El paradigma común de los historiadores del siglo xx
Carlos
Barros
Universidad
de Santiago
Antes de preguntarnos adónde va la historia
que hacemos los historiadores habría que pararse a dilucidar de dónde viene[1].
Más allá y más acá de las grandes escuelas
historiográficas del siglo XX,
nos cuesta reconocer lo qué tuvimos o tenemos en común historiadores de países
y especialidades históricas tan dispares, especialmente en tiempos de
fragmentaciones e incertidumbres como los presentes.
La actual crisis de identidad de la historia
hace, pues, imprescindible un balance finisecular: urge recomponer el acervo
común de los historiadores, valorando los éxitos y, sobre todo, los fracasos
colectivos, con el fin de comprender el aparente callejón sin salida en que nos
encontramos, y de entrar en el siglo XXI rearmados moral y científicamente. En
resumen, hay que aplicar el método de la historia a la propia escritura de la
historia, tarea sorprendentemente
inusual, y hasta marginal, en el quehacer de los historiadores hasta hace bien
poco.
La falta de estudios, reflexiones y debates,
sobre historiografía, metodología y teoría de la historia, es precisamente una
de las características del viejo, y hoy
cuestionado, paradigma común que contribuyen a explicar tanto las dificultades
que tenemos para su explicitación retrospectiva como su reciente caída
irreversible. Convertir a los historiadores y sus obras, a las corrientes
historiográficas y sus crisis, a los valores y las prácticas de la profesión,
en objeto de investigación científica (y de debate), esto es, sabiendo que lo
qué se dice no siempre coincide con lo qué se es y con lo qué se hace, contextualizando
nuestra problemática, es una necesidad que empieza a tener adecuado reflejo en
congresos, revistas y libros, síntoma de una creciente toma de conciencia de
los historiadores acerca del punto crítico en que nos encontramos.
De la historia de la ciencia
a la historiografía
La escasa inteligibilidad de las creencias,
las prácticas y la evolución de la ciencia ha sido un problema general hasta
que se desarrolló la historia (y la sociología) de la ciencia, que rivaliza con
la filosofía de la ciencia en la redefinición del estatus epistemológico del
saber científico. La historia de las ciencias sociales y humanas en general, y
la historia de la historia en particular, dejarán de ser literatura accesoria
en la medida que asuman críticamente los avances de la historia de la ciencia,
que ha constatado hace ya bastante
tiempo como los científicos "son poco mejores que los legos en la materia
para caracterizar las bases establecidas de su campo, sus problemas y sus
métodos aceptados"[2].
La invisibilidad de los paradigmas
compartidos por los historiadores es, por tanto, un problema asimismo
compartido con las demás ciencias que Thomas S. Khun ha resuelto brillantemente definiendo el
concepto de paradigma y poniendo al descubierto el papel central de la
comunidad científica en la validadación
del conocimiento científico, cuyos paradigmas no son eternos sino que
mudan a través de rupturas revolucionarias, diferenciando -demasiado netamente-
los períodos de ciencia normal de los períodos de ciencia extraordinaria:
crisis, debate y sustitución de paradigmas.
La aplicación de los descubrimientos de Khun
a las ciencias sociales y humanas se infiere de sus propias deudas explicitadas
con la historia, la sociología, la psicología social y la epistemología[3],
a la hora de estudiar la ciencias naturales -el objeto principal de sus
análisis-, de la propia experiencia de la historia de la historiografía, y, en
definitiva, de la madurez como ciencia social adquirida por la historia a lo
largo de siglo XX: su propia expansión implica la existencia de un vigoroso
paradigma común.
Kuhn es un físico que deviene
historiador para tratar de comprender
las ciencias de la naturaleza: "Asombrado, me di cuenta de que la historia
podía serle útil al filósofo de la ciencia"[4];
presume de ser miembro de la Asociación Norteamericana de Historia y no de
Filosofía, y de que sus estudiantes desean ser historiadores y no filósofos[5].
Cuando menos debemos plantearnos devolver a la historia, con intereses, lo que
Kuhn aprendió de la historia. A sus críticos asegura Kuhn que ejerce de
historiador para saber epistemología[6];
obviamente, es un historiador de nuevo tipo que -inclusive respecto de la nueva
historia- no desprecia la teoría: considera está su meta final.
En un primer momento, la historia
copió de la física clásica, determinista, para ser considerada ciencia, dejando
atrás conceptos como el cambio y la subjetividad en el proceso de conocimiento;
ahora, la física aprende con Kuhn de la vieja historia (y también de Darwin)
que el desarrollo científico no es
acumulativo sino que avanza gracias a "rupturas
revolucionarias", se busca el
paralelismo con las revoluciones históricas para entender las revoluciones científicas,
episodios en los "que un antiguo paradigma
es reemplazado, completamente o en parte, por otro nuevo e
incompatible"[7],
y se toma muy en consideración el papel de la mentalidad colectiva en el
comportamiento de las comunidades científicas, tanto en los períodos
acumulativos de ciencia normal como en tiempos de crisis y muda de paradigmas.
Con todo, las influencias externas de los factores sociales y culturales en el
devenir de las comunidades científicas (notorias en el caso de las ciencias
sociales y humanas) son por regla general desatendidas, aunque no negadas, por
Kuhn en sus trabajos, concluyendo que la evolución de las ciencias
desarrolladas se da con "relativa independencia del medio social"[8].
Su gran contribución es poner de relieve el rol de las comunidades científicas,
por un lado, y de las revoluciones
paradigmáticas, por el otro, el contexto
y la sincronía debemos añadirlos nosotros, los historiadores generales de la
sociedad y de la mentalidad.
Para reconstruir una historia de
la ciencia que no sea lineal ni acumulativa,
Kuhn se sirve de un concepto narrativo de la historia, pero rechaza la
mera crónica y resalta su naturaleza explicativa ("mostrar no únicamente
hechos sino también las conexiones que hay entre ellos"), incluso no
descarta la existencia de leyes de
conducta social aplicables a la historia, aunque éstas "no son esenciales
para su capacidad explicativa"; a diferencia de la física que cuando se
empieza a escribir ya se acabó el proceso de investigación, para la historia
-según Kuhn- es fundamental el momento
de la narración, que forma parte de la investigación[9].
Sin embargo, el paradigma dominante, en los años 60 y 70, entre los
historiadores, no era el narrativo, sino el estructural-funcional, la
innovación que propone Kuhn subvierte, pues, tanto al concepto establecido de
historia como al concepto de ciencia en general. Por supuesto, no cabe
confundir la historia narrativa con ambiciones explicativas y epistemológicas
de Kuhn con el conocido enfoque positivista de "examinar textos, extraer
de ellos los hechos pertinentes, y relatarlos con gracia literaria, más o menos
en orden cronológico", idea decrépita de la historia que "no tomaba
muy en serio" nuestro historiador de la
ciencia[10].
Conque la historia narrativa-explicativa de Kuhn pertenece más al futuro que al
pasado de nuestra disciplina, y viene a confluir con los esfuerzos de otros
filósofos (Ricoeur) e historiadores (Lefebvre, Topolsky) por dar a luz una
nueva historia narrativa.
Nociones de paradigma
La palabra paradigma tiene un doble sentido
para Kuhn, el específico de ejemplo y otro más genérico -y original- que se
refiere a los compromisos compartidos por una comunidad científica dada[11].
Se ha ido imponiendo la segunda acepción sobre la significación primigia y
literal que asimila paradigma a modelo y ejemplo (como las conjugaciones
estandar de los verbos regulares). El intento del propio autor, en 1969, de
sustituir el sentido amplio de paradigma por la noción de matriz disciplinar[12],
para evitar confusiones y recoger el carácter plural de los elementos teóricos,
metodológicos y normativos que gozan del consenso de los especialistas, no ha tenido éxito porque lo
revolucionario de la aportación de Kuhn está precisamente en la amplitud con
que aplica el término paradigma, a la vez matriz disciplinar y referencia
ejemplar. Lo más claro es singularizar con el adjetivo “común” el paradigma
plural -los paradigmas compartidos- que asume, más o menos explícitamente, la
mayoría de los miembros de una especialidad profesional, científica.
Se sobreentiende entonces que el paradigma
común, general, de una comunidad
científica contiene por su parte paradigmas particulares relacionados entre sí,
siendo muy importantes los modelos-ejemplares, realizaciones científicas que
ofrecen soluciones a problemas concretos y que son aceptados universalmente
(como el péndulo de Foucault para demostrar el movimiento de la tierra); los
paradigmas-ejemplos actúan por semejanza y emulación, y son fundamentales en la
enseñanza de una disciplina y en la iniciación a la investigación. Los modelos
ejemplares compartidos en historia vienen a ser las obras clásicas de cada
disciplina, subdisciplina o temática, si bien tendrían menos importancia que la
resolución de problemas-tipo en física, por ser más abundantes entre los
historiadores profesionales las reglas
compartidas[13].
En todos los casos, "es la posesión de un paradigma común lo que
constituye a un grupo de personas en una comunidad científica, grupo que de otro
modo estaría formado por miembros inconexos"[14].
Como cada científico no puede construir su
campo de actuación desde los cimientos: sin paradigmas consensuados no
hay verdaderamente ciencia como obra colectiva. El uso del concepto de
paradigma según Kuhn se está generalizando en los últimos años del siglo, en
las ciencias naturales y sociales, en
los ambientes académicos y también en el lenguaje culto de algunos medios de
comunicación.
Una comunidad científica está constituída por
aquellos profesionales que práctican una especialidad, han recibido parecida
educación y leído los mismos libros, enseñan colegiadamente a sus sucesores,
mantienen cierta comunicación interna a través de sociedades, congresos,
revistas y otras vías menos formales, sobre la base de una relativa -por su
diversidad- pero efectiva unanimidad de juicios sobre el oficio[15].
Para Kuhn los miembros de una comunidad científica determinada proporcionan
"el único auditorio y el único juez a los trabajos de dicha comunidad"[16].
Los paradigmas compartidos lo son de forma más tácita que explícita, más
práctica que teórica; no están especificados con toda precisión ni, por
descontado, exentos de desacuerdos y conflictos internos; se trata de creencias
aceptadas (su estabilidad nos faculta para hablar de valores) que permiten a
los miembros de la comunidad seleccionar, evaluar, criticar e interpretar; sus
elementos provienen tanto de la teoría como de la práctica, de la propia disciplina como de otras, del
conocimiento científico como del conocimiento corriente, etc[17].
Estos valores comunes a toda una especialidad científica no son idénticos de
una comunidad a otra, de una época a otra[18],
tienen su propia especificidad e historia
que hay que examinar a fin de superar el síndrome académico del
compartimento: la ilusión etnocéntrica -cuando no egocéntrica- de que no hay
nada más allá de la torre de marfil de la escuela, del área de conocimiento, de
la línea o del grupo de investigación,
del "yo" particular, como si fuera del propio -y seguro- ámbito de
actuación todo fuese discrepancia, confusión, eclécticismo... El reconocimiento
explícito de la existencia de activos paradigmas compartidos que son fueron -y
en algún sentido aún son-, objetivamente, más importantes que la pertenencia a
una determinada escuela, especialidad, tradición nacional, filosofía o ideología política, es hoy un ejercicio de
modestia, intelectual y científica, que tenemos de practicar los historiadores.
Las comunidadades científicas no están
aisladas entre sí, mantienen relaciones de inclusión e interdependencia: los
historiadores contemporáneos se consideran parte de los científicos sociales, y
éstos a su vez de los científicos en general (comandados por las ciencias de la
naturaleza). El paradigma imperante en
las ciencias naturales condiciona el paradigma de las ciencias sociales
y humanas, que a su vez sobredetermina el paradigma común de los historiadores.
Las líneas de influencia actúan también -cada vez más- en sentido contrario (la historia y la física: Kuhn, por ejemplo).
La existencia de un paradigma común no
implica, ordinariamente, una teoría
común. Sobre las teorías dice Kuhn: "tales construciones tradicionales
son, a la vez, demasiado ricas y demasiado pobres para representar lo que los
científicos tienen in mente cuando hablan de su adhesión a una teoría
particular"[19];
y, además. pocas ciencias sociales disponen de una teoría bien articulada y
ampliamente aceptada[20].
La teoría marxista de la historia ha sido, sin duda, la más admitida entre los
historiadores del siglo XX, pero sería excesivo, y faltar a la verdad,
considerarla la teoría común de algo tan amplio como los Annales, el materialismo histórico y el
neopositivismo, las tres tradiciones que han convergido en la segunda posguerra
para formar nuestro paradigma común diverso y plural.
Los valores pueden ser compartidos por
hombres que difieren en su aplicación;
el paradigma común comporta una grado de tolerancia hacia la desviación individual y colectiva[21]; la coincidencia en aspectos principales de
cómo entender el oficio no es, por consiguiente, lo mismo que la identidad de
criterios[22];
en suma, la diversidad es la norma y no la excepción de un paradigma científico
realmente operativo, porque la ciencia normal no es una empresa única,
monolítica y unificada: "viendo
todos los campos al mismo tiempo, parece más bien una estructura
desvencijada con muy poca coherencia entre sus diversas partes"[23].
Esta flexibilidad paradigmática no es un invento de Kuhn, resulta de cualquier
aproximación sociológico-histórica a las comunidades científicas reales, las
cuales no se rigen tanto por reglas y
teorías rígidas como por paradigmas compartidos que, ciertamente, han de
guardar el grado de coherencia y compatibilidad suficientes como para
garantizar un marco común y eficaz de trabajo, que asegure que las inevitables
polémicas no efectarán a la práctica en períodos de ciencia normal[24].
La historia y la sociología de la ciencia han echado abajo, en consecuencia,
esa falsa y simplificadora alternativa, tan corriente, de rigidez teórica o
eclecticismo vulgar. Bien entendido que la unidad, flexibilidad y diversidad
detectadas no significan debilidad: no hay más que ver lo mucho que les cuesta
a los científicos abandonar sus creencias paradigmáticas. Resumiendo, la
existencia de un paradigma común no presupone una única lectura: "puede,
por consiguiente, determinar simultáneamente varias tradiciones de ciencia
normal que, sin ser coextensivas, coinciden"[25].
Comprenderlo es aprender a pensar de otra manera, es dejar de engañarnos a
nosotros mismos, es rebasar una extendida “falsa conciencia” sobre cómo
funciona verderamente nuestra disciplina.
Nuestro territorio común
El contenido complejo de unidad-pluralidad de
la noción de paradigma, ¿cómo se aplica a la historia? Si consultamos las
memorias de las oposiciones a profesores numerarios encontraremos, usualmente,
referencias conjuntas tanto a la escuela de Annales
como al materialismo histórico -con la oportuna muestra de respeto positivista
por las fuentes-, citas rituales a significativos autores y obras, pretendiendo
con frecuencia el concursante cierta diversidad que satisfaga al previsible
variado tribunal fruto del sorteo correspondiente. Una manera, pues, de acceder
al paradigma común de los historiadores
son estos proyectos docentes. Pero el enseñante fue antes enseñado y aprendió
los fundamentos de la disciplina en libros de texto[26],
clases magistrales, lecturas obligatorias, seminarios, clases prácticas.
Vocabulario de la disciplina, frases del tipo "la función del historiador
no es juzgar los hechos históricos", reconocimiento de los profesionales
más aceptados y de las investigaciones y síntesis consideradas maestras,
calificación negativa o positiva de una interpretación, tema o método de investigación: todo ello se
aprende en la facultades de historia, dentro
y fuera de las aulas. El paradigma subyacente se refleja en los
programas de las asignaturas y en sus manuales de apoyo: todos bastante
parecidos. Los profesores difunden y defienden en las clases el paradigma establecido, aún en tiempos de crisis, más
allá incluso de su opinión personal , que si acaso se refleja más en la
originalidad sus trabajos de investigación, y ello no siempre. Las múltiples
traduciones de obras de síntesis y de estudios monográficos (mayoritariamente
del francés y del inglés) han unificado a lo largo de los años el territorio común, nacional e internacional,
de los historiadores alrededor (pero no sólo) de las principales escuelas y
tradiciones. Con los escasos pero cruciales artículos o libros que tratan
de historiografía, metodología y teoría de
la historia (la filosofía de la historia viene siendo, a pesar de todo, más
dedicación de filósofos que de historiadores), como la Apologie pour l'Histoire ou Métier d'historien
de Marc Bloch (París, 1949) o What is
history? de Edward H. Carr (Londres, 1961), reeditados una y otra
vez en los idiomas principales de Occidente, se completan los mecanismos de
homogenización y difusión del paradigma común de los historiadores del siglo
XX, que, insistimos, es dado a conocer más a
través de sus realizaciones
prácticas que teóricamente, lo cual dificulta sobremanera su identificación
pero no así su eficacia ejemplarizante y homologadora.
En los manuales de historia dirigidos a los
estudiantes, y demás libros-síntesis de
historia, el paradigma común está implícito, se muestra en ellos la obra final
no las herramientas utilizadas, porque no se habla de conceptos, métodos y
valores historiográficos, por consiguiente no suele haber referencias a las
revoluciones historiográficas, ¿con el objetivo de que la historia de la historia parezca lineal-acumulativa, como
denuncia Kuhn para las ciencias
naturales?[27]
Si bien la historía del siglo XX participa del paradigma ilustrado de una
ciencia acumulativa que progresa linealmente, los textos de reflexión
historiográfica tienden a lo contrario: destacan los cortes historiográficos y
disimulan el hilo conductor, la
continuidad sea diacrónica sea sincrónica entre las diferentes escuelas, la
existencia en definitiva de un patrimonio común[28].
De ahí la falta de precedentes, y las dificultades con que nos encontramos,
para la reconstrucción que queremos -sobre nuevas bases- de un activo
largamente compartido, lo que denominamos usualmente como la ciencia de la historia, la historia científica, la historia como ciencia social, el
paradigma establecido en los medios profesionales y académicos de los países
occidentales desde mediados del siglo XX, que, dentro de cinco años, será ya el
paradigma común de los historiadores del “siglo pasado”.
La revolución
historiográfica del siglo XX
La revolución historiográfica del siglo XX
derrocó, en buena medida, de su pedestal a la historia heredada del siglo XIX:
narrativa, acontecimental, política, biográfica; positivista, descriptiva, historizante; historia desde
arriba, superficial, se dijo. Impuso cierta hegemonía conjunta de la escuela de
Annales y del materialismo
histórico[29],
marginando pero no eliminando a la vieja historia[30].
Estableció un paradigma común y diverso que participaba, no siempre
conscientemente, y sacaba su fuerza e inspiración filosófica, de un concepto
objetivista de la ciencia, relanzado en esa época, lo cual facilitó a su vez la
continuidad directa[31]
y, más aún, indirecta del positivismo, influencia difusa y ciertamente ambigua
pero mucho más aceptada en la práctica por los nuevos historiadores de lo que
parece y, sobre todo, de lo que se dice[32].
¿Cómo se explica si no la facilidad con que han retornado en la última década
los géneros historiográficos tradicionales? El empirismo no es sólo una peculiaridad
anglosajona, es una tendencia general de la ciencia histórica, si lo
contrastamos con la preocupación por la teoría de la sociología (desde Comte
hasta los sociólogos históricos pasando por Weber), la antropología (Claude
Lévi-Strauss) o incluso la psicología (Jean Piaget). El desinterés
hacia la teoría y la preferencia por la
inducción no es tampoco una particularidad de Annales[33]
(causa pero también efecto de una revolución paradigmática que encontró
obstáculos en su camino), sino un mínimo denominador común de los historiadores
de profesión[34].
Sin reconocer este trasfondo positivista, inductivista y objetivista, no
entenderíamos bien los fracasos y las limitaciones del paradigma conjunto Annales-marxismo y no valoraríamos
justamente sus éxitos. Además, ¿no forman parte el positivismo, el materialismo
histórico y la escuela de Annales,
de un mismo proyecto progresista de la historia que empieza con la
Ilustración? Es la contigüidad de los tres paradigmas lo que ha
facilitado que funcionen como vasos comunicantes (y sus diferencias lo que ha
posibilitado el trasvase de valores, hasta una situación de equilibrio).
Lo que a fin de siglo contemplamos justamente
sólo como una victoria más bien parcial del primer gran paradigma común de los
historiadores, constituídos en comunidad científica[35],
fue en realidad un paso de gigante respecto a la situación precedente,
decimonónica, cuando rivalizan sin ponerse de acuerdo historiográficamente el
positivismo y el romanticismo nacionalista, el materialismo y el idealismo, los aficionados y los primeros
profesionales de la historia[36].
Tiraríamos piedras contra nuestro tejado
si no valoráramos la revolución científica que supuso el auge de la nueva
historia[37].
A partir del fin de la II Guerra Mundial, la historia alcanzó su mayoría de
edad como disciplina académica, concluyó su proceso de profesionalización, se
sitúo entre las ciencias sociales en un lugar preeminente, ganó un extraordinario reconocimiento público
a caballo del optimismo de la época hacia el progreso técnológico y económico y
la transformación social subsiguiente, liberó
grandes energías que hicieron crecer -hasta el día de hoy- la
investigación histórica sobre la base de una alta valoración de la innovación
temática y metodológica. Se puede decir incluso que la nueva historia que hemos
practicado, si hoy agoniza, es por el éxito alcanzado. Su herencia es
incalculable. No sabemos que sería más grave: dilapidar el patrimonio heredado
haciendo tabla rasa, o negar como avestruces la crisis irreversible del
paradigma común de la historiografía del siglo XX. Estamos convencido de que ambos riesgos son
evitables si nos habituamos a pensar de manera renovada, esto es, compleja.
Hegemonía conjunta y
limitada
De suerte que el paradigma común plural de
los historiadores de la segunda mitad del siglo XX tiene tres componentes,
simultanea y relativamente, paradigmas rivales: escuela de Annales, marxismo y neopositivismo[38].
La hegemonía conjunta de Annales
y el materialismo histórico, siendo cierta[39],
hay que naturalmente relativizarla bastante, ocupa el centro del escenario,
pero no todo el escenario, su mediatización por un empirismo superviviente,
amoldado magníficamente a las nuevas circunstancias, contradice de tal modo las
intenciones antipositivistas de las dos grandes escuelas tendencialmente
dominantes en el mundo, que sería un craso error no considerar su presencia, no
siempre en la retaguardia de la profesión. Los valores compartidos en cuanto a
novedades temáticas, metodológicas y teóricas son proveídos por Annales y el marxismo, por este orden; la
contribución neopositivista tiene más que ver con el concepto general vigente
de ciencia histórica y con el enorme prestigio que siguió teniendo el empirismo
en la práctica docente e investigadora de todos los historiadores. El
positivismo forma parte del consenso historiográfico actual gracias a esa parte
inductivista que existe en todos nosotros y que nos lleva a decir, verbigracia,
que lo que hay son “buenos y malos” historiadores. El propio concepto de
paradigma común que usamos nos remite más a la práctica de la profesión que a
su teoría, y en ese terreno es difícil prescindir de la dosis habitual de positivismo que, concentrado en
técnicas y métodos, lo hemos visto, se adapta flexiblemente a paradigmas y
teorías diversos, justamente por su desdén por los compromisos paradigmáticos y
las teorías.
Los maestros de los jóvenes historiadores de
los años 60 (y de los años 70 en España y en otros países) fueron historiadores
tradicionales y positivistas que inculcaron en sus discípulos, y éstos a los
suyos (a la manera de antiquísima reprodución jerárquica del saber académico)
el gusto por la erudición, la creencia
en la imparcialidad del historiador, el recelo hacia las teorías y filosofías
de la historia[40].
Todavía hoy, ¿cuántas veces oímos en las lecturas de tesis a miembros del tribunal de filiación annaliste, e incluso marxista, criticar al
doctorando por carencias en las fuentes y la bibliografía utilizadas, exigiendo
erudición por encima incluso de originalidad y innovación, interpretación e
historia-problema, con lo cual se deforma el significado verdadero de una
"tesis"? La aportación del positivismo al paradigma historiográfico
del siglo XX está en el interés por los archivos y las llamadas ciencias auxiliares de la historia[41];
por las fuentes y la crítica de las fuentes; por los datos y los hechos; por
los casos y el análisis; por las técnicas y la especialización; y, además, el
positivismo ha conferido legitimación académica a la nueva historia. No sólo el marxismo, también Annales tiene un origen marginal respecto
del poder universitario, ¿habrían podido
trasformarse ambos movimientos en escuelas hegemónicas en las universidades de
muchos países sin la colaboración tácita
de los sectores tradicionales del establecimiento académico? El academicismo,
la pertenencia a la corporación universitaria
supone actitudes, jerarquías y rituales, que son parte de los valores
compartidos por los historiadores[42],
más allá de escuelas e incluso ideologías[43].
El equilibrio paradigmático entre las tres
corrientes historiográficas citadas implica influencias, reconocimientos y
concesiones mutuas que raramente se
explicitan. Pero son normales, hasta los años 70, manifestaciones favorables de
los historiadores de Annales
hacia el materialismo histórico[44],
y de marxistas franceses[45]
e ingleses[46]
hacia Annales. De hecho ambas
escuelas se muestran en esos tiempos compatibles[47]
y complementarias. Annales por ejemplo se ha interesado más por la
metodología, las estructuras y la historia medieval y moderna, y el materialismo histórico por la teoría,
las revoluciones y la historia contemporánea. Annales
ha influído mayormente en los países del sur de Europa y la historiografía
marxista en el norte[48].
El lazo más sólido entre los historiadores de ambas tendencias es, sin duda
alguna, la oposición frontal a la vieja historia, positivista y conservadora[49].
La concesión mayor de los historiadores empiristas, que admitieron el
predominio público de las grandes escuelas
sin dejar de practicar una historia clásica y erudita (habiendo cambiado
muchos de ellos, eso sí, la historia política y acontecimental por la historia
económica y social), es no arremeter contra el marxismo, cosa que sin embargo
si han hecho lo filósofos
neopositivistas como Popper.
La interconexión de los tres
paradigmas-tradiciones entraña que, como el todo está en cada parte, cada uno
de ellos interioriza, adapta y representa, a su modo, el paradigma común. Ahora bien, es obligado advertir la mayor
contribución de la escuela de Annales
al acervo común de los historiadores
occidentales de los años 50 y 60[50],
que corresponden con la generación de los segundos Annales, liderada por Fernand Braudel, que culmina los
esfuerzos de innovación y rupturas de Marc Bloch y Lucien Febvre, en el
período entreguerras, con la historia tradicional. Francia va a ser el centro
de la revolución historiográfica del siglo XX por la radicalidad, para bien y
para mal[51],
sin parangón en otros países, con que combate y arrincona a la vieja historia historizante[52].
Ni siquiera nuestra historiografía marxista fue tan dura y neta a la hora de
cambiar paradigmas: siguió cultivando y/o aceptando, por ejemplo, una historia
política que Annales negaba por
principio[53].
La centralidad de Annales (a
través de sus enfoques innovadores) en el paradigma historiográfico dominante
facilita y vertebra la diversidad de éste, desde el neopositivismo al marxismo
estructural. Con todo, en cada país la convergencia historiografíca se produjo
de forma distinta: en Gran Bretaña el rol vertebrador de la nueva historia
acabó por corresponder a la nueva
historiografía marxista.
Pierre Vilar decía, en 1967, que después de
cincuenta años de rechazo "la investigación histórica va en el sentido en
que Marx la había encauzado", gracias a los historiadores como
Labrousse y otros, imbuidos por el
pensamiento de Marx aunque no siempre lo proclamen[54].
¿Se puede generalizar este marxismo
tácito a toda la escuela de los primeros y, sobre todo, de los segundos Annales?
La respuesta es sí en el sentido de que
los nuevos historiadores franceses consideran -la mayoría lo siguen sosteniendo
hoy- que han asumido las enseñanzas científicamente válidas del materialismo
histórico. Es un lugar común entre los historiadores contemporáneos, incluso
entre algunos tenidos por conservadores, admitir la contribución del
materialismo histórico a la construcción de la historia científica sin por ello
considerarse políticamente marxistas. Es la prueba más evidente del componente
marxista del paradigma común. El prestigio profesional de los historiadores
marxistas corrobora el sentimiento general de estar en el mismo barco, aunque
se investigue sobre distintos temas y
con enfoques a menudo matizadamente
diversos. La admisión del materialismo histórico en la academia
historiográfica, donde ocupó y ocupa posiciones de poder en absoluto
desdeñables (lo que obliga a tenerlo en cuenta científicamente), subraya la
autonomía de la ciencia respecto de la política[55].
La pura verdad es que gran parte de la
difusión de los conceptos marxistas alcanzada en nuestras universidades es
indirecta, consecuencia de la
coparticipación de la teoría y la práctica materialista de la historia en el
paradigma común de las ciencias sociales
y humanas; en contrapartida, el marxismo confiere credibilidad progresista al
conjunto hegemónico, del mismo modo que Annales
proporciona el prestigio de la renovación y los historiadores positivistas la
imagen académica, sobre todo en el momento de acceder al establishment los nuevos historiadores de
la economía y de la sociedad, en los años 60 y 70.
La historiografía española se caracteriza por
no haber desarrollado una escuela
propia, y por una recepción tardía[56]
de la renovación historiografíca del siglo XX a causa del paréntesis franquista
y de la consabida inercia académica, es por ello nuestro país una excelente
ilustración del triple origen del paradima común implantado en los años 60 y
70, entre una y dos décadas después que Francia. A lo largo de 1975 un grupo de
historiadores jóvenes, y menos jóvenes, escriben sobre la situación y
perspectivas de la historia, en el Boletín Informativo
de la Fundación Juan March, delimitando claramente las tres
contribuciones que protagonizan, por activa o por pasiva, la renovación
historiográfica[57]:
Annales (Antonio Eiras Roel, José
Ángel García de Cortázar), marxismo
(Juan José Carreras, Antonio Elorza) e historiadores tradicionales (Luis
Suárez, José María Jover) que, en los textos que aportan[58],
muestran cierto respeto y apertura hacia las dos corrientes internacionales de
vanguardia . Con el paso de los años, a pesar de la crisis del marxismo, el
materialismo histórico ha mantenido su influencia en el campo de la historia,
al contrario de lo que sucedió con sociólogos, filósofos, economistas y
politicólogos: "los historiadores siguen por lo general considerando las
tesis principales del materialismo histórico como una buena herramienta
metodológica"[59].
Dicho en España -en 1991- por un
filósofo, parece excesiva esta afirmación en términos absolutos pero si es
verdadera[60]
comparativamente, cabe preguntarse el porqué. La continuidad hasta el presente
del mentado pardigma común tripartito como referencia historiográfica básica, a
pesar de la fragmentación y crisis de la disciplina, es una parte esencial de
la respuesta.
Mientras el epicentro renovador francés se
consolida, en la década que sigue a la II Guerra Mundial[61],
en el mundo anglosajón, y concretamente en Inglaterra sigue campando por sus
respetos la vieja historia política[62].
Hasta los años 60 y 70 no se estabiliza, frente al positivismo dominante (que
inclusive se agudiza desde 1900) y con la ayuda de Annales, una historia social
de orientación marxista[63],
si bien Peter Burke -en 1984- reconoce que todavía, a pesar del ascenso de la
nueva historia económica, social y cultural, la historia política es el sector
"más densamente poblado", comenzando a integrarse en la nueva
historia al desarrollar precozmente una historia social de la política, una
nueva historia política[64].
Habrá que esperar hasta finales de los años 70 para ver como la historia social
anglosajona irradia su influjo internacional, al relevar al marxismo
(estructuralista) en decadencia en
Francia y en los países latinos[65].
El problema de los años 80 es la creciente debilidad del paradigma común,
contestado interna (incremento multilateral de la rivalidad entre los tres
componentes) y externamente, en este contexto, el fruto brillante (verbigracia,
las obras de Thompson) pero tardío[66]
de la historiografía marxista anglosajona no pudo imponerse y suplir el reflujo
de la influencia de Annales
(que también acabó afectándole[67]),
y menos en el ambiente desfavorable de los años 80 (neoconservadurismo,
retroceso de las humanidades). La historia social inglesa, y norteamericana,
maduró demasiado tarde para el viejo paradigma del siglo XX (en cuyo seno se
desarrolló), y demasiado pronto para
enlazar con el nuevo paradigma hoy en formación. El retraso, y tal vez la
moderación, en la ruptura con la historia tradicional ayudan a entender que la
historia social angloamericana no fuera capaz de ofrecer nuevas y estables
soluciones a los problemas finiseculares, recomponiendo el paradigma común.
Al igual que Annales,
sufre la historia social anglosajona (sobre todo Past and Present), desde finales de los años 70, las
preceptivas críticas cruzadas, también desde el marxismo: por perder el
espíritu innovador, mostrándose conservadora ante la historia de la familia, la
historia de las mujeres, la historia oral...[68]; por abandonar la historia política[69],
los enfoques cualitativos y la historia-problema[70];
por ser débiles ante la tradición whig
de la historiografía británica, moralista liberal y positivista[71]. Tomando en consideranción éstas y otras
críticas, a los movimientos que han nucleado tanto Past and Present como Annales,
en total al paradigma común, y con pretensiones siempre constructivas, hemos
esbozado ya en otro lugar nuestra alternativa[72].
Escisión objeto/sujeto
La revolución historiográfica del siglo XX se
planteó -y ciertamente lo logró, ya veremos a que precio- que la historia fuese
admitida entre las ciencias sociales, que al mismo tiempo, desde Comte y pese a
Kant, sacaban su cientificidad de las ciencias
naturales, bajo el viejo criterio de la unidad del método científico.
Este esfuerzo por la homologación científica de la historia con la sociología,
la economía y demás nuevas ciencias sociales, encontró feroces resistencias de
filósofos y pensadores que querían representar a las nuevas disciplinas, desde
Karl R. Popper[73]
hasta Claude Lévi-Strauss[74]
pasando por Jean Piaget[75],
que los nuevos historiadores conjuraron
tratando de parecerse lo más
posible a las ciencias sociales y, en último término, a las añejas
ciencias naturales, potenciando una "imparcialidad" objetivista y
centrando las escasas reflexiones en la metodología, campo de juego preferido
del positivismo. Se perdió así la ocasión de representar "un correctivo
benéfico frente al provincialismo regional, temporal y objetivo de la
investigación social dominante"[76].
Paradójicamente, Kuhn tiene que aplicar
la historia para "despositivizar" la filosofía de las ciencias naturales, propiciando de este modo un cambio
de paradigmas que ha llegado a las ciencias sociales y a la propia historia, al
menos tal es nuestra intención.
En el camino que va del inductivismo ingenuo
de Newton y Galileo a la ciencia positiva de Augusto Comte, hemos dejado atrás
la teología y la metafísica, la superstición y el dogmatismo, como formas de
conocer “auténticamente” el mundo objetivo, aquello que existe fuera de
nosotros mismos. No es poca cosa. Para lograr esta meta prioritaria, la ciencia
moderna e ilustrada -antes de convertirse a su vez en dogmatismo laico,
cientifista[77]-,
para conocer los hechos "tal como sucedieron" -diría el gran maestro
de los historiadores positivistas, Ranke- sin acudir a lo sobrenatural, ha
eliminado de un modo u otro el sujeto, y no sólo el sujeto transcendente,
también el sujeto humano. A los científicos de los siglos XVII-XIX sería
anacrónico pedirles más: la ciencia tenía que pasar por su fase objetivista
depuradora. Ahora bien, ¿no se ha prolongado demasiado este concepto
tradicional de ciencia a lo largo del siglo XX? ¿No es absurdo que la historia
siga fiel -o infiel según se mire- al concepto mecanicista y positivista de la
ciencia a finales del siglo XX?
La ciencia occidental al afirmar que los
objetos (inmutables, autosuficientes) existen
independientemente del sujeto (que perturba e induce a error), hizo
posible la observación de la naturaleza y su explicación mediante la
experimentación y la verificación, dió lugar a avances colosales del
conocimiento humano. El divorcio
cartesiano entre el saber objetivo y el saber subjetivo genera dos maneras, en
su momento irreconciliables, de pensar la modernidad: materialismo pasivo e
idealismo activo. Sabemos que el objeto y el sujeto son indisociables, pero la
ciencia racionalista nos obliga a separar y eligir: o bien ciencia objetivista,
o bien filosofía subjetivista (en
historiografía, romanticismo en el siglo XIX y
presentismo en el siglo XX). Pensar juntamente objeto y sujeto requiere
un giro de 180º en nuestro concepto de ciencia. Esto es, una radical puesta al
día que mire a la nueva física, pero que también deshaga el camino andado y
vuelva a reflexionar sobre las tesis de Marx sobre Feuerbach, donde se critica
el materialismo “que sólo concibe el objeto, la realidad, la sensorialidad,
bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí
que el lado activo fuese
desarrollado por el idealismo , por oposición al materialismo, pero sólo de un
modo abstracto”[78].
El énfasis en lo subjetivo del materialismo
histórico, entendido como filosofía de la praxis, contrasta con el postulado
objetivista del mismo Marx que dice que "el ser social determina la
conciencia", lo que lleva a un filósofo popperiano a situar a Marx,
después de Popper y Lakatos, en un apartado sobre el objetivismo de la ciencia[79].
Puede sonar extraño, toda vez que conocemos las motivaciones antimarxistas de
Popper, pero no lo es tanto si caemos en
cuenta que ambos son consecuencia diversa de una misma tradición científica, la
diferencia está en que el autor de la Miseria
del historicismo no vacila, no permite una doble lectura como
Marx, y así escribe consecuentemente, en
1979: "El conocimiento en sentido objetivo es un conocimiento sin
conocedor; es conocimiento sin sujeto cognoscente"[80].
En 1973, era Lévi-Strauss quien aseguraba que las ciencias sociales y humanas,
si "son verdaderamente ciencias", deben mantener el dualismo del
observador y su objeto, postulado por las ciencias exactas y naturales, recalca
el máximo teórico y difusor del estructuralismo[81],
ajeno a las consecuencias epistemológicas para las ciencias sociales de los
descubrimientos contemporáneos en física y en biología. Estamos ante una de
esas anomalías de Kuhn -ejemplos en contrario- con que se encuentra el
paradigma dominante, sin que por el momento haga demasiada mella en sus
valedores[82].
Comprobamos, pues, la sorprendente vigencia del objetivismo del paradigma
naturalista en los años 70, cuando el paradigma compartido por los nuevos historiadores estaba en su plenitud.
En 1977, Kuhn se pregunta, y nosotros con él: "cómo es que los filósofos
de la ciencia han descuidado durante tanto tiempo los elementos
subjetivos"[83].
La verdad es que en la segunda mitad del siglo XX, antes de Kuhn, en filosofía
de la ciencia el paradigma era Popper y sus epígonos -desde La sociedad abierta y sus enemigos
(1945)-, y en ciencias sociales se impuso el objetivismo estructuralista; si ha
ello unimos el peso del economicismo marxista, potente en la segunda posguerra,
tenemos una buena explicación de por qué perduró tanto tiempo el objetivismo de la ciencia propio del siglo XIX, con todas
las matizaciones que se quieran, concretamente en la disciplina de la historia,
condicionada por un empirismo latente de origen decimonónico en mayor grado que
las nuevas ciencias sociales.
Otras características de este paradigma
científico objetivista activo en la posguerra, que sobredeterminan asimismo el
bienintencionado paradigma historiográfico Annales-materialismo
histórico, son el sentido absoluto (no condicionado por un sujeto) de su noción
de verdad y el principio metodológico de la simplicidad.