Mensajes Listas
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8/6/05 |
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1. HaD. Fines de la historia 43 |
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2. HaD. Historia y cine 68 |
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3. HI. Habemos Papa 18 |
SALUDOS COLEGAS DE HISTORIA A DEBATE, EL PRESIDENTE DE VENEZULA ASUMIO POR PRIMERA VEZ, DESPUES DE SEIS AÑO DE GOBIERNO Y CRITICAS CONSTANTES AL CAPITALISMO, QUE EL SOCIALISMO ERA LA UNICA VIA, PERO UN SOCIALISMO PERTINENTE A LAS NUEVAS REALIDADES , EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI. POR ESTO PROPONGO UN DEBATE SOBRE LAS CONDICIONES ECONOMICAS SOCIO-POLITICAS DE ESTA NUEVA SOCIEDAD. SALUDOS, Pedro Rodríguez Rojas ++++ SOCIALISMO SIGLO XXI Sobre "la muerte del socialismo" es mucho lo que se ha dicho, pero desde nuestra percepción y basándonos en los principios teóricos y filosóficos expuestos por los fundadores del socialismo (Marx, Engels y luego Lenin) lo ocurrido en las sociedades de Europa del Este está muy alejado de estos principios socialistas: Capitalismo de Estado y dictadura burocrática es la contradicción del socialismo. El socialismo, así como otras corrientes menos radicales, surge en el siglo XVIII para enfrentar las deformaciones del capitalismo, deformaciones aún existentes aunque algunas de ellas distintas y de otra índole. La expansión y apoyo al socialismo fue y es una identificación de sentimientos de repudio al capitalismo. Desde nuestra perspectiva, es inherente a los hombres la necesidad de sustituir lo que consideren injusto, así sucedió con el fin del esclavismo luego con el feudalismo, donde la mayoría sin tener claramente definido hacia donde se dirigía defendieron los preceptos de igualdad y de libertad. Sea cual sea el nombre que queramos darle, esta pretensión de cambio social es de carácter universal. Estemos de acuerdo o no hay manifestaciones concretas, naciones en África, Asia y América Latina que asumen el socialismo como sistema, igualmente en otros países existen partidos políticos o movimientos guerrilleros que luchan contra el capitalismo y lo más importante: ¿es que no son un "caldo de cultivo" las cada vez crecientes mayorías marginadas de los beneficios del sistema capitalista en estas regiones? ¿No hemos visto manifestaciones de repudio en la propia Europa del Este a esta reciente inserción al mundo capitalista? ¿No se han producido intentos de golpe de Estado que restablezcan el viejo régimen, manifestaciones callejeras y creciente participación de los llamados excomunistas en los parlamentos? Imaginémonos por un momento lo que significa para Rusia, que no es potencia solo a partir de la revolución de 1.917 sino desde hace tres siglos, que después de haber disputado el poderío mundial convertirse ahora en sumisa de sus otrora rivales. Al reconocer algunos errores del capitalismo, los defensores del liberalismo señalan que estos se habían producido precisamente por no haber cumplido a plenitud los preceptos liberales plasmados desde el siglo XVIII y que han sido los nacionalismos y las economías cerradas las que han dado pie a las deformaciones y vicios del capitalismo. ¿Pero cuál es el capitalismo victorioso?. El de los Estados Unidos, el país más endeudado del mundo, donde existe un 20% de población (Treinta y cinco millones de personas) en estado de pobreza y donde se segregan a los negros y los inmigrantes de los países subdesarrollados?. El que interviene y viola la soberanía de otros países a su antojo. El mayor vendedor de armas del mundo?. Un paìs con caìda violenta de la productividad y con una capacidad de ahorro cuatro veces inferior a Japòn, y tres veces con respecto a Europa Occidental. O hablamos de Europa, que a pesar de, los esfuerzos ponen seria resistencia a los procesos de integración, fundamentalmente Inglaterra; madre del liberalismo econòmico. Què decir de los índices de inflaciòn y desempleo en estos paìses. Y los casos de corrupciòn, mafias organizadas, el terrorismo y los que es peor, los grados de xenofobia a que ha llegado y que parecieran revivir al nazifacismo? ¿Son el Japón y los Dragones Asiàticos las excepciones?. Demostrado estàn los males que tambièn acarrean las economìas superhabitarias, pero sobre todo ¿son conocidas las inhumanas condiciones de vida en ciudades como Tokio? ¿Las consecuencias de un estilo de vida mecanizado? ¿Por què es tan frecuente el suicidio juvenil en el Japón? ¿Y los regímenes de fuerza en los países del sur-este asiático? Estas naciones sufren graves problemas de contaminación, drogas, delincuencia, violación de los derechos humanos, racismo, corrupción y terrorismo en grados muy superiores a los paìses subdesarrollados. ¿Son estos regìmenes polìticos cada vez más autoritarios, cada vez màs conformados por oligarcas de las finanzas y representantes del nacionalismo xenofòbico, los modelos de democracia liberal a seguir? ¿Puede alguna de estas naciones erigirse como modelo para los paìses subdesarrollados? ¿Y què decir de los enfrentamientos cada vez màs violentos que en el ámbito comercial se ha suscitado entre los grandes paìses capitalistas y que amenazan en un futuro, quizàs no tan lejano, con choques militares? ¿Por què seguir haciendo ènfasis en alcanzar niveles en los indices macroeconòmicos que han demostrado que para nada benefician a las grandes mayorìas y por el contrario favorecen a los tradicionales sectores privilegiados y a sus socios transnacionales?. ¿Por què no llevar el ènfasis a polìticas que integren lo econòmico y lo social, en polìticas que busquen el bienestar social?. No a travès del populismo (mayor grado de dependencia, degradaciòn y parasitismo de una sociedad) sino a travès de la conformaciòn de polìticas que en tèrminos individuales y societales formen a hombres con capacidad de producciòn (cooperativismo, microempresas, entre otros). Para ello es lògicamente necesaria la transformaciòn de los sitemas educativos y, lo que es màs difìcil, de patrones culturales que valoricen el trabajo manual y artesanal, el trabajo agrìcola y comunitario sin que esto signifique desdeñar la identidad cultural, por el contrario nutrirse de ella para rescatar la producciòn autòctona y las modalidades de trabajo tradicionales. En tèrminos políticos, incentivar una verdadera democràcia de mayor participaciòn ciudadana, que disminuya el poder de las burocràcias estatales y de los partidos polìticos. En lo econòmico es necesario implantar medidas que equilibren la distribuciòn de la riqueza, que vayan desde polìticas tributarias que pechen a los que màs tienen, hasta polìticas de caràcter antimonopòlicas, que de ser necesarias lleguen hasta la expropiaciòn de bienes econòmicos. Mientras esto ocurre, la crisis del "socialismo real" ha dislocado a los tradicionales partidos de izquierda, sobre todo de aquellos que fueron màs seguidores de las decisiones de Moscù que de los pensadores socialistas (Marx, Engels, Lenin). Sumado a la gran heterogeneidad de estas corrientes polìticas izquierdistas tenemos ahora la dispersiòn de excomunistas y exsocialistas en actividades diversas, como la lucha ambientalista, pro-derechos humanos, entre otras, en donde a pesar de seguir manteniendo su misma posiciòn adversa al capitalismo evitan seguirse llamando socialistas o comunistas y utilizar las categorìas de anàlisis del materialismo històrico Por esta razón los científicos sociales, los filósofos, los intelectuales , están obligados hoy mas que nunca a dar respuesta a la crisis del pensamiento, romper con la pereza intelectual, la banalidad del discurso frío, seguir creyendo que es la realidad la equivocada y que las viejas teorías y premisas filosóficas siguen siendo eternamente validas. La difícil situación de pobreza material e intelectual, las desigualdades del mundo, los problemas del hombre (drogadicción, soledad, angustia, temores, espiritualidad, libertad,, entre muchos otros) que ahogan al mundo contemporáneo requieren de una nueva generación de pensadores. No se trata de mandar al olvido a Kant, Hegel, Marx, Niestche, Popper , Habermas, entre tantos otros, por el contrario; lo pertinente es releer a éstos y descubrir en ellos los que nos puede ser útil para dar respuestas a las interrogantes de hoy , a las necesidades y demandas de la sociedad donde vivimos, a la que pertenecemos y nos debemos. Pero así mismo ya no es suficiente para los nuevos filósofos , pensadores sociales, pretender buscar todas las respuestas en las hojas amarillentas de los clásicos, ni al contrario, en las coloridas paginas web de Internet, se trata del hermoso reto mancomunado de pensar y repensar al mundo contemporáneo, hay que parir una nueva filosofía. PEDRO RODRIGUEZ ROJAS Universidad Simon Rodriguez Barquisimeto VENEZUELA Historia a Debate E-mail h-debate@cesga.es Página web www.h-debate.com Para apuntarse a esta lista enviadnos el mensajeincluirme/subscribe Para desaparecer de esta lista enviadnos el mensajeborradme/unsubscribe Suscriptores actuales 2422 historiadores de 45 países |
Me adhiero a la propuesta de Fernando Díaz Gil sobre lista de filmes complementarios de las lecciones de historia, y discrepo respetuosamente de la opinión contraria de Tzvi Tal. El profesor de historia, o un especialista de historia del cine, puede proyectar varios filmes y hacer ver las ideologías contrapuestas subyacentes. Los tres filmes que a modo de ejemplo menciona el profesor de Tel Aviv y las ideologías que acertadamente les atribuye serían un ejemplo del método a seguir. Hilari Raguer Historiador. Abadía de Montserrat. Facultad de Teología de Barcelona. Historia a Debate E-mail h-debate@cesga.es Página web www.h-debate.com Para apuntarse a esta lista enviadnos el mensajeincluirme/subscribe Para desaparecer de esta lista enviadnos el mensajeborradme/unsubscribe Suscriptores actuales 2422 historiadores de 45 países |
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Me llegó el siguiente texto escrito por JOSE FERNANDEZ VEGA sobre la Conferencia de Baviera entre Habermas y Ratzinger. Antes de ser Papa, Joseph Ratzinger mantuvo una discusión con el filósofo Jürgen Habermas sobre el papel de la fe en la construcción de un mundo más democrático. El análisis del debate que aquí se ofrece revela facetas poco conocidas de estos dos eruditos. Además, un comentario de los ensayos teológico-políticos de Ratzinger. El texto me sugirió que más de cinco siglos y la historia que se destroza a sí misma en virtud de la historia sólo puede ser defendida por la verdad divina. Significa que no somos sino marionetas en el orden eterno de las instituciones, que nuestros sueños individuales sólo responden a lo irreversible de la razón, la fe, la técnica, el Estado. Si no somos sujetos, si negamos la posibilidad de que nuestros actos respondan a la razón, por el simple hecho de que son las pasiones quienes tienen la fuerza de la historia, como apunta Habermas, y si las pasiones terminan escandalizando a la razón al destruir la historia, y debemos aceptar la fuerza divina como el impulso que hace verdadero el sentido histórico, como Ratzinger propone... entonces, la polémica no es sobre los sistemas políticos, democracia, liberalismo, posmodernidad, modernidad... sino sobre el animal humano, sobre lo más básico que nos proponemos: soldados de la fe o la razón. El fundamentalismo islámico encontrará un nuevo contrincante en el siglo XXI, tal y como insinúa esta cumbre democracia-catolicismo. Ahora, no es de dudarlo... recuerdo varias polémicas en los foros de la Universidad Nacional en Bogotá, hace quince años, donde fundamentalismos de derecha o izquierda siempre nos plantearon la obligación de la razón, y en donde algo quedaba flotando en la ambigua idea de "diferencia" e "identidad"... que el proceso de la historia en América era el proceso del extrañamiento, del desgarro, así que la unidad, la reintegración de esa contra-historia sólo podía darse en el origen, en lo divino. En lo mágico. Lo surreal. El encantamiento. El mesías. TEXTO DE JOSE FERNANDEZ VEGA sobre la Conferencia de Baviera entre Habermas y Ratzinger: En enero de 2004 la Academia Católica en Baviera reunió al entonces cardenal Joseph Ratzinger (1927) con el filósofo Jürgen Habermas (1929). La cumbre intelectual se mantuvo entonces en discreta reserva. Personalidades de amplia influencia en mundos muy distintos —el reino vaticano en un caso, la república académica en otro—, ambos son alemanes de una generación que, muy joven, participó del colapso bélico del Tercer Reich. Maestros de vasta experiencia si bien, por así decir, con libros opuestos, ofrecieron en esa ocasión su visión de las relaciones entre la religión y la política a comienzos del siglo XXI. ¿Pueden llegar a ser hermanas la fe y la democracia? ¿O bien persistirán en su añeja y mutua hostilidad? Más allá del resultado del encuentro, resulta claro que el ahora Benedicto XVI enfrentó con energía a su antagonista, sin dudas el pensador vivo más célebre tras la desaparición de figuras como Norberto Bobbio, John Rawls o Jacques Derrida. Pensadores bajo otra luz La conferencia de Baviera modifica algo del perfil convencional por el que son conocidos sus protagonistas. Es cierto que Habermas se muestra preocupado por los temas de siempre, la fundamentación no metafísica de los valores modernos y la racionalización de la cultura política. Pero a la vez —y esto es sorprendente en quien al pasar se define como indiferente, "sin oído musical para la religión"— insistió allí en la necesidad de contar con la fe para sostener la debilitada vitalidadde la conciencia democrática. Ratzinger defendió por cierto una filosofía tradicional que tiene siglos detrás de él. En sus maneras, sin embargo, tomó distancia del perfil mediático que supo proyectar como guardián del dogma y purpurado ultramontano capaz de sostener que los políticos católicos pueden aplicar la pena de muerte pero jamás autorizar el aborto. En su Baviera natal adoptó el papel de polemista urbanizado. Se permite incluso un cortés comentario crítico acerca de una idea de Hans Küng, un teólogo cuya enseñanza combatió desde su implacable puesto institucional en Roma durante la era Wojtyla. ¿En qué creen los laicos? Un problema de los laicos, comenzó Habermas, es que tienen dificultades para afirmar valores sin recurrir a los respaldos trascendentes o confesionales que pretenden negar. La secularización —vale decir, el proceso de replanteo en términos laicos del antiguo universo conceptual de la cultura religiosa— amenaza con vaciar el sentido mismo de esos conceptos que son también valores. ¿Cómo se justifican, por ejemplo, el derecho y el Estado? Esta pregunta fundamental para la política constituyó el centro de la discusión en Baviera. Desde la filosofía de Habermas, una variante del liberalismo político, el respaldo de las instituciones ya no puede ser religioso o metafísico: debe ser racional. La ley que regula al Estado se fundamenta en las mismas condiciones que hacen posible el diálogo entre ciudadanos, quienes están involucrados de una u otra forma en el procedimiento legislativo. La argumentación es la fábrica de legitimidad del sistema. En esta visión, es el propio proceso democrático el que genera el imprescindible consenso hacia un sistema que pretende apoyarse no tanto en la represión que en el acuerdo más imaginario que real de sus integrantes. Una derivación importante es que el Estado democrático evita dar instrucciones sobre la felicidad o fijar orientaciones acerca del sentido de la vida. Es neutral, dice Habermas, respecto de las visiones del mundo. Sus ciudadanos pueden adoptar la que prefieran; son libres de pensar y actuar como quieran siempre que respeten la legalidad vigente. Pero el verdadero problema —que, hay que decirlo, no empezó a preocupar a Habermas en el momento en que se encontró a debatir con Ratzinger sino mucho antes— se perfila ahora con claridad, pues ¿qué motivará a estos ciudadanos laicos, posmetafísicos, individualistas a participar en política o a sacrificar algo de lo propio en aras de un interés común? La razón puede justificar, pero no basta para motivar, aclaró Habermas. Y es aquí donde halla un espacio para que la religión haga su aporte a la cultura democrática moderna con la que vive en disenso a la vez perpetuo y, según él, tolerable. Este tono desconcertó a los comentaristas. ¿El heredero de la tradición radical de Frankfurt, el defensor de la Ilustración y del progresismo se aprestaba ahora a un giro religioso ante un cardenal oscurantista? Conocer y creer Un sistema político, explicó el filósofo, no puede nutrirse del puro conocimiento o de la sola transparencia argumental en los debates. En el pasado, las convicciones republicanas fueron sostenidas por ideologías o pasiones (el nacionalismo, por ejemplo). Sin anclajes "pre-políticos", como los llama con elegancia, es decir, sin motores pasionales e irracionales, difícilmente alguien iría a la guerra o resignaría ganancias en aras de la igualdad. Un Estado no puede prescindir de valores altruistas ni tampoco imponerlos jurídicamente. La modernización, con su individualismo y su frialdad ante lo trascendente, puede llegar a disolver el cemento de la sociedad. ¿Cómo implantar una convicción solidaria eficaz con medios sólo racionales? En lo que Habermas denomina "post-secularización", la religión tiene un papel relevante para la formación de virtudes civiles; apuntala, no amenaza, a la modernidad secular. ¿Acaso los derechos humanos, hito de la civilización, no hunden sus raíces en la escolástica católica, comentó Habermas? Cristianos y no creyentes deberían soportar la perpetua discrepancia sobre temas de sexo o familia. La razón, por su lado, ganaría en profundidad si reconociera en la fe un "potencial de verdad" que ésta sin embargo no puede demostrar por sus propios medios. La filosofía no debería enjuiciar a la fe con criterios estrictos de verdad o falsedad (cosa que hizo abundante e inútilmente en el pasado), sino cambiar de actitud y estimar lo que puede aprender de ella. El cristianismo le parece a Habermas un aliado adecuado en la lucha contra el posmodernismo, enemigo común, pues, a diferencia de éste, no reniega de la racionalidad ni le atribuye a ella el origen de todos los males. Con todo, para Habermas sería preciso "desinfectar" de cierto irracionalismo remanente a las culturas no liberales, como las religiosas, para admitirlas en la ciudad. Pero, ¿qué queda de la religión después de esta profilaxis? En su respuesta, Ratzinger sostiene que la racionalidad, único Dios que Habermas admite, también debería reflexionar sobre los desastres que producen sus sueños y comprender las reacciones contrarias que genera. Por un momento parece acercarse más que el propio Habermas a las ideas en las que éste se formó. Cierta o no, su indirecta objeción es a la vezpertinente y popular (algunos la calificarían de populista, otros de mero lugar común) y contribuye a delinear la imagen final con la que el cardenal quiere identificar a su rival, la estrella intelectual. Aunque, a decir verdad, Habermas manifiesta la aspiración a convivir con la religión, la argumentación de Ratzinger intenta convertir al filósofo en una especie de fanático del racionalismo; un dogmático de distinto tipo. Contra el relativismo moral Ratzinger aprovecha las cartas que su antagonista deja sobre la mesa para elaborar su argumento utilizando un lenguaje menos técnico, algo que quizá constituya también una lección para progresistas. Sabe que ante un eventual auditorio no creyente llevaría todas las de perder y tiene que defender la noción de derecho natural, es decir, de una ley cuyo fundamento no es un razonamiento o el resultado de un debate sino que se deriva de una esencia "natural" de origen divino y revelada a los hombres, ¿Cómo hacerlo sin exigir que los demás participen de sus creencias? El verdadero enemigo que obsesiona al cardenal se llama relativismo moral, sin dudas amplificado por el posmodernismo que Habermas deplora, pero no exclusivo efecto de éste, sino de la propia modernidad que el filósofo reivindica. Los valores firmes no surgen de los caprichos personales del individuo ni pueden fundarse siempre de manera racional o democrática. Esto último es claro en el ejemplo de los derechos humanos. ¿Acaso las mayorías que votaron y llevaron legalmente a Hitler al poder en Alemania hubieran consagrado la dignidad humana, arguye Ratzinger? Hay valores que se sostienen por sí mismos, sin necesidad de argumentos o consensos. No es sensato postrarse ante el fetiche del yo moderno ni el de sus mayorías. Estas no siempre tienen razón, dijo el cardenal el año pasado en Baviera. La religión, afirma con Habermas, será una auténtica fuente normativa para las democracias abúlicas siempre que se admita que los principios del orden moral y civil fluyen de la naturaleza divina. Porque detrás de ese reconocimiento vendrán los necesarios valores para el mundo moderno cuyo ateísmo amenaza incluso la dignidad de la persona. Si bien es preciso que el derecho vuelva a disponer de un fundamento trascendente deberá ser, por supuesto, uno racionalmente estructurado. Sólo así podrá combatirse el relativismo, enemigo común, que Habermas abomina sólo bajo la forma de posmodernismo. El filósofo había ofrecido su mano, pero el cardenal busca tomarlo del codo. En efecto, Ratzinger explota a fondo los gestos concesivos de Habermas y extrae de ellos casi la exigencia de restaurar la centralidad de la fe en un mundo que ya no cree en nada ¿No había sido Habermas quien subrayó la genealogía católica de los derechos humanos, hoy venerados por todo el mundo globalizado (a excepción quizá de algunas diócesis meridionales)? Puesto que la metafísica confesional —la fe— no puede limitarse a ser un mero correctivo para el vacío del mundo moderno que ha diagnosticado Habermas porque es su única verdad sustancial y ha sido relegada. Si la necesidad de un más franco regreso a la fe asusta a los progresistas como Habermas por sus peligrosos núcleos irracionales, ¿por qué se muestran tan poco alterados por las atrocidades de la razón, empezando por la bomba atómica y pasando por su desprecio a las culturas distintas, cuya religiosidad, sostiene el cardenal, el propio Vaticano respeta y estima? ¿Liberales o católicos? Para Ratzinger es obvio que el laicicismo de la modernidad racionalista domina —por el momento y para su propio mal— el actual panorama espiritual. Con todo, razón y fe —los padres de la iglesia, dice el cardenal, lo enseñaron hace ya muchos siglos— son complementarias antes que enemigas. Además, queda claro que la razón tiene sus propias patologías, no menores ni menos mortíferas de las que la religión sufrió en el pasado. Atrocidades históricas aparte, y pese a que superficialmente no parezca así, desde un exclusivo plano doctrinal el ecumenismo de la fe católica manifiesta una mayor disposición a la relación con lo distinto que la cultura liberal. La lucha de Habermas contra el posmodernismo, deja entender el cardenal, lo terminará arrastrando hacia la intolerancia cultural. Después de todo, no sólo París es la capital de la diferencia. También el Islam, el modo de vida de la India o las sensibilidades nativas de Latinoamérica tienen sus propias visiones no coincidentes con las del Occidente racionalista, la mayor cultura operativa a nivel global. Para Ratzinger, y en ello se adivina el intento de una estocada final (¿populista?), la modernidad que Habermas defiende debería aprender a modular sus pretensiones de universalidad tomando lecciones de la tradición católica. Esta tradición no sería menos firme pero sí (al menos en teoría) menos absolutista o paranoica que la modernidad laica. Si ésta no modera su ciega arrogancia, lo pagará caro. Y ya lo está pagando, insinuó en Baviera el hombre que sería Papa. Cordial Saludo, David Camargo Filósofo Mgs Relaciones Internacionales Bogotá, Colombia
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