He seguido atentamente el debate sobre la novela histórica. Algunos
comentarios me han parecido muy lucidos, otros mas producto de la pasión y la
moda en que se ha convertido este genero literario, que tiene en mi país a más
de uno de sus exponentes. Creo importante que los participantes en el debate
conozcan este artículo aparecido este domingo en la prensa nacional y el cual
fue escrito por un expresidente de la república, Alfonso López Michelsen,
quien además es considerado uno de los principales actores de nuestra historia
nacional durante la segunda mitad del siglo XX, lo que precisamente hace mucho más
interesante su escrito, en el que el autor confronta con algunos novelistas
colombianos, quienes han contribuido a falsear pasajes de la historia
colombiana. Se que algunos aspectos tratados por el Dr. López pueden parecer
muy parroquiales, pero por ello no dejan de ser una muestra del cuestionamiento
a la novela como fuente para la historia.
Luis Alfonso Alarcón Meneses
Barranquilla
Colombia
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La novelística como fuente de la historia
Alfonso López Michelsen
Eduardo Posada Carbó, en artículo sobre la matanza de las bananeras en 1929,
acuñó el aforismo: “la novela como fuente de la historia” .
Tras estudiar las cifras de las víctimas de la represión oficial contra los
huelguistas en Ciénaga, llegó a la conclusión de que el número de 3.000
muertos era una exageración traída a cuento por García Márquez en Cien años
de soledad. El propio Gabo, al requerírsele sobre el origen de sus cifras,
admitió que eran fruto de su imaginación, que no correspondía a la realidad,
pero que concordaba con el espíritu de la obra cuyo encanto reside en lo
descomunal de sus aproximaciones a la realidad. Si Remedios la Bella levitaba,
qué importa que los 3.000 muertos no hubieran jamás tenido ocurrencia. Su
novela no era la de un estadígrafo sino la de un autor de ficción.
Ahondando Posada en el tema y consultando a autores extranjeros, principalmente
norteamericanos, pudo establecer inequívocamente que la tan traída figura de
los 3.000 muertos provenía de la lectura de la fecunda imaginación del autor
de Cien años de soledad. De donde su dicho: “la novelística como fuente de
la historia” .
Algo semejante ocurre con la llamada séptima papeleta, que le abrió el camino
a la convocatoria de la Constituyente de 1991. Según el tratamiento novelístico,
un grupo de jóvenes desencantados con los políticos se propuso dar al traste
con la Constitución del 86, mediante una votación simultánea y paralela con
las elecciones de 1990. Alguno recogió la teoría de que debía apelarse al
Constituyente Primario para superar los obstáculos con que habían tropezado
los proyectos de reforma por Asamblea Constituyente. Fiel a la versión novelística,
dizque el éxito coronó de tal manera la iniciativa que, en la votación, la séptima
papeleta obtuvo una abrumadora mayoría, y el Gobierno, por decreto de Estado de
sitio, convocó a la Asamblea. La novela ha ocurrido con tanta fortuna que
personas serias la acogen para conmemorar sin sentido crítico el alcance de tal
operación.
La verdad es muy otra. Algunos colombianos, entre otros quien estas líneas
escribe, nos opusimos a la maniobra. Se trajo a cuenta, entonces, que quien había
puesto en circulación el quebrantamiento de las normas constitucionales,
apelando al Constituyente Primario, había sido el MRL, en el año de 1962, con
ocasión de la elección presidencial. ¿Cómo los mismos que lo habían
invocado para desconocer el articulado sobre la alternación se negaban a
aplicarlo para desconocer el artículo constitucional que prohibía las reformas
constitucionales por plebiscito? Fue uno de los sofismas al que acudieron los
medios para confundir a sus lectores. Pero si los enemigos de la alternación
recurrimos a las vías de hecho para desconocerla, lo hacíamos en nuestra
condición de opositores, en contravía de la disposición constitucional, pero
muy otro era el caso del Gobierno, que se acogió a las vías de hecho para
brincarse la Constitución que había jurado defender.
En el prólogo que escribí para el libro de Lemos Simmonds intitulado El Estado
ladrón, figura la fotocopia de la constancia del Consejo Electoral, suscrita
por el Registrador Nacional del Estado Civil, en la que consta que en las
votaciones del 11 de marzo de 1990 no se escrutó la séptima papeleta, o sea
que nunca se contabilizó materialmente, sino que, gracias a la complicidad con
los medios, se fabricó la leyenda de “una mayoría abrumadora". Al caer
la noche de la jornada electoral, sus promotores celebraron una falsa victoria,
proclamando a los cuatro vientos que se habían consignado dos millones y medio
de votos a favor del desconocimiento de la Constitución, cuando ni siquiera en
las observaciones de los jurados se hace alusión a su existencia como votos
nulos.
No podía ser de otro modo, porque si se editaron setecientos mil votos, es
sabido que de cada diez se aprovecha solo uno tradicionalmente. En el mejor de
los casos, pudo haber cien mil votos. Sin embargo, la cifra imaginaria corrió
con tanta fortuna que todavía se habla de "la abrumadora mayoría",
no solamente por los periodistas sino aun por decanos de facultades de Derecho,
basados en que la Corte Suprema de Justicia al declarar constitucional el
Decreto 1926 con los votos de dos magistrados que días antes habían alegado su
inconstitucionalidad, citó, otra vez, "la abrumadora mayoría". El
teléfono de Palacio estuvo sumamente activo para hacerlo cambiar de opinión.
De tan punible y dañado ayuntamiento nació la Carta de 1991 con sus cabos
sueltos: la circunscripción nacional para elegir senadores sin establecer un
cuociente mínimo (operación avispa), la cuantificación de las transferencias
sin suficientes parámetros, el recurso de tutela sin un repertorio de los
derechos fundamentales y toda clase de fallas sobre la operancia de la
democracia participativa.
La mayor de las paradojas fue que, mientras la anterior Constituyente se había
desechado en razón de la propuesta de un referéndum para consagrar la no
extradición, la Constitución redentora del 91 constitucionalizó la no
extradición en su articulado.
La ordalía de 'Pacho' Santos me ha traído a la memoria los episodios
relacionados con su rescate, cuando cayó en manos del narcotráfico. Gracias a
Dios, esta vez se escapó a tiempo. Todos los colombianos lamentamos su
ausencia.
Es otro caso de ficción en las Noticias de un secuestro, inspirado por el
doctor Villamizar. 'Pacho' Santos estaba secuestrado al tiempo con Juan Diego
Montoya, doña Patricia Echavarría y su hija, la señora Pachón de Villamizar
y la propia infortunada Diana Turbay.
Para propiciar el rescate de los secuestrados, un grupo de Medellín organizó
un equipo de Notables, encabezados por el cardenal Revollo, del cual hacían
parte Misael Pastrana, Hernando Santos, Julio César Turbay, Diego Montaña y el
suscrito. Tanto Hernando Santos como el ex presidente Turbay se abstuvieron de
aceptar, por tener un interés directo en el asunto. Quedó el manejo del asunto
en manos del Cardenal, de Montaña Cuéllar y mías, quien soy, hoy por hoy, el
único sobreviviente. El interlocutor, a nombre de Pablo Escobar, fue el doctor
Guido Parra. De tal intercambio de ideas surgió el compromiso de la entrega de
Pablo Escobar y su detención en la cárcel de Envigado, bajo la vigilancia del
Ejército. Fue así como se obtuvo la liberación de los secuestrados de Medellín,
de la señora de Villamizar, de Pacho Santos y, unos días después, del hijo de
don Germán Montoya.
Hernando Santos guardaba celosamente el intercambio de memorandos entre Parra y
los negociadores, papeles que seguramente conservarán sus descendientes. Dos
muertes se derivaron directamente de este trato: la de Guido Parra y la de doña
Marina Montoya. El relato que hace García Márquez es estremecedor, pero la
cronología de los acontecimientos y la intervención de los protagonistas, que
culminaron en la liberación de las personas secuestradas y con la muerte de
Diana Turbay, no corresponde rigurosamente a lo ocurrido.
De la misma estirpe inexacta es la entrevista de Navarro Wolff en Cambio, a propósito
de las elecciones del Congreso revocado en 1991. Navarro acabó calificando de
"inoportunas" las elecciones, porque coincidían más o menos con el
aniversario de la toma del Palacio de Justicia por el M-19, una causa no muy
popular. ¿Cómo podía surgir de la Asamblea aprobada al menos formalmente para
reformar la Constitución, derecho alguno para revocar un Congreso elegido
popularmente? Afirma en su entrevista el ex alcalde Navarro que nunca se había
visto una fuerza comparable a la del M-19 como la suya en las elecciones de la
Constituyente y se compara con el MRL, que llegó a tener, pese a la prohibición
del gobierno de Lleras Camargo de inscribir mi candidatura, quince años antes,
cuando la población era menor, 625.630 votos, frente a los 992.613 del M-19,
estimulados desde el Gobierno, para ciertas candidaturas originadas en la
circunscripción electoral de Palacio.
Añade Navarro, finalmente, que "el ex presidente López con su 'operación
avispa' salvó a los caciques liberales y conservadores a costa de los
renovadores de sus propios partidos". Todo lo contrario. El ex presidente López
encabezaba una lista a la Constituyente, en la cual militaban Serpa, Name,
Espinosa, Turbay, Montoya Puyana, etc., promovida por los mismos, pero, cuando
los Núñez en potencia temieron que les arrebataran sus laureles, los invitaron
a renunciar a la lista con los cálculos de un ingeniero vinculado al Gobierno,
quien les demostró que era más rentable jugar a los residuos, y yo tuve que
decir: "Es una 'operación avispa' a la cual yo no le jalo", evocando
los insectos que picotean de un lado a otro tal como ellos se proponían
picotear residuos electorales. Comprendo que al M-19 le moleste haber quedado
desde entonces en su plata, pero no es motivo para atribuirme el invento de la
'operación avispa' que sirvió para desintegrar la lista que yo encabezaba.