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El retorno del sujeto social en la historiografía española*

 

Carlos Barros

Universidad de Santiago de Compostela

 

Pretendemos repasar sumariamente la historiografía sobre conflictos sociales, revueltas y revoluciones, desde la eclosión de los años 70 hasta la recuperación actual del género, tomando en cuenta dos puntos de vista:

1) Interhistórico1. Intentando ligar la evolución de la temática en las diferentes áreas académicas de conocimiento histórico (especialmente: historia medieval, moderna y contemporánea), desigual -en historia contemporánea, sin duda, se reflexiona más- pero siempre paralela, interrelacionada, en tanto que responde a condicionamientos comunes, internos (disciplinares) y externos (mentales, políticos, sociales).


2) Desde la historiografía española2. Porque la historiografía española tiene al respecto una rica tradición (algo parecido se puede decir de Latinoamérica), desde principios de siglo XX3 hasta las últimas décadas, que nada tiene que envidiar a la mayor parte de las historiografías extranjeras, cuya influencia benéfica en algunos casos (escuelas Past and Present y Annales) seguimos reivindicando, a sabiendas de que sus aportaciones renovadoras a la historiografía de los conflictos sociales, sin estar agotadas, más bien lo contrario, nos retrotraen con todo varias décadas atrás; y porque estamos convencidos de que hoy es posible, además de necesario, que reflexionemos, y que debatamos, sobre la situación de la historiografía española, directamente, sin la habitual mediación de autores y escuelas de otros países, en todo caso referencia imprescindible, en estos tiempos de globalización historiográfica, que exigen, más que nunca, cuidar el perfil historiográfico propio4, como único modo de estar presente en los actuales procesos de recomposición de la comunidad internacional de historiadores.

Entre los historiadores contemporaneístas se ha generalizado, en los años 80, la denominación -importada de la sociología- "historia de los movimientos sociales" para, trascendiendo la historia del movimiento  obrero, ampliar el interés del investigador hacia otros movimientos populares, interclasistas, religiosos, políticos, etc. Sin embargo, esta etiqueta es difícilmente exportable al conjunto de los periodos históricos. )Qué nos encontramos durante la mayor parte de la historia?  Grandes y pequeños conflictos y revueltas, más que movimientos sociales con cierto grado de organización, ideología y continuidad. Es por eso que sostenemos, para no limitarnos al tiempo histórico más inmediato, la vieja -y para nada ambigua- denominación común de conflictos sociales, revueltas y revoluciones5, al objeto de poder referirnos de forma interhistóricamente homologable a esta importante faceta del sujeto histórico-social.  La historia social ha rehabilitado, hace ya tiempo, las formas de protesta social tachadas de "primitivas", "apolíticas" o "espontáneas", que han dado pié, asimismo, a los más valiosos esfuerzos de  innovación historiográfica, ingleses y franceses, en el campo de la historia social6. La tendencia actual de la sociología ha vuelto, por lo demás, a definir los movimientos sociales en función de las acciones colectivas y los conflictos generados, vinculándolos con el concepto de cambio social7.

 

El auge de los años 70


La homologación de la historiografía española con las corrientes historiográficas más avanzadas, del otro lado de los Pirineos, que tiene sus inicios a los años 50 (Vicens Vives), se consolida en los años 70 y 80 con el relevo generacional -el ascenso de la generación del 68- en los cuadros del profesorado universitario y supone la ruptura -la "primera ruptura"- con la historia tradicional: política, institucional, biográfica. Una de las ramas más productivas de esta nueva historia económico-social es la historia de los conflictos sociales. Sin duda la más radical políticamente (y también historiográficamente al proponer lo que después se llamara "la historia desde abajo"). La lucha por la renovación historiográfica, la lucha por la reforma democrática de la universidad, y la lucha contra la dictadura franquista, iban juntas en aquellos lejanos tiempos. Una buena parte de los jóvenes -y menos jóvenes, pensemos en Tuñón- historiadores que investigan en los años 70 la historia del movimiento obrero, los conflictos y las revueltas, en la historia de España, estaban próximos a los partidos de izquierdas, marxistas y comunistas, que hegemonizaban el ambiente político en las universidades de la época. La participación, más o menos activa -la carrera académica y la militancia política se compatibilizaban mal, cuando esta es clandestina-, en el potente movimiento estudiantil, antes y después de 1968, y la simpatía hacia un emergente movimiento obrero8, coadyuvaron a introducir los movimientos sociales históricos como objetos de tesinas y tesis de doctorado, lo cual se veía a su vez favorecido por la influencia creciente en la academia de las "modas"9 historiográficas del momento: Annales y marxismo.


El redescubrimiento10 de los conflictos, las revueltas y las revoluciones11 forma parte, entonces, de la revolución historiográfica, española e internacional, del siglo XX. En 1944, firma Jaume Vicens Vives el prólogo de su Historia de los remensas en el siglo XV (tema al que ya dedicara su atención durante la república) y, en 1954, publica El gran sindicato remensa (1488-1508). Su inquietud por abrir espacio a la historia contemporánea conduce a Vicens Vives12, y a su grupo, de las revueltas medievales al movimiento obrero: en 1959, se publica Orígenes del anarquismo en Barcelona de Casimir Martí13, quien, en 1960, elabora, junto con Vicens y Nadal, Los movimientos obreros en tiempo de depresión económica (Las huelgas: 1929-1936). Pero es, como sabemos, en los años 70, cuando fructifican y se generalizan en toda España las nuevas formas de hacer la historia, en general, y la historia social, en particular.


Una obra colectiva representativa del empuje de la nueva línea de investigación  es Clases y conflictos sociales en la historia (1977), resultado conjunto de un seminario y una semana de metodología histórica en Oviedo, durante el curso 1974-1975, donde participan J. M. Blázquez (h. antigua), J. Valdeón (h. medieval), G. Anes (h. moderna) y M. Tuñón (h. contemporánea)14. Julio Mangas (h. antigua), en el prólogo, parte de una afirmación categórica, sin duda compartida por la mayoría de los autores: "El materialismo histórico se presenta en mi opinión, como la única metodología que dispone de un aparato conceptual preciso y congruente"15. El libro termina con un apéndice, elaborado por los alumnos, sobre "Modos de producción capitalistas", deudor de las Formaciones económicas pre-capitalistas (publicadas por Ciencia Nueva en 1967, y por Ayuso en 1975) de Carlos Marx16, texto prologado por Hobsbawm, y condicionado por el marxismo estructuralista de Althusser y Balibar, que se había convertido en referencia obligada, y entusiasta, de los jóvenes marxistas españoles: es de Althusser -más que del propio Marx- de dónde viene el aparato conceptual al que se refiere Mangas. La filiación estructuralista de la obra se desprende, por otro lado, del mismo título, que hace surgir los conflictos de la existencia objetiva de las clases (antagónicas). En los coloquios que siguen, a las exposiciones orales, le hacen a Valdeón una de esas preguntas que, por aquellos tiempos, tanto nos perturbaban: "A lo largo de su exposición y en el debate, he visto que las cuestiones de la marcha de la Historia se reducen a movimientos objetivos, independientes de la conciencia, de estructuras, dónde, pues, situar el papel del hombre? No se puede encerrar la historia del hombre en fórmulas matemáticas!"17. La respuesta lapidaria, habitual por aquel entonces18, sería espetar que "el marxismo  no es un humanismo", sin embargo, Julio Valdeón, y en general los historiadores -a quienes por oficio y formación mal les podía sentar un traje estructuralista negador, en puridad, del sujeto y de su historia-, matiza, "Yo no veo esa contradicción", aunque recae finalmente -fiel a su tiempo, de ahí su representatividad- en la determinación estructural, citando al Marx objetivista: "La conciencia del hombre está determinada por su ser social... >el hombre hace la historia, pero en unas condiciones que él no ha elegido"19. Falta sorprendentemente -quizás no tanto- el Marx que escribió, para la Liga de los Comunistas, en 1848, que "la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases", o el Marx joven de los Manuscritos: economía y filosofía (Madrid, 1968)20, o el Marx historiador del tiempo presente de Las luchas de clases en Francia (Madrid, 1967) y El 18 Brumario de Luis Bonaparte (Barcelona, 1968). Más allá de la voluntad -y aun de la práctica- subjetivista y hasta globalizadora de los nuevos historiadores de los conflictos sociales, el medio ambiente político-intelectual impuso un enfoque económico-estructural21 que acabó por relegar una línea de investigación que, llevada hasta sus últimas consecuencias, podría -todavía puede y debe- contribuir a la superación (dialéctica, si se me permite) de la escisión objeto/sujeto en la historia y en las ciencias sociales. Pero sigamos con nuestro repaso sumario.


En historia medieval el paradigma singular es Los conflictos sociales en el reino de Castilla en los siglos XIV y XV (1975), de Julio Valdeón, que comienza asegurando que el conocimiento de los conflictos sociales "es imprescindible para una correcta interpretación del proceso histórico" y que los conflictos que interesan "son básicamente aquellos que reflejan las contradicciones fundamentales de la sociedad", es decir, las contradicciones antagónico-estructurales, "el conflicto entre señores y campesinos"22, para concluir equiparando a Castilla y León con el resto de la Europa bajomedieval en cuanto a este fenómeno de la agudización de las tensiones sociales, aseveración muy innovadora si tenemos en cuenta que el paradigma establecido en aquel momento era negar el carácter feudal de la sociedad medieval castellana. Valdeón insiste metodológicamente en que hay que ir más allá de una mera tipología,  conectando los conflictos con el contexto, introduciendo las luchas sociales, sobre  todo las luchas antiseñoriales, en las interpretaciones históricas del final de la Edad Media castellana, ya innovadas por el enfoque dinámico burguesía/nobleza de Viñas Mey o nobleza/monarquía de Luis Suárez23, planteamientos, a su vez influídos por la historia social, y que nuestro historiador marxista de los conflictos medievales no rechaza de plano. La novedad que aportó el trabajo de Valdeón -representativo y animador de una notable producción historiográfica sobre las luchas del sujeto social en la Edad Media penínsular24- trascendió al medievalismo y a la historia25. Si bien la losa del ambiente intelectual del momento, marxista y no marxista, se hacía notar. Julio Valdeón saluda el clásico esquema tripartito -y severamente unidireccional- crisis económica/desequilibrio social/guerra civil, o sea, economía/sociedad/política que -argumenta- aplica Vicens Vives a la Cataluña del siglo XV, como el "camino correcto" para establecer un modelo de estudio de las tensiones sociales, a pesar de tener conciencia de algunos de algunos de sus fallos (el descuido de "aspectos tan importantes como las ideologías y las mentalidades colectivas", y el "determinismo" de la economía), remitiendo a las "estructuras de base" toda comprensión de las revueltas sociales26, que de ese modo ven (auto)limitadas sus perspectivas historiográficas, más atentas a la búsqueda de causas27 que de efectos históricos -sobre las estructuras sociales28-, los cuales son manifiestamente infravalorados29, salvo -en esto se distingue Valdeón de otros historiadores marxistas españoles- en el campo, prácticamente inédito, de las mentalidades: "Evidentemente en ningún caso  se produjeron cambios sustanciales en la estructura de la sociedad, a los sumo arrancaron algunas conquistas parciales los rebeldes. Pero la consecuencia esencial de las conmociones populares de fines de la Edad Media se registró en las mentalidades colectivas"30. Por todo lo cual la contextualización deseada del actor social queda en suspenso, sin que se demuestre, al contrario, la "función motora" de la lucha de clases que Marx defendía en algunos de sus escritos, y en su práctica política. La tardía reacción de la historiografía marxista occidental contra el dominante estructuralismo -agravada en España por la tardanza de las traducciones al español31- llegó cuando la historia de los conflictos sociales  iniciaba ya su repliegue32. En 1981 se publica, en castellano, Miseria de la teoría de E. P. Thompson, una crítica frontal al "nuevo idealismo marxista" de Althusser y sus epígonos locales, los sociólogos Hindess y Hirst, que escribieron algunas perlas que insurreccionaron al historiador británico: "La historia está condenada al empirismo por la naturaleza de su objeto (...) El marxismo, como práctica teórica y política, no se beneficia en nada con su asociación a la historia escrita y a la investigación histórica. El estudio de la historia no sólo carece de valor científico, sino también de valor práctico"33. Se puede decir que adoptando el estructuralismo, como las restantes ciencias humanas y sociales, los historiadores pusimos el zorro a vigilar las gallinas.


También en 1975, Ricardo García Cárcel publica Las germanías de Valencia. Libro -derivado de una tesis doctoral dirigida por Joan Reglà34- que juega el mismo papel de vanguardia historiográfica35 que el trabajo citado de Julio Valdeón36, en el campo de los modernistas, y está por tanto sujeto a las mismas limitaciones que derivan de los paradigmas compartidos por el marxismo y las ciencias sociales de la segunda posguerra que se difunden en la España de los años 70. La obra de García Cárcel es la puesta el día -hoy todavía no plenamente superada37- de la investigación sobre la revuelta de las germanías, que tenía como precedentes los enfoques de la historiografía tradicional, desde el romanticismo liberal hasta el positivismo, para lo cual se sirvió del típico paradigma estructural-funcionalista de los años 60: precondiciones estructurales y coyunturales (subordinadas a las primeras) y pobres efectos históricos (en su conclusión habla el autor de "la poquedad de la revuelta agermanada"38), y entre ambos extremos,  tan desigualmente  tratados, el desarrollo cronológico de los acontecimientos y la estructura geográfica y sociológica de las germanías.


Para la emergente historia contemporánea la referencia paradigmática es, sin lugar a dudas, Manuel Tuñón de Lara, quien, además de su obra -no sólo empírica, también volcada en la reflexión metodológica e historiográfica39, como en el caso de Valdeón-, lleva a cabo año tras año, a lo largo de la década de los años 70, una labor organizativa clave para comprender el auge en España de la historia social de los siglos XIX y XX: los Coloquios de Pau40. Su libro más significativo, a los efectos de esta reseña crítica de la historiografía de los conflictos sociales, es El movimiento obrero en la historia de España (1972), que sigue el consabido esquema tripartito - a veces  cuatripartito, incluyendo la ideología-, es decir, la economía (estructura y coyuntura), la sociedad (condición obrera) y la política: los acontecimientos (huelgas y conflictos), las organizaciones y ciertos hechos directamente políticos (elecciones y guerras); persiguiendo el contexto, en línea con el paradigma común, más por el lado de las causalidades que por el de los efectos, en cierta contradicción con  el título del libro, que constituyó en su momento -y todavía constituye hoy- una referencia monumental, y renovadora, una base sólida para lo que después será la historia del movimiento obrero en España41.

Tuñón ha sido, también, un ejemplo -por su biografía, lo que es raro entre académicos,  y por su trayectoria profesional- de algo que se ha ido perdiendo a lo largo de los años 8042: el compromiso del historiador ("la vida nacional no puede concebirse sin los obreros"43, aseguraba, en 1972, pensando sin duda en presente y en futuro).


                En sus trabajos metodológicos, Tuñón de Lara es explícito al hablar de sus deudas: Labrousse,  Braudel y el materialismo histórico. Factores determinantes, estructuras latentes, coyunturas manifiestas -con su funcionalismo detonante-, métodos cuantitativos y -en cierta contradicción con lo anterior- el principio de la centralidad de la lucha de clases44: "El estudio de los conflictos y de sus factores, a todos los niveles, constituye hoy la parte central e indispensable de la ciencia histórica"45. Sin que se llegue a reconocer abiertamente, como en el Manifiesto comunista, que esa constante  histórica conflictiva es -o puede ser, no se trata de una ley de "cumplimiento obligatorio", añadiríamos nosotros- el "motor de la historia". Es imposible ver la incidencia de los actores sociales en la historia si éstos no se hacen mayores y se "despegan" de las estructuras. Dificultad epistemológica que ha convertido, a menudo, los trabajos de investigación histórico-social en simples descripciones positivistas. )Cómo explicar el cambio social si los conflictos sociales no afectan a las estructuras sociales? Pues de dos maneras, y ambas marginan a la gente común, al sujeto social, mediante el cambio tecnológico-económico (respuesta estructural) o mediante el cambio político (respuesta tradicional). La síntesis, averiguar el interfaz histórico sujeto/objeto, es todavía tarea del futuro (inmediato).


Con todo, los trabajos pioneros que hemos analizado críticamente, y otros muchos que les siguieron, o que les antecedieron, han supuesto un paso de gigante -hay que recordarlo porque se olvida- en la evolución historiográfica española, en cuatro sentidos: a) introducen en la universidad la historia del movimiento obrero y de las revueltas sociales, temas que, hasta los años 70, estaban marginados académicamente; b) contribuyen a divulgar -o rememorar- fuera de la academia tradiciones de luchas sociales, por una vida digna y por la libertad de las personas46, que estaban olvidadas por sus protagonistas y herederos (la historia al servicio de la recuperación de la memoria colectiva); c) permiten la superación crítica de los viejos enfoques romántico-liberales que fabricaron mitos persistentes sobre dichos acontecimientos;  y d) aportan nuevas explicaciones económico-sociales, pueda que incompletas pero científicamente superiores a las descripciones eruditas o a las vetustas interpretaciones de tipo conspirativo sobre "la manipulación de las masas" por parte de líderes, organizaciones y partidos de "intereses oscuros"47. Explicaciones económico-sociales que serán, simultáneamente, la gran aportación por su novedad y el talón de Aquiles por su determinismo de la historiografía social de los años 70.

La gente común, los obreros, los campesinos, no existían para la historia que se escribía hasta que un grupo de jóvenes y menos jóvenes historiadores -principalmente marxistas y annalistes-, pronto instalados académicamente, decidieron ocuparse de ellos. No es poca cosa considerando que, mientras tanto, la sociología, la ciencia política y la psicología trataban las revueltas como "comportamientos desviados", obra de delincuentes sociales48, y a sus protagonistas como masas movidas por motivaciones irracionales49. La historia se anticipó, pues, a la sociología y a otras ciencias sociales en la recuperación del sujeto social, antes de mayo del 68, y ahí reside el problema, porque las otras ciencias humanas ahogaron la prematura subjetividad de la nueva historia, que no pudo exportar su experiencia a contracorriente por diversas razones, en primer lugar por algo que nuestra disciplina arrastra desde la primera revolución paradigmática, el positivismo: cierta incapacidad teórica.

Resumiendo: los propios pecados de la historiografía y la influencia de la economía, el estructural-funcionalismo y el cientifismo, dictaron una lectura objetivista y economicista de la práctica histórica, a partir de la II Guerra Mundial50, que diluyó nuestros tempranos esfuerzos historiográficos en favor de una historia con sujeto, es decir, de enfoque más global51.


El papel tan secundario que el paradigma objetivista dominante hacía jugar al sujeto de la historia lleva casi a su desaparición de la escena historiográfica. El mismo Hobsbawm, en su conocido artículo, "De la historia social a la historia de la sociedad" (1971), nostálgico de una historia total que no llega52, mantiene la idea de un fuerte "vínculo entre historia social e historia de la protesta social", que "sigue constituyendo un laboratorio perfecto para el historiador", pero toma nota ya del "predominio de lo económico sobre lo social" a causa de la influencia del marxismo y de la "escuela histórica alemana", "de la absoluta superioridad de la economía sobre las otras ciencias sociales", y del "consenso tácito de los historiadores" de partir del estudio de la estructura económica y social "hacia afuera y hacia arriba", asegurando que "soy la última persona que desearía desanimar a los interesados en estos temas [las revoluciones], no en vano he dedicado buena parte de mi tiempo profesional a ellos. Sin embargo...", y aconsejando finalmente que se inserten las revoluciones en periodos temporales más amplios, persiguiendo "la comprensión de la estructura"53.  Lo cual no está mal si no no fuese porque, acusando el impacto objetivista sin luchar frontalmente contra él (como hará Thompson más tarde), se favorece, cualquiera que sea la intención del autor54,  el relegamiento de la acción colectiva en la historia, el academicismo y la hostilidad a la teoría55.


Cuál es el problema? Que el estructural-funcionalismo fue pensado para integrar productivamente el conflicto social en la estructura y evitar, en lo inmediato, la posibilidad de un cambio social radical56. Su hegemonía en las ciencias sociales de la posguerra potenció la difusión del Marx maduro del prólogo a la Crítica de la economía política (1859), que veía la revolución social como resultado de las contradicciones  (objetivas) entre fuerzas productivas y relaciones de producción, en detrimento del Marx joven del Manifiesto comunista (1848) que veía la historia de la humanidad como resultado de la lucha de clases, con lo cual no sólo el marxismo quedó desnaturalizado, handicapé,  sino que el conjunto de los historiadores sociales se encontraron, casi sin percatarse, por causa de los "consensos tácitos" propios de la academia, que tan bien explicó Kuhn y que refleja el citado artículo de Hobsbawm, sin temas tan sustantivos de investigación como los conflictos, las revueltas y las revoluciones. Pero la historia no puede prescindir del sujeto sin suicidarse como disciplina, por algo regresó con tanta fuerza -tentando ocupar el sitio que dejó libre el actor social- el sujeto tradicional: individual, político, narrativo.

 

El giro de 1982

 

En 1982, dos jóvenes historiadores sociales, José Álvarez Junco y Manuel Pérez Ledesma, publican un artículo, "Historia del movimiento obrero. Una segunda ruptura?"57, que por su osadía y ambición58, representatividad59 y consecuencias, merece figurar destacadamente en los anales de la reflexión historiografía autóctona60.


Los autores dicen no renunciar a "la centralidad de las luchas obreras", afirman que "se puede seguir haciendo historia del movimiento obrero, pero con nuevas orientaciones", que "nadie puede ignorar  su decisiva importancia en los últimos ciento cincuenta años de historia europea. No hicieron la revolución que soñaban, pero forzaron una serie de cambios que han marcado profundamente las sociedades", cambios que "se ven curiosamente minimizados por la historia del movimiento obrero clásica que, de esta forma, tira piedras contra su propio tejado"61. Pero dicha centralidad, se quiera o no, resulta menguada al negársele, a la historia del movimiento obrero, el "estatuto epistemológico privilegiado" de que disfrutaba  y al sustituirla por la  "historia de los movimientos sociales"62.


Las críticas que se hacen a la historia del movimiento obrero de los años 70 son de tres tipos: a) una historia militante, semi-clandestina63, teleológica, obrerista, beaturrrona64 y autocomplaciente, puro "realismo social"; b) una historia simplificadora, determinada por la economía, basada en esquemas preconcebidos que excluyen las hipótesis previas, dominada por el marxismo vulgar65; c) una historia tradicional, centrada en el estudio de las ideologías, las instituciones -sindicatos y partidos obreros- y los individuos -dirigentes obreros-66. El exceso de la crítica y su unilateralidad67 es tan obvio como probablemente necesario: no se hace una tortilla sin romper algunos huevos.

Las propuestas de los dos autores son, consecuentemente: despolitizar la historia social española, hacerla más académica, liberarla de apriorismos ideológicos, renovarla temática (estudiar a los trabajadores y sus condiciones de vida y de trabajo, otros movimientos sociales y políticos, la patronal, partidos no obreros, la relación de las clases con el Estado) y metodológicamente (aprendiendo de la sociología y otras ciencias sociales, y de la historiografía inglesa68 y francesa -historia de las mentalidades69-), en suma, "salir del marco, a veces asfixiante, en que se han movido hasta ahora los estudios de historia del movimiento obrero"70.

Como programa renovador lo dicho sigue vigente: quedan no pocas cosas que innovar en la historia  los movimientos sociales en España, sobre todo ahora que retornan historiográficamente los conflictos sociales, pero también mucho que superar del planteamiento hipercrítico, iconoclasta, de 1982. 

Lo primero es apoyar si cabe más decididamente el resurgir de la historia de conflictos y revueltas, que los excesos renovadores de los años 80 han contribuido a marginar, pese a la mejor intención de sus promotores: como historiadores sabemos que los resultados históricos, y también los historiográficos, son, en buena medida, involuntarios, entran en juego otros factores, internos y externos, además de nuestra "elección racional".


Lo segundo es hacer justicia historiográfica -el reconocimiento personal ya la han hecho los propios autores en el artículo de marras71- a Tuñón de Lara después de la inevitable "muerte del padre" ejecutada por nuestros críticos. No parece que sea de recibo aplicar a Tuñón de Lara el retrato dogmático, teleológico y tradicional, salvo los condicionamientos y las limitaciones  historiográficos e ideológicos de la época, tanto más si no se deja claro su papel esencial en la "primera ruptura"72. La temática  de huelgas y conflictos, de ideologías sindicales y políticas, de sindicatos, partidos y líderes obreros,  sabemos hoy sobradamente que no decide por si misma si una historia es vieja o nueva, es la innovación de los enfoques -amén de la calidad de los resultados- lo que más vale73. Además, acaso no escribía el propio Tuñón, autocríticamente, en 1973, que "el enfoque episódico de la historia laboral (es decir, un contenido relativamente nuevo y preciso, pero con métodos antiguos), en el que todos hemos incurrido en mayor o menor escala, parece que está en trance definitivo de superar"74. No ha sido así, pero las culpas sería injusto cargárselas todas a Tuñón -como tampoco los efectos últimos de la renovación a los citados autores-, que tenía clara -no era otra su experiencia- la necesidad de abrirse a nuevos métodos y temas para tratar la historia del movimiento obrero, como reconocen -y citan- sus propios críticos para afianzar sus planteamientos75, y, en concreto, a la historia de las mentalidades sociales76. Cierto que si dejásemos de lado la historia del movimiento obrero77, la cuestión cambia, entonces, la obra de Tuñón de Lara -y la de los propios autores del artículo-, nos sería menos útil.


Lo tercero es criticar que los defensores de la "segunda ruptura" se hayan concentrado justamente en la renovación temática y metodológica, y hayan dejado el paradigma subyacente incólume. Porque la debilidad de la historia social de los años 70 está principalmente en el paradigma economicista, estructuralista y objetivista que la informó, la contradijo y la refrenó. Cuestionan los autores el reduccionismo económico, pero  nada dicen del corsé estructural y objetivista78, lo cual concuerda con la conclusión final de nuestra crítica (de la crítica): se quiera o no se echó el niño por el agujero de la bañera junto con el agua sucia. A pesar de la centralidad formalmente proclamada de las luchas sociales, la ampliación temática y la emergencia social e ideológica de lo que -años después- Ignacio Ramonet llamó pensamiento único, relegaron, en la década de los 80, la investigación académica de los movimientos obreros, conflictos, revueltas y revoluciones79. Esta tendencia objetiva del contexto socio-político, esto es, la ola neoconservadora liderada por M. Thatcher y R. Reagan, ha sido factor decisivo en el retroceso del sujeto social de la realidad y de las investigaciones históricas. Ahora bien, faltó esa función crítica del historiador insistiendo más en aquellos temas que, siendo pertinentes científicamente, podían resultar desfavorecidos por la coyuntura político-ideológica.


La necesidad de renovación temática y metodológica manifestada en el artículo de Revista de Occidente era compartida,  a principios de los años 80, por una gran parte de los historiadores sociales80. En el n1 2/3 (1982) de la revista Debats se publica una mesa redonda sobre "Movimientos sociales", aprovechando el primer encuentro de historiadores sociales en Valencia, en 1981, con la participación de J.J. Castillo, J. Termes, P. Gabriel, J. Álvarez Junco, S. Castillo, S. Juliá, C. Forcadell, M. Pérez Ledesma, J. A. Piqueras, A. Bosch, J. Paniagua, M. Cerdá y S. Forner. Las conclusiones son parecidas  a las del  trabajo anterior, se añaden líneas renovadoras como la  historia oral y la historia de las mujeres -aún hoy poco desarrolladas-,  y se matiza bastante el llamamiento a la ruptura del artículo de Álvarez Junco y Pérez Ledesma en el sentido que venimos de anotar. Carlos Forcadell prefiere hablar de "segunda recepción" de la historiográfia europea del movimiento obrero, considerando que -en comparación con Europa- la historia del movimiento obrero español era todavía débil: "incluso remitiéndonos al plano institucional, al estudio de los partidos, de los grupos dirigentes".  Santos Juliá a continuación insiste: "como ejemplo de que aquí no se ha hecho historia institucional, recordemos que no tenemos una historia del Partido Comunista como la que los italiano tienen [y seguimos sin tenerla]. Me da la impresión de que estamos apurando una historia que no hemos hecho"81.

Se hacen en esta reunión otras proposiciones interesantes: la edición de una revista82, la elaboración de modelos propios de investigación83, la necesidad de una sociología del historiador "analizando la clase social de la que procede, la ideología en que se ha formado, y, lo que sería más complicado, a quién ha servido esta historia"84, argumenta Álvarez Junco, el cual, más adelante, reconoce sincera y proféticamente que "nosotros, urbanos, clase media intelectual, que queremos el poder y estamos rivalizando con otros que lo tienen en este momento"85.


Santiago Castillo se queja en Valencia de que la mayoría de los que están allí "tienen que trabajar en una cosa que no tiene nada que ver con la investigación histórica, dedicando su tiempo libre a este tipo de estudios. Además dedicando parte de los pocos ingresos estables a fichas, folios, fotocopias..."86. Bueno, haber investigado y renovado la historia en esas condiciones es todo un ejemplo para las nuevas generaciones, que desde luego lo tienen más difícil87. Así y todo, la mayoría de los participantes en la reunión de Debats eran, todavía, profesores adjuntos de universidad88. Añadimos "todavía" porque, en aquel momento, buena parte de los nuevos historiadores de la economía y la sociedad, en las áreas de conocimiento histórico más tradicionales, y de la misma generación, habían logrado ya la "consolidación funcionarial"89, algunos incluso la cátedra. La verdad es que ser contemporaneísta y marxista no facilitaba las cosas, de entrada, en la universidad española de los años 7090. El viraje dado, en este aspecto, en la década de los años 80, gracias a la renovación historiográfica y a la transición, al acceso al poder del PSOE y a la consolidación de la democracia, dentro y fuera de la universidad, fue tan espectacular que ahora estamos obligados a rectificar: llevando el péndulo a una posición más centrada91 y ayudando en el relevo generacional.


La coyuntura política es, en efecto, vital para comprender el giro historiográfico y académico focalizado en el año 1982. No es casual que la primera gran victoria electoral por mayoría absoluta del PSOE, que tres años antes abandonara el marxismo92, tenga lugar este mismo año de 1982. No se trata tanto de una influencia directa, pues el cambio historiográfico que estamos analizando es anterior al cambio electoral favorable a la izquierda, como del hecho de que ambos acontecimientos, de características manifiestamente distintas, comparten una misma coyuntura intelectual y mental. La historia es hija de su tiempo, y sufre, como todas las ciencias humanas y sociales, los cambios "climatológicos", especialmente en un terreno tan sensible como la historia del movimiento obrero y de los conflictos sociales, que fue, en un principio,  "una forma de militancia antifranquista" 93.


En 1982 se consolida, por lo tanto, el cambio de hegemonía en el campo político-social, y también cultural, de las izquierdas,  del PCE al PSOE94, de las luchas sociales de los años 70 a las luchas electorales de los años 80. Antes ya se había producido la frustración (pactos oposición antifranquista/reformistas franquistas) de los impulsos revolucionarios nacidos en la universidad de los años 60 y 70, y la casi desaparición de una serie de partidos (PTE, ORT, MCE, LCR...) que tuvieron gran influencia entre los estudiantes universitarios y cultivaban un marxismo clásico con buenas dosis de esquematismo y dogmatismo, paradójicamente tanto estructuralista como voluntarista95.  El fin de la transición conlleva la desaparición paulatina de la escena política de unos movimientos sociales -el movimiento obrero se institucionaliza, el movimiento estudiantil se eclipsa-, que cuando reaparecen, fugazmente, será para confrontarse justamente con la política laboral, económica y educativa de los gobiernos socialistas. Todas estas "frustraciones", lo que se llamó "el desencanto", la necesidad para algunos de "volver a empezar" profesionalmente, la "reconversión" ideológica de casi todos, acabó en los años 80 con el compromiso político del intelectual (el canto del cisne fue, sin lugar a dudas, el referendum sobre la OTAN de 1986) y coadyuvó a desideologizar las líneas de investigación académica más cercanas al marxismo proponiendo estas "segundas rupturas"96. Paradójicamente la moderación política e ideológica no acabó con el "frentepopulismo", anacrónico en el contexto político y universitario posterior a la transición, pero continuamente alimentado por las luchas de bandos  por el poder académico y electoral, tendencialmente bipartidistas ("rojos" y "azules", y  últimamente "nacionalistas" y "antinacionalistas").


En el contexto del regreso en los años 90 del interés por la historia de los conflictos sociales, fue retomado con fuerza el giro historiográfico de 1982 en diversas ocasiones97, y reevaluado, por sus promotores -y por otros colegas más jóvenes- replanteando98 u "olvidando"99 argumentos, continuando y reconstruyendo el discurso renovador, y/o reaccionado contra él, tratando, en resumidas cuentas, de orientarse en esta década y media caracterizada historiográficamente por la honda crisis del paradigma común de la posguerra -donde hay que insertar nuestro debate sobre la historia del movimiento obrero-, por la fragmentación galopante de objetos y enfoques, por el crecimiento desordenado de nuestra disciplina, por el retorno de los géneros tradicionales, por la emergencia de candidatos a nuevos paradigmas...


El balance del movimiento renovador de los años 80 es considerado negativamente por la mayoría de los autores que han vuelto sobre ello, entre 1990 y 1995. Ángeles Barrio habla de escasa fecundidad; Carlos Gil, citando a la anterior, entre otros, de que "los frutos de la ruptura no parecen haber alcanzado la altura de las expectativas creadas"100; Pere Gabriel reconoce que "pasada ya más de una decena de años, no puede decirse que ese empujón del péndulo hacia el otro lado haya producido resultados mejores"101, que "no hemos hecho gran cosa", y condena el "cliché reduccionista" con que se enjuició la historia social 1959-1982102; Carlos Forcadell, que ya había hecho notar sus matices críticos en Valencia, insiste: "está muy extendida la sensación de que los frutos de los manifiestos metodológicos del 82, aun existiendo, van por detrás de las exigencias que planteaban"103; José Antonio Piqueras se interroga sobre cómo se hace la historia social en España y arremete en su respuesta contra "la entronización del empirismo y la desteorización de la práctica histórica"104; José Álvarez Junco, en el I Congreso Internacional Historia a Debate, es el más claro y autocrítico, acepta el (relativo) fracaso del movimiento renovador105 y pone el dedo en la llaga: "la rutina o la carencia de modelo alternativo con similar capacidad de explicación global hace del tratamiento historiográfico de los movimientos sociales en España siga proclamando su fidelidad a ese modelo [el paradigma heredado]"106. 


Hay mucho de verdad en esta crítica-autocrítica de uno de los firmantes del artículo de Revista de Occidente, los viejos paradigmas -y la nueva historia que llegó a España en los años 60 y 70 es ahora ya, la vida no perdona, un viejo paradigma- siguen vigentes mientras la comunidad de historiadores no los sustituye plenamente mediante el consenso. Pero se sigue, en nuestra opinión, planteando mal el problema. Si los historiadores sociales no aceptaron, hasta hoy, reemplazar netamente la historia del movimiento obrero por la historia de los movimientos sociales, si no se supo elaborar un paradigma alternativo global, es, en nuestra opinión y resumiendo, porque se cometieron algunos "errores": a) favorecer, voluntaria y/o involuntariamente, el abandono de una historia de la historia del movimiento obrero107, imprescindible para una historia de los movimientos sociales que se precie, que, al ser negado en la práctica el primer impulso renovador de Tuñón de Lara y los Coloquios de Pau, tiende a volver por sus fueros verdaderamente tradicionales; b) dejar fuera de la crítica la distorsión estructuralista, objetivista y cientifista, del paradigma común de los historiadores del siglo XX, neutralizando así los esfuerzos propugnados para vencer al economicismo, para innovar temática y metodológicamente, para conservar el interés por los actores sociales; c) desconectar el debate sobre historia del movimiento obrero y de los movimientos sociales del debate historiográfico general -en cambio que se atiende mejor el debate  de la sociología-, más allá de los historiadores contemporaneístas, toda vez que no pocos de los problemas suscitados sólo pueden tener solución si se sale del estrecho marco de los historiadores sociales de los siglos XIX y XX; d) olvidar la historia global, error compartido con casi toda la historiografía occidental de las últimas décadas, y de alguna forma justificado por el estrepitoso fracaso de la historia "total", concretamente de la lectura estructuralista y determinista que se hizo de este concepto historiográfico fundamental; e) haber considerado críticamente el contexto político que ha informado la "primera ruptura" (una historia repensada por la generación del 68 "de forma apresurada, semi-clandestina y con una utilidad en gran medida política"108), y no haber hecho lo mismo con las condiciones políticas, ideológicas y de mentalidad que coadyuvaron y alimentaron el giro del 82109, y su posterior incidencia en la historia social de los años 80, sin lo cual no se comprende su relativo fracaso110. En fin, entrecomillábamos antes la palabra "errores" porque, hacia 1982, año de grandes ilusiones renovadoras, esto es, después del golpe del 23-F (1981) y de la toma de Valencia por parte de Miláns del Bosch, no era fácil preveer el apogeo de la posmodernidad  historiográfica111 o la vuelta de la historia tradicional, la caída del muro de Berlín o la negativa evolución política nacional112; y porque, en todo caso, es así, aprendiendo del pasado, como podemos elaborar propuestas más atinadas para el futuro (inmediato).

 

El retorno de los años 90


Aunque en los años 80 el interés de la historia en general, y de la historia social en particular, por los conflictos, las revueltas  y los movimientos sociales, disminuyó notablemente, ello no quiere decir que no se continuasen publicando obras de investigación, algunas muy interesantes, en historia medieval113, moderna114 y historia contemporánea115, como estela del empuje anterior y/o por la decisión de algunos historiadores que, más allá de la "moda"116, siguieron -seguimos- considerando de sumo interés historiográfico el estudio de la parte más dinámica de la histórica. Predominan los artículos117 sobre los libros -frutos acostumbrados de tesis de licenciatura y doctorado que escasean sobre estos temas en los años 80- y, en general, los trabajos de historia local, en consonancia con la creciente marginación del ámbito español118, y de la historia de España119. en las investigaciones académicas.

El punto de inflexión tendrá lugar entre finales de los años 80 y principios de los años 90, y los primeros artífices -y a la vez síntomas- de este  nuevo auge de la historia de los conflictos sociales -y del movimiento obrero- serán, principalmente, una serie de congresos, jornadas y seminarios, que tienden a adoptar un carácter interhistórico al participar historiadores de diferentes áreas de conocimiento histórico. Los congresos son ciertamente las actividades académicas que, por su inmediatez y carácter colectivo, mejor reflejan las coyunturas historiográficas.

Los tomos VII y VIII  del I Congreso de Historia de Castilla-La Mancha (Toledo, 1988) están dedicados Conflictos sociales y evolución económica en la Edad Moderna, aunque el contenido no se corresponde bien con el título, problema que tendrán otros organizadores de congresos ante  la falta de hábito de los historiadores de tratar, durante los años 80, dicha temática conflictiva.

En 1989 se realiza,  en el marco de los cursos de verano de El Escorial, el seminario Revoluciones y alzamientos en la España de Felipe II (Valladolid, 1992), donde, de nuevo, no todas las contribuciones responden al título, lo que ya no sucederá con las reuniones de historiadores que vienen a continuación, sobre todo con las comunicaciones libres a los congresos. Conmemorando el bicentenario de la revolución francesa,  se inauguran, este mismo año de 1989, la serie de Jornadas de Estudios Históricos, organizadas anualmente por el Departamento de Historia Medieval, Moderna y Contemporánea de Salamanca, con un ciclo de conferencias sobre Revueltas y revoluciones en la historia (Salamanca, 1990). Con todo, el primer gran congreso en que se manifiesta abiertamente la vuelta de los conflictos es el organizado por  al Institución "Fernando el Católico" en Zaragoza, asimismo en 1989, sobre Señorío y feudalismo en la Península Ibérica (Zaragoza, 1993).


En 1990, son cuatro las reuniones académicas sobre revueltas y conflictividad social: un curso de verano de la Universidad Complutense en El Escorial sobre Resistencias hispánicas al imperio: comuneros, agermanados y erasmistas; un seminario de la UIMP en Cuenca sobre Asociacionismo y conflicto agrario en España (ss. XVIII-XIX-XX); y el I Congreso de la Asociación de Historia Social, también en Zaragoza, sobre La historia social en España: actualidad y perspectivas (Madrid, 1991), con contribuciones mayormente de historiadores contemporaneístas120 . Habría que añadir, este mismo año, dentro de los "Grandes Temas" del 17 Congreso Internacional de Ciencias Históricas celebrado en Madrid, las comunicaciones de Gonzalo Bueno, Julián Casanova y Julio Aróstegui sobre Revoluciones y reformas: su influencia sobre la historia de la sociedad.

En 1993, Ignacio Olábarri y Valentín Vázquez de Prada organizan, en Pamplona, las V Conversaciones Internacionales de Historia, Para comprender el cambio social. Enfoques teóricos y perspectivas historiográficas (Pamplona, 1997), con la intención explícita, dicen en el prólogo, de "resucitar una de las grandes preguntas de la historiografía de mediados de siglo -la explicación del cambio social-, sabiendo que no disponemos de ismo alguno que ofrezca una respuesta a la cuestión", a fin de poder hacer frente al posmodernismo extremo volviendo "a las metodologías socio-científicas de probada fecundidad en nuestro siglo".

En 1995 se llevaron a cabo dos congresos y un seminario importantes: el VII Congreso de Historia Agraria en Baeza, organizado por el Seminario de Historia Agraria, sobre la conflictividad rural en la Edad Media, Moderna y Contemporánea (publicado en Noticiario de Historia Agraria,  n1 12 y 13, 1996 y 1997); el II Congreso de la Asociación de Historia Social, en Córdoba, sobre El trabajo a través de la historia (Madrid, 1996), con una parte importante de las comunicaciones dedicada a la historia del movimiento obrero y la conflictividad social121; y el seminario de la UIMP de Valencia sobre Conflictividad y represión en la sociedad moderna, publicado en el el n1 22 (1996) de la revista Estudis. Revista de historia moderna, fruto de un proyecto de investigación (1992-1995) sobre La dimensión conflictiva de la sociedad valenciana moderna.


Por último, en 1997, donde ahora estamos, en Vitoria, el III Congreso de nuestra Asociación de Historia Social, sobre Estado, protesta y movimientos sociales, que nos ha obligado a reflexionar sobre los precedentes, la situación actual y las perspectivas de nuestro campo de investigación que, para bastantes colegas, pertenecía a  una historiografía, la de los años 60 y 70, que jamás volverá, lo cual en rigor es cierto, y además ni siquiera es deseable, cuestión aparte es que sus objetos de investigación siguen ahí, son incluso imprescindibles para que la historia deje atrás la presente crisis paradigmática y entre con fuerza en el nuevo milenio. 

En cuanto a revistas, la palma se la lleva, naturalmente, Historia Social de Valencia que, así y todo, ha dedicado cinco dossiers a la historia del movimiento obrero, los conflictos y las revueltas sociales: n 1, 1988, "Anarquismo y sindicalismo"; n 5, 1989, "Huelgas"; n 15, 1993, "Estado y acción colectiva"; n 17, 1994, "Conflictividad obrera y conducta social"; n 20 y 22, 1994 y 1995, "Debates de historia social de España" (con artículos sobre conflictos y revueltas, revolución y "lucha de clases" de R. García Cárcel, M. Chust, J. Casanova y P. Gabriel)122.  Resulta paradójico que los dos historiadores sociales, Santos Juliá y Carlos Forcadell, que, en el encuentro valenciano de 1981, fueron más reticentes a la "segunda ruptura", defendiendo "que estamos apurando una historia que no hemos hecho", esto es, del movimiento obrero, los partidos obreros, sus grupos dirigentes123, infravaloren ahora como "historia social clásica", sin entrar para nada a analizar si sus enfoques son tradicionales o renovados, los notables dossiers de Historia Social sobre movimientos, conflictos y revueltas sociales124. Para nosotros, porfiamos, no son los objetos -los necesitamos todos- quienes definen la validez de una investigación histórica, sino sus métodos y sus resultados125. Internacionalmente está ya agotada la vía de renovar la historia cambiando o ampliando solamente la temática, descubriendo nuevos objetos, ahora toca innovar de la manera más difícil y también más decisiva: mediante el método, la historiografía y la teoría. Nos vamos a encontrar con temas viejos tratados de manera nueva o con temas nuevos tratados de forma vieja: qué cada barco se agarre a su vela.


Otras revistas se han preocupado por descontado, últimamente, por el sujeto social y su historia. Los n 3  y 4, ambos del año 1990, de Historia Contemporánea (revista dirigida por Tuñón de Lara), que tratan monográfica y respectivamente de Movilización obrera entre dos siglos, 1890-1910 y Cambios sociales y modernización.  El n 4 de Ayer, de 1991, dedicado a La huelga general por considerarlo "un tema de actualidad. Su proclamación en la Federación Rusa, en agosto de 1991; en Italia, Gaza-Cisjordania y Asturias en octubre o en la República de Sudáfrica en noviembre, son ejemplos contemporáneos". Los n 56 (1991) y 69 ( 1994) de Zona Abierta, consagrados, respectivamente, a Fluctuaciones económicas y ciclos de conflicto y a Movimientos sociales, acción e identidad; la introducción al n 69, subtitulada "algunas viejas razones", se enfrenta a los que "se unen para certificar la muerte de los movimientos sociales" y se posiciona por un "concepto de movimiento social sin adjetivos" de "nuevo" o "viejo" que hay que redefinir. Están, además, los n 12 (1996) y 13 (1997) de Noticiario de Historia Agraria, y el n 22 (1996) de Estudis, donde se han publicado las actas de congresos y seminarios de los que ya hemos hablado.


En cuanto a libros tenemos algunas novedades "fin de siglo" que avalan el nuevo impulso que está recibiendo la historia de conflictos y revueltas126, de manos sobre todo de la nueva generación127, si bien pensamos que -si nuestros datos y hipótesis son atinados- habrá en el futuro avances mayores porque los "despoblados" son numerosos y extensos, pensemos sino en las grandes revueltas, no es acaso cierto que están por hacer investigaciones monográficas que apliquen las nuevas metodologías al estudio de revueltas tan importantes como los remensas, las germanías, las comunidades, o las  insurrecciones campesinas, obreras y populares contemporáneas...? Tal ha sido mi experiencia personal: he intentado reenfocar, en diversas obras128, entrelazando los tiempos, desde el ángulo de la historia de las mentalidades, la historia oral y la historia de la criminalidad, la revuelta irmandiña (1467-1469), sus precedentes, su estallido y su impacto en la memoria colectiva (1467-1674).


Cuando, a mediados de los años 80, decidí eligir como el centro de mi proyecto de investigación una revuelta social129, dando rienda suelta a mis "inquietudes innovadoras" sin renunciar a un tema "clásico", pero decisivo para una comprensión explicativa y global de la historia, tenía dos temores (que no me disuadieron de seguir adelante, obviamente130), quedarme sólo en tierra de nadie al ubicarme en el cruce de varias especialidades, y  ser "el último de Filipinas" en hacer un tesis doctoral sobre una revuelta medieval, pero también una esperanza y una apuesta: contribuir al resurgir historiográfico, e histórico, del sujeto social. Prueba de que no me invento la incomodidad pasada es lo que Fernández de Pinedo escribe -en 1992-,  en el prólogo a la tesis del Joseba de la Torre -leída en 1989 y dirigida por Fontana-, sobre la lucha antifeudal en Navarra: "da la impresión que escribir sobre luchas o conflictos sociales no resulta de buen gusto"131. En fin, que vale decir aquí lo de que "los últimos serán los primeros", es por eso que, cuando me disponía a redactar esta ponencia,  al ordenar mis fichas y hacer mis últimas lecturas, acordé cambiar el título de mi contribución a este congreso de la reivindicación ("Conflictos, revueltas, revoluciones. Por una historia con sujeto") a la constatación ("El retorno del sujeto social...").


)Por qué está renaciendo de sus cenizas,  en España, la historia de los conflictos y revueltas sociales132? Se nos ocurren varias razones de tipo historiográfico: a) el buen momento de la historiografía española de los 90133 tanto en productividad y crecimiento, pese a los problemas de inserción laboral de los jóvenes historiadores, como en espíritu renovador134 y esfuerzo reflexivo135; b) vivimos un época historiográfica de balance y búsqueda de alternativas, hacia atrás y hacia adelante, donde todo se renueva y retorna, de manera que tenemos "de todo" encima de la mesa, también los conflictos, las revueltas y las revoluciones, que fueron -y son- acontecimientos históricos y dan pie a formas de escribir la historia muy importantes, junto con la biografía, la historia política  y la narración, protagonistas hasta ahora de los retornos historiográficos; c) el relativo fracaso del inacabado giro del 82, que se difundió casi como una historia social sin sujeto, sin conflictos136; d) la influencia de la nueva sociología de la acción colectiva, de la acción racional, de los actores sociales, que redescubre el sujeto, bastante después de la historia, y nos lo devuelve por la ventana una década después de haberlo querido echar por la puerta...

Luego están los contextos, nacional e internacional, de los que no podemos prescindir, para entender la recuperación de la vieja tradición historiográfica española de conflictos, revueltas y revoluciones, a las puertas del siglo XXI.

En el plano nacional el factor más poderoso, en nuestra opinión, es la consolidación de la democracia bajo los gobiernos socialistas y, en consecuencia, la normalización137 del conflicto y la huelga, incluida la huelga general, que pierden así el significado "subversivo" que tenían antes, con Franco, y aún durante la transición, lo cual facilita el regreso al mundo académico, y que se revaloricen los hechos sociales como temas de estudio por parte de las organizaciones sindicales de clase y las instituciones locales, que en ese intervalo de tiempo, han constituido fundaciones, centros de estudio e investigación, para recuperar su memoria histórica y legitimar sus respectivas identidades.


En el plano internacional hay que reconocer la espectacularidad de la acción colectiva en la historia en la última década del siglo XX. Consideraremos cuatro momentos: 1) 1989-1991, revoluciones democráticas en el Este de Europa con un protagonismo decisivo de la multitud, empezando por los trabajadores industriales (Polonia), que utiliza todos los medios clásicos para derrocar el llamado socialismo real: manifestaciones, huelgas generales, insurrecciones armadas (Rumania); 2) 1994-, revuelta campesina de Chiapas, en el mismo momento de la entrada de México en el Tratado de Libre Comercio con EE. UU..  y Canadá, que suscita una gran ola de simpatía dentro -y fuera- de México, provocando la vuelta al compromiso político no-partidario de una parte notable de académicos e historiadores138 (al igual que pasara antes en el Este de Europa); 3) 1995-1997, movimientos sociales  (grandes huelgas y manifestaciones)  en Francia de un envergadura desconocida, desde los años 60-70, primero contra la política neoliberal de Chirac y Jupe, y después, más a la ofensiva, en favor de los innmigrantes -y contra la montée de Le Pen-  que arrastraron al compromiso político-social a un sector influyente de los intelectuales, dirigidos por los cineastas, escritores y artistas139, y que determinó la sorpresiva victoria de la izquierda el 1 de junio de 1997, y que se empiece a hablar de Europa social en las reuniones de la UE; 4) marzo de 1997, insurrección popular en Albania, que añade a su "clasicismo", radicalidad y espontaneidad140, al igual que el caso francés, y salvando las distancias, el haber conseguido sus objetivos más políticos141, derrocar a Berisha y colocar en el poder -eso sí, por medio de los votos- a la oposición de izquierdas dirigida por los ex-comunistas, con lo que se ratifica cierto cambio de signo político de las intervenciones "de masas" -callejeras y electorales- en el Este de Europa.


El nuevo e inesperado papel de las revueltas sociales en la vida democrática142, tal como se está manifestando en países tan distintos de Europa, como Francia y Albania, después del "fin de la historia" y del "pensamiento único", y, en general, el "regreso de la cuestión social"143, plantea a la historia como disciplina, y al conjunto de las ciencias sociales, el desafío de tratar de comprender -históricamente- el mundo que viene. Para salir airosos es menester  retomar y reformular la función científica y la sensibilidad social de la historia: volviendo a analizar el  pasado para construir un futuro mejor; situando, antes que nada, en su contexto histórico, el incuestionable regreso de los conflictos, las revueltas y las revoluciones en el umbral del siglo XXI; asumiendo, en resumen, el cambio en el concepto del tiempo histórico que se deriva de estos acelerados acontecimientos fin de siglo, cuando lo que parecía el pasado resulta que es el futuro. Así pasa con los conflictos y las revueltas, desde el punto de vista de la escritura de la historia, vuelve el interés por estos temas al tiempo que adquieren una renovada actualidad. Si bien el caso de España es particular, salvo la huelga general del 14-D de 1988 y algunas movilizaciones de los estudiantes de secundaria, para nada estamos viviendo, como en Francia, un remozado protagonismo socio-político de lo que cuando éramos jóvenes llamábamos "las masas", a sabiendas de la tradición de lucha social que existe en nuestro país. Sin embargo, el retorno historiográfico de los conflictos es más notorio en España que en Francia144. Pueda que estemos ante una manifestación más de las  diferencias de ritmo entre lo historiográfico y lo político-social; no obstante, si hay una historia hija de su tiempo esa es la historia de los movimientos sociales: o la aldea global hace que pierdan definitivamente peso las coyunturas nacionales, o nos estamos anticipando al porvenir nacional145...


La falta de tiempo y espacio -la ponencia rebasa ya, en folios escritos, el número habitualmente permitido- no nos va a permitir examinar, en esta ocasión, crítica y autocríticamente, las recientes investigaciones españolas sobre luchas sociales,  ni  conectar con más detalle este retorno de la historia de los conflictos con el debate historiográfico general, en pleno cambio de siglo y de paradigmas. Quiero dejar const