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2/2/05

1. HaD. III Congreso: reseñas 7

2. HaD. Historia y museos 4

 3. HI. Chile 36


 

1. HaD. III Congreso: reseñas 7


[Nota: se publicará en la revista Historia Actual Online, nº7, 2005]

III CONGRESO INTERNACIONAL DE HISTORIA A DEBATE
Alejandro Estrella: Universidad de Cádiz

Entre los diferentes tipos de congresos que los historiadores tienen por costumbre celebrar no sobresalen por su abundancia los dedicados a problemas historiográficos y de teoría de la historia, situación en la que nuestro país, si cabe, destaca sobre tros. Baste esta razón para que la celebración del Congreso Internacional de Historia a Debate -celebrado en Santiago de Compostela los días 14 al 18 de julio del 2004 y dedicado a temas teóricos, historiográficos y metodológicos- se convierta en n evento digno de atención por parte de la comunidad historiográfica. Es más, si recordamos que éste se trata del tercer encuentro de estas características organizado por la comunidad de Historia a Debate (HaD) -tras los celebrados en 1993 y 1999- hemos de reconocer no sólo la consolidación de una trayectoria que comenzó hace más de una década, sino la de un proyecto que se ha convertido en verdadero referente colectivo. Efectivamente, HaD se ha convertido a lo largo de esta convulsa década para la disciplina historiográfica en un verdadero referente colectivo, llegando a constituir una tendencia historiográfica que pretende influir en la constitución en curso del nuevo paradigma historiográfico. Sin duda, este periplo no ha estado exento de dificultades, de pasos en falso y ante todo, de mucha experimentación e intercambio -crítico y constructivo- con historiadores de toda tendencia y nacionalidad.

Siguiendo a Israel Sanmartín, uno de los miembros más destacados de esta comunidad, podemos seguir la trayectoria de HaD tomando como puntos de referencia los tres congresos celebrados hasta el momento . De esta forma, la labor desempeñada antes del primer congreso, éste incluido, tenía como objetivo valorar la situación de la disciplina tras la debacle del paradigma dominante hasta ese momento. Este trabajo se tradujo en la apertura de un foro de discusión para historiadores que entendían la relevancia de la discusión teórica y metodológica a la hora de encarar esta nueva situación. En el periodo que media entre este y el segundo congreso, HaD vino a consolidar la convicción de este grupo de historiadores de que la superación de la difícil etapa por la que atravesaba la disciplina pasaba por ahondar en la reflexión y el diálogo teórico con el objetivo de ir concretando espacios de encuentro que sirvieran como punto de partida para una renovación disciplinar. En este marco se realizaron diferentes proyectos de investigación, destacando la "Macroencuesta sobre el estado de la historia" , en la que se dirigían 89 preguntas a más de 30.000 historiadores del todo el mundo, lo que convertía este proyecto en una experiencia única a nivel internacional. El segundo congreso vino a poner colofón a este periodo y a abrir una nueva etapa en la que la comunidad de HaD adquiriría definitivamente un perfil específico dentro del campo historiográfico. Son dos las novedades que cabe desatacar en esta fase. Por un lado, la apuesta de HaD por las nuevas tecnologías -ya ensayado en la etapa anterior y durante el segundo congreso- que se tradujo en la creación de la página web (http://www.h-debate.com) y las listas de distribución vía correo electrónico, en las que actualmente participan casi 3.000 historiadores de diferentes nacionalidades (2.200 en la lista de correo general y 700 la de Historia Inmediata) constituyendo un verdadero foro de discusión online que permite una toma constante del pulso de la disciplina. Esta apuesta por el trabajo en red no sólo permitió a HaD constituirse como una comunidad caracterizada por una horizontalidad y trasversalidad internacional completamente novedosas, sino que sirvió de base -junto con el segundo congreso y la macroencuesta sobre el estado de la historia - para a realización del Manifiesto HaD . Este documento recoge en 18 puntos -organizados en cuatro grandes apartados (metodología, historiografía, teoría y sociedad)- un consenso mínimo sobre lo que puede constituir un buen punto de partida n pos de una renovación paradigmática de la disciplina histórica. El debate y la crítica colectiva a través de la red no sólo estuvieron presentes en su elaboración, sino que aún continúan abiertos, con la mirada puesta en una revisión tras la realización del tercer congreso. Ambos elementos (historiografía digital y Manifiesto HaD) habrían confluido haciendo de HaD una comunidad académica de nuevo cuño capaz de ofrecer una propuesta diferenciada dentro del panorama de la disciplina, elementos que permitirían hablar de una nueva tendencia historiográfica.

Estas son a grandes rasgos las etapas que nos propone Israel Sanmartín para comprender la evolución de la comunidad de HaD y el proceso que culmina con la celebración del III Congreso Internacional de Historia a Debate, objeto de nuestra breve reseña. No obstante, hay muchas formas de llevar a cabo este comentario: desde una relación de las espectaculares cifras del congreso (v.g. la participación de unos 500 historiadores de más de 30 países) hasta una exhaustiva reseña de las diferentes temáticas propuestas y las intervenciones de los más de 130 ponentes . Optaremos, sin embargo por una exposición alternativa, quizás no demasiado exhaustiva pero sí útil a la hora de valorar determinados aspectos, no sólo del Congreso, sino de la disciplina en su conjunto. Si tal y como hemos intentado reflejar hasta aquí, la trayectoria y el perfil de HaD permiten comprender los tres congresos como verdaderos termómetros de la salud teórica, metodológica y social de la disciplina, puede ser de utilidad comenzar contrastando lo que fueron las grandes problemáticas abordadas en los dos primeros en comparación con las del tercero para, a continuación, realizar un breve comentario crítico sobre éstas últimas.

En 1993 la disciplina histórica se enfrentaba a una situación confusa y peligrosa. El cuestionamiento al que habían sido sometidos la Escuela de Annales y el materialismo histórico -y que en ocasiones partía de sus propias filas- vino a coadyuvar en el plano histórico-real con la caída del bloque del este y el triunfo del neoliberalismo, desencadenando procesos divergentes en ambas propuestas -el 'desmigajamiento' de Annales y el colapso del materialismo histórico- que, sin embargo, ulminaban en un mismo resultado: la crisis del paradigma historiográfico hasta entonces dominante. Perdido el referente que había guiado la producción histórica durante la mayor parte del siglo XX, no es extraño que en el primer congreso dominara la roblemática de la consabida "crisis de la historia" y el impacto del posmodernismo. A la altura de 1999 la sensación de crisis en la comunidad historiográfica no era tan aguda como seis años antes: la proliferación de formas de historiar que acompañó la crisis del paradigma dominante hacían presagiar que la somnolencia creativa tras años de aturdimiento llegaba a su fin. Pero esta necesaria proliferación de "historias" tenía un reverso: la fragmentación teórica con la que se estaba llevando a cabo, revelándose como la nueva amenaza que se cernía sobre el proyecto de renovación de la disciplina. Se hacía necesario realizar un balance de las historiografías del siglo XX y apuntar posibles líneas de actuación en el nuevo siglo (destacando, en este punto, la discusión en torno a las dimensiones narrativa y científica de la historia, así como la historia de género, la historia ecológica o la historiografía digital). Por otro lado, lejos de asistir al fin de la historia bajo la égida neoliberal, fuimos testigos a lo largo de esos seis años que median entre ambos congresos de la aparición de nuevos tipos de insurgencias y movimientos sociales: el protagonismo de la acción de los sujetos colectivos demandaba una renovada atención en la agenda del historiador. Como vemos el segundo congreso reflejaba un nuevo panorama en el que la pluralidad aún no integrada- de enfoques, propuestas y géneros constituía la nota dominante.

Finalmente, 2004 adquiere unos perfiles específicos. En primer lugar, los debates en torno a la crisis de la historia han desaparecido. La sensación -y no sólo en HaD- es que la escritura de la historia realza definitivamente el vuelo. Por otro lado, a fragmentación parece una tendencia en declive (si bien, aun podemos decir que en gran medida domina la escena historiográfica), en virtud de los esfuerzos de síntesis, de la reorganización de problemáticas y de los intentos por explicitar criterios comunes de no pocos historiadores. Por último, el proceso de globalización como una realidad ya incuestionable impone, en toda su complejidad, una respuesta acorde por parte de la disciplina que no puede responder, en consecuencia, con una miríada de propuestas fragmentarias. Apostando por este enfoque integrador apuntaré los dos vectores que, a mi juicio, podemos entender articulan los contenidos del congreso, toda vez que, puesta la mirada en el proceso de reovación disciplinar que estamos viviendo, parecen revelarse como las líneas de acción más innovadoras y prometedoras en años venideros.

Por un lado, uno de estos grandes vectores tomaba a la propia comunidad historiográfica como objeto de análisis. Destacó en este punto la sección temática dedicada a la "reconstrucción del paradigma historiográfico" donde un número notable de historiadores discutieron en torno a la propia experiencia de HaD, así como a diferentes proyectos desarrollados a partir de su propuesta historiográfica (Manifiesto HaD) a todos los niveles (teoría, metodología, enseñanza, relación con la sociedad). ejos de una suerte de narcisismo autocomplaciente, la pertinencia de estos análisis reside en la necesidad de llevar a la práctica una de las apuestas decisivas y distintivas de HaD. La importancia que desde esta comunidad siempre se le ha concedido a la sociología y a la historia de la ciencia, ha dotado de un perfil específico su interpretación de la dinámica de la isciplina, abogando por determinadas tesis epistémicas, sin duda, novedosas. Entre estas, cabe destacar la permanente reivindicación de que el nuevo paradigma historiográfico debe partir de una concepción de la ciencia en la que se contemple el factor de la subjetividad. En un plano epistemológico -y siguiendo en este punto a T.S. Kuhn- esta tesis viene a reivindicar l papel de las comunidades historiográficas, cuyo diálogo crítico constituye la base del consenso que da carta de naturaleza al paradigma en ese momento vigente. Desde esta perspectiva 'kuhniana', HaD defiende que la disciplina atraviesa una etapa de revolución científica que apuntaría hacia la constitución de un nuevo paradigma dominante, en virtud de nuevos consensos comunitarios. Por tanto, se entiende el interés por fomentar la discusión y el análisis de esos agentes que son las comunidades científicas (procesos de constitución, organización, desarrollos, puentes con otras comunidades, etc.). Esta consecuente labor, adquiere un doble valor cuando se toma como objeto de análisis la subjetividad de la que uno forma parte, lo que constituye no sólo una forma de ponderar las características y el potencial del que se dispone, sino una verdadera apuesta ética que, en el caso de la ciencia, siempre adquiere la forma de un ejercicio de reflexivilidad.

Un segundo vector que, a nuestro juicio, articuló el congreso apunta a la relación de la disciplina con su objeto de análisis. Destacaron en este punto las discusiones en torno al proceso de globalización (en sus múltiples facetas) y la respuesta que, en consecuencia, cabe requerir de la disciplina histórica. El interés de esta línea de discusión es doble. Por un lado, refleja que en la comunidad historiográfica cobra auge -si no dominancia- la convicción de que, lejos de asistir al fin de la historia, hemos entrado en una nueva etapa sujeta a complejas dinámicas con múltiples ramificaciones (mundialización, paradigma del terrorismo, déficit-expansión de la democracia, etc.) que requieren, por parte de la comunidad historiográfica, la elaboración de nuevas herramientas de análisis que permitan interrelacionar estos nuevos fenómenos que estamos viviendo, desde un enfoque histórico. Por otro lado, la presencia de esta línea de debate nos informaría que cada vez más historiadores comparten la sensación de que la disciplina cuenta con una excelente baza -y, por tanto, se encuentra en disposición- para superar el proceso de fragmentación desencadenado tras el fracaso del proyecto de la 'historia total' representado por Annales y el materialismo histórico. No es extraño, por tanto, que el término 'historia global' haya salido a la palestra invocando una nueva concepción de la producción histórica alejada de la 'historia total' y 'universal' (v.g. historiografía digital, no eurocéntrica, horizontal y transversal, etc.) pero que no renuncia, por ello, a construir objetos investigación integrados, mixtos, complejos; en definitiva, globales.

Como hemos señalado, creemos que ambos vectores no sólo permiten organizar los contenidos del III Congreso Internacional de Historia a Debate, sino que constituyen el punto de partida de un novedoso plan de trabajo para los próximos años; lo que nos informaría que la disciplina, tras una década confusa, apunta a hacia una verdadera renovación que quizás culmine con la constitución de un nuevo paradigma historiográfico, capaz de dar respuesta a la demanda social de n saber histórico comprometido con su tiempo.
 


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2. HaD. Historia y museos 4


Estimados amigos de Historia a Debate, esperaba desde hace años el debate sobre los Museos y la Historia, en relacion al comentario del colega Costarricense, creo que los enseñamos Historia nosotros mismos hemos convertido la catedra en pura pieza de Museo y hemos convertido el aula en un espacio donde el estudiante debe ir a la clase y no en un uspacio donde el estudiante quiere ir a la clase.
Los museos son los laboratorios por exelencia para la enseñanza de la Historia, claro siempre y cuando el profesor vincule la lectura, el discurso magistral, la presentacion multimedial, la web, la visita guiada a el Monumento con las muestras u objetos, mapas, murales texto del Museo, asi si podemos sacarle un buen probecho.

Luis Sanchez Profesor de Historia de Honduras en la Universidad Nacional
Autonoma de Honduras y Coordinador del Proyecto Museo Virtual Para la
Identidad de Honduras.


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3. HI. Chile 36



Estimados colegas, gracias por vuestra acogida. Aqui les envio un Manifeisto que acabamos de publicar algun@s historiador@s en Chile en contra de las prácticas de tortura que se realizaorn en el periodo de dictadura 1973-1989, y que fue objeto de un Informe de Prisión Política y Tortura, conocido como el Informe Valech y que fue reconocido y dado a conocer a la opinión pública a fines de noviembre por el presidente actual Ricardo Lagos. Ojala les interese adherir y ayudarnos a difundirlo. Un abrazo,

Margarita iglesias Saldaña
Directora
Centro de Estudios de Género y Cultura en América Latina
Facultad de Filosofía y Humanidades
Universidad de Chile
Santiago-Chile
Teléfonos: 56-2-67871 46
Fax: 56-2-271 68 23
genfil@uchile.cl

[SE RUEGA DIFUNDIR]

MANIFIESTO DE HISTORIADORES
(CONTRA L0S QUE TORTURAN A NOMBRE DE LA PATRIA)

I
Informe Valech

La sociedad chilena ha sido conmocionada por la publicación—parcial—del Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. Mucho más que el Informe Rettig o los resultados de la Mesa de Diálogo, esta nueva y dolorosa erupción de memoria social, surgida de más de 28.000 recuerdos de torturas vividas en casi 1.200 recintos bajo control militar o policial, nos ha tornado vívida la deuda pendiente en materia de verdad y justicia, así como ha ratificado, una vez más, que el olvido no se impone por decreto. Esta vez, todos han debido inclinarse ante la fuerza y verdad que emana de esos recuerdos. Ya nadie, salvo los más culpables, podrán seguir negando que en Chile, utilizando banalmente el nombre de la Patria, se torturó y se violaron los derechos civiles y humanos de un enorme número de chilenos, a quienes se consideró y trató, no como ciudadanos, sino como ‘enemigo interno’.

El mérito del Informe Valech no radica sólo en que el Gobierno haya ordenado constituir la comisión respectiva, sino, principalmente, en que recopila y revela un trascendental testimonio ciudadano, cuya importancia no es judicial ni es sólo ética, sino, más bien, histórica y política. Como tal, es un testimonio que corona el largo y valiente esfuerzo de los luchadores por los derechos humanos, que fueron abriendo camino, trabajosamente, a la verdad y la justicia. Los deberes que se desprenden de él, por lo mismo, rebasan la esfera de acción del Estado, incluso de los tribunales de justicia, porque comporta una verdad que es ciudadana por testimonio y destino, y porque es la soberanía ciudadana la que ahora tiene que entrar en acción para hacer, no sólo justicia de tribunal, sino, sobre todo, justicia histórica y política.

El Informe tiene, con todo, debilidades. Es inaceptable, por ejemplo, que su publicación vaya acompañada de restricción: se dará a conocer lo ocurrido a las víctimas, pero se mantendrá oculto, por medio siglo, el nombre y la conducta de los torturadores y los victimarios. ¿Por qué se entrega una verdad cercenada? ¿Por qué dar libre curso al dolor y la conmiseración y no a la indignación y la justicia? ¿Por qué un gobierno que se dice democrático tiene que seguir ocultando a los culpables? ¿Es que la impunidad es una conveniencia política mayor que la justicia? ¿Es que el respeto a los poderes fácticos es más importante que el respeto a la dignidad ciudadana?

II
El contexto histórico

Algunos personajes sospechosos de culpabilidad (o tardíos legitimadores de lo ilegítimo) han procurado aminorar los crímenes cívicos y humanos cometidos en dictadura buscando justificaciones en el saco de Pandora del “contexto histórico”. Como historiadoras e historiadores profesionales, estamos ciertos que el contexto histórico es un escenario y una trama abierta que no obliga a nadie a tomar un curso de acción u otro, razón por la cual no puede, de por sí, ni explicar ni justificar ni exculpar ningún crimen contra la humanidad. Incluso un contexto de ‘crisis estructural’ como el que vivió Chile, no sólo desde 1970 – que es, para los personajes citados, el origen de todo – sino desde mucho antes. Desde que Diego Portales y el general Prieto destruyeron, a sangre y fuego, la cultura de los respetos ciudadanos y la democracia de los cabildos. O desde que la misma oligarquía desnacionalizó las riquezas del país, hacia 1900. O desde que el empresariado chileno fue incapaz de desarrollar el capitalismo nacional sin entregarlo al capital extranjero. O desde que Estados Unidos se negó a colaborar con los planes del Estado Desarrollista para industrializar plenamente el país. O desde que los militares han impuesto una y otra vez un sistema político (liberal) y un modelo económico (liberal) en oposición radical a la voluntad ciudadana. El contexto histórico chileno no se limita al gobierno de Allende, que llegó para administrar la crisis de todo eso. Fue esa crisis de largo plazo la que llevó a la juventud de los años ’60 a buscar una vía no capitalista y no parlamentaria de desarrollo (lo que ocurrió en toda América Latina), y fue la misma percepción, aunque bajo amparos y para intereses distintos, la que llevó al Partido Nacional, por la misma fecha (1966) a entregar una Declaración de Principios en la que, coincidiendo con los jóvenes revolucionarios de Izquierda, desestimó abiertamente la vigencia de la democracia liberal. ¿Y qué decir de Patria y Libertad que, acosada por la desesperación de ver caer el sistema tradicional de dominación, se lanzó trabajar y conspirar fuera de la ley y del Congreso? El contexto de la crisis estructural de la economía y del propio Estado chilenos desencadenó procesos de radicalización política en la Izquierda, en el Centro y en la Derecha, en el sentido, sin duda, de buscar otras rutas y utilizar otros medios, mejores que los que, hacia 1968, claramente, se habían gastado.
Pero nada de eso justificaba y justifica torturar prisioneros, violar mujeres con perros y ratones, perpetrar aberraciones sexuales, asesinar con perversión, dinamitar cadáveres y fondear en el mar los restos de esas vejaciones. Y menos aun usando todos los recintos militares y policiales y, cuando menos, la mitad de los efectivos que la Nación ha mantenido y apertrechado para consolidar la seguridad, la dignidad y la unidad de los chilenos.

No puede compararse la masividad y la brutalidad de esa particular ‘política de represión’ (si no se quiere reconocer que fue y ha sido una ‘política’ de los poderes fácticos, dígase al menos que es una de sus ‘técnicas’ de guerra sucia; o sea: de guerra política contra connacionales), con las bravatas ideológicas de un líder socialista, o los intentos de la izquierda revolucionaria por organizar algo que evitara o pudiera enfrentar lo que se veía venir: aquella política masiva de represión con tortura, que había irrumpido en la historia de Chile cada vez que el movimiento popular quiso hacer valer sus derechos ciudadanos. La izquierda revolucionaria no se equivocó en prever la brutalidad de lo que venía, pero sí en calcular su horrorosa magnitud. Sólo alguien con poca o ninguna conciencia cívica, como Manuel Contreras, puede seguir insistiendo en que detrás de Allende había un fantasmagórico ejército de 14.000 cubanos dispuestos a matar el doble de militares chilenos si éstos se descuidaban. Pero sin apelar a estos ejercicios de “guerra ficción”, lo que cabe subrayar es que ningún militar formado y pagado por la República puede considerar enemigos de guerra a sus compatriotas civiles, o asumir que sólo los militares son patriotas y no los civiles, o que los chilenos de clase alta son humanos y los otros “humanoides”, al extremo de cometer con ellos las aberraciones que el Tratado de Ginebra prohibió terminantemente para el trato de prisioneros de guerra entre naciones, cuanto más entre ciudadanos de una misma nación.

III
Las Fuerzas Armadas

Lo que es más grave aun, es que la ‘política represiva’ que se perfila en los testimonios del Informe Valech no ha sido un rasgo exclusivo de la Dictadura de Pinochet. Si hemos de ser rigurosos, la violación de los derechos humanos y sociales se instaló en Chile desde la Conquista, cuando nuestros pueblos originarios se vieron violentamente sometidos a una voluntad política que los despojó de sus tierras, que reprimió su cultura, negó su identidad y trató por siglos como un enemigo interno a diezmar y suprimir. Asimismo, desde que se consolidó hacia 1830 la “República Autoritaria”, los demócratas han sido muchas veces reprimidos, exonerados, relegados y desterrados –cuando no fusilados–, en tanto que los “rotos” sufrieron durante décadas castigos infamantes e inhumanos: encierro en jaulas de fierro con ruedas o “presidios ambulantes”(creación de nuestro máximo estadista: Diego Portales), sujeción al cepo, colgamientos, pena de azotes, etc. ¿Y por qué no recordar aquí las reiteradas matanzas obreras y sociales que jalonan tristemente la historia del siglo XX: Valparaíso 1903, Santiago 1905, Antofagasta 1906, Iquique 1907, Puerto Natales 1919, San Gregorio 1921, Coruña 1925, Copiapó 1931, Ranquil 1934, Santiago 1946, Santiago 1957, Santiago 1962, El Salvador 1966, Puerto Montt 1969..., donde las Fuerzas Armadas tuvieron una ‘destacada’ actuación?

Casi todos esos actos fueron ejecutados por cuerpos militares obedeciendo, por lo común, órdenes de gobiernos civiles (que defendían Constituciones impuestas por la fuerza, como las de 1833 y 1925), pero también por un insano patriotismo propio. La hoja de servicios de las Fuerzas Armadas muestra, en este sentido, un manchón que ha sido y es, histórica y políticamente, significativo. Ni Chacabuco o Maipú, ni Yungay ni La Concepción pueden lavar la afrenta que se ha cometido contra la propia ciudadanía. Mucho menos pueden atenuarla principios dudosos como el de la “obediencia debida”, el de la responsabilidad “individual y no institucional”, el de las guerras fantasmagóricas, o el tono prepotente de arenga de cuartel. Y no resulta casual que esos manchones coincidan precisamente con las grandes “coyunturas constituyentes” del pasado siglo, que son aquellas en las cuales se definían y construían las estructuras políticas y económicas que enmarcan y rigen la convivencia social, política e internacional de los chilenos. Y tampoco puede pasar desapercibido el hecho de que esas “coyunturas” (trascendentales) han estado saturadas de políticas represivas y, por tanto, de miedo ciudadano. Por eso, las violaciones perpetradas durante la dictadura del general Pinochet no pueden asumirse como una anomalía patológica o un caso excepcional de individuos aislados. Por desgracia, la tortura se ha practicado en Chile desde hace mucho tiempo, y ya la policía de Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931) institucionalizó la picana eléctrica como método de interrogatorio, en su caso, contra delincuentes. El general Pinochet, en un sentido, continuó esa tradición ampliándola esta vez contra grandes sectores de la ciudadanía, en una escala sin parangón histórico, y en otro sentido, produjo una ruptura en ella al perpetrar horrores sin registros anteriores. El monopolio de las armas, que la Nación ha confiado a los institutos uniformados, no autoriza en ningún caso volverlas contra el propio pueblo.

IV
Los encubridores

Y es también lamentable que muchos civiles hayan incentivado a esos institutos a actuar de la forma en que lo hicieron. Y que, de un modo u otro, hayan colaborado, ocultado o pretendido ignorar un crimen que sólo puede calificarse de ‘lesa ciudadanía’. Y que hoy, por esa colaboración, complicidad tácita o negligencia culpable magnifiquen sucesos aislados, inventen guerras falsas o se laven las manos para quedar libres de toda “connivencia”. A ellos se suman, además, todos los que se han beneficiado con los cambios introducidos mediante tales procedimientos, beneficios que no son nimios (tenemos la distribución de ingresos más desigual desde 1900), de los cuales las sumas registradas a nombre de Pinochet en el Banco Riggs son sólo muestra estadística. Los nuevos ricos ‘de mercado’ no tienen una historia, como clase, tan limpia como pudieran sugerir sus trayectorias individuales.

V
La justicia histórica

La única forma de terminar de una vez con la tradición perversa de reprimir al ‘enemigo interno’ para construir riquezas desiguales de mercado, es asumir los testimonios ciudadanos del Informe Valech como una verdad histórica y política, que, derivada de lo ético, vaya más lejos que lo judicial. Es el proceso histórico el campo de acción propio de la soberanía ciudadana, no sólo la liturgia del dolor por los deudos, el trámite engorroso de los procesos judiciales o los gestos simbólicos de perdón y reconciliación. Es preciso erradicar para siempre de la conciencia ideológica de las Fuerzas Armadas la convicción de que su tarea principal es aplastar una y otra vez al enemigo interno que amenaza los grandes intereses privados. Es preciso terminar para siempre con el temor a los poderes fácticos, que inhibe la soberanía popular, corrompe la representatividad de los políticos, torna negligentes los poderes judiciales, transforma la política en una estéril diplomacia entre clases dirigentes y obliga al pueblo a la movilización callejera y la “acción directa”.

Para poner fin de raíz a los horrores ocurridos, no basta con repetir en letanía: “nunca más”, “mea culpa”, “pido perdón”, o exhortar con voz compungida a la reconciliación, o aplaudir a cualquiera que se atreva a rezar en público tales letanías. Para que el “nunca más” sea histórica y políticamente efectivo se requiere, en primer lugar, que la ciudadanía eduque y reeduque a los grupos e instituciones que, de hecho y por derecho ilegítimo, se han convertido en poderes fácticos que violan la soberanía ciudadana. En segundo lugar, se requiere que la ciudadanía se eduque a sí misma como poder soberano, para hacer posible no sólo la desaparición de las políticas de represión y tortura contra un supuesto ‘enemigo interno’, sino también para construir una sociedad más democrática, participativa y con una distribución más justa de las riquezas que produce. Hasta ahora, la Historia dice categóricamente: Chile, desde 1830, no ha podido nunca construir una democracia y un mercado de esa naturaleza. No pocas veces los movimientos cívicos y sociales lo han intentado, pero han pagado caro por ello, ya que los poderes fácticos han torcido, en cada caso, la voluntad soberana que animaba esos movimientos.
El “nunca más” depende, en los hechos, de que seamos capaces de desarrollar, a partir de la verdad contenida en la memoria colectiva de la ciudadanía, un movimiento cívico capaz de construir, esta vez exitosamente, lo que siempre han querido construir las generaciones de luchadores por la justicia que registra la historia social de nuestro país.

Santiago, 16 de diciembre de 2004.

Karen Alfaro Monsalve, Magíster © en Historia y Ciencias Sociales, profesora Universidad San Sebastián, Concepción.

Beatriz Areyuna, Magíster © en Historia y Ciencias Sociales, profesora Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Alejandra Araya Espinoza, Magíster en Historia, profesor Universidad de Chile.

Pablo Artaza Barrios, Magíster en Historia, profesor Universidad de Chile.

Jorge Benítez González, Magíster © en Historia y Ciencias Sociales, Secretario de
Estudios Escuela de Historia y Ciencias Sociales Universidad ARCIS.

Ernesto Bohoslavsky, Magíster en Antropología e Historia, profesor Universidad Nacional de General Sarmiento, Argentina.

Alejandra Brito Peña, Magíster en Historia, Jefa de Carrera Departamento de Sociología, Universidad de Concepción.

Azún Candina Palomer, Magíster en Historia, profesor Universidad de Chile.

José Luis Cifuentes Toledo, Magíster © en Historia y Ciencias Sociales.

Emma De Ramón, Doctora en Historia, profesora Universidad Nacional Andrés Bello..

Alex Giovanni Díaz Villouta, Licenciado en Educación, Magíster © en Historia y Ciencias Sociales, Taller de Ciencias Sociales Luis Vitale Cometa, Concepción.

Francisco Domínguez, Doctor en Economía Política, profesor Universidad de Middlessex, Gran Bretaña.

Manuel Fernández Gaete, Magíster © en Investigación Social y Desarrollo, Coordinador de la carrera de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad Bolivariana, sede Los Ángeles.

Marco Fernández Labbé, Doctor © en Historia, Becario Conicyt.

Elisa Fernández N., Doctora en Historia, profesora de la Universidad de Chile.

Mario Garcés Durán, Doctor en Historia, profesor Universidad ARCIS.

Juan Carlos Gómez Leyton, Licenciado en Historia, Doctor en Ciencias Políticas, profesor universidades ARCIS, de Talca y Alberto Hurtado.

Sergio Grez Toso, Doctor en Historia, profesor Universidad de Chile. N° 10.636 del Listado de prisioneros y torturados del Informe Valech.

Alberto Harambour Ross, Licenciado en Historia, Programa Doctoral Historia, SUNY Stony Brook, Estados Unidos.

Rodrigo Henríquez Vásquez, Dr. © en Historia, Universidad Autónoma de Barcelona, España.

Margarita Iglesias Saldaña, Magíster en Historia, profesora Universidad de Chile.
N° 11.850 del Listado de prisioneros y torturados del Informe Valech.

María Angélica Illanes Oliva, Doctora en Historia, Directora Escuela de Historia y Ciencias Sociales Universidad ARCIS.

Leonardo León Solís, Doctor © en Historia, profesora Universidad de Chile. N° 13.028 del Listado de prisioneros y torturados del Informe Valech.

Manuel Loyola Tapia, Licenciado en Historia, Magíster en Filosofía Política, profesor Universidad Cardenal Raúl Silva Henríquez.

José Luis Martínez Cereceda, Doctor en Antropología, profesor Universidad de Chile. N° 14.222 del Listado de prisioneros y torturados del Informe Valech.

Carlos Barros, Doctor en Historia, Universidad de Santiago de Compostela

Israel Sanmartín, Universidad de Santiago de Compostela
 


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