por Julián Casanova al hacernos ver los límites
de la autocomplacencia52), y que no deja de ser una
prolongación de las antinomias anteriores.
En orden a mentalidades colectivas de los
historiadores españoles, lo muy corriente es todavía encontrarse con el
problema contrario: la autoflagelación. Está demasiado presente entre nosotros
cierto complejo de inferioridad -en relación con las historiografías
extranjeras-, originado en el antiguo régimen, que, francamente, no se corresponde con la realidad del auge
de la historiografía española de los últimos
treinta años. En ningún otro periodo histórico creció tanto nuestra disciplina
(la historiografía liberal-positivista se redujo a grandes personalidades). De
forma que estamos en condiciones de hacer un balance global bastante sólido,
pese al vacio de innovación de los años 8053, que está ahora resultando
contrapesado por la revitalización que la historiografía española vive en los
años 90, manifestada en la proliferación de congresos54,
revistas55
y asociaciones56,
y en el acortamiento de plazos a la hora de la recepción de innovaciones57
y de las traduciones de obras extranjeras58.
Muchos de los que participamos, en 1993, en
el Congreso de Santiago, tal vez un punto de inflexión de este proceso, hemos sentido que algo estaba cambiando
en la historiografía española, siendo el propio resultado del Congreso un
mentís a las tesis "pesimistas" de las que partíamos59
y una demostración de como en este momento marchamos más al paso de la
historiografía internacional. Lo cual no quiere decir que estemos a las mil
maravillas, sucede simplemente que las condiciones subjetivas han mejorado, las
estamos haciendo mejorar; tendremos que ser prudentes en nuestras expectativas
pero no pacatos, sobre todo a la hora de ser generosos y emplazar nuestro
debate historiográfico en una perspectiva de futuro, a sabiendas de que serán
otros quienes se beneficiarán -o resultarán perjudicados- de ello.
Dos son los protagonistas de este nuevo
impulso de la voluntad inteligente en
España: (a) el interés por la historiografía60-paralelo al existente en
otros países, animado por el clima de debate, y por las asignaturas homólogas
de los planes nuevos-, y (b) la nueva historia social61.
En el primer caso, después de estar años quejándonos -y con toda la razón- de
la ausencia de reflexión62, el progreso es
substancial, dada la escasez de tradición. El auge reciente de la reflexión
historiográfica en España -antes sólo interesaba a individualidades aisladas-
refleja el avance internacional del nuevo paradigma, demuestra que España está
venciendo el retraso usual, si bien -reconozcámoslo- todavía es excesiva
nuestra dependencia del "exterior" a causa de la superviviencia del
complejo de inferioridad de origen franquista/antifranquista, sin anterior.
Para que de la revitalización en curso
resulte el perfil nacional e internacional de la historiografía española que
estamos propugnando, es menester -además de un pensamiento historiográfico
autónomo- una mayor incorporación al debate y a la reflexión de los
historiadores jóvenes63, que en definitiva serán
quienes van a desarrollar la historiografía española en el siglo XXI, y, por
otro lado, la unificación del debate y de la reflexión entre las diversas áreas
de conocimiento histórico64, cuando menos entre
medievalistas, modernistas y contemporaneístas, incrementando la comunicación
inter-áreas, los congresos conjuntos (como el de Santiago y, en general, los
que viene organizando de Zaragoza la Institución Fernándo el Católico65),
etc. Para lo cual es imprescindible resolver otro problema, asimismo heredado
de la transición: la primacía del contemporaneísmo66
en el seno de la "historiografía frentepopulista", por cuanto
conlleva la marginación de aquellas épocas históricas que fueron
"ensalzadas" por el franquismo, la Edad Media y la Edad Moderna.
Terminar, en este sentido, la transición historiográfica en España implica
reequilibrar el interés público y académico -especialmente en la enseñanza
media- en favor de la historia de España
anterior a la república, guerra civil y dictadura franquista (y de la
historia universal anterior al siglo XX o la II Guerra Mundial). Cuestión que desborda, naturalmente, al
ámbito historiográfico, pero no por ello su resolución es menos imperiosa. La
homologación internacional reclama, también, una historiografía que cubra por
igual todas las edades históricas67, que sea capaz de recrear
en los ciudadanos una conciencia histórica verdadera, profunda, esto es, que
vaya más allá de las últimas contiendas civiles, del tiempo vivido por nosotros
y por nuestros padres68. Sobre estas dos
cuestiones, homologación internacional e historia de España, tan
interrelacionadas, todavía añadiremos algo más, aun a riesgo de repetirnos,
puesto que constituyen dos tareas
fundamentales -junto con la incorporación de la nueva generación- tanto para
poner término a la transición historiográfica española, como para lograr que la
historiografía española juegue el papel que le corresponde en el proceso de
formación del nuevo paradigma historiográfico.
Para nosotros no hay mejor índice de las
posibilidades de homologación internacional de la historiografía española que
la experiencia del Congreso Internacional que hemos organizado en julio de 1993
en Santiago de Compostela. Verificamos allí que vamos en el buen camino de la
desmarginalización de la historiografía española, pero todavía falta un buen
trecho por recorrer, en dos sentidos complementarios: (a) una recepción más
crítica de las innovaciones que vienen de fuera; y, sobre todo, (b) un
intercambio más igualitario con las historiografías extranjeras, que es lo más
difícil: pensar con la propia cabeza.
Para lo cual es condición necesaria, pero no suficiente, estar al día, potenciar las conexiones internacionales de
la historiografía española, en lo que se ha progresado bastante en lo que va de década, antes nunca se había
viajado tanto -sobre todo los jóvenes-69. Valoramos positivamente el
dinamismo de la historiografia española y la pronta recepción de novedades
internacionales en lo que va de década, los pasos siguientes, en el horizonte del año 2.000, han de dirigirse a
que nos sostengamos con nuestros propios pies.
La cuestión ahora es, sobre todo, subjetiva:
cambiar las actitudes colectivas, las propias y también las ajenas, al tiempo
que las prácticas historiográficas. La tradición historiográfica española ha
sido sucesivamente dependiente de Alemania, de Francia, de Gran Bretaña (años
80) y, últimamente, si bien en mucha menor escala ya que no han desaparecido
los influjos anteriores, de EE. UU. y de Italia. De hecho sabemos más de las
historiografías contemporáneas citadas que de la propia historiografía española
(sobre todo de la segunda mitad del siglo XX), y no lo comentamos porque no
valoremos el trabajo que se viene haciendo, y que habrá que seguir haciendo,
por analizar, y difundir, desde España,
las características y la evolución de las restantes historiografías europeas70,
sino por el coste que supone. Tratamos de orientar la historiografía española
indirectamente, sin citar prácticamente autores españoles, por medio de
estudios sobre historiografías extranjeras: una suerte de alienación
historiográfica que pone de manifiesto las dificultades que tenemos para asumir
nuestro pasado historiográfico, en definitiva la propia identidad, y hace que nos pasen despercibidas tentativas españolas valiosas de abrir
originales vías de investigación, que habrá que redescubrir y animar.
La plena integración internacional de la
historiografía española, basada en el intercambio, requiere en resumidas
cuentas una mayor atención a la investigación de la historiografía española más
reciente, un gran esfuerzo para la elaboración de alternativas historiográficas
-desde España- sobre los problemas de la historiografía internacional, de
modelos “exportables” de investigación71, recreando planteamientos
“importados”... Formar a los jóvenes en esa dirección es vital, puesto que
estamos hablado de metas historiográficas para el siglo que viene, y ello sólo será posible si superamos la
nociva idea de que para reflexionar sobre metodología, historiografía -campo de
investigación que de un modo u otro se está imponiendo- o teoría de la
historia, o para hacer planteamientos temática o metodológicamente renovadores,
es necesario tener años y años de experiencia, o, lo que es aún peor,
determinado estatus académico: la experiencia de nuestra generación fue más
bien la contraria.
¿Qué hacer con la historia
de España?
El lugar en el mundo de la historiografía
española guarda una relación más directa de lo que se piensa con el papel de la
historia “en” España, y ésto a su vez tiene que ver con la atención que los
historiadores prestamos a la investigación y difusión de la historia “de”
España, y ahí damos en hueso.