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www.fcs.ucr.ac.cr/~historia/cuadernos/a-historia.htm
CUADERNOS DIGITALES: PUBLICACIÓN ELECTRÓNICA EN HISTORIA, ARCHIVÍSTICA Y ESTUDIOS SOCIALES.
NO.9. MARZO DEL 2001. UNIVERSIDAD DE COSTA RICA
ESCUELA DE HISTORIA.
EL
RETORNO DE LA HISTORIA*
Carlos
Barros
Universidade
de Santiago de Compostela
Hay
un proverbio que dice que no se puede, a la vez, decir misa y tocar la campana.
A quienes estamos en la organización del congreso nos tienta la idea de
dedicarnos sólo a la resolución de problemas logísticos, para así no tener que
sacar de no sé dónde tiempo para nuestra contribución personal a los debates.
Por otro lado, es justo y necesario que expongamos, y en primer lugar el
coordinador del congreso, algunas claves de la estrategia de convocatoria de
Historia a Debate II así como nuestras impresiones sobre la marcha del congreso,
pasadas ya tres jornadas de exposiciones y debates, y seis meses de preparación
galopante, durante los cuales pudimos constatar respuestas entusiastas -vosotros
sois la prueba- y, todo hay que
decirlo, “resistencias@
que dan la medida de la trascendencia de nuestro trabajo.
Añadiré
pues, a riesgo de -o “con
la ventaja de@,
según se vea- no tener suficiente perspectiva, algunas conclusiones de este
nuestro macro-encuentro de historiadores, si bien todavía quedan, para la tarde
de hoy y la mañana del domingo, importantes mesas redondas y ponencias.
Voy
a hablar primero de “historia
inmediata@,
de la evolución de acontecimientos a medio año del fin del siglo XX, para
después hablar de la historia inmediata que hacemos los historiadores, o sea de
“historiografía
inmediata@,
y terminar finalmente con algunas de nuestras propuestas cara el nuevo
paradigma1,
entendido como una serie de consensos sobre el ejercicio de la profesión, en
cuya construcción, por activa o por pasiva, estamos ya participando todos2.
La
historia se acelera
La
última década del siglo XX está resultando cuando menos imprevista, para no
variar. En 1989 cae el muro de Berlín, sorpresivamente, y se produce lo que
Fukuyama llamó “el
fin de la Historia@,
pero, en 1994, como se dijo ya en la mesa redonda sobre Chiapas, la historia
recomienza para algunos3, y, lo
que es más evidente, diez años después, en 1999, tiene lugar la primera guerra
de la OTAN después de 50 años. Cuando parecía que, desaparecidos los bloques
militares y la “guerra
fría@,
el mundo iba a estar dirigido por la ONU, que con sus “cascos
azules@
habría de asegurarnos un nuevo orden internacional basado en la paz, estalla, en
plena Europa, por vez primera desde la II Guerra Mundial, la guerra por
iniciativa de las potencias occidentales con una violencia desproporcionada. La
guerra sigue siendo, pues, la continuación de la política por otros medios no
sólo para los pequeños países del antiguo bloque soviético o del “Tercer
Mundo@,
con sus conflictos internos o fronterizos, sino también para las grandes
potencias del mundo: )qué
mejor recordatorio en el umbral del nuevo milenio de que la historia no ha
terminado4?
Hemos
ido, pues, de sorpresa en sorpresa a lo largo de los años 90, viejas y nuevas
contradicciones siguen manifestándose5 y
empujando la historia. Las previsiones teleológicas que siguieron a la caída de
los regímenes llamados socialistas, en el Este de Europa, no se han cumplido.
Obviamente la historia continúa, y bien sabemos los historiadores que
difícilmente se puede “garantizar@
un futuro determinado por los intereses y las mentalidades hoy dominantes, con
lo cual se abren posibilidades de futuros alternativos: el futuro está abierto.
Así fue en el pasado, pero no bastan las palabras de historiadores que no hemos
renunciado a hablar del presente y del futuro: sólo cuando la historia inmediata
confirma que la historia sigue, pueden recuperar los actores sociales la
capacidad plena de pensar históricamente, velada por las actitudes presentistas
que también arrastran, paradójicamente, a algunos historiadores.
La
aceleración de la historia que estamos viviendo, síntoma, causa y efecto de la
globalización, en todas sus vertientes, y del desarrollo de las tecnologías de
la información, es característica de los periodos de transición histórica y está
provocando que la sociedad demande crecientemente la historia que se escribe. La
historia tira, por consiguiente, de la historia. Nuevos y viejos sujetos
sociales, culturales y políticos,
buscan, a las puertas del nuevo siglo, su legitimidad en la historia: etnias y
Estados; ideologías y religiones; movimientos sociales y movimientos
nacionalistas; lo local y lo regional, lo nacional y lo mundial. La rapidez del
proceso de globalización recién iniciado genera tendencias confusas cuya plena
comprensión resulta inverosímil sin considerar el factor tiempo, sin relacionar
pasado, presente y futuro.
Los
veloces cambios, de 1989 en adelante6, nos
compelen por lo tanto a saber de dónde venimos, para mejor comprender quiénes
somos y, sobre todo, adónde vamos. El siglo que viene no va a ser, desde luego,
el 1984 de Orwell: va a necesitar,
probablemente tanto o más que el siglo XX, de la historia, de las ciencias
sociales y de las humanidades7. Conforme
la globalización avanza revuelve todo en todos los ámbitos (sociedad, política,
cultura, mentalidades), desestructurando las identidades de las comunidades
étnico-nacionales y de los grupos
sociales a todos los niveles, así como sus relaciones con la economía, el
Estado..., en suma, con la historia. Proceso de rupturas y recomposiciones en el
espacio y en el tiempo que, sin duda, se va a desarrollar a una velocidad aún
mayor a lo largo del siglo que comienza. En esta tesitura, )cuál
es la responsabilidad y el papel de la historia?
De
momento, los grandes beneficiarios de la creciente demanda social de historia en
este cambio de siglo no parecen ser los historiadores sino los novelistas y, a
distancia, los periodistas. El auge generalizado de la novela histórica8 que
afecta a todas y a cada una las épocas históricas9 es
evidente en todos los países y continentes10. En cierto grado, la crisis social de la
historia es causa y consecuencia de la “ocupación@
por parte de escritores, y otros no profesionales de la historia, del espacio
que “corresponde@
a los historiadores como intermediarios “oficiales@
entre el pasado, el presente y el futuro11. “Ocupación@
que para nada soluciona el problema de fondo, más bien lo agrava: la relación de
los ciudadanos de la aldea global con la historia no puede basarse en la
ficción12, en la invención de los hechos pasados, a
riesgo de dejar el terreno libre a la manipulación política de la historia y,
por ende, al totalitarismo.
La
historia hecha con rigor es más necesaria pero también más posible que nunca,
porque es precisamente ahora cuando se acepta de un modo más natural la
influencia del observador sobre su objeto, del historiador sobre el tema de su
investigación, de la comunidad de especialistas sobre lo que es o no verdad
científica. Es ahora cuando la historia puede revalidar mejor su concepto de
ciencia13 de acuerdo con las actuales ciencias de la
naturaleza y de la sociedad, que ciertamente no eluden su responsabilidad hacia
el presente y el futuro.
Giro
positivista
Frente
a la crisis de los grandes paradigmas del siglo XX, y las presiones del público
lector, las editoriales y los medios de comunicación social, en favor de la
novela histórica, y de literatos,
teóricos de la literatura y filósofos, que al equiparar historia con ficción
pretenden devolver la historia profesional a su prehistoria14, )cómo
estamos reaccionamos los historiadores profesionales?
Una
parte de la comunidad internacional de historiadores, excelentemente
representada en este congreso15, combina la reflexión y el debate sobre la
metodología, la historiografía y la teoría de la historia con los trabajos
empíricos, la academia con la utilidad social de nuestra disciplina, procura
mancomunada y explícitamente incidir en la construcción del nuevo paradigma de
la historia16 , sin creerse por ello en la posesión de
ninguna llave mágica o verdad absoluta.
Otros
colegas, sin embargo, creen hallar las respuestas a las incertidumbres del
presente historiográfico en la “seguridad@
de los archivos, las fuentes y la crítica de fuentes17, y en el trabajo individual ajeno a cualquier
grupo, “escuela@
o tendencia historiográfica, salvo a la que hace más de 100 años proclamó que la
función del historiador era reconstruir el pasado “tal
como fue@18.
En algunos casos, se trata de una actitud atentista, de “espera@
a que se aclare el panorama historiográfico, por parte del sector de la
profesión más enfrascado en los debates y la experimentación, sin caer en cuenta
de que nuestra práctica, la de todos y cada uno de nosotros, está decidiendo
también, por omisión, la escritura de la historia. Evidentemente, la mera
“vuelta
a los archivos@
es un fruto circunstancial de la crisis, sin ningún sentido como alternativa
historiográfica de futuro. Tendría que volver la sociedad, la cultura y la
política del siglo XIX para que la escritura de la historia retrocediese, como
se pretende aunque no se diga, al siglo XIX. Pero no debemos subestimar este
“giro
tradicional@
porque puede, se quiera o no, dificultar o desvirtuar la oportunidad de un salto
adelante de la historia como conclusión final de la transición historiográfica
siglo XX/siglo XXI. No olvidemos que en el siglo XX los fracasos más sonados de
los “nuevos
historiadores@
de factura annaliste, marxista y
neopositivista, fueron debidos a la infravaloración del peso de los postulados
negativos de la tradición positivista decimonónica en las comunidades de
historiadores, empezando por sus propias filas.
)Cómo
se llegó a esta tendencia minoritaria pero en aumento, si no logramos frenarla,
del “gran
retorno@?
Primero
fueron los retornos de los temas historiográficos tradicionales, principalmente
biografía e historia política, sobre lo cual ya habló Jacques Le Goff en el I
Congreso Historia a Debate, apostando teórica y prácticamente19 por la reformulación de éstos, y otros géneros
clásicos, con enfoques de las nuevas historias; síntesis vieja/nueva historia
para avanzar que ahora, en nuestra opinión, habría que extender a la historia
narrativa. Sin embargo, el cambio de los temas económico-sociales de
investigación por los “grandes
hombres@
y los acontecimientos políticos y militares que han protagonizado, ha seguido
progresando, raramente con un enfoque metodológico renovado: el tema tradicional
arrastra consigo a la vieja metodología “historizante@,
especialmente en el caso de la historia biográfica, haciendo momentáneamente
realidad el fatalismo -que no compartimos20-
de historiadores que afirman taxativamente que los objetos de
investigación de la vieja historia son inseparables del positivismo y del
conservadurismo ideológico correspondientes21. Falta decir, y no se suele decir, que ello ha
sido así hasta ahora porque no hemos sido capaces de desarrollar más un relato
histórico o una historia biográfica desde posiciones metodológicas
avanzadas22: estamos a tiempo.
La
segunda fase del retorno de lo que algunos seguimos llamando “vieja
historia@
es, por lo tanto, más de tipo epistemológico: se sustituyen las certezas
complejas de los años 60 y 70 por la antigua creencia en las fuentes y su
crítica como fundamento principal, y prácticamente único, del oficio del
historiador. Reflujo historiográfico que nos aleja de las demandas
culturales que, decíamos antes, la
nueva sociedad nos impone. La demanda de héroes y mitos históricos a la vieja
usanza -muy cultivada por regímenes totalitarios e ideologías fundamentalistas-
es minoritaria entre el público culto. Tampoco es suficiente proporcionar datos
y datas, nombres y hechos desnudos, hay que pre y re-elaborar la información
documental con seriedad a la altura
de la formación cultural y de las exigencias del lector medio a finales del
siglo XX, muy distinto del lector romántico de historia escrita en el siglo
XIX23.
El “gran
retorno@
a la historia tradicional, con sus temas, métodos y teorías, toca fondo con el
siglo que se acaba y empieza a generar debates y respuestas puntuales24, que nosotros queremos impulsar todavía más.
Tenemos la esperanza de que haciendo visible desde la plataforma Historia a
Debate la involución historiográfica en ciernes se puedan conjurar mejor los
peligros que denunciamos. Este “giro
positivista@
no siempre está en la intención individual -no se trata de un movimiento
organizado- de muchos de sus protagonistas, a quienes planteamos lo siguiente:
)por
qué no volvemos, puesto que de “retornos@
se trata, a la definición del oficio que hace Jacques Le Goff en el prefacio
de Tiempo, trabajo y cultura en el Occidente
medieval (1978): “La
historia se hace con documentos y con ideas, con fuentes y con imaginación@25?
La historia seguramente nos lo agradecería, y seríamos más coherentes con
nuestra propia trayectoria historiográfica, pero en realidad tampoco sería
suficiente porque el retorno que necesita la historia es el “retorno
al futuro@,
aunque sea dando un paso atrás para dar luego dos pasos adelante...
El “giro
positivista@
en marcha también se refleja, por omisión, en nuestro II Congreso. La premura en
su organización benefició la puesta en evidencia de esta tendencia reciente que
hemos seguido más de cerca en la historiografía española, pero que se manifiesta
asimismo en la historiografía francesa vinculada históricamente a Annales26, y sin duda en otros lugares27.
Hemos comentado en el comité de organización del Congreso como algunos
colegas -y amigos- españoles que, en el año 1993, estaban bien dispuestos al
debate, a la reflexión, al “combate@
por la historia28, están ahora desinteresados de los problemas
de la disciplina, y si mantienen una actividad individual investigadora suele
ser de tonos cada vez más clásicos, menos críticos. Paralelamente hemos
detectado, respecto del I Congreso,
un claro rejuvenecimiento de los ponentes, sobre todo españoles29. Con todo, este inevitable relevo
generacional, que se manifestará aún más claramente en 2004, no soluciona
automáticamente el problema que le puede crear a nuestra disciplina el
“giro
positivista@:
parte de los jóvenes historiadores son hoy también conservadores
historiográficamente y no tienen la ventaja de haber pasado, como la generación
del 68, por una etapa innovadora en los métodos y los compromisos de la
historia. Por lo que sigue
siendo imprescindible, mientras la biología lo permita, el papel impulsor de una
parte de la generación que ha protagonizado la revolución historiográfica de la segunda mitad del siglo XX y que
mantiene todavía viva la ilusión por la historia y su escritura colectiva. En
cualquier caso, insistimos, el binomio joven/viejo ya no sirve tanto, como en
los años 60 y 70, para definir lo joven y lo viejo de los enfoques
historiográficos: la línea divisoria del debate historiográfico no es hoy tan
generacional, aunque los jóvenes están en mejores condiciones objetivas30 para captar los nuevos problemas y
soluciones.
Tenemos
que reconocer que el giro positivista y
conservador de una parte de los historiadores antaño renovadores, el
renacer de otros anteriores a la renovación historiográfica del siglo XX y la
salida de las facultades de grupos de jóvenes con una concepción de la historia
conservadora31, es una reacción elemental y saludable al
posmodernismo y sus excesos negadores de toda objetividad histórica. Claro que,
finalmente, el remedio puede ser peor que enfermedad. La tendencia insaciable de
perseguir en un pasado
historiográfico -cada vez más lejano- las respuestas a las crisis actual de la
nueva historia, y de las ciencias sociales, nos lleva al típico fenómeno de la
convergencia de los extremos. El posmodernismo remata por igualar historia y
ficción, es decir, la historia tal como era, pura literatura, antes de su
homologación académica; etapa prehistórica a la cual se llega, asimismo, por la
vía de indagar “hacia
atrás@
las raíces de nuestra disciplina: el “giro
positivista@
en su acepción más consecuente -narrativista- es encuentra así con el
“giro
lingüístico@
en su lectura más radical32. Nuestra apuesta es cambiar la “marcha
atrás@
por la “marcha
adelante@
de la historiografía, recapitular ciertamente la historia y la prehistoria de la
historiografía, porque es la hora de los balances, pero sin dejarse llevar
alegremente por la coyuntura, sin hacer tabla rasa del siglo XX y sus corrientes
historiográficas, en resumen, sin extremismos, con espíritu de síntesis,
renovación y racionalidad historiográfica.
Lawrence
Stone anunció, como es sabido, en 197933 la vuelta de la historia narrativa, y en
realidad se anticipó viente años, porque es ahora, en 1999, cuando estamos
viviendo el verdadero retorno de la historia-relato con la justificación teórica
correspondiente. El debate historia/narratividad es una de las novedades de este
congreso, en tres de las cinco conferencias plenarias se trata del tema34, que afecta tanto a la teoría (epistemología)
como a la práctica de la historia. La novedad del fenómeno, que vendría a ser la tercera -y última35- fase del retorno de la vieja historia,
consiste en que los narrativistas no sólo cuestionan las aportaciones de las
vanguardias historiográficas del siglo XX, lo que hace otra mucha gente, sino
también las bases fundacionales del positivismo, que preconizó una
historia-relato pero como historia-ciencia, sin inventar los datos. La
demolición de la historia científica, en todas sus versiones, es ahora demandada
por literatos y filósofos, a los cuales se han unido historiadores posmodernos,
propugnando que la historia ha de volver a sus orígenes literarios, y que entre
ficción e historia no hay diferencias epistemológicas y metodológicas
fundamentales, añadiendo, además, una peculiar “reconstrucción@
de nuestro pasado historiográfico que asegura que siempre ha sido así, que la
historia profesional nunca ha dejado de ser una variante más de la literatura,
de la poesía como diría Aristóteles. Una manera harto extremista, por
consiguiente, de interpretar la revalorización actual del papel de la
subjetividad del historiador en el proceso de conocimiento histórico que tiene
conocidos precedentes filosóficos e historiográficos, marginados durante años
por la hegemonía de las nuevas historias del neopositivismo, el marxismo y Annales. Revalorización ilimitada del
historiador como autor y escritor que conecta, de manera difusa, con la
tendencia a juntar la historia con las humanidades pero separándola de las
ciencias, cuando lo que distingue al historiador de otros escritores sobre el
pasado es su carácter científico (según nuestra definición actualizada).
Estamos
pues ante la estación final del “gran
retorno@
de la historia, más acá de sus primeros pasos como ciencia “positiva@.
Retroceso que equivale, cualquiera que sea la intención de sus promotores y
protagonistas, a una tercera36 proclamación del “final
de la historia@
en poco tiempo, esta vez directamente como actividad profesional, docente e
investigadora, porque de algo podemos estar seguros: nadie nos va a pagar por
investigar o enseñar historia-ficción37. La propuesta que concibe la historia como un estilo
literario más es la última consecuencia tanto de la postmodernidad radical como
de la incontrolable bola de nieve que trae consigo el “giro
positivista@.
Pero tiene algo bueno que ya mencionamos: la crisis epistemológica de la
historia, que llevamos arrastrando desde hace años, toca de este modo fondo.
Para evitar la desprofesionalización de la historia sólo queda ahora el camino
que, desde Historia a Debate, hemos defendido en estos años 90: reconstruir el
paradigma común de los historiadores sin romper con el siglo XX, porque, visto lo visto, la
crítica del positivismo a la historia literaria sin documentos, la crítica de Annales a la historia positivista tout court, la crítica del marxismo a
una historia sin teoría ni compromiso, )no
son hoy más necesarias -pese a su insuficiencia- que nunca? )Es
racional historiográficamente “rehabilitar@
el positivismo o la historia-ficción y correr un tupido velo sobre el
neopositivismo, la historiografía marxista y la escuela de Annales38? La respuesta sólo puede ser afirmativa
desde un posicionamiento historiográfico -y seguramente político- reaccionario
sin concesiones, que son los menos de los casos a los que nos referimos cuando
hablamos de “marcha
atrás@
de la historiografía.
El
“retorno
al pasado@
con el que, ilusoriamente39, se pretende colmar el vacío que han dejado
los grandes paradigmas del siglo
XX tiene así y todo de “positivo@40
la reacción que supone a la “ofensiva@
del pensamiento posmoderno en su versión extrema -hoy en clara decadencia-, pero
no soluciona los problemas actuales de la historia, su redefinición como ciencia
y su adaptación a la sociedad global del nuevo siglo, más bien los agrava con su
incontrolable estrategia de “vuelta
al pasado@.
Preparado
por los retornos temáticos, el regreso
metodológico a Ranke, Langlois y Seignobos, es una fuite en arrière que, de seguir
adelante, nos alejaría definitivamente de las actuales ciencias sociales y
naturales, ubicadas en el pos-positivismo, y de la sociedad del nuevo siglo, que
demanda crecientemente historia. El positivismo historiográfico de finales del
siglo XIX, en Alemania, y principios del siglo XX, en Francia, no es una
respuesta historiográfica con futuro por razones de contexto cronológico que
nadie debería comprender mejor que nosotros. Los historiadores se parecen más a
su tiempo que a sus padres, y, en el siglo XXI, está fuera de contexto la
ingenuidad cientifista que se desprende de las célebres frases: la “historia
es conocer el pasado tal como fue@,
o la “historia
se hace con documentos@.
De igual modo, )tiene
sentido vincular la utilidad social de la historia, como en el siglo XIX, a
Estados nacionales impugnados, internamente por las identidades nacionales,
regionales y étnicas, y externamente por la globalización41?
Si
de lo que se trata es de buscar en el pasado historiográfico -@receta@
muy de historiadores- las certezas perdidas muchos de nosotros preferiríamos
volver a Bloch, Febvre, Braudel, Le Goff, Carr, Hobsbwam, Thompson, Vicens
Vives, Tuñón de Lara, etc., cuyas críticas al positivismo y a la historia
tradicional de raíz decimonónica, y sus aportaciones renovadoras, recobrarán
actualidad en la medida que el “giro
conservador@
quiera imponerse. Aunque somos conscientes de que los paradigmas que representan
estos grandes historiadores del siglo XX son, asimismo, incapaces de ofrecer
soluciones a los problemas epistemológicos e historiográficos actuales o a los
avances de la investigación en temas tan dispares como la historia oral, la
historia de las mujeres, la historia ecológica, la historia poscolonial o la
historia mundial como historia global. De ahí que preconicemos avanzar en la
construcción del(os) nuevo(s) paradigma(s) sin hacer tabla rasa del pasado,
procurando síntesis creativas, también
entre las nuevas y las viejas historias, o entre la historia como ciencia
y su prehistoria literaria, pero con los ojos puestos siempre en el presente
crítico y en el futuro por construir.
Aspiramos
a que este II Congreso Internacional Historia a Debate contribuya a que la parte
de la historiografía que camina hacia atrás, invierta su marcha. Los
historiadores debemos encontrar nuestras “terceras
vías@42,
convencidos como estamos de que no nos sirven ya los paradigmas del siglo XX,
pero menos aún los del siglo XIX. Es preciso pasar del “gran
retorno@
a la “gran
síntesis@
de la historia, de forma que la crisis,
que nosotros entendemos como cambio de paradigmas, dé lugar a la
(tercera) revolución historiográfica que asegure una nueva primavera para la
historia.
El
momento es oportuno. Cuando la historia de los acontecimientos se acelera,
cuando la sociedad revolucionada presta atención de nuevo a la historia, sólo
falta que los historiadores nos pongamos a la par. Y si lo hacemos la historia
en el siglo que viene llegará a ser, como en algunos momentos y países del siglo
XX, una referencia inexcusable para las ciencias sociales y las humanidades, y
para las preocupaciones de los ciudadanos a la hora de la acción educativa,
cultural y política.
Reconstrucción
y reforma
En
el Libro de abstracts del Congreso se
argumenta que, en el debate modernidad/posmodernidad, hay tres posiciones: los
deconstructores-posmodernos, los neoconservadores y los
reconstructores-reformistas43. El eje que, en nuestra opinión, permite
superar mejor, dialécticamente, la confrontación modernidad/posmodernidad, cuya
prolongación genera el síndrome paralizante del “vacío
de paradigmas@,
es la reconstrucción y reforma paradigmática. Después de la crítica destructiva del posmodernismo
y de la reacción neoconservadora de los “retornos@,
sólo queda por probar -algunos lo estamos haciendo desde hace años- la
reconstrucción orientada hacia un futuro que es, y será todavía más, global.
En
el siglo XXI la escritura de la historia estará, en cada país, más condicionada
por la historiografía internacional que nunca. El papel de la historiografía
global ira creciendo en relación con las historiografías nacionales, gracias a
las nuevas tecnologías de la comunicación y a los procesos de integración
transnacional en el terreno económico, político, cultural y académico.
La
historiografía, como la historia, no se repite más que como comedia o tragedia.
Por lo tanto no volverán las grandes escuelas del siglo XX, y menos las del
siglo XIX. La salida de nuestra
disciplina es hacia adelante.
Necesitamos
por consiguiente otro concepto de oficio de historiador, más allá del
positivismo, que no reduzca nuestro trabajo a las ciencias auxiliares de la
historia, las cuales nos merecen un respeto absoluto -dependemos a menudo de
ellas- pero la función del historiador ha de transcender las fuentes y la
crítica de las fuentes o no habremos aprendido nada de la historia y de la
historiografía.
Necesitamos
asimismo adherirnos a otra noción de historia como ciencia, menos anacrónica,
más actual. Los historiadores tenemos que poner al día nuestro concepto de
ciencia, que hoy, para las ciencias sociales y más aún para las ciencias
naturales, es menos objetivista y más relativista44. Hace casi veinte años que se habla de una
“ciencia
con conciencia@,
de una ciencia con sujeto45 no solamente con objeto. Sigue siendo para
nosotros un misterio insondable como, en una parte considerable de la comunidad
de historiadores, se ha conservado en formol, hasta finales del siglo XX, el
concepto decimonónico de lo que es una ciencia: una herencia de Ranke que viene
de más atrás, de las ciencias de la naturaleza del siglo XVII46. Todavía hoy creen bastantes colegas, y
estudiantes de historia47, que hacer ciencia es conocer la realidad
“tal
como fue@,
esto es, de manera “exacta@48.
Ninguna ciencia natural se plantea esto hoy, y menos que ninguna la física o la
biología, sujetas tanto o más que la historia a los condicionamientos internos
de la comunidad de especialistas y externos de la sociedad y la política. Desde
principios del siglo XX, desde la teoría de la relatividad, la teoría cuántica y
el principio de incertidumbre de Heisenberg, se sabe que el sujeto del proceso
de conocimiento interfiere sobre el objeto, y que las verdades que podemos
conocer científicamente son aproximativas, condicionadas por el observador y sus
circunstancias, siendo la más importante de ellas la opinión mayoritaria de la
comunidad de especialistas. No es
científico, en consecuencia, separar objeto y sujeto en el proceso de
conocimiento, en este caso aislar el historiador del proceso de conocimiento
histórico. Si lo hacemos caeremos con toda seguridad en la inexactitud
histórica. En suma, el positivismo historiográfico a dejado de ser científico
según los criterios de la práctica y la teoría de la ciencia actuales.
Solamente
una atenta mirada a las ciencias de la naturaleza, y a la filosofía y la
historia de la ciencia, nos convencerá de que no podemos ser en esto más
papistas que el papa, y si un científico “duro@
no concibe verdades absolutistas y objetivistas, )por
qué habremos de seguir “creyendo@
en ello los historiadores? La historia sólo seguirá siendo considerada una
ciencia si ponemos todos al día nuestro concepto de ciencia49. De ahí la futilidad del “giro
positivista@
y su papel involuntario en la “des-cientificación@
de la historia profesional propugnada por el narrativismo radical. La vuelta a
Ranke, cualquiera que sea la intención de sus partidarios conscientes, aparta la
historia de la ciencia, tal como hoy se entiende50, y allana el camino para su “reintegración@
en el seno de la literatura.
La
reconstrucción y reforma del paradigma de la historia tendrá que hacerse con
nuevos y viejos materiales, con todo el capital acumulado por nuestra disciplina
desde mediados del siglo XIX, pasado por el filtro de la crítica y la
autocrítica, y con las tendencias historiográficas, sociales y tecnológicas, posteriores a la nueva
historia. Estamos todavía en el proceso (inevitable) de conformación de esta
nueva matriz disciplinar.
Somos
grandes defensores de aplicar las teorías de Thomas S. Kuhn sobre la historia de
la ciencia a la propia historia, con los cambios que aconseja el debate que
siguió a sus propuestas y nuestra propia experiencia historiográfica. En La estructura de las revoluciones
científicas (1962) se dice que el conocimiento científico no es acumulativo,
sino que avanza a saltos, a través de revoluciones científicas. En realidad el
conocimiento científico es, simultáneamente, acumulativo y rupturista. La revolución historiográfica del siglo
XX, protagonizada por Annales, el
marxismo y la cliometría
neopositivista, )no
continúo de alguna forma, malgré
tout, el positivismo de fines del siglo XIX? La revolución historiográfica
que estamos incubando (que algunos quisieran celebrar como contrarrevolución),
ha de continuar en cierto grado, se quiera o no, las nuevas historias del siglo
XX para avanzar: las aportaciones de las vanguardias historiográficas del siglo
XX forman parte ya del capital historiográfico acumulado, está por ver en qué
medida y en qué forma entrarán en el nuevo paradigma.
)Cómo
combinar, por lo tanto, las viejas escuelas y debates del siglo XIX (que
aparentemente vuelven) con las
nuevas escuelas del siglo XX (que parecen retroceder) para contribuir a dar
respuestas actualizadas a los problemas teóricos y prácticos de la historia del
siglo XXI? Desde luego no de manera ecléctica, sumando componentes
contradictorios, sino a través de un nuevo paradigma o consenso, común
denominador de sumandos diversos pero compatibles en una matriz disciplinar
evidentemente plural. Los cambios históricos, )no
fueron habitualmente la lucha de lo nuevo contra lo viejo51? En historiografía ha ocurrido algo parecido
con los cambios de paradigmas hasta la crisis actual donde vemos la relación
viejo/nuevo se ha vuelto, como tantas otras cosas, más compleja, lo vimos en lo
relativo a las generaciones de historiadores.
Uno
de los motores de la renovación historiográfica a lo largo del siglo XX ha sido
pues la dicotomía viejo-nuevo. Ahora, sin embargo, lo viejo se presenta como
nuevo (y en alguna medida lo es), y cada vez escasean más las auténticas
novedades historiográficas. )Qué
nuevos planteamientos historiográficos han surgido en los años 90, si
exceptuamos los relacionados con la globalización52? Todavía algunos colegas mantienen como
“última@
novedad historiográfica la microhistoria iniciada, en 1980, por un grupo de
historiadores italianos que reniegan hoy de ella, quince años después53, de forma parcial pero lúcida54 , diciendo que “es
un instrumento útil pero no es la solución a los problemas de la historia en
este momento@,
porque lo que necesitamos hoy es más bien “macrohistoria@,
“interpretación
global@
y “re-síntesis@55.
Y
no surgen grandes novedades historiográficas porque todos los temas han sido
“descubiertos@,
el avance historiográfico ya no se puede reducir a contraponer temáticamente lo
viejo con lo nuevo. Una línea de investigación realmente nueva ha de responder,
además, a los graves desafíos a los que se enfrenta la historia profesional en
este momento, para lo cual es preciso una carga teórica y historiográfica que
las simples propuestas, nuevas o viejas, de temas y enfoques de investigación
son insuficientes y, a medio plazo, frustrantes. Por eso defendemos que el
historiador del futuro “reflexionará
sobre metodología, historiografía y teoría de la historia, o no será@56.
Lo cual no quiere decir que todos y cada uno de los historiadores futuros han de
dedicarse a la reflexión historiográfica, sino que un alto nivel de “conocimiento no basado en fuentes@
decidirá, mañana más que ayer, la calidad de una monografía con base empírica.
)No
estamos observando ya que se produce mucho cuantitativa y académicamente pero
escasean obras de investigación que dejen huella, que digan algo realmente
distinto? )Y
cómo decir algo distinto, nuevo, si no se reflexiona sobre lo que se hace?
Se
progresa metodológicamente a través de la síntesis, pero, para que ésta no sea
ecléctica e inútil, es menester agudizar la reflexión, que tampoco sirve de
mucho al margen de la investigación empírica57. Estamos convencidos de que una buena vía para
la creatividad historiográfica, en este momento, es la confluencia de diversas
líneas de investigación, el mestizaje de géneros historiográficos. Síntesis y
reflexión, reconstrucción y reforma, investigación y debate: ahí están algunas
de las bases esenciales del cambio de paradigmas que necesitamos, que estamos
construyendo, queramos o no, con nuestros esfuerzos individuales, acciones y
omisiones, pasos atrás y pasos adelante. Luces y sombras que se pueden deducir
también de los resúmenes y textos que habéis enviado previamente al
Congreso.
Diagnóstico
posible
Hemos
tenido, como es lógico, dificultades para cerrar el programa porque al conceder,
de entrada, a ponentes y comunicantes, libertad para elegir tema y mesas
redondas, se produce un desequilibrio entre las diferentes partes del congreso.
Habría sido más cómodo orientar de antemano los temas y las mesas redondas donde
podría o debería intervenir cada uno, pero habríamos renunciado así a una
primera y valiosa aproximación a la situación historiográfica global. Coyuntura
nada sencilla de diagnosticar, mientras no se desarrollen las nuevas redes
historiográficas globales, que comunican -como intentamos en HaD- en tiempo real
y sin fronteras de nacionalidad o especialidad a los historiadores del mundo.
Las conclusiones que se puedan sacar de nuestra Encuesta Internacional
“El
estado de la historia@,
con más de quinientas respuestas obtenidas hasta el momento, de historiadores de
todo el mundo, supondrán al respecto un paso adelante.
Son
dos las cuestiones que, a priori, nos parecieron claves desde los prolegómenos
del II Congreso58: historia / literatura y el problema de la
ciencia, por un lado; historia /
sociedad y el compromiso del historiador, por el otro. Alrededor de estos dos
ejes se resumen buena parte de los debates y reflexiones habidos, si bien han
destacado, tanto en el congreso presencial como en el virtual, antes, durante y
después del II Congreso, temas asimismo fundamentales como globalización e
historia, pasado y futuro, enseñanza de la historia, problemas profesionales,
poscolonialismo, mujeres/hombres o la emergencia de las historiografías
latinas59.
Tendremos tiempo de reflexionar y escribir sobre todo ello. Vamos a
transcribir todas las mesas redondas, y leer con calma, ponencias y
comunicaciones, debates orales y resúmenes...
En
cualquier caso llama la atención el desplazamiento geográfico de los centros
generadores de iniciativa y polémica historiográficas60, menos sujetos que nunca a la jerarquía
centro/periferia. Los debates capitales historia-literatura e historia-ciencia
han venido de los Estados Unidos, que se ha transformado en un importante foco
de las discusiones que tienen que ver con la historia desde 1989 y el
“final
de la historia@
de Fukuyama. Sin embargo, el gran debate sobre el compromiso renovado del
historiador, viene de América Latina, que aporta o puede aportar a la
historiografía internacional una frescura inigualable en las relaciones
historia/sociedad y
pasado/presente, como se ve en el propio congreso.
Frente
al dinamismo del continente americano, la aportación historiográfica europea
está en un impasse inquietante a
causa del agotamiento de los antiguos focos innovadores, francés y británico,
crecientemente dependientes de las relaciones con Norteamérica61, y de las dificultades de la historiografía
alemana para traspasar sus fronteras nacionales62. La irradiación internacional63 de la parte de la historiografía española que
Historia a Debate representa ya no sigue el viejo modelo de país que incide
sobre otros culturalmente dependientes. Lo que se está imponiendo ahora es la
multipolaridad de las iniciativas y la globalización de la comunicación. Se
influye, o se puede influir, historiográficamente más por la conexión global que
por el rol político-económico-cultural dominante del país de origen, que,
lógicamente, no desaparece de las relaciones académicas e historiográficas
internacionales.
Fernando
Devoto me comentaba, yendo para una mesa redonda que hicimos durante el congreso
para una revista gallega64, su extrañeza ante mi información de que
posiblemente el segundo grupo nacional en participación estaba siendo Argentina,
asegurando que “los
argentinos no estamos entre las historiografías más importantes del
mundo@.
Yo ya no sé, sinceramente, que historiografías serán las “más
importantes@
después de este cambio del siglo, ni qué cosa significará eso de “historiografía
importante@
en el siglo XXI. En la Encuesta Internacional sobre “El
estado de la historia@
hacemos esta pregunta y veremos el resultado, que podemos adivinar diverso. Una cosa es cierta: ninguna
historiografía euro-norte-americana tiene la capacidad demostrada, como se ve en
el congreso, por la historiografía argentina para expresar y reivindicar, sin
los habituales tapujos del oficio, la relación entre memoria e historia, pasado
y presente. Y estamos en condiciones de aseverar que la vitalidad y la calidad
de una historiografía nacional se va a medir, se está midiendo ya, por la
relación entre academia y sociedad, entre historiadores y ciudadanos, contra la
opinión de los practicantes más extremistas del “giro
positivista@.
Dijimos
antes que la globalización lo resuelve todo, para mal y para bien, haciendo
posible una democratización de las interrelaciones académicas y culturales que
altera las rígidas relaciones de dependencia historiográfica que hemos conocido
desde finales del siglo XIX. Un
buen ejemplo es la propuesta de la historiografía poscolonial derivada de los
“estudios
subalternos@
en la India65. Peter Burke escribió y dijo
en el I Congreso que la renovación pasaba más por la periferia que por el
centro: “the contemporany
historical world is polycentric in the sense that innovations now arise in many
different places, notably in the so-called >peripheries=, in Europe and
outside@66. La
verdad es que ésta formulación, siendo cierta, hoy se ha quedado corta. Ahora
habría que decir que la renovación historiográfica, venga de dónde venga, sólo
puede ser global, no puede triunfar encerrada en los viejos Estados-naciones.
Las iniciativas historiográficas pueden ser promovidas desde cualquier país67 pero sólo avanzan cuando adquieren una
dimensión internacional, mundial/global68. Sea desde la “periferia@
sea desde el “centro@,
según los criterios tradicionales
de jerarquía geopolítica, las innovaciones precisan ser globales en su dimensión
y contenido.
La
globalización económica, informativa y cultural, los procesos de integración
supranacionales, desbordan al Estado-nación como marco de iniciativas, y
conciben un nuevo sujeto de comunidades transnacionales, que intercambian
información y generan consensos a una velocidad muy superior al sistema
académico convencional fundamentado en puntuales actividades presenciales y
lentas ediciones sobre papel, que naturalmente seguirán cumpliendo su función. La
“nueva
historiografía@
que surge de la globalización informativa y académica sobredetermina ya las
realidades historiográficas nacionales. En el campo historiográfico, como en
tantos otros, dentro y fuera de la academia, el aislamiento nacional va a
significar en el futuro inmediato un coste más gravoso, en especial en países
con gran fuerza de la tradición y peso político, porque los otros no tienen más
que ganar con la globalización historiográfica.
Dejo
para el final algunas propuestas para el debate y el consenso sobre la
reconstrucción y reforma del paradigma de la historia. Partimos de las
conclusiones del anterior congreso (La
historia que viene) y de lo que hemos
podido ver y discutir hasta el día de hoy, además de las reflexiones y
experiencias personales. Todo ello con cierta provisionalidad, para esta
intervención oral no dispongo de un texto escrito, matizaré más a la hora de
redactarlo después del congreso69. Me concedo pues una libertad que no habéis
tenido vosotros, que tuvisteis que presentar los textos antes de terminar el
congreso. Yo también hubiera querido
cumplir con esta obligación, pero hemos sido incapaces, en el caso de
Israel Sanmartín y mío, por lo que decía al principio de la conferencia sobre
eso de dar la misa y tocar la campana, pido disculpas por ello. La ventaja es
que así intervengo más en caliente, al hilo del desarrollo del congreso...
Una
historia más narrativa
Una
de las cosas sobre las que la preparación de este II Congreso me ha hecho
reflexionar, de manera autocrítica, es el debate entre historia y relato, entre
historia y ficción, cuya actualidad renovada nos ha sorprendido un poco70. Merecería la pena, es mi primera propuesta,
intentar una historia más narrativa sin dejar de ser científica -según el
concepto relativista del siglo XX, insistimos una vez más- y sin confundirla,
claro está, con la novela histórica. Una “nueva
historia narrativa@
que trace límites entre el relato del historiador y el relato del escritor de
ficción, que no diferencia como nosotros la realidad de la ficción, ni tampoco
le interesa.
)Cuántas
veces caen en nuestras manos documentos de archivo de donde se puede deducir una
realidad que supera a la ficción? De ellos, más que de la imaginación personal,
se nutren frecuentemente los novelistas, concibiendo relatos cuya capacidad de
asombrarnos, entretenernos y enseñarnos, viene mayormente de los datos
históricos reales, documentales, testimoniales. Y a la inversa, )por
qué el historiador no ha de utilizar también dichos documentos/testimonios con
trama, narradores y estilo, propiamente literarios? Estoy convencido de que,
hallando las fuentes adecuadas, podríamos aprender de la literatura al mismo
tiempo que competimos con ella. Brindando una verdad histórica relativa y
cambiante, a menudo plural, cuyo manejo exige un oficio y una experiencia que no
están al alcance de los escritores de ficción histórica, con su ilimitada
libertad para inventar personajes, diálogos y situaciones, que deforman motu propio -no involuntariamente como
los historiadores profesionales- los hechos históricos de referencia.
Valdría
la pena, por consiguiente, verificar prácticamente la posibilidad de
“relatos
históricos verídicos@
en la frontera entre la ciencia y la literatura (desde el lado de la ciencia,
por supuesto), con trama pero sin faltar al rigor. De Kuhn hemos aprendido que
entre la ciencia y el arte hay elementos comunes, pero sabemos asimismo que
existen capitales diferencias. )Podríamos,
en trabajos que fuesen a la vez de investigación y de divulgación, ir de brazo
de la novela sin por ello renunciar a hacer una historia seria? Habría que
experimentarlo antes de contestar. Se ha dicho con razón, a partir de los
trabajos de H. White y P. Ricoeur71, que toda historia es narrativa, y es cierto,
pero de manera inconsciente, artesanal, mi propuesta es debemos hacerlo
conscientemente con el mismo rigor con el que investigamos desde otros
enfoques.
La
“nueva
historia narrativa@
puede ser, en consecuencia, una síntesis de futuro entre la “nueva@
y la “vieja
historia@,
y, además, un buen camino para reconstruir nuestra relación con la sociedad.
)No
sería importante que algunas obras de investigación fueses leídas con tanto o
más entusiasmo por parte de un
lector profano que por parte de un especialista?
Otros
historiadores como Georges Lefebvre, de tradición annaliste, o Jerzy Topolski y Ciro
F.Cardoso, de tradición marxista, han apuntado o apuntan en esta misma
dirección, la novedad es que nosotros planteamos pasar del debate teórico a la
práctica, lo cual aportará con toda
seguridad nuevos elementos para la reflexión y ayudará a construir el nuevo
paradigma de la historia con viejos, nuevos y novísimos materiales.
Una
historia más comprometida