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Historia de las mentalidades, historial social

 

Carlos Barros

Universidad de Santiago de Compostela

 

            La constante preocupación de los fundadores (1929) de la revista y de la escuela de los Annales, Marc Bloch y Lucien Febvre, por hacer una historia sintética, total, les condujo a estudiar tanto las bases económicas como las bases sicológicas y culturales de los hechos históricos: en lucha con una historia positivista, tradicional, que «profesa la sumisión pura y simple a los hechos»[1], y con una historia de la filosofía que separa las ideas del tiempo, del espacio, de la vida social[2]. Resultando por un lado una historia económica y social que poco a poco hegemoniza -a la par que crece la influencia del marxismo en las ciencias sociales- la producción historiográfica entre el final de la II Guerra Mundial y 1969; y por el otro, una historia de las mentalidades que reaparece con tal fuerza en los años 70 y 80 que es justamente reivindicada como el emblema del éxito presente de la Nouvelle Histoire[3], como su último triunfo innovador, puesto que ahora, se asegura: «Las grandes revoluciones son de ayer. Explotamos lo adquirido, de una manera que no siempre es atinada»[4].

 

                El caso es que junto a la gestión y difusión de los conocimientos adquiridos la historiografía tiene hoy un gran problema que resolver, derivado justamente de la diversidad de métodos, temas y saberes acumulados últimamente: ¿cómo articular todo ello al objeto de impedir la fragmentación de la historia en múltiples disciplinas especializadas y autómas, dependientes de tal o cual ciencia social fronteriza?, ¿cómo ser más fieles al principado metodológico de una historia global, consustancial a la historia como ciencia social? Un aspecto que consideramos vital de esta problemática, que se anuncia como el eje del debate para los años 90, es hacer converger, en la práctica investigadora y en la teorización historiográfica, la historia social y la historia de las mentalidades, líneas de investigación que ahora mismo mantienen separadas: las presiones de la sociedad civil de esta coyuntura histórica y el movimiento pendular típico del historiador profesional, el debate de las escuelas historiográficas y la incomunicación entre ellas...

 

Del sótano al granero

 

                El formidable salto que han dado en los pasados veinte años los historiadores franceses, desde Philippe Ariès a Michel Vovelle, de lo económico a lo mental, desde el sótano al granero, es desde luego la conquista valiosa de un nuevo territorio. ¿Puede una historiografía importante, sea o no materialista, dejar de plantearse la exploración de la acción sicológica de los hombres, sin renunciar a una explicación global de la historia?[5]. La verdad es que hubo intentos anteriores -aparte de las aportaciones individuales de Norbert Elias y Erwin Panofsky, entre otros-, o paralelos, a los Annales de avanzar hacia una sicología histórica, pero ninguno logró resultados tan amplios y fructíferos tanto en el mundo universitario y de la investigación como en el ámbito de la divulgación histórica; la sicohistoria norteamericana todavía arrastra dificultades para ser aceptada plenamente en los medios profesionales[6], y la antropología histórica está precisamente alcanzando un perfil propio como disciplina gracias al auge de la historia de las mentalidades.

 

                El problema del investigador que quiere en este momento adentrarse por los nuevos senderos de los mental colectivo no consiste solamente en decidir qué tema, qué fuentes y qué metodología seguir: precisa resolver la duda de que tales incursiones en los nuevos territorios no entrañarán la pérdida irreparable de las viejas tierras antaño recorridas, descubiertas y explotadas con mucho esfuerzo y con buenos resultados, cuya inutilidad e improcedencia epistemológica parece deducirse de una historia de las mentalidades que, presentada como alternativa a la historia económico-social, confronta las diferentes etapas de la historia de los Annales, abriendo virtualmente una fisura muy seria en el amplio consenso científico del que ha gozado hasta el presente la nueva historia, dentro y fuera de Francia, lo que beneficiaría en primer término la vuelta por los fueros de la historia tradicional, ya veremos conque ropaje.

 

                En resumidas cuentas, se trata de no reproducir, en otro contexto, los excesos cometidos al denunciar la historia narrativa y acontecimental (señalemos que ello contribuyó a la desatención de la Nouvelle Histoire hacia los conflictos y las revueltas, particularmente hacia la Revolución Francesa) en nombre de la historia económica y social; la práctica investigadora y divulgativa de una historia de las mentalidades al margen o en contraposición con la historia social y económica, podría conducir a la cierta marginalidad de ambas, de la primera en favor del enriquecimiento de otras ciencias sociales mejor preparadas para el análisis del «tercer nivel», y de la segunda en beneficio de la moda del momento, lo cual en parte ya está ocurriendo. Tengamos muy en cuenta que la historia de las mentalidades, además de una formidable apertura totalizadora de la historia a nuevos objetos, es una moda cultural cuyo éxito entre el público no especializado es indefectiblemente transitorio, provisional.

 

                Huyamos de las falsas alternativas. La ventaja del relativo retraso de la historiografía española[7] en la incorporación plena al estudio de las mentalidades, es que posibilita en total aprender, sin el lastre previo de lineas de investigación consolidadas, de las luces y de las sombras de los resultados obtenidos por la historiografía francesa, que reconoce en su balance el debe y el haber: «La historia de las mentalidades, como fórmula encuentra su pleno éxito en el momento mismo cuando, como manera de actuar, ella parece revelarse la más frágil»[8]. Para ello es pues necesario que analicemos sumariamente cómo evolucionó el concepto de mentalidades, su enfoque metodológico y la investigación a que dió lugar en Francia durante la expansión de las últimas décadas.

 

                Distinguimos claramente tres tiempos: el relanzamiento de la idea en los años 60, el impulso decisivo de los años 70 y el apogeo crítico de los años 80. Momentos importantes de dicho proceso son las obras colectivas: L'Histoire et ses méthodes (1961), Faire de l'histoire (1974), La Nouvelle Histoire (1978), Dictionnaire des sciences historiques (1986).

 

                El relanzamiento de los años 60 está esencialmente en linea con la propuesta originaria de Bloch y Febvre en el período de entreguerras: (1) Una historia de las mentalidades vinculada a la historia social[9]. A finales de la década Georges Duby respondía a una pregunta sobre «los problemas y las perspectivas para la constitución de una historia social de las lógicas mentales y las categorías ideológicas», diciendo que «evidentemente, ése es el objetivo. Pienso que habrá que esperar mucho tiempo antes de que esta historia sea posible, pero me parece que es un objetivo apasionante»[10]; al tiempo que manifestaba la preocupación de caer en la tentación idealista de explicar la historia por la mentalidad, concediéndole a ésta una autonomia excesiva[11]. (2) Una historia de las mentalidades vinculada a la sicología colectiva. En su trabajo pionero definiendo la nueva especialidad, fechado en 1961, Duby propone la historia de las mentalidades como un «plan de investigación de una historia verdaderamente sicológica», convocando a los historiadores a «conceder una atención particular a una de las ciencias que arrastran, especialmente joven y conquistadora: la sicología social»[12]; y en 1960 Alphonse Dupront presenta una comunicación en el XI Congreso Internacional de Ciencias Históricas planteando la necesidad de la «historia de la sicología colectiva», rigurosamente científica, como una nueva disciplina particular de la historia, con su materia y sus métodos, demandando para ello «un esfuerzo internacional metódicamente concertado»[13], que al final no se produjo, focalizándose en Francia la constitución de una historia de las mentalidades extendida por las disciplinas culturales tradicionales.

 

                El impulso decisivo de los años 70 parte de un artículo clave de Le Goff publicado en 1974, Las mentalidades: una historia ambigua[14], donde el autor muestra sus reservas sobre la historia sicológica y social que se había estado haciendo -también Le Goff- en los años 60: «se habla mucho de historia de las mentalidades, pero se han dado pocos ejemplos convincentes», y se pregunta: «¿Hay que ayudarla a ser o a desaparecer?». La respuesta es positiva, e incluye el principio metodológico de los Annales que guiaba la nueva historia de las mentalidades: «sería craso error separarla de las estructuras y la dinámica social. Es, al contrario elemento capital de las tensiones y de las luchas sociales». Pero hoy sabemos que, salvo excepciones (Les trois ordres ou l'imaginaire du féodalisme -1978-, de Duby; Vovelle, Agulhon ...), el análisis del mental colectivo en las estructuras sociales, y más aún en los movimientos sociales, constituyó lo que la vieja carretera provincial para la nueva autopista de la historia de las mentalidades, que debía su auge y su atractivo, nos explica Le Goff, al «desarraigo que ofrece a los intoxicados de la historia económica y social». Objetivamente la historia social y la historia de las mentalidades se distancian, relacionándose incluso dicotómicamente: en el futuro el investigador bien trabajará en el campo de lo social bien trabajará en el campo de lo mental[15].

 

                La principal contribución del citado artículo, que explica bastante bien el éxito del nuevo dominio así como su distanciamiento de la historia social, fue la proclamación de ambigüedad que se anuncia en su título «La principal atracción de la historia de la historia de las mentalidades está precisamente en su imprecisión (...) Pese, o mejor a causa de su carácter vago, la historia de la mentalidades está en vías de establecerse en le campo de la problemática histórica». Y así ocurrió. La indefinición declarada, y mantenida año tras año, del concepto de mentalidad hizo posible su asunción por parte de una gran variedad de disciplinas históricas que de este modo renovaron sus planteamientos (dejándonos obras valiosas) y garantizaron mejor su difusión pública, aunque quince años después al contemplar dicha multiplicación y heterogeneidad metodológica y temática -consecuencia también de la declaración de ambigüedad- es muy difícil no ver el «cajón de sastre» que quería evitar Le Goff, quien por otro lado no deja de reconocer que «lo que aportará quizá la definición satisfactoria de esta palabra ambigua «mentalidad» será la medición cuantitativa de las masas de hechos, opiniones o expresiones verbales utilizando el método de las escalas de actitudes[16]. El uso de los métodos cuantitativos puestos a punto por los sicólogos sociales no obstante se relega, como en la década anterior, a un futuro indefinido -«los historiadores y psicólogos algún día deberán encontrarse y colaborar»-, a la vez que crecen en importancia las lecciones que la antropología, la otra ciencia social fronteriza, aporta a la historia de las mentalidades. Hasta el punto de que, en este momento, el nucleo de la revista Annales más que historia de las mentalidades hace antropología histórica, por lo demás sumamente interesante.

 

                En 1978 Le Goff presenta la edición del diccionario La Nouvelle Histoire saludando el clamoroso y sorprendente éxito de Montaillou, village occitan de Le Roy Ladurie, del que se habían vendido 180.000 ejemplares desde noviembre de 1975 a abril de 1978, como la prueba visible de que «esta empresa está en el buen camino»[17]. Montaillou como obra maestra de la antropología histórica, añade Le Goff más adelante en el citado libro, «manifiesta bien el deseo totalizante de la historia nueva que el término de antropología histórica, sustituto dilatado de la historia, expresa sin duda de la mejor manera»[18]; concluyendo así: «Pero la historia económica y social, en la forma que la practicaban los Annales del primer período, no es ya el frente pionero de la historia nueva: la antropología (...) ha devenido el interlocutor privilegiado»[19]. Ariès constara asimismo en su artículo sobre las mentalidades «la decadencia de los sujetos socio-económicos»[20], y el mismo Michel Vovelle en enero de 1979, en un seminario -a contracorriente- del Institut de Recherches Marxistas acerca de «Mentalidades y relaciones sociales en la historia», anota que la «historia de las mentalidades es hoy una causa ganada (...) en Francia al menos, las mentalidades, en tanto locomotora de la historia, parecen haber destronado la historia económica, y aun la historia social»[21].

 

                De manera que a la inquietud típica de los años 60 de «atribuir a las estructuras mentales una autonomía demasiado profunda con respecto a las estructuras materiales que las determinan»[22], sucede primero el mentís, «la mentalidad no es reflejo» de las infraestructuras socioeconómicas, junto con el mantenimiento de que tampoco es «el renacimiento de un espiritualismo superado»[23], y por último -1986- la prohibición neta de tener «la menor tentación de un determinismo que redujera lo cultural a lo social»[24]. Ahora bien, la historia de las mentalidades, es decir su versión más extendida y apartada de la historia social, no supone en nuestra opinión un rebrote apreciable de una historia tradicional de tipo idealista, por la sencilla razón de que por lo regular elude la búsqueda de explicaciones a los hechos sociales y políticos de mayor trascendencia, inmersa en un proceso de dispersión disciplinar y de enfriamiento del interés por la historia-problema.

 

                En resumen, durante los años 70, el triunfo de la historia de las mentalidades, enseña y bandera de la nueva historia, tiene un coste historiográfico. La historia de las mentalidades ocupa el centro del escenario de la historiografía -Francia y sus zonas de mayor influencia-, innovando métodos y encontrando nuevos objetos -pero no nuevos sujetos-, desplazando a un lugar subordinado a la historia económica y social, desvinculándose de ella y buscando la historia total más en la antropología que en la historia social, lo cual supone un sobresaliente discontinuidad en la historia de los Annales -que levanta lógicamente no pocas críticas-, discontinuidad que tiene asimismo su reflejo en la sustitución de la sicología social por la antropología, en el puesto de colaboradora principal de la historia para la investigación del universo mental.

 

                La verdad es que también que ha cambiado el escenario, y la otra cara de la moneda del éxito de la Nouvelle Histoire en el terreno de la vulgarización histórica y de los medios de comunicación social, es una mayor dependencia de los consumidores de historia y sus evoluciones mentales; lo que sumado al descenso de la influencia del estructuralismo y del marxismo en las ciencias sociales, obtenemos el marco objetivo en que tiene lugar el alejamiento de la historia social por parte de los sectores más renovadores de la historiografía francesa. Sin embargo, mientras ésto acontecía en el continente la historia social florecia en el mundo angloamericano, ¿inciden distintos factores objetivos? Tal vez debamos nosotros mismos, historiadores, constituirnos en sujeto y cuestionarnos si la elección, la modificación o el reemplazo de una paradigma inherente a una ciencia social, ideológica y cultural. Quienes consideran que las ciencias sociales no existen como tales, o que la historia no es una ciencia, contestarán como es natural negativamente. Para los demás, la gran mayoría de los historiadores de profesión, recordemos, con Barraclough, que un «factor que obstaculiza la adopción de una actitud nueva y más científica para con la historia es la ineptitud de los historiadores para disiociarse de su propio medio»[25].

 

El esplendor en la crisis

 

                Conforme la historia de las mentalidades acrecienta el prestigio y, sobre todo, la popularidad, su presencia deviene formalmente invisible en el universo francés de la investigación histórica. Paradoja que ilustra el punto crítico que alcanza el fenómeno en el momento mismo de su eclosión. La pregonada vaguedad del afamado término alcanza de este modo su gráfica plenitud en los años 80.

 

                Duby comentó las dificultades que tuvo hacia 1956 para fundar en Aixen-Provence un seminario consagrado a las mentalidades medievales, le decían que «esa palabra no es francesa»[26]. Posteriormente, entre 1965 y 1980, el término mentalidad/es está presente en la denominación de siete centros de investigación, cátedras o seminarios de historia: Aix (Vovelle), Besançon (Léveque), Montpellier (Cholvy), Collége de France (Delumeau), París VIII (Delort), Toulouse (Godechot), Tours (Chevalier); en cinco de estos casos se relaciona estrechamente, siguiendo el modelo Duby-Mandrou, la historia de las mentalidades con la historia social, en los dos restantes, se estudian las mentalidades religuiosas[27]. Todavía las tesis de Estado sobre mentalidades aparecen enumeradas debajo de la rúbrica «historia social»[28]. Vayamos ahora a los seminarios de Historia (curso 1979-1980) de la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, centro neurálgico de la Nouvelle Histoire en el campo de la investigación: sólo uno de ellos acoge el concepto de mentalidad, «Histoire sociale des mentalités modernes», dirigido naturalmente por Robert Mandrou; otro se llama «Psychologie historique» (Morazé) y un tercero, «Psychologie collective et histoire de la civilisation européenne» (Dupront); el dato más revelador es desde luego la presencia de seis seminarios que se reclaman de antropología histórica (también etnohistoria, o antropología e historia), dirigidos por Jacques Le Goff, André Burguière -ambos de la redacción de Annales y otros[29]. Finalmente, programa de seminarios y enseñanzas complementarias de la Ecole para el presente curso de 1988-1989: ninguna referencia en los títulos a las nociones clásicas de mentalidad y sicología histórica, la solitaria sicología colectiva de Dupront encabeza ahora una nueva sección, «Anthropologie historique», que emancipada de «Histoire» compite ahora con ella, a la vez que con la «Anthropologie sociale» de M. Godelier y otros; la nueva y pujante disciplina, animada por Le Goff, Schmitt y Burguiére, incluye la arqueología y la cultura material, así como estudios demográficos, y aun está presente en los nombres de tres seminarios más del apartado- madre «Histoire»; la antropología histórica de la Ecole será principalmente una antropología simbólica que pone al descubierto el nuevo dominio del imaginario colectivo, agente histórico eficaz y ausente por lo general del trabajo de investigación.

 

                En fin, que en la práctica de los años 80 la escuela de los Annales[30] no sólo ha sustituido la historia económica y social por la antropología histórica como frente pionero de la investigación histórica, sino que la antropología histórica reemplaza también a la historia de las mentalidades en su sentido estricto y original, a saber, como historia de las mentalidades sociales. De hecho los temas más en boga y más imitados de la nouvelle historia francesa de las mentalidades[31] no son sino materias antropológicos: familia, alimentación, cuerpo, sexualidad, enfermedad, fiesta, brujería ... Estamos convencidos de que el libre desarrollo de las dos disciplinas, antropología histórica e historia de las mentalidades, exige ahora superar el malentendido que las confunde, levantando el sambenito de ambigüedad a lo mental, y respondiendo así a «las incesantes solicitudes de una historia social que ha impuesto demasiado tiempo parcelaciones a veces demasiado simples ...»[32]; la originalidad renovadora de la historia de las mentalidades en sus comienzos, ¿no consistía precisamente en dejar atrás, ofreciendo respuestas complejas más satisfactorias, las relaciones demasiado simples y deterministas entre las infraestructuras y las superestructuras? Si despegamos el estudio del «tercer nivel» de la historia social, es imposible que digamos algo nuevo sobre las articulaciones base/superestructura. A no ser que la búsqueda de la totalidad histórica a través de la antropología incluya, además del imaginario y de la cultura material, la antropología social y política -el rol del poder-; los tiros no parecen ir de momento por esa dirección y, en todo caso, las posibilidades de que una ciencia social sirva de base para que otra ciencia social pueda lograr un enfoque global están limitadas objetivamente porque las bases epistemológicas distintas son distintas (el tiempo para la historia, el hombre para la antropología), y subjetivamente porque cada una de ellas tiene una larga y diversa tradición investigadora, académica, institucional. La potente tendencia actual a la superespecialización condiciona el éxito de la interdisciplinaridad a que se cimente en la colaboración más que en la anexión. La antropología histórica es un foco interdisciplinario de investigaciones pioneras que benefician a las dos ciencias, pero difícilmente puede ser una alternativa para el conjunto de los historiadores -o para el conjunto de los antropólogos- en sustitución de la historia social.

 

                La historia de las mentalidades coadyuvó a propiciar cosas historiográficamente importantes: reclamar la atención de todos los historiadores acerca de una materia de investigación que estaba prácticamente abandonada, una fértil y novedosa experiencia conjunta entre antropólogos e historiadores, la renovación de la historia religiosa, de la historia de las ideas, de la historia cultural, etc; pero ha fracasado en conseguir que la historia social y económica asumiese plenamente la dimensión de lo mental, basta ver cuántos investigadores, que animados por el ejemplo de los Annales se habían hecho durante los años 60 historiadores de la sociedad y de la economía, no han seguido sin embargo el nuevo surco de la historia francesa de las mentalidades.

 

                En su sentido más amplio la historia de las mentalidades es, recapitulando, la fórmula genérica que abarca principalmente -hoy, en Francia- tres grandes áreas de conocimiento: antropología, historia cultural y historia social. Las dos primeras no incluyen el concepto de mentalidad en la autodefinición de la disciplina, y la tercera sí pero suscita en la actualidad menor atención, al decaer la historia socioeconómica francesa como frente de investigación innovadora: la historia social es la pariente pobre pero honrada de la historia de las mentalidades.

 

                La historia de las mentalidades nace también de la critica a una historia de las ideas y de la cultura que analizaba su objeto sin tener en cuenta la sociedad y la sicología colectiva que regían en aquél tiempo[33]. Lo cual sirvió para que la historia cultural se reformulara como una historia sociocultural[34], que adherida a la historia general de las mentalidades reivindica ésta[35], al igual que la antropología histórica y en estrecho contacto con ella, expandiéndose como historia social de las ideas, sociología histórica de las prácticas y de los modelos culturales, historia de la educación, ... Asoma también en la última historia cultural cierta vocación de recambio respecto de la abstracta -y tal vez un poco desgastada por el uso ambiguo, pero bien implantada en el lenguaje historiofráfico- denominación de origen «historia de las mentalidades», para cuyo cometido aporta su rico patrimonio de temas y métodos. En lineas generales, hay que decir que la historia cultural ha sabido renovarse manteniendo determinada continuidad entre la historia social y la historia de las mentalidades, a pesar de la tendencia general al divorcio; eso sí, recalcando siempre la autonomía simple de lo mental y de lo cultural en relación con lo social y lo económico, que en principio puede bloquear tanto la práctica científica como la vieja concepción del determinismo simple.

 

                Las obras artísticas y literarias son documentos privilegiados de la historia del imaginario que sugestionan al historiador de las mentalidades[36] atrayéndolo a los terrenos tradicionales de la historia cultural, participando de este mode en el ensanchamiento del campo de las mentalidades al conjunto de la superestructura de la sociedad.

 

                La historia del imaginario[37] es, en este momento, el centro de atención hacia el que convergen las dos disciplinas académicas que hegemonizan en Francia la historia de las mentalidades, la antropología histórica y la historia cultural -por ese orden-. Las representaciones imaginarias -imágenes, símbolos y realidades inventadas- desplazan el interés anterior por otras funciones mentales, y dan lugar a una nueva subdivisión temática de la historia de las mentalidades que dispersa el concepto inicial al mismo tiempo que lo amplia extraordinariamente[38].

 

                Este segundo esplendor, que estamos refiriendo, de los Annales en los años 80 (el primer apogeo fue con la historia social y económica en la postguerra), bajo la bandera de las mentalidades, tuvo -tiene- sus críticos cualificados. En 1981, François Furet, se descuelga con un artículo en la revista Le Débat, dirigida por Pierre Nora (en la actualidad ambos directores de estudios en la Ecole), que tiene por significativo título: «Al margen de los Annales. Historia y ciencias sociales». Furet pone en evidencia la vaguedad y cuestiona la falta de contenido de la palabra-emblema, reconociéndole una plasticidad metodológica «casi infinita», atribuyendo por otra parte a la historia de las mentalidades -que es a menudo «como un sustituto a la francesa del marximo y del sicoanálisis», dice él- el caer en la «ilusión de que gracias a ella se percibe una suerte de social global, reunificando la infra y la superestructura». En nuestra opinión para que eso tuviese visos de realidad sería preciso una redifinición del término que juntase la teoría de las mentalidades de los años 30 y 60 con los logros metodológicos últimos de la antropología histórica y la historia cultural. Furet achaca la notoriedad de las mentalidades a un sentimiento de nostalgia, a un deseo de volver «al mundo que hemos perdido»; y concluye afirmando que «esta prestidigitación semántica no ofrece adquisiciones reales de intelegibilidad», condena que hace extensible «mismo cuando ella se bautiza 'etnológica»[39].

 

                El juicio negativo de Furet sobre la historia de las mentalidades no es más que una parte de una dura crítica/autocrítica global de la Nouvelle Histoire. «Todas esas batallas ganadas contra la estrechez y la autosatisfación de la disciplina, y que finalmente han fundado una institución, han exinguido poco a poco su razón de ser», afirma Furet, luego de intentar comprender «veinte y cinco años después, lo que queda de común entre nosotros, aparte de reminisciencias y sentimientos», y de responder asegurando que en la Ecole de Hautes Etudes «no hemos rehecho ningún consenso historiográfico». Apreciaciones que, paradójicamente, rematan constatando que la escuela de los Annales pierde razón de ser cuando alcanza su máxima influencia en Francia y en el extranjero, cuando a «falta de adversarios particulares, ella no recibe más que alabanzas generales»[40].

 

                Dos años más tarde, en 1983, Le Débat vuelve a la carga en la misma dirección con una nota editorial que abre una encuesta, «¿Dónde va la historia?»: la nueva historia es un astro muerto; multiplica investigaciones vacias de resultados; la investigación de vanguardía está ya en otra parte; la historia-problema está agotada; la historiografía está en un momento de transición; se busca otra historia[41]. Pierre Chaunu es el primero en responder, con una llamada conservadora a explotar lo adquirido -incluido el «tercer nivel»-, aunque no deja de cuestionar la arribada, a través del discurso sobre el discurso, a una antropología histórica «un poco floja -molle-, de la cual los verdaderos antropólogos no ven muy bien todavía lo que ella podría enseñarnos», y para concluir plantea la «libertad de elección» ante el hecho normal y sano de que la investigación en ciencias sociales obedece a corrientes de una pluaral sociedad civil (más adelante, no obstante, se muestra preocupado por una historiografía hoy demasiado cercana a las necesidades de una sociedad civil en crisis, marchando al «paso brusco de las modas contradictorias del momento»), escogiendo él la alianza con las ciencias duras: matemáticas, estadística, informática[42].

 

                En nuestra opinión el aspecto central del debate sobre la escuela de los Annales hoy, que dada su influencia en la historiografía española nos implica directamente, y en particular sobre el futuro de la historia de las mentalidades, que interesa al tema que estamos desarrollando, es el papel de la historia en relación con las ciencias sociales y hasta, más allá, con el conjunto de la sociead. Furet en su provocador artículo de 1981 apunta su opción para salir de la crisis que atraviesa la nueva historia en la hora de su apogeo: borrar provisionalmente los tabiques que separan la historia de las disciplinas vecinas, y constituir un «saber global, ecuménico». No se trata claro está de perseverar en el objetivo de una historia total, que considera «inasequible», sino de renunciar a la «superstición» de la división cronológica y de la periodización, al pensamiento genealógico como factor definitorio de la historia, reivindicando, además del carácter histórico de lo inmóvil -lo que no tiene duda para nosotros-, la necesidad de privilegiar los objetos de larga duración para de esa manera converger mejor con las ciencias sociales[43].

 

                La historiografia anglosajona viene criticando con energía esta tendencia reciente de la historiografía francesa a minusvalorar el cambio en la historia, potenciando sobre todo la historia inmóvil, permitiendo el predominio de lo sincrónico sobre lo diacrónico y que la sofisticación metodológica usurpara el papel principal del proceso histórico en sí mismo, hasta tal punto que las cualidades de un historiador hoy se miden, dicen, por su aptitud en otra disciplina de presumida relevancia[44]. Hay que reconocer la pertinencia de estos reproches, siempre y cuando no nos lleven a un repliegue de la historia sobre sí misma, peligro que hoy parece lejano.

 

                ¿Es posible que hoy ya no sea como en 1967 «una minoría de la minoría» quienes en Francia, víctimas de cierto vértigo, estarían dispuestos a aceptar la dilución de la historia en las ciencias humanas?[45]. Concretamente, en lo relativo a la historia de las mentalidades, ¿se trata de una reacción éxitosa de la historia, ante el empuje de la antropología y la sociología «que ponían en causa su dominio», que consigue la anexión de nuevos objetos y nuevas técnicas?[46]; o bien estamos ante la aceptación de la hegemonía provisional de la antropología en el seno de las ciencias sociales que, sin excluir otras direcciones de investigación, decide los temas que juegan «el rol de instancia de totalización»[47]. Creemos que la colaboración interdisciplinaria entre la historia de las mentalidades y la antropología, y la sicología y las demás ciencias sociales, deben basarse no en la pugna por ver quién domina a quién, sino en un intenso intercambio que respete las diversas bases epistomológicas de cada una de las disciplinas; objetivo que tal vez en España la relación de fuerzas entre las ciencias sociales puede devenir más factible que en Francia.

 

                Jacques Le Goff anuncía que, para este año de 1989, en que se cumple el sesenta aniversario de la revista Annales, ésta realizará una encuesta sobre la crisis de la historia en general y de la escuela de los Annales en particular, y que la redacción de la revista expondrá al respecto sus opiniones y propuestas, lo que por su inusualidad es una prueba más de cómo se percibe la urgencia de clarificar y recomponer la unidad y la perspectiva de futuro de la Nouvelle Histoire; Le Goff, al mismo tiempo que admite la necesidad del debate, se queja de que las críticas a la Nouvelle Histoire le reprochan «una cosa y su contrario», ser incapaces de salir del carril de la tradición de Annales y renegar de ella abandonando la historia total por una historia «en migas», aclarando que la primera crítica es más general que la segunda[48].

 

                Son tres los niveles que designan, a la vez, la escuela de los Annales[49]: a) la revista, cuyo comité de dirección son hoy Le Goff, Burguière, Le Roy Ladurie, Revel, Ferro, Morazé y Valensi; b) la Ecole de Hautes Etudes, donde se encuentran además Nora, Furet, Chaunu, Besançon, Vilar ...; c) el esprit des Annales, que en su acepción más amplia comprende a quienes se identifican con las concepciones históricas desarrolladas por Bloch, Febvre y sus discípulos. Sin duda el centro del debate se encuentra en el segundo nivel.

 

                Un libro representativo de la crítica conservadora a la escuela de Annales es el publicado en 1983 por Hervé Coutau-Begarie, Le phenomene «Nouvelle Histoire». Stratégie et idéologie des nouveaux historiens, donde se lamenta que la escuela no recibe criticas globales y se la rodea de un aire de sacralidad[50], situación que el autor trata de remediar descubriendo el importante papel que juega la estrategia por el poder (Universidad, edición, medios de comunicación social) en el éxito y las preocupaciones de los annalistes, en cuyo futuro ve sombras, anotando datos como la falta de maestros indiscutidos como Bloch, Febvre, Braudel y Labrousse, las críticas internas recibidas (Besancon en 1980) y la concurrencia de otras corrientes emergentes -al margen de los Annales- como la representada por Mousnier y Renouvin, acabando por reconocer que siendo la nueva historia el único grupo organizado, no son de prever grandes cambios, pero «la rehabilitación del relato, del acontecimiento y de la política ha comenzado ...»[51].

 

                En defensa de una historia-ciencia del cambio, que busque la síntesis y la globalidad sin diluirse en las ciencias sociales, en linea con las primeras generaciones de los Annales, citaríamos en primer lugar el libro de François Dosse, L'histoire en miettes. Des «Annales» a la «nouvelle histoire» (1987).

 

Historia social de las mentalidades

 

                La historia de las mentalidades conserva un gran atractivo para el investigador, a quien le plantea el reto y le ofrece la posibilidad de escudriñar los modos de pensar, de sentir, de imaginar y de actuar de los hombres, el sujeto de la historia, en un sugestivo esfuerzo interdisciplinar.

 

                Sin embargo, las brumas con que se cubre a menudo el nuevo objeto de investigación el apartamiento de la historia social, su desemboque en las playas de la larga duración y de la historia inmóvil, el apartamiento del tiempo corto, el acontecimiento y la historia móvil: disuadieron a no pocos historiadores, que vieron en el estudio de lo mental más riesgo e imprecisión que seguridad y rigor, permaneciendo al margen del nuevo territorio.

 

                ¿Cómo responder a las dos inquietudes para salir del impasse actual? Juntando historia social e historia de las mentalidades: reinventando la historia social de las mentalidades. Sin la mentalidad «no podría hacerse historia social»[52], pero más cierto es aún que sin la historia social cada vez va a ser más dificil hacer historia de las mentalidades. El auge de la antropología histórica y de la historia cultural en los estudios franceses del «tercer nivel», el debate en curso sobre la escuela de los Annales, las precedentes debilidades teóricas del concepto y las dificultades reales que siempre tiene el historiador para adoptar técnicas nuevas: bien pueden volatizar en un plazo breve los logros positivos de la historia de las mentalidades, si ésta no se consolida como una disciplina que colabora pero no se integra en las disciplinas vecinas, si ésta no desarrolla en suma el proyecto historiográfico original de los Annales.

 

                A principios de la década pasada, Georges Duby escribía que «si pretendemos que la historia social progrese y conquiste su independencia, conviene situarla en el punto en que convergen la historia de la civilización material y la historia del pensamiento colectivo», y no se refería solamente a la historia social como historia global, también a la historia social en un sentido más restringido, como historia de los movimientos sociales, por lo que animaba a estudiar las actitudes mentales de los participantes en las rebeliones medievales[53]. Claro que advertía, en 1970, «habrá que esperar mucho tiempo» antes de que esa historia social de las mentalidades sea posible[54]. La tarea sigue en 1989 más pendiente que nunca. Y su propulsión como linea de investigación habrá de contribuir indudablemente a dar continuidad al «espíritu de los Annales» en su versión más permanente, innovadora y atrayente, y menos afectada por el «paso brusco de las modas contradictorias del momento».

 

                El estudio histórico de las mentalidades sociales en España tiene a su favor lo siguiente: 1) un interés por la historia social que no ha decaido al ritmo de Francia; junto a los estudios -predominantes- de las estructuras sociales y económicas, está presente toda una tradición en la investigación de movimientos, conflictos y revueltas sociales, el factor dinámico de la historia social, cuya vigencia lo prueba verbigracia la aparición en 1988 de la revista Historia Social. 2) La influencia nada desdeñable de la historia social inglesa, de gran calidad, cuyas características la hacen idónea para compensar las insuficiencias actuales de la historiografía francesa. 3) El débil eco de la historia de las mentalidades durante los pasados veinte años -sin punto de comparación con la recepción de la historia socioeconómica en los 60 y 70-, tiene la ventaja de permitirle al investigador sortear con más facilidad los peligros detectados en la más desarrollada experiencia francesa.

 

                Es posible una historia social de las mentalidades, que sea historia, que sea social, no mimética, que establezca un diálogo directo y audaz con las ciencias sociales en función de las necesidades de la investigación, que no se quede paralizada en la teoría sino que avance principalmente sobre la base de la práctica investigadora. Tal linea de investigación supone un frente pionero no sólo por la novedad de la temática de lo mental en la historia y más en España, sino porque las mentalidades colectivas aliadas a la historia social, nos conducen a la cuestión de las articulaciones entre la infra y la supraestructura, y al papel del hombre-social en los acontecimientos, problemas fundamentales de hoy y de siempre de la historia, si cabe más de actualidad por el debate en curso acerca de la historia total y, más allá, de la pertinencia y autonomía de la historia como ciencia social.

 

                ¿Qué puede aportar la historia social angloamericana al historiador de las mentalidades sociales? Desarrollada alrededor de la revista Past and Present, más o menos a la par que la nueva historia francesa, incorpora tres orientaciones[55], cuya continuidad resalta hoy su valor historiográfico: a) Más interés por el cambio que por la estabilidad, por las transformaciones y las crisis sociales que por las estructuras estáticas; el Debate Brenner, a partir de 1976, es un claro ejemplo del vigor y de la madurez de ésta vía investigadora. b) El interés por los conflictos, las revueltas y las revoluciones sociales, particularmente en las sociedades preindustriales. c) La atención a la dimensión política de los hechos históricos y al poder, incluso cuando los sujetos no son virtualmente políticos. Esta historia social se considera a sí misma superior a la practicada por los Annales: se ocupa de «los factores básicos de la historia», entendiendo -justamente- que la desatención a los fenómenos de cambio quita «dimensión histórica» a la investigación[56]. La crítica a la historia social de los Annales por el exceso de cuantificación, está basada en que a veces resulta innecesaria, con frecuencia no es explicativa y acarrea el peligro de deshumanizar la historia[57]; sin dejar de reconocer sus razones, ¿no encierra por su parte el riesgo de renunciar a enfoques metodológicos más precisos, menos impresionistas?, así como las reservas hacia la historia total -propugnada también por Pierre Vilar- por su indefinición, por venir a ser una «historia interminable» y resultar la simple suma de cosas muy distintas[58], frenan objetivamente explicaciones más exactas y complejas del devenir histórico, por ejemplo las que incluyen el estudio pleno, económico, socio-político y mental, de la acción humana en la historia.

 

                Con todo, la historia social angloamericana se interroga también por el futuro: descontenta con los resultados logrados, está hoy en una fase de preocupación metodológica[59]. Voces de alarma plantean si Past and Present al ganar la respetabilidad y el éxito no ha perdido su instinto de innovación, su poder de animar e inspirar, poniéndose como ejemplos la distancia de la revista respecto de nuevos caminos de la práctica historiográfica: historia de las mujeres, historia de la familia, historia oral, y la experiencia de los talleres de historia. History Workshops[60]. El alejamiento de la historia social en relación con la sicología es precisamente una de esas insuficiencias que frenan el desarrollo de la historia social anglosajona: «Para el historiador riguroso y prudente, la sicología revela un potencial enorme: pero es un potencial que Past and Present no hace nada por avivar»[61]. En la cooperación con la sicología tenemos pues una vía esencial para la superación de la crisis actual de la historia social:

 

                                La sicología, la cual se divide ideológicamente dentro de ella misma, tiene, hasta este punto, mucho más que ofrecer a los historiadores, no porque sea más científica que otras disciplinas, ni mucho menos porque en su aspecto general se acerque más a nuestro marxismo. Más bien, porque en su forma freudiana al menos tiene la virtud de devolvernos a los irreconciliables antagonismos inherentes a la condición humana (...). No debería sorprender a nadie el que las presuposiciones psicológicas de la tan contemporánea historia social, dominada como está por la ideología liberal, renuncie a la psicología freudiana por una de las alternativas[62].

 

                                Muy tempranamente la historio