COSAS SOBRE HISTORIADORES
A principios del verano leyendo el libro de E. Galeano "Patas arriba" encontré una frase cuyo sentido no entendí muy bien. Decía: "La geografía tradicional roba el espacio, como la economía imperial roba la riqueza, la historia oficial roba la memoria y la cultura formal roba la palabra". No entendía que quería decir que eso de que "la historia oficial roba la memoria". Días más tarde, unos amigos me proponían participar en unas Jornadas Culturales que se desarrollaban en una comarca de León, y a mí, junto a otros historiadores nos tocaba hablar de historia. Al pensar acerca de lo que iba a contar me dí cuenta que si, al igual que el resto de los historiadores que iban a participar, hablaba de los bandidos con apellido ilustre que vivieron en esas tierras, estaba robando la memoria de mi gente (de mis padres, de los amigos y en general de la gente de mi pueblo).
Al hilo de esta anécdota quiero plantear dos cuestiones: la primera es acerca de la función del historiador, y la otra sobre el lenguaje que éste ha de utilizar.
En cuanto a lo primero, creo que desde antiguo ha habido cronistas, aunque ellos se consideren historiadores, cuya función ha sido legitimar las acciones de los gobernantes o de los poderosos. Para estos historiadores siempre ha habido una serie de protagonistas o líderes que han hecho de motor de la historia, siendo el pueblo un protagonista secundario. No contentos con enumerar las acciones más importantes de sus protagonistas, estos cronistas siempre han encontrado justificaciones para todo tipo de acciones, incluidos genocidios o hechos similares (la mentalidad de la época justifica para ellos el exterminio de los indios, por ejemplo). Hoy en día este tipo de historia se sigue haciendo y basta echar un vistazo al análisis que últimamente se ha hecho de la transición española en algunos estudios. No sólo no se cuestiona el modo de cómo se hizo la transición (con una legitimidad que procede del dictador, no del pueblo), ni se critica que el poder político o económico permaneciese en los mismos de siempre, sino que para ellos la transición fue un proceso perfecto. En resumen, este tipo de historia ha estado siempre al servicio del poder político; teniendo estos historiadores una gran capacidad para adaptarse al entorno no necesitan que cambien las cosas porque para ellos irá siempre bien, de la misma manera que para el actual gobierno, España va bien.
Por otro lado, un segundo grupo mayoritario de historiadores consideran la historia como un arma para preparar la revolución, y también en ocasiones se han subordinado a intereses políticos concretos. En esas se mantienen, esperando la revolución, pendientes de que llegué un líder revolucionario, un profeta que los conduzca, como si mientras tanto no hubiese nada que cambiar en la universidad, en el sistema educativo, en el sistema político, y en la realidad que nos rodea. Supongo que es más cómodo esperar sentado, y para acallar la conciencia denunciarlo en círculos íntimos, porque podría darse que si uno se compromete demasiado comprometa su futuro giro hacia el centro. Son los revolucionarios de tertulia, que mientras tanto, como el resto de los historiadores académicos, publican por publicar, defienden privilegios corporativos, y sacan el máximo provecho de un sistema que critican.
Creo también que hay historiadores que, buscando y buscando el sentido de la historia, han dejado de serlo para convertirse en filósofos. Merecen el respeto, y aunque está bien cuestionarse acerca del sentido de las cosas, la filosofía es algo distinto de la historia.
Y por último, creo que afortunadamente, hay una minoría de historiadores que, sin preocuparse de los encasillamientos, intentan ser coherentes y honestos, creyendo que la historia y su enseñanza puede ayudar a cambiar las cosas, en la lucha del día a día. Luchan por ser la verdadera memoria del pueblo, por dar sentido real a la democracia, por plantar cara a los poderosos, contra las desigualdades y las legitimidades que no provienen del pueblo. Porque precisamente la historia tiene ese carácter "presentista" de pretender resolver los problemas que se le plantean a la sociedad en cada momento histórico.
La otra reflexión se plantea sobre el tipo de lenguaje que está utilizando el historiador. Si nos consideramos la memoria del pueblo, deberíamos hablar su lenguaje, ya que yo tengo la sensación de que a los historiadores no se nos entiende. Por un lado, hay quienes, quizás para no herir susceptibilidades, se han ido hacia el lenguaje de lo "politicamente correcto", y otros que, por utilizar un lenguaje plenamente revolucionario cada vez que utilizan una expresión van al diccionario para ver si el término que utilizan es ortodoxo. Para los primeros, no hay guerras sino negociaciones armadas, los bombardeos a objetivos civiles son daños colaterales, etc...; y para los segundos todo ha de ser visto bajo la óptica del imperialismo, y la lucha de clases.
Es posible que estemos utilizando un lenguaje no comprensible, y si realmente somos la memoria del pueblo se debería utilizar su lenguaje. Por un lado quizás se debiera hablar más claro ya que, por desgracia, palabras como explotación, injusticia, solidaridad, desigualdad no han perdido la vigencia. Quizás habrá que buscar nuevos sentidos a términos como democracia o ciudadanos, que están ahí. Creo que también es necesario afinar en la terminología empleada. Nos hemos acostumbrado a señalar al Estado o al sistema como culpables de todos los males que ocurren. ¿Qué es realmente el sistema, o el Estado?. Creo que nos fallan ciertos conceptos, ya que el Estado no piensa, ni tiene vida propia. Deberíamos criticar a quienes han utilizado o utilizan el Estado y sus instituciones en su propio provecho con evidente perjuicio al resto de los ciudadanos. Si se quiere lanzar una flecha habría que señalar primero el blanco, no se pueden lanzar flechas contra todo lo que se mueva...
José Serrano
Universidad de León
dgejsa@unileon.es