El retorno del sujeto
social en la historiografía española*
Carlos Barros
Universidad
de Santiago de Compostela
Pretendemos
repasar sumariamente la historiografía sobre conflictos sociales, revueltas y
revoluciones, desde la eclosión de los años 70 hasta la recuperación actual del
género, tomando en cuenta dos puntos de vista:
1)
Interhistórico1. Intentando ligar la evolución
de la temática en las diferentes áreas académicas de conocimiento histórico
(especialmente: historia medieval, moderna y contemporánea), desigual -en
historia contemporánea, sin duda, se reflexiona más- pero siempre paralela,
interrelacionada, en tanto que responde a condicionamientos comunes, internos
(disciplinares) y externos (mentales, políticos, sociales).
2)
Desde la historiografía española2. Porque la historiografía
española tiene al respecto una rica tradición (algo parecido se puede decir de
Latinoamérica), desde principios de siglo XX3 hasta las últimas décadas, que
nada tiene que envidiar a la mayor parte de las historiografías extranjeras,
cuya influencia benéfica en algunos casos (escuelas Past and Present y Annales)
seguimos reivindicando, a sabiendas de que sus aportaciones renovadoras a la
historiografía de los conflictos sociales, sin estar agotadas, más bien lo
contrario, nos retrotraen con todo varias décadas atrás; y porque estamos
convencidos de que hoy es posible, además de necesario, que reflexionemos, y
que debatamos, sobre la situación de la historiografía española, directamente,
sin la habitual mediación de autores y escuelas de otros países, en todo caso
referencia imprescindible, en estos tiempos de globalización historiográfica,
que exigen, más que nunca, cuidar el perfil historiográfico propio4,
como único modo de estar presente en los actuales procesos de recomposición de
la comunidad internacional de historiadores.
Entre
los historiadores contemporaneístas se ha generalizado, en los años 80, la
denominación -importada de la sociología- "historia de los movimientos
sociales" para, trascendiendo la historia del movimiento obrero, ampliar el interés del investigador
hacia otros movimientos populares, interclasistas, religiosos, políticos, etc.
Sin embargo, esta etiqueta es difícilmente exportable al conjunto de los
periodos históricos. )Qué nos encontramos durante la mayor parte de
la historia? Grandes y pequeños
conflictos y revueltas, más que movimientos sociales con cierto grado de
organización, ideología y continuidad. Es por eso que sostenemos, para no
limitarnos al tiempo histórico más inmediato, la vieja -y para nada ambigua-
denominación común de conflictos sociales, revueltas y revoluciones5,
al objeto de poder referirnos de forma interhistóricamente homologable a esta
importante faceta del sujeto histórico-social.
La historia social ha rehabilitado, hace ya tiempo, las formas de
protesta social tachadas de "primitivas", "apolíticas" o
"espontáneas", que han dado pié, asimismo, a los más valiosos
esfuerzos de innovación historiográfica,
ingleses y franceses, en el campo de la historia social6. La tendencia actual de la
sociología ha vuelto, por lo demás, a definir los movimientos sociales en
función de las acciones colectivas y los conflictos generados, vinculándolos
con el concepto de cambio social7.
El auge
de los años 70
La
homologación de la historiografía española con las corrientes historiográficas más
avanzadas, del otro lado de los Pirineos, que tiene sus inicios a los años 50
(Vicens Vives), se consolida en los años 70 y 80 con el relevo generacional -el
ascenso de la generación del 68- en los cuadros del profesorado universitario y
supone la ruptura -la "primera ruptura"- con la historia tradicional:
política, institucional, biográfica. Una de las ramas más productivas de esta
nueva historia económico-social es la historia de los conflictos sociales. Sin
duda la más radical políticamente (y también historiográficamente al proponer
lo que después se llamara "la historia desde abajo"). La lucha por la
renovación historiográfica, la lucha por la reforma democrática de la
universidad, y la lucha contra la dictadura franquista, iban juntas en aquellos
lejanos tiempos. Una buena parte de los jóvenes -y menos jóvenes, pensemos en
Tuñón- historiadores que investigan en los años 70 la historia del movimiento
obrero, los conflictos y las revueltas, en la historia de España, estaban
próximos a los partidos de izquierdas, marxistas y comunistas, que
hegemonizaban el ambiente político en las universidades de la época. La
participación, más o menos activa -la carrera académica y la militancia
política se compatibilizaban mal, cuando esta es clandestina-, en el potente
movimiento estudiantil, antes y después de 1968, y la simpatía hacia un
emergente movimiento obrero8, coadyuvaron a introducir los
movimientos sociales históricos como objetos de tesinas y tesis de doctorado,
lo cual se veía a su vez favorecido por la influencia creciente en la academia
de las "modas"9 historiográficas del momento: Annales y marxismo.
El
redescubrimiento10 de los conflictos, las
revueltas y las revoluciones11 forma parte, entonces, de
la revolución historiográfica, española e internacional, del siglo XX. En 1944,
firma Jaume Vicens Vives el prólogo de su Historia
de los remensas en el siglo XV (tema al que ya dedicara su atención
durante la república) y, en 1954, publica El
gran sindicato remensa (1488-1508). Su inquietud por abrir espacio a
la historia contemporánea conduce a Vicens Vives12,
y a su grupo, de las revueltas medievales al movimiento obrero: en 1959, se
publica Orígenes del anarquismo en Barcelona
de Casimir Martí13, quien, en 1960, elabora,
junto con Vicens y Nadal, Los movimientos
obreros en tiempo de depresión económica (Las huelgas: 1929-1936).
Pero es, como sabemos, en los años 70, cuando fructifican y se generalizan en
toda España las nuevas formas de hacer la historia, en general, y la historia
social, en particular.
Una
obra colectiva representativa del empuje de la nueva línea de
investigación es Clases y conflictos sociales en la historia
(1977), resultado conjunto de un seminario y una semana de metodología
histórica en Oviedo, durante el curso 1974-1975, donde participan J. M.
Blázquez (h. antigua), J. Valdeón (h. medieval), G. Anes (h. moderna) y M.
Tuñón (h. contemporánea)14. Julio Mangas (h. antigua),
en el prólogo, parte de una afirmación categórica, sin duda compartida por la
mayoría de los autores: "El materialismo histórico se presenta en mi
opinión, como la única metodología que dispone de un aparato conceptual preciso
y congruente"15. El libro termina con un
apéndice, elaborado por los alumnos, sobre "Modos de producción
capitalistas", deudor de las Formaciones
económicas pre-capitalistas (publicadas por Ciencia Nueva en 1967, y
por Ayuso en 1975) de Carlos Marx16, texto prologado por
Hobsbawm, y condicionado por el marxismo estructuralista de Althusser y
Balibar, que se había convertido en referencia obligada, y entusiasta, de los
jóvenes marxistas españoles: es de Althusser -más que del propio Marx- de dónde
viene el aparato conceptual al que se refiere Mangas. La filiación
estructuralista de la obra se desprende, por otro lado, del mismo título, que
hace surgir los conflictos de la existencia objetiva de las clases
(antagónicas). En los coloquios que siguen, a las exposiciones orales, le hacen
a Valdeón una de esas preguntas que, por aquellos tiempos, tanto nos perturbaban:
"A lo largo de su exposición y en el debate, he visto que las cuestiones
de la marcha de la Historia se reducen a movimientos objetivos, independientes
de la conciencia, de estructuras, dónde, pues, situar el papel del hombre? No
se puede encerrar la historia del hombre en fórmulas matemáticas!"17.
La respuesta lapidaria, habitual por aquel entonces18,
sería espetar que "el marxismo no
es un humanismo", sin embargo, Julio Valdeón, y en general los
historiadores -a quienes por oficio y formación mal les podía sentar un traje
estructuralista negador, en puridad, del sujeto y de su historia-, matiza,
"Yo no veo esa contradicción", aunque recae finalmente -fiel a su
tiempo, de ahí su representatividad- en la determinación estructural, citando
al Marx objetivista: "La conciencia del hombre está determinada por su ser
social... >el hombre hace la
historia, pero en unas condiciones que él no ha elegido"19.
Falta sorprendentemente -quizás no tanto- el Marx que escribió, para la Liga de
los Comunistas, en 1848, que "la historia de la humanidad es la historia
de la lucha de clases", o el Marx joven de los Manuscritos: economía y filosofía (Madrid, 1968)20,
o el Marx historiador del tiempo presente de Las
luchas de clases en Francia (Madrid, 1967) y El 18 Brumario de Luis Bonaparte
(Barcelona, 1968). Más allá de la voluntad -y aun de la práctica- subjetivista
y hasta globalizadora de los nuevos historiadores de los conflictos sociales,
el medio ambiente político-intelectual impuso un enfoque económico-estructural21
que acabó por relegar una línea de investigación que, llevada hasta sus últimas
consecuencias, podría -todavía puede y debe- contribuir a la superación
(dialéctica, si se me permite) de la escisión objeto/sujeto en la historia y en
las ciencias sociales. Pero sigamos con nuestro repaso sumario.
En
historia medieval el paradigma singular es Los
conflictos sociales en el reino de Castilla en los siglos XIV y XV
(1975), de Julio Valdeón, que comienza asegurando que el conocimiento de los
conflictos sociales "es imprescindible para una correcta interpretación
del proceso histórico" y que los conflictos que interesan "son
básicamente aquellos que reflejan las contradicciones fundamentales de la
sociedad", es decir, las contradicciones antagónico-estructurales,
"el conflicto entre señores y campesinos"22,
para concluir equiparando a Castilla y León con el resto de la Europa
bajomedieval en cuanto a este fenómeno de la agudización de las tensiones
sociales, aseveración muy innovadora si tenemos en cuenta que el paradigma
establecido en aquel momento era negar el carácter feudal de la sociedad
medieval castellana. Valdeón insiste metodológicamente en que hay que ir más
allá de una mera tipología, conectando
los conflictos con el contexto, introduciendo las luchas sociales, sobre todo las luchas antiseñoriales, en las
interpretaciones históricas del final de la Edad Media castellana, ya innovadas
por el enfoque dinámico burguesía/nobleza de Viñas Mey o nobleza/monarquía de
Luis Suárez23,
planteamientos, a su vez influídos por la historia social, y que nuestro
historiador marxista de los conflictos medievales no rechaza de plano. La
novedad que aportó el trabajo de Valdeón -representativo y animador de una
notable producción historiográfica sobre las luchas del sujeto social en la
Edad Media penínsular24- trascendió al medievalismo
y a la historia25. Si bien la losa del
ambiente intelectual del momento, marxista y no marxista, se hacía notar. Julio
Valdeón saluda el clásico esquema tripartito -y severamente unidireccional-
crisis económica/desequilibrio social/guerra civil, o sea,
economía/sociedad/política que -argumenta- aplica Vicens Vives a la Cataluña
del siglo XV, como el "camino correcto" para establecer un modelo de
estudio de las tensiones sociales, a pesar de tener conciencia de algunos de
algunos de sus fallos (el descuido de "aspectos tan importantes como las
ideologías y las mentalidades colectivas", y el "determinismo"
de la economía), remitiendo a las "estructuras de base" toda comprensión
de las revueltas sociales26, que de ese modo ven
(auto)limitadas sus perspectivas historiográficas, más atentas a la búsqueda de
causas27
que de efectos históricos -sobre las estructuras sociales28-,
los cuales son manifiestamente infravalorados29, salvo -en esto se
distingue Valdeón de otros historiadores marxistas españoles- en el campo,
prácticamente inédito, de las mentalidades: "Evidentemente en ningún
caso se produjeron cambios sustanciales
en la estructura de la sociedad, a los sumo arrancaron algunas conquistas
parciales los rebeldes. Pero la consecuencia esencial de las conmociones
populares de fines de la Edad Media se registró en las mentalidades
colectivas"30. Por todo lo cual la
contextualización deseada del actor social queda en suspenso, sin que se
demuestre, al contrario, la "función motora" de la lucha de clases
que Marx defendía en algunos de sus escritos, y en su práctica política. La
tardía reacción de la historiografía marxista occidental contra el dominante
estructuralismo -agravada en España por la tardanza de las traducciones al
español31-
llegó cuando la historia de los conflictos sociales iniciaba ya su repliegue32.
En 1981 se publica, en castellano, Miseria
de la teoría de E. P. Thompson, una crítica frontal al "nuevo
idealismo marxista" de Althusser y sus epígonos locales, los sociólogos
Hindess y Hirst, que escribieron algunas perlas que insurreccionaron al
historiador británico: "La historia está condenada al empirismo por la
naturaleza de su objeto (...) El marxismo, como práctica teórica y política, no
se beneficia en nada con su asociación a la historia escrita y a la
investigación histórica. El estudio de la historia no sólo carece de valor
científico, sino también de valor práctico"33.
Se puede decir que adoptando el estructuralismo, como las restantes ciencias
humanas y sociales, los historiadores pusimos el zorro a vigilar las gallinas.
También
en 1975, Ricardo García Cárcel publica Las
germanías de Valencia. Libro -derivado de una tesis doctoral dirigida
por Joan Reglà34-
que juega el mismo papel de vanguardia historiográfica35
que el trabajo citado de Julio Valdeón36, en el campo de los
modernistas, y está por tanto sujeto a las mismas limitaciones que derivan de
los paradigmas compartidos por el marxismo y las ciencias sociales de la
segunda posguerra que se difunden en la España de los años 70. La obra de
García Cárcel es la puesta el día -hoy todavía no plenamente superada37-
de la investigación sobre la revuelta de las germanías, que tenía como
precedentes los enfoques de la historiografía tradicional, desde el
romanticismo liberal hasta el positivismo, para lo cual se sirvió del típico
paradigma estructural-funcionalista de los años 60: precondiciones
estructurales y coyunturales (subordinadas a las primeras) y pobres efectos
históricos (en su conclusión habla el autor de "la poquedad de la revuelta
agermanada"38), y entre ambos
extremos, tan desigualmente tratados, el desarrollo cronológico de los
acontecimientos y la estructura geográfica y sociológica de las germanías.
Para
la emergente historia contemporánea la referencia paradigmática es, sin lugar a
dudas, Manuel Tuñón de Lara, quien, además de su obra -no sólo empírica,
también volcada en la reflexión metodológica e historiográfica39,
como en el caso de Valdeón-, lleva a cabo año tras año, a lo largo de la década
de los años 70, una labor organizativa clave para comprender el auge en España
de la historia social de los siglos XIX y XX: los Coloquios de Pau40.
Su libro más significativo, a los efectos de esta reseña crítica de la
historiografía de los conflictos sociales, es El
movimiento obrero en la historia de España (1972), que sigue el
consabido esquema tripartito - a veces
cuatripartito, incluyendo la ideología-, es decir, la economía
(estructura y coyuntura), la sociedad (condición obrera) y la política: los
acontecimientos (huelgas y conflictos), las organizaciones y ciertos hechos
directamente políticos (elecciones y guerras); persiguiendo el contexto, en
línea con el paradigma común, más por el lado de las causalidades que por el de
los efectos, en cierta contradicción con
el título del libro, que constituyó en su momento -y todavía constituye
hoy- una referencia monumental, y renovadora, una base sólida para lo que
después será la historia del movimiento obrero en España41.
Tuñón
ha sido, también, un ejemplo -por su biografía, lo que es raro entre
académicos, y por su trayectoria profesional-
de algo que se ha ido perdiendo a lo largo de los años 8042:
el compromiso del historiador ("la vida nacional no puede concebirse sin
los obreros"43, aseguraba, en 1972,
pensando sin duda en presente y en futuro).
En sus trabajos metodológicos,
Tuñón de Lara es explícito al hablar de sus deudas: Labrousse, Braudel y el materialismo histórico. Factores
determinantes, estructuras latentes, coyunturas manifiestas -con su
funcionalismo detonante-, métodos cuantitativos y -en cierta contradicción con
lo anterior- el principio de la centralidad de la lucha de clases44:
"El estudio de los conflictos y de sus factores, a todos los niveles,
constituye hoy la parte central e indispensable de la ciencia histórica"45.
Sin que se llegue a reconocer abiertamente, como en el Manifiesto comunista, que esa
constante histórica conflictiva es -o
puede ser, no se trata de una ley de "cumplimiento obligatorio",
añadiríamos nosotros- el "motor de la historia". Es imposible ver la
incidencia de los actores sociales en la historia si éstos no se hacen mayores
y se "despegan" de las estructuras. Dificultad epistemológica que ha
convertido, a menudo, los trabajos de investigación histórico-social en simples
descripciones positivistas. )Cómo explicar el cambio social si los
conflictos sociales no afectan a las estructuras sociales? Pues de dos maneras,
y ambas marginan a la gente común, al sujeto social, mediante el cambio
tecnológico-económico (respuesta estructural) o mediante el cambio político (respuesta
tradicional). La síntesis, averiguar el interfaz histórico sujeto/objeto, es
todavía tarea del futuro (inmediato).
Con
todo, los trabajos pioneros que hemos analizado críticamente, y otros muchos
que les siguieron, o que les antecedieron, han supuesto un paso de gigante -hay
que recordarlo porque se olvida- en la evolución historiográfica española, en
cuatro sentidos: a) introducen en la universidad la historia del movimiento
obrero y de las revueltas sociales, temas que, hasta los años 70, estaban
marginados académicamente; b) contribuyen a divulgar -o rememorar- fuera de la
academia tradiciones de luchas sociales, por una vida digna y por la libertad
de las personas46, que estaban olvidadas por
sus protagonistas y herederos (la historia al servicio de la recuperación de la
memoria colectiva); c) permiten la superación crítica de los viejos enfoques
romántico-liberales que fabricaron mitos persistentes sobre dichos
acontecimientos; y d) aportan nuevas
explicaciones económico-sociales, pueda que incompletas pero científicamente
superiores a las descripciones eruditas o a las vetustas interpretaciones de
tipo conspirativo sobre "la manipulación de las masas" por parte de
líderes, organizaciones y partidos de "intereses oscuros"47.
Explicaciones económico-sociales que serán, simultáneamente, la gran aportación
por su novedad y el talón de Aquiles por su determinismo de la historiografía
social de los años 70.
La
gente común, los obreros, los campesinos, no existían para la historia que se
escribía hasta que un grupo de jóvenes y menos jóvenes historiadores
-principalmente marxistas y annalistes-,
pronto instalados académicamente, decidieron ocuparse de ellos. No es poca cosa
considerando que, mientras tanto, la sociología, la ciencia política y la
psicología trataban las revueltas como "comportamientos desviados",
obra de delincuentes sociales48, y a sus protagonistas como
masas movidas por motivaciones irracionales49. La historia se anticipó,
pues, a la sociología y a otras ciencias sociales en la recuperación del sujeto
social, antes de mayo del 68, y ahí reside el problema, porque las otras
ciencias humanas ahogaron la prematura subjetividad de la nueva historia, que
no pudo exportar su experiencia a contracorriente por diversas razones, en
primer lugar por algo que nuestra disciplina arrastra desde la primera
revolución paradigmática, el positivismo: cierta incapacidad teórica.
Resumiendo:
los propios pecados de la historiografía y la influencia de la economía, el
estructural-funcionalismo y el cientifismo, dictaron una lectura objetivista y
economicista de la práctica histórica, a partir de la II Guerra Mundial50,
que diluyó nuestros tempranos esfuerzos historiográficos en favor de una
historia con sujeto, es decir, de enfoque más global51.
El
papel tan secundario que el paradigma objetivista dominante hacía jugar al
sujeto de la historia lleva casi a su desaparición de la escena
historiográfica. El mismo Hobsbawm, en su conocido artículo, "De la
historia social a la historia de la sociedad" (1971), nostálgico de una
historia total que no llega52, mantiene la idea de un
fuerte "vínculo entre historia social e historia de la protesta
social", que "sigue constituyendo un laboratorio perfecto para el
historiador", pero toma nota ya del "predominio de lo económico sobre
lo social" a causa de la influencia del marxismo y de la "escuela
histórica alemana", "de la absoluta superioridad de la economía sobre
las otras ciencias sociales", y del "consenso tácito de los historiadores"
de partir del estudio de la estructura económica y social "hacia afuera y
hacia arriba", asegurando que "soy la última persona que desearía
desanimar a los interesados en estos temas [las revoluciones], no en vano he
dedicado buena parte de mi tiempo profesional a ellos. Sin embargo...", y
aconsejando finalmente que se inserten las revoluciones en periodos temporales
más amplios, persiguiendo "la comprensión de la estructura"53. Lo cual no está mal si no no fuese porque,
acusando el impacto objetivista sin luchar frontalmente contra él (como hará
Thompson más tarde), se favorece, cualquiera que sea la intención del autor54, el relegamiento de la acción colectiva en la
historia, el academicismo y la hostilidad a la teoría55.
Cuál
es el problema? Que el estructural-funcionalismo fue pensado para integrar
productivamente el conflicto social en la estructura y evitar, en lo inmediato,
la posibilidad de un cambio social radical56. Su hegemonía en las
ciencias sociales de la posguerra potenció la difusión del Marx maduro del
prólogo a la Crítica de la economía política
(1859), que veía la revolución social como resultado de las
contradicciones (objetivas) entre
fuerzas productivas y relaciones de producción, en detrimento del Marx joven
del Manifiesto comunista (1848)
que veía la historia de la humanidad como resultado de la lucha de clases, con
lo cual no sólo el marxismo quedó desnaturalizado, handicapé, sino que
el conjunto de los historiadores sociales se encontraron, casi sin percatarse,
por causa de los "consensos tácitos" propios de la academia, que tan
bien explicó Kuhn y que refleja el citado artículo de Hobsbawm, sin temas tan
sustantivos de investigación como los conflictos, las revueltas y las
revoluciones. Pero la historia no puede prescindir del sujeto sin suicidarse
como disciplina, por algo regresó con tanta fuerza -tentando ocupar el sitio
que dejó libre el actor social- el sujeto tradicional: individual, político,
narrativo.
El giro
de 1982
En
1982, dos jóvenes historiadores sociales, José Álvarez Junco y Manuel Pérez
Ledesma, publican un artículo, "Historia del movimiento obrero. Una
segunda ruptura?"57, que por su osadía y
ambición58,
representatividad59 y consecuencias, merece
figurar destacadamente en los anales de la reflexión historiografía autóctona60.
Los
autores dicen no renunciar a "la centralidad de las luchas obreras",
afirman que "se puede seguir haciendo historia del movimiento obrero, pero
con nuevas orientaciones", que "nadie puede ignorar su decisiva importancia en los últimos ciento
cincuenta años de historia europea. No hicieron la revolución que soñaban, pero
forzaron una serie de cambios que han marcado profundamente las
sociedades", cambios que "se ven curiosamente minimizados por la
historia del movimiento obrero clásica que, de esta forma, tira piedras contra
su propio tejado"61. Pero dicha centralidad, se
quiera o no, resulta menguada al negársele, a la historia del movimiento
obrero, el "estatuto epistemológico privilegiado" de que
disfrutaba y al sustituirla por la "historia de los movimientos
sociales"62.
Las
críticas que se hacen a la historia del movimiento obrero de los años 70 son de
tres tipos: a) una historia militante, semi-clandestina63,
teleológica, obrerista, beaturrrona64 y autocomplaciente, puro
"realismo social"; b) una historia simplificadora, determinada por la
economía, basada en esquemas preconcebidos que excluyen las hipótesis previas,
dominada por el marxismo vulgar65; c) una historia
tradicional, centrada en el estudio de las ideologías, las instituciones
-sindicatos y partidos obreros- y los individuos -dirigentes obreros-66.
El exceso de la crítica y su unilateralidad67 es tan obvio como probablemente
necesario: no se hace una tortilla sin romper algunos huevos.
Las propuestas de los dos autores son,
consecuentemente: despolitizar la historia social española, hacerla más
académica, liberarla de apriorismos ideológicos, renovarla temática (estudiar a
los trabajadores y sus condiciones de vida y de trabajo, otros movimientos
sociales y políticos, la patronal, partidos no obreros, la relación de las
clases con el Estado) y metodológicamente (aprendiendo de la sociología y otras
ciencias sociales, y de la historiografía inglesa68
y francesa -historia de las mentalidades69-), en suma, "salir del
marco, a veces asfixiante, en que se han movido hasta ahora los estudios de
historia del movimiento obrero"70.
Como programa renovador lo dicho sigue vigente:
quedan no pocas cosas que innovar en la historia los movimientos sociales en España, sobre
todo ahora que retornan historiográficamente los conflictos sociales, pero
también mucho que superar del planteamiento hipercrítico, iconoclasta, de
1982.
Lo primero es apoyar si cabe más
decididamente el resurgir de la historia de conflictos y revueltas, que los
excesos renovadores de los años 80 han contribuido a marginar, pese a la mejor
intención de sus promotores: como historiadores sabemos que los resultados
históricos, y también los historiográficos, son, en buena medida,
involuntarios, entran en juego otros factores, internos y externos, además de
nuestra "elección racional".
Lo
segundo es hacer justicia historiográfica -el reconocimiento personal ya la han
hecho los propios autores en el artículo de marras71-
a Tuñón de Lara después de la inevitable "muerte del padre" ejecutada
por nuestros críticos. No parece que sea de recibo aplicar a Tuñón de Lara el
retrato dogmático, teleológico y tradicional, salvo los condicionamientos y las
limitaciones historiográficos e
ideológicos de la época, tanto más si no se deja claro su papel esencial en la
"primera ruptura"72. La temática de huelgas y conflictos, de ideologías
sindicales y políticas, de sindicatos, partidos y líderes obreros, sabemos hoy sobradamente que no decide por si
misma si una historia es vieja o nueva, es la innovación de los enfoques -amén
de la calidad de los resultados- lo que más vale73.
Además, acaso no escribía el propio Tuñón, autocríticamente, en 1973, que
"el enfoque episódico de la historia laboral (es decir, un contenido
relativamente nuevo y preciso, pero con métodos antiguos), en el que todos
hemos incurrido en mayor o menor escala, parece que está en trance definitivo
de superar"74. No ha sido así, pero las
culpas sería injusto cargárselas todas a Tuñón -como tampoco los efectos
últimos de la renovación a los citados autores-, que tenía clara -no era otra
su experiencia- la necesidad de abrirse a nuevos métodos y temas para tratar la
historia del movimiento obrero, como reconocen -y citan- sus propios críticos
para afianzar sus planteamientos75, y, en concreto, a la
historia de las mentalidades sociales76. Cierto que si dejásemos de
lado la historia del movimiento obrero77, la cuestión cambia,
entonces, la obra de Tuñón de Lara -y la de los propios autores del artículo-,
nos sería menos útil.
Lo
tercero es criticar que los defensores de la "segunda ruptura" se hayan
concentrado justamente en la renovación temática y metodológica, y hayan dejado
el paradigma subyacente incólume. Porque la debilidad de la historia social de
los años 70 está principalmente en el paradigma economicista, estructuralista y
objetivista que la informó, la contradijo y la refrenó. Cuestionan los autores
el reduccionismo económico, pero nada
dicen del corsé estructural y objetivista78, lo cual concuerda con la
conclusión final de nuestra crítica (de la crítica): se quiera o no se echó el niño
por el agujero de la bañera junto con el agua sucia. A pesar de la centralidad
formalmente proclamada de las luchas sociales, la ampliación temática y la
emergencia social e ideológica de lo que -años después- Ignacio Ramonet llamó
pensamiento único, relegaron, en la década de los 80, la investigación
académica de los movimientos obreros, conflictos, revueltas y revoluciones79.
Esta tendencia objetiva del contexto socio-político, esto es, la ola
neoconservadora liderada por M. Thatcher y R. Reagan, ha sido factor decisivo
en el retroceso del sujeto social de la realidad y de las investigaciones
históricas. Ahora bien, faltó esa función crítica del historiador insistiendo
más en aquellos temas que, siendo pertinentes científicamente, podían resultar
desfavorecidos por la coyuntura político-ideológica.
La
necesidad de renovación temática y metodológica manifestada en el artículo de Revista de Occidente era compartida, a principios de los años 80, por una gran
parte de los historiadores sociales80. En el n1 2/3
(1982) de la revista Debats se
publica una mesa redonda sobre "Movimientos sociales", aprovechando
el primer encuentro de historiadores sociales en Valencia, en 1981, con la
participación de J.J. Castillo, J. Termes, P. Gabriel, J. Álvarez Junco, S.
Castillo, S. Juliá, C. Forcadell, M. Pérez Ledesma, J. A. Piqueras, A. Bosch,
J. Paniagua, M. Cerdá y S. Forner. Las conclusiones son parecidas a las del
trabajo anterior, se añaden líneas renovadoras como la historia oral y la historia de las mujeres
-aún hoy poco desarrolladas-, y se
matiza bastante el llamamiento a la ruptura del artículo de Álvarez Junco y
Pérez Ledesma en el sentido que venimos de anotar. Carlos Forcadell prefiere
hablar de "segunda recepción" de la historiográfia europea del
movimiento obrero, considerando que -en comparación con Europa- la historia del
movimiento obrero español era todavía débil: "incluso remitiéndonos al
plano institucional, al estudio de los partidos, de los grupos
dirigentes". Santos Juliá a
continuación insiste: "como ejemplo de que aquí no se ha hecho historia
institucional, recordemos que no tenemos una historia del Partido Comunista
como la que los italiano tienen [y seguimos sin tenerla]. Me da la impresión de
que estamos apurando una historia que no hemos hecho"81.
Se
hacen en esta reunión otras proposiciones interesantes: la edición de una
revista82,
la elaboración de modelos propios de investigación83,
la necesidad de una sociología del historiador "analizando la clase social
de la que procede, la ideología en que se ha formado, y, lo que sería más
complicado, a quién ha servido esta historia"84,
argumenta Álvarez Junco, el cual, más adelante, reconoce sincera y
proféticamente que "nosotros, urbanos, clase media intelectual, que queremos
el poder y estamos rivalizando con otros que lo tienen en este momento"85.
Santiago
Castillo se queja en Valencia de que la mayoría de los que están allí
"tienen que trabajar en una cosa que no tiene nada que ver con la
investigación histórica, dedicando su tiempo libre a este tipo de estudios.
Además dedicando parte de los pocos ingresos estables a fichas, folios,
fotocopias..."86. Bueno, haber investigado y
renovado la historia en esas condiciones es todo un ejemplo para las nuevas
generaciones, que desde luego lo tienen más difícil87.
Así y todo, la mayoría de los participantes en la reunión de Debats eran, todavía, profesores adjuntos
de universidad88.
Añadimos "todavía" porque, en aquel momento, buena parte de los
nuevos historiadores de la economía y la sociedad, en las áreas de conocimiento
histórico más tradicionales, y de la misma generación, habían logrado ya la
"consolidación funcionarial"89, algunos incluso la
cátedra. La verdad es que ser contemporaneísta y marxista no facilitaba las
cosas, de entrada, en la universidad española de los años 7090.
El viraje dado, en este aspecto, en la década de los años 80, gracias a la
renovación historiográfica y a la transición, al acceso al poder del PSOE y a
la consolidación de la democracia, dentro y fuera de la universidad, fue tan
espectacular que ahora estamos obligados a rectificar: llevando el péndulo a
una posición más centrada91 y ayudando en el relevo
generacional.
La
coyuntura política es, en efecto, vital para comprender el giro historiográfico
y académico focalizado en el año 1982. No es casual que la primera gran
victoria electoral por mayoría absoluta del PSOE, que tres años antes
abandonara el marxismo92, tenga lugar este mismo año
de 1982. No se trata tanto de una influencia directa, pues el cambio
historiográfico que estamos analizando es anterior al cambio electoral
favorable a la izquierda, como del hecho de que ambos acontecimientos, de
características manifiestamente distintas, comparten una misma coyuntura
intelectual y mental. La historia es hija de su tiempo, y sufre, como todas las
ciencias humanas y sociales, los cambios "climatológicos",
especialmente en un terreno tan sensible como la historia del movimiento obrero
y de los conflictos sociales, que fue, en un principio, "una forma de militancia
antifranquista" 93.
En
1982 se consolida, por lo tanto, el cambio de hegemonía en el campo
político-social, y también cultural, de las izquierdas, del PCE al PSOE94,
de las luchas sociales de los años 70 a las luchas electorales de los años 80.
Antes ya se había producido la frustración (pactos oposición
antifranquista/reformistas franquistas) de los impulsos revolucionarios nacidos
en la universidad de los años 60 y 70, y la casi desaparición de una serie de
partidos (PTE, ORT, MCE, LCR...) que tuvieron gran influencia entre los
estudiantes universitarios y cultivaban un marxismo clásico con buenas dosis de
esquematismo y dogmatismo, paradójicamente tanto estructuralista como voluntarista95. El fin de la transición conlleva la
desaparición paulatina de la escena política de unos movimientos sociales -el
movimiento obrero se institucionaliza, el movimiento estudiantil se eclipsa-,
que cuando reaparecen, fugazmente, será para confrontarse justamente con la
política laboral, económica y educativa de los gobiernos socialistas. Todas
estas "frustraciones", lo que se llamó "el desencanto", la
necesidad para algunos de "volver a empezar" profesionalmente, la
"reconversión" ideológica de casi todos, acabó en los años 80 con el
compromiso político del intelectual (el canto del cisne fue, sin lugar a dudas,
el referendum sobre la OTAN de 1986) y coadyuvó a desideologizar las líneas de
investigación académica más cercanas al marxismo proponiendo estas
"segundas rupturas"96. Paradójicamente la
moderación política e ideológica no acabó con el "frentepopulismo",
anacrónico en el contexto político y universitario posterior a la transición,
pero continuamente alimentado por las luchas de bandos por el poder académico y electoral,
tendencialmente bipartidistas ("rojos" y "azules", y últimamente "nacionalistas" y
"antinacionalistas").
En
el contexto del regreso en los años 90 del interés por la historia de los
conflictos sociales, fue retomado con fuerza el giro historiográfico de 1982 en
diversas ocasiones97, y reevaluado, por sus
promotores -y por otros colegas más jóvenes- replanteando98
u "olvidando"99 argumentos, continuando y
reconstruyendo el discurso renovador, y/o reaccionado contra él, tratando, en
resumidas cuentas, de orientarse en esta década y media caracterizada
historiográficamente por la honda crisis del paradigma común de la posguerra
-donde hay que insertar nuestro debate sobre la historia del movimiento
obrero-, por la fragmentación galopante de objetos y enfoques, por el
crecimiento desordenado de nuestra disciplina, por el retorno de los géneros
tradicionales, por la emergencia de candidatos a nuevos paradigmas...
El
balance del movimiento renovador de los años 80 es considerado negativamente
por la mayoría de los autores que han vuelto sobre ello, entre 1990 y 1995.
Ángeles Barrio habla de escasa fecundidad; Carlos Gil, citando a la anterior,
entre otros, de que "los frutos de la ruptura no parecen haber alcanzado
la altura de las expectativas creadas"100; Pere Gabriel reconoce que
"pasada ya más de una decena de años, no puede decirse que ese empujón del
péndulo hacia el otro lado haya producido resultados mejores"101,
que "no hemos hecho gran cosa", y condena el "cliché
reduccionista" con que se enjuició la historia social 1959-1982102;
Carlos Forcadell, que ya había hecho notar sus matices críticos en Valencia,
insiste: "está muy extendida la sensación de que los frutos de los
manifiestos metodológicos del 82, aun existiendo, van por detrás de las
exigencias que planteaban"103; José Antonio Piqueras se
interroga sobre cómo se hace la historia social en España y arremete en su
respuesta contra "la entronización del empirismo y la desteorización de la
práctica histórica"104; José Álvarez Junco, en el
I Congreso Internacional Historia a Debate, es el más claro y autocrítico,
acepta el (relativo) fracaso del movimiento renovador105
y pone el dedo en la llaga: "la rutina o la carencia de modelo alternativo
con similar capacidad de explicación global hace del tratamiento
historiográfico de los movimientos sociales en España siga proclamando su
fidelidad a ese modelo [el paradigma heredado]"106.
Hay
mucho de verdad en esta crítica-autocrítica de uno de los firmantes del
artículo de Revista de Occidente,
los viejos paradigmas -y la nueva historia que llegó a España en los años 60 y
70 es ahora ya, la vida no perdona, un viejo paradigma- siguen vigentes
mientras la comunidad de historiadores no los sustituye plenamente mediante el
consenso. Pero se sigue, en nuestra opinión, planteando mal el problema. Si los
historiadores sociales no aceptaron, hasta hoy, reemplazar netamente la
historia del movimiento obrero por la historia de los movimientos sociales, si
no se supo elaborar un paradigma alternativo global, es, en nuestra opinión y
resumiendo, porque se cometieron algunos "errores": a) favorecer,
voluntaria y/o involuntariamente, el abandono de una historia de la historia
del movimiento obrero107, imprescindible para una
historia de los movimientos sociales que se precie, que, al ser negado en la
práctica el primer impulso renovador de Tuñón de Lara y los Coloquios de Pau,
tiende a volver por sus fueros verdaderamente tradicionales; b) dejar fuera de
la crítica la distorsión estructuralista, objetivista y cientifista, del
paradigma común de los historiadores del siglo XX, neutralizando así los
esfuerzos propugnados para vencer al economicismo, para innovar temática y
metodológicamente, para conservar el interés por los actores sociales; c)
desconectar el debate sobre historia del movimiento obrero y de los movimientos
sociales del debate historiográfico general -en cambio que se atiende mejor el
debate de la sociología-, más allá de
los historiadores contemporaneístas, toda vez que no pocos de los problemas
suscitados sólo pueden tener solución si se sale del estrecho marco de los
historiadores sociales de los siglos XIX y XX; d) olvidar la historia global,
error compartido con casi toda la historiografía occidental de las últimas
décadas, y de alguna forma justificado por el estrepitoso fracaso de la
historia "total", concretamente de la lectura estructuralista y
determinista que se hizo de este concepto historiográfico fundamental; e) haber
considerado críticamente el contexto político que ha informado la "primera
ruptura" (una historia repensada por la generación del 68 "de forma
apresurada, semi-clandestina y con una utilidad en gran medida política"108),
y no haber hecho lo mismo con las condiciones políticas, ideológicas y de
mentalidad que coadyuvaron y alimentaron el giro del 82109,
y su posterior incidencia en la historia social de los años 80, sin lo cual no
se comprende su relativo fracaso110. En fin, entrecomillábamos
antes la palabra "errores" porque, hacia 1982, año de grandes
ilusiones renovadoras, esto es, después del golpe del 23-F (1981) y de la toma
de Valencia por parte de Miláns del Bosch, no era fácil preveer el apogeo de la
posmodernidad historiográfica111
o la vuelta de la historia tradicional, la caída del muro de Berlín o la
negativa evolución política nacional112; y porque, en todo caso,
es así, aprendiendo del pasado, como podemos elaborar propuestas más atinadas
para el futuro (inmediato).
El
retorno de los años 90
Aunque
en los años 80 el interés de la historia en general, y de la historia social en
particular, por los conflictos, las revueltas
y los movimientos sociales, disminuyó notablemente, ello no quiere decir
que no se continuasen publicando obras de investigación, algunas muy
interesantes, en historia medieval113, moderna114
y historia contemporánea115, como estela del empuje
anterior y/o por la decisión de algunos historiadores que, más allá de la
"moda"116, siguieron -seguimos-
considerando de sumo interés historiográfico el estudio de la parte más
dinámica de la histórica. Predominan los artículos117
sobre los libros -frutos acostumbrados de tesis de licenciatura y doctorado que
escasean sobre estos temas en los años 80- y, en general, los trabajos de
historia local, en consonancia con la creciente marginación del ámbito español118,
y de la historia de España119. en las investigaciones
académicas.
El
punto de inflexión tendrá lugar entre finales de los años 80 y principios de
los años 90, y los primeros artífices -y a la vez síntomas- de este nuevo auge de la historia de los conflictos
sociales -y del movimiento obrero- serán, principalmente, una serie de congresos,
jornadas y seminarios, que tienden a adoptar un carácter interhistórico al
participar historiadores de diferentes áreas de conocimiento histórico. Los
congresos son ciertamente las actividades académicas que, por su inmediatez y
carácter colectivo, mejor reflejan las coyunturas historiográficas.
Los
tomos VII y VIII del I Congreso de
Historia de Castilla-La Mancha (Toledo, 1988) están dedicados Conflictos sociales y evolución económica en la Edad
Moderna, aunque el contenido no se corresponde bien con el título,
problema que tendrán otros organizadores de congresos ante la falta de hábito de los historiadores de
tratar, durante los años 80, dicha temática conflictiva.
En
1989 se realiza, en el marco de los
cursos de verano de El Escorial, el seminario Revoluciones
y alzamientos en la España de Felipe II (Valladolid, 1992), donde,
de nuevo, no todas las contribuciones responden al título, lo que ya no
sucederá con las reuniones de historiadores que vienen a continuación, sobre
todo con las comunicaciones libres a los congresos. Conmemorando el
bicentenario de la revolución francesa,
se inauguran, este mismo año de 1989, la serie de Jornadas de Estudios
Históricos, organizadas anualmente por el Departamento de Historia Medieval,
Moderna y Contemporánea de Salamanca, con un ciclo de conferencias sobre Revueltas y revoluciones en la historia
(Salamanca, 1990). Con todo, el primer gran congreso en que se manifiesta
abiertamente la vuelta de los conflictos es el organizado por al Institución "Fernando el
Católico" en Zaragoza, asimismo en 1989, sobre Señorío y feudalismo en la Península Ibérica (Zaragoza,
1993).
En
1990, son cuatro las reuniones académicas sobre revueltas y conflictividad
social: un curso de verano de la Universidad Complutense en El Escorial sobre Resistencias hispánicas al imperio: comuneros,
agermanados y erasmistas; un seminario de la UIMP en Cuenca sobre Asociacionismo y conflicto agrario en España (ss. XVIII-XIX-XX);
y el I Congreso de la Asociación de Historia Social, también en Zaragoza, sobre
La historia social en España: actualidad y
perspectivas (Madrid, 1991), con contribuciones mayormente de
historiadores contemporaneístas120 . Habría que añadir, este
mismo año, dentro de los "Grandes Temas" del 17 Congreso
Internacional de Ciencias Históricas celebrado en Madrid, las comunicaciones de
Gonzalo Bueno, Julián Casanova y Julio Aróstegui sobre Revoluciones y reformas: su influencia sobre la
historia de la sociedad.
En
1993, Ignacio Olábarri y Valentín Vázquez de Prada organizan, en Pamplona, las V
Conversaciones Internacionales de Historia, Para
comprender el cambio social. Enfoques teóricos y perspectivas historiográficas
(Pamplona, 1997), con la intención explícita, dicen en el prólogo, de
"resucitar una de las grandes preguntas de la historiografía de mediados
de siglo -la explicación del cambio social-, sabiendo que no disponemos de ismo
alguno que ofrezca una respuesta a la cuestión", a fin de poder hacer
frente al posmodernismo extremo volviendo "a las metodologías
socio-científicas de probada fecundidad en nuestro siglo".
En
1995 se llevaron a cabo dos congresos y un seminario importantes: el VII
Congreso de Historia Agraria en Baeza, organizado por el Seminario de Historia
Agraria, sobre la conflictividad rural en la Edad Media, Moderna y Contemporánea
(publicado en Noticiario de Historia
Agraria, n1 12 y
13, 1996 y 1997); el II Congreso de la Asociación de Historia Social, en
Córdoba, sobre El trabajo a través de la
historia (Madrid, 1996), con una parte importante de las
comunicaciones dedicada a la historia del movimiento obrero y la conflictividad
social121;
y el seminario de la UIMP de Valencia sobre Conflictividad
y represión en la sociedad moderna, publicado en el el n1 22
(1996) de la revista Estudis. Revista de
historia moderna, fruto de un proyecto de investigación (1992-1995)
sobre La dimensión conflictiva de la
sociedad valenciana moderna.
Por
último, en 1997, donde ahora estamos, en Vitoria, el III Congreso de nuestra
Asociación de Historia Social, sobre Estado,
protesta y movimientos sociales, que nos ha obligado a reflexionar
sobre los precedentes, la situación actual y las perspectivas de nuestro campo
de investigación que, para bastantes colegas, pertenecía a una historiografía, la de los años 60 y 70,
que jamás volverá, lo cual en rigor es cierto, y además ni siquiera es
deseable, cuestión aparte es que sus objetos de investigación siguen ahí, son
incluso imprescindibles para que la historia deje atrás la presente crisis
paradigmática y entre con fuerza en el nuevo milenio.
En
cuanto a revistas, la palma se la lleva, naturalmente, Historia Social de Valencia que, así y
todo, ha dedicado cinco dossiers a la historia del movimiento obrero, los
conflictos y las revueltas sociales: n 1, 1988, "Anarquismo y sindicalismo";
n 5, 1989, "Huelgas"; n 15, 1993, "Estado y acción
colectiva"; n 17, 1994, "Conflictividad obrera y conducta
social"; n 20 y 22, 1994 y 1995, "Debates de historia social de
España" (con artículos sobre conflictos y revueltas, revolución y
"lucha de clases" de R. García Cárcel, M. Chust, J. Casanova y P.
Gabriel)122. Resulta paradójico que los dos historiadores
sociales, Santos Juliá y Carlos Forcadell, que, en el encuentro valenciano de
1981, fueron más reticentes a la "segunda ruptura", defendiendo
"que estamos apurando una historia que no hemos hecho", esto es, del
movimiento obrero, los partidos obreros, sus grupos dirigentes123,
infravaloren ahora como "historia social clásica", sin entrar para
nada a analizar si sus enfoques son tradicionales o renovados, los notables
dossiers de Historia Social sobre
movimientos, conflictos y revueltas sociales124. Para nosotros, porfiamos,
no son los objetos -los necesitamos todos- quienes definen la validez de una
investigación histórica, sino sus métodos y sus resultados125.
Internacionalmente está ya agotada la vía de renovar la historia cambiando o
ampliando solamente la temática, descubriendo nuevos objetos, ahora toca
innovar de la manera más difícil y también más decisiva: mediante el método, la
historiografía y la teoría. Nos vamos a encontrar con temas viejos tratados de
manera nueva o con temas nuevos tratados de forma vieja: qué cada barco se
agarre a su vela.
Otras
revistas se han preocupado por descontado, últimamente, por el sujeto social y
su historia. Los n 3 y 4, ambos del año
1990, de Historia Contemporánea
(revista dirigida por Tuñón de Lara), que tratan monográfica y respectivamente
de Movilización obrera entre dos siglos,
1890-1910 y Cambios sociales y
modernización. El n 4 de Ayer, de 1991, dedicado a La huelga general por considerarlo
"un tema de actualidad. Su proclamación en la Federación Rusa, en agosto
de 1991; en Italia, Gaza-Cisjordania y Asturias en octubre o en la República de
Sudáfrica en noviembre, son ejemplos contemporáneos". Los n 56 (1991) y 69
( 1994) de Zona Abierta,
consagrados, respectivamente, a Fluctuaciones
económicas y ciclos de conflicto y a Movimientos sociales, acción e identidad; la introducción al
n 69, subtitulada "algunas viejas razones", se enfrenta a los que
"se unen para certificar la muerte de los movimientos sociales" y se
posiciona por un "concepto de movimiento social sin adjetivos" de
"nuevo" o "viejo" que hay que redefinir. Están, además, los
n 12 (1996) y 13 (1997) de Noticiario de
Historia Agraria, y el n 22 (1996) de Estudis, donde se han publicado las actas de congresos y
seminarios de los que ya hemos hablado.
En
cuanto a libros tenemos algunas novedades "fin de siglo" que avalan
el nuevo impulso que está recibiendo la historia de conflictos y revueltas126,
de manos sobre todo de la nueva generación127, si bien pensamos que -si
nuestros datos y hipótesis son atinados- habrá en el futuro avances mayores
porque los "despoblados" son numerosos y extensos, pensemos sino en
las grandes revueltas, no es acaso cierto que están por hacer investigaciones
monográficas que apliquen las nuevas metodologías al estudio de revueltas tan
importantes como los remensas, las germanías, las comunidades, o las insurrecciones campesinas, obreras y
populares contemporáneas...? Tal ha sido mi experiencia personal: he intentado
reenfocar, en diversas obras128, entrelazando los tiempos,
desde el ángulo de la historia de las mentalidades, la historia oral y la
historia de la criminalidad, la revuelta irmandiña (1467-1469), sus
precedentes, su estallido y su impacto en la memoria colectiva (1467-1674).
Cuando,
a mediados de los años 80, decidí eligir como el centro de mi proyecto de
investigación una revuelta social129, dando rienda suelta a mis
"inquietudes innovadoras" sin renunciar a un tema
"clásico", pero decisivo para una comprensión explicativa y global de
la historia, tenía dos temores (que no me disuadieron de seguir adelante,
obviamente130),
quedarme sólo en tierra de nadie al ubicarme en el cruce de varias
especialidades, y ser "el último de
Filipinas" en hacer un tesis doctoral sobre una revuelta medieval, pero
también una esperanza y una apuesta: contribuir al resurgir historiográfico, e
histórico, del sujeto social. Prueba de que no me invento la incomodidad pasada
es lo que Fernández de Pinedo escribe -en 1992-, en el prólogo a la tesis del Joseba de la
Torre -leída en 1989 y dirigida por Fontana-, sobre la lucha antifeudal en
Navarra: "da la impresión que escribir sobre luchas o conflictos sociales
no resulta de buen gusto"131. En fin, que vale decir
aquí lo de que "los últimos serán los primeros", es por eso que,
cuando me disponía a redactar esta ponencia,
al ordenar mis fichas y hacer mis últimas lecturas, acordé cambiar el
título de mi contribución a este congreso de la reivindicación
("Conflictos, revueltas, revoluciones. Por una historia con sujeto")
a la constatación ("El retorno del sujeto social...").
)Por qué está renaciendo de sus cenizas, en España, la historia de los conflictos y
revueltas sociales132? Se nos ocurren varias
razones de tipo historiográfico: a) el buen momento de la historiografía
española de los 90133 tanto en productividad y
crecimiento, pese a los problemas de inserción laboral de los jóvenes
historiadores, como en espíritu renovador134 y esfuerzo reflexivo135;
b) vivimos un época historiográfica de balance y búsqueda de alternativas,
hacia atrás y hacia adelante, donde todo se renueva y retorna, de manera que
tenemos "de todo" encima de la mesa, también los conflictos, las
revueltas y las revoluciones, que fueron -y son- acontecimientos históricos y
dan pie a formas de escribir la historia muy importantes, junto con la
biografía, la historia política y la
narración, protagonistas hasta ahora de los retornos historiográficos; c) el
relativo fracaso del inacabado giro del 82, que se difundió casi como una
historia social sin sujeto, sin conflictos136; d) la influencia de la
nueva sociología de la acción colectiva, de la acción racional, de los actores
sociales, que redescubre el sujeto, bastante después de la historia, y nos lo
devuelve por la ventana una década después de haberlo querido echar por la
puerta...
Luego
están los contextos, nacional e internacional, de los que no podemos
prescindir, para entender la recuperación de la vieja tradición historiográfica
española de conflictos, revueltas y revoluciones, a las puertas del siglo XXI.
En
el plano nacional el factor más poderoso, en nuestra opinión, es la
consolidación de la democracia bajo los gobiernos socialistas y, en
consecuencia, la normalización137 del conflicto y la huelga,
incluida la huelga general, que pierden así el significado
"subversivo" que tenían antes, con Franco, y aún durante la transición,
lo cual facilita el regreso al mundo académico, y que se revaloricen los hechos
sociales como temas de estudio por parte de las organizaciones sindicales de
clase y las instituciones locales, que en ese intervalo de tiempo, han
constituido fundaciones, centros de estudio e investigación, para recuperar su
memoria histórica y legitimar sus respectivas identidades.
En
el plano internacional hay que reconocer la espectacularidad de la acción
colectiva en la historia en la última década del siglo XX. Consideraremos
cuatro momentos: 1) 1989-1991, revoluciones democráticas en el Este de
Europa con un protagonismo decisivo de la multitud, empezando por los
trabajadores industriales (Polonia), que utiliza todos los medios clásicos para
derrocar el llamado socialismo real: manifestaciones, huelgas generales,
insurrecciones armadas (Rumania); 2) 1994-, revuelta campesina de
Chiapas, en el mismo momento de la entrada de México en el Tratado de Libre
Comercio con EE. UU.. y Canadá, que
suscita una gran ola de simpatía dentro -y fuera- de México, provocando la
vuelta al compromiso político no-partidario de una parte notable de académicos
e historiadores138 (al igual que pasara antes
en el Este de Europa); 3) 1995-1997, movimientos sociales (grandes huelgas y manifestaciones) en Francia de un envergadura desconocida,
desde los años 60-70, primero contra la política neoliberal de Chirac y Jupe, y después, más a la ofensiva, en favor de los
innmigrantes -y contra la montée
de Le Pen- que arrastraron al compromiso
político-social a un sector influyente de los intelectuales, dirigidos por los
cineastas, escritores y artistas139, y que determinó la
sorpresiva victoria de la izquierda el 1 de junio de 1997, y que se empiece a
hablar de Europa social en las reuniones de la UE; 4) marzo de 1997,
insurrección popular en Albania, que añade a su "clasicismo",
radicalidad y espontaneidad140, al igual que el caso
francés, y salvando las distancias, el haber conseguido sus objetivos más
políticos141,
derrocar a Berisha y colocar en el poder -eso sí, por medio de los votos- a la
oposición de izquierdas dirigida por los ex-comunistas, con lo que se ratifica
cierto cambio de signo político de las intervenciones "de masas"
-callejeras y electorales- en el Este de Europa.
El
nuevo e inesperado papel de las revueltas sociales en la vida democrática142,
tal como se está manifestando en países tan distintos de Europa, como Francia y
Albania, después del "fin de la historia" y del "pensamiento
único", y, en general, el "regreso de la cuestión social"143,
plantea a la historia como disciplina, y al conjunto de las ciencias sociales,
el desafío de tratar de comprender -históricamente- el mundo que viene. Para
salir airosos es menester retomar y
reformular la función científica y la sensibilidad social de la historia:
volviendo a analizar el pasado para
construir un futuro mejor; situando, antes que nada, en su contexto histórico,
el incuestionable regreso de los conflictos, las revueltas y las revoluciones
en el umbral del siglo XXI; asumiendo, en resumen, el cambio en el concepto del
tiempo histórico que se deriva de estos acelerados acontecimientos fin de
siglo, cuando lo que parecía el pasado resulta que es el futuro. Así pasa con
los conflictos y las revueltas, desde el punto de vista de la escritura de la
historia, vuelve el interés por estos temas al tiempo que adquieren una
renovada actualidad. Si bien el caso de España es particular, salvo la huelga
general del 14-D de 1988 y algunas movilizaciones de los estudiantes de
secundaria, para nada estamos viviendo, como en Francia, un remozado
protagonismo socio-político de lo que cuando éramos jóvenes llamábamos
"las masas", a sabiendas de la tradición de lucha social que existe
en nuestro país. Sin embargo, el retorno historiográfico de los conflictos es
más notorio en España que en Francia144. Pueda que estemos ante
una manifestación más de las diferencias
de ritmo entre lo historiográfico y lo político-social; no obstante, si hay una
historia hija de su tiempo esa es la historia de los movimientos sociales: o la
aldea global hace que pierdan definitivamente peso las coyunturas nacionales, o
nos estamos anticipando al porvenir nacional145...
La falta de tiempo y espacio -la ponencia rebasa ya, en folios escritos, el número habitualmente permitido- no nos va a permitir examinar, en esta ocasión, crítica y autocríticamente, las recientes investigaciones españolas sobre luchas sociales, ni conectar con más detalle este retorno de la historia de los conflictos con el debate historiográfico general, en pleno cambio de siglo y de paradigmas. Quiero dejar const