Mi impresión es que la novela histórica tiene una potencia que el discurso histórico no tiene: la potencia de la inmanencia. Los procedimientos de la novela, buenos o malos, generan un espacio en el que el futuro no está escrito. En la medida en que el discurso histórico se dispone en términos de conocimiento de un objeto, se instala la distancia mortal propia de la relación de conocimiento. No se trata de tomar partido por la novela histórica por sobre el discurso histórico. La novela histórica es síntoma de un punto de impotencia del discurso histórico. Por supuesto que el síntoma le habla al corpus del cual es síntoma, lo interpela respecto de su verdad o su consistencia, pero de ningún modo puede sustituirlo o superarlo. Nuestra pregunta, en términos de colegas historiadores, no creo que sea activa si se refiere a los valores de una y otra, si condena el consumo masivo o el exclusivismo académico. Creo que nuestra pregunta es activa si en lugar de ver en la novela una versión degradada, o una versión que ayuda a la difusión, o una versión que ayuda a la confusión, o un negocio, vemos un síntoma enigmático que interroga sobre nuestra capacidad de pensar, operar o intervenir en la inmanencia de las situaciones.
Ignacio Lewkowicz
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