Violencia y muerte del señor en Galicia
a finales de la edad media
Carlos Barros
Universidad de Santiago de Compostela
La noción de violencia
se emplea continuamente en ciencias sociales con el significado estricto de uso
de la fuerza, sobre personas o cosas, como medio para vencer las resistencias
que se oponen a la consecución de determinados fines, no siempre conscientes o
explícitos. La violencia, además de mediación, es consecuencia -y síntoma- de
desigualdades sociales, cuando no causa de conflictos, actuando asimismo como
factor de regulación, como medio y rito restaurador de equilibrios rotos y
superador de contradicciones extremas, lo cual paradójicamente vincula
violencia, inseguridad y desorden con sus conceptos contrarios, paz, seguridad
y orden, especialmente en el imaginario y el inconsciente colectivos.
Violencia, psicología y sociedad
Está por
demostrar la hipótesis de la violencia gratuita, de la violencia por la
violencia: cuando la casualidad social tout court no basta, se indaga el
complejo pero también determinativo mundo de las mentalidades, incluso de la
psicología profunda, valorando la función catártica de la violencia en cada
tipo de sociedad. No es posible, según nuestro criterio, un análisis global de
la conducta violenta de los hombres sin combinar por tanto el triple enfoque
psicológico, sociológico e histórico.
En términos
psicológicos conviene considerar el comportamiento violento a través del
concepto de agresión, forma general de conducta violenta que es a su vez
manifestación externa de una actitud, la agresividad, esto es, una
predisposición emotiva a la agresión que precisa de factores desencadenantes
para concretarse en acción directa. Es del mayor interés cognitivo esta
distinción conceptual entre la agresividad como tendencia (actitud) y la
violencia como práctica (conducta). En ambos casos hay que contar, además, con
el rol activo de las representaciones sociales que los protagonistas tienen
sobre las causas y la utilidad, imaginarias y reales, de la violencia.
Existe en los
hombres cierta agresividad natural, propensión a responder con la acción a la
frustación derivada de las interferencias halladas en la obtención de algo que
se desea (Freud). La agresividad potencial se convierte en violencia real (que
adopta formas muy variables), en función de la incidencia de las condiciones
sociales e históricas. Los factores socio-históricos determinantes de la violencia
afectan asimismo a la actitud subyacente, incluyendo la parte no-consciente,
mediante la creación de automatismos y hábitos de conducta: la agresividad
inherente es también el producto de una sociedad históricamente definida, o
sea, es una agresividad aprendida. Por lo demás, hay períodos y coyunturas en
la historia que ora moderan ora activan las innatas pulsiones agresivas de la
sociedad y de los individuos.
En resumen, es preciso
cuidarse mucho de no generalizar sobre la violencia humana y el impulso
guerrero en un sentido ahistórico de inalterabilidad: los parámetros
espacio-temporales son, por consiguiente, decisivos para comprender la
violencia como fenómeno psicológico y social. La causalidad social y
contingente de la violencia posibilita pues enunciar la posibilidad histórica
de su superación[1],
acreditando por tanto una visión optimista del futuro humano, frente al
fatalismo que late en el supuesto (enunciado por Gustave Le Bon y otros, y hoy
muy criticado y marginado en las ciencias sociales) de unos hombres oprimidos
por las pulsiones abstractas e inamobibles de una violencia congénita.
Después de
Freud, Wilhelm Reich[2]
ha señalado como de entrada la agresividad es un hecho positivo siendo destino
la satisfacción de las necesidades humanas. Se trasmuta esta agresividad en
factor negativo, destructivo, cuando concurren determinadas circunstancias de
tipo psicológico-social. Otros psicólogos entienden asimismo la agresividad
como una actitud individual socialmente provechosa al implicar iniciativa
personal, vitalidad...
Al tiempo que
la psicología señala la vertiente constructiva de la actitud agresiva, la
filosofía (desde Heráclito de Efeso hasta Marx y Sartre, pasando por Hegel)
destaca también la necesidad histórica de la violencia humana como medio para
la transformación de la naturaleza y de la propia sociedad.
La violencia es
de alguna forma un atributo humano[3]:
el hombre necesita para su reproducción social forzar la naturaleza, ponerla a
su servicio, vencer su resistencia para apropiarse de sus frutos[4].
Después está la lucha violenta entre los propios hombres por la posesión de las
condiciones de producción y reproducción de las comunidades humanas, que en su
grado máximo llamamos guerra. Es por eso que Georg Lukács ha subrayado que
"la separación conceptual absoluta de violencia y economía es una
abstracción inadmisible"[5].
La historia
muestra continuamente que la violencia forma parte del contrato social, como
expresión de las tensiones y aún de las solidaridades sociales[6].
La violencia, indisociable de la vida, es una fuerza que empuja a la agregación
social[7]
para el dominio colectivo de la naturaleza.
Por otra parte,
¿podemos desconocer que la violencia es, en gran medida, partera de la
historia? Los datos son concluyentes: todos los cambios históricos
significativos son consecuencia de alguna forma de violencia social (desde la
coacción de la ley hasta la revuelta de las armas, pasando por las
manifestaciones multitudinarias). El uso del poder por parte de las clases
dominantes y el uso de la fuerza por parte de las clases dominadas, la
violencia en su acepción más lata, es una realidad omnipresente en reformas y
actos de gobierno, y más aún en revoluciones y golpes de Estado, que para bien
o para mal transformaron y transforman el mundo en que vivimos[8].
El debate
actual, pese a ser más ideológico que historiográfico, sobre la revolución
francesa de 1789 y la revolución rusa de 1917, está matizando, a nuestro
entender positivamente, el enfoque habitual de la violencia revolucionaria en
dos direcciones: a) El resultado final de las transformaciones revolucionarias
ha estado condicionado por los medios utilizados de tal modo que el cuándo, el
quién, el cómo y el contra quién del uso de la violencia, tienen mucho que ver
con el balance global del cambio
histórico y con el tipo de sociedad resultante. b) Junto con las
condiciones objetivas que explican la violencia como necesidad interesa señalar
la violencia como opción, es decir, analizar las alternativas que existían en
su momento para la actuación del sujeto revolucionario[9].
Nuestra
investigación sobre la revolución irmandiña nos ha llevado a la conclusión[10]
de que los rebeldes tenían objetivamente ante sí, en los años 1467-1469,
diversas alternativas de violencia, principalmente: contra las fortalezas y/o
contra los caballeros del reino. Pues bien, la elección de los castillos como
objetivos centrales de la violencia irmandiña, y sobre todo la renuncia,
bastante consciente, a matar a los derrotados señores[11],
condicionó altamente la dimensión victoriosa de los resultados del
levantamiento y muchas de las características de la Galicia post-irmandiña,
dicho de otra manera, de la Galicia moderna.
En un período
(la crisis de la Baja Edad Media) y en un país (el marginado, feudalizado y
agreste reino de Galicia) especialmente adecuados por los agudos contrastes
mentales y sociales que ofrece, ubicamos nuestra encuesta sobre la violencia
medieval, que busca la convergencia de tres líneas de investigación: (1) la
violencia ordinaria, (2) la violencia como criminalidad y castigo, y (3) la
violencia como revuelta social. Formas de violencia que tienen como marco
social y mental de referencia el sistema feudal.
Para obtener
frutos significativos de la interrelación
relación feudal/delito/cotidianidad tieneen especial interés las
situaciones de fuerza en que la violencia diaria se desvía más criminalmente de
la norma legal y social: la muerte del señor por sus vasallos.
Feudalismo y violencia
Es preciso
reconocer en la violencia un componente conductual particularmente omnipresente
en el mundo medieval. Hecho exagerado y simplificado a posteriori,
descontextualizado social y mentalmente, en el imaginario de las modernidades,
humanista e ilustrada, pero no por ello menos real.
¿Por qué en la
Edad Media las conductas violentas son admitidas psicológicamente y
justificadas legalmente en un grado tan superior a los tiempos modernos? ¿Por
qué, en suma, las clases feudales precisan legalizar el ejercicio de la fuerza
como un elemento indispensable del orden establecido?
Decir que el
régimen feudal genera violencia porque está basado en la explotación de unos
hombres por otros hombres, ¿aclara realmente la razón de ser de la particular
generalización de la violencia en el feudalismo?. Las relaciones de dominación
son siempre, sobra decirlo, relaciones de fuerza. Antes y después de la Edad
Media, la sociedad estuvo organizada bajo regímenes de opresión socio-económica
sin que, en realidad, haya llegado tan lejos la aceptación moral y mental de la
violencia como comportamiento y representación social. Porque el problema de la
violencia medieval es, en primera instancia, un problema de mentalidades
sociales, tanto por el amplio consenso social que rodea al uso de la fuerza en
los tiempos medios, como por la reacción -imaginaria, emotiva y asimismo
ideológica- que despierta la violencia medieval más adelante, en las Edades
Moderna y Contemporánea, cuando impregna ese concepto de una Edad Media como un
paréntesis salvaje entre la Antigüedad clásica y su Renacimiento cultural y
artístico de los siglos XV y XVI.
Nota original
del modo de producción feudal es que, fundado sobre la dependencia de persona a
persona, conforma una sociedad severamente jerarquizada, que asegura su
cohesión autorregulándose, interiorizando las pulsiones coercitivas, sin
prácticamente control exterior. En unas relaciones sociales desiguales tan
personalizadas, cualquiera frustración, cualquier desfase entre deseo y
realidad tiende a resolverse de modo también digamos personal, por la fuerza,
sin el efecto moderador de una instancia superior, generalmente inexistente o
ineficaz: antes del siglo XV la debilidad del Estado era total[12].
Hipersensibilidad
medieval[13]
frente a agravios reales o imaginarios de aplicación directa a las relaciones
verticales superior/inferior (señor/vasallo, noble/rey, etc.), pero también a
las relaciones horizontales entre iguales, cotidianas, en el interior de cada
clase o marco social. La lucha por el poder en la Edad Media es,
primordialmente, una cuestión personal, del clan, privada. Las formas privadas
de la violencia, las vendettas entre particulares, la revuelta social, la guerra
en último extremo, devienen medios esenciales de autorregulación y reproducción
de la sociedad feudal[14],
usos legalizados por la costumbre y a menudo por el derecho escrito. La
violencia estructural feudal es pues, ante todo, una violencia privada que, por
otro lado, cumple funciones reguladoras de unificación y agregación social[15].
El factor
principal que decide la entrada de los hombres medievales en dependencia, y la
permanencia en dicho estado de sujección, no es otro que la fuerza, entendida
como coacción y disuasión exterior, y también, desde la subjetividad, y ésto es
muy importante, como protección imprescindible ante las contingencias de un
tiempo marcado por la inseguridad individual y colectiva. Se genera así una
creencia colectiva en la buena fama de la fuerza que pronto se estabiliza como
un valor social que emerge en las mentalidades medievales vinculado a las
ideas, imágenes y sentimientos del tipo de orden público, justicia, paz,
seguridad.
El
feudalismo está fundado en la fuerza por necesidad histórica. ¿Qué dice si no
el sistema trifuncional, parte esencial de la mentalidad dominante en la Edad
Media? Que para que la mayoría pueda trabajar la tierra en paz se necesita,
según el imaginario y aún las realidades cotidianas de aquel período, mantener
una parte fundamental de la clase dirigente a fin de que pueda concentrarse en
la función militar, en el uso de la fuerza, en beneficio y defensa del conjunto
de la sociedad. Especialización nobiliar en la violencia que coadyuva altamente
a sostener, vía coerción y disuasión interna, el sistema de señores y vasallos.
El feudalismo
es, por consiguiente, un sistema social articulado alrededor de la fuerza: la clase
señorial ejerce una violencia estructural sobre los campesinos[16],
y los vasallos consienten y buscan la dependencia al necesitar y desear la
seguridad que les ofrece el poder de su señor frente a terceros, aspecto éste
de gran magnitud y que no se encuentra en otros modos de producción, donde es
el Estado naturalmente quien detenta el usufructo oficial de la violencia[17].
La supervivencia secular del feudalismo guarda estrecha relación con su
capacidad para asegurarse, renovándolo en momentos de crisis, el consenso de la
mayoría campesina de la sociedad (siempre en íntima combinación con la acción
coercitiva). La singularidad del pacto feudal consiste en el compromiso activo,
tradición que descansa en la evidencia virtual y real de la fuerza, de entregar
la mayoría de la población el excedente de los frutos del trabajo[18]
para que los dirigentes civiles de la sociedad se consagren a su defensa[19].
El prestigio
social de la fuerza en la Edad Media hace en consecuencia habitual para las
mentalidades medievales su puesta en práctica: la violencia. Una sociedad que
necesita autoorganizarse alrededor de los más fuertes militarmente, la casta de
los guerreros profesionales, es inevitablemente una sociedad violenta. Y la
práctica ordinaria y legal de la violencia desata la propia agresividad
natural, que fomenta aún más la violencia, alargando y generalizando el campo
de actuación de ésta a todas los ámbitos de la vida medieval. Veremos más
adelante como además de medio normalizado de lucha social y política convencional,
la violencia medieval en su acepción más universal entraña la descarga
simbólica, comúnmente consentida y hasta alentada, de emociones reprimidas,
nada escasas en una sociedad de las características de la medieval. Y esta
desinhibición de la agresividad innata, promovida en último extremo por la
militarización y la personalización de las relaciones sociales, sacará incluso
a la luz elementos y ritos propios de épocas y estados mentales no propiemente
medievales.
Los señores de la guerra
La forma de
violencia más extrema, la guerra, es pues en la Edad Media patrimonio y
especialidad de la nobleza[20].
En una sociedad regida por la fuerza[21],
la clase dirigente -salvo los eclesiásticos en general- está por definición más
capacitada que los simples vasallos para su uso. Los caballeros medievales,
cuando no había una cruzada por medio, luchaban incesantemente entre sí, y
también con sus vasallos o con el rey, aunque para ellos el peligro principal
(dejando aparte las excepcionales coyunturas de revuelta) estaba más en sus
iguales, en los otros guerreros, que en sus dependientes[22].
La guerra en el
feudalismo es más la guerra de los caballeros que la guerra de clases entre los
señores y los vasallos, latente y esporádica, por causa de, entre otros
factores, una incuestionable desigualdad militar. El fenómeno permanente del
uso de la fuerza física entre los nobles, la guerra de los señores -sea interna
sea externa-, alcanza tales cotas de crueldad y violencia, que deja una puerta
abierta para que la Iglesia y el "tercer estado", las ciudades y las
clases populares, enarbolen la bandera de la paz con una orientación
anticaballeresca, e incluso antiseñorial, cada vez más frecuentel[23],
marcando el fin de la Edad Media.
Las Partidas
distinguen entre violencia ("fazer fuerça") y guerra, recibiendo en
general ambos conceptos, especialmente el segundo, una connotación buena o mala
según interesaba.
El título de
las fuerzas, donde empieza el autor lamentándose porque "Soberviosamente,
e con maldad se atreven los omes a fazer fuerças unos a otros" (Partidas
VII, 10), viene siendo una enumeración más de las penas con las que se
castiga la violencia sobre las personas y las propiedades. Violencia
naturalmente Condenable y punible por la ley, y también por la costumbre.
De la guerra, en cambio, se habla mejor.
Paradigma de violencia legalizada en el título correspondiente a los deberes
del pueblo hacia a la tierra (Partidas II, 20); deber específico de los
caballeros como defensores del conjunto de la sociedad (Partidas II,
21); y, en último término, obligación general de todo el pueblo (Partidas
II, 23). Un sociedad humana justa y necesariamente militarizada.
Argumenta el
legislador que el pueblo para trabajar la tierra, tiene que violentarla
-"apoderarse deve el pueblo por fuerça de la tierra"-, quebrando
grandes piedras y "matando las animalias bravas", y resume diciendo
que "tal contenda como esta, es llamada guerra", para a continuación
añadir: "E si esto deven fazer, contra todas las cosas que diximos, con
que han de contender, quanto mas contra los omes, quando fueren sus enemigos, e
quisieren guerrear con ellos, para fazerles fuerça, queriendo les toller su
tierra, o fazerles mal en ella" (Partidas II, 20, 7). O sea que la
guerra contra otros hombres para la defensa de la tierra es, en la Edad Media,
todavía más importante que la guerra primigenia con las fuerzas naturales para
asegurar el sustento. Cada comunidad ha de defender por la fuerza las
condiciones naturales de su reproducción frente a otras colectividades humanas[24].
La guerra -siempre con un fin justo- es si cabe, para el poder establecido y la
cultura erudita, la forma más noble y acreditada que adopta la violencia en la
Edad Media[25].
Una vez bien
sentada la virtual bondad de la guerra, la Segunda Partida pasa al
título 21, llamado "De los cavalleros", donde habla de los escogidos
por su linaje para la defensa de la tierra y de la sociedad, para a renglón
seguido, en el título 23, "De la guerra que deven fazer todos los de la
tierra", decir que "Guerra es cosa que ha ensi dos cosas. La una del
mal. La otra del bien". Franca definición de una ambivalencia genuina.
Distingue la
cultura letrada la guerra justa de la guerra injusta, "sin derecho".
Según el hombre haga o no la guerra "por cobrar lo suyo, delos enemigos, o
por amparar a si mismos, e a sus cosas de ellos". Y aún se considera una
tercera posibilidad: la guerra civil y los bandos, "por desacuerdo que ha la gente entre si",
que -añadimos nosotros- puede ser guerra justa o guerra injusta, según se vea,
¿no tiene cada bando sus razones para defender "lo suyo" frente al
otro, "el enemigo"? Todas las guerras y banderías medievales asumen
lógicamente la doble connotación justa/injusta de acuerdo con el punto de vista
de cada contendiente. La ley medieval lo facilitan con su calculada y explícita
ambivalencia.
Las
denominaciones "guerra feudal", "guerra de los señores",
"guerra de los caballeros", reflejan en consecuencia aceptablemente
ese sentido horizontal[26],
clave para aprehender su contenido social y mental, de la mayor parte de las
enfrentamientos militares medievales, así como el rol detonante y dirigente que
juega en casi todos ellos la clase señorial. La guerra en la Edad Media es,
ante todo, una cuestión de señores.
La guerra de los
feudales está, por último, legalizada en las Partidas como la guerra de
todo el pueblo, quien así debe expresar su consenso y aceptar la función
dirigente de los nobles[27].
Usualmente los vasallos participan en dichas guerras -siguiendo a los estandartes
de sus señores- con el íntimo convencimiento de estar defendiendo su tierra
contra los enemigos provinientes de otro señorío o de otro reino. Y así solía
ser, ¿no estaban las personas, familiares y bienes de los vasallos entre los
primeros y los más afectados por la violencia de los contrarios a su señor? La
toma de partido del vasallo en la guerra de su señor no es solamente
imaginaria, se apoya también en una base material[28].
La guerra es el
medio supremo de que dispone la sociedad medieval para regular la lucha
constante de los caballeros por el control de la tierra y de los hombres que en
ella viven y trabajan, y consiguientemente por el excedente económico que ellos
producen (rentas y derechos jurisdiccionales, en primer lugar)[29].
La violencia interseñorial condiciona -especialmente en la Baja Edad Media- las
relaciones sociales entre las personas: decide quién va a ser vasallo de quién,
y hasta la cuantía y las formas del excedente extraído, aspectos capitales en
cuya determinación son decisivos los conflictos verticales entre vasallos y
señores, a veces violentos pero que rara vez alcanzan el nivel de una guerra
declarada.
Las Partidas
convocan efectivamente a todo el pueblo a "defender lo suyo, e ganar lo de
los enemigos" (II, 20, 7), pero son los caballeros los principales
destinatarios, impulsores y beneficiarios de dicha convocatoria feudal: la
violencia y la guerra son camino natural de promoción social de la nobleza
medieval[30].
En los siglos XIV y XV se produce en toda Europa una disminución de los
ingresos señoriales que desencadena el alza de la violencia feudal, al intentar
los caballeros compensar la crisis de sus rentas procurando ganar, por la vía
acostumbrada del uso de la fuerza, más vasallos y más tierras. Jamás los
caballeros actuaron tanto como malhechores como en la Baja Edad Media[31].
El declive moral de la nobleza feudal avisa que la Edad Media se acaba. Nunca
tanto influyó la guerra de los señores en las estructuras sociales de las
formaciones feudales como en la Europa tardomedieval. Tenemos un excelente
ejemplo local en los efectos de la victoria trastamarista en 1369.
El triunfo del
bando aristocrático de Enrique II de Trastámara, conlleva la formación de una
nueva nobleza que se hace, paradigmáticamente, con el control del país gallego,
alentando la tendencia intrínseca de las relaciones medievales a la ley del más
fuerte, la violencia y guerra de bandos[32],
sufriendo la sociedad gallega desde finales del siglo XIV un visible proceso
general de refeudalización. Los nuevos señores de la guerra se apoderan por la
fuerza de los bienes de los señores de la Iglesia[33],
imponiendo una "segunda servidumbre" a los vasallos del reino[34],
basada en no poca medida en la obtención de ingresos extraordinarios e ilegales
por medio de robos, secuestros y otros agravios de origen señorial, que generan
en la Galicia del siglo XV un ambiente psicológico de una guerra de los
caballeros que, a ojos de la gente común, ya no tenía por objeto la defensa de
la tierra sino todo lo contrario: una guerra injusta contra la mayoría de la
sociedad. Ante esta violencia delictiva de procedencia señorial, la legitimidad
referencial de la defensa de "lo suyo" estaba de la parte de las
víctimas de las malfetrías señoriales, o al menos eso era lo que sentía la mayoría
de la población tal como se expresa en la revuelta justiciera de 1467.
Desinhibición medieval de la agresividad
Norbert Elias
ha explicado magistralmente las transformaciones que la Edad Media induce en la
agresividad humana[35].
La libre expresión de emociones agresivas[36]
-más tarde controladas y reprimidas por la civilización moderna-, correspondía
en el medioevo a comportamientos permitidos, hasta ineludibles: "el robo,
la lucha, la caza al hombre y a la bestia, pertenecían de modo inmediato a las
necesidades vitales que, a menudo, se manifestaban en consonancia con la
estructura de la propia sociedad. Para los poderosos y los fuertes se trataba
de manifestaciones que se podían contar entre las alegrías de la vida"[37].
Necesidades vitales, catárticas, que Elias hace depender del modelo de vida
caballeresco[38],
añadiendo que también el resto de la sociedad laica, los burgueses y la gente
menuda echaban con mucha facilidad mano al cuchillo[39].
La sensibilidad
medieval ante la violencia es tan distinta de la nuestra que -precisa nuestro
autor[40]-
lo que ahora causa el mayor pesar y desagrado, verbigracia la tortura o las
ejecuciones públicas, producía por entonces cierto placer ocular a todo el
mundo. Contraste que viene a coincidir -desde la historia- con la idea que
propugnan antropólogos y psicólogos sociales de la relatividad cultural de las
actitudes colectivas cara a la violencia.
Los rituales
festivos de tortura y muerte punitiva sobreviven no obstante de un modo u otro,
como tantos aspectos de las sociedades y mentalidades medievales -la Edad Media
larga de Jacques Le Goff-, a lo largo del Antiguo Régimen[41].
Todavía estudiando mentalidades colectivas del siglo XVIII, Robert Darnton hace
notar que lo que para los artesanos de París era gracioso, la matanza ritual de
unos gatos, es repulsivo para nosotros: fenómeno de distancia mental que pone
en evidencia el choque de culturas[42].
Con todo, hoy en día basta leer las crónicas de sucesos para cerciorarse de la
continuidad marginal de comportamientos violenta y lúdicamente crueles que
remiten, sin duda, a un transfondo común de agresividad inherente y prácticas
sublimadoras, acumulado a lo largo de la historia, y de la pre-historia, cuya
exteriorización encuentra en el medioevo condiciones sociales singularmente
favorables.
El análisis
psicosociológico de Elias se puede y debe alargar y precisar más: remarcando la
relación entre la exacerbación caballeresca de los impulsos agresivos y la
organización feudal de la sociedad. El relajamiento general -afecta a todas las
clases sociales- de la agresividad en la Edad Media se comprende mejor
acudiendo a una explicación económico-social de la violencia nobiliar. Versión
materialista válida de función reguladora de la violencia feudal, en línea con
lo que ya llevamos dicho sobre ello, es la que ofrece Perry Anderson[43]:
la guerra es el modo más racional y rápido para expandir la extracción del
excedente en el feudalismo; la vocación militar de la nobleza medieval es
"una función intrínseca a su posición económica"; si en el
capitalismo el medio habitual de competencia interna es económico, en el
feudalismo la confrontación internobiliar es sobre todo militar, la tierra se
puede redividir pero no extender indefinidamente, en las batallas se ganaban o
se perdían por consiguiente cantidades bien concretas de tierra...
Los señores
vivían pues de y para el combate. El uso de la fuerza les reportaba riqueza,
poder y prestigio social. Tres impulsos que, en primera instancia, mueven a
estos grandes hombres en el escenario político y cotidiano, y que como
objetivos concretos remiten, en última instancia, a la detracción de excedente,
puesto que implican: 1) acrecentar los dominios territoriales tout court;
2) mantener siempre la superioridad física sobre campesinos y ciudadanos; 3)
conservar activo el consenso social a su alrededor, hegemonía mental cimentada
como sabemos en la necesidad que de ellos tenían sus vasallos, junto con el
resto de la sociedad, como "escudo" frente a otros señores -y sus
respectivos vasallos-. Desde el punto de vista de la clase dirigente, la
violencia y la inseguridad feudales si no existieran habría luego que
inventarlas, lo que hacen en no pocas ocasiones.
Las relaciones
feudales de dependencia entre las personas, el carácter
"extra-económico" de la coacción y del consenso impelían a que el
señor medieval hiciese uso y ostentación permanente de la fuerza física,
producían una especialización militar que principiaba en la infancia con el
aprendizaje de la violencia, y continuaba toda la vida, reclamando un reciclaje
perpetuo (caza, desafíos, torneos). Violencia estamental que daba lugar a todo
un sistema de valores llamado a fomentar y legitimar la agresividad
caballeresca[44]:
el valor, la fama, el honor, la virilidad...[45]
El autocontrol emotivo vendrá después, cuando las transformaciones sociales y
políticas requieran pasar del modelo caballeresco al modelo cortesano[46],
y la virtud burguesa y urbana de la contención vaya ganando terreno[47].
Así es como desaparece el derecho feudal de pernada como ritual de vasallaje,
señorial y machista, resultando equiparado en el imaginario colectivo y en el
derecho aplicado tardomedievales a la violación común[48].
Los valores
sociales caballerescos justificadores de la violencia privada se extienden por
toda la sociedad medieval[49].
Las leyes medievales no moderan ni en el fondo pretenden suavizar la violencia
(exceptuando aquella tachada de injusta[50]),
al revés, la aplicación habitual de crueles penas, de tormento y de muerte,
familiarizan a la población con el uso de la violencia[51],
y viceversa, el derecho promulgado traduce el universo mental dominante, del
que constituye una parte erudita, buscando claramente satisfacer necesidades
profundas, insconscientes, de una sociedad que el legislador procura halagar y
aplacar.
Todo hombre
podía matar a otro, en su propia defensa o para vengar a alguién de su linaje:
a un enemigo declarado, al ladrón que sorprendiera con las manos en la masa, o
al violador de su mujer, hija o hermana[52].
Esta extensión legal a todas las clases sociales del valor caballeresco del
derecho a la venganza[53],
de la ley del talión, ¿no es acaso un buen índice de cómo el guerrerismo de la
clase dirigente y la dependencia de persona a persona sumerge en la violencia,
privatizando y normalizando su práctica, a toda la sociedad?. Los esfuerzos
discriminatorios de la legalidad entre penas y delitos (violencia justa versus
violencia injusta) son de hecho papel mojado desde el momento en que cualquiera
puede poner la justicia a su favor, asumiendo por cuenta propia el riesgo al
uso del derecho -individual y colectivo- a defenderse y a vengarse de los
agravios recibidos. Ciertemente se prevee un mecanismo público de proclamación
de enemigo, que tiene en el desafío su expresión más ritual, pero sólo
compromete realmente a los hidalgos, que lo cumplen -cuando lo hacen- sobre
todo de individuo a individuo, más que colectivamente. En general, la
ambigüedad de la justicia medieval como norma escrita y también como
mentalidad, su relativismo y el uso social alternativo de su poder, hacen de la
ley del talión una pieza habitual del equilibrio feudal desde el punto de vista
social y mental. No olvidemos que hasta la emergencia del Estado moderno
predomina una justicia privada que se expresa, principalmente, a través del
derecho consuetudinario y de revuelta, reflejando constantemente el derecho
escrito medieval su deuda con la tradición oral y las prácticas justicieras.
Detectamos en
todos los ámbitos feudales, muy jerarquizados, de las relaciones humanas la
desinhibición medieval de la agresividad generadora de una violencia a flor de
piel purificadora de visibles y ocultas tensiones.
Hay que
mencionar, primeramente, la violencia entre señores y vasallos, relación social
que entraña la más fuerte contradicción de intereses[54].
Violencia estructural entre dominantes y dominados[55],
sea latente sea manifiesta, que tiene la mayor relevancia para el historiador,
pero no porque -se podría conjeturar superficialmente- revueltas y contrarevueltas
provoquen los hechos más violentos (en este sentido nada supera a la guerra de
los caballeros), sino porque el uso de la fuerza por parte de los movimientos
populares y de sus contrarios, encierra virtualmente mayores efectos de cambio,
a corto, medio o largo plazo, de la estructura social, al concernir a
conflictos que involucran directamente las relaciones de producción.
La violencia
jerárquica como forma de mantener la disciplina social alcanza, decíamos, a
todos los espacios de poder. Las Partidas (VII, 8, 9) son muy explícitas
cuando homologan señorío, familia y escuela en lo tocante a castigo
ejemplarizante de los inferiores a manos de los superiores: "Castigar deve
el padre a su fijo mesuradamente, e el señor a su siervo, o a su ome libre[56],
e el maestro a su discipulo", prohibiendo a continuación que los golpes se
administren con palo o piedra, pero que si así fuese, y muriese por ello quien
haya sufrido la paliza, si "non lo fiziesse con intencion", la pena
para el matador sería solamente de destierro... El Fuero Real[57]
especifica algo semejante respecto a la enseñanza del aprendiz por parte del
artesano: si las heridas que producen la muerte de aquél han sido hechas con
correa, palma o vara delgada u "outra cousa ligeyra", no sería tal homicidio,
lo contrario que cuando el maestro golpea al discípulo con palo, piedra, hierro
o cuchillo.
La equiparación
que hace el legislador, y la cultura dominante, de los jóvenes -en la familia,
la escuela y el taller artesanal- con los vasallos -en el lugar de señorío-,
subordinados ambos que conviene educar con sangre, es ciertamente indicativa de
la importancia que tiene en la Edad Media el aprendizaje temprano de la
violencia en todas las clases sociales, como medio para garantizar el
acatamiento al superior, esto es, al más fuerte[58].
Causa de dicho desvelo disciplinario, y al mismo tiempo su consecuencia, es la
propensión general de los jóvenes medievales a la violencia, promoviendo
asociaciones para tal fin[59]
y, en último extremo, participando activamente en las revueltas antiseñoriales[60].
El culto medieval a la violencia se vuelve, a veces, contra sus principales
beneficiarios.
El sistema
feudal precisa de la violencia, digamos represiva, al igual que los restantes
tipos de sociedad, para mantener la desigualdad entre clases, estamentos,
grupos de edad, mayorías/minorías religiosas, etc[61].
Pero también en la violencia cotidiana y en la brutalidad de costumbres se
manifiesta -horizontalmente- el descontrol de la agresividad social: en la
nobleza y en el pueblo, en el campo y en la ciudad[62].
En las calles de las urbes, actúa esa violencia espontánea, sólo aparentemente
gratuita, fruto social de la miseria y de la opresión, de la mala alimentación
y del consumo excesivo de vino (la taberna, lugar predilecto para la comisión
de delitos), que se concreta desde la agresión verbal hasta la pelea con armas,
que -a pesar de algunas prohibiciones- estaban en las manos de todos[63].
La "civilización de las costumbres" y el desarrollo de una política
estatal de orden pública, acabarán con el tiempo por confinar en sectores
marginales una agresividad débridée que anteriormente, sin embargo,
abarcaba al conjunto de la población, atañía tanto a la cultura popular como a
la cultura de elite, en la Edad Media ambas compartían valores y hábitos como
éste de la violencia ordinarial[64].
Las condiciones
feudales de producción coadyuvaban pues altamente a que la "vida
frágil" sea una realidad para todas las clases sociales, aunque en rigor
habría que hablar de realidades muy diversas. El arraigo de la violencia en los
hábitos señoriales no dejaba de ser efecto más o menos directo de la pugna
constante de los caballeros por el control de los hombres y de las tierras. Más
allá estaba la violencia cotidiana favorecida por las difíciles condiciones de
existencia de las clases trabajadoras, y aún más de los grupos marginales[65].
Tenemos por otro lado como fenómeno general la violencia social estructural, y
la violencia legal recíproca, el ojo por ojo y diente por diente, que deriva en
determinadas condiciones en el uso colectivo
del derecho a la resistencia: la violencia de la opresión genera así la
violencia de la revuelta que, a su vez, induce a la violencia de represión. En
suma, el equilibrio general de la violencia, corrientemente desigual. Casi
siempre un medio para obtener un fin, a menudo simbólico lo que hará preciso su
desciframiento a la manera de los antropólogos.
Resumiendo, la
violencia es una conducta particularmente extendida y aceptada en la Edad Media
por razones económicas (lucha feroz por unas escasas y poco rentables
condiciones de producción), sociales (mantenimiento de la disciplina social y
de las relaciones de dependencia a todos los niveles, sin el concurso salvador
de un Estado fuerte) y legales (regulación de la violencia legítima y represión
de la violencia marginal). Factores que liberan y fomentan durante siglos la
actitud subyacente de la agresividad humana, así como ancestrales rituales,
convirtiendo la práctica desaforada de la violencia, la brutalidad y la
crueldad, en una necesidad existencial, incluso placentera, y desde luego en un
requisito social. La ruptura del equilibrio feudal de la violencia anuncia
claramente el fin de la Edad Media. Ello sucederá cuando la crisis del
feudalismo, el estado de revuelta social y la generalización de los
comportamientos marginales, hagan crecer en exceso la violencia inherente, más
allá del umbral de intolerabilidad de una sociedad que, simultáneamente, está
produciendo nuevas instituciones y mentalidades que van a coartar esta libre
expresión de emociones y deseos tan propia de la extravertida sociedad
medieval.
La
interpretación económico-social y legal de los orígenes y los efectos de la
violencia medieval en sus diferentes etapas no es difícil, lo complicado -a
causa sin duda de una deficiente tradición historiográfica- es articular todo
ello con la activa dimensión psicológica y antropológica de la violencia. La
autorrealización del hombre medieval mediante la conducta violenta, fuente
vital de alegría para vivir en aquellas condiciones precarias y vía para la
sublimación ritual de las emociones bloqueadas, era una omnipresente realidad,
y no solamente entre los caballeros que vivían para las armas.
El problema concreto
sobre la violencia medieval que queremos examinar al final, la muerte del señor
en las revueltas, es un caso irrefutable de la insuficiencia de una explicación
(siempre necesaria, casi nunca suficiente) estrictamente económico-social que
no vaya más allá del enfoque del ajusticiamiento del señor por sus vasallos
como forma evidente de lucha antiseñorial, puesto que nos encontramos aquí con
una inversión instantánea de valores y creencias medievales explicada por unas
potentes motivaciones simbólicas e inconscientes. El asesinato colectivo del
señor es para los vasallos una liberación más imaginaria que real: la muerte
ritual del amo transfigurado en chivo expiatorio. La muerte física del señor
feudal tiene tanto de muerte simbólica, que es imposible comprender cabalmente
el aspecto material y social sin estudiar su dimensión simbólica, gestual.
Empecemos por decir alguna cosa acerca de la mortalidad señorial en la Baja
Edad Media.
¿Quién mata a los caballeros?
Los caballeros
mueren principalmente en sus guerras[66]:
en grandes batallas y en las muchas escaramuzas y actos vengativos que
caracterizan las pequeñas y usuales guerras de los bandos nobiliarios; en
acciones militares y en combates singulares como desafíos o simulados como los torneos o la caza, siempre
abiertos a la posibilidad de un accidente mortal como todos los juegos de la
violencia.
Pedro Alvarez
de Sotomayor, llamado Pedro Madruga, Conde de Camiña, paradigma donde los haya
de caballero gallego bajomedieval, violento y cruel cuando hacía falta -es
decir, en aquel tiempo continuamente-, aprovecha la represión de una revuelta
antiseñorial en Ribadavia (1470) para prender a Diego Sarmiento, señor de
Salvatierra, "e allí lo mató e mandó degollar porque decían que heran
parientes del dicho Gregorio de Valladares, e desterró todos los otros
parientes..."[67],
por miedo a que dichos parientes quisiesen vengar la muerte, que el Conde había
ordenado anteriormente, de Gregorio de Valladares, destacado caballero del
bando de su enemigo declarado el arzobispo Fonseca[68].
Otro ejemplo,
en 1450, Ruy Díaz de Cadórniga "foi degolado no Castillo de
Miraflores" por orden de su enemigo Pedro de Silva, obispo de Orense,
"por moitos males que había feito o dito Obispo"; y, en 1459, también
su hermano Pedro Díaz de Cadórniga fué prendido por el mismo obispo, "por
moitas injurias e sinrazones que lle facia e por cuanto non eran guardados os
seus mandamentos", y metido en la tulla (almacén donde se guarda
grano, trigo o centeno) de la Catedral de Orense, donde "murió del
corazón"[69].
Todavía muchos señores prelados se comportaban como nobles laicos, los
caballeros por excelencia.
Morían pues
tantos o quizás más caballeros en acciones puntuales, preventivas o represivas,
movidas por el odio de las "enemistades particulares" , las cuales
respondían con frecuencia a una estrategia militar, que en las escasas y
formales grandes batallas de la guerra feudal.
La extrema personalización de la guerra interseñorial
y los intereses materiales en juego, provocaban una constante ruptura del
código caballeresco[70],
que preconizaba cierta diferenciación social de la muerte. Una cosa era que
muriera un hidalgo y otra bien distinta que muriera un plebeyo[71].
Existía en la Edad Media una muerte hidalga, digna, por decapitación, y una
muerte plebeya, infamante, por ahorcamiento. Que un noble Condenara a la horca
a otro noble, ¿qué otro fin podía tener sino la deshonra manifiesta[72]?
La muerte
pública podía entonces ser o no ser innoble, la muerte clandestina lo era
siempre. La publicidad era condición previa de la ejemplaridad y legalidad de
la violencia feudal, si aquélla faltaba ésta se convertía en violencia punible
y marginal, más aún tratándose del homicidio que tenía por víctima a un miembro
de la clase señorial.
La ley medieval, espejo de mentalidades, en
consecuencia, reserva un tipo de muerte, si cabe más injuriosa que el
ahorcamiento, para quien ose asesinar mediante veneno: "estonce el
matador, deve morir deshonrradamente echandolo a los leones, o a canes, o a
otras bestias bravas que lo maten"[73].
LLegándose al extremo de perseguir el tráfico de "yervas e ponçoñas",
castigando con pena de homicida al vendedor y también al comprador (Partidas
VII, 8, 7). La crueldad y severidad del castigo supera al delito, algo habitual
en el derecho y en la conducta medievales, una concreción disciplinaria más del
prestigio moral y de la necesidad social de la violencia, raramente vana por
aquellos tiempos.
¿Podemos inferir
que los grandes señores practicaban entre ellos la muerte con veneno?
Respondemos afirmativamente, si bien la obscuridad que, por propia definición,
rodeaba a esta suerte de homicidios, no facilita el encuentro de testimonios
directos en la documentación, que recoge corrientemente rumores[74].
Así, los nobiliarios de Gándara y Haro nos hablan de cómo el Conde de
Trastámara, Pedro Alvarez de Osorio, envenenado con hierbas muere el 11 de
junio de 1461, poco después de ser expulsado de Galicia por el primer Fonseca,
arzobispo de Sevilla y después de Santiago, y por el Conde de Lemos. Pero es
que un año antes, el 1 de julio de 1460, había muerto a su vez -también
repentinamente- el anterior arzobispo de Santiago, Rodrigo de Luna, en el
preciso momento en que se disponía, con un ejército de caballeros y soldados, a
atacar la ciudad de Santiago, a la sazón tomada por el Conde de Trastámara y
otros caballeros, quienes gozaban del apoyo y consentimiento de los
compostelanos rebelados por aquel tiempo contra su señor[75].
A continuación del tan oportuno fallecimiento de Rodrigo de Luna, las tropas
atacantes se dispersaron y de este modo el hijo del Conde de Trastámara
consiguió sentarse -por poco tiempo, ciertamente- en el trono arzobispal de
Santiago. Hay indicios suficientes para pensar en una cadena señorial de
asesinatos y venganzas ocultos[76].
Todavía algún
caso más sobre las feas y oscuras muertes que se daban entre sí los caballeros
gallegos del siglo XV[77].
Retrocedamos unos años, hasta los tiempos de Juan II: son asesinados los dos
hijos de un caballero, Lopo Afonso de Marceo, el cual un tiempo después muere
sin herederos, pasando sus bienes a varios monasterios. El Duque de Arjona,
disgustado con dicho Lopo a causa de su negativa a entrar a su servicio, ordena
tirar desde la Torre de Quitapesares a uno de los hijos de Lopo Afonso, el cual
además era su paje. Al otro hijo "matarono con ponzó en Orense, quando
estaba esposado (...) con envidia, porque era moi privado en la corte e gran
cabalgante e gran justador"[78].
Los testigos citan la condición de buen caballero de la víctima, y la
circunstancia de que estuviera preso y esposado, sin virtualmente poder
defenderse, como agravantes de una muerte con ponzoña, que evidencia así su
sentido anticaballeresco, alevoso y cobarde.
Pero es entre los miembros de la familia noble[79] donde el asesinato, frecuentemente relacionado con la posesión, disfrute y herencia de alguna variedad de patrimonio, se asemeja más a una expresión radical de la crisis general de los valores caballerescos[80]. Las víctimas son una y otra vez los miembros más débiles de la familia noble: niños y mujeres. Ahí tenemos la Catalina de Santiso, "gran sierva de Dios, muerta violentamente por su marido Vasco de Seijas, Señor de San Payo, el 1 de Noviembre de 1543"[81]; o a Aldonza de Acevedo, mujer de Lopo Sánchez de Moscoso, Conde de Altamira, que se ahorcó, y "entonçes se reconçilió el Conde con Dios, y empeçó de vivir bien y mantenerse por lo suyo, governando justiçia"