Mitos
de la historiografia galleguista[1]
Carlos Barros
Universidad de Santiago de Compostela
El
nacionalismo gallego rastrea en la historia la demostración del ser nacional de
Galicia. Para afirmar la personalidad gallega pone el acento en los hechos
históricos diferenciales, busca un hilo conductor de una "Historia de
Galicia" distinta de la "Historia de España" oficial. En su
intención ideológica, la historiografía galleguista no se separa de la
historiografía nacionalista en general.
Historiografías
nacionales
¿Qué
ha aportado el nacionalismo a la historiografía? Preguntas y problemas,
investigaciones y respuestas, que enriquecen el conocimiento histórico al hacer
emerger un sujeto, la nación, que en bastantes casos todavía ocupa un rol
secundario en los discursos historiográficos, especialmente cuando se trata de
naciones sin Estado. Lo que ya no es exactamente el caso de Galicia, Euskadi y
Catalunya, toda vez que la asunción, en los últimos quince años, de
responsabilidades estatales por medio de sus instituciones autonómicas, ha
trasformado en mayor o menor grado la ideología nacionalista en una ideología
oficial más, aunque en Galicia (en
sentido estricto el nacionalismo está aún en el oposición) el proceso
está muy lejos de las cotas hegemonizadoras alcanzadas, por ejemplo, en
Catalunya el proceso de reconversión ideológica.
La
función necesaria del nacionalismo, esto es, dotar a una comunidad de una
identidad colectiva y de una conciencia solidaria de sus intereses, potenciar
el uso y desarrollo del idioma y de la cultura nacionales, descubrir y promover
el conocimiento de la historia propia, se trastoca en su contrario cada vez que
la reivindicación de la nación traspasa el umbral del discurso racional. Esto
significa, en el plano historiográfico en que se mueve este trabajo, cuando se
inventa y manipula la historia o se mantiene contra viento y marea
interpretacions desahuciadas por la investigación más reciente.
Los
avances fundamentales de la historiografía en España, durante las dos décadas
pasadas, han socavado las bases de las viejas historias nacionales, nos
referimos a la concepción de la historia de España divulgada durante el
franquismo y también a las historias de Galicia, Euskadi, Catalunya, reechas y
difundidas al mismo tiempo, cuando el centralismo de la dictadura era el
enemigo a batir. Si bien el origen de los dislates historiográficos está las
más de las veces en autores del siglo XIX o inicios del siglo XX, deudores de
un bajo nivel de los conocimientos historiográficos.
El
dilema de aceptar o no las nuevas evidencias historiográficas que pueden
cuestionan mitos nacionalistas, es más político que historiográfico. El
historiador no puede negar los resultados de las investigaciones sin renunciar
a su función (algunos lo hacen). El hombre político, menos urgido en seguir los
dictados de la ciencia, ubicado en la corta duración, mide más los costes
políticos de las desmitificaciones. El historiador profesional que renuncia a
su función crítica muy mal servicio presta no sólo a la historia, sino también
al nacionalismo, a la historia de su país. Un discurso político, un proyecto de
reconstrucción nacional, que no busque fundamento en la verdad histórica, labra
desde luego su propia derrota.
La
necesaria desmitificación de las historiografías nacionalistas no quiere decir,
por tanto, rechazo de la nación como tema de investigación académica, incluída
la nación de naciones (el caso real de España; el caso virtual de Europa), más
bien lo contrario. Y para avanzar en la recuperación y puesta a día de las
historiografías nacionales, el historiador ha de resistir presiones
deformadoras que vienen tanto del nacionalismo como del antinacionalismo que,
por reacción y/o por ignorancia, se niega sin más a reconocer hechos
diferenciales objetivamente demostrables y subjetivamente deseables (también
por el historiador que piensa todavía que hay que estudiar el pasado para
construir el futuro). No se trata pues de predicar una trasnochada e inútil
"neutralidad" del historiador, sino de animar, discursos políticos
nacionales y nacionalistas basados en verdades historiográficas. Nada más
sencillo, por lo menos desde el punto de vista del historiador de oficio.
Entre
el independentismo y la integración
El
problema que ha planteado siempre la historia real de Galicia a la
historiografía nacionalista es la débil tradición de confrontación de Galicia
con Castilla, el Estado español o España. Se trata de una peculiaridad nacional
más de Galicia, país que por lo demás se define históricamente, objetiva y
subjetivamente, por la continuidad de una población sobre un territorio, por
una lengua, cultura e historia propias, por una conciencia nacional, por unas
compartidas condiciones de producción a lo largo del tiempo[2].
La
conciencia nacional de los gallegos se ha manifestado históricamente de una
manera más positiva que negativa. No es ni bueno ni malo: es la patria que
hemos heredado, que tratamos de comprender, que reivindicamos, que queremos
transformar. La falta de una tradición independentista de las clases
dirigentes, sobre todo en las Edades Moderna y Contemporánea, ha hecho del
autonomismo y del federalismo el punto básico de referencia para los proyectos
nacionalistas de Galicia. El nacionalismo gallego ni ha sido ni es
independentista, pero lo que hoy no puede o no debe ser, ¡gustaría tanto que al
menos hubiera ocurrido en el pasado!
La
inexistencia de Galicia en el pasado como entidad política separada -con las excepciones
medievales que mencionaremos- ha dificultado la construcción de una concepción
histórica de Galicia por parte de unos teóricos nacionalistas que buscaban, y
no encontraban más que escasa y circunstancialmente, en la Galicia de otros
tiempos una Irlanda o una colonia tercermundista en lucha por su independencia
nacional. La frustación que ello supuso está aún presente en el discurso
nacionalista gallego, ha obstaculizado hasta ahora una justa -esto es,
compleja- valoración de la real historia de Galicia, y en particular de la
tradición de revuelta del pueblo gallego.
Durante
los mil años que van desde la implantación de los suevos en Galicia (411) hasta
la llegada con plenos poderes del gobernador Fernando de Acuña en nombre de los
Reyes Católicos (1480), ¿existió como tal el reino de Galicia? Sí, al inicio de
la Edad Media como reino suevo de Galicia. La representación social de
pertenencia que tenían los gallegos, al menos en la Baja Edad Media, más allá
de la localidad o jurisdicción era el reino de Galicia, en todo caso como tal
reino se identificaba Galicia en la documentación real. La Galicia medieval fue
un reino sin rey propio, un reino súbdito de los reyes
asturianos-leoneses-castellanos. Con todo, hubo breves y significativos
períodos en que existió un rey de Galicia: bien como consecuencia del reparto
de la herencia de un rey cristiano del occidente penísular, bien como
plataforma previa para la conquista de la Corona castellano-leonesa, heredera
de la unificada monarquía goda que absorvió Galicia en el siglo VI. En ambos
casos, el resultado final fue la reintegración de Galicia en la monarquía
castellano-leonesa, pero además de ello, dichos movimientos reflejaron con no
menos claridad: a) la entidad política diferenciada de Galicia en la Alta Edad
Media, b) el empuje independentista de un sector de la nobleza, al que se
buscaba satisfacer a menudo cuando se nombraba un rey para Galicia.
Entre
el siglo V y el siglo XII los señores de Galicia oscilan pues entre el
independentismo y la integración en la monarquía occidental, entre las
revueltas nobiliarias contra su soberano, el rey de Oviedo, León o Toledo, y la
búsqueda de la mayor influencia en la Corte. Con frecuencia ambas estrategias
se unifican: las rebeldías nobiliarias de Galicia cosntituyen un aspecto de la
lucha por el poder, y frecuentemente por la misma Corona, en Asturias, León y
Castilla[3].
No obstante, al final la contradicción de fondo aflora y, a inicios del siglo
XII, la nobleza de Galicia se escinde: a) su sector más independentista se
separa de la Corona castellano-leonesa formando, en 1128, el reino de Portugal
con las tierras de la antigua Galicia bracarense (entre el río Miño y el río
Duero); b) su sector más integracionista mantiene a la antigua Galicia lucense
(la Galicia actual más las partes occidentales de Asturias y León) bajo el
cetro castellano-leonés.
El
conde de Traba y el arzobispo Xelmírez, proclaman en 1109 a Afonso Raimúndez
como rey de Galicia (será el último), quien no mucho después, en 1126, con el
apoyo e impulso de Galicia, es proclamado rey de Castilla y León con el nombre
de Alfonso VII, Totius Hispanaiae Imperator, en cuya coronación ya no
estará presente aquella nobleza gallega sureña del condado portucalense que,
dos años después, proclama a Afonso Enriques el primer rey del Portugal
independiente.
Liberada
de su sector separatista, la nobleza que ha optado por una Galicia integrada en
la Corona de Castilla y León, como medio de pesar en la política penínsular,
todavía manifiesta momentos de rebeldía en la Baja Edad Media. Nobles gallegos
participan del lado de Portugal en las guerras civiles tardomedievales por la
Corona de Castilla: 1366-1369, apoyando a Pedro I contra Enrique II; 1476-1479,
apoyando a Juana la Beltraneja contra Isabel la Católica. En ambos casos la
derrota del bando portuguesista, reintegracionista (que veía el futuro de
Galicia más en la unificación Castilla-Portugal que en la separación de
Galicia), consolida la vieja tendencia integracionista. La incorporación del
reino de Galicia a la España reunificada de los Reyes Católicos resulta por
tanto una consecuencia "natural" de la historia política de la
Galicia medieval. La clase feudal, a través de un proceso complejo que dura
toda la Edad Media, y no siempre de buen grado (como a finales del siglo XV),
afirma la integración como la mejor solución a sus problemas de clase y a los
problemas de Galicia. Por el lado de los burgueses y los campesinos del reino
medieval de Galicia no vamos encontrar siquiera los fugaces impulsos
independentistas de la nobleza: concentran todas sus energías en el conflicto
social interno y persiguen siempre que pueden la ayuda del rey de Castilla para
suavizar o eliminar el señorío eclesiástico (sobre todo las ciudades) y el
señorío laico (sobre todo los campesinos).
Mitos
y hechos históricos
Los
mitos de la historiografía nacionalista gallega son, en su mayor parte, de
origen medieval. Conforme la historia de Galicia se conoce mejor, los mitos
caen y son sustituídos por hechos verificados e interpretados con rigor. Este
proceso está todavía por concluír. El retardado proceso de difusión y
vulgarización de las nuevas evidencias historiográficas dificulta la puesta al
día del nacionalismo gallego sobre la historia de Galicia. Otro obstáculo está
en el propio historiador profesional que a veces ha dejado de hacerse las
preguntas planteadas por la historiografía galleguista.
Los
mitos de la historia de Galicia tienen un interés específico para el
investigador, son parte imprescindible de la historia intelectual y un aspecto
valioso para una historia gallega de las mentalidades colectivas. Puede que el
imaginario galleguista no exprese correctamente los hechos del pasado, pero
refleja fielmente la ideología y los valores sociales -además de la concepción
de Galicia- de una élite intelectual que no solamente que no sólo mitificó
nuestro pasado, también lo descubrió. La Galicia actual tuvo sus precursores en
grandes intelectuales que ahora debemos y podemos revisitar desde un enfoque
crítico y sobre todo laico.
Repasemos
los hechos históricos diferenciales que han sido idealizados por los escritores
e historiadores galleguistas con el fin de reivindicar Galicia y movilizar la
conciencia de los gallegos. En todos los casos, se parte de un dato histórico
real que, una vez seleccionado, pasa usualmente por un proceso de reelaboración
que va desde la mera interpretación -en función de la historia de Galicia que
se quiere construir- hasta la invención. El descubrimiento o la revalorización
de dichos hitos históricos basta, con todo, para justificar un balance
historiográficamente altamente positivo de la contribución historiográficaa de
los historiadores románticos y galleguistas. Los hechos diferenciales enumerados
son a la vez que mitos de la historia imaginaria de Galicia, momentos
importantes de la historia real de Galicia (muchos otros acontecimientos no han
pasado a la leyenda[4]),
por eso conviene separar al respecto el grano de la paja, el dato de la fábula.
1)
Celtismo. Mito fundador de Galicia para Murguía y otros historiadores
románticos, que buscaron en la raza (aria) el signo originario de la nación;
"non pode sosterese na actualidade esta exclusividade céltica da poboación
castrexa"[5].
La compleja cultura de los castros justifica plenamente la originalidad y
unidad de la Galicia pre-romana. El celtismo supuso una intuición clara del
hecho diferencial castreño.
2)
Monte Medulio. Al relatar las guerras cántabro-astures, Floro y Orosio
(siguiendo seguramente el perdido libro 35 de las Décadas de Tito Livio)
dedican una palabras para dar noticia de cómo un numeroso grupo de
"bárbaros" cercados en el Monte Medulio, próximo al río Miño, e
incapaces de aguantar el asedio o de ir a la batalla contra los romanos, se
suicidan "casi todos"..."por temor a la esclavitud". A esta visión de los vencedores que insinúa
la cobardía de los guerreros galaicos, opone el galleguismo la leyenda[6]
de los "celtas gallegos" que prefirieron "morrer no Monte
Medulio a deixarse domeñar polo poderío de Roma"[7].
Esta
glorificación del suicidio colectivo como la forma más sublime de luchar por
Galicia, informa de un rasgo fatalista que es muy característico del viejo
nacionalismo gallego. Por supuesto que lo loable como tradición combativa (en
términos contemporáneos) es la resistencia de las tribus
galaicas-astur-cántabras a la ocupación romana, no el es mal ejemplo que supone
la huida del enemigo, y de las consecuencias de una posible derrota, muriendo
voluntariamente y dejando inermes a familiares y vecinos frente a las tropas
invasoras.
3)
Prisciliano. Fundador de un movimiento religioso que tuvo una gran
difusión en Gallaecia (en el pueblo y también en el clero) durante más de un
siglo, sobre todo después del muerte por decapitación el año 385 de
Prisciliano, por inmoralidad y magia, en Tréveris por orden del emperador
Máximo. Es el primer hereje condenado a muerte por el brazo secular.
El
priscilianismo constituye el hecho diferencial más importante de la historia de
Galicia en el plano de la religiosidad popular y culta. El galleguismo
reinvindica a Prisciliano potenciando su recuerdo como mártir[8],
al igual que sus seguidores en el siglo V y VI. Son indudables los orígenes
judeocristianos de la predilección por los mártires como factor pedagógico de
la intelectualidad galleguista. Prisciliano inicia una lista que termina en el
verano de 1936 con la muerte de Alexandre Bóveda, dirigente del Partido
Galleguista.
4)
Suevos. Durante ciento setenta y cuatro años (411- 585) los invasores
suevos crearon un reino aparte -por primera vez- en las tierras y con las
gentes de la antigua provincia romana de Gallaecia[9],
con capital en Braga; se puede decir que es la fundación de Galicia como
entidad política; es el período más prolongado en que Galicia ha disfrutado de
independencia institucional. El "primeiro reino católico da penínsua"[10],
rivaliza en la bibliografía galleguista con la Galicia celta en la función
creadora de la nacionalidad gallega[11].
La incorporación militar del católico reino suevo a la monarquía hispano-goda,
obra del arriano rey Leovigildo, sienta el primer precedente integracionista de
la Galicia medieval. Pese a los lamentos por su destrucción final -"infortunada Galicia", lamenta
Murguía[12]-
la idealización galleguista del reino suevo tuvo en general un tono positivo.
Ante el dato de la prolongada independencia, pasó a un segundo plano la
integración forzada en la Hispania goda.
5)
Santiago. Sin duda el mayor mito de la historia de Galicia, que el culto
jacobeo se trasformó en una tradición española y europea que dura ya once
siglos. No se ha probado que el cuerpo de Santiago el Mayor corresponda con los
restos encontrados hacia los años 20 del siglo IX en un sepulcro romano, en el
lugar donde después se edificó la actual capital de Galicia[13].
La larga duración de la creencia colectiva en la predicación, traslación y
enterramiento del Apóstol Santiago en Galicia, y la acción de la Iglesia y de
la monarquía, ha producido tales realidades históricas, religiosas y
culturales, económicas y políticas, en torno a Santiago y al Camino de
Santiago, que la vieja polémica sobre la invención del sepulcro ha quedado
relegada. El historiador actual evita terciar en ella y parte del sobresaliente
hecho histórico que supuso y supone para Galicia el culto jacobeo y sus
consecuencias materiales[14].
Ciertamente
el mito de Santiago no es una invención de historiadores, elaborado en el siglo
IX se convierte en sí mismo en una verdad histórica que el historiador está
obligado a reconocer. No obstante, subiste el dilema -principalmente político-
sobre sí el historiador debe ejercer o no su función crítica en relación con el
carácter incierto y legendario de los orígenes de la tradición jacobea. En todo
caso, lo incierto de la existencia de los restos apostólicos en el edículo
descubierto no afecta a la realidad de la creencia colectiva secular.
¿Qué
juicio mereció para la historiografía nacionalista la inventio jacobea?
El catolicismo de buena parte de los teóricos galleguistas animó la
reivindicación de Santiago como enseña de Galicia: "a invención do corpo
do Apóstolo -¿Prisciliano ou Sant-Iago?- fixo da nosa Terra un centro de
universalidade"[15].
En 1920 las Irmandades da Fala instituyen la fiesta del apóstol, el 25 de
julio, como el Día de Galicia. A pesar de todo, el Castelao republicano (que no
deja de hacerse eco de la tradición alternativa priscilianista) se desmarca del
Santiago guerrero, matomoros, Patrón de las Españas, y juzga que fue un grave
error el papel asumido por Santiago, en nombre de Galicia, en la Reconquista
"que sóio redundadaría en proveito e groria de Castela"[16],
haciendo culpable a Santiago -y al renacimiento urbano medieval- del retroceso
del independentismo medieval[17].
Esta ambivalencia (Santiago gallego y universal, sí; Santiago y cierra España,
no) se vuelve a producir con otros mitos relevantes de la historiografía
galleguista (Xelmírez, nobleza del siglo XV, irmandiños).
6)
Xelmírez. La Historia Compostelana ha permitido conocer
excepcionalmente bien la vida y obra del arzobispo de Santiago, Diego Xelmírez,
en defensa de la Iglesia compostelana y de Galicia, y su rol en la política
castellano-leonesa de la primera mitad del siglo XII. Murguía escribió un libro
laudatoria que casi supera a la Historia Compostelana, pues enjuicia a
Xelmírez como la más grande figura pública de la España medieval, verdadero
líder del pueblo (olvida la revuelta comunal de 1116-7) y artífice de la
grandeza de la Galicia plenomedieval[18].
Sin este tono hagiográfico otros autores han venido a confirmar más
recientemente la personalidad descollante de Xelmírez[19].
Claro que el contexto de plenitud feudal, económica, política y cultural, por
el que atraviesa Santiago, el Camino francés y Galicia en el siglo XII, es la
primera causa de los éxitos de Xélmirez; esta dimensión de las grandes
individualidades como producto de una época, se omite generalmente en beneficio
de una concepción del devenir histórico que prima las grandes personalidades y
los hechos políticos. La desmitificación de Xelmírez pasa por su
contextualización, además de por la objetivación de las fuentes.
En realidad no es, de nuevo, la
historiografía la que mitifica la figura de Xelmírez, Nuño, Hugo y Xiraldo, los
canónigos autores de la Historia Compostelana, los responsables. Y el
historiador difícilmente escapa del influjo de la Historia y de los
datos que ofrece, en todo caso interpretables.
Castelao, critica a Xelmírez diciendo que
"a política deste gran cacique galego fanou irremediablemente a nosa
independencia", "por engrandecer a Sede Compostelán motou o pulo
intuitivo de Galiza, entregándose á sorte de Castela"[20]. Todo por causa de que el arzobispo de Santiago no quiso mantaner a Afonso
Raimúndez como rey de Galicia y lo promovió a rey de Castilla y León, la
acusación es de traición a Galicia; se le niega incluso la condición de mártir
galleguista[21].
Un capítulo más del desencanto nacionalista con la secular tendencia de la
historia de Galicia a integrarse en la historia de España, dando la espalda al
espíritu de la independencia.
Este juicio crítico en absoluto ha borrado a
Xelmírez del imaginario colectivo gallego. Primeramente por el habitual doble
posicionamiento de enorgullecerse de los logros de Galicia y de sus hijos
(desde Prisciliano a Pablo Iglesias[22]),
que es lo que primero llega al gran público, a la vez que se cuestiona lo qué
hicieron y cómo lo hicieron en función de la historia ideal de Galicia
concebida por el nacionalismo contemporáneo (apreciaciones de circulación más
restringida). Y en segundo lugar porque la influencia crítica de Sempre en
Galiza (escrito entre 1935 y 1947, durante la II República, la guerra civil
y el exilio) es reciente, si bien encontramos en la llamada "biblia"
del galleguismo el discurso más elaborado de la historia nacionalista de
Galicia. El papel capital de Sempre en Galiza en la resistencia cultural
antifranquista y en la reconstrucción democrática del galleguismo político,
está fuera de toda duda.
7)
Portugal. Portugal es para el nacionalismo gallego la oportunidad
perdida de Galicia. El mito galleguista de Portugal encarna lo qué debió ser la
historia medieval de Galicia: separarse de Castilla y vivir independientemente.
Se celebra el nacimiento de Portugal, con toda razón, como un triunfo de la
nacionalidad gallega: "Trunfamos en Portugal, dispois de mortos";
"unha gran parte de Portugal é 'un retallo saído da Galiza";
"Así nasceu Portugal: nun anaco de terra galega"[23].
Lamentando que Galicia entera no siguiera el camino de la separación en el
siglo XII: "a Portugal faltoulle Galiza e nunca chegou a ser unha nación
tan forte como Castela"[24].
Se preconiza para el futuro la reintegración: "é seguro que Galiza e
Portugal se axuntarán algún día"[25].
8)
Los irmandiños. Redescubierta y ensalzada como "la epopeya más
grande y admirable" (Vicetto)[26],
la revuelta popular de 1467-1469 ha sido bautizada y divulgada con un
diminutivo afectivo: los irmandiños (Risco, Vicetto). Pero al tiempo que se
eleva a los altares de la patria, la mitificación nacionalista recrea -bebiendo
en fuentes nobiliarias- la revuelta de los irmandiños como una gran desfeita,
el paradigma imaginario de la gran derrota histórica de Galicia, apreciación
que contradice la opinión de sus protagonistas y espectadores, y de sus
descendientes[27],
y aún los datos documentales del final de revuelta[28].
A plazo medio y largo hay pocas dudas, en nuestra opinión, de la victoria
social y política de los irmandiños, en
el cuadro de la transición de la Edad Media a la Edad Moderna, si tenemos en
consideración lo que podía conseguir una revolución antiseñorial a finales del
siglo XV.
9)
Mariscal Pardo de Cela. La sublimación de Pedro Pardo de Cela tiene
lugar a raíz de su muerte violenta a manos de los enviados de los Reyes
Católicos (1483); y primeramente corre a cargo de sus deudos y vasallos fieles,
y ya contemporáneamente es la historiografía galleguista quien simboliza en
Pardo de Cela una inexistente Galicia tardomedieval independentista dirigida
por su nobleza. Más adelante estudiaremos en detalle la realidad histórica del
mariscal y el origen del mito, sin duda un buen ejemplo de la reconstrucción
ideológica nacionalista.
10)
Reyes Católicos. Satanizados como los artífices de la "doma y
castración del reino de Galicia", de la imposición del idioma castellano,
el centralismo y la colonización de Galicia. La historiografía actual ha de
matizar estas apreciaciones sumarias en aspectos capitales como la base popular
de la reimplantación monárquica en Galicia (en la primera mitad de su reinado)
y la dimensión confederal y autonomista del Estado de los Reyes Católicos.
Castelao que reconoce ambas cuestiones, trata de "quintacolumnismo"
la tendencia popular a apoyarse en los reyes de Castilla contra la nobleza
gallega[29],
y tiene en cuenta sólo como argumento para el debate el sentido federalista del
testamento de Isabel la Católica[30].
Después
de tres siglos en que el "instinto de conservación" de los gallegos
estuvo "adormentado polos fracasos"[31],
viene el Rexurdimento del siglo XIX. Un renacimiento de la lengua y la
literatura gallegas, un contexto de reinvindicación cultural y política de
Galicia, que hizo realidad la matriz de lo que sería la historiografía
galleguista y la historia de Galicia.
11)
Guerra de la independencia. La guerra de la independencia es, por un
lado, motivo de orgullo por el heroísmo de los gallegos, "os primeiros en
vernos libres de franceses i sermos os únicos hespañoes que mereceron o asombro
de Wellington", y no obstante, como es habitual, su desenlace causa la
decepción galleguista porque la autonomía y unidad administrativa gallega
conseguida alrededor da la "Xunta Superior do Reino de Galiza"
resultó anulada por la división provincial de 1833[32].
12)
Mártires de Carral. El pronunciamiento liberal de 1846 dirigido por el
comandante Miguel Solís (que no era gallego) merece la atención del
nacionalismo en razón de su envergadura, por la participación en él de un grupo
de estudiantes privincialistas (encabezados por Antolín Faraldo, que luego tuvo
que exiliarse) y por el final de Solís y sus compañeros, fusilados en Carral el
26 de Abril. La revuelta se dió a conocer no tanto por la insurrección en sí, o
por la constitución de la Junta Superior de Galicia, como por su derrota final:
los "Mártires de Carral". En línea siempre con el fatalismo que
impregna esta primera visión tradicional de la historia de Galicia. El
pretendido independentismo gallego del levantamiento ya ha sido desmitificado
por la investigación[33].
Edad
Media, edad de oro
La
mayoría de los mitos históricos que hemos comentado se refieren a la Edad
Media, objetivamente el período histórico de mayor relieve para la nacionalidad
gallega desde diversos puntos de vista: nacimiento y oficialidad de la lengua,
época dorada de la literatura, individualización política, influencia
internacional, clases sociales y formación social diferenciadas. Galicia es una
nación formada en el Edad Media, y ello se refleja ampliamente en la obra de
los nacionalistas gallegos[34],
cuya filosofía histórica de Galicia es deudora de un ciclo
vida-muerte-resurrección que nos remite de nuevo al cristianismo, y toma
implícitamente como referencia al valor más sólido y permanente de la
nacionalidad gallega: el idioma, la cultura.
La
vida es la Galicia medieval, la muerte sobreviene al entrar en la Edad Moderna
de la mano de los Reyes Católicos y la resurreción se produce en la romántica
segunda mitad del siglo XIX. El Rexurdimento es un movimiento cultural
(Rosalía de Castro, Eduardo Pondal y Curros Enríquez) que incluye también las
dos primeras historias de Galicia, escritas por Benito Vicetto y Manuel
Murguía, que, más allá de su valor historiográfico, "foron a base do
nacionalismo galego"[35].
El
eclipse de la Edad Moderna en la concepción nacionalista de la historia de
Galicia se explica ante todo, además de por la definitiva integración de
Galicia en España, por la marginación y el abandono oficial de la lengua,
refugiada en la cultura popular y oral durante cuatro siglos, y la desaparición
de la literatura gallega hasta el Rexurdimento, cuyo contexto romántico
(antimodernista) animaba la búsqueda y promoción del "alma" de cada
pueblo y la vuelta a la Edad Media. Frente a las 132 páginas que dedica Vicente
Risco en su historia de Galicia[36]
a la Edad Media, despacha los siglos XVI-XVIII en 28 páginas. El desarrollo de
una historiografía renovada centrada en la historia económico-social devuelve
al Antiguo Régimen gallego su esplendor en los años 70 y 80. El carácter tradicional
de la historiografía nacionalista gallega, preocupada por la historia de las
élites más que por la historia popular, por la historia política más que por la
historia económica y social, por la historia intelectual más que por la
historia de las mentalidades, está en la base de la endeblez de sus
planteamientos, cuya puesta a día urge justamente para salvar y desarrollar lo
que ha sido su aportación más relevante: el descubrimiento de una historia de
Galicia. El carácter fragmentario y heterogéneo de las voluminosas historias de
Galicia que se están publicando hoy en día, demuestra que lo que hemos ganado
en rigor lo hemos perdido en sustancia: falta el hilo conductor -y el empeño
divulgador- presente en las historias nacionalistas. De manera que todavía
podemos aprender algo de ellas (a condición de criticarlas, de no venerarlas
como si de textos sagrados se trataran).
En
el esquema historiográfico nacionalista el momento fundamental que explica el
posterior asoballamiento de Galicia son los acontecimientos de la
segunda mitad del siglo XV: 1) "derrota" de la revuelta irmandiña, 2)
decapitación del noble "independentista" Pedro Pardo de Cela, 3)
"doma y castración del reino de Galicia" por parte de los Reyes
Católicos. Tres mitos interrelacionados que constituyen un sistema básico para
comprender la concepción de de Galicia y de la historia de Galicia elaborada
por el nacionalismo gallego contemporáneo. El punto de inflexión siglo XV/siglo
XVI marca la transición entre la Edad Media y la Edad Moderna y es, sin duda,
esencial para discernir los orígenes de la Galicia contemporánea.
Vamos
a tener en cuenta principalmente las obras de Benito Vicetto, Manuel Murguía,
Vicente Risco, Ramón Villar Ponte y Alfonso Rodríguez Castelao. Todos ellos
literatos y escritores que, en un momento dado, se dedican a la historia
llevados por su patriotismo, por sus inquietudes políticas. Una primera
explicación del exceso de mitificación está en la falta de fuentes y en el bajo
nivel metodológico e historiográfico de la disciplina histórica, lo que es especialmente cierto en el siglo XIX. Casi un
siglo después Castelao acusa la existencia de posiciones críticas hacia la
historia romántica de Galicia, pero las propias necesidades del proyecto
nacionalista -tal como el lo entendía- le llevó a mantener el conjunto de los
mitos acumulados desde Vicetto.
Por
otro lado, al ser el objetivo de las historias de Galicia la divulgación, la
formación de una conciencia nacional entre los gallegos a través de la
historia, nuestros literatos y periodistas acudían una y otra vez a la
simplificación, potenciando los rasgos más susceptibles de idealización y
pedagógicos; una segunda explicación de la persistencia de la mitología
histórica galleguista más allá de las evidencias historiográficas. Hoy creemos
es factible una alta divulgación de la historia, junto con su función
formativa, sin caer en las mistificaciones.
Nostalgia
nobiliar
Quitando
la tendencia integracionista de la clase dirigente, no hay acontecimiento que
objetivamente haya perturbado más el diseño nacionalista de una Galicia
medieval emancipada, que la revolución irmandiña. Revuelta popular, campesina y
ciudadadana, que gobernó Galicia entre 1467 y 1469, apoyada por una gran parte
de la Iglesia y por sectores de la hidalguía, contra los señores de las
fortalezas (sobre todo, la gran nobleza laica). Los llamados irmandiños fueron
enaltecidos por la historiografía galleguista a la vez que incomprendidos y
hasta criticados, especialmente a causa de que haber derrotado y debilitado
para siempre a la nobleza gallega, clase social destinada a asumir el volksgeist
gallego en el medioevo. Siendo el pueblo gallego parte principal de la nación,
se celebra su rebeldía heróica, pero se cuestiona la oportunidad (revuelta
prematura) y hasta sus objetivos antinobiliarios (sirven a los intereses del
centralismo en ciernes). Esta interpretación sesgada ha llegado al gran público
de una manera simple, según ya dijimos, mediante una imagen derrotista de la
revuelta.
En
un principio, la historiografía romántico-liberal enjuicia negativamente a la
nobleza feudal del siglo XV, adoptando el punto de vista de la Galicia de la
época, fines del siglo XV y principios del siglo XVI, mayoritariamente
favorable a los irmandiños (según las fuentes populares, eclesiásticas y
reales; la opinión minoritaria está representada sobre todo por los
nobiliarios).
Benito
Vicetto hace en su Historia de Galicia una continua apología de los vasallos y
burgueses frente al clero y la aristocracia[37],
si bien puede más su anticlericalismo que su antinobiliarismo, sobre todo si su
idea de Galicia está por medio. Dice Vicetto de los irmandiños: "debemos
saludar con emoción la memoria de los villanos que se levantaron en aquella
guerra para lidiar contra la tiranía de sus señores de soga y cuchillo"[38].
De quién fue el re-descubridor de los irmandiños como hecho histórico[39],
no podemos esperar grandes loas a la nobleza feudal, pero sí por razones
nacionalistas a algunos de sus miembros (Pardo de Cela, Conde de Camiña) que,
según nuestro primer historiador galleguista, pusieron en práctica el espíritu
independentista de la nobleza sueva...
Manuel
Murguía cuestiona acervamente la ligereza de Vicetto que en Los Hidalgos de
Monforte (1851) se inventa a un Pardo de Cela dirigente irmandiño y a unas
hermandades en lucha por la independencia de Galicia, caracteriza la revuelta
de los irmandiños como lucha de clases, condena a la nobleza bajomedieval
gallega y celebra la victoria irmandiña sobre la servidumbre, en dos obras
clave: De las guerras de Galicia en el siglo XV y de su verdadero carácter
(1861), y el Discurso preliminar (1865) de su Historia de Galicia[40].
Pero al final también Murguía condiciona, más matizadamente que Vicetto, su
discurso historiográfico a su discurso político.
En
un principio el radical antinobiliarismo de Murguía, joven miembro del partido
progresista, no distinguía nacionalidad: "Lo mismo que la nobleza de
Castilla, era la de Galicia altanera, dura y ambiciosa; lo mismo que aquélla
tuvo ésta su día de poder y su día de desgracia, su apogeo y su cénit"; la
decadencia de la nobleza feudal era para Murguía, al igual que para la mayoría
de los gallegos de la época bajomedieval, motivo de alegría: "antes de
desaparecer lanzó sus más vivos y siniestros resplandores sobre la tierra"[41].
Después de la revolución de 1868 y de la I República, Murguía modera su
discurso político[42];
entonces el tema de los irmandiños desaparece de sus obras (véase por ejemplo, Galicia,
1888, y El regionalismo gallego, 1889), salvo como incidental telón de
fondo de la batalla entre nobleza gallega y Reyes Católicos. Sin abandonar el
liberalismo ni dejarse arrastrar por el carlismo, Murguía sienta las bases
conceptuales de un regionalismo conservador en sus trabajos sobre el
regionalismo gallego de 1889 y 1890, situándolo por encima de los partidos[43],
que va influir en su reconstrucción de la historia de Galicia. De los nobles
gallegos del siglo XV se opina ya de otra manera, pasan de ser los enemigos de
los irmandiños a los enemigos de los Reyes Católicos, los cuales manipulan la
"hostilidad de nuestro pueblo contra la nobleza gallega, que fue el modo
más seguro de vencerles a todos"[44].
Este cambio de partido se justifica por la convicción de que la nobleza era
"por ciencia refractaria a Castilla"[45].
A pesar de lo cual, Murguía no olvida sus posiciones juveniles (tenía 28 años
cuando escribió su trabajo sobre los irmandiños y 35 cuando toma parte de la
Junta Revolucionaria de Santiago durante la revolución de 1868), y rememora el
origen popular y antinobiliar de la "Junta del Reino", y dice:
"en tal manera que los nobles intentaron constituir otra [Junta del Reino]
que les fuese privativa pero que tuvo la vida de las rosas, porque no
representaba los intereses generales de Galicia y sí sólo los de una
clase"[46].
Este circunstancial retorno a la lucha de clases está muy subordinado a una
posicionamiento central pro-nobleza que acabará por imponerse en la
historiografía nacionalista. Con todo interesa hoy recobrar este punto de vista
popular de la emancipación de Galicia, el reconocimiento de que a finales de la
Edad Media era el pueblo irmandiño quien representaba los intereses nacionales
de Galicia y no una nobleza que, practicando masivamente en bandolerismo
social, había perdido todo consenso en la sociedad.
No
es tanto el giro conservador de Murguía lo que provoca el cambio de actitud
hacia la decadente nobleza bajomedieval, sino un mayor compromiso regionalista,
anti-centralista, que desvaloriza o elimina de la historia aquellos hechos
sociales e intereses de clase que no se correspondan con la división bipartita
Galicia/Castilla-Estado español. La prueba está en que Castelao, un hombre del
Frente Popular del 36, incide a pesar de su progresismo en las actidudes
pronobiliarias del viejo Murguía.
En
el fondo late la idea, común a los intelectuales galleguistas hasta hace poco
(gracias a la influencia del marxismo), de la historia como la obra de los
grandes hombres, el campo de acción de unos escogidos grupos dirigentes, quedando
reservado al pueblo el papel de masa de maniobra[47].
Esta instalación en la cultura de élite hace incomprensible para los primeros
historiadores y políticos nacionalistas los movimientos sociales de raíz
popular, situando en las tradicionales clases dirigentes sus esperanzas de
liberación de Galicia. A la pregunta de si Galicia necesitaba de sus
aristócratas, escribe Castelao, "nós responderíamos que sí, porque
todol-os povos necesitaron unha aristocracia como agora necesitan unha élite";
lamentando a continuación el destierro que -después de la revolución irmandiña-
le impusieron los Reyes Católicos a los grandes señores de Galicia: "así
decapitaban a unha nación sen que a mesma nación se enterase, bulrando ao mesmo
tempo o xuicio da hestoria"[48].
Verdaderamente, la historia juzgó y condenó a la nobleza gallega del siglo XV,
repetidamente impugnada por la revuelta de los vasallos y de las ciudades, por
una iglesia cuyos bienes habían ocupado fraudulentamente, por una monarquía
deseosa de intervenir en Galicia en olor a multitud con las banderas de la paz,
la justicia y la seguridad. El desacuerdo con la historia real conduce a la
historia deseable, según la cual los nobles gallegos "serían invulnerables
se contaran coa simpatía dos servos ou coa fidelidade dos criados"[49].
Esta nostalgia por una historia que nunca sucedió, no tendría mayores
consecuencias si ello no restase gravemente objetividad a la historia de
Galicia, sobre todo cuando se atribuye a los señores feudales una conciencia
nacional apócrifa.
La
conciencia gallega de constituir un reino y hablar una lengua diferente a la de
otros pueblos peninsulares y europeos, existía en el siglo XV, tanto en el
pueblo como en la nobleza, pero no disponemos de datos que permitan afirmar que
esa mentalidad gallega se expresase políticamente contra Castilla y/o contra el
rey de Castilla, que era también rey de Galicia. Incluso la simpatía política
de una parte de la nobleza por Portugal, durante las guerras civiles del siglo
XIV y XV, se manifiesta en el contexto de la lucha por la Corona de Castilla,
es decir, tenía el objeto de cambiar el rey de Castilla (unificando Castilla y
Portugal) y no de romper los lazos con la Corona castellano-leonesa. El
integracionismo estaba latente en todas las clases sociales y no era en
absoluto contradictorio con una conciencia nacional en positivo. Lo
sorprendente es que durante los siglos XIX y XX siguió siendo así, también hoy
en día, y nadie se inventa una Galicia distinta para afirmar nuestro
nacionalismo.
Castelao,
al margen de las fuentes que relatan los enfrentamientos puntuales de los
señores gallegos con el nuevo Estado, hace de la nobleza tardomedieval la
fuerza depositaria -en exclusiva- de la dignidad gallega[50],
y cuando el pueblo primero (1467) y la monarquía después (1483-1486) los echan
de Galicia, se queja -"con eles marchouse a rebeldía, o orgulo, a
insumisión da patria"-, descalifica a su sustituta moderna la hidalguía
intermediaria -"En troques, quedounos unha moitedume de fidalgos da ínfima
nobreza, impotentes e vaidosos"-, y se compadece del pueblo -"un povo
bulrado, abatido, roubado e sen ningunha espranza de salvación"[51]-,
sin considerar que el pueblo gallego había luchado lo indecible por librarse de
su clase dominante feudal y que nadie se siente deprimido o desesperanzado a la
hora del triunfo. Ya apuntamos que nuestras investigaciones son concluyentes
respecto al sentimiento colectivo de victoria sobre los caballeros feudales
imperante entre los campesinos, la burguesía y los artesanos gallegos a fines
del siglo XV y a principios del siglo XVI[52].
La
defensa de una gran nobleza que nadie quería en Galicia a fines de la Edad
Media, llega hasta la exculpación -por lo demás innecesaria-. "En verdade
sería inxusto atribuir a desventura de Galiza â tiranía dos seus derradeiros
señores", pues si hubo señores malos también hubo señores buenos que
construyeron iglesias y obras públicas;
y sigue Castelao: "Non; a desventura de Galiza iniciouse co ausentismo dos
grandes señores, imposto polos Reis Católicos para engrosaren a grandeza
de Castela e, de paso eliminaren as nosas arelas de independencia"[53].
Esto último es a las claras una invención. Sobre la conveniencia o no de la
permanencia de los grandes caballeros feudales en Galicia, es indudable que los
gallegos de finales del siglo XV y la historiografía nacionalista han mantenido
posiciones irreconciliables. Obviamente, desde el punto de vista de una
historiografía profesional lo que vale es lo primero, y desde el punto de vista
de un nacionalismo enraizado en su pueblo y en la historia de su país, también.
La
propia idea de Castelao de mostrar el lado positivo de la dominación de la
nobleza laica atribuyédole la concesión de los foros[54],
olvida un dato fundamental que ya Murguía[55]
había señalado: el foro se generaliza hacia mediados del siglo XIII por
iniciativa de los señores eclesiásticos, hegemónicos en Galicia hasta que, a
partir de 1369, son desplazados mediante la fuerza por la nobleza trastamarista
vencedora en la guerra civil, cuya relación principal con los campesinos
gallegos no fue el foro sino la renta jurisdiccional, el tributo extralegal y
el agravio directo. Cuando Castelao alardea, muy justamente, de las
instituciones forales gallegas "que concedían aos labregos un comezo de
propiedade, base dos actuaes minifundios", mientras "perdura el
latifundio feudal" en la España reconquistada a los moros[56],
no tiene en cuenta que la puerta de acceso a la propiedad campesina que suponen
los foros se debe a la sustitución de la nobleza laica por la iglesia primero y
la hidalguía después como grupos sociales dirigentes en Galicia, en el tránsito
del siglo XV al siglo XVI. La caída de la nobleza gallega bajomedieval, y las
relaciones sociales que encarnaba, se explica en último término por causas
económico-sociales y, en primera instancia, por la impugnación moral de sus
vasallos, y de la mayor parte de los gallegos, que acusaban a los caballeros de
los innumerables agravios que aquellos cometían acuciados por la crisis
bajomedieval de los ingresos señoriales. Si después de la escisión portuguesa,
no existen datos acreditativos de que los señores feudales luchaban por la
independencia de Galicia, menos aún de que los "de abajo" incluyesen
esta crítica en la inculpación general a los señores; simplemente el problema
en el siglo XV gallego no estaba planteado en esos términos, por ello resultaba
innecesario descargar a la nobleza de algo que ella no podía ni seguramente
quería hacer.
Nuestro
Castelao consciente del peso de los intereses de clase, remata por culpar a la
toda la clase señorial gallega de traicionar a Galicia: "no ánimo dos
nobres e na testa eclesiástica de Sant-Iago sóio medraban os egoismos de caste,
e por eles Galiza cometeu grandes desvaríos i estivo a piques de morrer
asimilada"[57].
Las censuras las reparte por igual el autor contra los señores eclesiásticos,
cuya hegemonía se personaliza en Xelmírez en la Plena Edad Media -que es
acusado de entregar Galicia a Castilla[58]-,
y contra los señores laicos que al final del medievo abandonan Galicia por la
Corte: "Aqueles señores non defendían máis que os seus foros, e axiña se
trocaron en ardidos cortesáns, enxertando os seus nomes na aristocracia
hespañola, antramentras que o povo galego sofría"[59].
No se da cuenta, o no quiere darse cuenta, Castelao de que la huída "hacia
arriba" de los señores gallegos es una prueba más del carácter imaginario
de su independentismo.
Ora
se inculpa al pueblo ora a los señores. Ambivalencia flexible que deriva del
hábito de enjuiciar los hechos históricos y la actuación de las clases, según
el dogma previo de la confrontación Galicia/Castilla. Así, después de la
revuelta irmandiña, se celebra la bravura de los nobles feudales en lucha
contra los enviados de los Reyes Católicos y contra la "inquina terrible
dos plebeus, que, por vingárense de pasadas inxurias, axudaban ós
casteláns"[60].
La oposición de Pedro Madruga a la monarquía unificada de Castilla y Aragón,
defendiendo a Doña Juana contra Isabel I, y después la resistencia individual
de los señores gallegos las órdenes de los Reyes de ceder su control sobre los
bienes eclesiásticos y sobre sus nuevas fortalezas, son momentos importantes
para la historiografía galleguista porque son adaptables al esquema de
confrontación con Castilla y su monarquía, que tanto se echa en falta en la
historia de Galicia.
Si
de entrada el pueblo apoya a Acuña y Chinchilla contra los señores feudales,
anatema; si finalmente la alta nobleza acaba cediendo a las presiones de los
Reyes Católicos y acepta el exilio dorado en la Corte castellana, anatema. Sólo
se salva Pedro Pardo de Cela, cuya muerte por decapitación, en 1483, por orden
de los Reyes Católicos se pretende que "salve" el honor de Galicia y
de su nobleza. Cualquiera que hayan sido sus pecados, la muerte había hecho bueno
al mariscal. Años y años de crítica historiográfica no han podido con el
mariscal imaginario creado por la tradición y enarbolado sin pudor por la
historiografía patriótica.
Ascenso
y caída de Pardo de Cela
Si hay un hecho histórico donde el mito y la realidad conocida se hayan distanciado tanto, este es el caso del mariscal Pedro Pardo de Cela, cuya muerte violenta ha creado las condiciones para la invención de una biografía que lo ha convertido en el mártir por excelencia de la literatura galleguista, en el máximo representante de esa nobleza gallega que tenía que haber sido y que no fue. El estudi