CONSTRUCCIÓN NACIONAL, CONSTRUCCIONES NACIONALES: ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL FUTURO DE ESPAÑA
César González Mínguez
Catedrático de Historia
Medieval
U.P.V. Vitoria.
Cada mañana, cuando oímos los informativos de la
radio o de la televisión o echamos un vistazo a la prensa, nos desayunamos con
una serie de noticias relativas al País Vasco que ocupan proporcionalmente
bastante tiempo y espacio. Si hiciéramos un apresurado balance casi podríamos
decir que lo único que existe,
informativamente hablando, es el País Vasco, o el problema vasco, o el
conflicto vasco, y sus relaciones con Madrid, con el “gobierno de Madrid”, como
se acostumbra a decir despectivamente, en una dialéctica de ida y vuelta cada
vez más enmarañada. ¿Qué pasa en el resto de España? ¿Qué se dice del resto de
España? Apenas nada, salvo que algunos acontecimientos muy graves, el caso del
Prestige, la escandalosa entrevista de Carod-Rovira con miembros de la banda
terrorista ETA, o algún suceso catastrófico extraordinario, proyecten a la
respectiva Comunidad Autonómica a un cierto protagonismo informativo.
Pero ni
un sólo día podemos escapar de las referencias a ETA, a sus presos, a las
consecuencias inhumanas de sus acciones terroristas o al plan Ibarretxe. Y la
presencia en los medios de difusión de algunos políticos vascos, ya sea por lo
que hacen, por lo que dicen o por lo que predican, llega a ser tan obsesiva
como asfixiante.
Cuando
se habla con énfasis digno de mejor causa del
llamado “conflicto vasco” a lo que se está aludiendo indirectamente es a
un problema de mucho mayor calado, es decir, el de definir qué es España, lo
que entendemos que debe ser España a la vista de un nuevo milenio recién
estrenado, y cómo deben ser las relaciones que cada una de las Comunidades Autonómicas
debe mantener con el todo, con el Estado. Se trata, por tanto, de un problema
de carácter general, pero que en el caso del País Vasco, donde está fuertemente
arraigado un nacionalismo fundamentalista, soberanista, muy conservador y
excluyente, dicho problema está envenenado de forma muy grave por la
persistencia durante varias décadas de la acción de un grupo armado terrorista
que impide cualquier tipo de solución basada en el diálogo y en el consenso.
Tales son las peculiaridades que hacen del caso vasco, afortunadamente, un caso
excepcional, aunque tampoco estemos exentos de que en el futuro, contando
siempre con la irresponsabilidad de ciertos políticos, no se puedan producir
otras situaciones similares en otros territorios.
Por otra
parte, no debemos olvidar, y así lo ha puesto de relieve en muchos de sus
artículos el antropólogo Santiago Genovés, que la búsqueda del poder es la
principal causa de la violencia. No tiene ésta, por tanto, un origen biológico,
no es innata al hombre, sino de tipo cultural[1].
La conquista del poder, la perpetuación en el mismo, el control social, la
reproducción sistemática de determinados esquemas ideológicos generan siempre
violencia y conflictos. Y cada uno de estos postulados está presente está
presente, en mayor o menor grado, en todos y cada uno de los partidos del
espectro político español, ya se trate de partidos de carácter nacional, que
afecten a la totalidad del Estado, o tengan una proyección meramente regional o
autonómica.
Desde
1812 hasta nuestros días, muchos intelectuales, historiadores y políticos, se
han hecho con reiterada obstinación una pregunta clave: ¿qué es España?.
Apasionante es tal pregunta, pero la respuesta siempre ha resultado difícil y
entre las que se han dado es frecuente un cierto halo de pasión que no ayuda
precisamente a la comprensión de tan singular cuestión. En efecto, a lo largo
de casi dos siglos España ha sido vista o planteada, amén de otras muchas
formas, como una “realidad”[2],
como un “problema”[3],
como cosa “invertebrada”[4]
o como un “enigma”[5],
por utilizar las palabras claves de los títulos de algunos de los más famosos y
penetrantes ensayos escritos sobre el tema.
Personalmente,
considero que el concepto de España implica, al menos, tres elementos
esenciales: un espacio geográfico, resultado final de un complejo proceso de
formación territorial muy dilatado en el tiempo; una sociedad muy dinámica y
heterogénea, que progresivamente, al menos así ha sido en las épocas medieval y
moderna, ha ido avanzando hacia una cierta homogeneización cultural, y, por
último, una larga historia, a veces compartida, a veces compartimentada. Por
otra parte, tampoco hay que olvidar que el escenario hispano ha sido eslabón
entre la Cristiandad y el Islam[6],
al tiempo que tierra de frontera, generadora de una mentalidad popular muy
peculiar que tendrá luego su proyección en el continente americano a partir de
1492[7].
A lo
largo de los siglos han sido muchas las cosas que han permitido la
cristalización de un proyecto de vida en común, que no tenemos inconveniente en
seguir llamando por su nombre, España, aunque a veces en los tiempos que corren
se discuta en ciertos ambientes o foros políticos sobre su actual vigencia o,
desde otras instancias, se piense en la necesidad de hacer una reformulación de
tal concepto de cara a las presumibles sensibilidades políticas colectivas que
deben estar vigentes en el siglo XXI.
Al
margen de cualquier propuesta o discusión, bueno sería que no perdiéramos nunca
de vista la propia realidad histórica y que, prescidiendo de visiones
excesivamente partidistas cuando no sectarias, todos nos esforzáramos en primer
lugar en comprender la compleja evolución de un “concepto político” de forja
muy elaborada y, por eso mismo, muy laboriosa, que nos proporciona un capital
político imprescindible para la mejor
construcción del futuro.
A
principios del siglo XXI, a pesar de nuestra reciente y vigorosa democracia,
parece que seguimos percibiendo España como problema, es decir, podemos seguir
formulándonos la pregunta de si los españoles somos realmente incapaces de
plantearnos España como proyecto ilusionado e ilusionante de futuro en el que
todos, absolutamente todos, nos sintamos a gusto. No me parece, por tanto, que
hayan perdido actualidad unas palabras de Pedro Laín Entralgo, escritas en 1955
en el prólogo de una densa obra en la que recopilaba sus reflexiones más
sustanciales realizadas desde hacía quince años en torno al denominado “problema
de España”, cuando lo definía con extraordinaria lucidez como “la
dramática incapacidad de los españoles, desde hace siglo y medio, para hacer de
su patria un país mínimamente satisfecho de su constitución política y social”[8].
Este mismo autor, mucho más recientemente, aludía a que “uno de los hechos
más notorios y más perturbadores de la actual vida pública española es la
creciente insistencia con que desde ciertas comunidades autónomas de nuestra
ordenación constitucional –a su cabeza el País Vasco, luego Cataluña y en
tercer lugar, pero de manera cada vez más perceptible, Galicia- se afirma su
esencial condición de ‘naciones’ y se niega carácter nacional a la realidad
histórica de España. España no pasaría de ser un amasijo artificial de varias
entidades verdaderamente nacionales, con Vasconia, Cataluña y Galicia a su
cabeza”, con lo que se trata de poner en tela de juicio la “innegable
condición de nación” que históricamente a España corresponde[9].
Hoy, en
muchos ambientes y tribunas, se escamotea la utilización del propio nombre de
España, cuando no se convierte en insulto el adjetivo español, y se sustituye
con frecuencia por la perífrasis “Estado español”, lindeza de clara raigambre
franquista, que suele ser utilizada por las tibias mentes de quienes pretenden
pasar por modernos y progresistas, cuando lo único que están proclamando es su
más absoluta ignoracia de la historia. Se hace necesario, en este sentido,
volver a repensar el propio concepto de España, ajustado al modelo
multinacional, surgido de la Constitución de 1978, y en el que se estudie la
aportación que cada una de las actuales Comunidades Autónomas hizo a la forja
del mismo a lo largo de la historia. Dicho en otros términos, sin negar valor y
utilidad al estudio de la historia de las respectivas Comunidades Autónomas, es
necesario superar el riesgo de escribir unas historias fraccionadoras y
particularizantes en el peor de los sentidos, tal como si se tratara de islotes
descontextualizados, y en detrimento de una ponderada visión de la historia
común. Por eso ha resultado muy oportuna la reciente publicación de un libro
titulado “La formación medieval de España. Territorios. Regiones. Reinos”,
del que es autor el Académico Miguel Angel Ladero Quesada, cuyo objetivo es “explicar cómo se formó
España a lo largo de la Edad Media, en sus territorios, regiones y reinos, para
disponer del instrumento intelectual que nos permita armonizar en cada caso la
explicación de lo que es común con la de lo que es peculiar”[10].
Desde un punto de vista práctico, por tanto, debemos analizar y valorar lo que
el todo dio a las partes y las partes al todo, sin pretender la construcción
contra corriente, que es lo que parece que pretenden ciertos políticos
nacionalistas, de otras 17 nuevas “unidades de destino en lo universal”,
por utilizar una expresión muy del gusto de los ideólogos del franquismo, proyecto
que ya fue denunciado en 1978 por Abilio Barbero y Marcelo Vigil en un libro
memorable[11].
[1] El antropólogo Santiago GENOVÉS ha insistido en dicha teoría en muchos de sus trabajos, como puede verse, entre otros, en La violencia en el País Vasco y en sus relaciones con España (no todo es política), México, 1980, pp. 37-42, y es el argumento fundamental de su libro Expedición a la violencia, Madrid, 1991.
[2] CASTRO, Américo, La realidad histórica de España, México, 1954.
[3] LAÍN ENTRALGO, Pedro, España como problema, Madrid, 1962, 3ªed.
[4] ORTEGA Y GASSET, José, España invertebrada: bosquejo de algunos pensamientos históricos, Madrid, 1967, 2ª ed.
[5] SÁNCHEZ-ALBORNOZ, Claudio, España, un enigma histórico, Buenos Aires, 1962, dos tomos.
[6] Aunque desde ópticas distintas, tienen interés en este sentido los trabajos de MENÉNDEZ PIDAL, Ramón, España eslabón entre la Cristiandad y el Islam, Madrid, 1956, y PASTOR, Reyna, Del Islam al Cristianismo. En las fronteras de dos formaciones económico-sociales: Toledo, siglos XI-XIII, Barcelona, 1975.
[7] MACKAY, Angus, La España de la Edad Media. Desde la frontera hasta el Imperio (1000-1500), Madrid, 1980.
[8] LAÍN ENTRALGO, Pedro, España como problema, p. XI.
[9] ID., “Epílogo”, en REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA, España como nación, Barcelona, 2000, p. 251.
[10] LADERO QUESADA, Miguel Angel, La formación medieval de España. Territorios. Regiones. Reinos, Madrid, 2004, p. 10.
[11] “...rechazamos cualquier afirmación implícita o explícita de que España sea una unidad de destino en lo universal. Siguiendo esta misma línea de pensamiento, y consecuentes con ella, tampoco podemos aceptar, como historiadores, que diversas áreas geográficas de la Península puedan ser consideradas igualmente como unidades de destino en lo universal con constantes históricas milenarias. Es evidente la validez histórica y política de las reivindicaciones de los pueblos que componen las diversas nacionalidades y regiones del Estado español, pero una cosa es la legitimidad de esas aspiraciones y otra el identificar estos problemas actuales con los existentes en épocas remotas”. BARBERO, Abilio, y VIGIL, Marcelo, La formación del feudalismo en la Península Ibérica, Barcelona, 1978, p. 20.